Los Diez Mandamientos
2.4 El cuarto mandamiento

Capítulo 8 · 1 h 18 min de lectura · 1 h 41 min de escucha

2.4 El cuarto mandamiento

«Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para el Señor tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo el Señor los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, el Señor bendijo el día de reposo y lo santificó. Éxodo 20:8-11.

Este mandamiento fue grabado en piedra por el propio dedo de Dios, y será nuestro consuelo tenerlo grabado en el corazón.

El día de reposo está apartado para el culto solemne de Dios; es su cercado propio, y no debe enajenarse para usos comunes. Como prefacio a este mandamiento, ha puesto un memento: «Acuérdate del día de reposo para santificarlo». Esta palabra, «acuérdate», muestra que somos propensos a olvidar la santidad del día de reposo; por eso necesitamos un recordatorio que nos traiga a la memoria que hemos de santificar el día.

I. Hay en estas palabras un mandato solemne: «Acuérdate del día de reposo para santificarlo».

[1] Su materia: la santificación del día de reposo, la cual consiste en dos cosas: en descansar de nuestras propias obras y en cumplir a conciencia nuestro deber religioso.

[2] Las personas a quienes se da el mandato de santificar el día de reposo. Ya sean superiores, y estos son, en un ámbito más privado, los padres y los amos, o en uno más público, los magistrados; ya inferiores, como los naturales del lugar, los hijos y los siervos: «tu hijo, y tu hija, tu siervo, y tu criada»; ya extranjeros: «tu extranjero que está dentro de tus puertas».

II. Los argumentos para obedecer este mandamiento de santificar el día de reposo son:

[1] Su razonabilidad. «Seis días trabajarás, y harás toda tu obra»; como si Dios dijera: No soy un amo duro; no te escatimo tiempo para atender a tu vocación y ganar tu hacienda. Te he dado seis días para hacer en ellos toda tu obra, y no he tomado más que un día para mí. Podría haberme reservado seis días y concederte solo uno; pero te he dado seis días para las obras de tu vocación, y no he tomado más que un día para mi propio servicio. Es justo y razonable, por tanto, que apartes este día de manera especial para mi culto.

[2] El segundo argumento para santificar el día de reposo se toma de su justicia. «El séptimo día es reposo para el Señor tu Dios»; como si Dios dijera: El día de reposo me pertenece; reclamo sobre él un derecho especial, y ningún otro tiene derecho alguno a él. El que me roba este día y lo destina a usos comunes es un sacrílego; roba a la corona del cielo, y de ningún modo lo daré por inocente.

[3] El tercer argumento para santificar el día de reposo se toma de la propia observancia que Dios hizo de él. Él «reposó en el séptimo día»; como si el Señor dijera: ¿No me seguirás como modelo? Habiendo terminado todas mis obras de creación, reposé el séptimo día; así, habiendo hecho toda tu obra secular en los seis días, debes ahora cesar del trabajo de tu vocación y dedicarme el séptimo día como día de santo reposo.

[4] El cuarto argumento para la santificación del día de reposo se toma ab utili, del provecho que redunda de una observancia religiosa del día de reposo. «El Señor bendijo el séptimo día y lo santificó». Dios no solo instituyó el séptimo día, sino que lo bendijo. No es solo un día de honra para Dios, sino un día de bendición para nosotros; no es solo un día en que damos culto a Dios, sino un día en que él nos da gracia. En este día desciende del cielo una bendición como rocío. Dios mismo no saca provecho de ello: no podemos añadir un codo a su gloria esencial; pero nosotros sí lo sacamos. Este día, observado religiosamente, trae bendición a nuestra alma, a nuestra hacienda y a nuestra descendencia. No guardarlo trae maldición. Jeremías 17:27. Dios maldice las bendiciones del hombre. Malaquías 2:2. El pan que come está envenenado con una maldición; así, la observancia concienzuda del día de reposo trae consigo toda clase de bendiciones. Estos son los argumentos para mover a la santificación del día de reposo.

Lo que quisiera que observes ahora es que el mandamiento de guardar el día de reposo no fue abrogado con la ley ceremonial, sino que es puramente moral, y su observancia ha de continuar hasta el fin del mundo. ¿Dónde puede mostrarse que Dios nos haya eximido de guardar un día de cada siete?

¿Por qué ha instituido Dios un día de reposo?

(1) Con respecto a sí mismo. Es justo que Dios se reserve un día de cada siete para su servicio inmediato, para que así se le reconozca como el gran Plenipotenciario, o Señor soberano, que tiene poder sobre nosotros tanto para mandar que se le rinda culto como para señalar el tiempo en que quiere ser adorado.

(2) Con respecto a nosotros. El día de reposo es para nuestro provecho; promueve en nosotros la santidad. Los quehaceres de los días laborables nos hacen olvidar a Dios y a nuestra alma; el día de reposo nos lo vuelve a traer a la memoria. Cuando el polvo del mundo, que va cayendo, ha atascado las ruedas de nuestros afectos, de modo que apenas pueden moverse hacia Dios, llega el día de reposo y unta de aceite las ruedas de nuestros afectos, y estas avanzan velozmente. Dios ha instituido el día de reposo con este fin. En este día los pensamientos suben al cielo, la lengua habla de Dios y es como pluma de escribiente muy ligero, los ojos destilan lágrimas y el alma arde de amor. El corazón, que estuvo helado toda la semana, se derrite con la palabra en el día de reposo. El día de reposo es amigo de la religión; lima la herrumbre de nuestras gracias; es un jubileo espiritual, en el que el alma queda libre para conversar con su Hacedor.

A continuación debería mostrarte los modos, o la manera, en que hemos de santificar el día de reposo; pero antes de llegar a eso, tenemos que considerar una gran cuestión.

¿Cómo es que no guardamos el día de reposo del séptimo día como era en la institución primitiva, sino que lo hemos cambiado a otro día?

El antiguo día de reposo del séptimo día, que era el sábado judío, está abrogado, y en su lugar sucede el primer día de la semana, que es el día de reposo cristiano. La moralidad o sustancia del cuarto mandamiento no está en guardar precisamente el séptimo día; lo que Dios ha instituido es que se guarde un día de cada siete.

Pero ¿cómo es que el primer día de la semana ha venido a ocupar el lugar del séptimo?

No por autoridad eclesiástica. «La iglesia —dice el señor Perkins— no tiene poder para instituir un día de reposo».

(1) El cambio del día de reposo del último día de la semana al primero fue por institución del propio Cristo. Él es «Señor aun del día de reposo». Marcos 2:28. ¿Y quién ha de señalar un día sino el que es Señor de él? Él hizo este día. «Este es el día que hizo el Señor». Salmo 118:24. Arnobio y la mayoría de los expositores lo entienden del día de reposo cristiano, que es llamado el «día del Señor». Apocalipsis 1:10. Así como se llama la «Cena del Señor» porque el Señor instituyó el pan y el vino y los apartó de un uso común a un uso especial y sagrado, así se llama día del Señor porque el Señor lo instituyó y lo apartó de los días comunes para su culto y servicio especiales. Cristo resucitó del sepulcro el primer día de la semana, y se apareció dos veces ese día a sus discípulos, Juan 20:19, 26, lo cual era para darles a entender, como dicen Agustín y Atanasio, que trasladaba el sábado judío al día del Señor.

(2) Guardar el primer día era la práctica de los apóstoles. «El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les predicaba». Hechos 20:7; 1 Corintios 16:2. He aquí que en este día había tanto predicación como partimiento del pan. Agustín, Inocencio e Isidoro atribuyen la observancia de nuestro día de reposo evangélico a sanción apostólica, y afirman que, en virtud de la práctica de los apóstoles, este día ha de apartarse para el culto divino. Lo que los apóstoles hicieron, lo hicieron por autoridad divina, porque eran inspirados por el Espíritu Santo.

(3) La iglesia primitiva tenía en alta estima el día del Señor que ahora celebramos. Era una gran insignia de su religión observar este día. Ignacio, el padre más antiguo, que vivió en tiempos del apóstol Juan, tiene estas palabras: «Todo el que ama a Cristo guarde santo el primer día de la semana, el día del Señor». Este día ha sido observado por la iglesia de Cristo por más de mil seiscientos años, como señala el docto Bucero. Así ves cómo el día de reposo del séptimo día vino a cambiarse por el día de reposo del primer día.

La gran razón para cambiar el sábado judío por el día del Señor es que nos trae a la memoria el «misterio de nuestra redención por Cristo». La razón por la que Dios instituyó el antiguo día de reposo fue que sirviera de memorial de la creación; pero ahora ha puesto en su lugar el primer día de la semana en memoria de una obra más gloriosa que la creación, que es la redención. Grande fue la obra de la creación, pero mayor fue la obra de la redención. Como se dijo: «La gloria de esta casa postrera será mayor que la de la primera». Hageo 2:9. Así la gloria de la redención fue mayor que la gloria de la creación. Gran sabiduría se vio al hacernos, pero sabiduría más milagrosa al salvarnos. Gran poder se vio al sacarnos de la nada, pero mayor poder al socorrernos cuando éramos peores que nada. Costó más redimirnos que crearnos. En la creación no hubo más que pronunciar una palabra (Salmo 148:5); en la redención hubo derramamiento de sangre. 1 Pedro 1:19. La creación fue obra de los dedos de Dios, Salmo 8:3; la redención fue obra de su brazo. Lucas 1:51. En la creación, Dios nos dio a nosotros mismos; en la redención, se nos dio a sí mismo. Por la creación tenemos vida en Adán; por la redención tenemos vida en Cristo. Colosenses 3:3. Por la creación teníamos derecho a un paraíso terrenal; por la redención tenemos título a un reino celestial. Bien pudo Cristo cambiar el séptimo día de la semana por el primero, ya que nos recuerda nuestra redención, que es una obra más gloriosa que la creación.

