Los Diez Mandamientos
3.1 La incapacidad del hombre para guardar la ley moral

Capítulo 15 · 12 min de lectura · 16 min de escucha

3.1 La incapacidad del hombre para guardar la ley moral

¿Puede algún hombre guardar perfectamente los mandamientos de Dios?

Ningún mero hombre, desde la caída, puede en esta vida guardar perfectamente los mandamientos de Dios, sino que cada día los quebranta de pensamiento, palabra y obra.

«Todos ofendemos en muchas cosas.» Santiago 3:2. El hombre, en su estado primitivo de inocencia, estaba dotado de capacidad para guardar toda la ley moral. Tenía rectitud de mente, santidad de voluntad y perfección de poder. Tenía la copia de la ley de Dios escrita en el corazón; tan pronto como Dios mandaba, él obedecía. Así como la llave se ajusta a todas las guardas de la cerradura y puede abrirlas, así Adán tenía un poder ajustado a todos los mandamientos de Dios y podía obedecerlos. La obediencia de Adán corría paralela a la ley moral, como un reloj de sol bien hecho va exactamente con el sol. El hombre en la inocencia era como un órgano bien afinado: estaba dulcemente afinado con la voluntad de Dios; estaba adornado de santidad como los ángeles, pero no confirmado en la santidad como los ángeles. Era santo, pero mudable; cayó de su pureza, y nosotros con él. El pecado cortó el mechón de la justicia original, donde estaba nuestra fuerza; trajo languidez y desfallecimiento a nuestras almas; y nos ha debilitado tanto que nunca recobraremos nuestra plena fuerza hasta que nos vistamos de inmortalidad. Lo que ahora he de demostrar es que no podemos rendir perfecta obediencia a la ley moral.

I. La condición del hombre no regenerado es tal que no puede obedecer perfectamente todos los mandamientos de Dios. Tanto podría tocar las estrellas, o medir el océano a palmos, como rendir exacta obediencia a la ley. Una persona no regenerada no puede obrar espiritualmente: no puede orar en el Espíritu Santo, no puede vivir por la fe, no puede cumplir el deber por amor al deber; y si no puede cumplir el deber espiritualmente, mucho menos perfectamente. Ahora bien, es evidente que el hombre natural no puede rendir perfecta obediencia a la ley moral. (1) Porque está espiritualmente muerto. Efesios 2:1. ¿Cómo puede, estando muerto, guardar perfectamente los mandamientos de Dios? Un muerto no es apto para la acción. El pecador lleva sobre sí los síntomas de la muerte. No tiene sentido: no tiene sentido del mal del pecado, ni de la santidad y veracidad de Dios; por eso se dice que ha perdido toda sensibilidad. Efesios 4:19. No tiene fuerza. Romanos 5:6. ¿Qué fuerza tiene un muerto? El hombre natural no tiene fuerza para negarse a sí mismo ni para resistir la tentación; está muerto; ¿y puede un muerto cumplir la ley moral? (2) El hombre natural no puede guardar perfectamente todos los mandamientos de Dios porque nace en pecado y vive en pecado. Salmo 51:5. «Bebe la iniquidad como agua.» Job 15:16. Todos los designios de sus pensamientos son malos, y solo malos. Génesis 6:5. El menor mal pensamiento es una violación de la ley real; y si hay defección, no puede haber perfección. Así como el hombre natural no tiene poder para guardar la ley moral, tampoco tiene voluntad. No solo está muerto, sino peor que muerto. Un muerto no hace daño, pero hay una vida de resistencia contra Dios que acompaña a la muerte del pecado. El hombre natural no solo no puede guardar la ley por debilidad, sino que la quebranta por obstinación. «Pondremos por obra toda palabra que ha salido de nuestra boca, para ofrecer incienso a la reina del cielo.» Jeremías 44:17.

II. Así como los no regenerados no pueden guardar perfectamente la ley moral, tampoco pueden los regenerados. «No hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque»; más aún, que «no peque al hacer el bien». Eclesiastés 7:20. Hay en las mejores acciones del justo algo digno de condenación, si Dios lo pesara en la balanza de la justicia. ¡Ay, cuán infestados de moscas están sus deberes! No puede orar sin distraerse, ni creer sin dudar. «El querer está en mí, mas el efectuarlo no lo alcanzo.» En griego dice: «Cómo hacerlo cabalmente, no lo alcanzo». Romanos 7:18. Pablo, aunque santo de primera magnitud, era mejor para querer que para efectuar. María preguntó dónde habían puesto a Cristo, porque tenía intención de llevárselo, pero le faltaban fuerzas; así los regenerados tienen voluntad de obedecer perfectamente la ley de Dios, pero les faltan fuerzas; su obediencia es débil y enfermiza. El blanco al que han de tirar es la perfección de la santidad; pero aunque apunten bien, hagan lo que hagan, no alcanzan el blanco. «Porque no hago el bien que quiero.» Romanos 7:19. El cristiano, mientras sirve a Dios, es como el barquero que maneja el remo y rema con fuerza, pero se ve estorbado, porque una ráfaga de viento lo hace retroceder; así dice Pablo: «Porque no hago el bien que quiero»; la tentación me hace retroceder. Ahora bien, si hay alguna falta en la obediencia de un hombre, no puede ser un comentario perfecto de la ley de Dios. La obediencia de la virgen María no fue perfecta; necesitó la sangre de Cristo para lavar sus lágrimas. Aarón debía hacer expiación por el altar, para mostrar que la ofrenda más santa tiene contaminación y necesita que se haga expiación por ella. Éxodo 29:37.

