Capítulo 100 · 23 min de lectura · 29 min de escucha
La recompensa de los justos
Sermón 99
La recompensa de los justos
Predicado ante la Sociedad Humanitaria
«Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo».
Mateo 25:34.
1. La sola razón convencerá a todo indagador imparcial de que Dios «es galardonador de los que le buscan» con diligencia. Ella sola le enseña a decir: «Ciertamente hay galardón para el justo»; «hay Dios que juzga en la tierra». ¡Pero cuán poca información recibimos de la razón, sin otra ayuda, acerca de los pormenores que encierra esta verdad general! Así como ojo no vio ni oído oyó, tampoco podría naturalmente subir a nuestro corazón concebir las circunstancias de aquel día terrible en que Dios juzgará al mundo. Ninguna información de esta clase podía darse sino por el gran Juez mismo. ¡Y qué asombroso ejemplo de condescendencia es que el Creador, el Gobernador, el Señor, el Juez de todos, se digne darnos una relación tan clara y tan particular de aquel acto solemne! Si el docto pagano reconoció la sublimidad de la relación que Moisés da de la creación, ¿qué habría dicho si hubiera oído esta relación del Hijo del Hombre que viene en su gloria? Aquí, en verdad, no hay pompa rebuscada de palabras ni adornos del lenguaje. Esto no habría convenido ni al que habla ni a la ocasión. ¡Pero qué inefable dignidad de pensamiento! ¡Miradlo «viniendo sobre las nubes del cielo, y todos los ángeles con él»! ¡Miradlo «sentado sobre el trono de su gloria, y todas las naciones reunidas delante de él»! ¿Y los apartará, poniendo a los buenos a su derecha y a los malos a su izquierda? «Entonces el Rey dirá»: —¡Con qué admirable propiedad varía la expresión! «El Hijo del Hombre» desciende a juzgar a los hijos de los hombres. «El Rey» distribuye premios y castigos a sus súbditos obedientes o rebeldes: —«Entonces el Rey dirá a los que estén a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo».
2. «Preparado para vosotros desde la fundación del mundo»: —Pero ¿concuerda esto con la suposición común de que Dios creó al hombre únicamente para llenar los tronos vacantes de los ángeles rebeldes? ¿No parece más bien implicar que él habría creado al hombre aunque los ángeles nunca hubieran caído?, puesto que preparó el reino para sus hijos humanos ya entonces, cuando echó los cimientos de la tierra.
3. «Heredad el reino»; —como quienes son «herederos de Dios, y coherederos» con su amado Hijo. Es vuestro derecho, ya que yo he obtenido eterna redención para todos los que me obedecen; y vosotros me obedecisteis en los días de vuestra carne. Vosotros «creísteis en el Padre, y también en mí». Amasteis al Señor vuestro Dios, y ese amor os constriñó a amar a todo el género humano. Perseverasteis en la fe que obraba por el amor. Mostrasteis vuestra fe por vuestras obras. «Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; desnudo, y me cubristeis; estuve enfermo, y en la cárcel, y vinisteis a mí».
4. Pero ¿en qué sentido hemos de entender las palabras que siguen? «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber?». No pueden entenderse literalmente; no pueden responder con estas mismas palabras, porque no es posible que ignoren que Dios había obrado realmente por medio de ellos. ¿No es, pues, manifiesto que estas palabras han de tomarse en sentido figurado? ¿Y pueden significar algo más que esto: que todo lo que ellos han hecho les parecerá nada; que, por así decirlo, se desvanecerá a la vista de lo que Dios su Salvador había hecho y padecido por ellos?
5. Pero «respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis». ¡Qué declaración es esta!, digna de tenerse en memoria eterna. ¡Que el dedo del Dios vivo la escriba en todos nuestros corazones! De aquí quisiera tomar ocasión, primero, para hacer algunas reflexiones sobre las buenas obras en general; segundo, para considerar en particular la institución para cuyo fomento estamos ahora reunidos; y, en tercer lugar, para hacer una breve aplicación.