Aplicación primera. La aplicación que haré de esto es que debemos tener en alta veneración el día de reposo cristiano que ahora celebramos. Los judíos llamaban al día de reposo «el deseo de los días y la reina de los días». A este día debemos llamarlo «delicia, santo, glorioso del Señor». Isaías 58:13. El metal que lleva el sello del rey es honroso y de gran valor. Dios ha puesto su sello real sobre el día de reposo; es el día de reposo del Señor, y eso lo hace honroso. Debemos mirar este día como el mejor de la semana. Lo que el fénix es entre las aves, lo que el sol es entre los planetas, eso es el día del Señor entre los demás días. «Este es el día que hizo el Señor». Salmo 118:24. Dios hizo todos los días, pero a este lo ha bendecido. Como Jacob se llevó la bendición que era de su hermano, así el día de reposo se llevó la bendición de entre todos los demás días de la semana. Es un día en que conversamos de manera especial con Dios. Los judíos llamaban al día de reposo «un día de luz»; así, en este día el Sol de justicia brilla sobre el alma. El día de reposo es el día de mercado del alma, la flor y nata del tiempo. Es el día en que Cristo resucitó del sepulcro y el Espíritu Santo descendió sobre la tierra. Está perfumado con el dulce olor de la oración, que sube al cielo como incienso. En este día cae el maná, que es alimento de ángeles. Este es el día de fiesta del alma, en que las gracias desempeñan su papel: los demás días de la semana se emplean mayormente en la tierra; este día, en el cielo; entonces recoges paja, ahora perlas. Ahora Cristo sube al alma al monte y le da visiones transfiguradoras de gloria. Ahora lleva a su esposa a la cámara del vino y despliega el estandarte de su amor. Ahora le da su vino adobado y el mosto de las granadas. Cantares 2:4, 8:2. El Señor suele revelarse más al alma en este día. El apóstol Juan estaba en el Espíritu en el día del Señor. Apocalipsis 1:10. En este día fue arrebatado en éxtasis divinos hacia el cielo. En este día el cristiano está en las alturas; anda con Dios y, por así decirlo, da un paseo con él por el cielo. 1 Juan 1:3. En este día se avivan los afectos santos; se acrecienta el caudal de la gracia; se debilitan las corrupciones; y Satanás cae como un rayo ante la majestad de la palabra. Cristo obró la mayoría de sus milagros en el día de reposo; y así lo hace todavía: almas muertas son resucitadas y corazones de piedra se vuelven de carne. ¡Cuánto debemos estimar y reverenciar este día! Es más precioso que los rubíes. Dios lo ha ungido con óleo de alegría más que a sus compañeros. En el día de reposo hacemos obra de ángeles; nuestra lengua está afinada para las alabanzas de Dios. El día de reposo en la tierra es sombra y figura del glorioso descanso y del eterno día de reposo que esperamos en el cielo, cuando Dios será el templo y el Cordero será su lumbrera. Apocalipsis 21:22, 23.

Aplicación segunda. «SEIS días trabajarás». Dios no quiere que nadie viva sin vocación: la religión no da licencia para la ociosidad. Es un deber trabajar seis días, tanto como guardar santo reposo el séptimo. «Oímos que andan algunos entre vosotros desordenadamente, no trabajando en nada. Y a los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trabajando sosegadamente, coman su propio pan». 2 Tesalonicenses 3:11. El cristiano no solo ha de atender al cielo, sino también a su vocación. Mientras el piloto tiene el ojo en la estrella, tiene la mano en el timón. Sin trabajo, las columnas de una república se disolverán, y la tierra, como el campo del perezoso, se cubrirá de zarzas. Proverbios 24:31. Adán en la inocencia, aunque monarca del mundo, no debía estar ocioso, sino labrar y cultivar la tierra. Génesis 2:15. La piedad no excluye la laboriosidad. El agua estancada se pudre. Las criaturas inanimadas están en movimiento: el sol recorre su circuito, la fuente corre y el fuego chispea. Las criaturas animadas trabajan. Salomón nos envía a la hormiga para aprender a trabajar. Proverbios 6:6; 30:25. La abeja es el emblema de la laboriosidad: unas abejas preparan la miel, otras trabajan la cera, otras forman el panal, otras hacen de centinela a la puerta de la colmena para impedir la entrada al zángano. ¿Y no se habituará el hombre mucho más al trabajo? Aquella ley del paraíso nunca fue revocada: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan». Génesis 3:19. Son de reprobar aquellos profesantes que hablan de vivir por fe, pero viven sin vocación; son como los lirios, que «no trabajan ni hilan». Mateo 6:28. Es dicho del santo y docto señor Perkins: «Aunque un hombre esté dotado de excelentes dones, y oiga la palabra con reverencia, y reciba el sacramento, si no practica los deberes de su vocación, todo no es más que hipocresía». ¿Para qué sirve una persona ociosa? ¿De qué sirve un barco que está siempre en la orilla, o una armadura que cuelga y se oxida? Vivir sin vocación expone a la persona a la tentación. Melanchthon llama a la ociosidad el baño del diablo, porque se baña con deleite en un alma ociosa. Nosotros no sembramos semilla en la tierra cuando está en barbecho; pero Satanás siembra la mayor parte de su semilla de tentación en las personas que están en barbecho y sin vocación. La ociosidad es la nodriza del vicio. Séneca, un antiguo pagano, podía decir: Nullus mihi per otium dies exit; «Ningún día se me pasa sin algún trabajo». La persona ociosa es un cero en el mundo, y Dios no escribe ceros en el libro de la vida. Leemos en la Escritura de comer el «pan de ociosidad» y beber el «vino de violencia». Proverbios 31:27; 4:17. Tan pecado es comer «el pan de ociosidad» como «beber el vino de violencia». La persona ociosa no puede dar cuenta de su tiempo. El tiempo es un talento con que negociar, tanto en nuestra vocación particular como en la general. El perezoso «esconde su talento en la tierra»; no hace ningún bien; su tiempo no se vive, sino que se pierde. La persona ociosa vive sin provecho; ocupa inútilmente la tierra. Dios llama «malo» al siervo perezoso: «Siervo malo y negligente». Mateo 25:26. Dracón, cuyas leyes estaban escritas con sangre, quitaba la vida a los que no querían trabajar para ganarse el sustento. En Etruria hacían desterrar a tales personas. Los ociosos viven quebrantando el mandamiento: «Seis días trabajarás». Guárdense de no ser desterrados del cielo. Un hombre puede ir al infierno tanto por no trabajar en su vocación como por no creer.

Habiendo hablado de las razones para santificar el día de reposo, paso ahora a

III. La manera de santificar el día de reposo.

[1] Negativamente. No debemos hacer en él obra alguna. Este es el mandamiento: «No hagas en él obra alguna». Dios ha apartado este día para sí; por tanto, no hemos de usarlo como día común haciendo en él obra civil alguna. Así como Abraham, cuando fue a sacrificar, dejó a sus siervos y el asno al pie del monte, así, cuando hemos de adorar a Dios en este día, debemos dejar atrás todo negocio mundano: dejar el asno al pie del monte. Génesis 22:5. Así como José, cuando quiso hablar con sus hermanos, hizo salir a los egipcios, así, cuando queremos conversar con Dios en este día, debemos echar fuera toda ocupación terrenal. El día del Señor es un día de santo reposo. Toda obra secular ha de dejarse y suspenderse, porque es una profanación del día. «En aquellos días vi en Judá a algunos que pisaban en lagares en el día de reposo, y que acarreaban haces, y cargaban asnos con vino, y también uvas, higos y toda suerte de carga, y traían a Jerusalén en día de reposo; y los amonesté. Y reprendí a los señores de Judá, y les dije: “¿Qué mala cosa es esta que vosotros hacéis, profanando así el día de reposo?» ” Nehemías 13:15, 17. Es sacrilegio robar, para la obra civil, el tiempo que Dios ha apartado para su culto. El que dedica algún tiempo del día de reposo a negocios mundanos es peor ladrón que el que roba en el camino real; porque el uno no hace más que robar al hombre, pero el otro roba a Dios. El Señor prohibió recoger el maná en el día de reposo. Éxodo 16:26. Podría pensarse que se habría permitido, pues el maná era el «sostén de su vida», y el tiempo en que caía era entre las cinco y las seis de la mañana, de modo que podrían haberlo recogido temprano y emplear todo el resto del día de reposo en el culto de Dios; y además no tenían que hacer ningún gran viaje para ello, pues no era más que salir de su puerta, ya que caía alrededor de sus tiendas; y aun así no podían recogerlo en el día de reposo; y solo por proponerse hacerlo, Dios se enojó mucho. «Y aconteció que algunos del pueblo salieron en el séptimo día a recoger, y no hallaron. Y el Señor dijo: ¿Hasta cuándo no querréis guardar mis mandamientos y mis leyes?». Éxodo 16:27, 28. Ciertamente ungir a Cristo después de muerto era una obra encomiable; pero, aunque María Magdalena y María la madre de Jacobo habían preparado ungüentos aromáticos para ungir el cuerpo muerto de Cristo, no fueron al sepulcro a embalsamarlo hasta que pasó el día de reposo. «Y descansaron el día de reposo, conforme al mandamiento». Lucas 23:56. No puede ocuparse la mano en el día del Señor sin que se contamine el corazón. Los mismos paganos, por la luz de la naturaleza, no hacían ninguna obra secular en el tiempo que habían apartado para el culto de sus dioses falsos. Clemente de Alejandría refiere de uno de los emperadores de Roma que, en el día señalado para el culto de sus dioses, dejaba a un lado los asuntos de la guerra y pasaba el tiempo en devoción. Hacer obra servil en el día de reposo revela un corazón irreligioso y ofende grandemente a Dios. Hacer obra secular en este día es seguir el arado del diablo; es envilecer el alma. Dios hizo este día a propósito para elevar el corazón al cielo, para conversar con él, para hacer obra de ángeles; y ocuparse en obras terrenales es despojar al alma de su honra. Dios no quiere que su día sea invadido ni profanado en lo más mínimo. Al hombre que recogió leña en el día de reposo mandó apedrearlo. Números 15:35. Parecería cosa pequeña recoger unos cuantos palos para hacer fuego; pero Dios no quería que este día fuese violado ni en las cosas más pequeñas. Más aún, ni siquiera la obra que tenía relación con un uso religioso podía hacerse en el día de reposo, como labrar piedras para la construcción del santuario. Bezaleel, que había de cortar las piedras y tallar la madera para el santuario, debía abstenerse de hacerlo en el día de reposo. Éxodo 31:15. Un templo es lugar del culto de Dios, pero era pecado edificar un templo en el día del Señor. Esto es santificar el día de reposo negativamente: no haciendo obra servil.

Con todo, las obras de necesidad y de caridad pueden hacerse en este día. En estos casos Dios quiere misericordia y no sacrificio. (1) Es lícito tomar lo necesario para el sustento de la naturaleza. El alimento es para el cuerpo lo que el aceite para la lámpara. (2) Es lícito hacer obras de misericordia, como ayudar a un prójimo cuando su vida o su hacienda están en peligro. En esto los judíos eran demasiado escrupulosos y rigurosos, pues no permitían que se hicieran obras de caridad en el día de reposo. Si un hombre estaba enfermo, pensaban que no podían en este día usar medios para su curación. Cristo les echa en cara que se enojaran porque él había obrado una curación en el día de reposo. Juan 7:23. Si una casa ardía, los judíos pensaban que no podían llevar agua para apagarla; si una embarcación hacía agua en este día, pensaban que no podían taparla. Eran «demasiado justos»; era un celo aparente, pero le faltaba discreción que lo guiara. Salvo en estos dos casos, de necesidad y de caridad, toda obra secular ha de suspenderse y dejarse a un lado en el día del Señor. «No hagas en él obra alguna». Esto acusa y condena a muchos entre nosotros que se ensucian demasiado los dedos con el trabajo en ese día; unos preparando grandes banquetes, otros abriendo las puertas de sus tiendas y vendiendo comida en el día de reposo. El marinero no quiere hacerse a la mar sino en el día de reposo, y así corre a toda vela a quebrantar este mandamiento. Otros trabajan en este día en privado, cierran los escaparates de su tienda y siguen con su oficio puertas adentro; pero aunque piensan esconder su pecado bajo un dosel, Dios lo ve. «¿Adónde huiré de tu presencia?». «Aun las tinieblas no encubren de ti». Salmo 139:7, 12. Los tales profanan el día, y Dios entablará contra ellos una acción por transgresión.

