Capítulo 7 · 22 min de lectura · 29 min de escucha
2.3 El tercer mandamiento
«No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano; porque no dará por inocente el Señor al que tomare su nombre en vano». Éxodo 20:7.
Este mandamiento tiene dos partes: 1. Una negativa expresa: que no debemos tomar el nombre de Dios en vano; es decir, arrojar sobre su nombre reproche o deshonra alguna. 2. Una afirmativa implícita: que debemos cuidar de reverenciar y honrar su nombre. De esta última hablaré más ampliamente en la primera petición del Padrenuestro: «Santificado sea tu nombre». Hablaré ahora de la negativa expresada en este mandamiento, o la prohibición: «No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano». La lengua es un miembro indómito. Todas las partes y órganos del cuerpo están contaminados por el pecado, como toda rama de ajenjo es amarga; «pero la lengua está llena de veneno mortal». Santiago 3:8. No hay miembro del cuerpo que prorrumpa más en deshonra de Dios que la lengua. Por eso tenemos este mandamiento como freno para la lengua, que la sujete a su buen comportamiento. Esta prohibición va respaldada por una razón poderosa: «Porque no dará por inocente el Señor»; es decir, no lo tendrá por libre de culpa. Los hombres de posición y eminencia tienen por afrenta que se abuse de su nombre, e imponen duras penas a los ofensores. «No dará por inocente el Señor al que tomare su nombre en vano»; sino que lo mira como a un criminal, y lo castigará severamente. Lo que aquí se recalca es que hay que poner gran cuidado en que el santo y reverendo nombre de Dios no sea profanado por nosotros ni tomado en vano. Tomamos el nombre de Dios en vano:
[1] Cuando hablamos de su nombre a la ligera y sin reverencia. «Para que temas este nombre glorioso y terrible: el Señor tu Dios». Deuteronomio 28:58. David habla de Dios con reverencia: «El Dios de dioses, el Señor». Salmo 50:1. «Y conozcan que tu nombre es Jehová; tú solo Altísimo sobre toda la tierra. Salmo 83:18. Los discípulos, al hablar de Jesús, santificaban su nombre: «Jesús Nazareno, el cual fue varón profeta, poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo». Lucas 24:19. Cuando mencionamos el nombre de los reyes, les damos algún título de honor, como «excelentísima majestad»; así debemos hablar de Dios con la sagrada reverencia que se debe a la infinita majestad del cielo. Cuando hablamos a la ligera de Dios o de sus obras, él lo interpreta como desprecio, como tomar su nombre en vano.
[2] Cuando profesamos el nombre de Dios pero no vivimos conforme a él, lo tomamos en vano. «Profesan conocer a Dios, mas con los hechos lo niegan». Tito 1:16. Cuando la lengua y la vida de los hombres se contradicen, cuando bajo la máscara de la profesión mienten, engañan y son impuros, se sirven del nombre de Dios para ultrajarlo, y lo toman en vano. Simulata sanctitas duplex iniquitas [La santidad fingida no es sino doble maldad]. «El nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros». Romanos 2:24. Cuando los paganos veían que los judíos, que profesaban ser el pueblo de Dios, vivían escandalosamente, eso los llevaba a hablar mal de Dios y a aborrecer la verdadera religión por causa de ellos.
[3] Cuando usamos el nombre de Dios en conversaciones ociosas. No se ha de hablar de él sino con santo temor en el corazón. Traer su nombre a cada paso, sin estar pensando en él, decir «¡Oh Dios!», o «¡Oh Cristo!», o «Así Dios salve mi alma», es tomar el nombre de Dios en vano. ¡Cuántos son culpables en esto! Aunque tienen a Dios en la boca, tienen al diablo en el corazón. Es un milagro que no salga fuego de delante del Señor que los consuma, como a Nadab y Abiú. Levítico 10:2.
[4] Cuando lo adoramos con los labios, pero no con el corazón. Dios pide el corazón: «Dame, hijo mío, tu corazón». Proverbios 23:26. El corazón es lo principal en la religión; arrastra tras de sí la voluntad y los afectos, como el Primum Mobile arrastra consigo las demás esferas. El corazón es el incienso que perfuma nuestras cosas santas; es el altar que santifica la ofrenda. Cuando aparentamos adorar a Dios, pero le retiramos el corazón, tomamos su nombre en vano. «Este pueblo se me acerca con su boca, y con sus labios me honra, mas su corazón alejó de mí». Isaías 29:13.
