Capítulo 41 · 3 min de lectura · 4 min de escucha
Escuchar con humildad las palabras de Dios. Muchos no las atienden
La voz de Cristo
HIJO, escucha mis palabras, palabras de suma dulzura, que superan toda la ciencia de los filósofos y sabios de la tierra. Mis palabras son espíritu y vida, y no han de pesarse con el entendimiento humano. No han de traerse a cuento por vanidad, sino que han de oírse en silencio y recibirse con toda humildad y con gran afecto.
El discípulo
«Bienaventurado el hombre a quien tú, Señor, corriges, y en tu ley lo instruyes, para darle reposo en los días de aflicción», y para que no quede desolado en la tierra.
La voz de Cristo
Yo enseñé a los profetas desde el principio, y hasta el día de hoy no dejo de hablar a todos; pero muchos están endurecidos. Muchos son sordos a mi voz. La mayoría escucha más a gusto al mundo que a Dios. Están más dispuestos a seguir el apetito de su carne que el beneplácito de Dios. Al mundo, que promete cosas pequeñas y pasajeras, se le sirve con gran afán; yo prometo cosas grandes y eternas, y los corazones de los hombres se adormecen. ¿Quién hay que me sirva y me obedezca en todo con tanto cuidado como se sirve al mundo y a sus señores?
«Avergüénzate, Sidón, porque habló el mar.» Y si preguntas por qué, escucha la causa: por una pequeña ganancia recorren largos caminos; por la vida eterna muchos apenas levantan un pie del suelo. Buscan una recompensa mezquina, y a veces pleitean vergonzosamente en los tribunales por una sola moneda. No temen trabajar día y noche por una nadería o por una promesa vacía. Pero por un bien inmutable, por una recompensa inestimable, por el honor más alto y por la gloria eterna, hay que decirlo para su vergüenza, los hombres escatiman aun la menor fatiga. Avergüénzate, pues, siervo perezoso y quejumbroso, de que ellos se muestren más dispuestos para la perdición que tú para la vida, de que se gocen más en la vanidad que tú en la verdad.
A veces, en efecto, sus esperanzas los defraudan; pero mi promesa nunca engaña, ni despide con las manos vacías al que confía en mí. Lo que he prometido, lo daré. Lo que he dicho, lo cumpliré, con tal que el hombre permanezca fiel en mi amor hasta el fin. Yo soy el que recompensa a todos los buenos, el que prueba con firmeza a todos los que me son devotos.
Escribe mis palabras en tu corazón y medítalas con empeño, porque en el tiempo de la tentación te serán muy necesarias. Lo que no entiendes cuando lees, lo comprenderás el día de la visita. Suelo visitar a mis escogidos de dos maneras: con la tentación y con el consuelo. Cada día les doy dos lecciones: una que reprende sus vicios, otra que los exhorta a progresar en la virtud. El que tiene mis palabras y las desprecia, tiene quien lo condene en el último día.
Oración para pedir la gracia de la devoción
Señor, Dios mío, tú eres todo mi bien. ¿Y quién soy yo para atreverme a hablarte? Soy el más pobre y el más bajo de tus siervos, un gusano vil, mucho más pobre y despreciable de lo que sé o me atrevo a decir. Pero acuérdate de mí, Señor, porque nada soy, nada tengo y nada puedo. Solo tú eres bueno, justo y santo. Tú lo puedes todo, lo das todo, lo llenas todo; solo al pecador lo dejas con las manos vacías. Acuérdate de tus piedades y llena mi corazón de tu gracia, tú que no quieres que tus obras sean vanas. ¿Cómo podré soportar esta vida miserable si no me consuelas con tu misericordia y tu gracia? No apartes de mí tu rostro. No retrases tu visita. No retires tu consuelo, para que mi alma no sea delante de ti como tierra desierta. Enséñame, Señor, a hacer tu voluntad. Enséñame a vivir digna y humildemente en tu presencia, porque tú eres mi sabiduría, que me conoces de verdad y me conociste aun antes de que el mundo fuera hecho y antes de que yo naciera en él.
Capítulo 41 completado
Escuchar con humildad las palabras de Dios. Muchos no las atienden