I. 1. Y, primero, quisiera hacer algunas reflexiones sobre las buenas obras en general.
No ignoro que muchos, aun personas serias, miran con recelo todo lo que se dice sobre este tema; más aún, siempre que se insiste con fuerza en la necesidad de las buenas obras, dan por sentado que el que habla de este modo está a un paso del papismo. Pero ¿debemos nosotros, por temor a este o a cualquier otro reproche, abstenernos de hablar «la verdad que está en Jesús»? ¿Debemos, por consideración alguna, «rehuir anunciar todo el consejo de Dios»? Antes bien, si un falso profeta pudo pronunciar aquella palabra solemne, ¡cuánto más pueden decir los ministros de Cristo: «No podemos traspasar la palabra del Señor para hablar ni más ni menos»!
2. ¿No es de lamentar que algunos que temen a Dios deseen que hagamos otra cosa?, ¿y que, hablando ellos mismos de otro modo, den ocasión a que el camino de la verdad sea vituperado? Me refiero en particular al camino de la salvación por la fe, el cual, precisamente por esta razón, es despreciado, y aun tenido en abominación, por muchos hombres sensatos. Hace ya más de cuarenta años que esta grande doctrina bíblica, «Por gracia sois salvos por medio de la fe», comenzó a ser declarada abiertamente por unos pocos clérigos de la Iglesia de Inglaterra. Y no mucho después, algunos que la oyeron, pero no la entendieron, intentaron predicar la misma doctrina, pero la mutilaron miserablemente, torciendo la Escritura y «deshaciendo la ley por la fe».
3 . Algunos de estos, para exaltar el valor de la fe, han despreciado por completo las buenas obras. Hablan de ellas no solo como innecesarias para la salvación, sino como un gran estorbo para ella. Las presentan como mucho más peligrosas que las malas para quienes procuran salvar su alma. Uno clama a gritos: «Más gente va al infierno por orar que por robar». Otro vocifera: «¡Fuera vuestras obras! ¡Acabad con vuestras obras, o no podréis venir a Cristo!». ¡Y a esta declamación antibíblica, irracional y pagana se la llama predicar el evangelio!
4. Pero «el Juez de toda la tierra», ¿no ha de hablar, así como «hacer lo que es justo»? ¿No será él «justificado en sus dichos, y vencerá cuando sea juzgado»? Ciertamente lo será. Y con su autoridad debemos seguir declarando que siempre que hacéis bien a alguno por amor de él; cuando dais de comer al hambriento y de beber al sediento; cuando socorréis al forastero o vestís al desnudo; cuando visitáis a los enfermos o a los que están en la cárcel, estas no son pecados espléndidos, como alguien las llama asombrosamente, sino «sacrificios de los cuales se agrada Dios».
5. No es que nuestro Señor quisiera que limitáramos nuestra beneficencia a los cuerpos de los hombres. Sin duda quiso que abundáramos igualmente en obras de misericordia espiritual. Murió para «limpiar para sí un pueblo propio, celoso de» todas «las buenas obras»; celoso, sobre todo, de «salvar almas de muerte», y así «cubrir multitud de pecados». Y esto está sin duda incluido en la exhortación de San Pablo: «Entre tanto que tenemos tiempo, hagamos bien a todos»; bien de toda clase posible, así como en todo grado posible. Pero ¿por qué no menciona nuestro bendito Señor las obras de misericordia espiritual? No podía hacerlo con propiedad alguna. No le correspondía decir: «Estaba en el error, y me convencisteis; estaba en el pecado, y me trajisteis de vuelta a Dios». Y no era necesario, pues al mencionar algunas incluyó todas las obras de misericordia.
