Capítulo 21 · 4 min de lectura · 5 min de escucha
El amor a la soledad y al silencio
BUSCA un tiempo oportuno para recogerte y medita a menudo en los beneficios de Dios. Deja a un lado las curiosidades. Lee aquellas cosas que muevan el corazón a compunción más que las que ocupen la mente. Si te apartas de las conversaciones innecesarias y de las idas y venidas ociosas, de escuchar chismes y rumores, hallarás tiempo suficiente y apropiado para la santa meditación.
Muchísimos grandes santos evitaban, siempre que podían, la compañía de los hombres y preferían servir a Dios en el retiro. «Cuantas veces estuve entre los hombres», dijo un escritor, «volví menos hombre». Esto lo comprobamos a menudo cuando tomamos parte en largas conversaciones. Es más fácil callar del todo que no excederse en el hablar. Es más fácil quedarse en casa que guardarse suficientemente fuera de ella. Por tanto, quien aspire a vivir la vida interior y espiritual debe apartarse de la multitud con Jesús.
Nadie se presenta con seguridad ante la mirada de los hombres si antes no gusta de vivir escondido. Nadie habla con seguridad si no ama el silencio. Nadie gobierna con seguridad si no está dispuesto a ser gobernado. Nadie manda con seguridad si no ha aprendido bien a obedecer. Nadie se alegra con seguridad si no tiene dentro de sí el testimonio de una buena conciencia.
Más aún, la seguridad de los santos estuvo siempre envuelta en el temor de Dios, y no por destacar en grandes virtudes y gracias fueron menos cautos y humildes. En cambio, la seguridad de los malos nace de la soberbia y de la presunción, y acabará en su propio engaño.
Nunca te prometas seguridad en esta vida, aunque parezcas buen religioso o devoto ermitaño. Sucede muy a menudo que quienes son muy estimados por los hombres corren mayor peligro por su excesiva confianza. Por eso, a muchos les conviene no estar del todo libres de tentaciones, sino ser probados a menudo, para que no se sientan demasiado seguros, ni se llenen de soberbia, ni se vuelvan con demasiado afán a los consuelos exteriores.
¡Si el hombre nunca buscara alegrías pasajeras ni se enredara en los asuntos del mundo, qué buena conciencia tendría! ¡Qué gran paz y sosiego serían suyos, si cortara todo cuidado vano, pensara solo en las cosas divinas y provechosas para su alma, y pusiera toda su confianza en Dios!
Nadie merece el consuelo del cielo si no se ejercita con constancia en la santa contrición. Si deseas verdadero dolor de corazón, busca el retiro de tu celda y cierra la puerta al ruido del mundo, como está escrito: «En vuestros aposentos llorad vuestros pecados». Allí hallarás lo que muchas veces pierdes fuera.
La celda se te hará amable si permaneces en ella; pero si no, se te volverá fastidiosa. Si al principio de tu vida religiosa habitas en tu celda y la guardas, pronto será para ti una amiga especial y un grandísimo consuelo.
En el silencio y la quietud el alma devota adelanta en la virtud y aprende las verdades escondidas de la Escritura. Allí halla un río de lágrimas con que lavarse y purificarse cada noche, para hacerse tanto más íntima de su Creador cuanto más se aparta de todo el tumulto del mundo. Porque Dios y sus santos ángeles se acercarán a quien se aparta de amigos y conocidos.
Más vale que el hombre viva escondido y cuide de su salvación que descuidarla y hacer milagros. Es digno de alabanza que el religioso salga pocas veces, huya de ser visto por los hombres y no desee verlos.
¿Para qué quieres ver lo que no te es lícito tener? «El mundo pasa, y su concupiscencia». El deseo sensual te incita a veces a andar de un lado a otro; pero, pasado el momento, ¿qué traes contigo sino una conciencia turbada y un corazón pesado? Una salida alegre trae muchas veces un regreso triste, y una velada alegre, un amanecer lleno de pesar. Así, todo gozo carnal comienza con dulzura, pero al fin trae remordimiento y muerte.
¿Qué puedes hallar en otra parte que no puedas hallar aquí en tu celda? Mira el cielo y la tierra y todos los elementos, pues de ellos están hechas todas las cosas. ¿Qué puedes ver en algún lugar debajo del sol que permanezca mucho tiempo? Quizá piensas que te saciarás por completo, pero no podrás lograrlo; porque, aunque vieras todas las cosas que existen, ¿qué serían sino una visión vana?
Levanta tus ojos a Dios en el cielo y ruega por tus pecados y negligencias. Deja la vanidad a los vanos. Aplícate a las cosas que Dios te ha mandado hacer. Cierra tu puerta tras de ti y llama a Jesús, tu Amado. Permanece con él en tu celda, porque en ninguna otra parte hallarás tanta paz. Si no hubieras salido de ella ni hubieras escuchado chismes ociosos, habrías permanecido en mayor paz. Pero ya que a veces te gusta oír novedades, es justo que sufras por ello dolor de corazón.
Capítulo 21 completado
El amor a la soledad y al silencio