Sermones en diversas ocasiones
Sobre la visita a los enfermos

Capítulo 99 · 22 min de lectura · 28 min de escucha

Sobre la visita a los enfermos

Sermón 98

Sobre la visita a los enfermos

«Estuve enfermo, y me visitasteis».

Mateo 25:36.

1. Se supone generalmente que los medios de gracia y las ordenanzas de Dios son términos equivalentes. Por esa expresión entendemos de ordinario lo que suele llamarse obras de piedad; a saber, oír y leer la Escritura, recibir la Cena del Señor, la oración pública y privada, y el ayuno. Y es cierto que estos son los canales ordinarios que llevan la gracia de Dios a las almas de los hombres. Pero ¿son los únicos medios de gracia? ¿No hay otros medios además de estos por los cuales Dios se complace, con frecuencia, más aún, ordinariamente, en comunicar su gracia a los que le aman o le temen? Ciertamente hay obras de misericordia, así como obras de piedad, que son verdaderos medios de gracia. Lo son muy especialmente para los que las realizan con sencillez de ojo. Y los que las descuidan no reciben la gracia que de otro modo podrían recibir. Sí, y por un descuido continuado pierden la gracia que habían recibido. ¿No es por esto que muchos que una vez fueron fuertes en la fe son ahora débiles y de poco ánimo? Y, sin embargo, no advierten de dónde les viene esa debilidad, puesto que no descuidan ninguna de las ordenanzas de Dios. Pero podrían ver de dónde viene, si consideraran seriamente lo que dice San Pablo de todos los verdaderos creyentes: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas». (Efesios 2:10.)

2. Andar en ellas es esencialmente necesario, tanto para la continuación de aquella fe por la cual ya somos salvos por gracia, como para alcanzar la salvación eterna. No podemos dudar de esto si consideramos seriamente que estas son las palabras mismas del gran Juez: «Venid, benditos hijos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; estuve enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí». (Mateo 25:34.) «De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis». Si esto no os convence de que la perseverancia en las obras de misericordia es necesaria para la salvación, considerad lo que dice el Juez de todos a los que están a la izquierda: «Apartaos, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis. En cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis». Veis que, aunque no fuera más que por esto, han de «apartarse» de Dios «al castigo eterno».

3. ¿No es extraño que esta importante verdad se entienda tan poco o, al menos, influya tan poco en la práctica de los que temen a Dios? Si esta representación es verdadera, si el Juez de toda la tierra habla con rectitud, los que dan de comer al hambriento, dan de beber al sediento, visten al desnudo, socorren al forastero y visitan a los que están en la cárcel, según su poder y oportunidad, esos, y solo esos, «heredarán el reino eterno». Y los que no lo hacen habrán de «apartarse al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles».

4. Me propongo por ahora limitar mi discurso a uno de estos artículos: la visita a los enfermos. Es un deber claro, que todos los que están sanos pueden practicar en mayor o menor grado, y que, sin embargo, se descuida casi universalmente, aun por los que profesan amar a Dios. Y acerca de esto quisiera indagar:

I. ¿Qué implica visitar a los enfermos?

II. ¿Cómo ha de cumplirse? Y,

III. ¿Por quién?

I. En primer lugar, quisiera indagar: ¿Cuál es la naturaleza de este deber? ¿Qué implica «visitar a los enfermos»?

1. Por los enfermos no entiendo solamente a los que guardan cama, o a los que están enfermos en el sentido más estricto. Más bien quisiera incluir a todos los que se hallan en estado de aflicción, sea de alma o de cuerpo; y esto, sean buenos o malos, teman a Dios o no.

2. «Pero ¿hay necesidad de visitarlos en persona? ¿No podemos socorrerlos a distancia? ¿No sirve al mismo propósito enviarles ayuda que llevársela nosotros mismos?». Muchos se hallan en circunstancias tales que no pueden atender a los enfermos en persona; y donde este es realmente el caso, sin duda les basta con enviar ayuda, pues es el único recurso que pueden emplear. Pero esto no es propiamente visitar a los enfermos; es otra cosa. La palabra que traducimos visitar, en su acepción literal, significa mirar. Y esto, bien lo sabéis, no puede hacerse si no estáis presentes con ellos. Enviarles asistencia es, por tanto, cosa enteramente distinta de visitarlos. Lo primero, pues, debe hacerse, pero sin dejar de hacer lo segundo.