6. Pero ¿no puedo añadir una cosa más? (solo que el que oye, entienda): las buenas obras están tan lejos de ser un estorbo para nuestra salvación, tan lejos de ser insignificantes, de no tener valor alguno en el cristianismo, que, suponiendo que broten de un principio recto, son la perfección de la religión. Son la parte más alta de aquel edificio espiritual cuyo fundamento es Jesucristo. Para quienes consideran atentamente el capítulo trece de la Primera Epístola a los Corintios, será innegablemente claro que lo que San Pablo describe allí como la más alta de todas las gracias cristianas es, propia y directamente, el amor al prójimo [1 Corintios 13]. Y para quien considera atentamente todo el tenor tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, será igualmente claro que las obras que brotan de este amor son la parte más alta de la religión allí revelada. De ellas dice nuestro Señor mismo: «En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto». ¡Mucho fruto! ¿No implica la expresión misma la excelencia de lo que así se nombra? ¿No existe el árbol mismo por causa del fruto? Llevando fruto, y solo por esto, alcanza la más alta perfección de que es capaz y cumple el fin para el cual fue plantado. ¿Quién, pues, qué es aquel que se llama cristiano y puede hablar a la ligera de las buenas obras?
II. 1. De estas reflexiones generales paso a considerar en particular la institución para cuyo fomento estamos ahora reunidos. Y al hacerlo observaré, primero, el origen de esta institución; segundo, su éxito; y, tercero, su excelencia; después de lo cual me daréis licencia para hacer una breve aplicación.
(I.) Sobre el primer punto, el origen de esta institución, puedo ser muy breve, pues gran parte de vosotros ya lo conoce.
1. Causa extrañeza (como observa un ingenioso escritor) que una institución como esta, de tan honda importancia para el género humano, apareciera tan tarde en el mundo. ¿Tenemos algo escrito sobre el asunto anterior al tratado publicado en Roma en el año 1637? ¿Y no quedó luego dormida la propuesta durante muchos años? ¿Hubo más que uno o dos intentos, y estos no proseguidos con eficacia, hasta el año 1700? Por qué pasos ha sido revivida desde entonces y llevada a efecto es lo que ahora hemos de averiguar.
2. No puedo daros una idea más clara de esto que presentándoos un breve extracto de la Introducción al «Plan e informes de la Sociedad», publicado hace dos años: —
«Muchos e indudables son los ejemplos de la posibilidad de devolver la vida a personas al parecer heridas de muerte repentina, ya sea por apoplejía, ataques convulsivos, vapores nocivos, estrangulamiento o ahogamiento. Casos de esta naturaleza han ocurrido en todos los países. Pero se los consideraba, y se los desatendía, como fenómenos extraordinarios de los que no podía sacarse ninguna consecuencia saludable.
3. «Al fin, unos pocos caballeros benévolos de Holanda conjeturaron que al menos algunos podrían haberse salvado si se hubieran empleado a tiempo los medios adecuados, y se constituyeron en una sociedad a fin de hacer la prueba. Sus intentos tuvieron un éxito que superó con mucho sus esperanzas. Muchos fueron restituidos a la vida que de otro modo habrían perecido. Y al fin pudieron extender su plan por las Siete Provincias.
«Su éxito movió a otros países a seguir su ejemplo. En el año 1768, los magistrados de sanidad de Milán y de Venecia dictaron órdenes para el tratamiento de los ahogados. La ciudad de Hamburgo dispuso que se leyera en todas las iglesias una ordenanza semejante. En el año 1769, la emperatriz de Alemania publicó un edicto que extendía sus instrucciones y estímulos a todo caso que ofreciera alguna posibilidad de socorro. En el año 1771, los magistrados de París fundaron una institución en favor de los ahogados.
4. «En el año 1773, el doctor Cogan tradujo las “Memorias de la Sociedad de Ámsterdam” a fin de informar a nuestros compatriotas de que era factible recobrar a personas aparentemente ahogadas; y uniéndose a él el señor Hawes, estos caballeros propusieron un plan para una institución semejante en estos reinos. Pronto pudieron formar una sociedad con este excelente propósito. El plan es este: —
«I. La Sociedad publicará, de la manera más amplia posible, los métodos adecuados para tratar a las personas en tales circunstancias.
