Capítulo 40 · 2 min de lectura · 2 min de escucha
La verdad habla interiormente sin ruido de palabras
El discípulo
HABLA, Señor, que tu siervo oye.» «Tu siervo soy yo; dame entendimiento para que conozca tus testimonios . . . Inclina mi corazón a tus testimonios . . . Destile como el rocío tu palabra.»
Los hijos de Israel dijeron una vez a Moisés: «Habla tú con nosotros, que nosotros oiremos; pero no hable el Señor con nosotros, para que no muramos.»
No así, Señor, no así te lo pido yo. Más bien, con el profeta Samuel, te suplico humilde y ardientemente: «Habla, Señor, que tu siervo oye.» Que no me hable Moisés ni ninguno de los profetas; háblame tú, Señor Dios, que inspiraste e iluminaste a todos los profetas; porque tú solo, sin ellos, puedes instruirme perfectamente, mientras que ellos, sin ti, nada pueden. Ellos, ciertamente, pronuncian palabras hermosas, pero no pueden comunicar el espíritu. Hablan, en verdad, con belleza, pero si tú callas no pueden encender el corazón. Ellos transmiten el mensaje; tú descubres su sentido. Ellos nos ponen delante los misterios, pero tú abres su significado. Ellos proclaman los mandamientos; tú nos ayudas a cumplirlos. Ellos señalan el camino; tú das fuerzas para recorrerlo. Ellos obran solo por fuera; tú instruyes e iluminas nuestros corazones. Ellos riegan por fuera; tú das el crecimiento.
Ellos pronuncian palabras a gritos; tú das entendimiento al que oye.
Que no me hable, pues, Moisés, sino tú, Señor Dios mío, verdad eterna; habla tú, no sea que muera y quede estéril si solo recibo consejos por fuera y no me enciendo por dentro; no sea que la palabra oída y no guardada, conocida y no amada, creída y no obedecida, se levante en juicio contra mí.
Habla, pues, Señor, que tu siervo escucha. «Tú tienes palabras de vida eterna.» Háblame para consuelo de mi alma y para enmienda de mi vida, para tu alabanza, tu gloria y tu honra eterna.
Capítulo 40 completado
La verdad habla interiormente sin ruido de palabras