Capítulo 21 · 14 min de lectura · 19 min de escucha
4.4 El bautismo
«Por tanto, id, y enseñad a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles», etc. Mateo 28:19.
I. El medio por el cual Cristo nos comunica los beneficios de la redención es el uso de los sacramentos.
¿Qué son los sacramentos en general?
Son señales visibles de una gracia invisible.
¿No basta la palabra de Dios para la salvación? ¿Qué necesidad hay entonces de sacramentos?
No debemos ser sabios más allá de lo que está escrito. Es voluntad de Dios que su iglesia tenga sacramentos; y es bondad de Dios rebajarse así a las capacidades débiles. «Si no veis señales, no creeréis». Juan 4:48. Para fortalecer nuestra fe, Dios confirma el pacto de gracia no solo con promesas, sino con señales sacramentales.
¿Cuáles son los sacramentos del Nuevo Testamento?
Dos: el bautismo y la Cena del Señor.
¿No hay más? Los papistas nos hablan de otros cinco, a saber: la confirmación, la penitencia, el matrimonio, las órdenes y la extremaunción.
(1) Bajo la ley no hubo más que dos sacramentos; por tanto, ahora no hay más. 1 Corintios 10:2, 3, 4.
(2) Estos dos sacramentos bastan: el uno significa nuestra entrada en Cristo, y el otro, nuestro crecimiento y perseverancia en él.
II. El primer sacramento es el bautismo. «Por tanto, id, y enseñad a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles», etc. «Id, enseñad a todas las naciones»; la palabra griega es «Haced discípulos a todas las naciones». Si se pregunta cómo hemos de hacerlos discípulos, sigue a continuación: «Bautizándolos y enseñándoles». En una nación pagana, primero se enseña y luego se bautiza; pero en una iglesia cristiana, primero se bautiza y luego se enseña.
¿Qué es el bautismo?
En general, es una matrícula, o admisión visible de los niños en la congregación del rebaño de Cristo. Más en particular, «el bautismo es un sacramento en el cual el lavamiento o rociamiento con agua, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, significa y sella nuestro injerto en Cristo, nuestra participación en los beneficios del pacto de gracia y nuestro compromiso de ser del Señor».
¿Qué quiere decir el padre cuando presenta a su hijo para ser bautizado?
El padre, al presentar al niño para ser bautizado, (1) hace un reconocimiento público del pecado original: que el alma de su hijo está contaminada y, por tanto, necesita ser lavada del pecado por la sangre y el Espíritu de Cristo; ambos lavamientos están significados por el rociamiento del agua en el bautismo. (2) El padre, al traer a su hijo para ser bautizado, lo consagra solemnemente al Señor y lo inscribe en la familia de Dios; y en verdad es una gran satisfacción para un padre piadoso haber entregado a su hijo al Señor en el bautismo. ¿Cómo puede un padre mirar con consuelo a un hijo que nunca fue dedicado a Dios?
¿Cuál es el beneficio del bautismo?
El bautizado tiene: (1) Entrada en el cuerpo visible de la iglesia. (2) Un derecho sellado a las ordenanzas, que es un privilegio lleno de gloria. Romanos 9:4. (3) El niño bautizado está bajo un cuidado providencial más especial de Cristo, que designa la tutela de los ángeles como guardia personal del infante.
¿Es este todo el beneficio?
¡No! Para los que pertenecen a la elección, el bautismo es un «sello de la justicia de la fe», un lavacro de regeneración y una insignia de adopción. Romanos 4:11.
¿Cómo se demuestra que los niños tienen derecho al bautismo?
Los niños son partes en el pacto de gracia. El pacto se hizo con ellos. «Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti». Génesis 17:7. «para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos». Hechos 2:39. El pacto de gracia puede considerarse o bien (1) en sentido más estricto, como una promesa absoluta de dar la gracia salvadora; y así, nadie sino los elegidos está en pacto con Dios. O bien (2) en sentido más amplio, como un pacto que contiene en sí muchos gloriosos privilegios externos; y en este sentido los hijos de los creyentes pertenecen al pacto de gracia. La promesa es para vosotros y para vuestra descendencia. La descendencia infantil de los creyentes puede reclamar el pacto de gracia tan bien como sus padres; y teniendo derecho al pacto, no se les puede negar con justicia el bautismo, que es su sello. Es cierto que los hijos de los creyentes estuvieron una vez visiblemente en pacto con Dios, y recibieron el sello de su admisión en la iglesia; ¿dónde hallamos ahora que este interés en el pacto, o esta membresía de los infantes en la iglesia, haya sido revocado o anulado? Ciertamente Jesucristo no vino a poner a los creyentes y a sus hijos en peor condición que la que tenían antes. Si los hijos de los creyentes no debieran ser bautizados, estarían ahora en peor condición que antes de la venida de Cristo.