[2] Positivamente. Santificamos el día de reposo «consagrando y dedicando» este día al «servicio del Dios altísimo». Es bueno descansar en el día de reposo de las obras de nuestra vocación; pero si descansamos del trabajo y no hacemos más, el buey y el asno guardan el día de reposo tan bien como nosotros, porque ellos descansan del trabajo. Debemos dedicar el día a Dios; no solo hemos de «guardar un día de reposo», sino «santificar» un día de reposo. La santificación del día de reposo consiste en dos cosas: (1) Una preparación solemne para él. Si un príncipe fuera a venir a tu casa, ¡qué preparativos harías para recibirlo! Barrerías la casa, fregarías el suelo, adornarías la sala con los tapices y colgaduras más ricos, para que hubiera algo conforme al rango y dignidad de tan gran persona. En el bendito día de reposo, Dios se propone tener dulce comunión contigo; parece decirte, como Cristo a Zaqueo: «Date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose en tu casa». Lucas 19:5. Pues bien, ¿qué preparativos deberías hacer para recibir a este Rey de gloria? Cuando se acerque la tarde del sábado, toca retirada; aparta tu mente del mundo y reúne tus pensamientos para pensar en la gran obra del día que se acerca. Purga todo afecto impuro que pueda indisponerte para la obra del día de reposo. La preparación de la víspera será como afinar un instrumento: dispondrá mejor el corazón para los deberes del día de reposo que sigue.

(2) Su observancia sagrada. Alégrate cuando se acerca el día, como día en que tenemos un premio para nuestra alma y podemos gozar mucho de la presencia de Dios. Juan 8:56. «Abraham se gozó por ver mi día». Así, cuando vemos brillar la luz de un día de reposo, debemos alegrarnos y «llamar al día de reposo delicia»: esta es la reina de los días, que Dios ha coronado con una bendición. Isaías 58:13. Así como había un día de la semana en que Dios hacía llover el doble de maná que cualquier otro día, así hace llover el maná de las bendiciones celestiales el doble en el día de reposo que en cualquier otro. Este es el día en que Cristo lleva el alma a la casa del vino y despliega sobre ella la bandera del amor; ahora cae sobre el alma el rocío del Espíritu, por el cual es reanimada y consolada. ¡Cuántos pueden llamar al día del Señor el día de su nuevo nacimiento! Este día de reposo es prenda y arras del reposo eterno en el cielo. ¿No nos alegraremos, pues, cuando se acerque? El día en que brilla el Sol de justicia debe ser un día de alegría.

Levántate temprano la mañana del día de reposo. Cristo resucitó temprano en este día, antes de que saliera el sol. Juan 20:1. ¿Se levantó él temprano para salvarnos, y no nos levantaremos nosotros temprano para adorarlo y glorificarlo? «De madrugada te buscaré». Salmo 63:1. ¿Podemos levantarnos temprano otros días? El labrador madruga para ir a su arado, el viajero se levanta temprano para emprender su camino; ¿y no lo haremos nosotros, que en este día vamos de viaje al cielo? Ciertamente, si amáramos a Dios como debemos, nos levantaríamos temprano en este día para encontrarnos con aquel a quien ama nuestra alma. Los que se quedan trabajando hasta tarde la noche anterior están tan sepultados en el sueño que difícilmente se levantarán temprano la mañana del día de reposo.

IV. Habiendo vestido tu cuerpo, debes vestir tu alma para oír la palabra. Así como el pueblo de Israel había de lavarse antes de que se le diera la ley, así debemos lavar y limpiar nuestra alma; y esto se hace por la lectura, la meditación y la oración. Éxodo 19:10.

[1] Por la lectura de la palabra. La palabra es un gran medio para santificar el corazón y ponerlo en disposición de día de reposo. «Santifícalos en tu verdad», etc. Juan 17:17. No leas la palabra con descuido, sino con seriedad y afecto, como el oráculo del cielo, el pozo de la salvación, el libro de la vida. David, por su preciosidad, la estimaba más que el oro; y por su dulzura, más que la miel. Salmo 19:10. Leyendo bien la palabra, nuestro corazón, cuando está torpe, es avivado; cuando está duro, es ablandado; cuando está frío y helado, es inflamado; y podemos decir como los discípulos: «¿No ardía nuestro corazón en nosotros?». Algunos saltan de la cama directamente a oír la palabra. La razón por la que muchos no sacan más provecho en el día de reposo de la palabra predicada es que no desayunaron con Dios por la mañana leyendo su palabra.

[2] La meditación. Sube al monte de la meditación y conversa allí con Dios. La meditación es el retirarse del alma dentro de sí misma para que, pensando seria y solemnemente en Dios, el corazón se eleve a afectos divinos. Es una obra propia de la mañana del día de reposo. Medita en cuatro cosas.

(1) En las obras de la creación. Esto se expresa en el mandamiento: «El Señor hizo los cielos y la tierra, el mar», etc. La creación es un espejo en el que vemos gloriosamente representados la sabiduría y el poder de Dios. Dios produjo esta hermosa estructura del mundo sin materia alguna preexistente, y con una palabra. «Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos». Salmo 33:6. Los discípulos se maravillaron de que Cristo pudiera calmar el mar con una palabra, pero mucho más asombroso era hacer el mar con una palabra. Mateo 8:26. En el día de reposo meditemos en la infinitud del Creador. Mira al firmamento y ve las maravillas de Dios en el abismo». Salmo 107:24. Mira a la tierra, donde podemos contemplar la naturaleza de los minerales, el poder del imán, la virtud de las hierbas y la belleza de las flores. Meditando en estas obras de la creación, tan primorosamente bordadas, aprenderemos a admirar a Dios y a alabarlo. «¡Cuán innumerables son tus obras, oh Señor! Hiciste todas ellas con sabiduría». Salmo 104:24. Meditando en las obras de la creación, aprenderemos a confiar en Dios. El que puede crear puede proveer; el que pudo hacernos cuando no éramos nada puede levantarnos cuando estamos abatidos. «Nuestro socorro está en el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra». Salmo 124:8.

(2) Medita en la santidad de Dios. «Santo y temible es su nombre». Salmo 111:9. «Muy limpio eres de ojos para ver el mal». Habacuc 1:13. Dios es santo en su esencia, en su origen y en su eficacia. Toda la santidad que hay en los hombres y en los ángeles no es más que un arroyo cristalino que mana de esta fuente gloriosa. Dios ama la santidad porque es su propia imagen. Un rey no puede sino amar ver su propia efigie acuñada en la moneda. Dios tiene la santidad por su gloria, y por la joya más resplandeciente de su corona. «Magnífico en santidad». Éxodo 15:11. He aquí una meditación propia para el primer umbral de un día de reposo. Contemplar esto obraría en nosotros una disposición de corazón acorde con un Dios santo; nos haría reverenciar su nombre y santificar su día. Mientras meditamos en la santidad de la naturaleza de Dios, comenzaremos a ser transformados a su semejanza.

(3) Medita en el amor de Cristo al redimirnos. Apocalipsis 1:5. La redención supera a la creación; la una es monumento del poder de Dios, la otra de su amor. He aquí una tarea propia para el día de reposo. ¡Oh, el amor infinito y asombroso de Cristo al levantar a pobres criaturas caídas de un estado de culpa y condenación! ¡Que Cristo, que era Dios, tuviera que morir! ¡Que este glorioso Sol de Justicia sufriera un eclipse! Jamás podremos admirar bastante este amor, no, ni siquiera en el cielo. ¡Que Cristo muriera por los pecadores! No por ángeles pecadores, sino por hombres pecadores. ¡Que tales terrones de tierra y de pecado fueran hechos estrellas resplandecientes de gloria! ¡Oh, el asombroso amor de Cristo! Este fue Illustre amoris Christi mnemosynum. Brugensis. ¡Que Cristo no solo muriera por los pecadores, sino que muriera como un pecador! «Lo hizo pecado por nosotros». 2 Corintios 5:21. Aquel que estaba entre las gloriosas personas de la Trinidad «fue contado con los transgresores». Isaías 53:12. No que él tuviera pecado, sino que fue como un pecador, al serle imputados nuestros pecados. El pecado no vivía en él, pero fue puesto sobre él. He aquí una hipérbole de amor capaz de llenarnos de asombro. ¡Que Cristo nos redimiera cuando no podía esperar ganar nada, ni sacar provecho alguno de nosotros! Los hombres no gastan su dinero en una compra si no ha de redundar en su beneficio; pero ¿qué beneficio podía esperar Cristo al comprarnos y redimirnos? Estábamos en tal condición que no podíamos ni merecer ni recompensar el amor de Cristo. No podíamos merecerlo, pues estábamos en nuestra sangre. Ezequiel 16:6. No teníamos hermosura espiritual alguna que lo atrajera. Es más, no solo estábamos en nuestra sangre, sino que estábamos en armas contra él. «siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo». Romanos 5:10. Cuando él derramaba su sangre, nosotros escupíamos veneno. Así como no podíamos merecerlo, tampoco podíamos recompensarlo. Después de haber muerto por nosotros, ni siquiera podíamos amarlo, hasta que él nos hizo amarlo. Nada podíamos darle a cambio de su amor. «¿Quién le dio a él primero?». Romanos 11:35. Habíamos caído en la pobreza. Si tenemos alguna hermosura, viene de él: «Era perfecta, a causa de mi hermosura que yo puse sobre ti». Ezequiel 16:14. Si damos algún buen fruto, no es de nuestra propia cosecha; viene de él, la vid verdadera. «De mí será hallado tu fruto». Oseas 14:8. No fue sino puro amor lo que movió a Cristo a derramar su sangre para redimir a quienes no podía esperar que le reportaran ganancia real alguna. ¡Que Cristo muriera tan de buena gana! «Yo pongo mi vida». Juan 10:17. Los judíos no habrían podido quitársela si él no la hubiera puesto. Podía haber llamado a su Padre para que le enviara legiones de ángeles como guardia de su vida; pero ¿qué necesidad había siquiera de eso, cuando su propia Deidad podía defenderle de todo asalto? Él puso su vida. Los judíos no tenían tanta sed de su muerte como él la tenía de nuestra redención. «De un bautismo me es necesario ser bautizado, ¿y cómo me angustio hasta que se cumpla?». Lucas 12:50. Llamó bautismo a sus sufrimientos; había de ser bautizado y rociado con su propia sangre; y se le hacía largo el tiempo hasta padecer. Para mostrar la buena voluntad de Cristo para morir, sus sufrimientos son llamados una ofrenda. «Por la ofrenda del cuerpo de Jesús». Hebreos 10:10. Su muerte fue una ofrenda voluntaria. ¡Que Cristo no escatimara ni tuviera por mucho todos sus sufrimientos! Aunque fue azotado y crucificado, quedó bien contento con lo que había hecho y, si fuera necesario, lo volvería a hacer. «Verá el fruto del trabajo de su alma, y quedará satisfecho». Isaías 53:11. Así como la madre que ha tenido un parto duro no se arrepiente de sus dolores cuando ve nacido al niño, sino que queda bien contenta, así Cristo, aunque tuvo un duro parto en la cruz, no lo tiene por mucho; no se aflige, sino que da por bien empleados su sudor y su sangre, porque ve nacido al mundo el hijo varón de la redención. ¡Que Cristo hiciera eficaz la redención para unos y no para otros! He aquí un amor sorprendente. Aunque hay suficiencia en sus méritos para salvar a todos, solo algunos participan de su virtud salvadora; no todos creen. «Hay algunos de vosotros que no creen». Juan 6:64. Cristo no ruega por todos. Juan 17:9. Algunos lo rechazan. Él es «la piedra que desecharon los edificadores». Salmo 118:22. Otros se burlan de él. Lucas 16:14. Otros sacuden su yugo. «No queremos que este reine sobre nosotros». Lucas 19:14. De modo que no todos tienen el beneficio de la salvación por medio de él. Aquí se manifiesta el amor distintivo de Cristo: que la virtud de su muerte alcance a unos y no a otros. «No muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no muchos nobles son llamados». 1 Corintios 1:26. ¡Que Cristo pasara por alto a muchos de alta cuna y grandes dotes, y que la suerte de la gracia gratuita cayera sobre ti; que rociara su sangre sobre ti! «¡Oh, la profundidad del amor de Cristo!». ¡Que Cristo nos amara con un amor tan trascendente! El apóstol lo llama «amor que excede a todo conocimiento». Efesios 3:19. ¡Que nos amara más que a los ángeles! A ellos los ama como a sus amigos, pero a los creyentes como a su esposa. Los ama con la misma clase de amor que Dios Padre le tiene a él. «Como el Padre me amó, también yo os he amado». Juan 15:9. ¡Oh, qué hipérbole de amor muestra Cristo al redimirnos! ¡Que el amor de Cristo en nuestra redención sea eterno! «Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin». Juan 13:1. Así como el amor de Cristo no tiene igual, tampoco tiene fin. La flor de su amor es dulce, y lo que la hace más dulce es que nunca se marchita. Su amor es eterno. Jeremías 31:3. Jamás repudiará a su esposa escogida. Las faltas de su pueblo no pueden quitarle del todo su amor; pueden eclipsarlo, pero no apartarlo por completo; sus faltas pueden hacer que Cristo se enoje con ellos, pero no que los aborrezca. No toda falta rompe el vínculo matrimonial. El amor de Cristo no es como el amor de los santos. Ellos a veces tienen fuertes afectos hacia él; otras veces se les pasa el fervor y apenas hallan amor alguno, o ninguno, que se mueva en ellos; pero no sucede así con el amor de Cristo hacia ellos: es un amor de eternidad. Cuando el sol del amor elector de Cristo ha salido una vez sobre el alma, ya no se pone jamás. La muerte puede quitarnos la vida, pero no el amor de Cristo. Mira aquí un tema singular para meditar en la mañana del día de reposo. Meditar en el maravilloso amor de Cristo al redimirnos obraría en nosotros un corazón dispuesto para el día de reposo.

