Capítulo 5 · 27 min de lectura · 34 min de escucha
2.1 El primer mandamiento
«No tendrás dioses ajenos delante de mí». Éxodo 20:3.
¿Por qué está el mandamiento en la segunda persona del singular, Tú? ¿Por qué no dice Dios: No tendréis otros dioses?
Porque el mandamiento concierne a cada uno, y Dios quiere que cada cual lo reciba como dicho a él por su nombre. Aunque somos prontos para tomar privilegios para nosotros, solemos desviar los deberes de nosotros hacia otros; por eso el mandamiento está en segunda persona, Tú y Tú, para que cada uno sepa que se le dice a él, por así decirlo, por su nombre. Llegamos ahora al mandamiento: «No tendrás dioses ajenos delante de mí». Bien puede este ir a la vanguardia y colocarse al frente de todos los mandamientos, porque es el fundamento de toda religión verdadera. La suma de este mandamiento es que santifiquemos a Dios en nuestro corazón y le demos la preeminencia sobre todos los seres creados. Este mandamiento tiene dos ramas: 1. Que hemos de tener un Dios. 2. Que no hemos de tener más que uno. O así: 1. Que hemos de tener a Dios por nuestro Dios. 2. Que no hemos de tener otro.
1. Que hemos de tener a Dios por nuestro Dios. Es manifiesto que hemos de tener un Dios, y «¿quién es Dios sino el Señor?» 2 Samuel 22:32. El Señor Jehová (un solo Dios en tres personas) es el Dios verdadero, vivo y eterno; y a él hemos de tener por nuestro Dios.
[1] Tener a Dios por Dios nuestro es reconocerlo como Dios. Los dioses de los paganos son ídolos. Salmo 96:5. Y «sabemos que el ídolo nada es» (1 Corintios 8:4); es decir, no tiene nada de Deidad. Si clamamos: «Socórreme, oh ídolo», un ídolo no puede socorrer; los mismos ídolos fueron llevados en cautiverio, de modo que un ídolo nada es. Isaías 46:2. Se le atribuye vanidad; por tanto, no lo reconocemos como dios. Jeremías 14:22. Pero tenemos a este Dios por Dios nuestro cuando, ex animo [de corazón], lo reconocemos como Dios. Todo el pueblo cayó sobre su rostro y dijo: «¡El Señor es el Dios! ¡El Señor es el Dios!» 1 Reyes 18:39. Más aún, lo reconocemos como el único Dios. «Oh Señor, Dios de Israel, que habitas entre los querubines, tú solo eres Dios». 2 Reyes 19:15. La Deidad es una joya que pertenece solo a su corona. Además, reconocemos que no hay Dios como él. «Y Salomón se puso delante del altar del Señor, y dijo: Señor, Dios de Israel, no hay Dios como tú». 1 Reyes 8:22, 23. «Porque ¿quién en los cielos se igualará con el Señor? ¿Quién será semejante al Señor entre los hijos de los poderosos?» Salmo 89:6. En el caldeo dice: «¿Quién entre los ángeles?» Nadie puede obrar como Dios; él sacó el mundo de la nada; «y cuelga la tierra sobre nada». Job 26:7. Hacemos que Dios sea Dios para nosotros cuando estamos persuadidos en el corazón, y confesamos con la lengua, y suscribimos con la mano, que él es el único Dios verdadero y que no hay nadie comparable a él.
[2] Tener a Dios por Dios nuestro es escogerlo. «Escogeos hoy a quién sirváis; pero yo y mi casa serviremos al Señor»; es decir, escogeremos al Señor por nuestro Dios. Josué 24:15. Una cosa es que el juicio apruebe a Dios, y otra que la voluntad lo escoja. La religión no es cosa del azar, sino de la elección.