[1] Objeciones. La Escritura calla en esto y no menciona el bautismo de infantes.
Aunque la expresión bautismo de infantes no está en la Escritura, la cosa sí está. La Escritura no menciona que las mujeres recibieran el sacramento; pero ¿quién duda de que el mandato «Tomad, comed; esto es mi cuerpo» les concierne a ellas? ¿No necesita su fe ser fortalecida tanto como la de los demás? Así también, la palabra Trinidad no se halla en la Escritura, pero hay en ella algo equivalente. «Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno». 1 Juan 5:7. Así, aunque la expresión bautismo de infantes no se mencione en la Escritura, la práctica de bautizar a los infantes puede deducirse de la Escritura por consecuencia innegable.
¿Cómo se prueba eso?
La Escritura menciona familias enteras bautizadas: la casa de Lidia, la de Crispo y la del carcelero. «Se bautizó él, y todos los suyos». Hechos 16:33. Es razonable suponer que entre ellos había algunos niños pequeños. Si se dice que aquí no se mencionan niños, respondo que tampoco se nombran siervos; y sin embargo no puede suponerse sino que, en una familia tan grande, había algunos siervos.
Pero los infantes no son capaces del fin del bautismo; porque el bautismo significa el lavamiento del pecado por la sangre de Cristo. Los infantes no pueden entender esto; ¿qué beneficio, pues, puede reportarles el bautismo?
Tampoco el niño que había de ser circuncidado podía entender la circuncisión; y sin embargo la ordenanza de la circuncisión no debía omitirse ni diferirse. Aunque un infante no entienda el significado del bautismo, puede participar de la bendición del bautismo. Los niños pequeños que Cristo tomó en sus brazos no entendían lo que Cristo quería decir, pero recibieron la bendición de Cristo. «Poniendo las manos sobre ellos, los bendecía». Marcos 10:16.
Pero ¿qué beneficio puede tener el niño del bautismo si no entiende la naturaleza del bautismo?
Puede tener sellado un derecho a la promesa, del cual tendrá un interés efectivo cuando llegue a tener fe. Un legado puede ser útil al niño en la cuna; aunque ahora no entienda el legado, cuando llegue a la edad adulta entra en plena posesión de él. Pero puede objetarse además:
El que ha de ser bautizado debe comprometerse con Dios; pero ¿cómo puede el niño contraer tal compromiso?
Los padres pueden comprometerse por él, y a Dios le place aceptarlo como equivalente al compromiso personal del niño.
Si el bautismo ocupa el lugar de la circuncisión, y solo los varones eran circuncidados, ¿qué fundamento hay para bautizar a las mujeres? Génesis 17:10.
Las mujeres estaban incluidas, y eran virtualmente circuncidadas en los varones. Lo que se hace a la cabeza se hace al cuerpo; y el varón es la cabeza de la mujer. 1 Corintios 11:3. Lo que se hacía al sexo masculino se hacía, por interpretación, al femenino.
[2] Habiendo respondido a estas objeciones, paso ahora a probar con argumentos el bautismo de infantes.
(1) Si los niños durante su infancia son capaces de la gracia, son capaces del bautismo; pero los niños en su infancia son capaces de la gracia; por tanto, son capaces del bautismo. Pruebo la menor, que son capaces de la gracia, así: si los niños en su infancia pueden ser salvos, entonces son capaces de la gracia; pero los niños en su infancia pueden ser salvos; lo cual se prueba así: si el reino de los cielos les pertenece, pueden ser salvos; pero el reino de los cielos puede pertenecerles, como se ve claramente por «de los tales es el reino de Dios» (Marcos 10:14); ¿quién, pues, puede impedir que se les aplique el sello del bautismo?
