Los Diez Mandamientos
1.3 El prefacio de los mandamientos

Capítulo 3 · 1 h 23 min de lectura · 1 h 47 min de escucha

1.3 El prefacio de los mandamientos

«Y habló Dios todas estas palabras, diciendo: Yo soy el Señor tu Dios», etc. Éxodo 20:1, 2.

¿Cuál es el prefacio de los Diez Mandamientos?

El prefacio de los Diez Mandamientos es: «Yo soy el Señor tu Dios».

El prefacio del prefacio es: «Habló Dios todas estas palabras, diciendo», etc. Esto es como el toque de trompeta que precede a una proclamación solemne. De otras partes de la Biblia se dice que fueron pronunciadas por boca de los santos profetas (Lucas 1:70), pero aquí Dios habló en persona.

¿Cómo hemos de entender que Dios habló, si no tiene partes corporales ni órganos del habla?

Dios formó algún sonido inteligible, o articuló una voz en el aire, que para los judíos fue como si Dios mismo les hablara. Observa:

(1) El legislador. «Habló Dios». Dos cosas se requieren en un legislador. [1] Sabiduría. Las leyes se fundan en la razón, y ha de ser sabio el que hace leyes. Dios, en este respecto, es el más apto para ser legislador: «Él es sabio de corazón». Job 9:4. Tiene el monopolio de la sabiduría. «Al solo sabio Dios». 1 Timoteo 1:17. Por tanto, él es el más idóneo para promulgar y establecer leyes. [2] Autoridad. Si un súbdito hace leyes, por sabias que sean, les falta el sello de la autoridad. Dios tiene en su mano el poder supremo: él da el ser a todos; y el que da a los hombres la vida tiene el mayor derecho a darles sus leyes.

(2) La ley misma. «Todas estas palabras». Es decir, todas las palabras de la ley moral, que suele llamarse el decálogo, o los diez mandamientos. Se llama ley moral porque es la regla de la vida y de las costumbres. La Escritura, como dice Crisóstomo, es un jardín, y la ley moral es su flor principal; es un banquete, y la ley moral es su plato principal.

La ley moral es perfecta. «La ley del Señor es perfecta». Salmo 19:7. Es un modelo y un plano exacto de la religión; es la norma de la verdad, el juez de las controversias, la estrella polar que nos guía al cielo. «El mandamiento es lámpara». Proverbios 6:23. Aunque la ley moral no es un Cristo que nos justifique, es una regla que nos instruye.

La ley moral es inalterable; sigue en vigor. Aunque las leyes ceremonial y judicial están abrogadas, la ley moral, pronunciada por la propia boca de Dios, es de uso perpetuo en la iglesia. Fue escrita en tablas de piedra, para mostrar su perpetuidad.

La ley moral es muy ilustre y llena de gloria. Dios la revistió de gloria en el modo de promulgarla. [1] El pueblo, antes de que se diera la ley moral, había de lavar sus vestidos, con lo cual, como en figura, Dios requería la santificación de sus oídos y de sus corazones para recibir la ley. Éxodo 19:10. [2] Se pusieron límites para que nadie tocara el monte, lo cual había de producir en el pueblo reverencia hacia la ley. Éxodo 19:12. [3] Dios escribió la ley con su propio dedo, honra tal puesta sobre la ley moral que de ningún otro escrito leemos otro tanto. Éxodo 31:18. Dios, por alguna operación poderosa, hizo la ley legible en letras, como si hubiera sido escrita con su propio dedo. [4] Que Dios pusiera la ley en el arca para que se guardara fue otra señal insigne de honra puesta sobre ella. El arca era el joyero en que él puso los diez mandamientos, como diez joyas. [5] En la entrega de la ley moral estuvieron presentes muchos ángeles. Deuteronomio 33:2. Se convocó un parlamento de ángeles, y Dios mismo era el que hablaba.

Aplicación primera. Aquí podemos notar la bondad de Dios, que no nos ha dejado sin ley. A menudo presenta el haber dado sus mandamientos como demostración de su amor. «No ha hecho así con ninguna otra nación; y en cuanto a sus juicios, no los conocieron». Salmo 147:20. «Les diste leyes verdaderas, estatutos y mandamientos buenos». Nehemías 9:13. ¡Qué extraña criatura sería el hombre si no tuviera ley que lo guiara! No se podría vivir en el mundo; no nacerían sino Ismaeles: la mano de cada hombre estaría contra su prójimo. El hombre se volvería salvaje si no tuviera la aflicción para domarlo y la ley moral para guiarlo. La ley de Dios es un vallado que nos mantiene dentro de los límites de la sobriedad y la piedad.

Aplicación segunda. Si Dios habló todas estas palabras de la ley moral, esto condena: (1) A los marcionitas y maniqueos, que hablan con ligereza, y aun con blasfemia, de la ley moral; que dicen que está por debajo del cristiano, que es carnal; lo cual refuta el apóstol cuando dice: «La ley es espiritual; mas yo soy carnal». Romanos 7:14. (2) A los antinomianos, que no admiten que la ley moral sea regla para el creyente. No decimos que el creyente esté bajo la maldición de la ley, sino bajo sus mandamientos. No decimos que la ley moral sea un Cristo, sino que es una estrella que guía a Cristo. No decimos que salve, sino que santifica. Los que echan la ley de Dios a sus espaldas, Dios echará sus oraciones a sus espaldas. Los que no quieren que la ley los gobierne, tendrán la ley que los juzgue. (3) A los papistas, que, como si la ley de Dios fuera imperfecta, y como si al hablar todas estas palabras no hubiera hablado bastante, le añaden sus cánones y tradiciones. Esto es acusar la sabiduría de Dios, como si no supiera hacer su propia ley. Esto es, sin duda, una grave provocación. «Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro». Apocalipsis 22:18. Si es gran maldad añadir algo al testamento sellado de un hombre, mucho más lo es añadir algo a la ley que Dios mismo habló y escribió con sus propios dedos.

Aplicación tercera. Si Dios habló todas las palabras de la ley moral, se nos imponen varios deberes: (1) Si Dios habló todas estas palabras, entonces hemos de oír todas estas palabras. Las palabras que Dios habla son demasiado preciosas para perderse. Así como quisiéramos que Dios oyera todas nuestras palabras cuando oramos, así hemos de oír todas sus palabras cuando él habla. No hemos de ser como el áspide sordo, que cierra su oído; el que cierra su oído cuando Dios clama, clamará él mismo y no será oído.

(2) Si Dios habló todas estas palabras, entonces hemos de atenderlas con reverencia. Cada palabra de la ley moral es un oráculo del cielo. Dios mismo es el predicador, y eso pide reverencia. Si un juez da instrucciones desde el estrado, todos atienden con reverencia. En la ley moral Dios mismo da las instrucciones: «Habló Dios todas estas palabras»; ¡con qué veneración, pues, hemos de atenderlas! Moisés se quitó el calzado de los pies, en señal de reverencia, cuando Dios iba a hablarle. Éxodo 3:5, 6.

(3) Si Dios habló todas estas palabras de la ley moral, entonces hemos de recordarlas. Sin duda, todo lo que Dios dice merece recordarse; son de peso las palabras que tocan a la salvación. «No os es cosa vana, mas es vuestra vida». Deuteronomio 32:47. Nuestra memoria debería ser como el cofre del arca donde se guardaba la ley. Los oráculos de Dios son adornos, ¿y los olvidaremos? «¿Se olvida la virgen de su atavío?». Jeremías 2:32.

(4) Si Dios habló todas estas palabras, entonces créelas. Mira el nombre de Dios escrito sobre cada mandamiento. Los paganos, para dar crédito a sus leyes, decían que en Roma las habían inspirado los dioses. La ley moral trae su linaje del cielo. Ipse dixit. Dios habló todas estas palabras. ¿No daremos crédito al Dios del cielo? ¿Cómo confirmó el ángel a las mujeres en la resurrección de Cristo? «He aquí (dijo), os lo he dicho». Mateo 28:7. Os lo digo bajo palabra de ángel. Mucho más ha de creerse la ley moral, que nos llega con la palabra de Dios. «Habló Dios todas estas palabras». La incredulidad enerva la virtud de la palabra de Dios y la hace abortar. «No les aprovechó la palabra, por no ir acompañada de fe». Hebreos 4:2. Eva dio más crédito al diablo cuando habló que a Dios.

(5) Si Dios habló todas estas palabras, entonces ama los mandamientos. «¡Cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación». Salmo 119:97. «Mira que amo tus mandamientos». Salmo 119:159. La ley moral es la copia de la voluntad de Dios, nuestro directorio espiritual; nos muestra qué pecados evitar y qué deberes seguir. Los diez mandamientos son un collar de perlas para adornarnos, son nuestro tesoro para enriquecernos; son más preciosos que tierras de especias o rocas de diamantes. «Mejor me es la ley de tu boca que millares de oro y plata». Salmo 119:72. La ley de Dios tiene en sí verdad y bondad. Nehemías 9:13. Verdad, porque Dios la habló; y bondad, porque nada manda el mandamiento que no sea para nuestro bien. ¡Oh, pues, que esto gane nuestro amor!

(6) Si Dios habló todas estas palabras, entonces enseña a tus hijos la ley de Dios. «Estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos». Deuteronomio 6:6, 7. El hombre piadoso es a la vez diamante e imán: diamante por el brillo de su gracia, e imán por la virtud atractiva con que lleva a otros al amor de los preceptos de Dios. Vir bonus magis aliis prodest quam sibi [el hombre bueno aprovecha más a otros que a sí mismo]. Tú que eres padre o madre, cumple tu deber. Aunque no puedas impartir la gracia a tus hijos, puedes impartirles conocimiento. Que tus hijos conozcan los mandamientos de Dios. «Las enseñaréis a vuestros hijos». Deuteronomio 11:19. Tienes cuidado de dejar a tus hijos una herencia: déjales los oráculos del cielo; instrúyelos en la ley de Dios. Si Dios habló todas estas palabras, bien puedes tú repetirlas a tus hijos.

(7) Si Dios habló todas estas palabras, la ley moral ha de ser obedecida. Si un rey habla, su palabra exige lealtad; mucho más, cuando Dios habla, han de obedecerse sus palabras. Algunos obedecen a medias: obedecen unos mandamientos y otros no; como el arado que, al dar con un trozo de tierra dura, deja un caballón sin labrar; pero Dios, que habló todas las palabras de la ley moral, quiere que se obedezcan todas. No dispensará la infracción de una sola ley. Los príncipes, es verdad, por razones especiales, dispensan a veces de las leyes penales y no aplican el rigor de la ley; pero Dios, que habló todas estas palabras, obliga a los hombres bajo pena a obedecer cada ley.

Esto condena a la iglesia de Roma, que, en vez de obedecer toda la ley moral, borra un mandamiento y dispensa de otros. Omiten el segundo mandamiento en su catecismo, porque va contra las imágenes; y para completar el número de diez, dividen en dos el décimo mandamiento. Así incurren en aquella terrible condenación: «Si alguno quitare de las palabras de este libro, Dios quitará su parte del libro de la vida». Apocalipsis 22:19. Así como borran un mandamiento, y cortan el nudo que no pueden desatar, así dispensan de otros mandamientos. Dispensan del sexto mandamiento, haciendo meritorio el homicidio cuando se trata de propagar la causa católica. Dispensan del séptimo mandamiento, en que Dios prohíbe el adulterio; pues el papa dispensa del pecado de impureza, y aun del incesto, mediante multas y sumas de dinero pagadas a su arca. No es de extrañar que el papa aparte a los hombres de su lealtad a reyes y príncipes, cuando les enseña la deslealtad a Dios. Algunos papistas dicen expresamente en sus escritos que el papa tiene poder para dispensar de las leyes de Dios y puede dar licencia a los hombres para quebrantar los mandamientos del Antiguo y del Nuevo Testamento. ¡Que el Señor en su misericordia impida que tal religión vuelva a afirmar el pie en Inglaterra! Si Dios habló todos los mandamientos, hemos de obedecerlos todos; al que rompe el vallado de los mandamientos, lo morderá la serpiente.

Pero ¿qué hombre puede obedecer todos los mandamientos de Dios?