Antes de escoger a Dios por nuestro Dios, ha de haber conocimiento. Hemos de conocerlo antes de poder escogerlo. Antes de que alguien escoja a la persona con quien se casará, ha de tener algún conocimiento de ella; así hemos de conocer a Dios antes de poder escogerlo por nuestro Dios. «Conoce al Dios de tu padre». 1 Crónicas 28:9. Hemos de conocer a Dios en sus atributos: glorioso en santidad, rico en misericordia y fiel en sus promesas. Hemos de conocerlo en su Hijo. Así como el rostro se refleja en un espejo, así en Cristo, como en un cristal transparente, vemos resplandecer la hermosura y el amor de Dios. Este conocimiento ha de preceder a la elección de Dios. Lactancio decía que toda la erudición de los filósofos estaba sin cabeza, porque le faltaba el conocimiento de Dios. Esta elección es un acto de madura deliberación. El cristiano, habiendo contemplado las excelencias superlativas que hay en Dios, y herido de una santa admiración por sus perfecciones, lo escoge entre todos los demás objetos para poner en él su corazón, y dice como Jacob: «El Señor será mi Dios». Génesis 28:21. El que escoge a Dios se consagra a Dios. «Tu siervo, que está consagrado a tu temor». Salmo 119:38. Así como los vasos del santuario eran consagrados y apartados del uso común para usos santos, así el que ha escogido a Dios por su Dios se ha dedicado a Dios, y ya no se entregará a usos profanos.
[3] Tener a Dios por Dios nuestro es entrar en pacto solemne con él de que será nuestro Dios. Tras la elección sigue el pacto matrimonial. Así como Dios hace pacto con nosotros, «Haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David» (Isaías 55:3), así nosotros hacemos pacto con él: «Entraron en pacto de que buscarían al Señor, el Dios de sus padres». 2 Crónicas 15:12. «Este dirá: Yo soy del Señor; y otro suscribirá con su mano: Al Señor»; como los soldados que inscriben su nombre en la lista de alistamiento. Isaías 44:5. Este pacto, «que Dios será nuestro Dios», lo hemos renovado a menudo en la Cena del Señor; la cual, como el sello de una obligación, nos ata firmemente a Dios, y así nos guarda para que no nos apartemos de él.
[4] Tener a Dios por Dios nuestro es rendirle adoración, la cual consiste en reverenciarlo: «Dios ha de ser reverenciado por todos los que están alrededor de él». Salmo 89:7. Los serafines que estaban alrededor del trono de Dios cubrían su rostro (Isaías 6), y Elías se envolvió el rostro en su manto cuando el Señor pasó, en señal de reverencia. Esta reverencia muestra la alta estima que tenemos de la sagrada majestad de Dios. La adoración consiste en inclinarse ante él, o rendirle culto. «Adorad al Señor en la hermosura de la santidad». Salmo 29:2. «Se inclinaron, y adoraron al Señor rostro en tierra». Nehemías 8:6. El culto divino es el honor peculiar que pertenece a la Deidad; del cual Dios es celoso, y no consentirá que ninguna criatura participe de él. «A otro no daré mi gloria». Isaías 42:8. Los magistrados pueden recibir un respeto o una veneración civil, pero solo Dios debe recibir una adoración religiosa.
[5] Tener a Dios por Dios nuestro es temerle. «Temiendo este nombre glorioso y terrible: el Señor tu Dios». Deuteronomio 28:58. Este temor de Dios consiste (1) en tenerlo siempre ante nuestros ojos: «Al Señor he puesto siempre delante de mí». Salmo 16:8. «Mis ojos están siempre hacia el Señor». Salmo 25:15. El que teme a Dios se figura que, haga lo que haga, Dios lo está mirando y, como juez, pesa todas sus acciones. (2) Temer a Dios es tener en el corazón un santo pavor de Dios tal que no nos atrevamos a pecar. «Temblad, y no pequéis». Salmo 4:4. Los impíos pecan y no temen; los piadosos temen y no pecan. «¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?» Génesis 39:9. Si me mandas pecar, es como si me mandaras beber veneno. Es un dicho de Anselmo: «Si el infierno estuviera de un lado y el pecado del otro, preferiría saltar al infierno antes que pecar voluntariamente contra mi Dios». El que teme a Dios no pecará, por secreto que sea el pecado. «No maldecirás al sordo, ni delante del ciego pondrás tropiezo, sino que tendrás temor de tu Dios». Levítico 19:14. Supón que maldijeras a un sordo: no podría oírte; o que pusieras un tropiezo en el camino de un ciego y lo hicieras caer: no podría verte hacerlo; pero el temor de Dios te hará abandonar los pecados que los hombres no pueden oír ni ver. El temor de Dios destruye el temor del hombre. Los tres jóvenes temían a Dios; por eso no temieron la ira del rey. Daniel 3:16. El ruido mayor ahoga al menor; el ruido del trueno ahoga el ruido del río; así, cuando el temor de Dios es supremo en el alma, ahoga todo otro temor carnal. Hacemos que Dios sea Dios para nosotros cuando le tenemos un santo temor filial.
