Capítulo 30 · 1 min de lectura · 2 min de escucha
Pureza de mente y unidad de propósito
EL HOMBRE se levanta de la tierra con dos alas: la sencillez y la pureza. Debe haber sencillez en su intención y pureza en sus deseos. La sencillez lleva a Dios; la pureza lo abraza y lo goza.
Si tu corazón está libre de afectos desordenados, ninguna buena obra te será difícil. Si no pretendes ni buscas otra cosa que el agrado de Dios y el bien de tu prójimo, gozarás de libertad interior.
Si tu corazón fuera recto, toda criatura sería para ti un espejo de vida y un libro de santa doctrina, porque no hay criatura tan pequeña y tan vil que no muestre la bondad de Dios. Si fueras bueno y puro por dentro, verías todas las cosas con claridad y las entenderías rectamente, porque el corazón puro penetra el cielo y el infierno, y según es cada uno por dentro, así juzga lo de fuera. Si hay alegría en el mundo, sin duda la poseen los limpios de corazón; y si en alguna parte hay angustia y aflicción, demasiado bien la conoce la mala conciencia.
Así como el hierro metido en el fuego pierde su herrumbre y se pone todo incandescente, así el que se vuelve del todo a Dios se despoja de su pereza y se transforma en un hombre nuevo. Cuando el hombre comienza a aflojar, teme un pequeño trabajo y acoge con gusto el consuelo exterior; pero cuando comienza a vencerse perfectamente a sí mismo y a andar con valentía por los caminos de Dios, entonces tiene por menos difíciles las cosas que antes le parecían tan duras.
Capítulo 30 completado
Pureza de mente y unidad de propósito