Capítulo 43 · 4 min de lectura · 5 min de escucha
El admirable efecto del amor divino
El discípulo
TE BENDIGO, Padre celestial, Padre de mi Señor Jesucristo, porque te has dignado acordarte de mí, pobre criatura. Gracias te doy, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, que con tu consuelo me recreas algunas veces, aunque no lo merezco. Te bendigo siempre y te glorifico, con tu Hijo unigénito y el Espíritu Santo Paráclito, por los siglos de los siglos.
Ah, Señor Dios, santo amante mío, cuando vengas a mi corazón, se alegrará todo lo que hay dentro de mí. Tú eres mi gloria y el júbilo de mi corazón. Tú eres mi esperanza y mi refugio en el día de mi angustia. Pero como mi amor es todavía débil y mi virtud imperfecta, necesito que tú me fortalezcas y me consueles. Visítame, pues, a menudo, y enséñame tu santa disciplina. Líbrame de las malas pasiones y limpia mi corazón de todo afecto desordenado, para que, sano y purificado por dentro, sea apto para amar, fuerte para sufrir y firme para perseverar.
Gran cosa es el amor, un bien muy grande en verdad. Hace fácil toda dificultad y soporta con serenidad todos los agravios. Porque lleva la carga sin sentir su peso y hace dulce todo lo amargo. El noble amor de Jesús impulsa a hacer grandes cosas y despierta el deseo de lo más perfecto. El amor tiende hacia lo alto; no se deja retener por nada bajo. El amor quiere ser libre y ajeno a todo afecto mundano, para que no se le estorbe la vista interior, para que no se enrede en ningún interés temporal ni sea vencido por la adversidad.
Nada hay más dulce que el amor, nada más fuerte, ni más alto, ni más ancho; nada más agradable, nada más pleno ni mejor en el cielo ni en la tierra, porque el amor nace de Dios y no puede descansar sino en Dios, que está por encima de todo lo creado.
El que ama vuela, corre y se alegra; es libre y no está atado. Lo da todo por todo y lo posee todo en todo, porque descansa en el único Bien soberano, que está por encima de todas las cosas y del cual mana y procede todo bien. No mira a los dones, sino que se vuelve, por encima de todos los dones, hacia el Dador.
El amor muchas veces no conoce medida, sino que se desborda por encima de todo límite. El amor no siente la carga, no hace caso de las fatigas, emprende más de lo que puede y no se excusa con la imposibilidad, porque cree que todo le es lícito y posible. Por eso es capaz de todo, y realiza y lleva a cabo muchas cosas en las que desfallece y cae el que no ama.
El amor vela. Durmiendo, no se adormece. Fatigado, no se cansa. Apretado, no se angustia. Asustado, no se turba, sino que, como llama viva y antorcha ardiente, se abre paso hacia lo alto y atraviesa ileso todos los obstáculos.
Si alguno ama, conocerá el sonido de esta voz. Porque este ardiente afecto del alma es un gran clamor en los oídos de Dios, que dice: «Dios mío, amor mío, tú eres todo mío y yo soy todo tuyo. Dame aumento de amor, para que aprenda a gustar con los labios interiores del corazón cuán dulce es amar, cuán dulce es derretirse en el amor y bañarse en él. Que el amor me arrebate. Que me eleve sobre mí mismo con gran fervor y asombro. Que cante el cántico del amor, y que te siga a ti, Amor mío, hasta las alturas. Que mi alma se consuma en tu alabanza, gozándose por amor. Que te ame más que a mí mismo, y que no me ame a mí mismo sino por ti. Que en ti ame a todos los que de verdad te aman, como lo manda la ley del amor que de ti resplandece.»
El amor es diligente, sincero, bondadoso, agradable y deleitoso. El amor es fuerte, paciente y fiel, prudente, sufrido y varonil. El amor nunca se busca a sí mismo, porque en cuanto uno se busca a sí mismo, allí cae del amor. El amor es circunspecto, humilde y recto. No es blando ni ligero, ni se ocupa en cosas vanas. Es sobrio y casto, firme y sosegado, guardado en todos los sentidos. El amor es sumiso y obediente a los superiores. Es vil y despreciable a sus propios ojos, devoto y agradecido para con Dios; confía y espera siempre en él aun cuando no le es grato, porque no se vive en el amor sin dolor. El que no está dispuesto a sufrirlo todo y a someterse a la voluntad del Amado no es digno de llamarse amante. El que ama debe abrazar de buena gana todo lo difícil y amargo por amor del Amado, y no debe apartarse de él a causa de las adversidades.
Capítulo 43 completado
El admirable efecto del amor divino