«II. Repartirá un premio de dos guineas entre las primeras personas que intenten recobrar a alguien sacado del agua como muerto. Y esta recompensa se dará aunque el intento no tenga éxito, con tal que se haya proseguido durante dos horas, según el método establecido por la Sociedad.
«III. Repartirá un premio de cuatro guineas cuando la persona sea restituida a la vida.
«IV. Dará una guinea a cualquiera que admita el cuerpo en su casa sin demora y proporcione las comodidades necesarias.
«V. Varios caballeros médicos, que viven cerca de los lugares donde suelen ocurrir estas desgracias, prestarán gratuitamente su asistencia».
(II.) Tal fue el origen de esta admirable institución. Con qué éxito ha sido acompañada es el punto que me propongo considerar, en segundo lugar, muy brevemente.
Y hay que reconocer que ha sido no solo mucho mayor de lo que habían imaginado quienes la despreciaron, sino mayor que las esperanzas más optimistas de los caballeros que se ocuparon directamente en ella.
En el breve espacio que va desde su primer establecimiento, en mayo de 1774, hasta fines de diciembre, ocho personas, al parecer muertas, fueron restituidas a la vida.
En el año 1775, cuarenta y siete fueron restituidas a la vida: treinta y dos de ellas por el estímulo y la asistencia directos de los caballeros de esta Sociedad; y las demás, por caballeros médicos y otros, a consecuencia de haberse dado a conocer generalmente su método de tratamiento.
En el año 1776, cuarenta y una personas fueron restituidas a la vida con la asistencia de esta Sociedad. Y se le comunicaron once casos de personas que habían sido restituidas en otros lugares.
¡Así, el número de vidas preservadas y restituidas en dos años y medio, desde su primera fundación, asciende a ciento siete! Añadid a estas las que han sido restituidas desde entonces, y de doscientas ochenta y cuatro personas que estaban muertas a todas luces, no menos de ciento cincuenta y siete han sido restituidas a la vida. ¡Tal es el éxito que las ha acompañado en tan poco tiempo! ¡Tal bendición ha dado la bondadosa providencia de Dios a esta empresa naciente!
(III). 1. Solo queda mostrar su excelencia. Y esta puede verse por una sola consideración: esta institución une en una todas las diversas obras de misericordia. Todas las obras de caridad mencionadas arriba están contenidas en esta. Abarca todos los beneficios corporales (si así puedo hablar) y todos los espirituales; todas las muestras de bondad que pueden mostrarse a los cuerpos o a las almas de los hombres. Para demostrarlo sin contradicción posible no hace falta elocuencia estudiada ni colorido retórico, sino simple y llanamente contar la cosa tal como es.
2. Lo que se intenta, y no solo se intenta, sino que se realiza de hecho, (¡tanto ha prosperado la bondad de Dios los trabajos de estos amantes del género humano!) no es menos, en un sentido restringido, que devolver la vida a los muertos. ¿Es de extrañar, entonces, que la generalidad de los hombres ridiculizara al principio semejante empresa?, ¿que imaginara que las personas que pretendían tal cosa debían de estar enteramente fuera de su juicio? Ciertamente, uno de antaño dijo: «¿Por qué se juzga entre vosotros cosa increíble que Dios resucite a los muertos?». ¿No puede Aquel que dio la vida al principio darla otra vez con la misma facilidad? Pero bien puede tenerse por cosa increíble que el hombre resucite a los muertos, pues ningún poder humano puede crear la vida. ¿Y qué poder humano puede restituirla? Por eso, cuando nuestro Señor (a quien los judíos de aquel tiempo suponían un mero hombre) llegó a la casa de Jairo para resucitar a su hija de entre los muertos, al primer indicio de su intención «se burlaban de él». «La muchacha», dijo él, «no está muerta, sino que duerme». «Esto ha de llamarse más bien sueño que muerte, pues su vida no ha llegado a su fin; mas yo la despertaré pronto de este sueño».
