Los Diez Mandamientos
1.4 La recta comprensión de la ley

Capítulo 4 · 11 min de lectura · 14 min de escucha

1.4 La recta comprensión de la ley

«No tendrás dioses ajenos delante de mí». Éxodo 20:3.

Antes de llegar a los mandamientos, responderé algunas preguntas y estableceré algunas reglas acerca de la ley moral.

¿Cuál es la diferencia entre la ley moral y el evangelio?

(1) La ley exige que adoremos a Dios como nuestro Creador; el evangelio, que lo adoremos en Cristo y por medio de Cristo. Dios en Cristo es propicio; fuera de él podemos ver el poder, la justicia y la santidad de Dios; en él vemos desplegada su misericordia.

(2) La ley moral exige obediencia, pero no da fuerzas (como Faraón exigía ladrillos, pero no daba paja); el evangelio, en cambio, da fuerzas; otorga la fe a los escogidos; endulza la ley; nos hace servir a Dios con deleite.

¿De qué nos sirve la ley moral?

Es un espejo que nos muestra nuestros pecados, para que, viendo nuestra contaminación y miseria, nos veamos forzados a huir a Cristo, que satisface por la culpa pasada y salva de la ira venidera. «La ley fue nuestro ayo para llevarnos a Cristo. Gálatas 3:24.

Pero ¿sigue la ley moral en vigor para los creyentes? ¿No ha sido abolida para ellos?

En cierto sentido está abolida para los creyentes. (1) En cuanto a la justificación. No son justificados por su obediencia a la ley moral. Los creyentes han de hacer gran uso de la ley moral, pero para su justificación deben confiar solo en la justicia de Cristo; así como la paloma de Noé se servía de sus alas para volar, pero confiaba en el arca para su seguridad. Si la ley moral pudiera justificar, ¿qué necesidad había de que Cristo muriera? (2) La ley moral está abolida para los creyentes en cuanto a su maldición. Están libres de su maldición y de su poder condenatorio. «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición». Gálatas 3:13.

¿Cómo fue Cristo hecho maldición por nosotros?

Considerado como Hijo de Dios, no fue hecho maldición; pero como nuestra prenda y fiador, fue hecho maldición por nosotros. Hebreos 7:22. Esta maldición no recayó sobre su Deidad, sino sobre su humanidad. Era la ira de Dios que pesaba sobre él; y así quitó a los creyentes la maldición de la ley, siendo hecho maldición por ellos. Pero aunque la ley moral esté abolida hasta este punto, permanece como regla perpetua para los creyentes. Aunque no sea su Salvador, es su guía. Aunque no sea foedus, un pacto de vida, es norma, una regla de vida. Todo cristiano está obligado a conformarse a ella y a escribir, tan exactamente como pueda, siguiendo este modelo. «¿Luego deshacemos la ley por la fe? En ninguna manera». Romanos 3:31. Aunque el cristiano no está bajo el poder condenatorio de la ley, sí está bajo su poder de mando. Amar a Dios, reverenciarlo y obedecerle es una ley que siempre obliga y que obligará en el cielo. Esto lo sostengo contra los antinomianos, que dicen que la ley moral está abrogada para los creyentes; lo cual, así como contradice la Escritura, es también una llave que abre la puerta a todo libertinaje. Los que no quieran que la ley los gobierne nunca tendrán el evangelio que los salve.

Respondidas estas preguntas, estableceré a continuación algunas reglas generales para la recta comprensión del Decálogo, o los Diez Mandamientos. Pueden servirnos para dar alguna luz sobre el sentido y significado de los mandamientos.

Regla 1. Los mandatos y prohibiciones de la ley moral alcanzan al corazón. (1) Los mandatos de la ley moral alcanzan al corazón. Los mandamientos no solo exigen acciones externas, sino afectos internos; no solo exigen el acto exterior de la obediencia, sino el afecto interior del amor. «Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón». Deuteronomio 6:5.

(2) Las amenazas y prohibiciones de la ley moral alcanzan al corazón. La ley de Dios no solo prohíbe el acto del pecado, sino el deseo y la inclinación; no solo prohíbe el adulterio, sino la codicia lasciva (Mateo 5:28); no solo el robo, sino la codicia (Romanos 7:7). Lex humana ligat manum, lex divina comprimit animam «La ley del hombre solo ata las manos; la ley de Dios ata el corazón».

