Capítulo 31 · 2 min de lectura · 2 min de escucha
La consideración de sí mismo
NO DEBEMOS confiar demasiado en nosotros mismos, porque muchas veces nos faltan la gracia y el entendimiento. Tenemos poca luz natural, y aun esa la perdemos pronto por negligencia. Muchas veces no nos damos cuenta de lo ciego que está nuestro corazón. Entretanto obramos mal, y luego obramos peor al excusarlo. A veces nos mueve la pasión, y pensamos que es celo. Reprendemos a otros por pequeños errores, y pasamos por alto otros mayores en nosotros mismos. Somos bastante prontos para sentir y rumiar lo que sufrimos de los demás, pero no pensamos cuánto sufren los demás por nosotros. Si el hombre pesara plena y rectamente sus propias obras, hallaría poco motivo para juzgar con severidad a los demás.
El hombre interior antepone el cuidado de sí mismo a todos los demás cuidados, y el que se atiende a sí mismo con diligencia no encuentra difícil callar acerca de los demás. Nunca serás devoto de corazón si no callas así sobre los asuntos ajenos y no te atiendes de manera particular a ti mismo. Si te ocupas por completo de Dios y de ti mismo, poco te turbará lo que veas a tu alrededor.
¿Dónde están tus pensamientos cuando no están en ti mismo? Y después de ocuparte de muchas cosas, ¿qué has ganado si te has descuidado a ti mismo? Si quieres tener verdadera paz de espíritu y unidad de propósito, tienes que dejarlo todo a un lado y tenerte solo a ti mismo delante de los ojos.
Mucho adelantarás si te mantienes libre de todo cuidado temporal, porque estimar cualquier cosa temporal es un gran error. No tengas por grande, ni por alto, ni por agradable, ni por aceptable nada, sino a Dios mismo o lo que es de Dios. Ten por vanidad los consuelos de las criaturas, porque el alma que ama a Dios desprecia todas las cosas que son inferiores a él. Solo Dios, el eterno e infinito, lo llena todo, y trae consuelo al alma y verdadera alegría al cuerpo.
Capítulo 31 completado
La consideración de sí mismo