[6] Tener a Dios por Dios nuestro es confiar en él. «A ti, oh Dios el Señor, miran mis ojos; en ti he confiado». Salmo 141:8. «Dios de mi roca, en él confiaré». 2 Samuel 22:3. No hay nadie en quien podamos confiar sino Dios. Todas las criaturas son un refugio de mentiras; son como la caña egipcia, demasiado débil para sostenernos, pero lo bastante fuerte para herirnos. 2 Reyes 18:21. Omnis motus fit super immobili [Lo inmóvil no es perturbado por ninguna conmoción]. Solo Dios es fundamento suficiente sobre el cual edificar nuestra confianza. Cuando confiamos en él, lo hacemos Dios para nosotros; cuando no confiamos en él, lo hacemos un ídolo. Confiar en Dios es apoyarse en su poder como Creador y en su amor como Padre. Confiar en Dios es encomendarle nuestro principal tesoro, nuestra alma. «En tu mano encomiendo mi espíritu». Salmo 31:5. Así como el huérfano confía su hacienda a su tutor, así confiamos nuestra alma a Dios. Entonces él llega a ser Dios para nosotros.
Pero ¿cómo sabremos que confiamos en Dios como es debido? Si confiamos en Dios como es debido, confiaremos en él en un tiempo igual que en otro. «Esperad en él en todo tiempo». Salmo 62:8. ¿Podemos confiar en él en nuestros aprietos? Cuando la higuera no florece, cuando nuestras muletas terrenales se rompen, ¿podemos apoyarnos en la promesa de Dios? Cuando se cortan los caños que solían traernos consuelo, ¿podemos vivir de Dios, en quien están todas nuestras fuentes frescas? Cuando no tenemos más pan que comer que el pan de la congoja (Ezequiel 12:19), cuando no tenemos más agua que beber que las lágrimas, como en el Salmo 80:5: «Les diste a beber lágrimas en gran abundancia»; ¿podemos entonces confiar en que la providencia de Dios nos proveerá? Un buen cristiano cree que, si Dios alimenta a los cuervos, alimentará a sus hijos; vive de la suficiencia de Dios, no solo para la gracia, sino para el alimento. Cree que, si Dios le da el cielo, le dará el pan de cada día; confía en su pagaré: «de cierto serás alimentado». Salmo 37:3. ¿Podemos confiar en Dios en nuestros temores? Cuando los adversarios se crecen, ¿podemos desplegar el estandarte de la fe? «En el día que temo, yo en ti confío». Salmo 56:3. La fe cura el temblor del corazón; se eleva por encima del temor, como el aceite flota sobre el agua. Confiar en Dios hace que él sea Dios para nosotros.
[7] Tener a Dios por Dios nuestro es amarle. En los piadosos, el temor y el amor se besan.
[8] Tenerlo por Dios nuestro es obedecerle. De esto hablaré más extensamente en el segundo mandamiento.
¿Por qué hemos de allegarnos al Señor como nuestro Dios?
(1) Por su equidad. No es sino justo que nos alleguemos a aquel de quien recibimos nuestro ser. ¿Quién puede tener mejor derecho sobre nosotros que el que nos da el aliento? Porque «él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos». Salmo 100:3. Es injusto, y aun ingrato, entregar nuestro amor o nuestro culto a otro que no sea Dios.
