Los Diez Mandamientos
1.2 El amor

Capítulo 2 · 15 min de lectura · 19 min de escucha

1.2 El amor

Siendo la regla de la obediencia la ley moral, comprendida en los Diez Mandamientos, la pregunta siguiente es:

¿Cuál es el resumen de los Diez Mandamientos?

El resumen de los Diez Mandamientos es amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestras fuerzas y con toda nuestra mente, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

«Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todo tu poder». Deuteronomio 6:5. El deber que aquí se pide es el amor, y aun la fuerza del amor: «de todo tu corazón». Dios no quiere perder nada de nuestro amor. El amor es el alma de la religión, y lo que hace a un verdadero cristiano. El amor es la reina de las gracias; brilla y centellea a los ojos de Dios como las piedras preciosas del pectoral de Aarón.

¿Qué es el amor?

Es un fuego santo encendido en los afectos, por el cual el cristiano es llevado con fuerza en pos de Dios como su bien supremo.

¿Qué es lo que precede al amor a Dios?

Lo que precede al amor es el conocimiento. El Espíritu ilumina el entendimiento y descubre en Dios las bellezas de la sabiduría, la santidad y la misericordia; y estas son el imán que atrae y saca el amor hacia Dios. Ignoti nulla cupido: los que no conocen a Dios no pueden amarlo; si el sol se ha puesto en el entendimiento, por fuerza ha de ser de noche en los afectos.

¿En qué consiste la naturaleza formal del amor?

La naturaleza del amor consiste en deleitarse en un objeto. Complacentia amantis in amato. [El deleite del amante en su amado.] Tomás de Aquino. Amar a Dios es deleitarse en él. «Deléitate en el Señor» (Salmo 37:4), como la novia se deleita en sus joyas. La gracia cambia los propósitos y los deleites del cristiano.

¿Qué cualidades debe tener nuestro amor a Dios?

(1) Si es un amor sincero, amamos a Dios de todo corazón. «Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón». Dios quiere el corazón entero. No debemos repartir nuestro amor entre él y el pecado. La verdadera madre no quiso que se partiera al niño, ni Dios quiere que se parta el corazón; ha de ser el corazón entero.

(2) Hemos de amar a Dios propter se, por sí mismo, por sus excelencias intrínsecas. Hemos de amarlo porque es digno de ser amado. Meretricius est amor plus annulum quam sponsum amare: «Es amor de ramera amar más la dote que la persona». Los hipócritas aman a Dios porque les da trigo y vino; nosotros hemos de amar a Dios por sí mismo, por las resplandecientes perfecciones que hay en él. El oro se ama por sí mismo.

(3) Hemos de amar a Dios con todas nuestras fuerzas, en el texto hebreo, con toda nuestra vehemencia; hemos de amar a Dios quod posse, tanto como podamos. Los cristianos deberían ser como serafines, ardiendo en santo amor. Nunca podremos amar a Dios tanto como él merece. Los ángeles del cielo no pueden amar a Dios tanto como él merece.

(4) El amor a Dios ha de ser activo en su esfera. El amor es un afecto laborioso; pone la cabeza a estudiar para Dios, las manos a trabajar, los pies a correr por el camino de sus mandamientos. Por eso se le llama el trabajo del amor. 1 Tesalonicenses 1:3. María Magdalena amaba a Cristo, y derramó sobre él sus ungüentos. Nos parece que nunca hacemos bastante por la persona a quien amamos.

(5) El amor a Dios ha de ser superlativo. Dios es la esencia de la hermosura, todo un paraíso de deleite, y ha de tener la primacía en nuestro amor. Nuestro amor a Dios ha de estar por encima de todo lo demás, como el aceite flota sobre el agua. Hemos de amar a Dios por encima de los bienes y de los parientes. Grande es el amor a los parientes. Se cuenta en la Academia Francesa la historia de una hija que, cuando su padre fue condenado a morir de hambre, lo amamantó con sus propios pechos. Pero nuestro amor a Dios ha de estar por encima del padre y de la madre. Mateo 10:37. Podemos dar a la criatura la leche de nuestro amor, pero Dios ha de tener la nata. La esposa guarda el mosto de sus granadas para Cristo. Cantares 8:2.

