Capítulo 10 · 39 min de lectura · 50 min de escucha
2.6 El sexto mandamiento
«No matarás». Éxodo 20:13.
En este mandamiento hay un pecado prohibido, que es el homicidio: «No matarás»; y un deber implícito, que es preservar nuestra propia vida y la vida de los demás.
El pecado prohibido es el homicidio: «No matarás». Aquí han de entenderse dos cosas: no dañar a otro, ni a nosotros mismos.
I. No dañar a otro.
[1] No debemos dañar a otro en su nombre. «El buen nombre es un bálsamo precioso». Es una gran crueldad asesinar a un hombre en su nombre. Dañamos a otros en su nombre cuando los calumniamos y difamamos. David se queja: «Me demandaron lo que no sabía». Salmos 35:11. A los cristianos primitivos se les acusaba de incesto y de matar a sus hijos, como dice Tertuliano: Dicimur infanaticidii incestus rei [Nos acusan de infanticidio y nos tachan de incestuosos]. Esto es decapitar a otros en su buen nombre; es un daño irreparable. Ningún médico puede sanar las heridas de la lengua.
[2] No debemos dañar a otro en su cuerpo. La vida es lo más precioso; y Dios ha puesto este mandamiento como un cerco en torno a ella, para preservarla. Dio un estatuto que hasta el día de hoy nunca ha sido derogado. «El que derramare sangre del hombre, por el hombre su sangre será derramada». Génesis 9:6. En la ley antigua, si un hombre mataba a otro sin querer, podía acogerse al santuario; pero si lo mataba voluntariamente, aunque huyera al santuario, la santidad del lugar no lo defendía. «Si alguno se ensoberbeciere contra su prójimo, y lo matare con alevosía, de mi altar lo quitarás para que muera». Éxodo 21:14. En el mandamiento «No matarás» están prohibidos todos los pecados que conducen a él y son ocasión de él; como:
(1) La ira irreflexiva. La ira hierve en las venas y a menudo produce el homicidio. «En su furor mataron varón». Génesis 49:6.
(2) La envidia. Satanás envidió a nuestros primeros padres la vestidura de la inocencia y la gloria del paraíso, y no pudo descansar hasta haberles procurado la muerte. Los hermanos de José, porque su padre lo amaba y le había dado una «ropa de diversos colores», lo envidiaron y tomaron consejo para matarlo. Génesis 37:20. La envidia y el homicidio son parientes cercanos; por eso el apóstol los pone juntos: «Envidias, homicidios». Gálatas 5:21. La envidia es un pecado que quebranta ambas tablas a la vez; comienza en el descontento contra Dios y acaba en el daño contra el hombre, como vemos en Caín. Génesis 4:6, 8. El envidioso Caín primero estuvo descontento con Dios, con lo cual quebrantó la primera tabla; y luego riñó con su hermano y lo mató, y así quebrantó la segunda tabla. La ira a veces «pasa pronto», como el fuego encendido en la paja, que enseguida se apaga; pero la envidia tiene hondas raíces y no apagará su sed sin sangre. «¿Quién parará delante de la envidia?» Proverbios 27:4.
(3) El odio. Los fariseos odiaban a Cristo porque los aventajaba en dones y tenía más honra que ellos entre el pueblo. No lo dejaron hasta haberlo clavado en la cruz y haberle quitado la vida. El odio es una alimaña que vive de sangre. «Por cuanto tuviste enemistad perpetua, y derramaste la sangre de los hijos de Israel». Ezequiel 35:5. Amán odiaba a Mardoqueo porque no se inclinaba ante él, y al punto buscó venganza, haciendo sellar una orden sangrienta para la destrucción de toda la raza y descendencia de los judíos. Ester 3:9. El odio es siempre cruel. Todos estos pecados están prohibidos en este mandamiento.
¿De cuántas maneras se comete homicidio?
Puede decirse que asesinamos a otro de doce maneras. (1) Con la mano; como Joab mató a Abner y a Amasa. «Lo hirió en la quinta costilla, y derramó sus entrañas». 2 Samuel 20:10. (2) Con la mente. La malicia es homicidio mental. «Cualquiera que aborrece a su hermano es homicida». 1 Juan 3:15. Malquerer a otro y desearle mal en el corazón es asesinarlo. (3) Con la lengua, hablando en perjuicio de otro y haciendo que se le dé muerte. Así mataron los judíos al Señor de la vida, cuando se desataron contra él y lo acusaron falsamente ante Pilato. Juan 18:30. (4) Con la pluma. Así mató David a Urías, escribiendo a Joab que «pusiera a Urías delante de la fuerza de la batalla». 2 Samuel 11:15. Aunque fue la espada de los amonitas la que acabó con Urías, la pluma de David fue la causa de su muerte; y por eso el Señor dice a David por medio del profeta Natán: «Tú mataste a Urías». 2 Samuel 12:9. (5) Tramando la muerte de otro. Así, aunque Jezabel no puso sus propias manos sobre Nabot, por haber tramado su muerte y hecho que dos testigos falsos juraran contra él y lo enredaran en una acusación de traición, ella fue la homicida. 1 Reyes 21:9, 10. (6) Echando veneno en las copas. Así la esposa del emperador Cómodo mató a su marido envenenando el vino que bebía. Así, muchos matan a niños pequeños con medicinas que les causan la muerte. (7) Por la brujería y la hechicería, que estaban prohibidas bajo la ley. «No sea hallado en ti agorero, ni hechicero, ni quien consulte a los espíritus». Deuteronomio 18:10, 11. (8) Teniendo intención de matar a otro; como Herodes, so pretexto de adorar a Cristo, quería matarlo. Mateo 2:8, 13. Así, cuando Saúl hizo que David saliera contra los filisteos, pretendía que los filisteos lo mataran. «Saúl decía: No será mi mano contra él, sino la mano de los filisteos será contra él». 1 Samuel 18:17. Aquí hubo homicidio intencional, y en la cuenta de Dios era tan malo como el homicidio consumado. (9) Consintiendo en la muerte de otro; como Saulo en la muerte de Esteban. «Yo también estaba presente, y consentía en su muerte». Hechos 22:20. El que da su consentimiento es cómplice del homicidio. (10) No impidiendo la muerte de otro cuando está en nuestro poder. Pilato sabía que Cristo era inocente. «Yo no hallo en él ningún crimen», dijo; pero no impidió su muerte; por eso fue culpable. Lavarse las manos en agua no pudo lavar la culpa de la sangre de Cristo. (11) Por falta de misericordia. Quitando lo necesario para el sustento de la vida; como quitar las herramientas o útiles con que un hombre se gana la vida. «Nadie tomará en prenda la muela de molino, ni la de arriba ni la de abajo, porque sería tomar en prenda la vida». Deuteronomio 24:6. O no socorriéndolo cuando está a punto de perecer. Puedes ser la muerte de otro tanto por no socorrerlo como por hacerle violencia. Si no alimentas al que se muere de hambre, lo matas. ¡Cuántos son así culpables de quebrantar este mandamiento! (12) No ejecutando la ley sobre los reos de delitos capitales. Si un criminal ha cometido seis homicidios, puede decirse que el juez es culpable de cinco de ellos, porque no ejecutó al criminal por su primer delito.