«Pero yo envío un médico a los que están enfermos; y él puede hacerles más bien que yo». Puede, en un sentido: puede hacerles más bien en lo que toca a su salud corporal. Pero no puede hacerles más bien en lo que toca a sus almas, que son de importancia infinitamente mayor. Y aunque pudiera, eso no os excusaría a vosotros: su ida no cumpliría vuestro deber. Ni os haría el mismo bien a vosotros, a menos que los vierais con vuestros propios ojos. Si no lo hacéis, perdéis un medio de gracia; perdéis un excelente medio de acrecentar vuestra gratitud a Dios, que os libra de este dolor y enfermedad, y os conserva la salud y las fuerzas; así como de acrecentar vuestra compasión hacia los afligidos, vuestra benevolencia y todos los afectos sociales.

3. Una gran razón por la que los ricos, en general, tienen tan poca compasión de los pobres es que los visitan muy rara vez. De ahí que, según la observación común, una parte del mundo no sepa lo que sufre la otra. Muchos de ellos no lo saben porque no les importa saberlo: se mantienen apartados de cuanto pudiera dárselo a conocer, y luego alegan su ignorancia voluntaria como excusa de su dureza de corazón. «En verdad, señor», decía una persona de grandes bienes, «soy un hombre muy compasivo. Pero, a decir verdad, no conozco a nadie en el mundo que pase necesidad». ¿Cómo sucedió esto? Pues bien, tuvo buen cuidado de mantenerse lejos de su camino; y si por descuido se topaba con alguno de ellos, «se pasaba de un lado».

4. ¡Cuán contrarios a esto son el espíritu y la conducta aun de las personas del más alto rango en una nación vecina! En París, damas de la primera nobleza, sí, princesas de sangre de la familia real, visitan constantemente a los enfermos, en particular a los pacientes del Gran Hospital. Y no solo cuidan de socorrer sus necesidades (si necesitan algo más de lo que se les provee), sino que los asisten junto a su lecho, curan sus llagas y desempeñan para ellos los oficios más bajos. ¡He aquí un modelo para los ingleses, pobres o ricos, humildes u honorables! Durante muchos años hemos copiado con abundancia las locuras de los franceses; copiemos por una vez su sabiduría y su virtud, dignas de ser imitadas por todo el mundo cristiano. ¡Que las damas de buena familia, o aun las condesas de Inglaterra, no se avergüencen de imitar a aquellas princesas de sangre! He aquí una moda que honra a la naturaleza humana. Comenzó en Francia; ¡pero Dios no quiera que termine allí!»

5. Y si vuestra delicadeza no os permite imitar a aquellas damas verdaderamente honorables, rebajándoos como ellas lo hacen, desempeñando los oficios más bajos para los enfermos, podéis, sin embargo, sin humillaros tanto, proveerles de cuanto les falte. Y podéis prestarles una ayuda de clase más excelente, supliendo sus necesidades espirituales: instruyéndolos (si necesitan tal instrucción) en los primeros principios de la religión; procurando mostrarles el peligroso estado en que se hallan, bajo la ira y la maldición de Dios, a causa del pecado; y señalándoles al «Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Además de esta instrucción general, podríais tener abundantes ocasiones de consolar a los que sufren dolor de cuerpo o angustia de espíritu; podríais hallar ocasiones de fortalecer a los de poco ánimo, de vivificar a los desfallecidos y cansados, y de edificar a los que han creído, animándolos a «ir adelante a la perfección». Pero estas cosas tenéis que hacerlas en persona; ya veis que no pueden hacerse por medio de otro. O, suponiendo que pudierais dar el mismo alivio a los enfermos por medio de otro, no podríais sacar para vosotros mismos el mismo provecho; no podríais ganar aquel aumento de humildad, de paciencia, de ternura de espíritu, de compasión hacia los afligidos, que habríais ganado si los hubierais asistido en persona. Ni recibiríais la misma recompensa en la resurrección de los justos, cuando «cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor».