(6) Nuestro amor a Dios ha de ser constante, como el fuego que las vírgenes vestales guardaban en Roma, que no se apagaba. El amor ha de ser como el latido del pulso, que late mientras hay vida. «Las muchas aguas no podrán apagar el amor», ni las aguas de la persecución. Cantares 8:7. «Arraigados en amor». Efesios 3:17. La rama que no crece sobre una raíz se seca; así el amor, para no morir, ha de estar bien arraigado.

¿Cuáles son las señales visibles de nuestro amor a Dios?

Si amamos a Dios, nuestro deseo irá tras él. «El deseo de nuestra alma es a tu nombre». Isaías 26:8. El que ama a Dios suspira por la comunión con él. «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo». Salmo 42:2. Los enamorados desean conversar a menudo. El que ama a Dios desea estar mucho en su presencia; ama las ordenanzas: son el espejo donde resplandece la gloria de Dios; en las ordenanzas nos encontramos con aquel a quien ama nuestra alma; tenemos las sonrisas y los susurros de Dios, y algunos anticipos del cielo. Los que no desean las ordenanzas no tienen amor a Dios.

La segunda señal visible es que el que ama a Dios no puede hallar contentamiento en cosa alguna sin él. Da a un hipócrita que dice amar a Dios trigo y vino, y podrá contentarse sin Dios; pero un alma encendida en amor a Dios no puede estar sin él. Los enamorados desfallecen si no ven al objeto amado. Un alma llena de gracia puede pasar sin salud, pero no puede pasar sin Dios, que es la salud de su rostro. Salmo 43:5. Si Dios dijera a un alma que lo ama de todo corazón: «Repósate, nada en placeres, solázate en los deleites del mundo; pero no gozarás de mi presencia», esto no la contentaría. Más aún, si Dios dijera: «Dejaré que seas llevado al cielo, pero yo me retiraré a otro aposento, y no verás mi rostro», el alma no quedaría contenta. Estar sin Dios es un infierno. Dice el filósofo que no puede haber oro sin la influencia del sol; ciertamente no puede haber gozo de oro en el alma sin la dulce presencia e influencia de Dios.

La tercera señal visible es que el que ama a Dios aborrece lo que lo separaría de Dios, y eso es el pecado. El pecado hace que Dios esconda su rostro; es como un incendiario que separa a los mejores amigos; por eso el filo del odio del cristiano se dirige contra él. «Aborrezco todo camino de mentira». Salmo 119:128. Las antipatías nunca pueden reconciliarse; nadie puede amar la salud sin aborrecer el veneno; así no podemos amar a Dios sin aborrecer el pecado, que destruiría nuestra comunión con él.

La cuarta señal visible es la compasión. Los amigos que se aman se afligen por los males que le sobrevienen al otro. Homero, al describir el dolor de Agamenón cuando se vio obligado a sacrificar a su hija, presenta a todos sus amigos llorando con él y acompañándolo de luto al sacrificio. Los que se aman se afligen juntos. Si tenemos verdadero amor a Dios en el corazón, no podemos menos que dolernos de lo que a él le duele; tomaremos a pecho sus deshonras: el lujo, la embriaguez, el desprecio de Dios y de la religión. «Ríos de agua descendieron de mis ojos», etc. Salmo 119:136. Algunos hablan de los pecados ajenos y se ríen de ellos; ¡pero de cierto no tienen amor a Dios los que pueden reírse de lo que contrista a su Espíritu! ¿Ama a su padre el que puede reírse al oír que lo injurian?

La quinta señal visible es que el que ama a Dios se esfuerza por hacerlo amable a los demás. No solo admira a Dios, sino que habla en su alabanza, para atraer y ganar a otros a que se enamoren de él. La que está enamorada alaba a su amado. La esposa enferma de amor ensalza a Cristo; hace un panegírico de su valor, para persuadir a otros a que se enamoren de él. «Su cabeza, como oro finísimo». Cantares 5:11. El verdadero amor a Dios no puede callar; será elocuente en proclamar su renombre. No hay mejor señal de amar a Dios que hacer que se le vea amable y ganarle prosélitos.