¿Cuáles son los agravantes de este pecado de homicidio?
(1) Derramar la sangre de otro sin causa; como matar a otro por capricho o por diversión. La abeja no pica si no se la provoca, pero muchos, sin ser provocados, quitan la vida a otro. Esto hace más sangriento el pecado de sangre. Cuanto menor es la provocación a un pecado, mayor es el pecado.
(2) Derramar la sangre de otro contra lo prometido. Así, después que los príncipes de Israel habían jurado a los gabaonitas que vivirían, Saúl los mató. Josué 9:15. 2 Samuel 21:1. Aquí había dos pecados atados juntos: perjurio y homicidio.
(3) Quitar la vida a una persona pública agrava el homicidio y lo hace mayor, como matar a un juez en su tribunal, porque representa la persona del rey. Asesinar a una persona cuyo oficio es sagrado, y que viene en embajada del Rey del cielo; cuyo asesinato puede ser el asesinato de muchos. Herodes añadió este pecado sobre todos, que encerró a Juan el Bautista en la cárcel; cuánto más el decapitarlo en la cárcel. Lucas 3:20. Manchar las manos con sangre real. A David le golpeó el corazón solo por haber cortado la orilla del manto del rey Saúl. 1 Samuel 24:5. ¿Cómo le habría golpeado el corazón a David si hubiera cortado la cabeza de Saúl?
(4) Derramar la sangre de un pariente cercano agrava el homicidio y lo tiñe de un carmesí más profundo. Que un hijo mate a su padre es horrendo. Los parricidas son monstruos de la naturaleza. Qui occidit patrem, plurima committit peccata in uno. Cicerón. «El que quita la vida a su padre comete muchos pecados en uno»; no es culpable solo de homicidio, sino de desobediencia, ingratitud y crueldad diabólica. «El que hiriere a su padre o a su madre, morirá». Éxodo 21:15. ¡De cuántas muertes, pues, será digno el que destruye a su padre o a su madre! Un monstruo así fue Nerón, que hizo matar a su madre, Agripina.
(5) Derramar la sangre de cualquier persona justa agrava el pecado. Con ello se pervierte la justicia. Tal persona, siendo inocente, no es digna de muerte. El santo, siendo una bendición pública, se pone en la brecha para apartar la ira; de modo que destruirlo es derribar las columnas de una nación. Es precioso para Dios. Salmos 116:15. Es miembro del cuerpo de Cristo; por tanto, el daño que se le hace se le hace a Dios mismo. Hechos 9:4.
Sin embargo, aunque este mandamiento prohíbe a las personas privadas derramar la sangre de otro, salvo en defensa propia, los que están en el cargo deben castigar a los delincuentes públicos, aun con la muerte. Matar a un malhechor no es homicidio, sino justicia. La persona privada peca si desenvaina la espada; la persona pública peca si la envaina. El magistrado no debe dejar que la espada de la justicia se oxide en la vaina. Así como no debe dejar que la espada sea demasiado afilada por la severidad, tampoco debe embotarse su filo por demasiada ligereza.
Tampoco prohíbe este mandamiento la guerra justa. Cuando los pecados de los hombres maduran y la larga abundancia ha engendrado hartura, Dios dice: «Espada, pasa por la tierra». Ezequiel 14:17. Él alentó la guerra entre las tribus de Israel y Benjamín. Cuando la maldad de los amorreos llegó a su colmo, envió a Israel a guerrear contra ellos. Jueces 11:21.
Primera aplicación. Debería ser motivo de lamento que esta tierra esté contaminada de sangre. Números 35:33. ¡Cuán común es este pecado en esta época jactanciosa! Los pecados de Inglaterra están escritos con letras de sangre. Algunos no hacen más caso de matar hombres que ovejas. «En tus faldas se halla la sangre de los pobres inocentes». Jeremías 2:34. Junio lo lee in alis; y así en hebreo: «en tus alas» se halla la sangre de los inocentes. Alude a las aves de rapiña, que manchan sus alas con la sangre de otras aves. ¿No puede el Señor con justicia entrar en pleito con los moradores de la tierra, porque «sangres se tocaron con sangres»? Oseas 4:2. Hay homicidios al por mayor. Y lo que debería aumentar nuestro lamento es que no solo se derrama entre nosotros sangre de hombres, sino la sangre de Cristo. De los pecadores profanos e infames se dice que «crucifican de nuevo al Hijo de Dios». Hebreos 6:6. (1) Juran por su sangre, y así, por decirlo así, hacen sangrar de nuevo sus heridas. (2) Crucifican a Cristo en sus miembros. «¿Por qué me persigues?» Hechos 9:4. Cuando se pisa el pie, la cabeza grita. (3) Si estuviera en su poder, y Cristo viviera en la tierra, lo clavarían de nuevo en la cruz. Así crucifican los hombres a Cristo de nuevo; y si la sangre del hombre clama así, ¡cuán fuerte clamará la sangre de Cristo contra los pecadores!