Nos derretiría en lágrimas por nuestra ingratitud espiritual: que pequemos contra un Salvador tan dulce; que su amor no nos conmueva más, sino que paguemos mal por bien; que, como los atenienses, que a pesar de todos los buenos servicios que Arístides les había prestado lo desterraron de su ciudad, nosotros lo desterremos a él de nuestro templo; que lo contristemos con nuestro orgullo, nuestra ira temeraria, nuestra esterilidad, nuestras animosidades y nuestras extrañas facciones. ¿No tenemos a nadie más a quien maltratar que a nuestro amigo? ¿No tenemos contra qué dar coces sino contra las entrañas de nuestro Salvador? ¿No sufrió Cristo bastante en la cruz, para que nosotros tengamos que hacerle sufrir más? ¿Le damos aún más «hiel y vinagre a beber»? ¡Oh, si algo puede disolver el corazón en dolor y derretir los ojos en lágrimas, es la ingratitud mostrada a Cristo! Cuando Pedro pensó en el amor de Cristo hacia él, en cómo lo había hecho apóstol, le había revelado los secretos de su pecho y lo había llevado al monte de la transfiguración, y que aun así él lo había negado, se le quebró el corazón de dolor: «salió fuera, y lloró amargamente». Mateo 26:75. ¡Qué cosa tan bendita es tener los ojos destilando lágrimas en el día de reposo! Y nada arrancaría lágrimas más pronto que meditar en el amor de Cristo hacia nosotros y en nuestra ingratitud hacia él.

Meditar en la mañana del día del Señor en el amor de Cristo encendería en nuestro corazón amor hacia él. ¿Cómo podemos contemplarle sangrando y muriendo por nosotros sin que nuestro corazón se caliente de amor por él? El amor es el alma de la religión, el más puro de los afectos. No son ríos de aceite, sino chispas de amor, lo que Cristo estima. Y ciertamente, así como dijo David: «Mientras meditaba, se encendió el fuego» (Salmo 39:3), así, mientras meditamos en el amor de Cristo al redimirnos, el fuego de nuestro amor arderá hacia él; y entonces el cristiano está en una bendita disposición de día de reposo, cuando, como un serafín, arde de amor por Cristo.

(4) En la mañana del día de reposo, medita en la gloria del cielo. El cielo es el extracto y la esencia de la felicidad. Se le llama reino. Mateo 25:34. Reino por sus riquezas y su magnificencia. Se le describe con piedras preciosas y puertas de perlas. Apocalipsis 21:19, 21. Allí está todo lo que es verdaderamente glorioso: luz transparente, amor perfecto, honra sin mancha, gozo sin mezcla; y lo que corona el gozo del paraíso celestial es la eternidad. Supón que los reinos de la tierra fueran más gloriosos de lo que son, con cimientos de oro, muros de perla y ventanas de zafiro; aun así son corruptibles; pero el reino de los cielos es eterno; esos ríos de deleite corren «para siempre». Salmo 16:11. Aquello en que consiste la esencia de la gloria, lo que hace que el cielo sea cielo, es la visión inmediata y el goce del Dios bendito: «estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza». Salmo 17:15. ¡Oh, piensa en la Jerusalén de arriba!

Esto es propio del día de reposo. Meditar en el cielo elevaría nuestro corazón por encima del mundo. ¡Oh, cómo desaparecerían las cosas terrenales y se reducirían a nada, si nuestra mente se remontara por encima de las cosas visibles y tuviéramos a la vista la gloria! ¡Cómo nos haría celestiales la meditación del cielo en nuestros ejercicios del día de reposo! Avivaría el afecto, daría alas a la devoción y haría que estuviéramos «en el Espíritu en el día del Señor». Apocalipsis 1:10. ¡Con cuánto vigor sirve a Dios quien tiene siempre ante los ojos una corona de gloria!

[3] Vestimos nuestra alma en la mañana del día de reposo por medio de la oración: «Cuando ores, entra en tu aposento», etc. Mateo 6:6. La oración santifica el día de reposo.

(1) Las cosas por las que debemos orar en la mañana del día de reposo. Pidamos una bendición sobre la palabra que ha de predicarse, para que nos sea olor de vida; para que por ella nuestra mente sea más iluminada, nuestras corrupciones más debilitadas y nuestro caudal de gracia más acrecentado. Oremos para que la presencia especial de Dios esté con nosotros, para que nuestro corazón arda dentro de nosotros mientras Dios habla, para que recibamos la palabra en un corazón manso y humilde, y para que nos sometamos a ella y demos fruto. Santiago 1:21. Y no debemos orar solo por nosotros mismos, sino también por otros.

Ora por el que dispensa la palabra: que su lengua sea tocada con un carbón encendido del altar de Dios; que Dios caliente el corazón de aquel que ha de ayudar a calentar el de otros. Tus oraciones pueden ser un medio para avivar al ministro. Algunos se quejan de que no sacan provecho de la palabra predicada; quizá no oraron por su ministro como debían. La oración es como el afilar y aguzar un instrumento, que lo hace cortar mejor. Ora con tu familia y por ella. Sí, ora por todas las congregaciones que se reúnen en este día en el temor del Señor: que el rocío del Espíritu caiga junto con el maná de la palabra; que algunas almas se conviertan y otras sean fortalecidas; que las ordenanzas del evangelio continúen y no se les ponga estorbo alguno. Estas son las cosas por las que debemos orar. El árbol de la misericordia no dejará caer su fruto si no lo sacude la mano de la oración.

(2) La manera de nuestra oración. No basta con decir una oración, con orar de un modo apagado y frío, que es pedirle a Dios que nos lo niegue; sino que debemos orar con reverencia, humildad, fervor y esperanza en la misericordia de Dios. Lucas 22:44. Cristo oraba más intensamente. Para orar con más fervor, debemos orar con el sentimiento de nuestras necesidades. El que está apretado por la necesidad pedirá limosna con ahínco. Ora con más fervor el que ora con más sentimiento. Esto es santificar la mañana del día de reposo, y es una buena preparación para la palabra predicada. Cuando la tierra ha sido roturada por el arado, está apta para recibir la semilla; cuando el corazón ha sido quebrantado por la oración, está apto para recibir la semilla de la palabra predicada.

V. Habiendo vestido así tu alma por la mañana, para santificar aún más el día de reposo, disponte a oír la palabra predicada.

Cuando te sientes en tu lugar, levanta los ojos al cielo pidiendo una bendición sobre la palabra que se va a dispensar; porque has de saber que la palabra predicada no obra como un medicamento, por su propia virtud inherente, sino por una virtud que viene del cielo y por la cooperación del Espíritu Santo. Por tanto, eleva una breve oración jaculatoria pidiendo una bendición sobre la palabra, para que te sea eficaz.

Cuando comience la predicación de la palabra, óyela con reverencia y santa atención. «Una mujer llamada Lidia estaba atenta a lo que Pablo decía». Hechos 16:14. El emperador Constantino era conocido por la reverente atención con que oía la palabra. Cristo enseñaba cada día en el templo, y «todo el pueblo estaba muy atento oyéndole». Lucas 19:48. En el griego: «estaban colgados de sus labios». Si pudiéramos hablarles a los hombres de una compra provechosa, atenderían con diligencia; ¿y no deberían atender mucho más cuando se les predica el evangelio de la gracia? Para que santifiquemos y honremos el día de reposo oyendo con atención, guárdate de estas dos cosas al oír: la distracción y la somnolencia.

