Capítulo 47 · 1 min de lectura · 2 min de escucha
Todas las cosas deben referirse a Dios como a su último fin
La voz de Cristo
HIJO, yo debo ser tu fin supremo y último, si de verdad deseas ser bienaventurado. Con esta intención se purificarán tus afectos, que con demasiada frecuencia se inclinan torcidamente hacia ti mismo y hacia las criaturas. Porque si en algo te buscas a ti mismo, al punto desfalleces por dentro y se te seca el corazón.
Refiere, pues, todas las cosas principalmente a mí, porque yo soy quien te las ha dado todas. Considera cada cosa como procedente del sumo bien, y por eso todas las cosas deben volver a mí como a su fuente suprema.
De mí sacan el agua de vida, como de una fuente viva, el pequeño y el grande, el pobre y el rico, y los que me sirven de buena voluntad y libremente recibirán gracia sobre gracia. Pero el que quiera gloriarse en las cosas fuera de mí, o deleitarse en algún bien como propio, no se afirmará en el verdadero gozo ni se alegrará su corazón, sino que se verá cargado y angustiado de muchas maneras. Por eso no debes atribuirte a ti ningún bien, ni atribuir la virtud a ningún hombre, sino darlo todo a Dios, sin el cual el hombre nada tiene.
Yo lo he dado todo. Quiero que todo se me devuelva, y exijo con todo rigor la acción de gracias. Esta es la verdad que ahuyenta la vanagloria.
Donde entran la gracia celestial y la verdadera caridad, no tendrán lugar la envidia, ni la estrechez de corazón, ni el amor propio. El amor divino lo vence todo y ensancha las potencias del alma.
Si eres verdaderamente sabio, te alegrarás solo en mí, porque nadie es bueno sino solo Dios, que ha de ser alabado sobre todas las cosas y bendecido en todo.
Capítulo 47 completado
Todas las cosas deben referirse a Dios como a su último fin