Segunda aplicación. Guárdate de manchar tus manos con la sangre de otros.
Pero fulano me ha agraviado con difamación, o de otro modo; ¡y si derramo su sangre, no haré más que vengar mi propia querella!
Si te ha hecho agravio, la ley está abierta; pero guárdate de derramar sangre. ¡Cómo! ¿Porque él te ha agraviado, vas tú por eso a agraviar a Dios? ¿No es agraviar a Dios quitarle su obra de la mano? Él ha dicho: «Mía es la venganza; yo pagaré». Romanos 12:19. Tú querrías encargarte de vengarte a ti mismo; querrías ser en tu propia persona demandante, juez y verdugo. Este es un gran agravio hecho a Dios, y él no te tendrá por inocente.
Para disuadir a todos de mancharse las manos con sangre, considera qué pecado es el homicidio. Es (1) un pecado que afrenta a Dios. Es un quebrantamiento de su mandato, y un pisotear su edicto real. Es un agravio hecho a la imagen de Dios. «A imagen de Dios hizo él al hombre». Génesis 9:6. Es rasgar el retrato de Dios y hacer pedazos el gran sello del Rey del cielo. El hombre es templo de Dios. «¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros?» 1 Corintios 6:19. El homicida destruye el templo de Dios; ¿y soportará Dios ser afrentado así por el polvo soberbio?
(2) Es un pecado que clama. Clamitat in coelum vox sanguinis [La voz de la sangre clama al cielo]. Hay tres pecados en la Escritura de los que se dice que claman. La opresión. Salmos 12:5. La sodomía. Génesis 18:21. El derramamiento de sangre. Este clama tan fuerte que ahoga todos los demás clamores. «La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra». Génesis 4:10. La sangre de Abel tenía tantas lenguas como gotas, para clamar a gran voz por venganza. Este pecado de sangre pesaba sobre la conciencia de David; aunque había pecado de adulterio, aquello por lo que más clamaba era este pecado carmesí de sangre. «Líbrame de homicidios, oh Dios». Salmos 51:14. Aunque el Señor visita todo pecado, de manera especial «demandará la sangre». Salmos 9:12. Si una bestia mataba a un hombre, había de ser apedreada, y su carne no se había de comer. Éxodo 21:28. Si Dios quería que fuera apedreada la bestia que mataba a un hombre, la cual no tenía uso de razón que la refrenara, mucho más se encenderá contra los que, contra la razón y la conciencia, quitan la vida a un hombre.
(3) El homicidio es un pecado diabólico. Hace al hombre primogénito del diablo, porque este fue homicida desde el principio. Juan 8:44. Al decir a nuestros primeros padres: «No moriréis», trajo la muerte al mundo.
(4) Es un pecado maldito. Si hay maldición para el que hiere a su prójimo ocultamente, doblemente maldito es el que lo mata. Deuteronomio 27:24. El primer hombre que nació fue un homicida. «Ahora, pues, maldito seas tú de la tierra». Génesis 4:11. Fue un excomulgado, desterrado del lugar del culto público de Dios. Dios puso una señal en el sanguinario Caín. Génesis 4:15. Algunos piensan que esa señal fue el horror de espíritu que, más que a ningún otro pecado, acompaña al pecado de sangre. Otros piensan que fue un continuo temblor y estremecimiento de su carne. Llevaba consigo una maldición.
(5) Es un pecado que acarrea la ira. 2 Reyes 24:4.
Acarrea juicios temporales. Focas, para hacerse con el imperio, dio muerte a todos los hijos del emperador Mauricio, y luego mató al emperador mismo; pero fue perseguido por Prisco, su yerno, que le cortó las orejas y los pies, y luego lo mató. Carlos IX, que causó la matanza de tantos cristianos en París, murió de la sangre que le brotaba por varias partes del cuerpo. Alboíno mató a un hombre e hizo de su cráneo una copa para beber. Su propia esposa, poco después, hizo que lo asesinaran en su lecho. La venganza, como un sabueso, persigue al homicida. «Los hombres sanguinarios no llegarán a la mitad de sus días». Salmos 55:23. Acarrea juicios eternos. Ata a los hombres al infierno. Los papistas no hacen caso de las matanzas, porque la suya es una religión sangrienta; dan dispensa para el homicidio si es para propagar la causa católica. Si un cardenal pone su capelo rojo sobre la cabeza de un homicida que va al cadalso, lo salva de la muerte. Lean todos los homicidas impenitentes su sentencia en Apocalipsis 21:8: «Los homicidas tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda». Leemos de «fuego mezclado con sangre». Apocalipsis 8:7. Los que tienen las manos llenas de sangre deben sufrir la ira de Dios. He aquí fuego mezclado con sangre, y este fuego es inextinguible. Marcos 9:44. El tiempo no lo acabará, las lágrimas no lo apagarán.
[3] No debemos dañar a otro en su alma. Este es el mayor homicidio de todos, porque hay más de la imagen de Dios en el alma que en el cuerpo. Aunque el alma no puede ser aniquilada, se dice que es asesinada cuando es privada de su felicidad y está para siempre en tormento. ¡Cuántos son asesinos de almas!