(2) Por su utilidad. Si nos allegamos al Señor como nuestro Dios, él nos bendecirá: «Nos bendecirá Dios, el Dios nuestro». Salmo 67:6. Nos bendecirá en nuestra hacienda. «Bendito será el fruto de tu tierra; bendita será tu canasta y tu provisión». Deuteronomio 28:4, 5. No solo tendremos nuestros sacos llenos de grano, sino también dinero en la boca del saco. Nos bendecirá con paz. «El Señor bendecirá a su pueblo con paz». Salmo 29:11. Con paz exterior, que es la nodriza de la abundancia. «Él pone en tu término la paz». Salmo 147:14. Con paz interior, una conciencia risueña, que es más dulce que la miel que destila. Dios volverá todos los males para nuestro bien. Romanos 8:28. Hará triaca del veneno. La prisión de José fue un medio para su encumbramiento. Génesis 50:20. De la droga más amarga destilará su gloria y nuestra salvación. En suma, será nuestro guía hasta la muerte, nuestro consuelo en la muerte y nuestra recompensa después de la muerte. Su utilidad, pues, puede movernos a allegarnos al Señor como nuestro Dios. «Bienaventurado el pueblo cuyo Dios es el Señor». Salmo 144:15.
(3) Por su necesidad. Si Dios no es nuestro Dios, maldecirá nuestras bendiciones; y la maldición de Dios marchita todo lo que toca. Malaquías 2:2. Si Dios no es nuestro Dios, no tenemos a nadie que nos socorra en la miseria. ¿Socorrerá él a sus enemigos? ¿Asistirá a los que lo rechazan? Si no hacemos que Dios sea nuestro Dios, él se hará nuestro juez; y si él condena, no hay apelación a un tribunal superior. Es necesario, pues, tener a Dios por nuestro Dios, a menos que pensemos desposarnos eternamente con la miseria.
Aplicación 1. Si hemos de tener al Señor Jehová por nuestro único Dios, esto condena a los ateos, que no tienen Dios. «Dijo el necio en su corazón: No hay Dios». Salmo 14:1. No hay Dios en quien crea, ni a quien adore. Ateos así fueron Diágoras y Teodoro. Cuando Séneca reprendió a Nerón por sus impiedades, Nerón dijo: «¿Crees tú que yo creo que hay algún Dios, cuando hago tales cosas?» El duque de Silesia estaba tan ofuscado que afirmaba: Neque inferos, neque superos esse; que no había ni Dios ni diablo. Podemos ver a Dios en las obras de sus dedos. La creación es un gran volumen en el que podemos leer una Deidad, y tiene que sacarse sus propios ojos el que niega a Dios. Aristóteles, aunque pagano, no solo reconoció a Dios cuando exclamó: «Oh Ser de los seres, ten misericordia de mí», sino que pensaba que quien no confesaba una Deidad no era digno de vivir. Los que no quieran creer en Dios lo sentirán. «Horrenda cosa es caer en las manos del Dios vivo». Hebreos 10:31.
Aplicación 2. Quedan condenados los cristianos que profesan tener a Dios por su Dios y, sin embargo, no viven como si él fuera su Dios. (1) No creen en él como Dios. Cuando miran sus pecados, suelen decir: ¿Puede Dios perdonar? Cuando miran sus necesidades, dicen: ¿Puede Dios proveer? ¿Puede preparar mesa en el desierto? (2) No le aman como Dios. No le dan la flor de su amor, sino que son propensos a amar otras cosas más que a Dios; dicen que aman a Dios, pero no renuncian a nada por él. (3) No le rinden culto como Dios. No le dan esa reverencia, ni oran con esa devoción, como si oraran a un Dios. ¡Qué muertos están sus corazones! Si no están muertos en el pecado, están muertos para el deber. Oran como a un dios que tiene ojos y no ve, oídos y no oye. Al oír la Palabra, ¡cuánta distracción y qué corazones descuidados tienen muchos! Están pensando en sus tiendas y en sus drogas. ¿Le parecería bien a un rey que, mientras nos habla, nos pusiéramos a jugar con una pluma? Cuando Dios nos habla en su Palabra y nuestro corazón está ocupado en pensamientos del mundo, ¿no es esto jugar con una pluma? ¡Oh, cómo debería humillar esto a la mayoría de nosotros, que no hacemos que Dios sea Dios para nosotros! No creemos en él, ni le amamos, ni le adoramos como Dios. Muchos paganos han adorado a sus dioses falsos con más seriedad y devoción que algunos cristianos al Dios verdadero. ¡Oh, reprendámonos a nosotros mismos! ¿Dije reprendernos? Aborrezcámonos por nuestra frialdad y formalismo en la religión: cómo hemos profesado a Dios y, sin embargo, no le hemos adorado como Dios.