Obedecer la ley en sentido legal —hacer todo lo que la ley requiere— ningún hombre puede. El pecado ha cortado el cabello de la justicia original, donde estaba nuestra fuerza; pero, en un verdadero sentido evangélico, podemos obedecer la ley moral de tal modo que hallemos aceptación. Esta obediencia evangélica consiste en un esfuerzo real por guardar toda la ley moral. «Tus mandamientos he puesto por obra» (Salmo 119:166); no: he hecho todo lo que debía hacer, sino: he hecho todo lo que puedo hacer; y en lo que mi obediencia se queda corta, miro a la perfecta justicia y obediencia de Cristo, y espero el perdón por su sangre. Esto es obedecer la ley moral evangélicamente; lo cual, aunque no llegue a satisfacer, sí llega a ser aceptado.

Llegamos ahora al prefacio mismo, que consta de tres partes: I. Yo soy el Señor tu Dios»; II. «que te saqué de la tierra de Egipto»; III. «de casa de servidumbre».

I. Yo soy el Señor tu Dios. Aquí tenemos una descripción de Dios: (1) Por su grandeza esencial: «Yo soy el Señor»; (2) Por su bondad relativa: «Tu Dios».

[1] Por su grandeza esencial: «Yo soy el Señor»; o, como dice el hebreo, JEHOVÁ. Con este gran nombre Dios manifiesta su majestad. Sanctius habitum fuit, dice Buxtorf. El nombre de Jehová era tenido entre los judíos en mayor reverencia que ningún otro nombre de Dios. Significa la suficiencia propia de Dios, su eternidad, su independencia y su inmutabilidad. Malaquías 3:6.

Aplicación primera. Si Dios es Jehová, la fuente del ser, que puede hacer lo que quiere, temámosle. «Para que temas este nombre glorioso y terrible, Jehová». Deuteronomio 28:58.

Aplicación segunda. Si Dios es Jehová, el Señor supremo, quedan condenados los blasfemos papistas que hablan de esta manera: «Nuestro Señor Dios el papa». ¿Es de extrañar que el papa alce su triple corona por encima de las cabezas de reyes y emperadores, cuando usurpa el título de Dios, «haciéndose pasar por Dios»? 2 Tesalonicenses 2:4. Pretende hacerse señor del cielo, pues canoniza santos allí; señor de la tierra, pues con sus llaves ata y desata a quien le place; señor del infierno, pues libra a los hombres del purgatorio. Dios abatirá esos penachos de soberbia; destruirá a este hombre de pecado «con el espíritu de su boca, y con el resplandor de su venida». 2 Tesalonicenses 2:8.

[2] Dios es descrito por su bondad relativa: «tu Dios». Si se hubiera llamado solamente Jehová, eso podría habernos aterrado y hecho huir de él; pero cuando dice «tu Dios», eso nos atrae y nos acerca a él. Esto, aunque es prefacio de la ley, es evangelio puro. La palabra Eloeha, «tu Dios», es tan dulce que nunca podremos sacarle toda la miel. «Yo soy tu Dios», no solo por la creación, sino por la elección. Esta palabra, «tu Dios», aunque se dijo a Israel, es una carta de privilegio que pertenece a todos los santos. Para mayor explicación, he aquí tres preguntas.

¿Cómo llega Dios a ser nuestro Dios?

Por medio de Jesucristo. Cristo es la persona intermedia de la Trinidad. Él es Emmanuel, «Dios con nosotros». Une a dos partes distintas: hace nuestra naturaleza amable a Dios, y la naturaleza de Dios amable a nosotros; por su muerte produce amistad, y aun unión; y nos trae dentro del ámbito del pacto, y así Dios llega a ser nuestro Dios.

¿Qué implica que Dios sea nuestro Dios?

Comprende todos los bienes. Dios es nuestra torre fuerte, nuestra fuente de agua viva, nuestra salvación. Más en particular, que sea nuestro Dios implica las relaciones más dulces.

(1) La relación de padre. «Seré a vosotros Padre». 2 Corintios 6:18. Un padre está lleno de tierno cuidado por su hijo. ¿En quién asienta la herencia sino en su hijo? Siendo Dios nuestro Dios, será para nosotros un padre; un «Padre de misericordias», 2 Corintios 1:3; el «Padre eterno». Isaías 9:6. Si Dios es nuestro Dios, tenemos en el cielo un Padre que nunca muere.

(2) Implica la relación de esposo. «Tu marido es tu Hacedor». Isaías 54:5. Si Dios es nuestro esposo, nos tiene por preciosos, como la niña de su ojo. Zacarías 2:8. Nos comunica sus secretos. Salmo 25:14. Nos da un reino por dote. Lucas 12:32.

¿Cómo podemos saber que, por la unión del pacto, Dios es nuestro Dios?

(1) Por tener su gracia plantada en nosotros. A los hijos de los reyes se les conoce por sus joyas costosas. No es tener dones comunes lo que muestra que pertenecemos a Dios; muchos tienen los dones de Dios sin Dios; pero es la gracia la que nos da un título verdadero y genuino a Dios. En particular, la fe es vinculum unionis, la gracia de la unión, por la que podemos descifrar nuestra parte en Dios. La fe no echa el ancla hacia abajo, como el marinero, sino hacia arriba; confía en la misericordia y en la sangre de Dios, y, confiando en Dios, lo compromete a ser nuestro Dios. Las demás gracias nos hacen semejantes a Dios; la fe nos hace uno con él.

(2) Podemos saber que Dios es nuestro Dios por tener las arras de su Espíritu en nuestro corazón. 2 Corintios 1:22. Dios da a menudo la bolsa a los impíos, pero el Espíritu solo a quienes piensa hacer sus herederos. ¿Hemos tenido la consagración del Espíritu? Si no hemos tenido la obra selladora del Espíritu, ¿hemos tenido su obra sanadora? «Vosotros tenéis la unción del Santo». 1 Juan 2:20. El Espíritu, donde está, imprime en el corazón el sello de su propia santidad; borda y adorna de lentejuelas el alma, y la hace toda gloriosa por dentro. ¿Hemos tenido la atracción del Espíritu? «Llévame en pos de ti, correremos». Cantares 1:4. ¿Ha atraído el Espíritu, con su virtud magnética, nuestro corazón a Dios? ¿Podemos decir: «Oh tú, a quien ama mi alma»? Cantares 1:7. ¿Es Dios nuestro paraíso de deleite? ¡Nuestro Segullah, nuestro tesoro principal! ¿Está nuestro corazón tan encadenado a Dios que ningún otro objeto puede hechizarnos ni apartarnos de él? ¿Hemos tenido la elevación del Espíritu? ¿Ha levantado nuestro corazón por encima del mundo? «El Espíritu me levantó». Ezequiel 3:14. ¿Nos ha hecho el Espíritu superna anhelare, buscar las cosas de arriba, donde está Cristo? Aunque nuestra carne esté en la tierra, ¿está nuestro corazón en el cielo? Aunque vivamos aquí, ¿comerciamos allá arriba? ¿Nos ha levantado así el Espíritu? Por esto podemos saber que Dios es nuestro Dios. Donde Dios da su Espíritu como arras, allí se da a sí mismo como porción.

(3) Podemos saber que Dios es nuestro Dios si nos ha dado corazón de hijos. ¿Tenemos corazones obedientes? Salmo 27:8. ¿Suscribimos los mandamientos de Dios cuando sus mandamientos contrarían nuestra voluntad? El verdadero santo es como el girasol, que se abre y se cierra con el sol: se abre a Dios y se cierra al pecado. Si tenemos corazón de hijos, Dios es nuestro Padre.

(4) Podemos saber que Dios es nuestro y que tenemos parte en él si defendemos su causa. Compareceremos en su causa y vindicaremos su verdad, en la cual tanto se juega su gloria. Atanasio fue el baluarte de la verdad; la defendió cuando la mayor parte del mundo era arriana. En otros tiempos, los nobles de Polonia, cuando se leía el evangelio, ponían la mano sobre la espada, en señal de que estaban dispuestos a defender la fe y a arriesgar la vida por el evangelio. No hay mejor señal de tener parte en Dios que defender su causa.

(5) Podemos saber que Dios es nuestro y que tenemos parte en él si él tiene parte en nosotros. «Mi amado es mío, y yo suya». Cantares 2:16. Cuando Dios dice al alma: «Tú eres mío», el alma responde: «Señor, yo soy tuyo; todo lo que tengo está a tu servicio; mi cabeza será tuya para estudiar para ti; mi lengua será tuya para alabarte». Si Dios es nuestro Dios por vía de donación, nosotros somos suyos por vía de dedicación; vivimos para él, y somos más suyos que nuestros. Así podemos llegar a saber que Dios es nuestro Dios.

Aplicación primera. Sobre todas las cosas, procuremos que se nos confirme esta gran carta de privilegio: que Dios es nuestro Dios. La Deidad no consuela sin la propiedad. Esforcémonos por obtener pruebas sólidas de que Dios es nuestro Dios. No podemos llamar nuestras a la salud, la libertad, los bienes; pero seamos capaces de llamar nuestro a Dios, y decir como la iglesia: «Nos bendecirá Dios, el Dios nuestro». Salmo 67:6. Que cada alma se esfuerce por pronunciar este Shibolet: «Dios mío». Para que procuremos tener a Dios por nuestro Dios, considera la miseria de los que no lo tienen por su Dios: ¡en qué triste condición se hallan cuando llega la hora de la angustia! Este fue el caso de Saúl cuando dijo: «Estoy muy angustiado, pues los filisteos pelean contra mí, y Dios se ha apartado de mí». 1 Samuel 28:15. El impío en tiempo de angustia es como un barco zarandeado en el mar sin ancla, que choca contra rocas o arenas. El pecador que no tiene a Dios por su Dios puede ir tirando mientras le duran la salud y los bienes; pero cuando se rompen esas muletas en que se apoyaba, su corazón ha de hundirse. Le pasa como al mundo antiguo cuando vino el diluvio. Al principio las aguas llegaron a los valles, pero entonces la gente subiría a las colinas y a los montes; y cuando las aguas llegaron a los montes, quizá había algunos árboles en las alturas, y treparían a ellos; sí, pero las aguas subieron por encima de las copas de los árboles; y entonces les desfalleció el corazón, y se perdió toda esperanza de salvarse. Así le sucede al hombre que no tiene a Dios por su Dios. Si se le quita un consuelo, tiene otro; si pierde un hijo, tiene sus bienes; pero cuando las aguas suben más, viene la muerte y se lo lleva todo, y no tiene con qué valerse, ni Dios a quien acudir; por fuerza ha de morir desesperado. ¡Qué gran privilegio es tener a Dios por nuestro Dios! «Bienaventurado el pueblo cuyo Dios es el Señor». Salmo 144:15. Beatitudo hominis est Deus [la felicidad del hombre es Dios mismo]. Agustín. Para que veas el privilegio de esta carta:

(1) Si Dios es nuestro Dios, aunque sintamos el golpe del mal, no sentiremos su aguijón. Por fuerza ha de ser feliz el que está en tal condición que nada puede dañarle. Si pierde su buen nombre, este está escrito en el libro de la vida; si pierde su libertad, su conciencia es libre; si pierde sus bienes, posee la perla de gran precio; si le sobrevienen tormentas, sabe dónde buscar puerto; Dios es su Dios, y el cielo es su cielo.

(2) Si Dios es nuestro Dios, nuestra alma está segura. El alma es la joya; es un brote de la eternidad. «Se me turbó el espíritu en medio de mi cuerpo»; en el caldeo dice: «en medio de mi vaina». Daniel 7:15. El cuerpo no es más que la vaina; el alma es la parte principesca del hombre, que empuña el cetro de la razón; es una chispa celestial, como la llama el Damasceno. Si Dios es nuestro Dios, el alma está segura, como en una fortaleza. La muerte no puede hacer más daño a un alma virtuosa y nacida del cielo que el que hizo David a Saúl cuando le cortó la orla del manto. El alma está segura, escondida en las promesas, escondida en las llagas de Cristo, escondida en el decreto de Dios. El alma es la perla, y el cielo es el joyero donde Dios la guardará bajo llave.

(3) Si Dios es nuestro Dios, todo lo que hay en Dios es nuestro. El Señor dice al santo que está en pacto con él, como el rey de Israel al rey de Siria: «Yo soy tuyo, y todo lo que tengo». 1 Reyes 20:4. Así dice Dios: «Yo soy tuyo»; ¡qué feliz es aquel que no solo hereda el don de Dios, sino que hereda a Dios mismo! Todo lo que tengo será tuyo: mi sabiduría será tuya para enseñarte; mi poder será tuyo para sostenerte; mi misericordia será tuya para salvarte. Dios es un océano infinito de bienaventuranza, y hay en él bastante para llenarnos: como si se echaran mil vasijas al mar, hay en el mar bastante para llenarlas.