Si el hombre no tiene poder para guardar toda la ley moral, ¿por qué Dios se la exige? ¿Es esto justicia?

Aunque el hombre ha perdido su poder de obedecer, Dios no ha perdido su derecho de mandar. Si un amo confía dinero a un siervo para que lo emplee, y el siervo lo malgasta disolutamente, ¿no puede el amo exigírselo con justicia? Dios nos dio poder para guardar la ley moral, el cual perdimos por jugar con el pecado; pero ¿no puede Dios seguir exigiendo perfecta obediencia o, en caso de incumplimiento, castigarnos con justicia?

¿Por qué permite Dios tal incapacidad en el hombre para guardar la ley?

Lo hace: (1) Para humillarnos. El hombre es una criatura que se ensalza a sí misma; y si tiene algo de valor, está pronto a envanecerse; pero cuando llega a ver sus deficiencias y faltas, y cuán lejos está de la santidad y perfección que la ley de Dios exige, eso abate las plumas de su orgullo y las echa en el polvo; llora su incapacidad; se sonroja de sus manchas leprosas; dice con Job: «Me aborrezco en el polvo y en la ceniza». (2) Dios deja sobre nosotros esta incapacidad para que recurramos a Cristo, a fin de obtener perdón por nuestros defectos y rociar con su sangre nuestros mejores deberes. Cuando un hombre ve que debe perfecta obediencia a la ley, pero no tiene con qué pagar, eso lo hace huir a Cristo para que sea su amigo, responda por él a todas las demandas de la ley y lo deje libre en el tribunal de la justicia.

Aplicación primera. Aquí hay motivo de humillación por nuestra caída en Adán. En el estado de inocencia éramos perfectamente santos; nuestra mente estaba coronada de conocimiento, y nuestra voluntad, como una reina, empuñaba el cetro de la libertad; pero ahora podemos decir: «Cayó la corona de nuestra cabeza». Lamentaciones 5:16. Hemos perdido aquel poder que era inherente a nosotros. Cuando miramos atrás a nuestra gloria primitiva, cuando brillábamos como ángeles terrenales, podemos hacer nuestras las palabras de Job: «¡Quién me volviese como en los meses pasados!», cap. 29:2; ¡ojalá fuera con nosotros como al principio, cuando no había mancha en nuestra naturaleza virgen, cuando había perfecta armonía entre la ley de Dios y la voluntad del hombre! Pero, ¡ay!, cuán cambiado está el escenario: nuestra fuerza se ha ido de nosotros; pisamos torcido a cada paso; quedamos por debajo de cada precepto; nuestra pequeñez de enanos no alcanza la sublimidad de la ley de Dios; fallamos en nuestra obediencia; y al fallar, perdemos nuestro derecho. Esto debería ponernos de luto profundo y abrir en todas nuestras almas una vía de agua de tristeza.

Aplicación segunda. De refutación. (1) Refuta a los arminianos, que ensalzan el poder de la voluntad. Sostienen que tienen voluntad para salvarse a sí mismos. Pero por naturaleza no solo nos falta fuerza, sino que nos falta voluntad para lo bueno. Romanos 5:6. La voluntad no solo está llena de debilidad, sino de obstinación. «Israel no me quiso a mí.» Salmo 81:11. La voluntad enarbola una bandera de desafío contra Dios. Los que hablan del poder soberano de la voluntad olvidan que «Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer». Filipenses 2:13. Si el poder está en la voluntad del hombre, ¿qué necesidad hay de que Dios obre en nosotros el querer? Si el aire pudiera iluminarse a sí mismo, ¿qué necesidad habría de que el sol brillara? Los que hablan del poder de la naturaleza y de su capacidad para salvarse a sí mismos menosprecian los méritos de Cristo. Puedo decir (como Gálatas 5:4): «Cristo ha venido a ser de ningún efecto para ellos». Los que ensalzan el poder de su voluntad en asuntos de salvación, sin la gracia medicinal de Cristo, se colocan absolutamente bajo el pacto de obras. Yo preguntaría: «¿Pueden guardar perfectamente la ley moral?». Malum oritur ex quolibet defectu [El mal se manifiesta en cualquier defecto]. Si hay el menor defecto en su obediencia, están perdidos. Por un solo pensamiento pecaminoso la ley de Dios los maldice y la justicia de Dios los condena. Confundido sea el orgullo de los que ensalzan el poder de la naturaleza, como si por sus propias capacidades inherentes pudieran levantar un edificio cuya cúspide llegara al cielo.