(1) Los hipócritas toman el nombre de Dios en vano: su religión es una mentira; aparentan honrar a Dios, pero no lo aman; su corazón va tras sus concupiscencias. «En su maldad levantan su alma». Oseas 4:8. Sus ojos se alzan al cielo, pero su corazón está arraigado en la tierra. Ezequiel 33:31. Son demonios con el manto de Samuel. (2) Los supersticiosos toman el nombre de Dios en vano. Le traen unas cuantas ceremonias que él nunca instituyó, se inclinan ante el nombre de Cristo y hacen reverencias al altar, pero aborrecen y persiguen la imagen de Dios.
[5] Cuando oramos a él, pero no creemos en él. La fe es una gracia que honra grandemente a Dios. Abraham «se fortaleció en fe, dando gloria a Dios». Romanos 4:20. Pero cuando oramos a Dios sin mezclar fe con nuestra oración, tomamos su nombre en vano. «Puedo orar —dice un cristiano—, pero no me servirá de nada». Dudo que Dios oiga o responda jamás a los tales. Esto es deshonrar a Dios y tomar su nombre en vano; lo convierte o en un ídolo, que tiene oídos y no oye, o en un mentiroso, que promete misericordia al penitente pero no cumple su palabra. «El que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso». 1 Juan 5:10. Cuando el apóstol dice (Romanos 10:14): «¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído?», el sentido es: ¿cómo invocarán a Dios debidamente sin creer en él? ¡Pero cuántos lo invocan sin creer en él! Piden perdón, pero la incredulidad les susurra que sus pecados son demasiado grandes para ser perdonados. Así, orar y no creer es tomar el nombre de Dios en vano, y deshonra gravemente a Dios, como si él no fuera el Dios que la palabra presenta: «Grande en misericordia para con todos los que lo invocan». Salmo 86:5.
[6] Cuando de cualquier manera profanamos su palabra y abusamos de ella. La palabra de Dios se profana, en general, cuando los hombres profanos se entrometen en ella. Es impropio e indecoroso que un hombre malvado hable de cosas sagradas, de la providencia de Dios y de los decretos de Dios y del cielo. Fue muy desagradable para Cristo oír al diablo citar la Escritura: «Escrito está». Oír hablar de Dios y de religión a un hombre malvado que se revuelca en el pecado es ofensivo; es tomar el nombre de Dios en vano. Cuando la palabra de Dios está en boca de un borracho, es como una perla colgada de un cerdo. Bajo la ley, los labios del leproso debían ir cubiertos. Levítico 13:45. Los labios de un ministro profano y borracho deberían cubrirse; no es apto para hablar la palabra de Dios, porque toma su nombre en vano.
Más en particular profanan la palabra de Dios, y toman su nombre en vano: (1) Los que hablan con desprecio de su palabra. «¿Dónde está la promesa de su advenimiento? Porque desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación». 2 Pedro 3:4. Como si dijeran: los predicadores hacen mucho ruido con el día del juicio, cuando todos han de ser llamados a dar cuenta de sus obras; pero ¿dónde aparece ese día? Vemos que las cosas siguen su curso y continúan como estaban desde la creación. Así hablan con desprecio de la Escritura y toman el nombre de Dios en vano. Si la sentencia no se ejecuta pronto, los hombres se mofan y escarnecen; pero «preparados están juicios para los escarnecedores». Proverbios 19:29.
(2) Los que hablan en broma. Tales son los que se divierten y juegan con la Escritura. Esto es jugar con fuego. Algunos no saben estar alegres si no se toman libertades con Dios; hacen de la Escritura un arpa para ahuyentar el espíritu de tristeza. Eusebio cuenta de uno que hizo burla de la Escritura, y Dios lo hirió con locura. Jugar con la Escritura revela un corazón muy profano. Algunos prefieren perder el alma antes que perder sus chistes. Estos son culpables de tomar el nombre de Dios en vano. Tiembla ante esto. De los que se burlan de la Escritura, Dios se burlará en su calamidad. Proverbios 1:26.
