Capítulo 28 · 1 min de lectura · 1 min de escucha
La humildad
NO te preocupes de quién está contigo o contra ti; procura más bien que Dios esté contigo en todo lo que haces. Guarda limpia tu conciencia y Dios te protegerá, porque la malicia del hombre no puede dañar a aquel a quien Dios quiere ayudar. Si sabes sufrir en silencio, sin duda experimentarás la ayuda de Dios. Él sabe cuándo y cómo librarte; por eso, ponte en sus manos, porque es propio de Dios ayudar a los hombres y librarlos de toda angustia.
Muchas veces nos conviene que otros conozcan nuestras faltas y nos las reprendan, porque eso nos hace más humildes. Cuando un hombre se humilla por sus faltas, aplaca con facilidad a los que le rodean y apacigua sin dificultad a los que están enojados con él.
Al humilde es a quien Dios protege y libra; a los humildes es a quienes ama y consuela. Al humilde se inclina, y a los humildes concede gran gracia, para que, después de su humillación, los levante a la gloria. Al humilde revela sus secretos, y con amable invitación lo llama a sí. Así, el humilde goza de paz en medio de muchas contrariedades, porque su confianza está en Dios y no en el mundo. Por eso, no pienses que has adelantado algo hasta que te tengas por inferior a todos los demás.
Capítulo 28 completado
La humildad