(2) Refuta a esa clase de personas que se jactan de perfección y que, conforme a ese principio, pueden guardar perfectamente todos los mandamientos de Dios. Yo preguntaría a tales si nunca les ha venido a la mente un pensamiento vano. Si les ha venido, entonces no son perfectos. La virgen María no era perfecta. Aunque su vientre era puro (pues la cubrió con su sombra el Espíritu Santo), su alma no era perfecta. Cristo supone tácitamente una falta en ella. Lucas 2:49. ¿Y son ellos más perfectos que la bienaventurada virgen? Los que sostienen la perfección no necesitan confesar pecado. David confesó su pecado, y Pablo confesó su pecado. Salmo 32:5; Romanos 7:25. Pero ellos han ido más allá de David y de Pablo; son perfectos, nunca transgreden; y donde no hay transgresión, ¿qué necesidad hay de confesión? Además, si son perfectos, no necesitan pedir perdón. Pueden pagar a la justicia de Dios lo que deben; entonces, ¿para qué orar: «Perdónanos nuestras deudas»? ¡Oh, que el diablo meza a los hombres en un sueño tan profundo que los haga soñar con la perfección! ¿Alegan: «Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos»? Filipenses 3:15. Perfección significa allí sinceridad. Dios es el más capaz de interpretar su propia palabra. Él llama perfección a la sinceridad. «Varón perfecto y recto.» Job 1:8. Pero ¿quién es exactamente perfecto? Tanto podría decir que está sano un hombre lleno de enfermedades, como decir que es perfecto un hombre lleno de pecados.

Aplicación tercera. De aliento para los regenerados. Aunque falles en tu obediencia y no puedas guardar exactamente la ley moral, no te desanimes.

¿Qué consuelo puede darse a una persona regenerada bajo las faltas e imperfecciones de su obediencia?

Que el creyente no está bajo el pacto de obras, sino bajo el pacto de gracia. El pacto de obras exige obediencia perfecta, personal y perpetua; pero en el pacto de gracia Dios hará algunas rebajas; aceptará menos de lo que exigía en el pacto de obras. (1) En el pacto de obras Dios exigía perfección de grados; en el pacto de gracia acepta perfección de partes. Allí exigía obrar perfectamente; aquí acepta creer sinceramente. En el pacto de obras Dios nos exigía vivir sin pecado; en el pacto de gracia acepta nuestro combate contra el pecado. (2) Aunque el cristiano no puede cumplir en su propia persona todos los mandamientos de Dios, Cristo, como su Fiador y en su lugar, ha cumplido la ley por él; y Dios acepta la obediencia de Cristo, que es perfecta, como satisfacción por aquella obediencia que es imperfecta. Habiendo sido Cristo hecho maldición por los creyentes, a todas las maldiciones de la ley se les ha arrancado el aguijón. (3) Aunque el cristiano no puede guardar los mandamientos de Dios hasta dar satisfacción, sí puede guardarlos hasta obtener aprobación.

¿Cómo es eso?

(1) Da su pleno asentimiento y consentimiento a la ley de Dios. «La ley es santa y justa»: había asentimiento en el juicio. Romanos 7:12. «Consiento en que la ley es buena»: había consentimiento en la voluntad. Romanos 7:16.

(2) El cristiano se lamenta de no poder guardar plenamente los mandamientos. Cuando falla, llora; no se enoja con la ley por ser tan estricta, sino consigo mismo por ser tan deficiente.

(3) Se deleita dulce y complacidamente en la ley. «Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios.» Romanos 7:22. En griego: «Me complazco en ella». «¡Oh, cuánto amo yo tu ley!» Salmo 119:97. Aunque el cristiano no puede guardar la ley de Dios, ama su ley; aunque no puede servir a Dios perfectamente, le sirve de buena gana.

(4) Su deseo cordial es andar en todos los mandamientos de Dios. «¡Ojalá fuesen ordenados mis caminos para guardar tus estatutos!» Salmo 119:5. Aunque su fuerza desfallezca, su pulso sigue latiendo.

(5) Se esfuerza de veras por obedecer perfectamente la ley de Dios; y en lo que se queda corto, acude a la sangre de Cristo para suplir sus defectos. Este deseo cordial y este esfuerzo real, Dios los estima como obediencia perfecta. «Si primero hay la voluntad dispuesta, será acepta.» 2 Corintios 8:12. «Hazme oír tu voz; porque dulce es la voz tuya.» Cantares 2:14. Aunque las oraciones de los justos estén mezcladas con pecado, Dios ve que querrían orar mejor. Él separa las malas hierbas de las flores; ve la fe y soporta la falta. La obediencia de los santos, aunque no llegue a la perfección legal, teniendo sinceridad, y mezclados con ella los méritos de Cristo, halla aceptación misericordiosa. Cuando el Señor ve esfuerzos por la obediencia perfecta, los recibe con agrado de nuestras manos; como un padre que recibe una carta de su hijo, aunque tenga borrones y faltas de ortografía, lo toma todo a buena parte. ¡Oh, cuántos borrones hay en nuestras cosas santas! Pero a Dios le place tomarlo todo a buena parte. Dice: «Es mi hijo, y lo haría mejor si pudiera; lo aceptaré».

Capítulo 15 completado

3.1 La incapacidad del hombre para guardar la ley moral

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