II. 1. Paso a indagar, en segundo lugar: ¿Cómo hemos de visitarlos? ¿De qué manera puede realizarse con más eficacia esta labor de amor? ¿Cómo podemos hacerlo de modo que sea para mayor gloria de Dios y beneficio de nuestro prójimo? Pero antes de emprender la obra, debéis estar profundamente convencidos de que de ningún modo sois suficientes para ella; de que no tenéis ni gracia suficiente ni entendimiento suficiente para realizarla de la manera más excelente. Y esto os convencerá de la necesidad de acudir al Fuerte en busca de fuerza, y de correr al Padre de las luces, Dador de toda buena dádiva, en busca de sabiduría; recordando siempre que «espíritu hay en el hombre que da sabiduría, y la inspiración del Santo que da entendimiento». Por tanto, siempre que estéis a punto de emprender la obra, buscad su ayuda con oración ferviente. Clamad a él pidiendo todo el espíritu de humildad, no sea que, si el orgullo se insinúa en vuestro corazón, si os atribuís algo a vosotros mismos, mientras procuráis salvar a otros destruyáis vuestra propia alma. Antes de la obra y durante ella, desde el principio hasta el fin, espere vuestro corazón en él para recibir una provisión continua de mansedumbre y benignidad, de paciencia y longanimidad, a fin de que nunca os enojéis ni os desaniméis por cualquier trato, áspero o suave, amable o desabrido, que podáis encontrar. No os turbéis por la profunda ignorancia de unos, la torpeza, la asombrosa estupidez de otros; no os maravilléis de su mal humor o terquedad, de que no aprovechen nada después de todo el trabajo que os habéis tomado; sí, de que algunos de ellos vuelvan atrás para perdición, y queden peor que antes. Con todo, vuestro testimonio está con el Señor, y vuestra recompensa con el Altísimo.

2. En cuanto al método particular de tratar a los enfermos, no necesitáis ataros a ninguno, sino que podéis variar continuamente vuestra manera de proceder según lo requieran las diversas circunstancias. Pero no estará de más, por lo común, comenzar informándoos de su condición exterior. Podéis preguntar si tienen lo necesario para la vida; si tienen suficiente alimento y vestido; si hace frío, si tienen combustible; si tienen la asistencia necesaria; si tienen el consejo adecuado respecto a su enfermedad corporal, especialmente si es de naturaleza peligrosa. En varios de estos aspectos quizá podáis darles vosotros mismos alguna ayuda; y podéis mover a los que son más capaces que vosotros a suplir lo que falta a vuestro servicio. Bien podríais decir en vuestro propio caso: «Mendigar, tengo vergüenza»; pero nunca os avergoncéis de mendigar para los pobres; sí, en este caso, sed mendigos importunos; no aceptéis fácilmente una negativa. Usad toda la destreza, todo el entendimiento, toda la influencia que tengáis, confiando al mismo tiempo en Aquel que tiene en su mano el corazón de todos los hombres.

3. Discerniréis entonces con facilidad si hay algún buen oficio que podáis hacerles con vuestras propias manos. En verdad, la mayoría de las cosas que es necesario hacer, los que los rodean pueden hacerlas mejor que vosotros. Pero en algunas quizá tengáis más destreza o más experiencia que ellos; y si la tenéis, no dejéis que la delicadeza o la honra se interpongan en vuestro camino. Recordad su palabra: «En cuanto lo hicisteis a uno de estos más pequeños, a mí lo hicisteis»; y no tengáis por demasiado bajo nada que hagáis por Él. ¡Gozaos en ser humillados por amor de él!

4. Estas pequeñas labores de amor os prepararán el camino para cosas de mayor importancia. Habiendo mostrado que os interesan sus cuerpos, podéis pasar a indagar acerca de sus almas. Y aquí tenéis por delante un campo amplio; tenéis lugar para ejercitar todos los talentos que Dios os ha dado. Podríais comenzar preguntando: «¿Has considerado alguna vez que Dios gobierna el mundo; que su providencia está sobre todo, y sobre ti en particular? ¿Te sucede entonces cosa alguna sin que él lo sepa, o sin que la disponga para tu bien? Él conoce todo lo que sufres; conoce todos tus dolores; ve todas tus necesidades. No solo ve tu aflicción en general, sino cada circunstancia particular de ella. ¿No está mirando desde el cielo, y disponiendo todas estas cosas para tu provecho? Podéis luego indagar si conoce los principios generales de la religión. Y después, con amor y suavidad, examinad si su vida ha estado conforme a ellos: si ha sido un pecador manifiesto y descarado, o ha tenido una forma de religión. Ved a continuación si sabe algo del poder de ella; de adorar a Dios «en espíritu y en verdad». Si no, procurad explicarle que «sin la santidad nadie verá al Señor»; y que «el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios». Cuando comience a entender la naturaleza de la santidad y la necesidad del nuevo nacimiento, entonces podéis instarle al «arrepentimiento para con Dios, y la fe en nuestro Señor Jesucristo».