(1) Los que corrompen a otros con su mal ejemplo. El mundo se guía por el ejemplo; especialmente por el ejemplo de los grandes, que es muy pernicioso. Somos propensos a hacer lo que vemos hacer a los que nos preceden, sobre todo a los que están por encima de nosotros. Los que están puestos en alto poder son como la columna de nube: adonde ella iba, iba Israel. Cuando los grandes se mueven, otros los siguen, aunque sea al infierno. Los malos magistrados, como la cola del dragón, arrastran tras sí «la tercera parte de las estrellas».
(2) Los que incitan a otros a pecar. La ramera, rizándose el cabello, moviendo los ojos, descubriendo sus pechos, hace cuanto está de su parte para ser a la vez tentadora y homicida. Tal fue Mesalina, esposa del emperador Claudio. «Consideré a un joven, y he aquí una mujer que le sale al encuentro con atavío de ramera; y lo tomó, y lo besó». Proverbios 7:10, 13. Mejores son las reprensiones de un amigo que los besos de una ramera.
(3) Son homicidas los ministros que matan de hambre, envenenan o infectan las almas. [1] Los que matan de hambre a las almas. «Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros». 1 Pedro 5:2. Estos se apacientan a sí mismos y matan de hambre a la grey; o porque, no residiendo, no predican, o porque, por incapacidad, no pueden. Hay muchos en el ministerio tan ignorantes que tendrían necesidad de que se les enseñaran «los primeros rudimentos de las palabras de Dios». Hebreos 5:12. ¿Te parece que era apto para ser predicador en Israel aquel que, preguntado algo acerca del decálogo, respondió que nunca había visto tal libro? [2] Los que envenenan las almas. Tales son los ministros heterodoxos, que envenenan al pueblo con el error. El basilisco envenena hierbas y flores echándoles el aliento; así el aliento de los ministros herejes envenena las almas. El sociniano, que quiere robar a Cristo su divinidad; el arminiano, que, ensalzando el poder de la voluntad, quiere quitar la corona de la cabeza de la gracia gratuita; el antinomiano, que niega al creyente el uso de la ley moral, como si estuviera anticuada y caducada: estos envenenan las almas de los hombres. El error es tan condenable como el vicio. «Habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías de perdición, y negarán al Señor que los rescató». 2 Pedro 2:1. [3] Los que infectan las almas con sus vidas escandalosas. «Santifíquense los sacerdotes que se llegan al Señor». Éxodo 19:22. Los ministros, que por su lugar están más cerca de Dios, deben ser más santos que los demás. Cuanto más altos están los elementos, más puros son; el aire es más puro que el agua; el fuego es más puro que el aire. Cuanto más alto está un hombre en su oficio, más santo debe ser. Juan el Bautista era una lámpara que alumbraba. Pero hay muchos que infectan a su pueblo con su mala vida; predican una cosa y viven otra. Qui Curios simulant et bacchanalia vivunt [Aparentan virtud, pero viven una vida de desenfreno]. Como los hijos de Elí, visten lino blanco, pero tienen pecados de escarlata. Dicen algunos que el Preste Juan, señor de África, hacía llevar delante de sí una copa de oro llena de inmundicia; emblema apropiado de los ministros que tienen un oficio de oro, pero son sucios y corrompidos en su vida. Son homicidas, y la sangre de las almas clamará contra ellos en el día postrero.
(4) Los que destruyen a otros llevándolos a malas compañías, y así los hacen prosélitos del diablo. Vitia in proximum quamque transiliunt [Nuestros vicios saltan al que está a nuestro lado]. Séneca. No puede un hombre vivir en el clima de Etiopía sin que el sol le cambie el color, ni puede estar en mala compañía sin participar de su maldad. Un borracho hace otro; como dice el profeta en otro sentido: «Puse delante de ellos tazas llenas de vino, y copas, y les dije: Bebed vino»; así los impíos ponen tazas de vino delante de otros, y los hacen beber hasta que la razón queda embotada y la concupiscencia inflamada. Jeremías 35:5. Tales son culpables de quebrantar este mandamiento. ¡Qué triste será para los que no solo tienen que responder de sus propios pecados, sino también de la sangre de otros! Baste esto acerca de lo primero que se prohíbe en el mandamiento: el dañar a otros.
II. Lo segundo que se prohíbe en este mandamiento es dañarnos a nosotros mismos. «No matarás»: no te harás daño a ti mismo.
No dañarás tu propio cuerpo. Uno puede ser culpable de darse muerte a sí mismo, ya sea 1. Indirecta u ocasionalmente. O bien, 2. Directa y absolutamente.
[1] Indirecta y ocasionalmente; como:
(1) Cuando un hombre se arroja a un peligro que podría evitar. Si una compañía de arqueros estuviera tirando, y uno se pusiera en el lugar donde vuelan las flechas, de modo que una flecha lo matara, sería cómplice de su propia muerte. En la ley, Dios quería que el leproso fuera encerrado, para que otros no se contagiaran. Levítico 13:4. Si alguno fuera tan temerario que se acercara a un leproso y contrajera la plaga de la lepra, solo a sí mismo tendría que agradecer su propia muerte. (2) Una persona puede ser culpable de su propia muerte, en cierto sentido, descuidando el uso de los medios para conservar la vida. Si está enfermo y no usa remedio alguno; si ha recibido una herida y no quiere aplicarle cura, apresura su propia muerte. Dios mandó a Ezequías poner una «masa de higos sobre la llaga». Isaías 38:21. Si no lo hubiera hecho, habría sido causa de su propia muerte. (3) Por la tristeza inmoderada. «La tristeza del mundo produce muerte». 2 Corintios 7:10. Cuando Dios quita a un ser querido, y alguien se deja tragar por la tristeza, pone en peligro su vida. ¡Cuántos lloran hasta bajar a la tumba! La reina María se afligió tan excesivamente por la pérdida de Calais que se le partió el corazón. (4) Por la intemperancia o el exceso en la comida. La glotonería acorta la vida. Plures periere crapula, quam gladio [Más perecen por la bebida que por la espada]. Muchos cavan su sepultura con los dientes. Demasiado aceite ahoga la lámpara. La copa mata más que el cañón. El beber en exceso causa una muerte prematura.