(4) Si Dios es nuestro Dios, nos amará entrañablemente. La propiedad es el fundamento del amor. Dios puede dar reinos a los hombres y no amarlos; pero no puede ser nuestro Dios y no amarnos. A sus santos del pacto los llama Jediduth Naphshi, «el amado de mi alma». Jeremías 12:7. Se goza sobre ellos con alegría y reposa en su amor. Sofonías 3:17. Son su plata refinada (Zacarías 13:9); sus joyas (Malaquías 3:17); su diadema real (Isaías 62:3). Les da la nata y la flor de su amor. No solo abre su mano y los colma, sino que abre su corazón y los colma. Salmo 145:16.

(5) Si Dios es nuestro Dios, hará por nosotros más de lo que todo el mundo junto puede hacer. ¿Qué es eso? [1] Nos dará paz en la tribulación. Cuando afuera haya tormenta, él hará música por dentro. El mundo puede crear tribulación en medio de la paz, pero Dios puede crear paz en medio de la tribulación. Enviará al Consolador, que, como una paloma, trae en el pico una rama de olivo de paz. Juan 14:16. [2] Dios nos dará una corona de inmortalidad. El mundo puede dar una corona de oro, pero esa corona tiene espinas y tiene muerte; mas Dios te dará una corona de gloria que no se marchita. 1 Pedro 5:4. La guirnalda tejida con las flores del paraíso nunca se marchita.

(6) Si Dios es nuestro Dios, soportará muchas flaquezas. A los pecadores puede concederles una tregua por un tiempo, pero una larga paciencia no es absolución: los arrojará al infierno por sus pecados. Pero si él es nuestro Dios, no nos destruirá por cada falta; soporta a su esposa como a vaso más frágil. Puede castigar. Salmo 89:32. Puede usar la vara y la podadera, pero no el hacha sangrienta. «No ha notado iniquidad en Jacob». Números 23:21. No ve el pecado en su pueblo para destruirlo, sino que ve sus pecados para compadecerse de ellos. Los ve como el médico ve la enfermedad en su paciente: para sanarlo. «He visto sus caminos, y lo sanaré». Isaías 57:18. No toda falta rompe el vínculo matrimonial. Los discípulos tuvieron grandes faltas: todos abandonaron a Cristo y huyeron; pero eso no rompió su parte en Dios; por eso dice Cristo, en su ascensión: «Decid a mis discípulos: Voy a mi Dios y a su Dios».

(7) Si Dios llega a ser nuestro Dios, lo es para siempre. «Este Dios es nuestro Dios eternamente y para siempre». Salmo 48:14. Cualesquiera consuelos mundanos que tengamos, no son sino por un tiempo, y de todos hemos de despedirnos. Hebreos 11:25. Así como los amigos de Pablo lo acompañaron hasta el barco y allí lo dejaron (Hechos 20:38), así todos nuestros consuelos terrenales no harán más que acompañarnos hasta la tumba, y allí nos dejarán. No puedes decir: tengo salud y la tendré para siempre; tengo un hijo y lo tendré para siempre; pero si Dios es tu Dios, lo tendrás a él para siempre. «Este Dios es nuestro Dios eternamente y para siempre». Si Dios es nuestro Dios, será Dios para nosotros mientras él sea Dios. «Os habéis llevado mis dioses», dijo Micaía. Jueces 18:24. Pero de un creyente no puede decirse que le hayan quitado a su Dios; puede perder todo lo demás, pero no puede perder a su Dios. Dios es nuestro desde la eternidad en la elección, y hasta la eternidad en la gloria.

(8) Si Dios es nuestro Dios, gozaremos con él en el cielo de todos nuestros seres queridos piadosos. La gran felicidad en la tierra es gozar de los seres queridos. Un padre ve su propio retrato en un hijo, y una esposa se ve a sí misma en su marido. Plantamos la flor del amor entre nuestros seres queridos, y perderlos es como arrancar un miembro del cuerpo. Pero si Dios es nuestro, con el goce de Dios gozaremos también de todos nuestros seres queridos piadosos en la gloria. El hijo lleno de gracia verá a su padre piadoso; la esposa virtuosa verá a su marido religioso en los brazos de Cristo; y entonces habrá hacia los seres queridos un amor más entrañable que nunca antes, aunque de un modo muy distinto; entonces los seres queridos se encontrarán para no separarse jamás. «Y así estaremos siempre con el Señor».

Aplicación segunda. A quienes pueden hacer suya esta unión del pacto, les dirigimos varias exhortaciones.

(1) Si Dios es nuestro Dios, aprovechemos nuestra parte en él: echemos sobre él todas nuestras cargas, la carga de nuestros temores, de nuestras necesidades y de nuestros pecados. «Echa sobre el Señor tu carga». Salmo 55:22. Los impíos, que son una carga para Dios, no tienen derecho a echar su carga sobre él; pero los que tienen a Dios por su Dios son llamados a echar su carga sobre él. ¿Dónde ha de descargar el niño todos sus afanes sino en el regazo de su padre? «Toda tu necesidad sea a mi cargo». Jueces 19:20. Así parece decir Dios a sus hijos: «Toda vuestra necesidad sea a mi cargo». Cristiano, ¿qué te turba? Tienes un Dios que perdona tus pecados y suple tus necesidades; por tanto, haz rodar tu carga sobre él. «Echando toda vuestra ansiedad sobre él». 1 Pedro 5:7. ¿Por qué andan los cristianos tan inquietos en su ánimo? Se están afanando cuando deberían estar echando su afán.

(2) Si Dios es nuestro Dios, aprendamos a estar contentos, aunque tengamos menos de otras cosas. El contentamiento es una joya rara; es la cura del afán. Si tenemos a Dios por nuestro Dios, bien podemos estar contentos. «Yo sé a quién he creído». 2 Timoteo 1:12. He ahí la parte de Pablo en Dios. «Como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo». 2 Corintios 6:10. He aquí su contentamiento. Para que los que tienen unión de pacto con Dios se llenen de contentamiento de espíritu, consideren qué rica bendición es Dios para el alma.

Él es bonum sufficiens, un bien suficiente. Quien tiene a Dios tiene bastante. Si un hombre tiene sed, llévalo a un manantial y queda satisfecho; en Dios hay bastante para llenar el alma nacida del cielo. Él da «gracia y gloria». Salmo 84:11. En Dios no solo hay suficiencia, sino sobreabundancia; no está lleno solo como una vasija, sino como un manantial. Las demás cosas no pueden llenar el alma más de lo que el aliento de un marinero puede llenar las velas de un barco; pero en Dios hay una cornucopia, una plenitud infinita; tiene bastante para llenar a los ángeles, y por tanto bastante para llenarnos a nosotros. El corazón es un triángulo que solo la Trinidad puede llenar.

Dios es bonum sanctificans, un bien santificador. Santifica todos nuestros consuelos y los convierte en bendiciones. La salud es bendita, la hacienda es bendita. Con la caza da también una bendición. «Bendeciré abundantemente su provisión». Salmo 132:15. Nos da la vida que tenemos tanquam arrhabo, como arras de algo más. Da el poco de harina en la tinaja como arras del banquete real en el paraíso. Santifica todas nuestras cruces. No serán castigos destructivos, sino medicinas; corroerán y consumirán el veneno del pecado; pulirán y refinarán nuestra gracia. Cuanto más se talla el diamante, más centellea. Cuando Dios tensa las cuerdas de su viola, es para que la música suene mejor.

Dios es bonum selectum, un bien escogido. Todas las cosas sub sole no son sino bona scabelli, como dice Agustín, las bendiciones del estrado de los pies; pero tener a Dios mismo por nuestro es la bendición del trono. Abraham dio dones a los hijos de las concubinas, pero asentó la herencia sobre Isaac. «Abraham dio todo cuanto tenía a Isaac». Génesis 25:5. Dios puede despedir a los hombres del mundo con dones, un poco de oro y plata; pero al darse a sí mismo nos da la esencia misma: su gracia, su amor, su reino. He aquí la bendición que todo lo corona.

Dios es bonum summum, el bien supremo. En el bien supremo ha de haber deleite; ha de tener algo delicioso y dulce: ¿y dónde podemos libar esos consuelos puros y esenciales que nos arrebatan de deleite, sino en Dios? In Deo quadam dulcedine delectatur anima, immo rapitur [En el carácter de Dios hay cierta dulzura que cautiva, o más bien arrebata, el alma]. «En tu diestra hay deleites». Salmo 16:11. En el bien supremo ha de haber trascendencia; ha de tener una excelencia que todo lo sobrepase. Así, Dios es infinitamente mejor que todas las demás cosas. Comparar otras cosas con la Deidad está por debajo de ella. ¿Quién pesaría una pluma contra una montaña de oro? Dios es fons et origo, la fuente de todos los seres, y la causa es más noble que el efecto. Es Dios quien tachona de luces la creación, quien pone luz en el sol, quien llena de plata las venas de la tierra. Las criaturas no hacen más que sustentar la vida; Dios da la vida. Él eclipsa infinitamente toda gloria sublunar. Es mejor que el alma, que los ángeles y que el cielo. En el bien supremo no solo ha de haber plenitud, sino variedad. Donde falta la variedad, tendemos a sentir hastío. Alimentarse solo de miel engendraría repugnancia; pero en Dios hay toda variedad de plenitud. Colosenses 1:19. Es un bien universal, a la medida de todas nuestras necesidades. Es bonum in quo omnia bona [el bien en el cual está todo bien], un sol, una porción, un cuerno de salvación. Se le llama el «Dios de toda consolación». 2 Corintios 1:3. Hay en él una reunión de todas las bellezas y delicias. La salud no tiene el consuelo de la belleza, ni la belleza el de las riquezas, ni las riquezas el de la sabiduría; pero Dios es el Dios de toda consolación. En el bien supremo ha de haber eternidad. Dios es un tesoro que no puede menguar ni agotarse. Aunque los ángeles gastan continuamente de lo suyo, él jamás se agota; permanece para siempre. La eternidad es una flor de su corona. Ahora bien, si Dios es nuestro Dios, hay bastante para que un pleno contentamiento entre en nuestras almas. ¿Qué necesidad tenemos de antorchas, si tenemos el sol? ¿Qué importa que Dios nos niegue la flor, si nos ha dado la joya? ¡Cómo debería descansar en esta roca el corazón del cristiano! Si decimos que Dios es nuestro Dios y no estamos contentos, tenemos motivo para poner en duda nuestra parte en él.

(3) Si podemos dejar en claro esta unión del pacto, que Dios es nuestro Dios, que ella nos alegre y reanime en toda condición. No basta con estar contentos con Dios; hay que estar gozosos. ¿Qué mayor cordial puedes tener que la unión con la Deidad? Cuando Jesucristo estaba a punto de ascender, no pudo dejar a sus discípulos un consuelo más rico que este: «Subo a mi Dios y a vuestro Dios». Juan 20:17. ¿Quién ha de regocijarse, sino los que tienen por porción a un Dios infinito, todosuficiente y eterno, los que son tan ricos como el cielo puede hacerlos? ¿Qué importa que me falte la salud? Tengo a Dios, que es la salud de mi rostro, y mi Dios. Salmo 42:11. ¿Qué importa que esté abatido en el mundo? Si no tengo la tierra, tengo a aquel que la hizo. El filósofo se consolaba diciendo: «Aunque no tengo música ni viñas, aquí están conmigo los dioses del hogar»; así, aunque no tengamos la vid ni la higuera, tenemos a Dios con nosotros. No puedo ser pobre, dice Bernardo, mientras Dios sea rico, porque sus riquezas son mías. ¡Oh, que los santos se regocijen en esta unión del pacto! Decir que Dios es nuestro es más que decir que el cielo es nuestro, porque el cielo no sería cielo sin él. Todas las estrellas no pueden hacer el día sin el sol; todos los ángeles, esas estrellas de la mañana, no pueden hacer el cielo sin Cristo, el Sol de justicia. Y así como tener a Dios por nuestro Dios es motivo de gozo en la vida, lo será especialmente en la muerte. Piense así el cristiano: voy a mi Dios. Un niño se alegra cuando vuelve a casa, con su padre. Fue el consuelo de Cristo cuando dejaba el mundo: «Subo a mi Dios». Juan 20:17. Y este es el cordial del creyente en su lecho de muerte: «Voy a mi Dios; cambiaré de lugar, pero no de parentela; voy a mi Dios y a mi Padre».