[1] La distracción. «Para que sin distracción os lleguéis al Señor». 1 Corintios 7:35. Se cuenta de Bernardo que, cuando llegaba a la puerta de la iglesia, decía: «Quedaos aquí, todos mis pensamientos terrenales». Así deberíamos decirnos a nosotros mismos cuando estamos a la puerta de la casa de Dios: «Quedaos aquí, todos mis afanes mundanos y mis cavilaciones errantes; ahora voy a oír lo que el Señor me dirá». La distracción estorba la devoción. La mente es zarandeada por pensamientos vanos y desviada del asunto que tiene entre manos. Es difícil fijar un corazón de azogue. Jerónimo se queja de sí mismo: «A veces, cuando estoy en el servicio de Dios, per porticus diambulo, me paseo por las galerías, y a veces estoy echando cuentas». ¡Cuántas veces, al oír la palabra, los pensamientos danzan de un lado a otro, y mientras los ojos están puestos en el ministro, la mente está en otras cosas! Oír distraído está muy lejos de santificar el día de reposo. Es muy pecaminoso dar lugar a pensamientos vanos en ese momento, porque cuando oímos la palabra estamos en la presencia especial de Dios. Cometer cualquier acto de traición en presencia del rey es una gran desvergüenza. «Aun en mi casa hallé su maldad». Jeremías 23:11. Así puede decir el Señor: «En mi casa, mientras oyen mi palabra, he hallado maldad; tienen ojos lascivos, y su alma está puesta en la vanidad».

¿De dónde vienen estos pensamientos vagabundos y distraídos al oír?

(1) En parte, de Satanás. El diablo no deja de estar presente en nuestras asambleas. Si no puede impedirnos oír, nos estorbará mientras oímos. «Cuando vinieron los hijos de Dios a presentarse delante del Señor, vino también Satanás entre ellos». Job 1:6. El diablo pone objetos vanos ante la imaginación para causar distracción. Su gran designio es hacer infructuosa la palabra. Así como cuando uno está escribiendo, otro le da empujones de modo que no puede escribir derecho, así cuando estamos oyendo, el diablo nos estará empujando con alguna tentación para que no atendamos a la palabra predicada. «Me mostró a Josué, el sumo sacerdote, el cual estaba delante del ángel del Señor, y Satanás estaba a su mano derecha para serle adversario». Zacarías 3:1.

(2) Estos pensamientos errantes al oír vienen en parte de nosotros mismos. No debemos echarle toda la culpa a Satanás.

Vienen de los ojos. Unos ojos errantes causan pensamientos errantes. Así como un ladrón puede entrar en la casa por una ventana, así los pensamientos vanos pueden entrar por los ojos. Así como se nos manda guardar nuestro pie cuando entramos en la casa de Dios (Eclesiastés 5:1), así necesitamos hacer pacto con nuestros ojos, para no distraernos mirando otros objetos. Job 31:1.

Los pensamientos errantes al oír brotan del corazón. Estas chispas salen de nuestro propio horno. Los pensamientos vanos son el cieno que el corazón arroja, como de un mar agitado. «Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos». Marcos 7:21. Así como la suciedad del estómago envía vapores a la cabeza, así la corrupción del corazón envía malos pensamientos a la mente.

Los pensamientos distraídos al oír proceden de un mal hábito. Nos acostumbramos a los pensamientos vanos en otros momentos, y por eso no podemos impedirlos en el día de reposo. El hábito es una segunda naturaleza. «¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal?». Jeremías 13:23. El que está acostumbrado a las malas compañías no sabe cómo dejarlas; así, los que tienen pensamientos vanos que les hacen compañía toda la semana no saben cómo librarse de ellos en el día de reposo. Déjame mostrarte cuán malos son estos pensamientos vanos y distraídos al oír:

[1] Tener el corazón distraído al oír es una falta de respeto a la omnisciencia de Dios. Dios es un Espíritu que todo lo ve, y los pensamientos hablan más alto a sus oídos que las palabras a los nuestros. «Anuncia al hombre cuál es su pensamiento». Amós 4:13. No hacer conciencia de los pensamientos errantes al oír es una afrenta a la omnisciencia de Dios, como si él no conociera nuestro corazón o no oyera el lenguaje de nuestros pensamientos.

[2] Dar lugar a pensamientos errantes al oír es hipocresía. Aparentamos oír lo que Dios dice, y nuestra mente está del todo en otra cosa. Presentamos a Dios nuestro cuerpo, pero no le damos nuestro corazón. Oseas 7:11. De esta hipocresía se queja Dios: «Este pueblo se me acerca con su boca, y con sus labios me honra, mas su corazón alejó de mí». Isaías 29:13. Esto es prevaricar y tratar falsamente con Dios.

[3] Los pensamientos vanos al oír revelan una gran falta de amor a Dios. Si lo amáramos, escucharíamos sus palabras como oráculos y las escribiríamos en la tabla de nuestro corazón. Proverbios 3:3. Cuando un amigo a quien amamos nos habla y nos da consejo, atendemos con seriedad y bebemos cada palabra. Dar licencia a nuestros pensamientos para que vaguen en los deberes santos muestra un gran defecto en nuestro amor a Dios.

[4] Los pensamientos vanos e impertinentes al oír contaminan una ordenanza. Son como moscas muertas en el frasco del perfume. Cuando una cuerda del laúd está desafinada, echa a perder la música; así la distracción del pensamiento desafina la mente y hace que nuestros servicios suenen ásperos y desagradables. Los pensamientos errantes envenenan un deber y lo convierten en pecado. «Su oración sea para pecado». Salmo 109:7. ¿Qué puede haber peor que el que la oración de un hombre y su oír la palabra se conviertan en pecado? ¿No sería triste que la comida que comemos aumentara los malos humores? ¡Cuánto más cuando el oír la palabra, que es el alimento del alma, se convierte en pecado!

[5] Los pensamientos vanos al oír ofenden a Dios. Si el rey estuviera hablando a uno de sus súbditos, y este no prestara atención a lo que el rey dice, sino que estuviera pensando en otro asunto o jugando con una pluma, ¿no se irritaría el rey? Así, cuando estamos en la presencia de Dios y él nos habla en su palabra, y nosotros apenas atendemos a lo que dice, sino que nuestro corazón anda en pos de la avaricia, ¿no ofenderá a Dios ser así menospreciado? Ezequiel 33:31. Él ha pronunciado maldición sobre los tales: «Maldito el engañoso, que tiene macho en su rebaño, y sacrifica al Señor lo dañado». Malaquías 1:14. Tener afectos fuertes y vivos es tener un macho en el rebaño; pero oír la palabra con distracción es dar a Dios deberes agusanados de pensamientos vanos y ofrecer al Señor lo dañado, lo cual trae maldición. «Maldito el engañoso».

[6] Los pensamientos vanos al oír, cuando se consienten y no se resisten, abren camino al endurecimiento del corazón. Una piedra en el corazón es peor que en los riñones. Los pensamientos distraídos al oír no mejoran el corazón, sino que lo endurecen. Los pensamientos vanos quitan el santo temor de Dios que debería haber en el corazón; hacen la conciencia menos sensible y estorban la eficacia que la palabra debería tener sobre el corazón.

[7] Los pensamientos vanos y distraídos nos roban el consuelo de una ordenanza. Un alma llena de gracia a menudo se encuentra con Dios en el santuario y puede decir: «Hallé al que ama mi alma». Cantares 3:4. Es como Jonatán, a quien, cuando probó la miel en la vara, se le aclararon los ojos. Pero los pensamientos vanos estorban el consuelo de una ordenanza, como una nube negra oculta los rayos cálidos y reconfortantes del sol. ¿Nos hablará Dios paz cuando nuestra mente anda vagando y nuestros pensamientos viajan hasta los confines de la tierra? Proverbios 17:24. Si alguna vez quieres oír la palabra con atención, haz como Abraham cuando ahuyentó las aves del sacrificio. Génesis 15:11. Cuando descubras estas escapadas y vagabundeos pecaminosos al oír, procura ahuyentar las aves; líbrate de estos pensamientos vanos: son vagabundos y no deben ser hospedados.

¿Cómo nos libraremos de estos pensamientos vagabundos?

(1) Ora y vela contra ellos. (2) Deja que el sentido del ojo omnisciente de Dios infunda temor reverente a tu corazón. El siervo no se pone a jugar en presencia de su amo. (3) Procura una disposición santa de corazón. Si el corazón fuera más espiritual, la mente sería menos ligera como una pluma. (4) Trae más amor a la palabra. Fijamos la mente en aquello que amamos. El que ama sus placeres y diversiones fija la mente en ellos y puede seguirlos sin distracción. Si nuestro amor estuviera más puesto en la palabra predicada, nuestra mente estaría más fija en ella; y ciertamente hay bastante para hacernos amar la palabra predicada, pues es la palabra de vida, la entrada del conocimiento, el antídoto contra el pecado, la que aviva todos los afectos santos. Es el verdadero maná, que tiene en sí toda clase de dulces sabores; el estanque de Betesda, en el que brotan los ríos de vida para sanar a los quebrantados de corazón; y un elixir soberano, un cordial que reanima al espíritu afligido. Adquiere amor por la palabra predicada, y no estarás tan distraído al oír. En lo que el corazón se deleita, en eso se detienen los pensamientos.

[2] Guárdate de la somnolencia al oír. La somnolencia muestra mucha irreverencia. ¡Qué despiertos están muchos cuando se ocupan del mundo, y qué soñolientos en el culto a Dios, como si el diablo les hubiera dado opio para hacerlos dormir! Sentir sueño aquí es muy pecaminoso. ¿No estás en la oración pidiendo perdón del pecado? ¿Se dormirá el preso mientras suplica su perdón? En la predicación de la palabra, ¿no se te parte el pan de vida? ¿Y se dormirá un hombre sobre su comida? ¿Qué es peor, faltar al sermón o dormir en el sermón? Mientras dormías, quizá se predicó la verdad que podría haber convertido tu alma. Además, dormir es muy ofensivo en una asamblea santa; no solo contrista al Espíritu de Dios, sino que entristece el corazón del justo. Ezequiel 13:22. A los justos les duele ver a alguien mostrar tal desprecio de Dios y de su culto; verlos diligentes en el taller, pero soñolientos en el templo. Por tanto, así como dijo Cristo: «¿No habéis podido velar una hora?», así digo yo: ¿no podéis estar despiertos una hora? Mateo 26:40. No niego que un hijo de Dios pueda a veces, por debilidad o indisposición del cuerpo, dormirse en un sermón, pero no voluntaria ni habitualmente. El sol puede sufrir un eclipse, pero no a menudo. Si el dormir es costumbre y se consiente, es muy mala señal y una profanación de la ordenanza. Un buen remedio contra la somnolencia es comer con moderación el día de reposo. Los que dan demasiado gusto a su apetito en el día de reposo están más aptos para dormir en un diván que para orar en el templo. Para que puedas desechar los pensamientos distraídos y la somnolencia en el día del Señor, y oír la palabra con reverente atención, considera:

(1) Es Dios quien nos habla en su palabra; por eso la predicación de la palabra es llamada el «aliento de sus labios». Isaías 11:4. Se dice que Cristo nos habla ahora «desde los cielos», como un rey habla por medio de su embajador. Hebreos 12:25. Los ministros no son más que tubos y órganos; es el Espíritu del Dios vivo quien sopla en ellos. Cuando venimos a la palabra, deberíamos pensar dentro de nosotros: Dios está hablando en este predicador. Los tesalonicenses oyeron la palabra que Pablo predicaba como si Dios mismo les hubiera hablado: «cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios». 1 Tesalonicenses 2:13. Cuando Samuel supo que era el Señor quien le hablaba, prestó oído. 1 Samuel 3:10. Si no hacemos caso a Dios cuando nos habla, él no nos hará caso a nosotros cuando le oremos.

