Sermones en diversas ocasiones
Sobre la obediencia a los pastores

Capítulo 98 · 18 min de lectura · 24 min de escucha

Sobre la obediencia a los pastores

Sermón 97

Sobre la obediencia a los pastores

«Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso».

Hebreos 13:17.

1. Poquísimos, no solo entre los cristianos de nombre, sino aun entre los hombres verdaderamente religiosos, tienen una idea clara de esta importante doctrina que aquí enseña el Apóstol. Muchísimos apenas piensan en ella, y casi ni saben que en la Biblia haya semejante precepto. Y la mayor parte de los que saben que está allí, y se figuran que lo siguen, no lo entienden, sino que se inclinan demasiado a la mano derecha o a la izquierda, a un extremo o al otro. Bien se sabe hasta qué extravagante altura llevan este precepto los romanistas en general. Muchos de ellos creen que se debe una fe implícita a las doctrinas que enseñan los que los gobiernan, y que ha de prestarse una obediencia implícita a cualquier cosa que manden; y no mucho menos han sostenido varios hombres eminentes de la Iglesia de Inglaterra. Aunque es verdad que la generalidad de los protestantes tiende a correr al otro extremo, no concediendo a sus pastores autoridad alguna, sino haciéndolos a la vez hechura y siervos de sus congregaciones. Y hay muchísimos de nuestra propia Iglesia que concuerdan con ellos en esto, suponiendo que los pastores dependen enteramente del pueblo, el cual, a su juicio, tiene derecho tanto a dirigir como a elegir a sus ministros.

2. Pero ¿no es posible hallar un término medio entre estos dos extremos? ¿Hay alguna necesidad de que caigamos en uno o en otro? Si dejamos a un lado las leyes humanas, y atendemos sencillamente a los oráculos de Dios, ciertamente podemos descubrir un camino intermedio en este asunto tan importante. Para ello, examinemos con cuidado las palabras del Apóstol citadas arriba. Consideremos:

I. ¿Quiénes son las personas mencionadas en el texto, los que «os gobiernan»?

II. ¿Quiénes son aquellos a quienes el Apóstol manda «obedecer y sujetarse» a ellos?

III. ¿Cuál es el sentido de este precepto? ¿En qué sentido han de «obedecer y sujetarse»? Procuraré luego hacer una aplicación adecuada de todo ello.

I. 1. Consideremos, primero, quiénes son las personas mencionadas en el texto, «los que os gobiernan». No creo que las palabras del Apóstol estén bien traducidas, porque esta traducción hace de la frase poco más que una tautología. Si «os gobiernan», ciertamente sois gobernados por ellos; de modo que, según esta traducción, solo se os manda hacer lo que ya hacéis: obedecer a aquellos a quienes obedecéis. Pero hay otro significado de la palabra griega que parece mucho más apropiado: significa guiar, así como gobernar. Y así, al parecer, debe tomarse aquí. El precepto, pues, aplicado a nuestros guías espirituales, es claro y pertinente.

2. Esta interpretación parece confirmarse por el versículo séptimo, que fija el sentido de este: «Acordaos de los que os gobiernan, que os hablaron la palabra de Dios». El Apóstol muestra aquí, por la última cláusula de la frase, a quiénes se refería en la primera. Los que «estaban sobre ellos» eran las mismas personas «que les hablaron la palabra de Dios»; es decir, eran sus pastores, los que guiaban y apacentaban esta parte del rebaño de Cristo.

3. Pero ¿por quién han de ser nombrados estos guías? ¿Y qué se supone que deben hacer para tener derecho a la obediencia que aquí se prescribe?

Se han escrito volúmenes y más volúmenes sobre esa intrincada cuestión: ¿Por quién han de ser nombrados los guías de las almas? No me propongo entrar aquí en absoluto en la disputa sobre el gobierno de la iglesia, ni discutir si es ventajoso o perjudicial para el interés de la religión verdadera que la iglesia y el estado estén mezclados, como lo han estado desde el tiempo de Constantino en todas las partes del Imperio romano donde se ha recibido el cristianismo. Dejando a un lado todos estos puntos (que pueden dar ocupación de sobra a los hombres que abundan en ocio), por «los que os guían» entiendo a los que lo hacen, si no por vuestra elección, al menos con vuestro consentimiento; a aquellos que de buen grado aceptáis como vuestros guías en el camino del cielo.