3. Sin embargo, es cierto que ella estaba realmente muerta, y por tanto fuera del alcance de todo poder salvo el del Todopoderoso. ¡Pero ved qué poder ha dado Dios ahora al hombre! ¡A su nombre sea toda la alabanza! ¡Ved con qué sabiduría ha dotado a estos hijos de la misericordia!, enseñándoles a detener el alma que parte, a retener el espíritu que justo abandona el barro sin aliento y alza el vuelo hacia la eternidad. ¿Quién vio cosa tal? ¿Quién oyó cosas semejantes? ¿Quién las leyó en los anales de la antigüedad? Hijos de los hombres, «¿vivirán estos huesos secos?». ¿Puede este corazón inmóvil latir otra vez? ¿Puede esta sangre coagulada volver a fluir? ¿Pueden estos vasos secos y rígidos abrirse para darle paso? ¿Puede esta carne fría recobrar su calor natural, o esos ojos ver de nuevo el sol? ¡Ciertamente estas son cosas tales (¿no podría casi decirse, tales milagros?) como ni nosotros, los de la generación presente, ni nuestros padres habíamos conocido!
4. Considerad, os ruego, ¡cuántos milagros de misericordia (por así decirlo) están contenidos en uno solo! Aquel pobre hombre, que poco antes era contado entre los muertos, por el cuidado y el esfuerzo de estos mensajeros de Dios respira otra vez el aire vital, abre los ojos y se pone en pie. Es devuelto a su familia regocijada, a su esposa, a sus hijos (hasta hace poco) desvalidos, para que de nuevo, con su trabajo honrado, les provea de todo lo necesario para la vida. ¡Ved ahora lo que habéis hecho, ministros de misericordia! ¡He aquí el fruto de vuestro trabajo de amor! Habéis sido un esposo para la viuda, un padre para los huérfanos. Y con esto habéis dado de comer al hambriento, de beber al sediento, vestido al desnudo; porque hambrientos, sedientos y desnudos habrían estado estos pequeños si no les hubierais devuelto a aquel que lo impide. Habéis hecho más que aliviar: habéis prevenido aquella enfermedad que naturalmente podría haber surgido de la falta de alimento suficiente que comer o de ropa que ponerse. Habéis impedido que esos huérfanos anduvieran errantes de un lado a otro, sin tener dónde recostar la cabeza. Más aún, muy posiblemente habéis evitado que algunos de ellos fueran alojados en una cárcel lúgubre y sin consuelo.
5. ¡Tan grande, tan abarcadora es la misericordia que habéis mostrado a los cuerpos de vuestros semejantes! Pero ¿por qué habrían de quedar fuera de la cuenta sus almas? ¡Cuán grandes son los beneficios que también a estas habéis otorgado! El marido tiene ahora otra vez la oportunidad de ayudar a su esposa en las cosas de mayor importancia. Puede ahora de nuevo fortalecer sus manos en Dios y ayudarla a correr con paciencia la carrera que tiene por delante. Puede otra vez unirse a ella para instruir a sus hijos y criarlos en el camino que deben seguir; hijos que acaso vivan para ser un consuelo de sus padres ancianos y miembros útiles de la comunidad.
6. Más aún, puede ser que hayáis arrebatado al pobre hombre mismo no solo de las fauces de la muerte, sino de hundirse más hondo que las aguas, de las fauces de la perdición eterna. No cabe duda de que algunos de aquellos cuya vida habéis restituido, aunque antes estuvieran sin Dios en el mundo, volverán en sí y mostrarán su alabanza no solo con los labios, sino con su vida. Es muy probable que algunos de ellos (como uno de los diez leprosos) «vuelvan y den gloria a Dios», gracias reales y duraderas, consagrándose a su honroso servicio.