II. Que no debemos tener otro dios. «No tendrás dioses ajenos delante de mí.
¿Qué se quiere decir con las palabras «delante de mí»?
Quiere decir delante de mi rostro; in conspectu meo, ante mi vista. «Maldito el hombre que hiciere escultura, y la pusiere en oculto». Deuteronomio 27:15. Algunos no se inclinaban ante el ídolo a la vista de otros, pero se inclinaban ante él en secreto; mas aunque esto quedaba fuera de la vista del hombre, no quedaba fuera de la vista de Dios. «Maldito, pues», dice Dios, «el que pone la imagen en oculto». «No tendrás dioses ajenos». 1. Realmente no hay otro dios. 2. No debemos tener otro.
[1] Realmente no hay otro dios. Los valentinianos sostenían que había dos dioses; los politeístas, que había muchos; el persa adoraba al sol; los egipcios, al buey y al elefante; los griegos, a Júpiter; pero no hay otro sino el Dios verdadero. «Aprende, pues, hoy, y considera en tu corazón que el Señor es Dios arriba en el cielo y abajo sobre la tierra; no hay otro». Deuteronomio 4:39. Porque, (1) No hay más que una Causa Primera, que tiene su ser de sí misma y de la cual dependen todos los demás seres. Así como en los cielos el Primum Mobile mueve todas las demás esferas, así Dios es el Gran Motor: él da vida y movimiento a todo cuanto existe.
(2) No hay más que un Poder Omnipotente. Si hubiera dos omnipotentes, siempre habríamos de suponer una contienda entre los dos: lo que uno quisiera hacer, el otro, siendo igual, se lo estorbaría; y así todas las cosas caerían en confusión. Si un barco tuviera dos pilotos de igual poder, uno estaría siempre contrariando al otro; cuando uno quisiera zarpar, el otro echaría el ancla; habría confusión, y el barco perecería. El orden y la armonía del mundo, el gobierno constante y uniforme de todas las cosas, son un argumento claro de que no hay más que un Omnipotente, un solo Dios que lo gobierna todo. «Yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios». Isaías 44:6.
[2] No debemos tener otro dios. «No tendrás dioses ajenos delante de mí». Este mandamiento prohíbe: (1) Servir a un dios falso y no al Dios verdadero. «Que dicen al leño: Mi padre eres tú; y a la piedra: Tú me has engendrado». Jeremías 2:27. (2) Juntar un dios falso con el verdadero. «Temían al Señor, y servían a sus dioses». 2 Reyes 17:33. Estas cosas quedan prohibidas en el mandamiento; debemos adherirnos al Dios verdadero y a ningún otro. «Dios es un Dios celoso», y no tolerará rival. Una esposa no puede tener lícitamente dos maridos a la vez; tampoco nosotros podemos tener dos dioses. No adorarás a dios ajeno, porque el Señor es Dios celoso». Éxodo 34:14. «Se multiplicarán los dolores de aquellos que se apresuran tras otro dios». Salmo 16:4. El Señor interpreta como un «dejarle a él» el desposarse con cualquier otro dios. «Dejaron al Señor, y se fueron tras otros dioses». Jueces 2:12. Dios no quería que su pueblo ni siquiera mencionara a los dioses ídolos. «Nombre de otros dioses no mencionaréis, ni se oirá de vuestra boca». Éxodo 23:13. «Dios considera que ir tras otros dioses es romper el pacto matrimonial. Por eso, cuando Israel cometió idolatría con el becerro de oro, Dios renunció a su derecho sobre ellos. «Tu pueblo se ha corrompido». Éxodo 32:7. Antes Dios llamaba a Israel su pueblo; pero cuando fueron tras otros dioses, «Ahora», dice el Señor a Moisés, «ya no son mi pueblo, sino tu pueblo». «Contended con vuestra madre, contended; porque ella no es mi mujer». Oseas 2:2. No me guarda fidelidad, se ha manchado con ídolos; por tanto, me divorciaré de ella: «ella no es mi mujer». Ir tras otros dioses es cosa que Dios no puede soportar; hace subir la ira a su rostro. «Si te incitare tu hermano, o tu hijo, o la mujer de tu seno, o tu amigo que sea como tu alma, diciendo en secreto: Vamos y sirvamos a dioses ajenos, no consentirás con él, ni tu ojo le perdonará; antes has de matarlo; tu mano será primero sobre él para matarlo, y después la mano de todo el pueblo». Deuteronomio 13:6, 8, 9.