(2) Si los infantes pueden estar en el número de los siervos de Dios, no hay razón para excluirlos de la familia de Dios; pero los infantes pueden estar en el número de los siervos de Dios, porque Dios los llama sus siervos. «Saldrá de contigo, él y sus hijos consigo, porque son mis siervos». Levítico 25:41. Por tanto, siendo los niños en su infancia siervos de Dios, ¿por qué no han de tener el bautismo, que es la tessera, la marca o sello que Dios pone sobre sus siervos?
(3) «Pero ahora son santos (vuestros hijos)». 1 Corintios 7:14. No se llama santos a los niños como si estuvieran libres del pecado original; sino que, según el juicio de la caridad, han de ser tenidos por santos y verdaderos miembros de la iglesia de Dios, porque sus padres son creyentes. De ahí que aquel excelente teólogo, el señor Hildersam, diga «que los hijos de los fieles, tan pronto como nacen, tienen una santidad de pacto, y por tanto un derecho y un título al bautismo, que es la señal del pacto».
(4) Por la opinión de los padres de la Iglesia y la práctica de la iglesia. Los antiguos padres fueron firmes defensores del bautismo de infantes, como Ireneo, Basilio, Lactancio, Cipriano y Agustín. Era práctica de la iglesia griega bautizar a sus infantes. Erasmo dice que el bautismo de infantes se ha usado en la iglesia de Dios durante más de mil cuatrocientos años. Y Agustín, en su libro contra Pelagio, afirma que ha sido costumbre de la iglesia en todas las épocas bautizar a los infantes. Más aún, fue una práctica apostólica. Pablo afirma que bautizó a toda la casa de Estéfanas. 1 Corintios 1:16.
Habiendo visto los argumentos de la Escritura a favor del bautismo de infantes, consideremos si es legítima la práctica de los que retrasan el bautismo de los niños hasta una edad más madura. Por mi parte, no puedo deducirla de la Escritura. Aunque leemos que en tiempos de los apóstoles se bautizaban personas adultas, llegadas a la edad de la discreción, eran personas que se convertían de la idolatría pagana a la verdadera fe ortodoxa; pero que en una iglesia cristiana los hijos de los creyentes hayan de quedar sin bautizar durante varios años, no conozco ni precepto ni ejemplo para ello en la Escritura, sino que es del todo apócrifo. Contra el bautismo de personas llegadas a la madurez podemos argumentar ab effectu, por sus malas consecuencias. Sumergen a las personas que bautizan, de la cabeza a los pies, en agua fría, y desnudas; lo cual, además de indecente, es peligroso, y muchas veces ha ocasionado enfermedades crónicas, y aun la misma muerte; y así es una clara violación del sexto mandamiento. Hasta qué punto Dios ha entregado a muchos de los que están por diferir el bautismo a otras opiniones viles y prácticas viciosas, es evidente si consultamos la historia; sobre todo si leemos los hechos de los anabaptistas en Alemania.
Primera aplicación. Mira las riquezas de la bondad de Dios, que no solo quiere ser el Dios de los creyentes, sino que toma a su descendencia en pacto con ellos. «Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti». Génesis 17:7. Un padre tiene por gran privilegio que no solo su propio nombre, sino también el de su hijo, figure en un testamento.
Segunda aplicación. Son dignos de reproche los padres que prohíben que los niños pequeños sean traídos a Cristo, y les niegan esta ordenanza. Al negar el bautismo a sus infantes, los excluyen de ser miembros de la iglesia visible, de modo que sus infantes son paganos de pecho. Los que niegan el bautismo a sus hijos hacen que las instituciones de Dios bajo la ley sean más llenas de bondad y de gracia para con los niños que bajo el evangelio; lo cual, cuán extraña paradoja sea, lo dejo a tu juicio.