[2] Uno puede ser culpable de darse muerte a sí mismo directa y absolutamente.
(1) Por la envidia. La envidia es tristitia de bonis alienis, «un secreto pesar por el bien ajeno». Invidus alterius rebus macrescit opimis. «El envidioso se duele más de la prosperidad ajena que de su propia adversidad». Nunca ríe sino cuando otro llora. La envidia es un homicidio de sí mismo, un cáncer que corroe. Cipriano la llama vulnus occultum, «una herida secreta»; a quien más daña es al propio envidioso. La envidia corroe el corazón, seca la sangre, pudre los huesos. La envidia es «carcoma de los huesos». Proverbios 14:30. Es para el cuerpo lo que la polilla para el paño, que lo come y consume su hermosura. La envidia bebe su propio veneno. La víbora que saltó a la mano de Pablo pensó dañar a Pablo, pero ella misma cayó en el fuego. Hechos 28:3. Así, mientras el envidioso piensa dañar a otro, se destruye a sí mismo.
(2) Poniendo manos violentas sobre sí mismo, y así comete felo de se; como Saúl, que se echó sobre su propia espada y se mató. Es la clase de homicidio más antinatural y bárbara que un hombre se degüelle a sí mismo y se empape las manos en su propia sangre. Nada tiene un hombre más cerca que a sí mismo; por eso este pecado de darse muerte quebranta a la vez la ley de Dios y los vínculos de la naturaleza. El Señor ha puesto el alma en el cuerpo como en una prisión; y es pecado forzar esta prisión antes de que Dios abra la puerta. Los que se quitan la vida son peores que las bestias, que se desgarran y se cornean unas a otras, pero no se destruyen a sí mismas. El quitarse la vida suele ser ocasionado por el descontento y una hosca melancolía. El pájaro que se golpea en la jaula, y está a punto de matarse, es un verdadero emblema de un espíritu descontento.
¿De dónde viene este descontento?
Este descontento nace: (1) Del orgullo. El hombre que se hincha con una alta opinión de sí mismo, y piensa que merece más que otros, cuando le sobreviene alguna gran calamidad, se descontenta, y en un arrebato repentino acaba consigo. Ahitofel tenía altos pensamientos de sí mismo; sus palabras eran tenidas por oráculos, y no pudo soportar que se rechazara su sabio consejo. «Puso en orden su casa, y se ahorcó». 2 Samuel 17:23. (2) De la pobreza. La pobreza es una grave tentación. «No me des pobreza». Proverbios 30:8. Muchos se han acarreado la pobreza con su pecado; y cuando una gran hacienda se ha consumido hasta quedar en nada, se descontentan, y piensan que es mejor morir pronto que languidecer en la miseria, y el diablo pronto los ayuda a despacharse. (3) De la codicia. La avaricia es una borrachera seca, una sanguijuela que nunca se sacia. El codicioso es como behemot: «He aquí, se bebe un río», y con todo no se le calma la sed. Job 40:23. El avaro codicioso acapara trigo; y si oye que el precio del trigo empieza a bajar, se turba, y no hay remedio para su descontento sino una soga. (4) Del horror de la mente. Un hombre ha cometido un gran pecado, se ha tragado algunas píldoras de tentación que el diablo le ha dado, y estas píldoras empiezan a obrar en su conciencia, y el horror se hace tan grande que escoge la horca. Judas, habiendo entregado sangre inocente, estuvo en tal agonía de conciencia que se ahorcó; como si alguien, por evitar la picadura de un mosquito, aguantara la mordedura de una serpiente. No veo fundamento de esperanza para los que acaban consigo mismos; porque mueren en el mismo acto de pecado, y no pueden tener tiempo de arrepentirse.
Dañar nuestras propias almas está prohibido en el mandamiento «No matarás». Muchos que están libres de otros homicidios son culpables aquí. Asesinan su propia alma. Se condenan voluntariamente y se arrojan al infierno.
¿Quiénes son los que asesinan su propia alma?
(1) Asesinan voluntariamente su alma los que no tienen sentido de Dios ni del mundo venidero, y han perdido toda sensibilidad. Efesios 4:19. Háblales de la santidad y la justicia de Dios, y no se conmueven en absoluto. «Pusieron su corazón como diamante». Zacarías 7:12. «El diamante», dice Plinio, «es invencible; el martillo no puede vencerlo». Los pecadores tienen corazones de diamante. Cuando el profeta habló al altar de piedra, este se partió; pero los corazones de los pecadores están tan endurecidos en el pecado (1 Reyes 13:5) que nada obra en ellos, ni las ordenanzas ni los juicios. No creen en Dios; se ríen del infierno. Así asesinan su propia alma, y se arrojan al infierno tan aprisa como pueden.
(2) Asesinan voluntariamente su propia alma los que se entregan a sus concupiscencias, venga lo que viniere. El alma clama en ti: Me estoy matando; me estoy asesinando. Ellos «se entregaron a cometer con avidez toda suerte de impureza». Efesios 4:19. Que les hablen los ministros de sus pecados, que hable la conciencia, que hable la aflicción: ellos tendrán sus concupiscencias, aunque vayan al infierno por ellas. ¿No asesinan estos su propia alma? Así como Agripina, madre de Nerón, dijo: occidat modo imperet, que mi hijo me mate, con tal que reine; así muchos dicen en su corazón: que nuestros pecados nos condenen, con tal que nos agraden. Herodes quiere tener sus concupiscencias incestuosas, aunque le cueste el alma; y por una gota de placer los hombres beben un mar de ira. ¿No hacen estos una matanza de su propia alma y la condenan?