¿Qué es tener otros dioses además del Dios verdadero? Me temo que, si lo examinamos, hay entre nosotros más idólatras de los que pensamos.
(1) Confiar en cualquier cosa más que en Dios es hacer de ella un dios. Si confiamos en nuestras riquezas, hacemos de las riquezas nuestro dios. Podemos tomar consuelo en ellas, pero no poner en ellas nuestra confianza. Es necedad confiar en ellas. Son riquezas engañosas, y es necedad confiar en lo que nos ha de engañar. Mateo 13:22. No tienen consistencia sólida; son como paisajes pintados o sueños dorados, que dejan vacía el alma cuando despierta o vuelve en sí. No son lo que prometen; prometen satisfacer nuestros deseos, y los aumentan; prometen quedarse con nosotros, y echan alas. Son dañinas. «Las riquezas guardadas por sus dueños para su mal». Eclesiastés 5:13. Es necedad confiar en lo que le ha de hacer daño a uno. ¿Quién se agarraría del filo de una navaja para sostenerse? Muchas veces son combustible para el orgullo y la lujuria. Ezequiel 28:5. Jeremías 5:7. Es locura confiar en nuestras riquezas; ¡pero cuántos lo hacen, y hacen del dinero su dios! «Las riquezas del rico son su ciudad fuerte». Proverbios 10:15. Hace del lingote de oro su esperanza. Job 31:24. Dios hizo al hombre del polvo de la tierra, y el hombre hace un dios del polvo de la tierra. El dinero es su creador, su redentor, su consolador: su creador, porque si tiene dinero, cree que ya está hecho; su redentor, porque si está en peligro, confía en su dinero para que lo rescate; su consolador, porque si está triste, el dinero es el arpa de oro que ahuyenta al espíritu malo. Así, al confiar en el dinero, hacemos de él un dios.
Si confiamos en el brazo de carne, hacemos de él un dios. «Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo». Jeremías 17:5. Los sirios confiaban en su ejército, que era tan numeroso que llenaba la tierra; pero este brazo de carne se secó. 1 Reyes 20:27, 29. Aquello en que ponemos nuestra confianza, Dios lo convierte en nuestra vergüenza. Las ovejas corren a los setos en busca de abrigo y pierden su lana; así nosotros hemos corrido a las causas segundas para que nos ayuden, y hemos perdido mucho de nuestro vellocino de oro; no solo han sido cañas que nos fallaron, sino espinas que nos hirieron. Hemos quebrado nuestras muletas parlamentarias por apoyarnos demasiado en ellas.
Si confiamos en nuestra sabiduría, hacemos de ella un dios. «No se alabe el sabio en su sabiduría». Jeremías 9:23. Gloriarse es el colmo de la confianza. Más de un hombre hace un ídolo de su ingenio y de sus talentos; se deifica a sí mismo; ¡pero cuántas veces prende Dios a los sabios en su propia astucia! Job 5:13. Ahitofel tenía gran ingenio, su consejo era como el oráculo de Dios; pero su ingenio lo llevó a la soga. 2 Samuel 17:23.
Si confiamos en nuestra honradez civil, hacemos de ella un dios. Muchos confían en que nadie puede acusarlos de pecado grosero. La honradez civil no es más que la naturaleza refinada y cultivada; un hombre puede estar lavado y no cambiado; su vida puede ser decorosa, y sin embargo puede reinar algún pecado en su corazón. El fariseo podía decir: «No soy adúltero» (Lucas 18:11); pero no podía decir: «No soy orgulloso». Confiar en la honradez civil es confiar en una tela de araña.
