La imitación de Cristo
La alegría de la buena conciencia

Capítulo 32 · 2 min de lectura · 3 min de escucha

La alegría de la buena conciencia

LA gloria del hombre bueno es el testimonio de una buena conciencia. Guarda, pues, buena tu conciencia y gozarás siempre de alegría, porque la buena conciencia puede soportar muchísimo y da alegría aun en medio de la adversidad. Pero la mala conciencia está siempre inquieta y temerosa.

Dulce será tu descanso si tu corazón no te reprende.

No te alegres sino cuando hayas obrado bien. Los pecadores nunca experimentan verdadera alegría interior ni paz, porque «no hay paz para los malos», dice el Señor. Aunque digan: «Estamos en paz, no nos sobrevendrá ningún mal y nadie se atreve a hacernos daño», no los creas; porque la ira de Dios se levantará de repente, y sus obras serán reducidas a nada y perecerán sus pensamientos.

Gloriarse en la adversidad no es difícil para el que ama, porque esto es gloriarse en la cruz del Señor. Pero la gloria que dan o reciben los hombres dura poco, y la gloria del mundo va siempre acompañada de tristeza. La gloria de los buenos, en cambio, está en su conciencia y no en la boca de los hombres, porque la alegría de los justos procede de Dios y está en Dios, y su gozo se funda en la verdad.

El que anhela la gloria verdadera y eterna no se cuida de la del tiempo; y el que busca la fama pasajera, o no la desprecia en su corazón, sin duda estima poco la gloria del cielo.

El que no hace caso ni de alabanzas ni de reproches posee gran paz de corazón, y si su conciencia es buena, fácilmente estará contento y en paz.

La alabanza no añade nada a tu santidad, ni el reproche le quita nada. Lo que eres, eso eres, y no se puede decir que seas mejor de lo que eres a los ojos de Dios. Si consideras bien lo que eres por dentro, no te importará lo que los hombres digan de ti. Ellos miran las apariencias, pero Dios mira el corazón. Ellos consideran la obra, pero Dios pesa la intención.

Es propio del alma humilde hacer siempre el bien y tenerse en poco. Es señal de gran pureza y de fe profunda no buscar consuelo en las cosas creadas. El hombre que no desea ser justificado desde fuera se ha confiado claramente a Dios: «Porque no el que se alaba a sí mismo es aprobado», dice san Pablo, «mas aquel a quien Dios alaba».

Andar con Dios en lo interior y estar libre de todo afecto exterior: este es el estado del hombre interior.

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