Regla 2. En los mandamientos hay una sinécdoque: se quiere decir más de lo que se expresa. (1) Donde se manda un deber, se prohíbe el pecado contrario. Cuando se nos manda santificar el día de reposo, se nos prohíbe quebrantarlo. Cuando se nos manda vivir en una ocupación, «Seis días trabajarás», se nos prohíbe vivir ociosamente y sin ocupación.

(2) Donde se prohíbe un pecado, se manda el deber contrario. Cuando se nos prohíbe tomar el nombre de Dios en vano, se nos manda el deber contrario: que reverenciemos su nombre. «Temiendo este nombre glorioso y terrible: el Señor tu Dios». Deuteronomio 28:58. Donde se nos prohíbe perjudicar a nuestro prójimo, allí se incluye el deber contrario: que le hagamos todo el bien que podamos, defendiendo su buen nombre y supliendo sus necesidades.

Regla 3. Donde en el mandamiento se prohíbe un pecado, se prohíbe también la ocasión de él. Donde se prohíbe el homicidio, se prohíben la envidia y la ira temeraria, que pueden ocasionarlo. Donde se prohíbe el adulterio, se prohíbe todo lo que puede conducir a él, como las miradas lascivas o entrar en compañía de una ramera. «No te acerques a la puerta de su casa». Proverbios 5:8. El que quiera librarse de la peste no debe acercarse a la casa infectada. Bajo la ley se le prohibía al nazareo beber vino, y tampoco podía comer las uvas de que se hacía el vino.

Regla 4. In relato subintelligitur correlatum. Donde en el mandamiento se nombra una relación, allí se incluye la otra. Donde se nombra al hijo, se incluye al padre. Donde se menciona el deber de los hijos para con los padres, se incluye también el deber de los padres para con los hijos. Donde se manda al hijo honrar al padre, se da a entender que también se manda al padre instruir, amar y proveer para el hijo.

Regla 5. Donde se prohíben los pecados mayores, se prohíben también los menores. Aunque ningún pecado es pequeño por su propia naturaleza, uno puede ser menor que otro en comparación. Donde se prohíbe la idolatría, se prohíbe la superstición, o introducir en el culto de Dios cualquier innovación que él no ha establecido. Así como a los hijos de Aarón se les prohibía adorar un ídolo, también se les prohibía ofrecer a Dios fuego extraño. Levítico 10:1. La mezcla en las cosas sagradas es como un chorro de agua en el vino, que, aunque le dé color, no hace sino rebajarlo y adulterarlo. Provoca mucho a Dios introducir en su culto cualquier ceremonia supersticiosa que él no ha prescrito; es acusar la sabiduría de Dios, como si no fuera lo bastante sabio para establecer la manera en que quiere ser servido.

Regla 6. La ley de Dios es una sola pieza. Lex est copulativa [La ley está toda unida]. La primera y la segunda tabla están enlazadas: la piedad para con Dios y la equidad para con el prójimo. Estas dos tablas que Dios ha unido no deben separarse. Prueba a un hombre moral por los deberes de la primera tabla, la piedad para con Dios, y lo hallarás negligente; prueba a un hipócrita por los deberes de la segunda tabla, la equidad para con su prójimo, y lo hallarás remiso. Si el que es estricto en la segunda tabla descuida la primera, o el que es celoso en la primera descuida la segunda, su corazón no es recto delante de Dios. Los fariseos eran los que más presumían de guardar la primera tabla con celo y santidad; pero Cristo descubre su hipocresía: «Dejasteis el juicio, la misericordia y la fe». Mateo 23:23. Eran malos en la segunda tabla: descuidaban el juicio, o la justicia en sus tratos; la misericordia, al socorrer a los pobres; y la fe, o la fidelidad en sus promesas y contratos con los hombres. Dios escribió ambas tablas, y nuestra obediencia debe poner su sello en las dos.

Regla 7. La ley de Dios no solo prohíbe cometer el pecado en nuestra propia persona, sino ser cómplices de los pecados de otros o tener alguna parte en ellos.

¿Cómo y en qué sentido puede decirse que participamos de los pecados de otros y tenemos parte en ellos?

(1) Dictando decretos injustos e imponiendo a otros lo que es ilícito. Jeroboam hizo pecar al pueblo de Israel; fue cómplice de su idolatría al levantar becerros de oro. Aunque David no mató a Urías con su propia mano, como escribió una carta a Joab para que pusiera a Urías al frente de la batalla, y se hizo por orden suya, fue cómplice de la muerte de Urías, y el profeta le imputó su asesinato. «A Urías heteo heriste a espada». 2 Samuel 12:9.

