Capítulo 46 · 2 min de lectura · 2 min de escucha
El anonadamiento de sí mismo ante Dios
El discípulo
HABLARÉ a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza. Si me tengo por algo más que esto, he aquí que tú te levantas contra mí, y mis pecados dan testimonio de la verdad, y no puedo contradecirlos. Pero si me rebajo, si me humillo hasta la nada, si huyo de toda estima propia y me tengo por el polvo que soy, tu gracia me será propicia, tu luz envolverá mi corazón, y toda estima de mí mismo, por pequeña que sea, se hundirá en el abismo de mi nada para perecer para siempre.
Allí me muestras a mí mismo: lo que soy, lo que he sido y adónde voy a parar; porque nada soy, y no lo sabía. Dejado a mí mismo, no soy más que flaqueza total. Pero si me miras un instante, al punto quedo fortalecido y lleno de nueva alegría. Gran maravilla es que yo, que por mi propio peso me hundo siempre en lo profundo, sea levantado tan de repente y abrazado por ti con tanta bondad.
Es tu amor el que hace esto, sosteniéndome con bondad, socorriéndome en tantas necesidades, guardándome de tantos peligros graves y arrancándome, como puedo decir con verdad, de males sin número. En verdad, amándome mal me perdí; buscándote solo a ti y amándote de veras, me he hallado a mí mismo y te he hallado a ti, y por ese amor me he anonadado más profundamente. Porque tú, dulcísimo Señor, me tratas por encima de todos mis méritos y por encima de todo lo que me atrevo a esperar o a pedir.
Bendito seas, Dios mío, porque, aunque soy indigno de todo beneficio, tu nobleza y tu bondad infinita nunca cesan de hacer bien aun a los ingratos y a los que están lejos de ti. Conviértenos a ti, para que seamos agradecidos, humildes y devotos, porque tú eres nuestra salvación, nuestro valor y nuestra fuerza.
Capítulo 46 completado
El anonadamiento de sí mismo ante Dios