5. Cuando halléis que alguno de ellos comienza a temer a Dios, será conveniente darles, uno tras otro, algunos tratados sencillos, como las «Instrucciones para cristianos», «Despiértate, tú que duermes» y «Naturaleza y propósito del cristianismo». En la visita siguiente podéis preguntar qué han leído, qué recuerdan y qué entienden. Y entonces será el momento de inculcar lo que entienden y, si es posible, grabarlo en su corazón. No dejéis de concluir cada encuentro con oración. Si todavía no podéis orar sin un formulario, podéis usar algunas de las oraciones compuestas por el señor Spinckes, o por cualquier otro escritor piadoso. Pero cuanto antes venzáis esta timidez, tanto mejor. Pedid a Dios, y él abrirá vuestra boca.

6. Junto con las lecciones más importantes que procuráis enseñar a todos los pobres que visitáis, sería obra de caridad enseñarles otras dos cosas, de las que por lo general saben poco: la laboriosidad y la limpieza. Decía un hombre piadoso: «La limpieza está próxima a la piedad». En verdad, su falta es un escándalo para toda religión, pues hace que el camino de la verdad sea blasfemado. Y sin laboriosidad no somos aptos ni para este mundo ni para el venidero. Respecto a ambas cosas: «Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas».

III. 1. El tercer punto que hay que considerar es: ¿Por quién ha de cumplirse este deber? La respuesta está a mano: por todos los que desean «heredar el reino» de su Padre, que fue «preparado desde la fundación del mundo». Porque así dice el Señor: «Venid, benditos; — heredad el reino; — porque estuve enfermo, y me visitasteis». Y a los que están a la izquierda: «Apartaos, malditos; — porque estuve enfermo, y no me visitasteis». ¿No implica esto claramente que, así como todos los que lo hacen son «benditos», y «heredarán el reino», así todos los que no lo hacen son «malditos», y habrán de «apartarse al fuego eterno»?

2. Todos, por tanto, los que desean escapar del fuego eterno y heredar el reino eterno están igualmente obligados, según su poder, a practicar este importante deber. Incumbe por igual a jóvenes y viejos, ricos y pobres, hombres y mujeres, según su capacidad. Nadie es tan joven, si desea salvar su propia alma, que quede dispensado de asistir a su prójimo. Nadie es tan pobre (a menos que le falte lo necesario para la vida) que no esté llamado a hacer algo, más o menos, en el tiempo de que pueda disponer, para el alivio y consuelo de sus compañeros de sufrimiento afligidos.

3. Pero los que son «ricos en este siglo», los que tienen más que lo conveniente para la vida, están llamados de Dios de un modo peculiar a esta bendita obra, y su misericordiosa Providencia los señala para ella. Como no estáis bajo la necesidad de trabajar para ganar el pan, ¡tenéis vuestro tiempo a vuestra disposición! Podéis, por tanto, destinar cada día una parte de él a esta labor de amor. Si es practicable, lo mejor con mucho es tener una hora fija (pues cualquier hora, como solemos decir, es ninguna hora), y no emplear ese tiempo en ningún otro asunto sin necesidad urgente. Tenéis asimismo una ventaja peculiar sobre muchos por vuestra posición en la vida. Siendo superiores a ellos en rango, tenéis por eso mismo mayor influencia. Vuestros inferiores, naturalmente, os miran con una especie de reverencia. Y la condescendencia que mostráis al visitarlos les crea una predisposición a vuestro favor, que los inclina a escucharos con atención y a recibir de buen grado lo que decís. Aprovechad al máximo esta predisposición para el bien de sus almas, así como de sus cuerpos. Mientras sois ojos para el ciego y pies para el cojo, marido para la viuda y padre para el huérfano, procurad tener siempre a la vista un fin más alto, a saber, salvar almas de la muerte, y esforzaos por hacer que todo lo que decís y hacéis sirva a ese gran fin.