(2) Nos hacemos cómplices de los pecados de otros cuando no se los impedimos estando en nuestro poder. Qui non prohibit cum potest, jubet [No impedir algo, cuando está en tu poder, equivale a mandarlo]. Si un amo de casa ve a su criado quebrantar el día de reposo, o le oye jurar, y no usa el poder que tiene para reprimirlo, se hace cómplice de su pecado. Elí, por no castigar a sus hijos cuando hacían que la ofrenda del Señor fuera menospreciada, se hizo culpable. 1 Samuel 3:13, 14. El que deja pasar sin castigo a un ofensor se hace él mismo ofensor.

(3) Aconsejando, instigando o provocando a otros a pecar. Ahitofel se hizo culpable del hecho al aconsejar a Absalón que entrase a las concubinas de su padre y las deshonrase. 2 Samuel 16:21. El que tienta o incita a otro a emborracharse, aunque él mismo esté sobrio, como es la ocasión del pecado ajeno, es cómplice de él. «¡Ay del que da de beber a su prójimo, que le acercas tu odre!» Habacuc 2:15.

(4) Consintiendo en el pecado de otro. Saulo no arrojó ni una piedra contra Esteban; sin embargo, la Escritura dice: «Saulo consentía en su muerte». Hechos 8:1. Así tuvo parte en ella. Si varios se conjuraran para matar a un hombre y contaran a otro su intención, y este diera su consentimiento, sería culpable; porque, aunque su mano no estuviera en el asesinato, su corazón sí lo estaba; aunque no lo cometiera, lo aprobó, y así se convirtió en pecado suyo.

(5) Con el ejemplo. Vivitur exemplis [Vivimos por el ejemplo]. Los ejemplos son poderosos y apremiantes. Dar mal ejemplo ocasiona que otro peque, y así la persona se hace cómplice. Si el padre jura, y el hijo, por su ejemplo, aprende a jurar, el padre es cómplice del pecado del hijo; se lo enseñó con su ejemplo. Así como hay enfermedades hereditarias, hay también pecados hereditarios.

Regla 8. La última regla acerca de los mandamientos es que, aunque no podemos cumplir todos estos mandamientos con nuestras propias fuerzas, si hacemos quod posse, lo que podemos, el Señor nos ha provisto de aliento. Hay un triple aliento.

(1) Que, aunque no tenemos capacidad para obedecer ni un solo mandamiento, Dios ha prometido en el nuevo pacto obrar en nosotros lo que él exige. «Haré que andéis en mis estatutos». Ezequiel 36:27. Dios nos manda amarle. ¡Ah, qué débil es nuestro amor! Es como la hierba que aún no tiene más que el primer grado de virtud; pero Dios ha prometido circuncidar nuestro corazón para que le amemos. Deuteronomio 30:6. El que nos manda nos capacitará. Dios nos manda volvernos del pecado, pero, ¡ay!, no tenemos poder para volvernos; por eso ha prometido convertirnos, poner su Espíritu dentro de nosotros y convertir el corazón de piedra en carne. Ezequiel 36:26. No hay nada en el mandamiento que no esté también en la promesa. Por tanto, cristiano, no te desanimes; aunque no tengas fuerzas propias, Dios te dará fuerzas. El hierro no tiene poder para moverse, pero, atraído por el imán, puede moverse. «Tú obraste en nosotros todas nuestras obras». Isaías 26:12.

(2) Aunque no podemos cumplir exactamente la ley moral, Dios, por amor de Cristo, mitigará el rigor de la ley y aceptará algo menos de lo que exige. Dios en la ley exige una obediencia exacta, pero aceptará una obediencia sincera; rebajará algo del grado, si hay verdad en lo íntimo. Verá la fe y pasará por alto la falta. El evangelio remite la severidad de la ley moral.

(3) En lo que nuestra obediencia personal se queda corta, Dios tendrá a bien aceptarnos en nuestro Fiador. «Nos hizo aceptos en el Amado». Efesios 1:6. Aunque nuestra obediencia sea imperfecta, Dios, por medio de Cristo nuestro Fiador, la mira como perfecta. Ese mismo servicio que la ley de Dios podría condenar, su misericordia tiene a bien coronarlo, en virtud de la sangre de nuestro Mediador. Habiéndote dado estas reglas acerca de los mandamientos, pasaré a continuación a los mandamientos mismos.

Página 1 / 1 · 11 min restantes en el capítulo
Anterior Siguiente