(4) Si Dios es nuestro Dios, prorrumpamos en alabanza. «Mi Dios eres tú, y a ti alabaré». Salmo 118:28. ¡Oh misericordia infinita y asombrosa, que Dios tome polvo y ceniza en un vínculo de amor tan estrecho como para ser nuestro Dios! Como dijo Micaía: «¿Qué más me queda?» Jueces 18:24. Así, ¿qué más tiene Dios? ¿Qué joya más rica tiene para concedernos que a sí mismo? ¿Qué más tiene? ¡Que Dios despache a la mayor parte del mundo con riquezas y honra, y que se traspase a sí mismo a nosotros por escritura de donación, para ser nuestro Dios, y en virtud de ello nos asigne un reino! ¡Oh, alabémoslo con el mejor instrumento, el corazón; y que este instrumento esté templado en el tono más alto! Alabémoslo con todo el corazón. Mira cómo David asciende por grados: «Alegraos en el Señor y gozaos, y dad voces de júbilo». Salmo 32:11. Alegraos: he ahí la gratitud; gozaos: he ahí la alegría; dad voces: he ahí el triunfo. A la alabanza se la llama incienso, porque es un sacrificio fragante. Sean los santos coristas en las alabanzas de Dios. Los manantiales más hondos dan el agua más dulce; cuanto más hondamente sintamos el amor de pacto de Dios hacia nosotros, más dulces alabanzas deberíamos rendir. Deberíamos comenzar aquí a eternizar el nombre de Dios, y hacer en la tierra la obra que estaremos haciendo siempre en el cielo. «Alabaré al Señor en mi vida». Salmo 146:2.

(5) Comportémonos como quienes tienen a Dios por su Dios; es decir, andemos de tal modo que otros vean que hay algo de Dios en nosotros. Vive santamente. ¿Qué tenemos que ver con el pecado, que, si no rompe nuestra parte en Dios, la debilitará? «¿Qué más tendré ya con los ídolos?» Oseas 14:8. Así diría el cristiano: «Dios es mi Dios; ¿qué más tengo yo que ver con el pecado, con la lujuria, el orgullo, la malicia? ¡Mandarme cometer pecado! Igual podrías mandarme beber veneno. ¿Perderé mi parte en Dios? Prefiero morir antes que ofender voluntariamente a aquel que es la corona de mi gozo, el Dios de mi salvación».

II. Que te saqué de la tierra de Egipto. Egipto y la casa de servidumbre son lo mismo; solo que se nos presentan con expresiones diferentes. La primera expresión es: «Que te saqué de la tierra de Egipto».

¿Por qué menciona el Señor la liberación de Israel de Egipto?

(1) Por lo extraño de la liberación. Dios libró a su pueblo Israel con señales y prodigios extraños, enviando plaga tras plaga sobre Faraón, arruinando los frutos de la tierra y matando a todos los primogénitos de Egipto. Éxodo 12:29. Cuando Israel salió de Egipto, Dios hizo que las aguas del mar se partieran y fueran un muro para su pueblo, mientras ellos pasaban en seco; e hizo del mismo mar una calzada para Israel y una tumba para Faraón y sus carros. Bien podía el Señor hacer mención de esta extraña liberación. Obró milagro sobre milagro para librar a aquel pueblo.

(2) Dios menciona la liberación de Israel de Egipto por la grandeza de la liberación. Libró a Israel de las contaminaciones de Egipto. Egipto era un aire malsano para vivir; estaba infectado de idolatría; los egipcios eran idólatras groseros; eran culpables de aquello de que habla el apóstol en Romanos 1:23: «Cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, y de aves, y de animales de cuatro pies, y de reptiles». Los egipcios, en lugar del Dios verdadero, adoraban al hombre corruptible; deificaron a su rey Apis, prohibiendo a todos, so pena de muerte, decir que era un hombre. Adoraban aves, como el halcón. Adoraban bestias, como el buey. Hicieron de la imagen de una bestia su dios. Adoraban reptiles, como el cocodrilo y el ratón de la India. Por eso Dios lo menciona como un favor señalado a Israel, el haberlos sacado de un país tan idólatra. «Te saqué de la tierra de Egipto».

Lo que quisiera notar es que no es pequeña bendición ser librado de lugares de idolatría. Dios lo menciona no menos de diez veces en el Antiguo Testamento: «Os saqué de la tierra de Egipto», un lugar idólatra. Aunque no hubiera habido horno de hierro en Egipto, habiendo allí tantos altares y dioses falsos, era un gran privilegio para Israel ser librado de Egipto. Josué cuenta entre las principales y más memorables misericordias de Dios para con Abraham el haberlo sacado de Ur de los caldeos, donde los antepasados de Abraham servían a dioses extraños. Josué 24:2, 3. Bien le está a la planta puesta en mal suelo ser trasplantada a otro mejor, donde pueda crecer y florecer; así es una misericordia que quienes están plantados entre idólatras sean sacados de allí y trasplantados a Sion, donde las gotas plateadas de la palabra de Dios los hacen crecer en santidad.

¿En qué se ve que es tan gran bendición ser librado de lugares de idolatría?

(1) Es una gran misericordia, porque nuestra naturaleza es propensa a la idolatría. Israel empezó a contaminarse con los ídolos de Egipto. Ezequiel 22:3. La leña seca no es más propensa a prender fuego que nuestra naturaleza a la idolatría. Los judíos hacían tortas a la reina del cielo, es decir, a la luna. Jeremías 7:18.

¿Por qué somos propensos a la idolatría?

Porque nos guiamos mucho por objetos visibles y nos gusta complacer los sentidos. Los hombres, por naturaleza, se imaginan un dios que puedan ver; aunque sea un dios tal que no pueda verlos a ellos, ellos quieren verlo. El Dios verdadero es invisible; eso hace que el idólatra adore algo que pueda ver.

(2) Es una misericordia ser librado de lugares idólatras por la grandeza del pecado de idolatría, que consiste en dar a una imagen la gloria que se debe a Dios. Dios se apropia todo culto divino; es una flor de su corona. Él reclama para sí la grosura del sacrificio. Levítico 3:3. El culto divino es la grosura del sacrificio, que él se reserva para sí. El idólatra dedica este culto a un ídolo, cosa que el Señor de ningún modo soportará. «A otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas». Isaías 42:8. La idolatría es adulterio espiritual. «Con sus ídolos han adulterado». Ezequiel 23:37. Adorar a cualquier otro que no sea Dios es quebrantar el matrimonio, y hace que el Señor renuncie a su derecho sobre un pueblo. «Contended con vuestra madre, contended; porque ella no es mi mujer». Oseas 2:2. «Tu pueblo se ha corrompido»: ya no mi pueblo, sino tu pueblo. Éxodo 32:7. Dios llama blasfemia a la idolatría. «Aun en esto me blasfemaron vuestros padres». La idolatría es culto a los demonios. Ezequiel 20:27, 31. «Sacrificaron a los demonios, no a Dios; a dioses nuevos». Deuteronomio 32:17. Esos dioses nuevos eran viejos demonios. «Y nunca más sacrificarán sus sacrificios a los demonios». Levítico 17:7. La palabra hebrea La-sairim significa los velludos, porque los demonios eran velludos y aparecían en forma de sátiros y machos cabríos. ¡Qué pecado tan espantoso es la idolatría, y qué señalada misericordia es ser arrebatado de un lugar idólatra, como Lot fue arrebatado de Sodoma por los ángeles!

(3) Es una misericordia ser librado de lugares idólatras porque la idolatría es una religión tan necia e irracional. Puedo decir, como Jeremías 8:9: «¿Qué sabiduría tienen?» ¿No es necedad rechazar lo mejor y escoger lo peor? Los árboles del campo, en la parábola de Jotam, despreciaron la vid, que alegra a Dios y a los hombres, y el olivo, que está lleno de grosura, y la higuera, que está llena de dulzura, y eligieron la zarza para que reinara sobre ellos —lo cual fue una elección necia—. Jueces 9. Así nos sucede a nosotros si rechazamos al Dios vivo, que tiene poder para salvarnos, y escogemos un ídolo que tiene ojos y no ve, pies y no anda. Salmo 115:6, 7. ¿Qué prodigio de locura es este? Por eso, ser librado de cometer tal necedad es una misericordia.

(4) Es una misericordia ser librado de lugares idólatras por los tristes juicios infligidos a los idólatras. Este es un pecado que enfurece a Dios y hace que el furor le suba al rostro. Ezequiel 38:18. Escudriña todo el libro de Dios, y no hallarás pecado al que haya perseguido con más plagas que a la idolatría. «Se multiplicarán los dolores de los que se apresuran tras otro dios». Salmo 16:4. «Lo provocaron a celo con sus esculturas». Salmo 78:58. «Cuando Dios lo oyó, se enojó, y en gran manera aborreció a Israel; por lo cual dejó el tabernáculo de Silo». Versículos 59, 60. Silo era una ciudad de la tribu de Efraín, donde Dios había puesto su nombre. Jeremías 7:12. Pero, por su idolatría, Dios abandonó el lugar, entregó a su pueblo a la espada, hizo que sus sacerdotes fueran muertos y que su arca fuera llevada cautiva, para no volver jamás. ¡Qué severo fue Dios con Israel por adorar el becerro de oro! Éxodo 32:27. Dicen los judíos que en cada desgracia que les sobreviene hay uncia aurei vituli, «una onza del becerro de oro». «Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis de sus plagas». Apocalipsis 18:4. La idolatría, cuando se vive en ella, excluye a los hombres del cielo. 1 Corintios 6:9. Así pues, no es pequeña misericordia ser librado de lugares idólatras.

Aplicación primera. Mira la bondad de Dios para con nuestra nación al sacarnos del Egipto místico, librándonos del papismo, que es la idolatría romana, y haciendo que la luz de su verdad resplandezca gloriosamente entre nosotros. En tiempos pasados, y más recientemente en los días de la reina María, Inglaterra estaba cubierta de idolatría. Adoraba a Dios de manera falsa; y es idolatría no solo adorar a un dios falso, sino adorar al Dios verdadero de manera falsa. Tal era nuestro caso antes: teníamos el purgatorio, las indulgencias, la misa idólatra, las Escrituras encerradas en una lengua desconocida, la invocación de santos y ángeles, y el culto a las imágenes. Las imágenes son maestras de mentira. Habacuc 2:18. ¿En qué enseñan mentiras? Representan a Dios, que no puede ser visto, en forma corporal. «Ninguna figura visteis; solamente oísteis una voz». Deuteronomio 4:12. Quod invisibile est, pingi non potest. Ambrosio. Ningún dedo puede pintar a Dios; ni siquiera el alma, que es espíritu, cuanto menos a Dios. «¿A qué, pues, haréis semejante a Dios?» Isaías 40:18. Los papistas dicen que adoran a Dios por medio de la imagen; lo cual es un gran absurdo, porque si es absurdo postrarse ante el retrato de un rey cuando el rey mismo está presente, mucho más lo es inclinarse ante la imagen de Dios cuando Dios mismo está presente. Jeremías 23:24. ¿Qué es la religión papista sino un manojo de ceremonias ridículas? Su cera, sus flores, sus piras, el agnus Dei, el crisma y el óleo, los rosarios, los crucifijos: ¿qué son sino una astucia de Satanás para vestir un culto carnal, a la medida de mentes carnales? ¡Oh, cuánta razón tenemos para bendecir a Dios por librarnos del papismo! Fue una misericordia ser librados de la invasión española y de la conspiración de la pólvora; pero es mucho mayor ser librados de la religión papista, que habría hecho que Dios nos diera carta de divorcio.

