Capítulo 17 · 2 min de lectura · 2 min de escucha
Soportar los defectos ajenos
HASTA que Dios disponga otra cosa, el hombre debe soportar con paciencia lo que no puede corregir en sí mismo ni en los demás. Piensa que quizá es mejor así, para probar tu paciencia y ponerte a prueba, pues sin esa paciencia y esa prueba tus méritos valen poco. No obstante, en tales dificultades debes rogar a Dios que se digne ayudarte a llevarlas con serenidad.
Si alguien, amonestado una o dos veces, no se enmienda, no discutas con él; encomienda todo el asunto a Dios, para que se cumplan su voluntad y su honra en todos sus siervos, pues Dios sabe muy bien convertir el mal en bien. Procura soportar con paciencia los defectos y las flaquezas de los demás, sean cuales fueren, porque también tú tienes muchas faltas que otros tienen que sufrir.
Si no puedes hacerte a ti mismo como quisieras, ¿cómo podrás doblegar a los demás a tu voluntad? Queremos que los otros sean perfectos, y no corregimos nuestras propias faltas. Queremos que a ellos se les corrija con severidad, y nosotros no queremos ser corregidos. Nos desagrada la mucha libertad de los demás, y no queremos que se nos niegue lo que pedimos. Queremos que a ellos los sujeten las reglas, y nosotros no toleramos ninguna restricción. Así se ve claramente cuán pocas veces medimos al prójimo como a nosotros mismos.
Si todos fueran perfectos, ¿qué tendríamos que sufrir de los demás por amor de Dios? Pero Dios lo ha dispuesto así para que aprendamos a llevar las cargas los unos de los otros; porque no hay hombre sin falta, ni hombre sin carga, ni hombre que se baste a sí mismo, ni que sea bastante sabio. Por eso debemos sostenernos unos a otros, consolarnos unos a otros, ayudarnos, aconsejarnos y advertirnos mutuamente; porque la medida de la virtud de cada uno se revela mejor en tiempo de adversidad, una adversidad que no debilita al hombre, sino que muestra lo que es.
Capítulo 17 completado
Soportar los defectos ajenos