Los Diez Mandamientos
3.3 La ira de Dios

Capítulo 17 · 14 min de lectura · 18 min de escucha

3.3 La ira de Dios

¿Qué merece todo pecado?

La ira y la maldición de Dios, tanto en esta vida como en la venidera.

«Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno». Mateo 25:41. El hombre, habiendo pecado, es como un favorito caído de la gracia del rey, y merece la ira y la maldición de Dios. Merece la maldición de Dios. Gálatas 3:10. Así como, cuando Cristo maldijo la higuera, esta se secó, así, cuando Dios maldice a alguien, este se seca en su alma. Mateo 21:19. La maldición de Dios marchita todo lo que toca. Merece también la ira de Dios, que no es otra cosa que la ejecución de su maldición.

¿Qué es esta ira?

I. Es privativa; es decir, priva de las sonrisas del rostro de Dios. Es infierno suficiente ser excluido de su presencia, en cuya presencia hay «hartura de alegrías». Salmos 16:11. Su rostro sonriente tiene tal esplendor y hermosura que arrebata de deleite a los ángeles. Este es el diamante en el anillo de la gloria. Si fue tal desdicha para Absalón no poder ver el rostro del rey, ¿qué será para los impíos quedar excluidos de contemplar el rostro amable de Dios? Privatio Divinae visionis omnium suppliciorum summum [Ser privado de la vista de Dios es el mayor de todos los castigos].

II. Esta ira tiene en sí algo positivo. Es la «ira hasta el extremo» que vino sobre ellos. 1 Tesalonicenses 2:16.

[I] La ira de Dios es irresistible. «¿Quién conoce la fortaleza de tu ira?». Salmos 90:11. Los pecadores pueden oponerse a los caminos de Dios, pero no a su ira. ¿Contenderán las zarzas con el fuego? ¿Contenderá lo finito con lo infinito? «¿Tienes tú brazo como Dios?». Job 40:9.

[2] La ira de Dios es terrible. El proverbio español dice: No es tan fiero el león como lo pintan. Somos propensos a tener pensamientos ligeros de la ira de Dios; pero es tremenda y espantosa en extremo, como si le dejaran caer a uno plomo hirviendo en los ojos. La palabra hebrea para ira significa calor. Para mostrar que la ira de Dios es ardiente, se la compara en el texto con el fuego. El fuego, cuando está en su furia, es temible. Así la ira de Dios es como fuego: es lo terrible de lo terrible. Cualquier otro fuego es pintado al lado de este. Si, cuando la ira de Dios se enciende solo un poco y una chispa de ella salta a la conciencia de un impío en esta vida, es tan terrible, ¿qué será cuando Dios «despierte todo su enojo»? Salmos 78:38. ¡Qué triste está el alma en el abandono! Dios moja entonces su pluma en hiel y «escribe amarguras»; sus flechas envenenadas se clavan con fuerza en el corazón. «Mientras sufro tus terrores, estoy fuera de mí; sobre mí han pasado tus iras». Salmos 88:15, 16. Lutero, en el abandono, sufrió tal horror de espíritu que nec calor, nec sanguis superesset [no le quedaba calor ni sangre]; no se le veía sangre en el rostro, sino que yacía como muerto. Ahora bien, si la ira de Dios es tal para con los que él ama, ¿qué será para con los que aborrece? Si los que apenas sorben de la copa la encuentran tan amarga, ¿qué harán los que beban sus heces? Salmos 75:8. Salomón dice: «Como el bramido del cachorro de león es la ira del rey». Proverbios 19:12. ¿Qué será entonces la ira de Dios? Cuando Dios reúne todas sus fuerzas y se pone en orden de batalla contra un pecador, ¿cómo podrá resistir su corazón? Ezequiel 22:14. ¿Quién podrá yacer bajo montañas de ira? Dios es el amigo más dulce, pero el enemigo más terrible.