Si confiamos en que nuestros deberes nos salvarán, hacemos de ellos un dios. «Todas nuestras justicias son como trapo de inmundicia»; están manchadas por las moscas del pecado. Isaías 64:6. Pon oro en el fuego y sale mucha escoria: así nuestros deberes más dorados van mezclados con flaqueza. Somos propensos o a descuidar el deber o a idolatrarlo. Practica el deber, pero no confíes en él; porque entonces lo haces un dios. No confíes en tu orar y en tu oír; son medios de salvación, pero no son salvadores. Si haces de los deberes vejigas en que confiar para flotar, puedes hundirte con ellas en el infierno.
Si confiamos en nuestra gracia, hacemos de ella un dios. La gracia no es más que una criatura; si confiamos en ella, la hacemos un ídolo. La gracia es imperfecta, y no debemos confiar para salvarnos en lo que es imperfecto. «Yo en mi integridad he andado; he confiado asimismo en el Señor». Salmo 26:1: David anduvo en su integridad, pero no confió en su integridad. «He confiado en el Señor». Si confiamos en nuestras gracias, hacemos de ellas un Cristo. Son buenas gracias, pero malos Cristos.
(2) Amar cualquier cosa más que a Dios es hacer de ella un dios. Si amamos nuestros bienes más que a Dios, hacemos de ellos un dios. El joven del evangelio amaba su oro más que a su Salvador; el mundo estaba más cerca de su corazón que Cristo. Mateo 19:22. Fulgens hoc aurum praestringit oculos [Este oro con su brillo ciega los ojos]. Vario. Al avaro se le llama idólatra. Efesios 5:5. ¿Por qué? Porque ama sus bienes más que a Dios, y así hace de ellos su dios. Aunque no se postre ante un ídolo, si adora la imagen grabada en sus monedas, es un idólatra. Aquello que tiene la mayor parte del corazón, de eso hacemos un dios.
Si amamos nuestro placer más que a Dios, hacemos de él un dios. «Amadores de los deleites más que de Dios». 2 Timoteo 3:4. Muchos sueltan las riendas y se entregan a toda clase de deleites sensuales; idolatran el placer. «Toman el pandero y el arpa, y se regocijan al son del órgano. Pasan sus días en alegría». Job 21:12, 13 (marg.). He leído de un lugar en África donde la gente pasa todo su tiempo bailando y divirtiéndose; ¿y no tenemos nosotros muchos que hacen un dios del placer, que pasan su tiempo yendo a comedias y frecuentando salones de baile, como si Dios los hubiera hecho como al leviatán, para jugar en el agua? Salmo 104:26. En la tierra de Cerdeña hay una hierba parecida al bálsamo que, si alguien come demasiado de ella, muere riendo: tal hierba es el placer; si alguien se alimenta de él sin medida, irá riendo al infierno. Lean los que hacen un dios del placer tan solo estas dos Escrituras. «El corazón de los insensatos está en la casa del placer». Eclesiastés 7:4. «Cuanto ha vivido en deleites, tanto dadle de tormento». Apocalipsis 18:7. El azúcar puesto en un lugar húmedo se convierte en agua; así todos los gozos y placeres azucarados de los pecadores se convertirán al fin en agua de lágrimas.
Si amamos nuestro vientre más que a Dios, hacemos de él un dios. «Cuyo dios es el vientre». Filipenses 3:19. Clemente de Alejandría escribe de un pez que tenía el corazón en el vientre; figura de los glotones, cuyo corazón está en su vientre; buscan sacrificare lari, su vientre es su dios, y a este dios le derraman libaciones. El Señor permite lo que conviene para reponer la naturaleza. «Daré también hierba, y comerás, y te saciarás». Deuteronomio 11:15. Pero no pensar en otra cosa que en complacer el apetito es idolatría. «Cuyo dios es el vientre». ¡Qué lástima que el alma, esa parte principesca que empuña el cetro de la razón y es pariente de los ángeles, sea esclavizada por la parte animal!