Tercera aplicación. Para exhortación. (1) Los que estamos bautizados, procuremos hallar los benditos frutos del bautismo en nuestra propia alma; no solo tener las señales del pacto, sino la gracia del pacto. Muchos se glorían en su bautismo. Los judíos se gloriaban en su circuncisión a causa de sus privilegios reales: de ellos eran la adopción, la gloria y los pactos. Romanos 9:4. Pero muchos de ellos fueron una vergüenza y un oprobio para su circuncisión. «Porque el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros». Romanos 2:24. Los judíos escandalosos, aunque circuncidados, eran a los ojos de Dios como paganos. «¿No me sois vosotros como hijos de etíopes?, dice el Señor». Amós 9:7. ¡Ay! ¿Qué es tener el nombre de Cristo y carecer de su imagen? ¿Qué es el bautismo de agua sin el bautismo del Espíritu? Muchos cristianos bautizados no son mejores que los paganos. ¡Oh, procuremos hallar los frutos del bautismo: que Cristo sea formado en nosotros (Gálatas 4:19); que nuestra naturaleza sea cambiada; que seamos hechos santos y celestiales! Esto es ser bautizados en Jesús. Romanos 6:3. Los que viven de un modo indigno de su bautismo pueden ir al infierno con el agua del bautismo en la cara y el pan del sacramento en la boca.
(2) Procuremos hacer buen uso de nuestro bautismo. Usémoslo como escudo contra las tentaciones. Satanás, me he entregado a Dios con un voto sagrado en el bautismo; no soy mío, soy de Cristo; por tanto, no puedo ceder a tus tentaciones, porque quebrantaría el juramento de lealtad que hice a Dios en el bautismo. Lutero nos habla de una mujer piadosa que, cuando el diablo la tentaba a pecar, respondía: Satanás, baptizata sum, «estoy bautizada»; y así rechazaba al tentador.
Usémoslo como acicate para la santidad. Recordando nuestro bautismo, animémonos a cumplir nuestros compromisos bautismales; renunciando al mundo, a la carne y al diablo, consagrémonos a Dios y a su servicio. Ser bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo implica una solemne dedicación de nosotros mismos al servicio de las tres Personas de la Trinidad. No basta con que nuestros padres nos dediquen a Dios en el bautismo; debemos dedicarnos nosotros mismos a él; a esto se le llama vivir para el Señor. Romanos 14:8. Nuestra vida debe emplearse en adorar a Dios, en amar a Dios, en exaltar a Dios; debemos andar como es digno del evangelio. Filipenses 1:27. Debemos resplandecer como estrellas en el mundo y vivir como ángeles en la tierra.
Usémoslo como argumento para el valor. Debemos estar dispuestos a confesar a la santa Trinidad, en cuyo nombre fuimos bautizados. Con la conversión del corazón ha de ir la confesión de la lengua. «Todo aquel que me confesare delante de los hombres, también el Hijo del Hombre lo confesará delante de los ángeles de Dios». Lucas 12:8. Pedro confesó abiertamente a Cristo crucificado. Hechos 4:10. Cipriano, hombre de espíritu valiente, era como una roca a la que ninguna ola podía sacudir; como un diamante al que ninguna espada podía cortar. Confesó a Cristo ante el procónsul y se dejó proscribir; más aún, escogió la muerte antes que traicionar las verdades de Cristo. El que no se atreve a confesar a la santa Trinidad avergüenza su bautismo, y Dios se avergonzará de reconocerlo en el día del juicio.
Cuarta aplicación. ¡Mira cuán terrible es el pecado de la apostasía! Es renunciar a nuestro bautismo. Es un perjurio condenable apartarse de Dios después de un voto solemne. «Demas me ha desamparado». 2 Timoteo 4:10. Se hizo renegado, y después llegó a ser sacerdote en un templo de ídolos, dice Doroteo. Juliano el Apóstata, observa Gregorio Nacianceno, se bañó en la sangre de bestias ofrecidas en sacrificio a los dioses paganos; y así, en cuanto de él dependía, se lavó de su bautismo anterior. El caso de los que caen después del bautismo es terrible. «Si alguno retrocediere». Hebreos 10:38. La palabra griega para retroceder alude a un soldado que se escabulle de su bandera; así, si alguno se escabulle de Cristo y se pasa al bando del diablo, «no agradará a mi alma»; es decir, me vengaré de él severamente; embriagaré mis saetas con su sangre. Si todas las plagas de la Biblia pueden hacer desdichado a ese hombre, lo será.
Capítulo 21 completado
4.4 El bautismo