4. Pero ¿qué se supone que deben hacer para tener derecho a la obediencia que aquí se prescribe?

Se supone que han de ir delante del rebaño (como lo hacen los pastores orientales hasta el día de hoy), y guiarlo por todos los caminos de la verdad y la santidad; han de «nutrirlo con las palabras de vida eterna»; alimentarlo con «la leche pura de la palabra»; aplicándola continuamente «para enseñar», instruyéndolo en todas las doctrinas esenciales que contiene; «para redargüir», amonestándolo si se aparta del camino, a la mano derecha o a la izquierda; «para corregir», mostrándole cómo enmendar lo que está mal, y guiándolo de vuelta al camino de la paz; y «para instruir en justicia», formándolo en la santidad interior y exterior, «hasta que lleguen a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo».

5. Se supone que han de «velar por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta». «¡Como quienes han de dar cuenta!». ¡Cuán indeciblemente solemnes y terribles son estas palabras! ¡Quiera Dios escribirlas en el corazón de todo guía de almas!

«Velan», despiertos mientras otros duermen, sobre el rebaño de Cristo; sobre las almas que él compró por precio, que ganó con su propia sangre. Las llevan en el corazón de día y de noche, sin hacer caso del sueño ni del alimento en comparación con ellas. Aun mientras duermen, su corazón vela, lleno de solicitud por sus amados hijos. «Velan» con profundo fervor, con una seriedad ininterrumpida, con cuidado, paciencia y diligencia incansables, como quienes están a punto de dar cuenta de cada alma en particular a aquel que está delante de la puerta, al Juez de vivos y muertos.

II. 1. Hemos de considerar, en segundo lugar, quiénes son aquellos a quienes el Apóstol manda obedecer a los que los gobiernan. Y para determinarlo con certeza y claridad, no apelaremos a instituciones humanas, sino sencillamente (como al responder a la pregunta anterior) a la decisión que hallamos en los oráculos de Dios. En verdad, apenas tenemos necesidad de ir un paso más allá del texto mismo. Solo será conveniente, primero, quitar del camino algunas opiniones populares que casi en todas partes se han dado por sentadas, pero que de ningún modo pueden probarse.

2. Se supone comúnmente, en primer lugar, que el Apóstol manda aquí a los feligreses obedecer y sujetarse al ministro de su parroquia. Pero ¿puede alguien aducir la menor sombra de prueba de esto en la Santa Escritura? ¿Dónde está escrito que estemos obligados a obedecer a un ministro porque vivimos en lo que se llama su parroquia? «Sí», decís, «estamos obligados a someternos a toda ordenación humana por causa del Señor». Es verdad, en todas las cosas indiferentes; pero esta no lo es; está muy lejos de serlo. Está lejos de ser cosa indiferente para mí quién sea el guía de mi alma. No me atrevo a recibir como guía al cielo a uno que va él mismo por el camino real del infierno. No me atrevo a tomar por pastor a un lobo que ni siquiera tiene vestido de oveja; que es un blasfemo habitual, un borracho manifiesto, un notorio quebrantador del día de reposo. ¡Y tales son (tanto mayor la vergüenza, y tanto mayor la lástima) muchos ministros parroquiales en este día!

3. «Pero ¿no sois propiamente miembros de la congregación a la que pertenecen vuestros padres?». No entiendo que lo sea; no conozco ninguna Escritura que me obligue a ello. Debo toda deferencia a los mandatos de mis padres, y de buen grado los obedezco en todas las cosas lícitas. Pero no es lícito llamarlos Rabí; es decir, creerles u obedecerles implícitamente. Cada uno ha de dar cuenta de sí mismo a Dios. Por tanto, cada hombre debe juzgar por sí mismo, especialmente en un punto de tan honda importancia como este: la elección de un guía para su alma.

4. Pero podemos zanjar pronto este asunto recurriendo a las palabras mismas del texto. Los que se han unido voluntariamente a un pastor tal que responda a la descripción que allí se da; a quienes de hecho «velan por sus almas, como quienes han de dar cuenta»; a quienes los «nutren con las palabras de vida eterna»; a quienes los alimentan como con «la leche pura de la palabra», y se la aplican constantemente «para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia»; todos los que han hallado y escogido guías de este carácter, de este espíritu y conducta, son sin duda requeridos por el Apóstol a «obedecerles y sujetarse» a ellos.

III. 1. Pero ¿cuál es el sentido de este precepto? Esto queda por considerar. ¿En qué sentido, y hasta qué punto, manda el Apóstol que «obedezcan y se sujeten» a sus guías espirituales?