La sexta señal visible es que el que ama a Dios llora amargamente su ausencia. María viene llorando: «Se han llevado a mi Señor». Juan 20:13. Uno clama: «¡Se me fue la salud!»; otro: «¡Se me fueron los bienes!»; pero el que ama a Dios clama: «¡Se me fue mi Dios! No puedo gozar de aquel a quien amo». ¿Qué pueden hacer todos los consuelos del mundo cuando Dios está ausente? Es como un banquete fúnebre, donde hay mucha comida pero ninguna alegría. «Anduve enlutado, y sin sol». Job 30:28. Si Raquel lloró mucho la pérdida de sus hijos, ¿qué velo o qué pincel puede pintar la tristeza del cristiano que ha perdido la dulce presencia de Dios? Esa alma derrama torrentes de lágrimas y, mientras se lamenta, parece decir así a Dios: «Señor, tú estás en el cielo, oyendo los cantos melodiosos y el triunfo de los ángeles; pero yo estoy sentado aquí en el valle de lágrimas, llorando porque te has ido. ¡Oh, cuándo vendrás a mí y me reanimarás con la luz de tu rostro! O, Señor, si tú no vienes a mí, déjame ir a ti, donde tendré en el cielo la sonrisa perpetua de tu rostro y nunca más me quejaré: “Mi amado se ha retirado”».

La séptima señal visible es que el que ama a Dios está dispuesto a hacer y a padecer por él. Suscribe los mandamientos de Dios y se somete a su voluntad. Suscribe sus mandamientos: si Dios le manda mortificar el pecado, amar a sus enemigos, estar crucificado al mundo, obedece. Es cosa vana que un hombre diga que ama a Dios y menosprecie sus mandamientos. Se somete a su voluntad: si Dios quiere que padezca por él, no discute, sino que obedece. «El amor todo lo soporta». 1 Corintios 13:7. El amor hizo que Cristo padeciera por nosotros, y el amor nos hará padecer por él. Es verdad que no todo cristiano es mártir, pero tiene en sí espíritu de mártir; tiene una disposición del ánimo a padecer, si Dios lo llama a ello. «Yo ya estoy para ser ofrecido». 2 Timoteo 4:6. No solo estaban los padecimientos preparados para Pablo, sino que Pablo estaba preparado para los padecimientos. Orígenes prefirió vivir despreciado en Alejandría antes que negar la fe con Plotino y gozar del favor del príncipe. Apocalipsis 12:11. Muchos dicen que aman a Dios, pero no quieren sufrir la pérdida de nada por él. Si Cristo nos hubiera dicho: «Los amo mucho, me son muy queridos, pero no puedo padecer por ustedes, no puedo dar mi vida por ustedes», habríamos dudado mucho de su amor; ¿y no puede el Señor dudar del nuestro, cuando decimos amarlo, pero no queremos soportar nada por su causa?

Aplicación primera. ¿Qué diremos de los que no tienen ni una dracma de amor a Dios en el corazón? De él reciben la vida, y sin embargo no lo aman. Él les pone la mesa cada día, y sin embargo no lo aman. Los pecadores temen a Dios como juez, pero no lo aman como padre. Toda la fuerza de los ángeles no puede hacer que el corazón ame a Dios; los juicios no lo lograrán; solo la gracia omnipotente puede hacer que un corazón de piedra se derrita en amor. ¡Qué triste es estar vacío de amor a Dios! Cuando el cuerpo está frío y no tiene calor, es señal de muerte; así está espiritualmente muerto el que no tiene en su corazón calor de amor a Dios. ¿Vivirán con Dios los que no lo aman? ¿Pondrá Dios a un enemigo en su seno? Serán atados con cadenas de oscuridad los que no quieren ser atraídos con cuerdas de amor.

Aplicación segunda. Dejémonos persuadir a amar a Dios con todo nuestro corazón y con todas nuestras fuerzas. ¡Oh, quitemos nuestro amor de otras cosas y pongámoslo en Dios! El amor es el corazón de la religión, la grosura de la ofrenda; es la gracia por la que Cristo más pregunta. «Simón, ¿me amas?». Juan 21:15. El amor hace aceptables todos nuestros servicios; es el almizcle que los perfuma. No es tanto el deber, sino el amor al deber, lo que deleita a Dios; por eso servir a Dios y amarlo van juntos. Isaías 56:6. Es mejor amarlo que servirle; la obediencia sin amor es como el vino sin espíritu. ¡Oh, pues, déjate persuadir a amar a Dios con todo tu corazón y con todas tus fuerzas!