(3) Asesinan su alma los que evitan todos los medios de salvarla. Van a las comedias, a las reuniones de borrachos, pero no ponen el pie en la casa de Dios ni se acercan al sonido de la trompeta del evangelio; como si un enfermo huyera del baño por miedo a ser sanado. Estos son homicidas de sí mismos tanto como el que, ofreciéndosele los medios de curación, prefiere morir.
(4) Asesinan voluntariamente su alma los que conciben falsos prejuicios contra la religión, como si fuera tan estricta y severa que hubieran de vivir una vida melancólica, como ermitaños y anacoretas, y ahogar todos sus gozos en lágrimas. Es una calumnia que el diablo echa sobre la religión, porque no hay gozo verdadero sino en el creer. Romanos 15:13. Ninguna miel es tan dulce como la que gotea de una promesa. Algunos hombres conciben neciamente un prejuicio contra la religión; están resueltos a no ir nunca al cielo antes que pasar por la puerta estrecha. Puedo decir del prejuicio lo que Pablo dijo a Elimas: «Oh prejuicio, hijo del diablo, enemigo de toda justicia», ¿cuántas almas has condenado? Hechos 13:10.
(5) Asesinan voluntariamente su propia alma los que ni quieren ser buenos ellos mismos ni dejan que otros lo sean. «Ni vosotros entráis [en el reino de los cielos], ni a los que están entrando dejáis entrar». Mateo 23:13. Tales son los que persiguen a otros por su religión. Las reuniones de borrachos pueden escapar de sus castigos, pero si los hombres se reúnen para servir a Dios, se usará toda severidad. Están resueltos a hacer naufragar a otros, aunque ellos mismos se pierdan en la tormenta. ¡Oh, guárdate de asesinar tu propia alma! Ninguna criatura sino el hombre se mata voluntariamente.
III. El deber positivo implícito en el mandamiento es que hagamos todo el bien que podamos a nosotros mismos y a los demás.
[1] Con respecto a los demás. Debemos procurar preservar la vida y el alma de los demás. [2] Con respecto a nosotros mismos. Debemos preservar nuestra propia vida y nuestra alma.
[1] Con respecto a los demás. Hemos de preservar la vida de los demás. Debemos consolarlos en sus penas, socorrerlos en sus necesidades y, como el buen samaritano, derramar vino y aceite en sus heridas. «A los menesterosos era padre». Job 29:16. «La bendición del que se iba a perder venía sobre mí». Versículo 13. Es un gran medio de preservar la vida de otro socorrerlo cuando está a punto de perecer. Cuando hubo una gran carestía en Roma, Pompeyo proveyó trigo para su socorro; y cuando los marineros temían navegar hacia allá en medio de una tempestad, dijo: «No es necesario que vivamos, pero es necesario que Roma sea socorrida». La gracia enternece el corazón; produce compasión y caridad. Así como derrite el corazón en contrición para con Dios, así lo derrite en compasión para con los demás. «Esparció, dio a los pobres». Salmos 112:9. Este mandamiento implica que hemos de estar tan lejos de arruinar a otros que debemos hacer cuanto podamos por preservar su vida. Cuando veas la imagen de la muerte pintada en su rostro, atiende a sus necesidades; sé para ellos un salvador temporal; sácalos de las aguas de la aflicción con un cordón de plata de caridad. Para persuadirte de esto, déjame ponerte delante algunos argumentos:
(1) Las obras de caridad evidencian la gracia. Así la fe. «Yo te mostraré mi fe por mis obras». Santiago 2:18. Las obras son las cartas credenciales de la fe. Juzgamos de la salud del cuerpo por el pulso, donde la sangre se mueve y obra; así, cristiano, juzga de la salud de tu fe por el pulso de la caridad. La palabra de Dios es la regla de la fe, y las buenas obras son los testigos de la fe. Evidencia también el amor. El amor ama la misericordia; es una gracia noble y generosa. María amó a Cristo, ¡y cuán liberal fue su amor! Le dio a Cristo sus lágrimas, sus besos y costosos ungüentos. El amor, como un vaso lleno, ha de tener desahogo; se desahoga en actos de liberalidad.
(2) Comunicar a las necesidades de otros no se deja a nuestra elección, sino que es un deber obligatorio. «A los ricos de este siglo manda que hagan bien, que sean ricos en buenas obras». 1 Timoteo 6:17, 18. Esto no es solo un consejo, sino un mandato. Si Dios diera un mandato a las criaturas inanimadas, obedecerían; si mandara a las rocas, darían agua; si mandara a las nubes, se derretirían en lluvias; si mandara a las piedras, se convertirían en pan. ¿Y seremos nosotros más duros que las piedras, para no obedecer a Dios cuando nos manda «ser ricos en buenas obras»?
(3) Dios suple nuestras necesidades, ¿y no supliremos nosotros las necesidades de otros? «No podríamos vivir sin misericordia». Dios hace que toda criatura nos sea útil: el sol, para enriquecernos con sus rayos de oro; la tierra, para darnos su fruto, vetas de oro, cosechas de trigo y abundancia de flores. Dios abre el tesoro de su misericordia; nos alimenta cada día del cesto de limosnas de su providencia. «Abres tu mano, y sacias el deseo de todo ser viviente». Salmos 145:16. ¿Suple Dios nuestras necesidades, y no atenderemos nosotros las necesidades de otros? ¿Seremos como una esponja que chupa la misericordia, y no como pechos que la dan a otros?