Aplicación segunda. Si es una gran bendición ser librado del Egipto de la idolatría papista, eso muestra el pecado y la necedad de quienes, habiendo sido sacados de Egipto, están dispuestos a volver a él. El apóstol dice: «Huid de la idolatría». 1 Corintios 10:14. Pero estos más bien huyen hacia la idolatría; y en esto se parecen al pueblo de Israel, que, a pesar de toda la idolatría y la tiranía de Egipto, ansiaba volver a Egipto. «Hagamos un capitán, y volvámonos a Egipto». Números 14:4. Pero ¿cómo volverán a Egipto? ¿Cómo tendrán alimento en el desierto? ¿Hará Dios llover maná otra vez sobre semejantes rebeldes? ¿Cómo cruzarán el mar Rojo? ¿Dividirá Dios otra vez las aguas por milagro para quienes abandonan su servicio y se van al idólatra Egipto? Sin embargo, dicen: «Hagamos un capitán». ¿Y no hay entre nosotros espíritus así, que dicen: «Hagamos un capitán y volvamos otra vez al Egipto romano»? Si lo hacemos, ¿qué ganaremos con ello? Me temo que los puerros y las cebollas de Egipto nos harán enfermar. ¿Acaso suponemos que, si bebemos de la copa de la fornicación, beberemos de la copa de la salvación? ¡Oh, que haya quienes renuncien a su razón hasta el punto de esclavizarse a la sede de Roma; que estén dispuestos a sostenerle la vela a un sacerdote de misa y a postrarse ante un dios extraño! No digamos que haremos un capitán, sino digamos más bien, como Efraín: «¿Qué más tendré ya con los ídolos?» Oseas 14:8.

Aplicación tercera. Si es una misericordia ser sacado de Egipto, no es deseable ni seguro establecerse en un lugar idólatra, donde puede ser delito capital que lo vean a uno con una Biblia en la mano. Algunos, por ganancia mundana, se meten entre idólatras y piensan que no hay peligro en vivir donde está el trono de Satanás. Piden a Dios que no los meta en tentación, pero ellos mismos se meten. Corren gran peligro de contaminarse. Es difícil ser como el pez, que se conserva fresco en aguas saladas. Nadie puede habitar entre etíopes sin que se le pegue el color. Antes serás tú corrompido por los idólatras que ellos convertidos por ti. José no sacó ningún bien de vivir en una corte idólatra; no enseñó a Faraón a orar, sino que Faraón le enseñó a él a jurar. «Se mezclaron con las naciones, y sirvieron a sus ídolos». Salmo 106:35, 36. Temo que esto haya sido la ruina de muchos: se establecieron entre idólatras para hacer prosperar su comercio, y al fin no solo comerciaron con ellos en sus mercancías, sino también en su religión.

Aplicación cuarta. Es una misericordia ser sacado de la tierra de Egipto, un lugar contaminado y donde reina el pecado. Esto reprende a los padres que muestran poco amor por las almas de sus hijos, ya sea al ponerlos a servir o al casarlos. Al ponerlos a servir, su cuidado es principalmente por sus cuerpos, que estén bien provistos, y no les importa qué será de sus almas. Sus almas están en Egipto, en casas donde se bebe, se jura, se quebranta el día de reposo y donde el nombre de Dios es deshonrado cada día. Al casar a sus hijos, solo miran el dinero. «No os unáis en yugo desigual». 2 Corintios 6:14. Con tal que sus hijos estén unidos en yugo igual en cuanto a hacienda, no les importa que lo estén en yugo desigual en cuanto a religión. Piensen esos padres cuán preciosa es el alma de su hijo; que es inmortal y capaz de comunión con Dios y con los ángeles. ¿Dejarás que se pierda un alma por colocarla en una mala familia? Si tuvieras un caballo al que quisieras, no lo pondrías en un establo con otros caballos enfermos y achacosos; ¿y no amas a tu hijo más que a tu caballo? Dios te ha confiado las almas de tus hijos; tienes a tu cargo almas. Dios dice, como en 1 Reyes 20:39: «Guarda a este hombre; si llegare a faltar, tu vida será por la suya». Así dice Dios: si el alma de tu hijo se malogra por tu negligencia, su sangre demandaré de tu mano. Pensad en esto, todos los padres; guardaos de poner a vuestros hijos en Egipto, en una familia impía; no los pongáis en la boca del diablo. Buscad para ellos una familia sobria y religiosa, como la de Josué: «Yo y mi casa serviremos al Señor». Josué 24:15. Una familia como la de Cranmer, que era palaestra pietatis, un semillero de piedad, un Betel, de la cual puede decirse: «La iglesia que está en su casa». Colosenses 4:15.

Aplicación quinta. Oremos para que Dios guarde a nuestra nación inglesa de las contaminaciones de Egipto, para que no vuelva a estar cubierta de superstición e idolatría. ¡Oh, triste religión, que esclaviza no solo nuestros bienes y nuestros cuerpos, sino nuestras conciencias! Ora para que la verdadera religión protestante siga floreciendo entre nosotros, para que el sol del evangelio siga brillando en nuestro horizonte. El evangelio eleva a un pueblo hasta el cielo; es columna et corona regni, «la corona y la gloria del reino»; si se quita, Icabod: la gloria se ha ido. Cuando se corta la copa del haya, todo el cuerpo del árbol se seca rápidamente; así, el evangelio es la copa de todas nuestras bendiciones; si se corta esta copa, todo el cuerpo político se secará pronto. ¡Oh, ora para que el Señor mantenga entre nosotros las señales visibles de su presencia, sus ordenanzas, de modo que Inglaterra pueda llamarse Jehová-sama, «el Señor está allí»! Ezequiel 48:35. Ora para que la justicia y la paz se besen, para que así habite la gloria en nuestra tierra.

III. De casa de servidumbre. Egipto y la casa de servidumbre son lo mismo, solo que se expresan bajo una noción diferente. Por Egipto se entiende un lugar de idolatría y superstición; por la casa de servidumbre, un lugar de aflicción. Israel, mientras estuvo en Egipto, sufrió una gran tiranía; tenía crueles capataces puestos sobre él, que lo sometían a duros trabajos y lo ponían a hacer ladrillos, sin darle paja; por eso Egipto es llamado, en Deuteronomio 4:20, el horno de hierro, y aquí la casa de servidumbre. De esta expresión, «Te saqué de casa de servidumbre», han de notarse dos cosas: los hijos de Dios pueden estar a veces bajo graves aflicciones, «en casa de servidumbre»; pero Dios, a su debido tiempo, los sacará de su estado de aflicción: «Te saqué de casa de servidumbre».

Los hijos de Dios pueden estar a veces bajo graves aflicciones, in domo servitutis, en casa de servidumbre. Al pueblo de Dios no se le ha concedido cédula de descanso, ni privilegio de exención de la tribulación en esta vida. Mientras a los impíos se los conserva en azúcar, a los piadosos a menudo se los conserva en salmuera. Y en verdad, ¿cómo podría verse el poder de Dios al sacarlos de la tribulación, si a veces no los metiera en ella? ¿O cómo enjugaría Dios las lágrimas de sus ojos en el cielo, si en la tierra no derramaran ninguna? Sin duda Dios ve que es necesario que sus hijos estén a veces en casa de servidumbre. «Si es necesario, estáis afligidos». 1 Pedro 1:6. El cuerpo a veces necesita una porción amarga más que una dulce.

¿Por qué permite Dios que su pueblo esté en casa de servidumbre, o en estado de aflicción?

Lo hace: (1) Para probación o prueba. «Que te condujo por aquel desierto espantoso, para humillarte y probarte». Deuteronomio 8:15, 16. La aflicción es la piedra de toque de la sinceridad. «Tú, oh Dios, nos probaste; nos ensayaste como se afina la plata; pusiste aflicción sobre nuestros lomos». Salmo 66:10, 11. Los hipócritas pueden abrazar la verdadera religión en la prosperidad, y cortejar a esta reina mientras lleva una joya colgada de la oreja; pero es buen cristiano el que se mantiene cerca de Dios en tiempo de padecimiento. «Todo esto nos ha venido, y no nos hemos olvidado de ti». Salmo 44:17. Amar a Dios en el cielo no es ninguna maravilla; pero amarlo cuando nos castiga revela sinceridad. (2) Para purificación, para purgar nuestra corrupción. Ardet palea, purgatur aurum. «Y este es todo el fruto: quitar su pecado». Isaías 27:9. El ojo, aunque es una parte delicada, cuando está enfermo le ponemos polvos y aguas fuertes para comerle la nube; así, aunque el pueblo de Dios le es querido, cuando la corrupción comienza a crecer en ellos, él aplica el polvo fuerte de la aflicción para comerles la nube del ojo. La aflicción es el mayal de Dios para desprender nuestras cáscaras; es un medio que Dios usa para purgar la pereza, la sensualidad, el orgullo y el amor al mundo. El horno de Dios está en Sion. Isaías 31:9. No es para consumir, sino para refinar. ¿Qué importa que tengamos más aflicción, si por este medio tenemos menos pecado?

(3) Para aumento, para acrecentar las gracias del Espíritu. La gracia prospera más en el horno de hierro. Las heladas recias nutren el trigo; así las aflicciones recias nutren la gracia. La gracia en los santos es a menudo como fuego escondido entre las brasas; la aflicción es el fuelle que la aviva hasta hacerla llama. El Señor hace de la casa de servidumbre una amiga de la gracia. Entonces la fe y la paciencia desempeñan su papel. La oscuridad de la noche no puede impedir el brillo de una estrella; así, cuanto más se talla el diamante, más centellea; y cuanto más nos aflige Dios, más lustre centelleante despiden nuestras gracias.

(4) Para preparación, para hacer aptos a los santos y prepararlos para la gloria. 2 Corintios 4:17. Las piedras que se cortan para un edificio se labran y escuadran primero. A los piadosos se los llama «piedras vivas». 1 Pedro 2:5. Dios primero los labra y los pule por medio de la aflicción, para que sean aptos para el edificio celestial. La casa de servidumbre prepara para la casa no hecha de manos. 2 Corintios 5:1. Los vasos de misericordia se curan con la aflicción, y luego se vierte en ellos el vino de la gloria.

¿En qué se diferencian las aflicciones de los piadosos de las aflicciones de los impíos?

(1) Las de los piadosos no son más que correcciones, pero las de los impíos son castigos. Unas vienen de un padre; las otras, de un juez.

(2) Las aflicciones de los piadosos son frutos de la misericordia del pacto. 2 Samuel 7:14. Las aflicciones de los impíos son efectos de la ira de Dios. «Tiene mucho enojo con su enfermedad». Eclesiastés 5:17. Las aflicciones de los impíos son prenda y arras del infierno; son como el maniatar a un malhechor, que presagia su ejecución.

(3) Las aflicciones hacen mejores a los piadosos, pero a los impíos los hacen peores. Los piadosos oran más (Salmo 130:1); los impíos blasfeman más. «Los hombres se quemaron con el gran calor, y blasfemaron el nombre de Dios». Apocalipsis 16:9. Las aflicciones hacen a los impíos más impenitentes; cada plaga sobre Egipto aumentaba la plaga de la dureza en el corazón de Faraón. ¡A qué prodigio de maldad llegan algunas personas después de una grave enfermedad! La aflicción en los piadosos es como machacar especias, que entonces son más dulces y fragantes; la aflicción en los impíos es como machacar malas hierbas con el mazo, que las vuelve más desagradables.

Aplicación primera. (1) No hemos de maravillarnos de ver a Israel en casa de servidumbre. 1 Pedro 4:12. La santidad de los santos no los exime de padecimientos. Cristo era el Santo de Dios, y sin embargo estuvo en el horno de hierro. Su esposa es un lirio entre espinas. Cantares 2:2. Aunque sus ovejas lleven la marca de la elección en la oreja, aún pueden ser trasquiladas de su lana. Los piadosos tienen algo bueno en sí, por eso el diablo los aflige; y algo malo en sí, por eso Dios los aflige. Mientras haya dos simientes en el mundo, espera estar bajo la vara negra. El evangelio nos habla de reinar, pero primero de padecer. 2 Timoteo 2:12.

(2) La aflicción no es siempre señal de la ira de Dios. Israel, la niña de los ojos de Dios, su especial tesoro sobre todos los pueblos, estuvo en casa de servidumbre. Éxodo 19:5. Somos propensos a juzgar y censurar a los que están en estado de aflicción. Cuando los bárbaros vieron la víbora en la mano de Pablo, dijeron: «Ciertamente este hombre es homicida». Hechos 28:4. Así, cuando vemos que la víbora de la aflicción se prende de los piadosos, somos propensos a censurarlos y a decir: estos son más pecadores que otros, y Dios los aborrece; pero esta censura temeraria nace de falta de sabiduría. ¿No estuvo Israel en casa de servidumbre? ¿No estuvo Jeremías en la mazmorra, y Pablo una noche y un día en lo profundo? El afligir de Dios está tan lejos de evidenciar odio, que es su no afligir lo que lo evidencia. «No castigaré a vuestras hijas cuando forniquen». Oseas 4:14. Deus maxime irascitur cum non irascitur. Bernardo. Dios castiga más cuando no castiga; su mano es más pesada cuando parece más ligera. El juez no marca a fuego en la mano a aquel a quien piensa ejecutar.