(3) Los que traen la Escritura para justificar algún pecado. La palabra, que fue escrita para reprimir el pecado, es traída por algunos en defensa del pecado. Por ejemplo, si le hablas a un hombre avaro de su pecado, de que la avaricia es idolatría, te dirá: «¿No me ha mandado Dios vivir en una vocación? ¿No ha dicho: “Seis días trabajarás”, y “el que no provee para su familia es peor que un infiel”?». Así procura sostener su avaricia con la Escritura. Ahora bien, es cierto que Dios nos ha mandado esforzarnos en nuestra vocación, pero no para dañar a nuestro prójimo; nos ha mandado proveer para la familia, pero no por medio de la opresión. «No os oprimiréis unos a otros». Levítico 25:25. Nos ha mandado procurar el sustento, pero no descuidando el alma; nos ha mandado hacernos tesoros en el cielo (Mateo 6:20); pero nos ha mandado repartir, tanto como guardar; sembrar semillas de caridad en las espaldas y en los vientres de los pobres, cosa que los tales descuidan. Por tanto, traer la Escritura para sostenernos en el pecado es una grave profanación de la Escritura, y tomar el nombre de Dios en vano. Asimismo, si le hablas a un hombre de sus pasiones desordenadas —de que puede embriagarse de ira temeraria tanto como de vino—, traerá la Escritura para justificarlo, diciendo: «¿No dice la palabra: “Airaos, pero no pequéis”?». Efesios 4:26. Es cierto: la ira es buena cuando va mezclada con santo celo. La ira no tiene pecado cuando es contra el pecado; pero pecar en la ira, hablar imprudentemente con los labios, es tener la lengua inflamada del infierno. Traer la Escritura para defender cualquier pecado es profanarla y tomar el nombre de Dios en vano.
(4) Los que adulteran la palabra y la tuercen en un sentido equivocado. Tales son los herejes, que ponen su propia glosa sobre la Escritura y le hacen decir lo que el Espíritu Santo nunca quiso decir. Por ejemplo, cuando interpretan literalmente los textos que se dijeron en sentido figurado. Así los fariseos, porque Dios dijo en la ley: «Y has de atarlas (los mandamientos) por señal en tu mano, y estarán por frontales entre tus ojos» (Deuteronomio 6:8), lo tomaron en sentido literal: se hicieron dos rollos de pergamino, en los que escribieron las dos tablas, y se ponían uno en el brazo izquierdo y se ataban el otro sobre las cejas; y así torcieron aquella Escritura y tomaron el nombre de Dios en vano. Se quería que se entendiera espiritualmente, de meditar en la ley de Dios y ponerla en práctica. Los papistas interpretan literalmente las palabras «Esto es mi cuerpo», del mismo cuerpo de Cristo; como si, cuando Cristo dio el pan, hubiera tenido dos cuerpos, uno en el pan y otro fuera del pan, siendo así que lo dijo en sentido figurado, como señal de su cuerpo. Asimismo, cuando se interpretan en sentido figurado y alegórico las Escrituras que el Espíritu Santo quiso decir literalmente. Por ejemplo, Cristo dijo a Pedro: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar», Lucas 5:4. Este texto se dijo en un sentido llano y literal, de sacar la barca mar adentro, pero los papistas lo toman en un sentido místico y alegórico. «Esto prueba —dicen ellos— que el papa, que es el sucesor de Pedro, ha de bogar mar adentro y apresar el poder eclesiástico y político sobre las partes occidentales del mundo»; pero creo que los papistas han bogado demasiado mar adentro, más allá del sentido del texto. Cuando los hombres fuerzan su ingenio para torcer la palabra hacia el sentido que les agrada, profanan la palabra de Dios y toman su nombre en vano.
[7] Cuando juramos por el nombre de Dios. Muchos rara vez mencionan el nombre de Dios si no es en juramentos, pecado por el cual la tierra está de luto. «No juréis en ninguna manera», es decir, temeraria y pecaminosamente, de modo que se tome el nombre de Dios en vano. Mateo 5:34. No es que en algunos casos no sea lícito prestar juramento ante un magistrado. «Al Señor tu Dios temerás, y a él servirás, y por su nombre jurarás». Deuteronomio 6:13. «El juramento para confirmación es el fin de toda controversia». Hebreos 6:16. Cuando Cristo dice: «No juréis en ninguna manera», prohíbe el jurar que toma el nombre de Dios en vano. Hay tres clases de juramento prohibidas:
(1) El juramento vano, como cuando los hombres, en su conversación ordinaria, sueltan juramentos a cada paso. Algunos excusan su jurar. Basta es la lana que no admite tinte, y malo de veras es el pecado que no tiene excusa.
