La imitación de Cristo
Las prácticas del buen religioso

Capítulo 20 · 3 min de lectura · 4 min de escucha

Las prácticas del buen religioso

LA VIDA del buen religioso debe abundar en toda virtud, de modo que sea por dentro lo que a los demás parece por fuera. Con razón debe haber mucho más por dentro de lo que aparece por fuera, porque el que mira lo interior es Dios, a quien debemos reverenciar sumamente dondequiera que estemos, y en cuya presencia debemos andar puros como los ángeles.

Cada día debemos renovar nuestros propósitos y avivarnos al fervor, como si fuera el primer día de nuestra vida religiosa. Debemos decir: «Ayúdame, Señor Dios, en mi buen propósito y en tu santo servicio. Concédeme ahora, en este mismo día, comenzar perfectamente, porque hasta ahora nada he hecho».

Según sea nuestro propósito, así será nuestro progreso; y el que desea la perfección ha de ser muy diligente. Si el que se propone las cosas con firmeza falla con frecuencia, ¿qué será del que rara vez se decide, o lo hace a medias? De muchas maneras se faltan los propósitos; aun una ligera omisión de nuestras prácticas religiosas trae consigo alguna pérdida.

Los justos, para cumplir sus propósitos, se apoyan en la gracia de Dios más que en su propia sabiduría. En él confían toda empresa, porque, en verdad, el hombre propone y Dios dispone, y el camino de Dios no es el del hombre. Si alguna vez se omite un ejercicio acostumbrado por piedad o en provecho de otro, fácilmente se puede reanudar después. Pero si se abandona por descuido, por cansancio o por negligencia, la falta es grande y resultará dañosa. Por mucho que nos esforcemos, todavía fallamos con demasiada facilidad en muchas cosas. Con todo, siempre debemos tener algún propósito firme, sobre todo contra lo que más nos estorba. Tanto nuestra vida exterior como la interior han de ser vigiladas de cerca y bien ordenadas, porque ambas importan para la perfección.

Si no puedes recogerte continuamente, hazlo al menos una vez al día, por la mañana o por la noche. Por la mañana haz un propósito, y por la noche examínate sobre lo que has dicho hoy, lo que has hecho y pensado, porque en estas cosas quizá has ofendido muchas veces a Dios y a los que te rodean.

Ármate como un hombre contra los asaltos del diablo. Refrena la gula, y refrenarás más fácilmente toda inclinación de la carne. Nunca estés del todo ocioso: lee, escribe, ora, medita o haz algo útil para el bien común. Sin embargo, las penitencias corporales han de emprenderse con discreción, y no deben practicarlas todos indistintamente.

Las devociones que no son comunes a todos no deben mostrarse en público, porque tales cosas personales se hacen mejor en privado. Además, guárdate de volverte indiferente a la oración de la comunidad por amor a tus propias devociones. Pero si, después de haber cumplido entera y fielmente todo lo que estás obligado y mandado a hacer, te queda tiempo libre, empléalo como te sugiera tu piedad personal.

No todos pueden tener la misma devoción. Una conviene exactamente a esta persona, otra a aquella. Asimismo, diversos ejercicios son apropiados para diversos tiempos: unos para los días de fiesta y otros para los días de trabajo. En tiempo de tentación necesitamos ciertas devociones; para los días de descanso y de paz necesitamos otras. Unas convienen cuando estamos tristes, otras cuando estamos gozosos en el Señor.

Cuando se acercan las fiestas principales se deben renovar los buenos ejercicios e implorar con más fervor la intercesión de los santos. De una fiesta a la siguiente debemos afirmar nuestro propósito como si entonces hubiéramos de partir de este mundo y llegar a la fiesta eterna.

Finalmente, en los tiempos santos debemos prepararnos con cuidado, vivir con más santidad y guardar cada regla con más rigor, como si pronto hubiéramos de recibir de Dios el premio de nuestros trabajos. Y si este fin se demora, creamos que no estamos bien preparados y que aún no somos dignos de la gran gloria que a su tiempo nos será revelada. Procuremos, mientras tanto, prepararnos mejor para la muerte.

«Bienaventurado el siervo», dice Cristo, «al cual, cuando su señor venga, lo halle velando. De cierto os digo que sobre todos sus bienes lo pondrá».

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