(3) Si el propio Israel de Dios puede estar en casa de servidumbre, entonces las aflicciones no demuestran por sí mismas que un hombre sea desdichado. Ciertamente el pecado del que no hay arrepentimiento hace desdichado a uno; pero la cruz no. Si Dios, al afligir a sus hijos, se propone hacerlos dichosos, no son desdichados; pero Dios los aflige para hacerlos dichosos; luego no son desdichados. «Dichoso el hombre a quien Dios corrige». Job 5:17. El mundo tiene por dichosos a los que logran mantenerse fuera de la aflicción; pero la Escritura llama dichosos a los que son afligidos.

¿Cómo son dichosos?

Porque son más santos. Hebreos 12:10. Porque gozan más del favor de Dios. Proverbios 3:12. El orfebre ama su oro cuando está en el horno. Porque tienen más de la dulce presencia de Dios. Salmo 91:15. No pueden ser desdichados los que tienen la presencia poderosa de Dios para sostenerlos en su aflicción, y su presencia llena de gracia para santificarla. Porque cuanta más aflicción tengan, más grados de gloria tendrán; cuanto más abajo hayan estado en el horno de hierro, más alto se sentarán en el trono de gloria; cuanto más pesadas sus cruces, más pesada será su corona. Así pues, si las aflicciones hacen dichoso al cristiano, no pueden llamarlo desdichado.

(4) Mira la providencia misericordiosa de Dios para con sus hijos. Aunque estén en casa de servidumbre y les escueza la aflicción, la aflicción no les hará daño. ¿Qué daño hace el aventador al trigo? Solo separa de él la paja. ¿O la lanceta al cuerpo? Solo deja salir el absceso. La casa de servidumbre hace lo que a veces no hacen las ordenanzas: humilla y reforma. «Si estuvieren aprisionados en las cuerdas de aflicción, él les abre el oído para la corrección, y les manda que se conviertan de la iniquidad». Job 36:8, 10. ¡Oh, qué providencia tan misericordiosa es que, aunque Dios magulle a su pueblo, mientras lo magulla le está haciendo bien! Es como si uno arrojara a otro una bolsa de dinero, que lo magulla un poco, pero lo enriquece. La aflicción enriquece el alma y da los dulces frutos de justicia. Hebreos 12:11.

(5) Si Israel está en casa de servidumbre, si el Señor trata así a sus propios hijos, ¡con cuánta severidad tratará a los impíos! Si es tan severo con los que ama, ¡cuán severo será con los que aborrece! «Si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco qué se hará?» Lucas 23:31. Si los que oran y lloran por el pecado son tratados con tanta severidad, ¡qué será de los que juran, quebrantan el día de reposo y son impuros! Si Israel está en el horno de hierro, los impíos yacerán en el horno de fuego del infierno. Para los impíos debería ser la noticia más triste oír que el pueblo de Dios es afligido. Piensen cuán espantosa será la condición de los pecadores. «El juicio ha de comenzar por la casa de Dios; y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio?» 1 Pedro 4:17. Si Dios trilla su trigo, quemará la paja. Si los piadosos sufren corrección, los impíos sufrirán condenación. Si él mezcla la copa de su pueblo con ajenjo, mezclará la copa de los impíos con fuego y azufre.

Aplicación segunda. Si Israel está en casa de servidumbre,

(1) No concibas pensamientos demasiado duros de la aflicción. Los cristianos son propensos a mirar la cruz y el horno de hierro como cosas espantosas, y hacen lo posible por evitarlas. Más aún, a veces, por evitar la aflicción, se precipitan en el pecado. Pero no pienses con demasiada dureza de la aflicción; no la mires como a través del cristal de aumento del temor. La casa de servidumbre no es el infierno. Considera que la aflicción viene de un Dios sabio, que dispone todo cuanto nos sobreviene. Las persecuciones son como boticarios: nos dan la medicina que Dios, el médico, receta. La aflicción tiene su lado luminoso, además del oscuro. Dios puede endulzar nuestras aflicciones y confitar nuestro ajenjo. Así como abundan nuestros padecimientos, abunda también nuestra consolación. 2 Corintios 1:5. Argerio fechaba sus cartas en el ameno jardín de la prisión leonina. A veces Dios reanima tanto a sus hijos en la tribulación que prefieren soportar sus aflicciones antes que carecer de sus consuelos. ¿Por qué, pues, han de concebir los cristianos pensamientos tan duros de las aflicciones? No mires su rostro torvo, sino el mensaje que trae, que es enriquecernos de gracia y de consuelo.

(2) Si Israel está a veces en casa de servidumbre, en estado de aflicción, piensa de antemano en la aflicción. No digas como Job (29:18): «En mi nido moriré». En la casa del placer piensa en la casa de servidumbre. Tú que ahora eres Noemí, puedes llegar a ser Mara. Rut 1:20. ¡Cuán pronto puede cambiar la escena, y la hipérbole del gozo acabar en catástrofe! Todas las cosas exteriores están sujetas al cambio. Pensar de antemano en la aflicción nos haría sobrios y moderados en el uso de los deleites lícitos; curaría el empacho. Cristo, en un banquete, menciona su sepultura: buen antídoto contra el empacho. Pensar de antemano en la aflicción nos haría prepararnos para ella; nos desprendería del mundo; nos movería a examinar nuestras evidencias.

Deberíamos ver qué aceite tenemos en nuestras lámparas, qué gracia podemos hallar, para que podamos resistir en el día malo. Imprudente es el soldado que tiene que afilar su espada cuando está a punto de entrar en combate. El que prevé los padecimientos tendrá preparados el escudo de la fe y la espada del Espíritu, para no ser tomado por sorpresa.

(3) Si vienen las aflicciones, procuremos conducirnos sabiamente como cristianos, para adornar nuestros padecimientos; es decir, soportemos con paciencia. «Hermanos míos, tomad como ejemplo de aflicción y de paciencia a los profetas». Santiago 5:10. Satanás procura sacar ventaja de nosotros en la aflicción, haciéndonos desmayar o murmurar; sopla las brasas de la ira y el descontento, y luego se calienta al fuego. La paciencia adorna los padecimientos. El cristiano debería decir como dijo Jesucristo: «Señor, no se haga mi voluntad, sino la tuya». Es señal de que la aflicción está santificada cuando el corazón es llevado a una disposición dulce y sumisa. Entonces Dios quitará la aflicción: nos sacará del horno de hierro.

Podemos considerar estas palabras, «Que te saqué de casa de servidumbre», ya sea [1] literalmente, ya [2] espiritual y místicamente. En la letra, «Te saqué de casa de servidumbre»; es decir, te libré de la miseria y la servidumbre que sufriste en Egipto, donde estabas en el horno de hierro. Espiritual y místicamente, en cuanto «Te saqué de casa de servidumbre» es figura de nuestra liberación por Cristo del pecado y del infierno.

[1] Literalmente, «Te saqué de casa de servidumbre», de una gran miseria y esclavitud en el horno de hierro. Lo que noto aquí es que, aunque Dios mete a veces a su pueblo en tribulación, lo volverá a sacar. Israel estuvo en casa de servidumbre, pero al fin fue sacado.

Procuraremos mostrar: 1. Que Dios libra de la tribulación. 2. De qué manera. 3. En qué tiempos. 4. Por qué libra. 5. En qué se diferencian las liberaciones de los piadosos y las de los impíos.

Dios libra a sus hijos de las tribulaciones. «En ti confiaron nuestros padres; confiaron, y tú los libraste». Salmo 22:4. «Y fui librado de la boca del león», es decir, de Nerón. 2 Timoteo 4:17. «Pusiste aflicción sobre nuestros lomos, pero nos sacaste a lugar de abundancia». Salmo 66:11, 12. «Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría». Salmo 30:5. Dios sacó a Daniel del foso de los leones, y a Sion de Babilonia. A su debido tiempo da salida de la tribulación. Salmo 68:20. El árbol que en invierno parece muerto, revive en la primavera. Post nubila Phoebus [El sol sale después de las tormentas]. La aflicción puede saltar sobre nosotros como la víbora sobre Pablo, pero al fin será sacudida. Se la llama copa de aflicción. Isaías 51:17. Los impíos beben un mar de ira; los piadosos beben solo una copa de aflicción, y pronto dirá Dios: «Pase esta copa». Dios dará a su pueblo libertad de la cárcel.

¿De qué manera libra Dios a su pueblo de la tribulación?

Lo hace como Dios, con sabiduría. (1) A veces lo hace de repente. Así como el ángel fue hecho volar con presteza (Daniel 9:21), así Dios a veces hace volar con presteza una liberación, y de repente convierte la sombra de muerte en luz de mañana. Así como nos da misericordias por encima de lo que podemos pensar (Efesios 3:20), así a veces nos las da antes de que podamos pensar en ellas. «Cuando el Señor hizo volver la cautividad de Sion, fuimos como los que sueñan»; vino sobre nosotros de repente, como un sueño. Salmo 126:1. José no habría podido imaginar un cambio tan repentino: ser librado de la cárcel y hecho el principal gobernante del reino el mismo día. La misericordia a veces no se detiene mucho en el parto, sino que sale de repente. (2) A veces Dios libra a su pueblo de manera extraña. Así, la ballena que se tragó a Jonás fue el medio para llevarlo sano y salvo a tierra. A veces libra a su pueblo por el mismo camino que ellos piensan que los destruirá. Al sacar a Israel de Egipto, movió el corazón de los egipcios a aborrecerlos (Salmo 105:25), y ese fue el medio de su liberación. Llevó a Pablo a la orilla por un viento contrario, y sobre los pedazos rotos de la nave. Hechos 27:44.

¿Cuáles son los tiempos y ocasiones en que Dios suele librar a su pueblo de la servidumbre de la aflicción?

(1) Cuando están en el mayor aprieto. Aunque Jonás estaba en el vientre del infierno, dice: «Tú hiciste subir mi vida de la corrupción». Jonás 2:6. Cuando no hay más que el grosor de un cabello entre los piadosos y la muerte, Dios introduce la liberación. Cuando la barca estaba casi cubierta por las olas, Cristo despertó y reprendió al viento. Cuando Isaac estaba sobre el altar y el cuchillo estaba a punto de ponerse en su garganta, viene el ángel y dice: «No extiendas tu mano sobre el muchacho». Cuando Pedro comenzó a hundirse, Cristo lo tomó de la mano. Cum duplicantur lateres, venit Moses: «cuando se dobló la cuenta de ladrillos, entonces viene Moisés, el salvador temporal. Cuando el pueblo de Dios está en el mayor peligro, aparece la estrella de la mañana de la liberación. Cuando el paciente está a punto de desmayar, se le da el cordial.

(2) El segundo tiempo es cuando la aflicción ha hecho su obra en ellos, cuando ha logrado aquello para lo que Dios la envió. Así: [1] Cuando los ha humillado. «Acordándome de mi aflicción, del ajenjo y de la hiel, mi alma está humillada dentro de mí». Lamentaciones 3:19, 20. Entonces el corrosivo de Dios ha comido la carne orgullosa. [2] Cuando ha domado su impaciencia. Antes eran orgullosos e impacientes, como niños díscolos que forcejean con sus padres; pero cuando sus malditos corazones son domados, dicen: «La ira del Señor soportaré, porque pequé contra él» (Miqueas 7:9); y como Elí: «El Señor es; haga lo que bien le pareciere»; «Que me cerque con espinas, con tal que me plante con gracia». 1 Samuel 3:18.

(3) Cuando son participantes de más santidad, y están más llenos de espíritu celestial. Hebreos 12:10. Cuando la helada recia de la aflicción ha hecho brotar las flores primaverales de la gracia, la cruz está santificada, y Dios los sacará de la casa de servidumbre. Luctus in laetitiam vertetur, cineres in corollas [El llanto se convertirá en gozo, la ceniza en guirnaldas]. Cuando el metal está refinado, se saca del horno. Cuando la aflicción nos ha sanado, Dios quita el emplasto que escuece.

¿Por qué saca Dios a su pueblo de la casa de servidumbre?

Con ello abre camino a su propia gloria. Su gloria le es más querida que cualquier otra cosa; es una joya de la corona. Al levantar a su pueblo levanta los trofeos de su propia honra; glorifica sus propios atributos; su poder, su verdad y su bondad triunfan.