(1) La ira de Dios se apoderará de cada parte del pecador. Del cuerpo. El cuerpo, que era tan delicado que no soportaba el calor ni el frío, será atormentado en el lagar de la ira de Dios. Esos ojos que antes podían contemplar objetos lascivos serán atormentados con la vista de los demonios. Los oídos, que antes se deleitaban con la música, serán atormentados con los alaridos espantosos de los condenados. La ira de Dios se apoderará del alma del réprobo. El fuego ordinario no puede tocar el alma. Cuando los cuerpos de los mártires se consumían, sus almas triunfaban en las llamas; pero la ira de Dios quema el alma. La memoria será atormentada al recordar los medios de gracia de los que se abusó. La conciencia será atormentada con sus propias acusaciones. El pecador se acusará a sí mismo por sus pecados de presunción, por haber malgastado sus horas preciosas y por haber resistido al Espíritu Santo.

(2) La ira de Dios es sin intermisión. El infierno es lugar de morada, pero no de descanso; no hay ni un minuto de reposo. El dolor exterior tiene algún alivio. Si es el mal de piedra o el cólico, el paciente tiene a veces descanso; pero los tormentos de los condenados no tienen intermisión; el que siente la ira de Dios nunca dice: «Tengo alivio».

(3) La ira de Dios es eterna. Así lo dice el texto: «fuego eterno». Ninguna lágrima puede apagar la llama de la ira de Dios; no, aunque pudiéramos derramar ríos de lágrimas. En todos los dolores de esta vida los hombres esperan que cesen —el sufrimiento no durará mucho; o muere el atormentador o el atormentado—; pero la ira de Dios está siempre alimentándose del pecador. Lo terrible del fuego natural es que consume lo que quema; pero lo que hace terrible el fuego de la ira de Dios es que no consume lo que quema. Sic morientur damnati ut semper vivunt [Los perdidos morirán de tal manera que permanecerán siempre vivos]. Bernardo. El pecador estará siempre en el horno. Después de innumerables millones de años, la ira de Dios estará tan lejos de terminar como al principio. Si toda la tierra y el mar fueran arena, y cada mil años viniera un pájaro y se llevara un grano, mucho tiempo pasaría antes de vaciarse aquel inmenso montón de arena; pero si, después de todo ese tiempo, los condenados pudieran salir del infierno, habría alguna esperanza; mas esta palabra, «Siempre», quebranta el corazón.

¿Cómo se compagina con la justicia de Dios castigar con fuego eterno un pecado que quizá se cometió en un momento?

Por razón de la naturaleza atroz del pecado. Considera la Persona ofendida: es Crimen laesae majestatis [un crimen de la más alta traición]. El pecado se comete contra una majestad infinita, por tanto es infinito, y el castigo ha de ser infinito. Como la naturaleza del hombre no es sino finita, y el pecador no puede soportar de una vez una ira infinita, tiene que ir satisfaciendo a lo largo de la eternidad lo que no puede satisfacer de una vez.

(4) Mientras los impíos yacen abrasándose en las llamas de la ira, no tienen a nadie que se compadezca de ellos. Es algún alivio del dolor tener quien se conduela con nosotros; pero a los impíos se les muestra ira y ninguna compasión. ¿Quién tendrá lástima de ellos? Dios no. Ellos se burlaron de su Espíritu, y ahora él se reirá de su calamidad. Proverbios 1:26. Los santos no tendrán lástima de ellos. Ellos los persiguieron en la tierra, y por eso se alegrarán de ver ejecutada en ellos la justicia de Dios. «Se alegrará el justo cuando viere la venganza». Salmos 58:10.

(5) El pecador bajo la ira no tiene a nadie que diga una buena palabra en su favor. Si una persona elegida peca, tiene quien interceda por ella. «Abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo». 1 Juan 2:1. Cristo dirá: «Es uno de mis amigos, uno por quien he derramado mi sangre; Padre, perdónalo». Pero los impíos que mueren en su pecado no tienen a nadie que interceda por ellos; tienen acusador, pero no abogado; la sangre de Cristo no abogará por ellos; despreciaron a Cristo y rehusaron someterse a su gobierno, y por eso la sangre de Cristo clama contra ellos.