(4) En esto nos asemejamos a Dios: en hacer bien a otros. Nuestra excelencia es ser semejantes a Dios. «La piedad es semejanza con Dios». ¿Cuándo somos más semejantes a él que en actos de generosidad y munificencia? «Bueno eres tú, y haces el bien». Salmos 119:68. «Bueno eres tú»: he aquí su bondad esencial; «y haces el bien»: he aquí su bondad comunicativa. Cuanto más útiles somos a otros, más semejantes somos a Dios. No podemos ser semejantes a Dios en omnisciencia ni en obrar milagros; pero podemos serle semejantes haciendo obras de misericordia.
(5) Dios recuerda todas nuestras obras de caridad, y las recibe con agrado de nuestras manos. «Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo asistido a los santos». Hebreos 6:10. El jefe de los coperos pudo olvidar la bondad de José, pero el Señor no olvidará ninguna bondad que mostremos a su pueblo. «Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber». Mateo 25:35. Cristo recibe la bondad hecha a sus santos como hecha a sí mismo. Dios tiene una redoma para tus lágrimas y un libro para anotar tus limosnas. «Fue escrito libro de memoria delante de él». Malaquías 3:16. Tamerlán tenía un registro donde anotaba todos los nombres y buenos servicios de sus soldados; así Dios tiene un libro de memoria para anotar todas tus obras de caridad; y en el día del juicio se hará de ellas mención pública y honrosa en presencia de los ángeles.
(6) La dureza de corazón para con los que están en la miseria afrenta al evangelio. Cuando el corazón de los hombres es como un pedazo de roca, o como las escamas del leviatán, «cerradas como con un sello apretado», tanto podrías sacar aceite de un pedernal como sacar de ellos el áureo aceite de la caridad. Job 41:15. Se descristianizan a sí mismos. La falta de misericordia es pecado de los paganos. «Sin misericordia». Romanos 1:31. Eclipsa la gloria del evangelio. ¿Enseña el evangelio la falta de caridad? ¿No nos manda «derramar tu alma al hambriento»? Isaías 58:10. «Estas cosas quiero que afirmes, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras». Tito 3:8. Mientras no socorres a los necesitados, andas en oposición al evangelio; haces que se hable mal de él, y lo expones al látigo y a la censura de otros.
(7) Nada se pierde socorriendo a los necesitados. La sunamita fue bondadosa con el profeta, lo acogió en su casa, y recibió de él bondad de otra manera: le devolvió a la vida a su hijo muerto. 2 Reyes 4:35. Los que son útiles a otros «hallarán gracia para el oportuno socorro». Los que derraman sobre otros el áureo aceite de la compasión tendrán derramado sobre sí, por Dios, el áureo aceite de la salvación; por «un vaso de agua fría» tendrán «ríos de delicias». Dios lo compensará de un modo u otro en esta vida. «El alma liberal será engordada». Proverbios 11:25. Será como los panes, que al partirse se multiplicaron; o como el aceite de la viuda, que aumentaba al derramarse. 1 Reyes 17:16. Una hacienda puede repartirse sin menoscabarse.
(8) Hacer bien a otros en su necesidad mantiene el crédito de la religión. Las obras de misericordia adornan el evangelio como el fruto adorna el árbol. Cuando «nuestra luz alumbra de tal modo que otros ven nuestras buenas obras», glorifica a Dios, corona la religión y cierra los labios de los contradictores. Basilio dice que nada hizo más famosa la verdadera religión en los tiempos primitivos, ni le ganó más prosélitos, que la generosidad y la caridad de los cristianos.
(9) El mal que se sigue de no preservar la vida de otros y de no socorrerlos en sus necesidades. Dios envía a menudo una polilla secreta a su hacienda. «Hay quienes son escasos más de lo que es justo, mas vienen a pobreza». Proverbios 11:24. «El que cierra su oído al clamor del pobre, también él clamará, y no será oído». Proverbios 21:13. «Juicio sin misericordia se hará con aquel que no hizo misericordia». Santiago 2:13. El rico negó a Lázaro una migaja de pan, y al rico se le negó una gota de agua. «Apartaos de mí, malditos; porque tuve hambre, y no me disteis de comer». Mateo 25:41. Cristo no dice: «Me quitasteis la comida», sino: «No me disteis de comer»; no alimentasteis a mis miembros; por tanto, «apartaos de mí». Por todo esto, está pronto a repartir para las necesidades de otros. Esto está incluido en el mandamiento «No matarás». No solo no destruirás la vida de otro, sino que la preservarás atendiendo a sus necesidades.
Está implícito que debemos procurar preservar las almas de otros: aconsejarlos acerca de su alma; poner delante de ellos la vida y la muerte; ayudarlos a ir al cielo. En la ley, si uno encontraba extraviado el buey o el asno de su prójimo, debía devolvérselo. Éxodo 23:4. Mucho más, si vemos que el alma de nuestro prójimo se extravía, debemos usar todos los medios para hacerla volver a Dios por el arrepentimiento.
[2] Con respecto a nosotros mismos. El mandamiento «No matarás» requiere que preservemos nuestra propia vida y nuestra alma. Está grabado en toda criatura que debe preservar su propia vida natural. Hemos de estar tan lejos de darnos muerte que debemos hacer cuanto podamos por preservar la vida natural. Debemos usar todos los medios de alimentación, ejercicio y recreación lícita, que, como el aceite, impiden que la lámpara de la vida se apague. Algunos han sido tentados por Satanás a creer que son tan pecadores que no merecen un bocado de pan, y así han estado a punto de dejarse morir de hambre. Esto es contrario al mandamiento «No matarás», que implica que hemos de usar todos los medios apropiados para la preservación de la vida. «No bebas de aquí en adelante agua, sino usa de un poco de vino por causa de tu estómago». 1 Timoteo 5:23. Timoteo no debía, bebiendo demasiada agua, enfriar en exceso su estómago y debilitar la naturaleza, sino usar los medios para su conservación: beber «un poco de vino», etc.