(2) Considera cuán serios y graves son los asuntos que se nos presentan. Moisés dijo: «A los cielos y a la tierra llamo hoy por testigos, que os he puesto delante la vida y la muerte». Deuteronomio 30:19. ¿Pueden los hombres ser indiferentes a la palabra, o estar soñolientos, cuando se les ponen delante los graves asuntos de la eternidad? Predicamos la fe, la santidad de vida, el día del juicio y la retribución eterna. Aquí se te ponen delante la vida y la muerte; ¿y no exige todo esto una atención seria? Si a alguien se le leyera una carta sobre un asunto especial, en la que estuvieran en juego su vida y su hacienda, ¿no la escucharía con toda seriedad? En la predicación de la palabra está en juego tu salvación; y si alguna vez has de prestar atención, debería ser ahora. «Porque no os es cosa vana, sino que es vuestra vida». Deuteronomio 32:47.

(3) Dar lugar a pensamientos vanos y a la somnolencia al oír agrada a Satanás. Él sabe que no atender a un deber equivale, en la religión, a no cumplirlo. «Lo que el corazón no hace, no está hecho». Por eso dice Cristo de algunos: «Oyendo, no oyen». Mateo 13:13. ¿Cómo podía ser? Porque, aunque la palabra sonaba en sus oídos, no atendían a lo que se les decía; sus pensamientos estaban en otras cosas; por tanto, era lo mismo que si no oyeran. ¿No le agrada a Satanás ver a los hombres venir a la palabra y que lo mismo les daría quedarse en casa? Los acosan pensamientos vanos; son apartados del deber mientras están en él; su cuerpo está en la asamblea, su corazón en su tienda. «Oyendo, no oyen».

(4) Cada día de reposo puede ser el último que guardemos; podemos ir del lugar donde oímos al lugar donde seremos juzgados; ¿y no prestaremos reverente atención a la palabra? Si pensáramos, al entrar en la casa de Dios: «Quizá esta sea la última vez que Dios nos aconseje acerca de nuestra alma, y antes de otro sermón sonará en nuestros oídos la alarma de la muerte; ¡con qué atención y devoción oiríamos, y nuestros afectos estarían todos encendidos al oír!

(5) Tienes que dar cuenta de cada sermón que oyes. Redde rationem: «Da cuenta de tu mayordomía». Lucas 16:2. Así dirá Dios: «Da cuenta de tu oír. ¿Te ha conmovido la palabra? ¿Has sacado provecho de ella?». ¿Cómo podremos dar buena cuenta si hemos estado distraídos al oír y no hemos prestado atención a lo que se nos ha dicho? El juez ante quien hemos de dar cuenta es Dios. Si tuviéramos que dar cuenta a un hombre, podríamos falsear las cuentas; pero hemos de dar cuenta a Dios. Nec donis corrumpitur, nec blanditiis fallitur. Bernardo. «Es un Dios tan justo que no puede ser sobornado, y tan sabio que no puede ser engañado». Por tanto, teniendo que dar cuenta a un Juez tan imparcial, ¡cómo deberíamos atender a cada palabra predicada, acordándonos de la cuenta! Que todo esto nos haga sacudir la distracción y la somnolencia al oír, y tener los oídos encadenados a la palabra.

VI. Para oír la palabra como se debe, atiende a las cosas siguientes:

[1] Deja a un lado las disposiciones que pueden hacer ineficaz la palabra predicada. Por ejemplo:

(1) La curiosidad. Algunos van a oír la palabra predicada, no tanto para obtener gracia, como para enriquecerse de nociones, teniendo «comezón de oír». 2 Timoteo 4:3. Agustín confiesa que, antes de su conversión, iba a oír a Ambrosio por su elocuencia más que por la espiritualidad de lo que decía. «Tú eres para ellos como canción de amores de uno que tiene hermosa voz y sabe tañer bien un instrumento». Ezequiel 33:32. Muchos van a la palabra solo para regalar sus oídos; les gusta la melodía de la voz, la dulzura melosa de la expresión y la novedad de las opiniones. Hechos 17:21. Esto es amar el adorno del plato más que la comida; es desear ser agradado más que edificado. Como la mujer que se pinta la cara pero descuida su salud, así ellos se pintan y se adornan con especulaciones curiosas, pero descuidan la salud de su alma. Este oír no santifica ni el corazón ni el día de reposo.

(2) Deja a un lado el prejuicio. El prejuicio es a veces contra las verdades que se predican. Los saduceos tenían prejuicio contra la doctrina de la resurrección. Lucas 20:27. A veces el prejuicio es contra la persona que predica. «Hay un Micaías, por el cual podríamos consultar al Señor, mas yo le aborrezco». 1 Reyes 22:8. Esto estorba el poder de la palabra. Si un enfermo tiene mala opinión de su médico, no tomará ninguna de sus medicinas, por buenas que sean. El prejuicio en la mente es como una obstrucción en el estómago, que impide la virtud nutritiva del alimento. Envenena la palabra y le hace perder su eficacia.

(3) Deja a un lado la avaricia. La avaricia no consiste solo en obtener injustamente la ganancia del mundo, sino en amarla desordenadamente. Es un gran estorbo para la palabra predicada. La semilla que cayó entre espinos fue ahogada, Mateo 13:22, figura muy propia de la palabra cuando se predica a un oyente avaro. El avaro está pensando en el mundo mientras oye; su corazón está en su tienda. «Se sientan delante de ti como mi pueblo, y oyen tus palabras, mas el corazón de ellos anda en pos de su avaricia». Ezequiel 33:31. El oyente avaro se burla de la palabra. «Oían también todas estas cosas los fariseos, que eran avaros, y se burlaban de él». Lucas 16:14.

(4) Deja a un lado la parcialidad. Hay parcialidad en el oír cuando nos gusta oír predicar algunas verdades, pero no todas. Nos encanta oír hablar del cielo, pero no de la abnegación; de reinar con Cristo, pero no de padecer con él; de los deberes más fáciles de la religión, pero no de los más espinosos y difíciles, como la mortificación, poner el hacha a la raíz y talar nuestro pecado amado. «Decidnos cosas halagüeñas» (Isaías 30:10), cosas que no rocen la conciencia. A muchos les gusta oír del amor de Cristo, pero no de amar a sus enemigos; les gustan los consuelos de la palabra, pero no sus reprensiones. Herodes oía de buena gana a Juan el Bautista; le gustaban muchas verdades, pero no cuando hablaba contra su incesto.

(5) Deja a un lado el espíritu censor. Algunos, en lugar de juzgarse a sí mismos por su pecado, se sientan como jueces del predicador: su sermón tenía demasiada hiel, o era demasiado largo. Antes censurarían un sermón que lo pondrían en práctica. Dios juzgará al que juzga. Mateo 7:1.

(6) Deja a un lado la desobediencia. «Todo el día extendí mis manos a un pueblo rebelde». Romanos 10:21. Se dice de los judíos que Dios extendió sus manos en la predicación de la palabra, pero ellos rechazaron a Cristo. Que no haya nadie entre ustedes que rechace voluntariamente los consejos de la palabra. Es triste tener oído de víbora y corazón de diamante. Zacarías 7:11, 12. Si, cuando Dios nos habla en su palabra, somos sordos, cuando le hablemos nosotros en oración, él será mudo.

[2] Si quieres oír la palabra como se debe, ten buenos fines al oír. «Ven a la palabra para ser hecho mejor». Algunos no tienen otro fin al oír sino que está de moda, o ganar reputación, o tapar la boca a la conciencia; pero tú ven a la palabra para ser hecho más santo. Hay una gran diferencia entre la que va al jardín por flores para llevarlas en el pecho y la que va por flores para hacer jarabes y medicinas. Deberíamos ir a la palabra en busca de medicina que nos cure, como Naamán el sirio fue al Jordán para ser sanado de su lepra. «Desead la leche espiritual, sin engaño, para que por ella crezcáis». 1 Pedro 2:2. Ve a la palabra para ser transformado a su semejanza. Así como el sello deja su huella en la cera, procura que la palabra predicada deje la huella de su propia santidad en tu corazón.

Procura que la «palabra» tenga en ti una virtud como la del agua de los celos, para matar y para hacer fecundo: que mate tus pecados y haga tu alma fecunda en gracia. Números 5:27.

[3] Si quieres oír la palabra como se debe, acude a ella con deleite. La palabra predicada es un banquete de manjares suculentos. ¡Con qué deleite van los hombres a un banquete! La palabra predicada unge el ojo ciego, ablanda el corazón de piedra, rompe nuestros grilletes y nos convierte «de la potestad de Satanás a Dios». Hechos 26:18. La palabra es la semilla de la regeneración y el instrumento de la salvación. Santiago 1:18. Oye la palabra con deleite y complacencia. «Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón». Jeremías 15:16. «¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca». Salmo 119:103. Ama la palabra que más de cerca toca la conciencia; bendice a Dios cuando tus corrupciones han sido alcanzadas, cuando la espada del Espíritu ha hecho separación entre ti y tus pecados. ¿A quién le importa una medicina que no hace efecto?

[4] Si quieres oír la palabra como se debe, mézclala con fe. Cree en la verdad de la palabra predicada, que es la palabra por la cual has de ser juzgado. No solo des crédito a la palabra predicada, sino aplícala a tu propia alma. La fe digiere la palabra y la convierte en alimento espiritual. Muchos oyen la palabra, pero de ellos puede decirse lo que dice el Salmo 106:24: «No creyeron a su palabra». Como dijo una vez Melanchthon a unos italianos: «Ustedes, italianos, adoran a Dios en el pan, cuando no creen que él esté en el cielo», así muchos oyen las palabras de Dios, pero no creen que Dios existe; ponen en duda la verdad de sus oráculos. Si no mezclamos la fe con la palabra, es como dejar fuera el ingrediente principal de una medicina, lo cual la hace ineficaz. La incredulidad endurece el corazón de los hombres contra la palabra. «Algunos se endurecieron y no creyeron». Hechos 19:9. Los hombres oyen muchas verdades que se predican sobre lo precioso de Cristo, la hermosura de la santidad y la felicidad del estado glorificado; pero si por incredulidad y ateísmo ponen en duda estas verdades, lo mismo daría hablar a las piedras y a las columnas de la iglesia que a ellos. La palabra que no se cree jamás puede ponerse en práctica. Ubi male creditur, ibi nec bene vivitur [Donde la fe es inestable, también vacila la conducta]. Jerónimo. La incredulidad hace que la palabra predicada no surta efecto. «No les aprovechó el oír la palabra, por no ir mezclada con fe en los que la oyeron». Hebreos 4:2. La palabra para un incrédulo es como un cordial puesto en la boca de un muerto, que pierde toda su virtud. Si hay incrédulos en nuestras congregaciones, ¿qué dirán de ellos los ministros a Dios en el día postrero? Señor, hemos predicado al pueblo al que tú nos enviaste, les hemos mostrado nuestra comisión, les hemos anunciado todo tu consejo, pero no han creído una sola palabra de lo que dijimos. Les dijimos cuál sería el fruto del pecado, pero no quisieron hacer caso. Quisieron beber su trago azucarado, aunque había muerte en la copa. Señor, estamos limpios de su sangre. No permita Dios que los ministros tengan jamás que darle este informe de su pueblo. Pero se verán obligados a darlo si sus oyentes viven y mueren en incredulidad. ¿Quieres santificar el día de reposo oyendo la palabra como se debe? Óyela con fe. El apóstol pone juntas las dos cosas, «la fe y la salvación»: «Somos de los que creen para salvación del alma». Hebreos 10:39.

