Capítulo 16 · 1 min de lectura · 2 min de escucha
Las obras hechas por caridad
POR NADA del mundo ni por amor de hombre alguno se ha de hacer el mal. Sin embargo, por alguien que esté necesitado, se puede a veces dejar de hacer a propósito una obra buena, o cambiarla por otra mejor. Esto no es omitir la buena obra, sino más bien mejorarla.
Sin caridad, la obra exterior no vale nada; pero todo lo que se hace por caridad, por pequeño y menudo que sea, es enteramente fructuoso, porque Dios mira más el amor con que el hombre obra que la obra misma.
Mucho hace el que mucho ama. Mucho hace el que hace bien lo que hace. Bien hace el que sirve al bien común antes que a sus propios intereses.
Ahora bien, lo que parece caridad es muchas veces sensualidad, porque rara vez faltan la propia inclinación, la propia voluntad, la esperanza de recompensa y el propio interés. Por el contrario, el que tiene verdadera y perfecta caridad no se busca a sí mismo en nada, sino que en todas las cosas busca la gloria de Dios. Además, a nadie envidia, porque no desea ningún placer propio ni quiere gozarse en sí mismo; antes bien, desea sobre todas las cosas la mayor gloria de Dios. No atribuye al hombre nada bueno, sino que todo lo atribuye a Dios, de quien todas las cosas proceden como de su fuente, y en quien todos los bienaventurados descansarán como en su último fin y gozo.
¡Si el hombre tuviera siquiera una chispa de verdadera caridad, sin duda sentiría que todas las cosas de la tierra están llenas de vanidad!
Capítulo 16 completado
Las obras hechas por caridad