[3] La ira de Dios es justa. La palabra griega para venganza significa justicia. Los impíos beberán un mar de ira, pero ni una gota de injusticia. Es justo que la honra de Dios sea reparada, ¿y cómo puede serlo sino castigando a los ofensores? El que infringe las leyes del rey merece la pena. La misericordia va por favor; el castigo, por merecimiento. «Nuestra es la confusión de rostro». Daniel 9:8. La ira es lo que nos corresponde por ser pecadores; se nos debe como cualquier salario que se paga.

Aplicación primera. De instrucción. (1) Dios queda justificado al condenar a los pecadores en el día postrero. Merecen la ira, y no es injusticia darles lo que merecen. Si un malhechor merece la muerte, el juez no le hace ningún agravio al condenarlo.

(2) Mira qué gran mal es el pecado, que expone a una persona a la ira de Dios para siempre. Por la garra se conoce al león; y por la ira y la maldición que trae puedes conocer qué mal tan grande es el pecado. Cuando ves a un hombre arrastrado en un zarzo hacia la ejecución, concluyes que es culpable de algún crimen capital que acarrea tal castigo; así, cuando un hombre yace bajo la zona tórrida de la ira de Dios y ruge entre llamas, has de decir: «¡Qué mal tan horrendo es el pecado!». Los que ahora no ven mal alguno en jurar o en quebrantar el día de reposo verán qué negro se ve en el espejo de los tormentos del infierno.

(3) Mira aquí una escritura en la pared, algo que puede frenar la alegría del pecador. Ahora está alegre y retozón, canturrea al son de la vihuela e inventa instrumentos músicos (Amós 6:5); bebe «aguas hurtadas» y dice que «son dulces»; pero recuerde que la ira y la maldición de Dios penden sobre él, y que en breve, si no se arrepiente, se ejecutarán sobre él. Dionisio, sentado a la mesa, creyó ver una espada desnuda suspendida sobre su cabeza; pero la espada de la justicia de Dios pende sobre el pecador, y cuando se corta el delgado hilo de la vida, cae sobre él. «Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu juventud . . . mas sabe que sobre todas estas cosas te traerá Dios a juicio». Eclesiastés 11:9. Por una gota de placer tendrás que beber un mar de ira. Tu placer no puede ser tan dulce como amarga es la ira. Los deleites de la carne no pueden compensar el horror de la conciencia. Mejor es quedarse sin la miel del diablo que ser picado por la ira de Dios. El huerto del Edén, que significa deleite, tenía una espada encendida colocada a su lado oriental. Génesis 3:24. El huerto del deleite carnal y pecaminoso está rodeado por la espada encendida de la ira de Dios.

Aplicación segunda. De reprensión. Se reprende la insensibilidad de los pecadores, que no se conmueven más ante la maldición y la ira de Dios que les es debida. «No discurre para consigo». Isaías 44:19. Si estuvieran endeudados y el alguacil estuviera a punto de arrestarlos, eso sí los conmovería; pero aunque la ira ardiente de Dios esté pronta para arrestarlos, no se acuerdan de ella. Aunque la bestia no tiene vergüenza, tiene temor: le teme al fuego; pero los pecadores son peores que los brutos, porque no temen el «fuego del infierno» hasta que están en él. La mayoría tiene la conciencia dormida o cauterizada; pero cuando vean gotear las copas de la ira de Dios, clamarán como el rico: «¡Oh, soy atormentado en esta llama!». Lucas 16:24.

Aplicación tercera. De exhortación. (1) Adoremos la paciencia de Dios, que en todo este tiempo no ha traído sobre nosotros esta ira y maldición. Hemos merecido la ira, y sin embargo Dios no nos ha dado lo que merecemos. Todos podemos suscribir el Salmo 103:8: «El Señor es lento para la ira»; y el versículo 10: «No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades». Dios ha aplazado su ira y nos ha dado tiempo para arrepentirnos. Apocalipsis 2:21. No es como un acreedor impaciente, que exige la deuda y no da plazo para el pago; dispara su cañonazo de aviso para no tener que disparar su pieza mortífera. «El Señor es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca». 2 Pedro 3:9. Dios aplaza el tribunal para ver si los pecadores se convierten; detiene la tormenta de su ira; pero si los hombres no quieren ser advertidos, sepan que la larga paciencia no es perdón.