Excusa 1. Yo juro juramentos pequeños e insignificantes, como ¡a fe mía!, o ¡por la misa! El diablo tiene dos espejos falsos que pone delante de los ojos de los hombres: uno es un espejo pequeño, en el cual el pecado parece tan pequeño que apenas se ve, y este lo pone el diablo delante de los ojos de los hombres cuando van a cometer el pecado; el otro es un gran espejo de aumento, en el cual el pecado parece tan grande que no puede ser perdonado, y este lo pone el diablo delante de los ojos de los hombres cuando ya han pecado. Tú que dices que el pecado es pequeño, cuando Dios abra el ojo de tu conciencia, lo verás grande y estarás a punto de desesperar. Dices que no son más que juramentos pequeños; pero Cristo prohíbe los juramentos vanos: «No juréis en ninguna manera». Si Dios nos pedirá cuentas de las palabras ociosas, ¿no entrarán en la cuenta los juramentos ociosos?
Excusa 2. Juro lo que es verdad. Mira cómo este pecado ramera quisiera pintarse con una excusa. Aunque sea verdad, si es un juramento temerario, es pecaminoso. Además, el que jura habitualmente tendrá que jurar a veces más de lo que es verdad. Donde corre mucha agua, algo de grava o de lodo pasa con ella; así, donde hay mucho jurar, algunas mentiras correrán con ello.
Excusa 3. No me creerán si no sello mis palabras con un juramento. Al hombre honrado se le cree sin juramento; su simple palabra lleva autoridad consigo y vale tanto como cartas testimoniales. Además, cuanto más jura un hombre, menos le creen los demás. Juris credit minus [Menos crédito se da a sus juramentos. Tú eres un jurador. Otro piensa que un juramento pesa muy poco para él, y que no le importa lo que jura, de modo que cuanto más jura, menos le creen los demás. Fiará de tu pagaré, pero no de tu juramento.
Excusa 4. Es una costumbre de jurar que he adquirido, y espero que Dios me perdone. Aunque entre los hombres la costumbre tiene peso y puede alegarse en derecho, no es así en el caso del pecado; aquí la costumbre no sirve de defensa. Has adquirido el hábito de jurar y no puedes dejarlo; ¿es esto una excusa? ¿Está bien hecha una cosa porque se hace comúnmente? Esto está tan lejos de ser una excusa, que es un agravante del pecado. Como si uno acusado de matar a un hombre suplicara al juez que lo perdonara porque tenía la costumbre de asesinar. ¿No sería esto un agravante del delito? Así ocurre aquí. Por tanto, quedan quitadas todas las excusas de este pecado del juramento vano. No te atrevas a vivir en este pecado, porque es tomar el nombre de Dios en vano.
(2) El juramento vil: juramentos horrendos y monstruosos que no deben ni nombrarse. Los juradores, como perros rabiosos, se lanzan contra la faz del cielo; y cuando se enojan, vomitan su veneno blasfemo contra la sagrada majestad de Dios. Algunos, en el juego, cuando las cosas se tuercen y los dados corren en su contra, corren ellos contra Dios con juramentos y maldiciones. Háblales de su pecado, procura traer de vuelta a estos asnos descarriados, y no es más que echar aceite al fuego; jurarán todavía más. Agustín dice: «No pecan menos los que blasfeman a Cristo ahora que está en el cielo que los judíos que lo crucificaron en la tierra». Los juradores profanan la sangre de Cristo y desgarran su nombre. Una mujer dijo a su marido que, de sus tres hijos, solo uno era suyo; el padre, al morir, pidió a los albaceas que averiguaran cuál era el verdadero hijo natural y le legaran todos sus bienes. Muerto el padre, los albaceas pusieron su cadáver contra un árbol y entregaron a cada uno de los tres hijos un arco y flechas, diciéndoles que el que disparara más cerca del corazón del padre se quedaría con toda la herencia. Dos de los hijos dispararon tan cerca de su corazón como pudieron, pero el tercero sintió que la naturaleza obraba de tal modo en él que se negó a disparar; por lo cual los albaceas juzgaron que él era el verdadero hijo y le dieron toda la herencia. Los que son verdaderos hijos de Dios temen disparar contra él; pero los que son bastardos, y no hijos, no temen disparar contra él en el cielo con sus juramentos y maldiciones. Lo que hace aún más abominable el jurar es que, cuando los hombres han resuelto alguna acción malvada, se obligan con juramento a hacerla. Así fueron los que se juramentaron bajo maldición para matar a Pablo. Hechos 23:12. Cometer pecado ya es bastante malo; pero jurar que se cometerá pecado es una grave profanación del nombre de Dios y, por así decirlo, es llamar a Dios a aprobar nuestro pecado.