(1) Su poder. Si Dios no metiera a veces a su pueblo en angustias, ¿cómo podría verse su poder al sacarlo de ellas? Sacó a Israel de la casa de servidumbre con milagro sobre milagro; lo salvó con brazo extendido. «¿Qué tuviste, oh mar, que huiste?», etc. Salmo 114:5. De la salida de Israel de Egipto se dice que el mar huyó y que las aguas se apartaron unas de otras. Aquí se mostró el poder de Dios. «¿Habrá algo que sea difícil para mí?» Jeremías 32:27. Dios se complace en ayudar cuando las cosas parecen no tener remedio. Él crea la liberación. Salmo 124:8. Sacó a Isaac de un vientre muerto, y al Mesías del vientre de una virgen. ¡Oh, cómo resplandece su poder cuando vence imposibilidades aparentes y obra la curación cuando las cosas parecen desesperadas!

(2) Su verdad. Dios ha prometido a su pueblo librarlo cuando se halle bajo grandes aprietos, y su verdad está empeñada en su promesa. «E invócame en el día de la angustia; te libraré». Salmo 50:15. «En seis tribulaciones te librará, y en la séptima». Job 5:19. ¡Cómo está la Escritura tachonada de estas promesas, como el firmamento de estrellas! Dios los librará o de la muerte o por la muerte; él dará la salida. 1 Corintios 10:13. Cuando las promesas se cumplen, la verdad de Dios es engrandecida.

(3) Su bondad. Dios está lleno de compasión para con los que están en miseria. La palabra hebrea para misericordia, Racham, significa entrañas. Dios tiene «conmoción de entrañas». Isaías 63:15. Y esta compasión mueve a Dios a librar. «En su amor y en su clemencia los redimió». Isaías 63:9. Esto abre camino al triunfo de su bondad. Es tierno de corazón; no afligirá más de la cuenta; rompe los cerrojos de hierro, quebranta el yugo del opresor. Así todos sus atributos cabalgan en triunfo cuando salva a su pueblo de la angustia.

¿En qué se diferencian la liberación de los piadosos y la de los impíos cuando salen de la angustia?

(1) Las liberaciones de los piadosos son preservaciones; las de los impíos, reservaciones. «El Señor sabe librar a los piadosos, y reservar a los injustos para ser castigados». 2 Pedro 2:9. Un pecador puede ser librado de una enfermedad peligrosa y salir de la cárcel; pero todo ello no es más que una reserva para algún mal mayor.

(2) Dios libra a los impíos, o más bien los perdona, con ira. Las liberaciones no se dan a los impíos como prendas de su amor, sino como síntomas de su desagrado, así como las codornices se dieron a Israel con ira. Pero las liberaciones de los piadosos son en amor. «Me libró, porque se agradó de mí». 2 Samuel 22:20. «Tú, por amor a mi alma, la libraste del hoyo de corrupción»; o, como dice el hebreo, Chashiaqta Naphshi. Isaías 38:17. Me has amado sacándome del hoyo de corrupción. Un impío puede decir: «Señor, tú me has librado del hoyo de corrupción»; pero un piadoso puede decir: «Señor, tu amor me ha sacado del hoyo de corrupción». Una cosa es que el poder de Dios nos libre, y otra que nos libre su amor. «Oh», dijo Ezequías, «tú, por amor a mi alma, me libraste del hoyo de corrupción».

¿Cómo puede saberse que una liberación viene en amor?

(1) Cuando hace que nuestro corazón rebose de amor a Dios. «Amo al Señor, pues ha oído mi voz». Salmo 116:1. Una cosa es amar nuestras misericordias, y otra amar al Señor. La liberación es en amor cuando produce amor.

(2) La liberación es en amor cuando tenemos corazón para aprovecharla para la gloria de Dios. Los impíos, en vez de aprovechar su liberación para la gloria de Dios, aumentan su corrupción; se vuelven peores, como el metal que, sacado del fuego, se endurece más; pero nuestra liberación es en amor cuando la aprovechamos para la gloria de Dios. Dios nos levanta de una condición humilde, y nosotros lo ensalzamos con nuestras alabanzas y lo honramos con nuestros bienes. Proverbios 3:9. Nos sana de la enfermedad, y nos gastamos en su servicio. La misericordia no ha de ser como el sol para el fuego, que lo apaga y lo extingue, sino como el aceite para la rueda, que la hace girar más deprisa.

(3) La liberación viene en amor cuando nos hace más ejemplares en santidad, y nuestras vidas son Biblias andantes. Mil alabanzas y doxologías no honran tanto a Dios como la mortificación de una sola concupiscencia. «En el monte de Sion habrá liberación y santidad», Abdías 17. Cuando estas dos cosas van juntas, liberación y santidad; cuando, hechos monumentos de misericordia, somos modelos de piedad, entonces la liberación viene en amor, y podemos decir como Ezequías: «Tú, por amor a mi alma, la libraste del hoyo de corrupción».

Aplicación 1. Si Dios saca a su pueblo de la servidumbre, que nadie desmaye en la angustia. No digas: «Me hundiré bajo esta carga»; o, como David: «Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl». Dios puede cumplir este texto, en lo personal y en lo nacional, sacando a su pueblo de la casa de servidumbre. Cuando vea la ocasión oportuna, extenderá su brazo y lo salvará; y puede hacerlo con facilidad. «Señor, para ti no es nada dar ayuda». 2 Crónicas 14:11. El que puede cambiar las mareas puede cambiar los tiempos; el que resucitó a Lázaro cuando estaba muerto puede levantarte a ti cuando estás enfermo. «Miré, y no había quien ayudase; por tanto, me salvó mi propio brazo». Isaías 63:5. No desmayes; cree en el poder de Dios: la fe pone a Dios a obrar para librarnos.

Aplicación 2. Si estás en angustia, procura estar preparado para la liberación. Muchos quisieran la liberación, pero no están preparados para ella.

¿Cuándo estamos preparados para la liberación?

Cuando, por nuestras aflicciones, somos conformados a Cristo; cuando hemos aprendido la obediencia. «Por lo que padeció aprendió la obediencia»; es decir, aprendió una dulce sumisión a la voluntad de su Padre. Hebreos 5:8. «no se haga mi voluntad, sino la tuya». Lucas 22:42. Cuando así hemos aprendido la obediencia por nuestros sufrimientos, estamos dispuestos a hacer lo que Dios quiere que hagamos y a ser lo que Dios quiere que seamos. Somos conformados a Cristo, y estamos preparados para la liberación.

Aplicación 3. Si Dios te ha sacado alguna vez de la casa de servidumbre, de grandes y notables angustias, abunda en alabanza. La liberación pide alabanza. «Desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría; para que mi gloria te cante alabanzas». Salmo 30:11, 12. Mi gloria, es decir, mi lengua, que es el instrumento con que te glorifico. Los santos son templos del Espíritu Santo. 1 Corintios 3:16. ¿Dónde han de resonar las alabanzas de Dios sino en su templo? Beneficium postulat officium [El favor pide gratitud]. Las fuentes más hondas dan el agua más dulce; y los corazones profundamente conscientes de las liberaciones de Dios dan las alabanzas más dulces. Moisés dice a Faraón, cuando salía de Egipto: «Con nuestras ovejas y con nuestras vacas hemos de ir». Éxodo 10:9. ¿Por qué? Para tener sacrificios de acción de gracias listos para ofrecer a Dios por su liberación. Tener un corazón agradecido por la liberación es mayor bendición que la liberación misma. Uno de los leprosos, «viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz». Lucas 17:15. El corazón agradecido del leproso fue mayor bendición que ser sanado de su lepra. ¿Has sido sacado de la casa de servidumbre —de la cárcel, de la enfermedad o de algún peligro de muerte? No olvides ser agradecido. No seas sepulcro, sino templo. Para que seas más agradecido, observa cada énfasis y circunstancia de tu liberación: como haber sido sacado de la angustia cuando estabas in articulo mortis [al borde de la muerte], cuando no había más que el grosor de un cabello entre tú y la muerte; o haber salido de la aflicción sin pecado, sin comprar tu liberación enredando tu conciencia; o haber sido sacado de la angustia en alas de la oración; o que los mismos que fueron ocasión de meterte en la angustia sean instrumentos para sacarte de ella. Estas circunstancias, bien sopesadas, realzan la liberación y deben realzar nuestra gratitud. La talla de una piedra puede valer más que la piedra misma; y las circunstancias de una liberación pueden ser mayores que la liberación misma.

Pero ¿cómo alabaremos a Dios debidamente por la liberación?

(1) Sé una persona santa. En el sacrificio de acción de gracias, cualquiera que comiera de él teniendo sobre sí su inmundicia debía ser cortado (Levítico 7:20), para representar cuán desagradables son las alabanzas y ofrendas de gratitud de los que viven en pecado.

(2) Alaba a Dios con corazón humilde; reconoce cuán indigno eras de la liberación. Las misericordias de Dios no son deudas, sino legados; y que las tengas por legado debe hacerte humilde. «Los ancianos se postraron sobre sus rostros (expresión de humildad), y adoraron a Dios. Apocalipsis 11:16.

(3) Alaba a Dios por las liberaciones de todo corazón. «Alabaré al Señor con todo el corazón». Salmo 111:1. En la religión no hay música sino en concierto, cuando corazón y lengua se unen.

(4) Alaba a Dios por las liberaciones con constancia. «Alabaré al Señor en mi vida». Salmo 146:2. Algunos son agradecidos mientras el recuerdo de una liberación está fresco, y luego lo dejan. Los cartagineses solían al principio enviar a Hércules el diezmo de sus rentas anuales; pero poco a poco se cansaron y dejaron de enviarlo; nosotros, en cambio, hemos de ser constantes en nuestro sacrificio eucarístico u ofrenda de gratitud. El movimiento de nuestra alabanza ha de ser como el de nuestro pulso, que late mientras dura la vida. «Cantaré salmos a mi Dios mientras viva». Salmo 146:2.

[2] ESTAS palabras han de entenderse mística y espiritualmente. La liberación de Israel de la casa de servidumbre tipifica su liberación espiritual del pecado, de Satanás y del infierno.

(1) Del pecado. La casa de servidumbre era figura de la liberación de Israel del pecado. El pecado es la verdadera servidumbre; esclaviza el alma. Nihil durius servitute. Cicerón. «De todas las condiciones, la servidumbre es la peor». «Antes de mi conversión yo estaba atado», dice Agustín, «no con cadena de hierro, sino con la obstinación de mi propia voluntad». El pecado es el esclavizador; se le llama ley, porque tiene poder para atar al hombre (Romanos 7:23); se dice que reina, porque ejerce un poder tiránico (Romanos 6:12); y de los hombres se dice que son siervos del pecado, porque están así esclavizados por él. Romanos 6:17. Así, el pecado es la casa de servidumbre. Israel no estaba tan esclavizado en el horno de hierro como lo está el pecador por el pecado. Son peores esclavos y vasallos los que están bajo el poder del pecado que los que están bajo el poder de tiranos terrenales.

Los otros esclavos tienen tiranos que gobiernan solo sobre sus cuerpos; pero al pecador le tiranizan el alma. Esa cosa principesca, el alma, que empuña el cetro de la razón y que una vez fue coronada de perfecto conocimiento y santidad, ahora va a pie; está esclavizada, y hecha lacayo de toda concupiscencia vil.

A los otros esclavos se les muestra alguna compasión: el tirano les da comida y les deja horas para descansar; pero el pecado es un tirano despiadado, que no deja descansar a los hombres. Judas no tuvo descanso hasta haber traicionado a Cristo, y después tuvo menos descanso que antes. ¡Cómo se desgasta el hombre al servicio del pecado: arruina su cuerpo, quebranta su sueño, trastorna su mente! El impío hace cada día el trabajo servil del pecado.

Los otros esclavos tienen un trabajo servil, pero lícito. Es lícito trabajar en la galera y tirar del remo; pero todas las leyes y mandatos del pecado son ilícitos. El pecado dice a un hombre: defrauda; a otro: sé impúdico; a otro: véngate; a otro: jura en falso. Así, todos los mandatos del pecado son ilícitos; no podemos obedecer la ley del pecado sino quebrantando la ley de Dios.

Los otros esclavos son forzados contra su voluntad. Israel gemía bajo la esclavitud (Éxodo 2:23); pero los pecadores están contentos bajo el mando del pecado; quieren ser esclavos; aman sus cadenas; no aceptan su libertad; «se glorían en su vergüenza». Filipenses 3:19. Llevan sus pecados no como grilletes, sino como adornos; se gozan en la iniquidad. Jeremías 11:15.