7. Es digno de notarse que varios de aquellos a quienes habéis traído de vuelta desde el borde del sepulcro estaban ebrios en el mismo momento en que cayeron al agua. Y en ese mismo instante (lo cual sucede con frecuencia) perdieron por completo el sentido. Aquí, pues, no había lugar ni posibilidad alguna de arrepentimiento. No tuvieron tiempo, no tuvieron sentido, ni siquiera para clamar: «¡Señor, ten misericordia!». ¡Así se hundían a través de las aguas poderosas en el abismo de la perdición! Y estos instrumentos de la misericordia divina los arrebataron a la vez del agua y del fuego; ¡con un mismo acto los libraron de la muerte temporal y de la eterna!
8. Más aún, una pobre pecadora (¡no se olvide nunca!) bajaba precisamente del barco cuando (alcanzada por la justicia y la misericordia de Dios) le resbaló el pie y cayó al río. Al instante perdió el sentido, de modo que no podía invocar a Dios. Pero él no la había olvidado. Envió a quienes la libraron de la muerte; al menos de la muerte del cuerpo. ¿Y quién sabe si no lo tomará a pecho y se apartará del error de su camino? ¿Quién sabe si no será salvada de la muerte segunda y, con sus libertadores, «heredará el reino»?
9. Un punto más merece notarse en particular. Muchos de los que han sido restituidos a la vida (no menos de once de los catorce que se salvaron en pocos meses) eran del número de aquellos que son un oprobio para nuestra nación: —suicidas voluntarios. Como muchos de los hombres desesperados que intentan este horrendo crimen son hombres que han recibido una educación liberal, es lástima que no consideren aquellas hermosas palabras, no de un pobre cristiano de alma estrecha, sino de un pagano generoso, ¡más aún, de un romano! Que consideren con calma aquel bello pasaje: —
Proxima deinde tenent maesti loca, qui sibi letum
Insontes peperere manu, lucemque perosi
Projecere animas. Quam vellent aethere in alto
Nunc et pauperiem, et duros perferre labores!
Fata obstant, tristique palus inamabilis unda
Alligat, et novies Styx interfusa coercet.
[Luego siguen las multitudes que, pródigas del aliento,
a sí mismas se anticipan la sentencia de la muerte;
aunque libres de culpa, arrojaron sus vidas,
y tristes y sombrías aborrecen el día dorado.
¡Oh, con qué gozo los desdichados soportarían ahora
dolor, fatiga y pena, por respirar el aire vital!
¡En vano! Por el hado para siempre están atados
al terrible Averno y al lago profundo;
¡y la Estigia, con nueve anchos cauces, ruge alrededor!
Virgilio, en la versión del señor Pitt.]
¡Fata obstant! Pero en favor de muchos vemos que Dios ha anulado el hado. Son traídos de vuelta a través del río innavegable. Contemplan de nuevo los cielos de arriba. Ven la luz del sol. ¡Oh, que vean la luz de tu rostro! ¡Y que vivan de tal modo los pocos días que les quedan en la tierra, que puedan vivir contigo para siempre!
III. 1. Permitidme ahora hacer una breve aplicación. Pero ¿a quién debo dirigirla? ¿Hay aquí algunos que, por desgracia, tienen prejuicios contra aquella Revelación que no respira sino benevolencia, que contiene la más rica manifestación del amor de Dios al hombre que jamás se ha hecho desde la fundación del mundo? Aun a vosotros quisiera dirigir unas pocas palabras; porque, si no sois cristianos, sois hombres. También vosotros sois sensibles a las impresiones bondadosas: tenéis los sentimientos de la humanidad. ¿No se ha encendido también vuestro corazón ante aquel noble sentimiento, digno del corazón y de los labios del más alto cristiano: —
Homo sum: Humani nihil a me alienum puto!
[Esta cita de Terencio la traduce así Colman: —
«Soy hombre; y toda calamidad
que toca a la humanidad me toca a mí». — N. del E.]
¿No os habéis compadecido también vosotros de los afligidos? ¿Cuántas veces os ha dolido la miseria humana? Cuando habéis contemplado una escena de honda aflicción, ¿no se ha derretido vuestra alma dentro de vosotros?
