Capítulo 37 · 2 min de lectura · 3 min de escucha
Pocos aman la cruz de Jesús
JESÚS tiene siempre muchos que aman su reino celestial, pero pocos que lleven su cruz. Tiene muchos que desean el consuelo, pero pocos que quieran la tribulación. Halla muchos que comparten su mesa, pero pocos que tomen parte en su ayuno. Todos quieren gozar con él; pocos quieren sufrir algo por él. Muchos lo siguen hasta el partimiento del pan, pero pocos hasta beber el cáliz de su pasión. Muchos veneran sus milagros; pocos se acercan a la afrenta de la cruz. Muchos lo aman mientras no encuentran adversidad; muchos lo alaban y lo bendicen mientras reciben de él algún consuelo. Pero si Jesús se esconde y los deja por un poco de tiempo, caen en quejas o en un profundo abatimiento. En cambio, los que lo aman por él mismo y no por algún consuelo propio, lo bendicen en toda tribulación y angustia del corazón tanto como en la dicha del consuelo. Y aunque nunca les diera consuelo, seguirían alabándolo y querrían darle siempre gracias. ¡Qué poder tiene el amor puro a Jesús, un amor libre de todo interés propio y de todo amor propio!
¿No merecen ser llamados mercenarios los que siempre buscan consuelos? ¿No demuestran amarse a sí mismos más que a Cristo los que siempre piensan en su propio provecho y ganancia? ¿Dónde se hallará un hombre que quiera servir a Dios de balde? Muy rara vez se halla un hombre tan espiritual que se despoje de todas las cosas. ¿Y quién hallará un hombre tan verdaderamente pobre de espíritu que esté libre de toda criatura? Su valor es como el de las cosas traídas de las tierras más lejanas.
Aunque el hombre dé toda su hacienda, todavía no es nada; aunque haga gran penitencia, todavía es poco; aunque alcance toda la ciencia, todavía está lejos; aunque tenga gran virtud y una devoción muy ardiente, todavía le falta mucho, y sobre todo, la única cosa que más necesita. ¿Y cuál es esa única cosa? Que, dejándolo todo, se deje a sí mismo, renuncie del todo a sí mismo y abandone todo afecto particular. Luego, cuando haya hecho todo lo que sabe que debe hacer, téngalo por nada; tenga en poco lo que pueda parecer grande; llámese con toda sinceridad siervo inútil. Porque la Verdad misma ha dicho: «Cuando hubiereis hecho todo lo que os es mandado, decid: “Siervos inútiles somos”».
Entonces será verdaderamente pobre y desnudo de espíritu, y podrá decir con el profeta: «Solo y pobre estoy». Sin embargo, nadie es más rico que tal hombre; nadie más poderoso, nadie más libre que el que sabe dejarlo todo y tenerse por el menor de todos.
Capítulo 37 completado
Pocos aman la cruz de Jesús