4. «Pero ¿tienen los pobres mismos parte o suerte en este asunto? ¿Les concierne de algún modo visitar a los enfermos? ¿Qué pueden dar a otros los que apenas tienen lo conveniente, o quizá lo necesario, para la vida?». Aunque no lo tengan, no necesitan quedar del todo excluidos de la bendición que acompaña la práctica de este deber. Aun ellos pueden recordar aquella excelente regla: «Cedan nuestras comodidades a las necesidades de nuestro prójimo; y nuestras necesidades a sus extremidades». Y pocos son tan pobres que no puedan dar alguna vez «dos blancas»; pero si no pueden, si no tienen dinero que dar, ¿no pueden dar lo que vale más? Sí, más que millares de oro y plata. Si habláis «en el nombre de Jesucristo de Nazaret», ¿no pueden las palabras que habláis ser salud para el alma y tuétano para los huesos? ¿No podéis darles nada? Al contrario, al ministrarles la gracia de Dios, les dais más de lo que vale todo este mundo. ¡Adelante, adelante, pobre discípulo de un Maestro pobre! ¡Haz como él hizo en los días de su carne! Siempre que tengas oportunidad, anda haciendo bienes, y sanando a todos los oprimidos del diablo; animándolos a sacudir sus cadenas y a volar al instante a Aquel

Que pone en libertad al cautivo, y quiebra

el férreo yugo de su cuello.

Sobre todo, dadles vuestras oraciones. Orad con ellos; orad por ellos; ¿y quién sabe si no salvaréis la vida de sus almas?

5. Vosotros que sois ancianos, cuyos pies están a punto de tropezar en los montes de oscuridad, ¿no podéis hacer un poco más de bien antes de partir y dejar de ser? Oh, recordad:

¡Ya es hora de vivir, si envejeces;

de la poca vida, sacar lo mejor,

y jugar con tino la postrera baza!

Como habéis vivido muchos años, es de esperar que hayáis adquirido un conocimiento que pueda ser útil a otros. Ciertamente tenéis más conocimiento de los hombres, que comúnmente se aprende por una experiencia cara. Con la fuerza que os queda, emplead los pocos momentos de que podéis disponer en ministrar a los que son más débiles que vosotros. Vuestras canas no dejarán de daros autoridad y de añadir peso a lo que decís. Podéis a menudo insistir, para avivar su atención:

Créeme, joven, pues sé mucho de pesares,

y gimo bajo el peso de más de sesenta años.

Vosotros mismos habéis sufrido con frecuencia; quizá sufrís todavía. Tanto más dadles toda la ayuda que podáis, tanto en lo que toca a sus almas como a sus cuerpos, antes que ellos y vosotros vayáis al lugar de donde no volveréis.

6. Por otra parte, vosotros que sois jóvenes tenéis varias ventajas que son casi exclusivamente vuestras. Tenéis por lo general abundancia de ánimo y una viveza de disposición que, por la gracia de Dios, os hacen dispuestos a emprender, y capaces de realizar, muchas buenas obras ante las cuales otros se desanimarían. Y tenéis salud y fuerza de cuerpo, por las cuales estáis eminentemente capacitados para asistir a los enfermos y a los que no tienen fuerzas. Sois capaces de tomar y llevar las cruces que es de esperar que se hallen en el camino. Emplead, pues, todo vuestro vigor de cuerpo y de alma en ministrar a vuestros hermanos afligidos. Y bendecid a Dios porque los tenéis para emplearlos en un servicio tan honroso; como aquellos celestiales «ministros suyos, que hacen su voluntad», ministrando continuamente a los herederos de la salvación.