Y de cuando en cuando se os escapaba un suspiro,
y las lágrimas comenzaban a correr.
Pero ¿es fácil para nadie concebir una escena de aflicción más honda que esta? Suponed que estáis presentes justo cuando entra el mensajero y se da la noticia: «Siento decírtelo, pero has de saberlo: ¡tu marido ya no existe! Se daba prisa en salir del barco y le resbaló el pie. Es verdad que, al cabo de un rato, se halló su cuerpo; pero allí yace, sin señal alguna de vida». ¡En qué estado se hallan ahora la madre y los hijos! Quizá por un tiempo aturdidos, abrumados, en silencio, mirándose unos a otros; ¡y luego prorrumpiendo en lamentos fuertes y amargos! Ahora es el momento de ayudarlos, asistiendo a quienes se dedican a hacerlo. ¡Que nada os impida ahora aprovechar esta gloriosa oportunidad! ¡Devolved el marido a su esposa desconsolada, el padre a sus hijos que lloran! Es verdad que no podéis hacerlo en persona; no podéis estar en el lugar. Pero podéis hacerlo de manera eficaz asistiendo a quienes sí lo están. Podéis ahora, con vuestra generosa contribución, enviarles la ayuda que no podéis dar personalmente. ¡Oh, no cerréis vuestras entrañas de compasión para con ellos! ¡Abrid ahora vuestros corazones y vuestras manos! Si tenéis mucho, dad con abundancia; si no, dad un poco, con ánimo pronto.
2. A vosotros, que creéis la Revelación cristiana, puedo hablaros de manera aún más enérgica. Creéis que vuestro bendito Maestro «os dejó ejemplo, para que sigáis sus pisadas». Ahora bien, sabéis que toda su vida fue un solo trabajo de amor. Sabéis «cómo anduvo haciendo bienes», y eso sin interrupción, declarando a todos: «Mi Padre hasta ahora obra, y yo obro». ¿No es este, pues, el lenguaje de vuestro corazón? —
Muéstrese tu mente en toda mi vida,
mientras, oyendo el clamor de los desdichados,
el gemido de las viudas y los huérfanos,
en alas de la misericordia vuelo veloz
a socorrer al pobre y al desvalido,
a dar por ellos mi vida, mi todo.
Nunca pueden faltar ocasiones de hacer esto, porque «siempre tendréis pobres con vosotros». Pero ¡qué oportunidad singular os ofrece la solemnidad de este día de «seguir sus pisadas» de una manera que antes no concebíais! ¿Dijo él a la pobre madre afligida (sin duda para sorpresa de muchos): «No llores»? ¿Y los sorprendió todavía más cuando detuvo sus lágrimas devolviendo la vida a su hijo muerto y «lo dio a su madre»? ¿Restituyó él a la vida (a pesar de todos los que «se burlaban de él») a la hija de Jairo? ¡Cuántas cosas de índole muy parecida, «si es lícito comparar lo humano con lo divino», han sido hechas, y siguen haciéndose cada día, por estos amantes del género humano! ¡Que cada uno, pues, ambicione tener parte en esta obra gloriosa! Que cada uno (en un sentido más fuerte que el que quiso darle el señor Herbert)
¡una sus manos con Dios para hacer vivir a un pobre!
Con vuestra generosa ayuda, sed partícipes de su obra y partícipes de su gozo.
3. A vosotros solo necesito añadir una palabra más. Recordad (lo que se dijo al principio) la solemne declaración de Aquel de quien sois y a quien servís, que viene sobre las nubes del cielo. Mientras fomentáis esta caridad tan abarcadora, que comprende dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, hospedar al forastero, en verdad todas las buenas obras en una, sean escritas en vuestro corazón y resuenen en vuestros oídos aquellas palabras alentadoras: «En cuanto lo hicisteis a uno de estos más pequeños, a MÍ lo hicisteis».
Capítulo 100 completado
La recompensa de los justos