Este mandamiento requiere que procuremos también preservar nuestra propia alma. Omnia si perdas animam servare memento [Aunque pierdas todo lo demás, acuérdate de salvar tu alma]. Está grabado en toda criatura, como con punta de diamante, que mire por su propia preservación. Si ha de preservarse la vida del cuerpo, mucho más la vida del alma. Si el que no provee para su propia casa es peor que un infiel, mucho más el que no provee para su propia alma. 1 Timoteo 5:8. Algo principal implícito en el mandamiento es un cuidado especial por preservar nuestras almas. El alma es una joya, un diamante engastado en un anillo de barro; Cristo pone el alma en la balanza con el mundo, y pesa más que todo. Mateo 16:26. El alma es un espejo en el que brillan algunos rayos de la gloria divina; tiene en sí alguna tenue idea y semejanza de la Deidad; es una chispa celestial encendida por el aliento de Dios. El cuerpo fue hecho del polvo, pero el alma es de un origen más noble. Dios sopló en el hombre un alma viviente. Génesis 2:7.
(1) El alma es excelente en su naturaleza. Es un ser espiritual, «es una especie de cosa angélica». La mente centellea de conocimiento, la voluntad está coronada de libertad, y todos los afectos son como estrellas que brillan en su órbita. Siendo espiritual, el alma es de rápida operación. ¡Cuán rápidos son los movimientos de una chispa! ¡Cuán veloz el ala de un querubín! ¡Así de rápido y ágil es el movimiento del alma! ¿Qué hay más rápido que el pensamiento? ¡Cuántas millas puede recorrer el alma en un instante! El alma, siendo espiritual, se mueve hacia arriba; contempla a Dios y la gloria. «¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?» Salmos 73:25. El movimiento del alma es hacia arriba; pero el pecado le ha dado una inclinación torcida y la ha hecho moverse hacia abajo. El alma, siendo espiritual, tiene poder de moverse por sí misma; puede subsistir y moverse cuando el cuerpo está muerto, como el marinero puede subsistir cuando la nave se rompe. El alma, siendo espiritual, es inmortal (Escalígero), aeternitatis gemma, «un brote de eternidad».
(2) Así como el alma es excelente en su naturaleza, lo es en sus capacidades. Es capaz de gracia; es apta para ser asociada y compañera de los ángeles. Es capaz de comunión con Dios, de ser esposa de Cristo. «Os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo». 2 Corintios 11:2. Es capaz de ser coronada de gloria para siempre. ¡Oh, pues, llevando contigo un alma tan preciosa, creada con el aliento de Dios, redimida con la sangre de Dios, qué esfuerzos deberías hacer por la salvación de tu alma! No dejes que el diablo se quede con tu alma. Heliogábalo alimentaba a sus leones con faisanes; el diablo es llamado león rugiente: no lo alimentes con tu alma. Además de la excelencia del alma, que puede moverte a trabajar por su salvación, considera cuán triste será no tener el alma salva; es una pérdida como no hay otra; porque al perder el alma se pierden muchas cosas con ella. El mercader que pierde su nave pierde con ella muchas cosas: pierde dinero, joyas, especias, etc.; así, el que pierde su alma pierde a Cristo y la compañía de los ángeles en el cielo. Es una pérdida infinita, una pérdida irreparable; nunca puede volver a recuperarse. «Dos ojos y una sola alma». Crisóstomo. ¡Oh, qué cuidado debería tenerse del alma inmortal! Solo esto te pediría: que tengas tanto cuidado de la salvación de tu alma como lo tienes de hacerte con una hacienda. Más aún, ten tan solo tanto cuidado de salvar tu alma como el diablo tiene de destruirla. ¡Oh, qué industrioso es Satanás en condenar almas! ¡Cómo hace de serpiente, tendiendo con sutileza lazos para atrapar almas! ¡Cómo dispara sus dardos de fuego! Nunca está ocioso; es un obispo muy activo en su diócesis; «anda alrededor buscando a quien devorar». 1 Pedro 5:8. Ahora bien, ¿no es una petición razonable que tengas tanto cuidado de salvar tu alma como el diablo tiene de destruirla?
¿Cómo podemos tener nuestras almas salvas?
Teniéndolas santificadas. Solo «los de limpio corazón verán a Dios». Procura que tu alma sea taraceada y esmaltada de santidad. 1 Pedro 1:16. No basta que «dejemos de hacer lo malo», que es toda la prueba que algunos tienen que mostrar, y pierden el cielo por quedarse cortos en el tiro; sino que debemos ser santificados interiormente. No solo debe salir el «espíritu inmundo», sino que debemos ser llenos del Espíritu Santo. Efesios 5:18. Esta santidad ha de existir por fuerza, si consideras que Dios ha de morar contigo aquí, y tú has de morar con él en lo venidero.
Dios ha de morar contigo aquí. Toma el alma por su propia morada. «Que habite Cristo en vuestros corazones». Efesios 3:17. Por eso el alma debe estar consagrada. El palacio de un rey debe mantenerse limpio, en especial su cámara de audiencia. El cuerpo es templo del Espíritu Santo. 1 Corintios 6:19. El alma es el sanctum sanctorum; ¡cuán santa debe ser!
Tú has de morar con Dios. El cielo es un lugar santo. «Una herencia incontaminada». 1 Pedro 1:4. ¿Y cómo puedes morar con Dios hasta que estés santificado? No echamos vino en una vasija mohosa; y Dios no pondrá el vino nuevo de la gloria en un corazón pecador. ¡Oh, pues, si amas tu alma y quieres que sea salva eternamente, procura la santidad! Por este medio tendrás idoneidad para el reino de los cielos, y tu alma será salva en el día del Señor Jesús.
Capítulo 10 completado
2.6 El sexto mandamiento