(1) No es otra cosa que tu amor lo que Dios desea. El Señor podría haber exigido que le ofrecieras tus hijos en sacrificio; podría haberte mandado que te sajaras y te hirieras, o que estuvieras un tiempo en el infierno; pero solo desea tu amor, solo quiere esta flor. ¿Es una petición dura amar a Dios? ¿Se pagó jamás deuda más fácil que esta? ¿Le cuesta trabajo a la esposa amar a su marido? El amor es deleitoso. Non potest amor esse, et dulcis non esse [el amor, por definición, ha de ser dulce]. Bernardo. ¿Qué hay en nuestro amor para que Dios lo desee? ¿Por qué habría de desear un rey el amor de una mujer endeudada y enferma? Dios no necesita nuestro amor. Hay ángeles de sobra en el cielo para adorarle y amarle. ¿Qué gana Dios con nuestro amor? No añade el menor codo a su bienaventuranza esencial. No necesita nuestro amor, y sin embargo lo busca. ¿Por qué desea que le demos nuestro corazón? Proverbios 23:26. No porque necesite nuestro corazón, sino para hacerlo mejor.

(2) Grande será nuestra ganancia si amamos a Dios. Él no corteja nuestro amor para que perdamos con ello. «Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, son las que Dios ha preparado para los que le aman». 1 Corintios 2:9. Si lo amas, tendrás una recompensa que excede a tu fe. Él te desposará consigo en el más tierno amor. «Te desposaré conmigo para siempre, en benignidad y en misericordias». Oseas 2:19. «El Señor tu Dios callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos». Sofonías 3:17. Si amas a Dios, te hará partícipe de todas sus riquezas y dignidades, te dará el cielo y la tierra por dote, pondrá una corona sobre tu cabeza. El emperador Vespasiano dio una gran recompensa a una mujer que vino a él y le declaró que lo amaba; pero Dios da la corona de vida a los que le aman. Santiago 1:12.

(3) El amor es la única gracia que vivirá con nosotros en el cielo. En el cielo no necesitaremos arrepentimiento, porque no tendremos pecado; ni fe, porque veremos a Dios cara a cara; pero el amor a Dios permanecerá para siempre. «El amor nunca deja de ser». 1 Corintios 13:8. ¡Cómo debemos alimentar esta gracia, que sobrevivirá a todas las gracias y correrá paralela a la eternidad!

(4) Nuestro amor a Dios es señal de su amor a nosotros. «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero». 1 Juan 4:19. Por naturaleza no tenemos amor a Dios; tenemos corazones de piedra. Ezequiel 36:26. ¿Y cómo puede haber amor alguno en corazones de piedra? Nuestro amor a él procede de su amor a nosotros. Si el cristal arde, es porque el sol ha brillado sobre él; así, si nuestro corazón arde de amor, es señal de que el Sol de justicia ha brillado sobre nosotros.

¿Qué haremos para amar a Dios como es debido?

(1) Asiste a la predicación de la palabra. Así como la fe viene por el oír, también el amor. La palabra presenta a Dios en sus excelencias incomparables; lo descifra y lo retrata en toda su gloria, y la vista de su hermosura inflama el amor.

(2) Pide a Dios que te dé un corazón para amarlo. Cuando el rey Salomón pidió sabiduría a Dios, agradó al Señor. 1 Reyes 3:10. Así, cuando clames a Dios: «Señor, dame un corazón para amarte; mi pena es no poder amarte más», ciertamente esta oración agradará al Señor, y él derramará su Espíritu sobre ti. Su aceite de oro hará que la lámpara de tu amor arda con brillo.

(3) Tú que tienes amor a Dios, mantenlo encendido sobre el altar de tu corazón. El amor, como el fuego, siempre está a punto de apagarse. «Has dejado tu primer amor». Apocalipsis 2:4. Por descuido del deber, o por demasiado amor al mundo, nuestro amor a Dios se enfriará. ¡Oh, conserva tu amor a él! Así como cuidarías de conservar el calor natural de tu cuerpo, cuida de conservar en tu alma el calor del amor a Dios. El amor es como el aceite para las ruedas: nos aviva en el servicio de Dios. Cuando notes que el amor mengua y se enfría, usa todos los medios para avivarlo. Cuando el fuego se va apagando, le echas leña; así, cuando la llama del amor se va apagando, sírvete de las ordenanzas como leña sagrada para mantener ardiendo el fuego de tu amor.

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