[5] Si quieres oír la palabra como se debe, óyela con espíritu manso. Santiago 1:21. Recibe la palabra in mansuetudine, «con mansedumbre». La mansedumbre es una disposición de corazón sumisa a la palabra. Contraria a esta mansedumbre es la fiereza de espíritu, cuando los hombres se levantan con furia contra la palabra, como si el enfermo se enojara con el médico cuando le da una medicina para purgar sus malos humores. «Oyendo estas cosas, se les cortaba el corazón, y crujían los dientes contra él [Esteban]». Hechos 7:54. «Asa se enojó contra el vidente, y lo echó en la casa de la cárcel». 2 Crónicas 16:10. El orgullo y la culpa hacen que los hombres se irriten contra la palabra. ¿Qué enfureció a Asa sino el orgullo? Era rey, y se creía demasiado bueno para que le hablaran de su pecado. ¿Qué enojó a Caín cuando Dios le dijo: «¿Dónde está Abel tu hermano?»? Él respondió: «¿Soy yo guarda de mi hermano?». ¿Qué lo hizo tan susceptible sino la culpa? Había empapado sus manos en la sangre de su hermano. Si quieres oír la palabra como se debe, deja a un lado tus pasiones. «Recibid con mansedumbre la palabra»; procura un corazón humilde que se someta a las verdades que se predican. Dios toma al manso por discípulo suyo. «A los mansos enseñará su camino». Salmo 25:9. La mansedumbre hace que la palabra predicada sea una «palabra injerida». Santiago 1:21. Un buen injerto puesto en un mal tronco cambia su naturaleza y le hace dar fruto bueno y generoso; así, cuando la palabra predicada se injerta en el corazón de los hombres, los santifica y les hace dar los dulces frutos de justicia. Por la mansedumbre llega a ser una palabra injerida.

[6] Si quieres oír la palabra como se debe, no seas solo atento, sino también retentivo. Guárdala en tu memoria y en tu corazón. La semilla que cayó «en buena tierra, estos son los que, habiendo oído la palabra, la retienen». Lucas 8:15. La palabra griega para «retener» significa sujetar firmemente la palabra, para que no se nos escape. Si la semilla no se conserva en la tierra, sino que en seguida es arrastrada por el agua, se siembra con poco provecho; así, si la palabra predicada no se guarda en tu memoria y en tu corazón, se predica en vano. Muchas personas tienen la memoria como vasijas que se salen. Si la palabra sale tan aprisa como entra, ¿cómo puede aprovechar? Si se pone un tesoro en un cofre y el cofre no se cierra con llave, fácilmente puede ser sacado; así, una mala memoria es un cofre sin cerradura, del cual el diablo puede sacar fácilmente todo el tesoro. «Luego viene el diablo, y quita la palabra de su corazón». Lucas 8:12. Procura guardar en la memoria las verdades que oyes. Las cosas que estimamos no se olvidan fácilmente. «¿Se olvida la virgen de sus adornos, o la desposada de sus galas?». Jeremías 2:32. Si apreciáramos más la palabra, no la olvidaríamos tan pronto. Si la comida no se queda en el estómago, sino que se devuelve tan aprisa como la comemos, no puede nutrir; así, si la palabra no se queda en la memoria, sino que en seguida se va, poco bien puede hacer al alma.

[7] Si quieres oír como se debe, practica lo que oyes. La práctica es la vida de todo. «Bienaventurados los que guardan sus mandamientos, para tener derecho al árbol de la vida». Apocalipsis 22:14. Haber oído solamente no servirá de alegato en el día del juicio, limitarse a decir: «Señor, he oído muchos sermones». Dios dirá: «¿Qué frutos de obediencia has dado?». La palabra predicada no es solo para informarte, sino para reformarte; no solo para mejorar tu vista, sino para mejorar tu paso en el camino al cielo. El buen oyente se abre y se cierra a Dios como el heliotropo al sol.

(1) Si no oyes la palabra para practicarla, pierdes todo tu trabajo. ¡Cuántos pasos fatigosos has dado, cuántas apreturas ha sufrido tu cuerpo y cuántos desmayos tu espíritu, si no eres mejorado por lo que oyes! Si eres tan orgulloso, tan vano y tan terrenal como siempre, todo tu oír está perdido. No te gustaría comerciar en vano; ¿y por qué no te importa oír sermones en vano? «¿Para qué, pues, trabajaré en vano?». Job 9:29. Hazle esta pregunta a tu propia alma: ¿Para qué trabajo en vano? ¿Por qué me tomo todo este trabajo para oír y, sin embargo, no tengo gracia para practicarlo? ¡Soy tan malo como siempre! ¿Para qué, pues, trabajo en vano?

(2) Si oyes la palabra y no eres mejorado por ella, eres como la salamandra, que no se calienta más en el fuego; y tu oír aumentará tu condenación. «El siervo que conoció la voluntad de su señor, y no hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes». Lucas 12:47. Compadecemos a los que no saben dónde oír; peor les irá a los que no se preocupan de cómo oyen. Para los oyentes desobedientes y sin gracia, cada sermón será un haz de leña para calentar el infierno. Es triste ir al infierno cargado de ordenanzas. ¡Oh, ruega al Espíritu que haga eficaz la palabra predicada! Los ministros solo pueden hablar al oído; el Espíritu habla al corazón. «Mientras Pedro hablaba, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían la palabra». Hechos 10:44.

[8] Habiendo oído la palabra de manera santa y espiritual, para santificar aún más el día de reposo, conversa sobre la palabra. En este día se nos prohíbe hablar nuestras propias palabras, pero debemos hablar de la palabra de Dios. Isaías 58:13. Habla de los sermones cuando estén sentados juntos; esto es una parte de la santificación del día de reposo. La buena conversación trae a nuestra memoria las verdades santas y las fija en nuestro corazón. «Entonces los que temían al Señor hablaron a menudo cada uno a su compañero». Malaquías 3:16. Hay gran poder y eficacia en la buena conversación. «¡Cuán eficaces son las palabras rectas!». Job 6:25. Por la santa conversación en el día de reposo, un cristiano ayuda a calentar a otro cuando está helado, y a fortalecer a otro cuando está débil. Latimer confesó que había adelantado mucho en la religión por conversar con el señor Bilney, el mártir. «Hablará mi lengua de tu palabra». Salmo 119:172. Una razón por la que la predicación de la palabra en el día de reposo no hace más bien es que hay tan poca buena conversación. Pocos hablan de la palabra que han oído, como si los sermones fueran secretos tales que no se pudiera volver a hablar de ellos, o como si fuera una vergüenza hablar de aquello que nos ha de salvar.

[9] Cierra la tarde del día de reposo con repaso, lectura, canto de salmos y oración. Pide a Dios que bendiga la palabra que has oído. Si tan solo pasáramos así el día de reposo, podríamos estar «en el Espíritu en el día del Señor»; nuestra alma sería nutrida y consolada; y los días de reposo que ahora guardamos serían arras de los eternos días de reposo que celebraremos en el cielo.

Aplicación 1. Mira aquí el deber del cristiano: «santificar el día de reposo».

(1) Todo el día de reposo ha de dedicarse a Dios. No se dice: «Santifica una parte del día de reposo», sino que todo el día ha de observarse religiosamente. Si Dios nos ha dado seis días y ha tomado solo uno para sí, ¿le escatimaremos alguna parte de ese día? Sería un sacrilegio. Los judíos guardaban un día entero al Señor; y nosotros no hemos de abreviar ni recortar el día de reposo, como dice Agustín, más que los judíos. Los mismos paganos, por la luz de la naturaleza, apartaban un día entero en honor de dioses falsos; y Escévola, uno de sus sumos sacerdotes, afirma que la transgresión voluntaria de ese día no podía tener expiación ni perdón. Si alguien roba alguna parte del día de reposo cristiano para el trabajo servil o la diversión, Escévola, el sumo sacerdote de los dioses paganos, se levantará en el juicio para condenarle. Los que dicen que guardar un día de reposo entero es demasiado judaico, que muestren dónde ha hecho Dios alguna rebaja en el tiempo del culto, dónde ha dicho: «Guardarás solo una parte del día de reposo»; y si no pueden mostrarlo, eso es robarle a Dios lo que se le debe. Que un día entero sea destinado y apartado para su culto especial es un estatuto perpetuo mientras la iglesia permanezca sobre la tierra, como dice Pedro Mártir. De esta opinión fueron también Teodoro, Agustín, Ireneo y los principales de los padres.

(2) Así como todo el día de reposo ha de dedicarse a Dios, también ha de guardarse santo. Ya has visto la manera de santificar el día del Señor por la lectura, la meditación, la oración, el oír la palabra y el canto de salmos para alabar al Señor con melodía. Ahora, además de lo que he dicho sobre guardar santo este día, permíteme hacer un breve comentario o paráfrasis de aquella Escritura: «Si retrajeres del día de reposo tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y llamares al día de reposo delicia, santo del Señor, honorable; y lo honrares, no haciendo tus caminos, ni buscando tu voluntad, ni hablando tus palabras». Isaías 58:13. He aquí una descripción de cómo se santifica rectamente el día de reposo.

«Si retrajeres del día de reposo tu pie». Esto puede entenderse literal o espiritualmente. Literalmente, es decir, si retiras tu pie de dar largos paseos o hacer viajes en el día de reposo. Así lo exponen los doctores judíos. O espiritualmente: si apartas tus afectos (los pies de tu alma) de inclinarse a cualquier negocio mundano.

«De hacer tu voluntad en mi día santo». Es decir, no debes hacer lo que puede agradar a la parte carnal, como en juegos y pasatiempos. Eso es hacer la obra del diablo en el día de Dios.