7. «Pero ¿no pueden las mujeres, así como los hombres, tomar parte en este honroso servicio?». Sin duda pueden; más aún, deben; es digno, justo y su deber ineludible. En esto no hay diferencia; «no hay varón ni mujer en Cristo Jesús». En verdad, ha pasado mucho tiempo por máxima entre muchos que «a las mujeres solo hay que verlas, no oírlas». ¡Y, en consecuencia, a muchas de ellas se las cría de tal manera como si estuvieran destinadas únicamente a ser juguetes agradables! Pero ¿es esto honrar al sexo? ¿O es una verdadera bondad para con ellas? No; es la más profunda falta de bondad; es una crueldad horrible; es pura barbarie turca. Y no sé cómo una mujer de juicio y de ánimo puede someterse a ello. Todas vosotras que tenéis poder para hacerlo, haced valer el derecho que el Dios de la naturaleza os ha dado. No os rindáis más tiempo a esa vil esclavitud. Vosotras, lo mismo que los hombres, sois criaturas racionales. Vosotras, como ellos, fuisteis hechas a imagen de Dios; sois igualmente candidatas a la inmortalidad; también vosotras estáis llamadas por Dios, según tengáis tiempo, a «hacer bien a todos». No seáis «rebeldes a la vocación celestial». Siempre que tengáis oportunidad, haced todo el bien que podáis, particularmente a vuestro prójimo pobre y enfermo. Y cada una de vosotras también «recibirá su recompensa conforme a su labor».

8. Es bien sabido que en la Iglesia primitiva había

mujeres designadas especialmente para esta obra. En verdad, había una o más en cada congregación cristiana bajo el cielo. Se las llamaba entonces diaconisas, es decir, siervas; siervas de la Iglesia y de su gran Maestro. Tal era Febe (mencionada por San Pablo, Romanos 16:1, ) «diaconisa de la iglesia de Cencrea». Es verdad que la mayoría de estas eran mujeres de edad y muy experimentadas en la obra de Dios. Pero ¿estaban las jóvenes del todo excluidas de ese servicio? No; ni tienen por qué estarlo, siempre que sepan a quién han creído, y muestren que son santas de corazón siendo santas en toda su manera de vivir. Tal diaconisa, si respondía a su retrato, era la Miranda del señor Law. ¿Objetaría alguien que visitara y socorriera a los enfermos y pobres porque era mujer, y joven por añadidura? ¿Deseáis algunas de vosotras, las que sois jóvenes, seguir sus pasos? ¿Tenéis una figura agradable, un trato amable? Tanto mejor, si estáis enteramente consagradas a Dios. Él usará estas cosas, si vuestro ojo es sincero, para que vuestras palabras penetren más hondo. ¡Y mientras ministráis a otros, cuántas bendiciones pueden redundar en vuestro propio seno! Así puede destruirse vuestra ligereza natural; curarse vuestra afición a las bagatelas; corregirse vuestras disposiciones torcidas; debilitarse vuestros malos hábitos hasta que sean arrancados de raíz; y estaréis preparadas para adornar la doctrina de Dios nuestro Salvador en toda escena futura de la vida. Solo tened mucha cautela, si visitáis o tratáis a personas del otro sexo, no sea que vuestros afectos se enreden, de una parte o de la otra, y halléis así una maldición en lugar de una bendición.

9. Puesto que este es un deber al que todos estamos llamados, ricos y pobres, jóvenes y viejos, hombres y mujeres (y bien harían los padres en formar a sus hijos en él, así como en rezar sus oraciones e ir a la iglesia), bástenos el tiempo pasado en que casi todos lo hemos descuidado, como de común acuerdo. ¡Oh, cuánta necesidad tiene cada uno de nosotros de decir: «Señor, perdóname mis pecados de omisión»! Pues bien, en el nombre de Dios, pongámonos ahora, desde este día, a cumplirlo de común acuerdo. Y os ruego que nunca se os vaya de la mente que este es un deber que no podéis cumplir por medio de otro, salvo en un solo caso: si estáis impedidos por vuestro propio dolor o debilidad. Solo en ese caso basta con enviar el socorro que de otro modo daríais. Comenzad, mis amados hermanos, comenzad ahora; de lo contrario, la impresión que ahora sentís se desvanecerá y, posiblemente, nunca vuelva. ¿Cuál será entonces la consecuencia? En lugar de oír aquella palabra: «¡Venid, benditos! — porque estuve enfermo, y me visitasteis», tendréis que oír aquella terrible sentencia: «¡Apartaos, malditos! — porque estuve enfermo, y no me visitasteis».

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