Capítulo 44 · 3 min de lectura · 3 min de escucha
La prueba del verdadero amante
La voz de Cristo
HIJO, todavía no eres un amante valiente y sabio.
El discípulo
¿Por qué, Señor?
La voz de Cristo
Porque por una pequeña dificultad abandonas lo que has emprendido y buscas el consuelo con demasiado afán.
El amante valiente se mantiene firme en las tentaciones y no hace caso de las astutas persuasiones del enemigo. Así como le agrado en la prosperidad, tampoco le desagrado en la adversidad. El amante sabio no mira tanto el don del que ama como el amor del que da. Atiende más al afecto del Dador que al valor del don, y pone a su Amado por encima de todos los dones. El amante noble no descansa en el don, sino en mí, que estoy por encima de todo don.
No todo está perdido, pues, si a veces te sientes menos devoto de lo que quisieras hacia mí o hacia mis santos. Ese sentimiento bueno y dulce que a veces tienes es efecto de la gracia presente y cierto anticipo de tu patria celestial. No debes apoyarte demasiado en él, porque va y viene. Pero luchar contra los malos pensamientos que te asaltan es señal de virtud y de gran mérito. No dejes, pues, que te turben fantasías extrañas, sea cual sea su materia. Mantente firme en tu propósito y conserva una recta intención hacia Dios.
No es ilusión que a veces seas arrebatado en éxtasis y luego vuelvas en seguida a las acostumbradas necedades de tu corazón. Porque estos son males que padeces más que cometes; y mientras te desagraden y luches contra ellos, es cosa de mérito y no pérdida.
Has de saber que el antiguo enemigo procura por todos los medios a su alcance estorbar tu deseo del bien y apartarte de toda práctica de devoción, sobre todo de la veneración de los santos, de la piadosa meditación de mi pasión y de tu firme propósito de adelantar en la virtud. Te sugiere muchos malos pensamientos para causarte hastío y horror, y apartarte así de la oración y de la santa lectura. Le desagrada la confesión humilde y, si pudiera, te haría dejar la sagrada Comunión.
No le creas ni le hagas caso, aunque muchas veces te tienda lazos para engañarte. Cuando te sugiera cosas malas e impuras, acúsalo. Dile: «¡Apártate, espíritu inmundo! ¡Vergüenza, miserable criatura! No eres más que inmundicia, pues traes tales cosas a mis oídos. ¡Vete, malvadísimo seductor! No tendrás parte en mí, porque Jesús será mi fortaleza, y tú quedarás confundido. Prefiero morir y sufrir todos los tormentos antes que consentirte. ¡Calla! ¡Enmudece! Aunque me traigas muchas molestias, no quiero nada contigo. El Señor es mi luz, mi salvación; ¿de quién temeré? Aunque se levanten ejércitos contra mí, no temerá mi corazón, porque el Señor es mi ayudador, mi redentor.»
Pelea como buen soldado, y si alguna vez caes por flaqueza, levántate con más fuerza que antes, confiando en mi gracia abundantísima. Pero guárdate de la vana complacencia y de la soberbia. Porque por estas faltas muchos son llevados al error y a veces caen en una ceguera casi perpetua. Que la caída de estos, que presumen soberbiamente de sí mismos, te sirva de advertencia y de estímulo constante a la humildad.
Capítulo 44 completado
La prueba del verdadero amante