(3) El perjurio, que es un pecado que desafía al cielo. «No juraréis en mi nombre con mentira, ni profanarás el nombre de tu Dios». Levítico 19:12. El perjurio es llamar a Dios por testigo de una mentira. Se dice de Filipo de Macedonia que juraba y desjuraba según mejor conviniera a su interés. «Y jurarás: Vive el Señor, con verdad, con juicio y con justicia». Jeremías 4:2. Con justicia: por tanto, no debe ser un juramento ilícito. Con juicio: por tanto, no debe ser un juramento temerario. Con verdad: por tanto, no debe ser un juramento falso. Entre los escitas, si un hombre perjuraba, se le cortaba la cabeza; porque si se permitiera el perjurio, no se podría vivir en una república; quitaría toda fe y verdad de entre los hombres. El perjuro está en tan mal caso como el hechicero; porque con un juramento falso ata su alma firmemente al diablo. En el perjurio, o en prestar juramento falso en un tribunal, hay muchos pecados encadenados; plurima peccata in uno [muchos pecados en uno]; porque, además de tomar el nombre de Dios en vano, el perjuro es un ladrón: con su juramento falso roba al inocente su derecho; es un pervertidor de la justicia; no solo peca él, sino que da ocasión a que el jurado dé un veredicto falso y a que el juez dicte una sentencia injusta. Ciertamente los juicios de Dios lo alcanzarán. Cuando el rollo volante de Dios, o maldición, recorre la faz de la tierra, ¿en qué casa entra? «En la casa del que jura falsamente en mi nombre; y la consumirá, con sus maderas y sus piedras». Zacarías 5:4. Beza cuenta de un perjuro que, apenas hubo prestado un juramento falso, fue herido al instante de apoplejía, no volvió a hablar y murió. ¡Oh, tiembla ante tan horrenda impiedad!
[8] Cuando anteponemos el nombre de Dios a alguna acción malvada. Mencionar a Dios en relación con un designio malvado es tomar su nombre en vano. «Te ruego —dijo Absalón— que me permitas pagar en Hebrón mi voto que he prometido al Señor». 2 Samuel 15:7. Este pretexto de pagar el voto hecho a Dios no era más que para encubrir su traición. «Cuando oigáis el sonido de la trompeta, diréis: Absalón reina»; cap. 15:10. Cuando una acción malvada se bautiza con el nombre de la religión, es tomar el nombre de Dios en vano. En esto el papa es gravemente culpable cuando envía sus bulas de excomunión, o maldiciones contra el cristiano; comienza con In nomine Dei, «en el nombre de Dios». ¡Qué pecado tan provocador es este! Es hacer la obra del diablo y ponerle el nombre de Dios.
[9] Cuando usamos la lengua de cualquier manera para deshonra del nombre de Dios. Como cuando injuriamos o maldecimos en nuestros arrebatos; especialmente cuando invocamos una maldición sobre nosotros mismos si una cosa no es así, sabiendo que es falsa. He leído de uno que deseó que su cuerpo se pudriera si lo que decía no era verdad; y poco después su cuerpo se pudrió, y se convirtió en un espectáculo repugnante.
[10] Cuando hacemos votos temerarios e ilícitos. Es un buen voto cuando un hombre se obliga a hacer aquello a lo que la palabra lo obliga; como cuando, estando enfermo, hace voto de que, si Dios lo restablece, vivirá una vida más santa. «Te pagaré mis votos, que pronunciaron mis labios cuando angustiado estaba». Salmo 66:13, 14. Pero Voveri non debet quod Deo displicet; «no se debe hacer un voto que desagrade a Dios»; como hacer voto de pobreza voluntaria, como los frailes, o hacer voto de vivir en conventos de monjas. El voto de Jefté fue temerario e ilícito: hizo voto al Señor de sacrificarle lo primero que le saliera al encuentro, y fue su hija. Jueces 11:31. Hizo mal en hacer el voto, y peor en cumplirlo; se hizo culpable de quebrantar el tercer y el sexto mandamiento.