(2) Esforcémonos por prevenir la ira que hemos merecido. ¡Cuán cuidadosos son los hombres para prevenir la pobreza o la deshonra! Oh, esfuérzate por prevenir la ira eterna de Dios, para que no solo sea aplazada, sino quitada.

¿Qué haremos para prevenir y escapar de la ira venidera?

[1] Obtener parte en Jesucristo. Cristo es el único escudo que se interpone entre nosotros y la ira de Dios; él sintió la ira de Dios para que los que creen en él nunca la sientan. «Jesús, el cual nos libró de la ira que ha de venir». 1 Tesalonicenses 1:10. El horno de fuego de Nabucodonosor era figura de la ira de Dios, y aquel horno no chamuscó las ropas de los tres jóvenes, ni «olor de fuego había pasado por ellos». Daniel 3:27. Jesucristo entró en el horno de la ira de su Padre; y el olor del fuego del infierno nunca pasará por los que creen en él.

[2] Si queremos prevenir la ira de Dios, guardémonos de los pecados que la provocan. Edmundo, sucesor de Anselmo, solía decir: «Antes saltaría a un horno de fuego que cometer voluntariamente un pecado contra Dios». Hay varios pecados ardientes de los que debemos guardarnos, que provocan el fuego de la ira de Dios. El fuego de la ira precipitada. Algunos que profesan la religión no saben refrenar la lengua; no les importa lo que dicen en su enojo; hasta maldicen en sus arrebatos. Santiago dice: «La lengua es inflamada del infierno»; capítulo 3:6. ¡Oh, guárdate de una «lengua de fuego», no sea que te lleve al «tormento de fuego»! El rico pidió una gota de agua para refrescar su lengua. Cipriano dice que había ofendido más con la lengua, y que ahora era ella la que más ardía. Guárdate del fuego de la malicia. La malicia es un humor maligno por el cual deseamos mal a otros; es una alimaña que vive de sangre; medita venganza. Calígula tenía un cofre donde guardaba venenos mortales para aquellos contra quienes tenía malicia. El fuego de la malicia lleva a los hombres al horno de fuego de la ira de Dios. Guárdate del pecado de la impureza. «A los fornicarios y a los adúlteros juzgará Dios». Hebreos 13:4. Los que arden en impureza corren gran peligro de arder un día en el infierno. Que un fuego apague al otro; que el fuego de la ira de Dios apague el fuego de la lujuria.

(3) A ti, que tienes una esperanza bien fundada de que no sentirás esta ira que has merecido, permíteme exhortarte a ser muy agradecido con Dios, que ha dado a su Hijo para salvarte de esta ira tremenda. Jesús te ha librado de la ira venidera. El Cordero de Dios fue abrasado en el fuego de la ira de Dios por ti. Cristo sintió la ira que él no merecía, para que tú escaparas de la ira que has merecido. Plinio observa que no hay nada mejor para apagar el fuego que la sangre. La sangre de Cristo ha apagado por ti el fuego de la ira de Dios. «Sobre mí tu maldición», dijo Rebeca a Jacob. Génesis 27:13. Así dijo Cristo a la justicia de Dios: «Sobre mí sea la maldición, para que mis elegidos hereden la bendición». Sé paciente en todas las aflicciones que sufres. La aflicción es aguda, pero no es ira, no es infierno. ¿quién no bebería de buena gana de la copa de la aflicción sabiendo que nunca beberá de la copa de la condenación? ¿Quién no estaría dispuesto a soportar la ira del hombre sabiendo que nunca sentirá la ira de Dios?

Cristiano, aunque sientas la vara, nunca sentirás el hacha sangrienta. Agustín dijo una vez: «Hiere, Señor, donde quieras, con tal que el pecado esté perdonado». Di tú así: «Aflígeme, Señor, como quieras en esta vida, pues escaparé de la ira venidera».

Capítulo 17 completado

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