«Y llamares al día de reposo delicia». Llamarlo delicia, es decir, tenerlo por tal. Aunque el día de reposo no sea un día para el placer carnal, el placer santo no está prohibido. El alma debe hallar placer en los deberes del día de reposo. Los santos de antaño tenían el día de reposo por delicia: los judíos llamaban al día de reposo dies lucis, día de luz. El día del Señor, en el que brilla el Sol de Justicia, es a la vez día de luz y de deleite. Este es el día del dulce trato entre Dios y el alma. En este día el cristiano hace sus salidas hacia el cielo; su alma es elevada por encima de la tierra; ¿y puede esto ser sin deleite? Cuanto más alto vuela el pájaro, más dulce canta. En el día de reposo el alma fija su amor en Dios; y donde hay amor, hay deleite. En este día el corazón del creyente es derretido, avivado y ensanchado en los deberes santos; ¿y cómo puede ser todo esto sin que lo acompañe un deleite secreto? En el día de reposo un alma llena de gracia puede decir: «Bajo la sombra del deseado me senté con gran deleite, y su fruto fue dulce a mi paladar». Cantares 2:3. ¿Cómo puede un corazón espiritual no llamar delicia al día de reposo? ¿No le es deleitoso a una reina ponerse el vestido de bodas con el que ha de salir al encuentro del rey, su esposo? Cuando nos ocupamos en los ejercicios del día de reposo, nos estamos vistiendo y poniéndonos el vestido de bodas con el que hemos de salir al encuentro de nuestro Esposo celestial, el Señor Jesús; ¿y no es esto deleitoso? En el día de reposo Dios hace un banquete de manjares suculentos; regala el oído con su palabra y el corazón con su gracia. Bien podemos, pues, llamar delicia al día de reposo. Hallar este santo deleite es estar «en el Espíritu en el día del Señor».

«Santo del Señor, honorable». En el hebreo dice «glorioso». Llamar honorable al día de reposo no ha de entenderse tanto de una honra exterior que se le dé, vistiendo ropas más ricas o comiendo mejor en este día, como glosan torcidamente los doctores judíos. Esta es la principal honra que algunos dan a este día; pero llamar honorable al día de reposo significa la honra del corazón que damos al día, reverenciándolo y teniéndolo por la reina de los días. Hemos de tener por honorable el día de reposo, porque Dios lo ha honrado. Todas las personas de la Trinidad lo han honrado. Dios Padre lo bendijo, Dios Hijo resucitó en él, Dios Espíritu Santo descendió en él. Hechos 2:1. Este día ha de ser honrado por todos los buenos cristianos y tenido en gran veneración. Es un día de renombre, en el cual se extiende un cetro de oro de misericordia. El día de reposo cristiano es el mismo crepusculum y alborada del día de reposo celestial. Es honorable porque en este día «Dios desciende a nosotros y nos visita». Tener al Rey del cielo presente de manera especial en nuestras asambleas hace honorable el día de reposo. Además, la obra que se hace en este día lo hace honorable. Los seis días están llenos de trabajo servil, lo cual les hace perder mucho de su gloria; pero en este día se hace una obra sagrada. El alma se emplea por entero en el culto a Dios; está orando, oyendo, meditando; está haciendo la obra de los ángeles, alabando y bendiciendo a Dios. Además, el día es honorable en virtud de una institución divina. La plata vale por sí misma; pero cuando se le pone el sello real, es honorable; así Dios ha puesto un sello sagrado sobre este día, el sello de la autoridad divina y el sello de la bendición divina. Esto lo hace honorable; y esto es santificar el día de reposo: llamarlo delicia y honorable.

«No haciendo tus caminos». Es decir, no profanarás el día haciendo ningún trabajo servil.

«Ni buscando tu voluntad». Es decir, no complaciendo a la parte carnal con paseos, visitas o pasatiempos.

«Ni hablando tus palabras». Es decir, palabras ajenas e impropias del día de reposo; palabras vanas e impertinentes; conversaciones sobre asuntos mundanos.

Aplicación 2. Si el día de reposo ha de santificarse, quedan reprendidos los que, en lugar de santificarlo, lo profanan. Toman el tiempo que debería dedicarse por entero a Dios y lo gastan en el servicio del diablo y de sus concupiscencias. El Señor ha apartado este día para su propio culto, y ellos lo hacen común. Él ha puesto un vallado alrededor de este mandamiento, diciendo: «Acuérdate»; y ellos rompen este vallado; pero al que rompe este vallado, lo morderá la serpiente. Eclesiastés 10:8. El día de reposo yace desangrándose en Inglaterra; ¡y ojalá nuestro parlamento derramara algún bálsamo en las heridas que ha recibido! ¡Cómo se profana este día, quedándose sentado ocioso en casa, vendiendo carne, con conversaciones vanas, con visitas pecaminosas, paseando por los campos y con juegos! Al pueblo de Israel no le era lícito recoger maná en el día de reposo; ¿y nos será lícito a nosotros entregarnos a juegos y bailes en este día? Ciertamente debería causarnos pesar ver tanta profanación del día de reposo. Cuando uno de los eunucos de Darío vio a Alejandro poner los pies sobre una rica mesa de Darío, lloró. Alejandro le preguntó por qué lloraba. Respondió que era por ver la mesa que su señor tanto estimaba convertida ahora en estrado de sus pies. Así podemos llorar nosotros al ver el día de reposo, que Dios tanto estima y ha honrado y bendecido, convertido en estrado y pisoteado por los pies de los pecadores. Profanar el día de reposo es un gran pecado; es un desprecio voluntario de Dios; no es solo echar su ley a nuestras espaldas, sino pisotearla. Él dice: «Santifica el día de reposo»; pero los hombres lo contaminan. Esto es despreciar a Dios, enarbolar la bandera de desafío, arrojar el guante y retar a Dios mismo. Ahora bien, ¿cómo puede Dios soportar ser afrontado con tanta insolencia por un polvo orgulloso? Ciertamente no dejará sin castigo tan grande desvergüenza. La maldición de Dios vendrá sobre el que quebranta el día de reposo, y marchitará todo lo que toque. La ley del país deja en paz a los que quebrantan el día de reposo, pero Dios no. En cuanto Cristo maldijo la higuera, se secó. Dios tomará el asunto en su propia mano; él se encargará de castigar la violación del día de reposo. ¿Y cómo la castiga?

(1) Con plagas espirituales. Entrega a los profanadores del día de reposo a la dureza de corazón y a una conciencia cauterizada. Los juicios espirituales son los más dolorosos. «Los entregué, pues, a la dureza de su corazón». Salmo 81:12. Una cauterización en la conciencia es una marca de reprobación.

(2) Dios castiga este pecado entregando a los hombres a cometer otros pecados. Para vengar el quebrantamiento de su día de reposo, permite que asalten casas, y así vengan a ser castigados por el magistrado. ¡Cuántas confesiones así hemos oído de ladrones camino de la ejecución! Nunca hicieron caso del día de reposo, y Dios permitió que cometieran los pecados por los cuales han de morir.

(3) Dios castiga el quebrantamiento del día de reposo con juicios repentinos y visibles sobre los hombres por este pecado. Los castiga en sus bienes y en sus personas. Mientras cierto hombre metía trigo en su granero en el día del Señor, tanto la casa como el trigo fueron consumidos por fuego del cielo. En Wiltshire se concertó un baile en el día del Señor; y mientras uno de los del grupo bailaba, cayó muerto de repente. El «Teatro de los juicios de Dios» cuenta de uno que acostumbraba cazar cada día del Señor durante la hora del sermón, y cuya mujer le dio un hijo con cabeza de perro, que aullaba como un sabueso. Su pecado era monstruoso, y fue castigado con un parto monstruoso. El Señor amenazó a los judíos con que, si no santificaban el día de reposo, encendería fuego en sus puertas. Jeremías 17:27. El terrible incendio que estalló en Londres comenzó en el día de reposo, como si Dios quisiera decirnos desde el cielo que entonces nos castigaba por nuestra profanación del día de reposo. Y no lo castiga solo en esta vida con la muerte, sino en la venidera con la condenación. Que los que quebrantan el día de reposo de Dios vean si pueden romper aquellas cadenas de oscuridad con que ellos y los demonios serán sujetados.

Aplicación 3. Nos exhorta a la santidad en el día de reposo.

Haz conciencia de santificar este día. Los demás mandamientos tienen solo una forma afirmativa, o solo una negativa; este cuarto mandamiento tiene a la vez una afirmativa y una negativa. «Acuérdate del día de reposo para santificarlo», y «no hagas en él obra alguna», lo cual muestra con cuánto cuidado quiere Dios que observemos este día. No solo has de guardar tú mismo este día, sino cuidar de que lo guarden todos los que están a tu cargo: «Tú, y tu hijo, y tu hija, y tu siervo, y tu criada»; es decir, tú que eres superior, padre o amo, debes cuidar de que no solo tú mismo, sino también los que están bajo tu custodia y tutela, santifiquen el día. Tienen culpa aquellos cabezas de familia que cuidan de que sus criados les sirvan a ellos, pero no de que sirvan a Dios; a quienes no les importa que sus criados sirvan al diablo, con tal de que sus cuerpos les presten servicio. Lo que Pablo dice a Timoteo, Serva depositum, «Guarda el buen depósito que te fue encomendado», tiene un sentido amplio. 2 Timoteo 1:14. No solo cuida de tu propia alma, sino también de las almas que se te han confiado. Procura que los que están a tu cargo santifiquen el día de reposo. La ley de Dios disponía que, si alguien encontraba un buey o un asno extraviado, lo hiciera volver; mucho más, cuando ves el alma de tu hijo o de tu criado extraviándose de Dios y quebrantando su día de reposo, debes hacerle volver a la observancia religiosa de este día.

Para instarte a santificar el día de reposo, considera qué grandes bendiciones ha prometido Dios a los que observan estrictamente este día. Isaías 58:14. (1) Una promesa de gozo. «Entonces te deleitarás en el Señor». Deleitarse en Dios es a la vez un deber y una recompensa. En este texto es una recompensa: «Entonces te deleitarás en el Señor»; como si Dios dijera: Si guardas el día de reposo a conciencia, te daré lo que te llenará de deleite; si guardas el día de reposo de buena voluntad, haré que lo guardes con gozo. Te daré tal ensanchamiento en el deber y tal consuelo interior, que te satisfará abundantemente; tu alma rebosará con tal corriente de gozo, que dirás: «Señor, en guardar tu día de reposo hay grande galardón. (2) De honra. «Y yo te haré subir sobre las alturas de la tierra». Es decir, te elevaré a la honra, ascendere faciam; así lo interpreta Münster. Algunos entienden por las alturas de la tierra a Judea; así Grocio. Te llevaré a la tierra de Judea, que está situada más alta que los otros países vecinos. (3) De la tierra y del cielo. «Y te daré a comer la heredad de Jacob»; es decir, te alimentaré con todas las cosas deliciosas de Canaán, y después te trasladaré al cielo, del cual Canaán no era más que un tipo. Otra promesa es: «Bienaventurado el hombre que hace esto, que guarda el día de reposo para no profanarlo». Isaías 56:2. «Bienaventurado el hombre»; en el hebreo dice «bienaventuranzas». Para el que santifica el día de reposo hay aquí bienaventuranza sobre bienaventuranza; será bendecido con las fuentes de arriba y las de abajo; será bendecido en su nombre, en su hacienda, en su alma y en su descendencia. ¿Quién no guardará el día de reposo para no profanarlo, si ha de tener tantas bendiciones vinculadas a sí mismo y a su posteridad después de él? Además, guardar a conciencia el día de reposo sazona el corazón para el servicio de Dios durante toda la semana siguiente. Cristiano, cuanto más santo seas en el día de reposo, más santo serás en la semana que sigue.

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