Los otros esclavos son llevados a corrección, pero los esclavos del pecado, sin arrepentimiento, son llevados a condenación. Los otros esclavos yacen en el horno de hierro; los esclavos del pecado yacen en el horno de fuego. ¿Qué libertad de voluntad tiene el pecador, para su propia confusión, cuando no puede hacer sino lo que el pecado quiere? Está esclavizado. Así los pecadores están en la casa de servidumbre; pero Dios saca a sus escogidos de la casa de servidumbre, les arranca las cadenas y grilletes del pecado; los rescata de su esclavitud; los hace libres, introduciéndolos en la «libertad gloriosa de los hijos de Dios». Romanos 8:21. Ahora gobierna la ley del amor, no la ley del pecado. Aunque la vida del pecado se prolongue, no así su dominio; como aquellas bestias de Daniel, a las que se les prolongó la vida por un tiempo, pero se les quitó el dominio. Daniel 7:12. Los santos son hechos reyes espirituales, para dominar y vencer sus corrupciones, para «aprisionar a sus reyes con grillos». Es motivo de la más alta alabanza y acción de gracias ser sacado de la casa de servidumbre, ser liberado de huestes esclavizadoras y hecho rey para reinar en gloria para siempre.

(2) El sacar a Israel de la casa de servidumbre era figura de la liberación de Satanás. Los hombres por naturaleza están en la casa de servidumbre; están esclavizados a Satanás. A Satanás se le llama el príncipe de este mundo (Juan 14:30) y el dios de este siglo (2 Corintios 4:4), porque tiene poder para mandarlos y esclavizarlos. Aunque un día será un preso encerrado con cadenas, ahora insulta y tiraniza las almas de los hombres. Los pecadores están bajo su dominio; ejerce sobre ellos una jurisdicción como la de César sobre el senado. Llena la cabeza de los hombres de error, y su corazón de malicia. «¿Por qué llenó Satanás tu corazón?» Hechos 5:3. El corazón del pecador es la mansión del diablo. «Me volveré a mi casa». Mateo 12:44. Y sin duda ha de ser casa de servidumbre la que es la mansión del diablo. Satanás es un tirano completo. Gobierna la mente de los hombres; los ciega con ignorancia. «el dios de este siglo cegó los entendimientos de los incrédulos». 2 Corintios 4:4. Gobierna su memoria. Recuerdan lo malo y olvidan lo bueno. Su memoria es como un colador, que deja pasar todo el licor puro y retiene solo las heces. Gobierna su voluntad. Aunque no puede forzar la voluntad, la arrastra. «Los deseos de vuestro padre queréis cumplir». Juan 8:44. Se ha adueñado de su corazón, y a él obedecen. Sus fuertes tentaciones arrastran a los hombres al mal más de lo que todas las promesas de Dios pueden atraerlos al bien. Este es el estado de todo hombre por naturaleza: está en la casa de servidumbre; el diablo lo tiene en su poder. El pecador muele en el molino del diablo; está a las órdenes de Satanás como el asno a las órdenes del arriero. No es de extrañar ver a los hombres oprimir y perseguir; como esclavos, han de hacer lo que el dios de este siglo quiere. ¿Cómo no habían de correr aquellos cerdos cuando el diablo entró en ellos? Mateo 8:32. Cuando el diablo tentó a Ananías a mentir, no pudo sino decir lo que Satanás había puesto en su corazón. Hechos 5:3. Cuando el diablo entró en Judas y le mandó traicionar a Cristo, lo hizo, aunque luego se ahorcó. Es un caso triste y lúgubre estar en la casa de servidumbre, bajo el poder y la tiranía de Satanás. Cuando David quiso maldecir a los enemigos de Dios, ¿cómo oró contra ellos? Que Satanás estuviera a su diestra. Salmo 109:6. Sabía que entonces podría llevarlos a cualquier lazo. Si el pecador tiene a Satanás a su diestra, mire que no esté él a la izquierda de Dios. ¿No es un caso digno de lamento ver a los hombres cautivos de Satanás a voluntad de él? 2 Timoteo 2:26. Lleva a los pecadores delante de sí como esclavos en triunfo; los posee por completo. Si la gente viera a sus animales embrujados y poseídos por el diablo, se afligiría mucho; y sin embargo, aunque sus almas están poseídas por Satanás, no lo perciben. ¿Qué puede haber peor que estar en la casa de servidumbre y que el diablo arrastre a los hombres en sus concupiscencias hacia la perdición? Los pecadores se esclavizan voluntariamente a Satanás; aman a su carcelero; se contentan con permanecer tranquilos bajo la jurisdicción de Satanás; eligen esta zarza para que reine sobre ellos, aunque al cabo de un tiempo saldrá fuego de la zarza que los devorará. Jueces 9:15. ¡Qué misericordia infinita es cuando Dios saca a las pobres almas de esta casa de servidumbre, cuando las libra de la cárcel del príncipe de las tinieblas! JESUCRISTO redime a los cautivos; rescata a los pecadores con precio y los libra por la fuerza. Como David sacó un cordero de la boca del león (1 Samuel 17:35), así Cristo rescata las almas de la boca del león rugiente. ¡Oh, qué misericordia es ser sacado de la casa de servidumbre, y pasar de cautivo del príncipe de la potestad del aire a súbdito del Príncipe de Paz! Esto se hace por la predicación de la Palabra. «Para que se conviertan de la potestad de Satanás a Dios». Hechos 26:18.

(3) El sacar a Israel de la casa de servidumbre era figura de su liberación del infierno. El infierno es domus servitutis, una casa de servidumbre; una casa edificada a propósito para que en ella yazcan los pecadores.

Existe tal casa de servidumbre, donde yacen los condenados. «Los malos serán trasladados al infierno». Salmo 9:17. «¿Cómo evitaréis el juicio del infierno?» Mateo 23:33. Si alguien preguntara dónde está esta casa de servidumbre, dónde está el lugar del infierno, ojalá nunca lo sepa por experiencia. «No nos afanemos tanto», dice Crisóstomo, «por saber dónde está el infierno, como por escapar de él». Con todo, para satisfacer la curiosidad, puede observarse que el infierno es locus subterraneus, un lugar de abajo. «El infierno abajo». Proverbios 15:24. Hesíodo dice: «El infierno está tan lejos debajo de la tierra como el cielo está por encima de ella». Los demonios rogaban a Cristo «que no les mandase ir al abismo». Lucas 8:31. El infierno está en el abismo.

¿Por qué ha de haber esta casa de servidumbre? ¿Por qué un infierno? Porque ha de haber un lugar para la ejecución de la justicia divina. Los monarcas terrenales tienen su cárcel para los malhechores, ¿y no ha de tener Dios la suya? Los pecadores son criminales; han ofendido a Dios; y no sería conforme a su santidad y justicia ver sus leyes quebrantadas sin infligir castigos.

Lo espantoso del lugar. Si pudieras oír durante una hora los gemidos y alaridos de los condenados, eso te confirmaría en la verdad de que el infierno es una casa de servidumbre. El infierno es el colmo de la miseria. Además de la poena damni, «la pena de daño», que es la exclusión del alma de la gloriosa visión de Dios, y que los teólogos tienen por la peor parte del infierno, estará la poena sensus,» la pena de sentido». Si, cuando la ira de Dios se enciende solo un poco y una chispa de ella salta a la conciencia de un hombre en esta vida, es tan terrible (como en el caso de Spira), ¿qué será el infierno mismo?

En el infierno habrá una pluralidad de tormentos: «Prisiones y cadenas». 2 Pedro 2:4. Estará el gusano. Marcos 9:48; este es el gusano de la conciencia. Estará el lago de fuego. Apocalipsis 20:15. Cualquier otro fuego no es sino pintado comparado con este.

Esta casa del infierno está frecuentada por demonios. Mateo 25:41. Anselmo dice: «Preferiría soportar todos los tormentos antes que ver al diablo con los ojos del cuerpo». Los que van al infierno no solo se verán forzados a contemplar al diablo, sino que tendrán que estar encerrados con este león en su guarida; tendrán que hacer compañía al diablo. Está lleno de rencor contra el género humano; es un dragón rojo que escupirá fuego en la cara de los hombres.

Los tormentos del infierno permanecen para siempre. «El humo de su tormento sube para siempre jamás». Apocalipsis 14:11. El tiempo no puede acabarlo, las lágrimas no pueden apagarlo. Marcos 9:44. Los impíos son salamandras, que viven siempre en el fuego del infierno y no se consumen. Después de haber yacido millones de años en el infierno, su castigo está tan lejos de acabar como al principio. Si toda la tierra y el mar fueran arena, y cada mil años viniera un pájaro y se llevara un grano, pasaría mucho tiempo antes de que ese enorme montón desapareciera; con todo, si después de todo ese tiempo los condenados pudieran salir del infierno, habría alguna esperanza; pero esta palabra SIEMPRE quebranta el corazón.

¿Cómo puede compaginarse con la justicia de Dios castigar con tormento eterno un pecado cometido en un momento?

Porque en la naturaleza del hombre hay una eternidad de pecado. Porque el pecado es crimen laesae majestatis, «cometido contra una majestad infinita», y por tanto el pecado mismo es infinito, y proporcionalmente el castigo ha de ser infinito. Porque una criatura finita no puede soportar una ira infinita, ha de estar eternamente satisfaciendo lo que nunca puede satisfacer. Si el infierno es tal casa de servidumbre, ¡qué motivo infinito tienen de bendecir a Dios los que son librados de él! Jesús «nos libró de la ira que ha de venir». 1 Tesalonicenses 1:10. Jesucristo sufrió los tormentos del infierno en su alma, para que los creyentes no los sufrieran. Si somos agradecidos cuando somos rescatados de la cárcel o librados del fuego, ¡oh, cómo deberíamos bendecir a Dios por ser preservados de la ira venidera! Puede movernos a más gratitud ver que la mayor parte va a la casa de servidumbre, es decir, al infierno. Ser del número de aquellos pocos que son librados de él es motivo de gratitud infinita. La mayoría, digo, va a esa casa de servidumbre cuando muere; la mayoría va al infierno. «Espacioso es el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por él». Mateo 7:13. La mayor parte del mundo está puesta en maldad. 1 Juan 5:19. Divide el mundo, dice Brerewood, en treinta y una partes: diecinueve de ellas las poseen judíos y turcos, y siete los paganos; de modo que no quedan sino cinco partes de cristianos, y entre estos cristianos hay tantos papistas engañados por un lado y tantos protestantes formales por otro, que podemos concluir que la mayor parte del mundo va al infierno. La Escritura compara a los impíos con cardos. Isaías 10:17. Hay pocos lirios en tus campos, pero en cada seto hay espinas y cardos. Los compara con «el lodo de las calles». Isaías 10:6. Pocas joyas o piedras preciosas hay en la calle, pero no puedes dar un paso sin encontrar lodo. Los impíos son tan comunes como el barro de la calle. Mira a la generalidad de la gente. ¡Cuántos borrachos hay por uno que es sobrio! ¡Cuántos adúlteros por uno que es casto! ¡Cuántos hipócritas por uno que es sincero! El diablo se lleva la cosecha, y Dios solo unas pocas espigas. Oh, pues, los que son librados de la casa de servidumbre, del infierno, tienen motivo infinito para admirar y bendecir a Dios. ¡Cómo deberían rebosar de gratitud los vasos de misericordia! Cuando la mayoría de los demás son llevados presos al infierno, ellos son librados de la ira venidera.

¿Cómo sabré que estoy librado del infierno?

(1) A los que Cristo salva del infierno, los salva del pecado. «Él salvará a su pueblo de sus pecados». Mateo 1:21. ¿Te ha librado Dios del poder de la corrupción, del orgullo, de la malicia y de la lujuria? Si te ha librado del infierno del pecado, te ha librado del infierno del tormento.

(2) Si tienes parte en Cristo y lo estimas, confías en él y lo amas, estás librado del infierno y de la condenación. «ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús». Romanos 8:1. Si estás en Cristo, él ha puesto sobre ti el manto de su justicia, y el fuego del infierno jamás podrá chamuscarlo. Plinio observa que nada apaga tan pronto el fuego como la sal y la sangre: las lágrimas saladas del arrepentimiento y la sangre de Cristo apagarán el fuego del infierno, de modo que nunca se encenderá sobre ti.

Capítulo 3 completado

1.3 El prefacio de los mandamientos

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