Si amamos a un hijo más que a Dios, hacemos de él un dios. ¡Cuántos son culpables en esto! Piensan en sus hijos y se deleitan en ellos más que en Dios; se afligen más por la pérdida de su primogénito que por la pérdida de su primer amor. Esto es hacer un ídolo de un hijo y ponerlo en el lugar de Dios. Así se provoca muchas veces a Dios a quitarnos a nuestros hijos. Si amamos la joya más que a quien nos la dio, Dios quitará la joya, para que nuestro amor vuelva otra vez a él.
Aplicación primera. Reprende a los que tienen otros dioses, y así renuncian al Dios verdadero. (1) A los que levantan ídolos. «Según el número de tus ciudades, oh Judá, son tus dioses». Jeremías 2:28. «Sus altares son como montones en los surcos del campo». Oseas 12:11. (2) A los que acuden a espíritus de adivinación. Este es un pecado condenado por la ley de Dios. «No sea hallado entre vosotros quien consulte a espíritus de adivinación». Deuteronomio 18:11. Por lo común, si la gente ha perdido alguno de sus bienes, manda a buscar a hechiceros y adivinos para saber cómo recuperarlos. ¿Qué es esto sino hacer un dios del diablo, consultándolo y poniendo en él su confianza? ¡Cómo! ¿Porque has perdido tus bienes, vas a perder también tu alma? 2 Reyes 1:6. ¿No es porque piensas que no hay Dios en el cielo que pides consejo al diablo? Si alguno es culpable, que se humille.
Aplicación segunda. Nos toca retirada a los oídos. Que nos aparte de idolatrar a criatura alguna, y nos lleve a renunciar a otros dioses y a unirnos al Dios verdadero y a su servicio. Si nos apartamos de Dios, no sabemos dónde mejorar nuestra suerte.
(1) Es honroso servir al Dios verdadero. Servire Deo est regnare [Servir a Dios es reinar]. Es más honra servir a Dios que tener reyes que nos sirvan. (2) Servir al Dios verdadero es deleitoso. «Los recrearé en mi casa de oración». Isaías 56:7. Dios despliega a menudo el estandarte de su amor en una ordenanza y derrama en el corazón el óleo de alegría. Todos los caminos de Dios son deleitosos; sus sendas están sembradas de rosas. Proverbios 3:17. (3) Servir al Dios verdadero es provechoso. Los hombres tienen gran ganancia aquí: el maná escondido, la paz interior, y un gran galardón por venir. Los que sirven a Dios tendrán un reino cuando mueran, y llevarán una corona hecha de las flores del paraíso. Lucas 12:32; 1 Pedro 5:4. Servir al Dios verdadero es nuestro verdadero interés. Dios ha entrelazado su gloria y nuestra salvación. Nos manda creer; ¿y para qué? Para que seamos salvos. Por tanto, renunciando a todos los demás, unámonos al Dios verdadero. (4) Has hecho pacto de servir al verdadero JEHOVÁ, renunciando a todos los demás. Cuando alguien ha entrado en contrato con su amo, y la escritura está redactada y sellada, no puede volverse atrás, sino que debe cumplir su tiempo. Hemos hecho pacto en el bautismo de tomar al Señor por nuestro Dios, renunciando a todos los demás; y hemos renovado este pacto en la Cena del Señor; ¿y no cumpliremos nuestro voto y pacto solemne? No podemos apartarnos de Dios sin cometer el más alto perjurio. «Si alguno retrocediere [como el soldado que deserta de su bandera], no agradará a mi alma». Hebreos 10:38. «Derramaré sobre él copas de ira, y embriagaré de sangre mis saetas». (5) Nadie tuvo jamás motivo para arrepentirse de haberse unido a Dios y a su servicio. Algunos se han arrepentido de haber hecho un dios del mundo. El cardenal Wolsey dijo: «¡Oh, si hubiera servido a mi Dios como he servido a mi rey, él nunca me habría abandonado así!». Nadie se quejó jamás de haber servido a Dios: fue su consuelo y su corona en el lecho de muerte.
Capítulo 5 completado
2.1 El primer mandamiento