[11] Cuando hablamos mal de Dios. «Y habló el pueblo contra Dios». Números 21:5.
¿Cómo hablamos contra Dios?
Cuando murmuramos de sus providencias, como si nos hubiera tratado con dureza. La murmuración acusa la justicia de Dios. «El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?». Génesis 18:25. La murmuración brota de una raíz amarga; procede del orgullo y del descontento; afrenta a Dios y así toma su nombre en vano. Es un pecado que Dios no puede soportar. «¿Hasta cuándo soportaré esta depravada multitud que murmura contra mí?». Números 14:27.
[12] Cuando falseamos nuestra promesa; como cuando decimos que, si Dios nos conserva la vida, haremos tal cosa, y nunca tenemos intención de hacerla. Nuestra promesa debería ser sagrada e inviolable; pero si hacemos una promesa, y mencionamos en ella el nombre de Dios, sin intención alguna de cumplirla, es un pecado doble: es decir una mentira y tomar el nombre de Dios en vano.
Aplicación. Guárdate de tomar el nombre de Dios en vano de cualquiera de estas maneras. Recuerda la conminación y la amenaza del texto: «No dará por inocente el Señor». Aquí hay una meiosis: se dice menos y se quiere decir más. «No lo dará por inocente»; es decir, se vengará severamente de tal persona. «No dará por inocente el Señor». Aquí el Señor habla a la manera de un juez que celebra audiencia en el tribunal. El juez, aquí, es Dios mismo; los acusadores, Satanás y la propia conciencia del hombre; el cargo, «tomar el nombre de Dios en vano»; el acusado es hallado culpable y condenado: «No dará por inocente el Señor». Me parece que estas palabras, «No dará por inocente el Señor», deberían poner un candado en nuestros labios y hacernos temer decir cosa alguna que pueda traer deshonra a Dios o ser tomar su nombre en vano. Puede que los hombres tengan por inocentes a los tales cuando maldicen, juran y hablan irreverentemente de Dios; puede que los dejen en paz y no los castiguen. Si uno quita a otro su buen nombre, es seguro que será castigado; pero si quita a Dios su buen nombre, ¿dónde está el que lo castigue? El que roba a otro sus bienes es condenado a muerte, pero el que roba a Dios su gloria con juramentos y maldiciones queda sin castigo; mas Dios mismo tomará el asunto en sus manos, y castigará al que toma su nombre en vano.
(1) A veces Dios castiga el jurar y la blasfemia en esta vida. En el condado de Samurtia, al levantarse una gran tempestad de truenos y relámpagos, un soldado prorrumpió en juramentos; pero la tempestad arrancó de raíz un gran árbol, que cayó sobre él y lo hizo pedazos. La historia alemana cuenta de un joven que era dado a jurar y a inventar nuevos juramentos; el Señor le envió un cáncer en la boca, que le comió la lengua y del cual murió. Si un hombre blasfemaba de Dios, el Señor hacía que fuera muerto a pedradas. «El hijo de la mujer israelita blasfemó el nombre del Señor, y maldijo. Y habló Moisés a los hijos de Israel que sacasen al que había maldecido, y lo apedreasen con piedras». Levítico 24:11, 23. Olympias, obispo arriano, injurió y blasfemó contra la sagrada Trinidad; tras lo cual fue herido de repente por tres rayos que lo abrasaron hasta la muerte. Félix, un oficial de Juliano, al ver los vasos sagrados que se usaban en el sacramento, dijo en desprecio de Cristo: «Mirad con qué vasos tan preciosos es servido el Hijo de María». Poco después le sobrevino un vómito de sangre por su boca blasfema, del cual murió.
(2) Si Dios no ejecutara juicio sobre los profanadores de su nombre en esta vida, su condenación está por venir. No les remitirá su culpa, sino que los entregará a Satanás, el carcelero, para que los atormente para siempre. Si Dios justifica a un hombre, ¿quién lo condenará? Pero si Dios lo condena, ¿quién lo justificará? Si Dios mete a un hombre en la cárcel, ¿dónde hallará fianza? Dios descargará todo su golpe sobre el pecador en el infierno. «Horrenda cosa es caer en las manos del Dios vivo». Hebreos 10:31.
Capítulo 7 completado
2.3 El tercer mandamiento