Si atendemos al sentido propio de las dos palabras que aquí usa el Apóstol, podemos observar que la primera de ellas, peithesthe (de peitho, persuadir), se refiere al entendimiento; la segunda, hypeikete, a la voluntad y a la conducta exterior. Comencemos por la primera. ¡Qué influencia deben tener nuestros guías espirituales sobre nuestro entendimiento! No nos atrevemos a llamar Rabí a nuestros padres espirituales más que a los padres de nuestra carne. No nos atrevemos a prestar fe implícita a los primeros más que a los segundos. En este sentido uno es nuestro Maestro (o más bien Enseñador), el que está en los cielos. Pero cualquier sumisión, aun de nuestro entendimiento, que no llegue a esto, podemos, más aún, debemos prestársela.

2. Para explicar esto un poco más: Santiago usa una palabra estrechamente emparentada con la primera de estas: «La sabiduría que es de lo alto es eupeithes, fácil de convencer, o de persuadir». Ahora bien, si debemos tener y mostrar esta sabiduría hacia todos los hombres, debemos tenerla en un grado más eminente, y mostrarla en toda ocasión, hacia los que «velan por nuestras almas». Con respecto a ellos, por encima de todos los demás hombres, debemos ser «tratables»: fáciles de convencer de cualquier verdad, y fáciles de persuadir a cualquier cosa que no sea pecaminosa.

3. San Pablo usa con frecuencia una palabra de casi el mismo significado que esta, a saber, epieikes. En nuestra traducción se vierte más de una vez amable. Pero quizá podría traducirse con más propiedad (si se permite la palabra) condescendiente; pronto a ceder, a renunciar a nuestra propia voluntad en todo lo que no sea cuestión de deber. Esta amable disposición la disfruta todo verdadero cristiano, y la muestra en su trato con todos los hombres. Pero la muestra de manera peculiar hacia los que velan por su alma. No solo está dispuesto a recibir de ellos cualquier instrucción, a ser convencido de cualquier cosa que antes no sabía, abierto a su consejo y gozoso de recibir amonestación o reprensión, sino que está pronto a renunciar a su propia voluntad siempre que puede hacerlo con limpia conciencia. Todo lo que ellos desean que haga, lo hace, si no está prohibido en la Palabra de Dios. Todo aquello de que desean que se abstenga, se abstiene, si no está mandado en la Palabra de Dios. Esto está implícito en aquellas palabras del Apóstol: «Sujetaos a ellos»; cededles; renunciad a vuestra propia voluntad. Esto es digno, y justo, y vuestro deber ineludible, si de verdad velan por vuestras almas como quienes han de dar cuenta. Si así «obedecéis y os sujetáis» a ellos, darán cuenta de vosotros «con alegría, y no gimiendo», como de otro modo tendrán que hacerlo; porque, aunque ellos queden limpios de vuestra sangre, sin embargo «eso no os sería provechoso»; sí, sería el preludio de la condenación eterna.

4. ¡Cuán agradable a Dios fue un ejemplo de obediencia algo semejante a este! Tenéis de él un relato extenso y detallado en el capítulo treinta y cinco de Jeremías. «Palabra del Señor que vino a Jeremías, diciendo: Ve a casa de los recabitas, y dales a beber vino. Tomé entonces a toda la familia de los recabitas»; a todos los jefes de sus familias; «y puse delante de ellos tazas llenas de vino, y les dije: Bebed vino. Mas ellos dijeron: No beberemos vino; porque Jonadab», hombre principal en el reinado de Jehú, «hijo de Recab», de quien tomamos el nombre, por ser el padre de nuestra familia, «nos mandó, diciendo: No beberéis jamás vino vosotros ni vuestros hijos. Y nosotros hemos obedecido a la voz de Jonadab nuestro padre en todas las cosas que nos mandó». No conocemos ninguna razón particular por la que Jonadab dio este mandato a su posteridad. Pero, como no era pecaminoso, ellos dieron esta notable prueba de gratitud a su gran bienhechor. Y cuán agradable fue esto al Padre de los espíritus lo aprendemos por las palabras que siguen: «Y dijo Jeremías a la familia de los recabitas: Porque obedecisteis a la voz de Jonadab vuestro padre, por tanto así ha dicho el Señor de los ejércitos: No faltará a Jonadab varón que esté en mi presencia para siempre». [Jeremías 35]

5. Ahora bien, es cierto que los cristianos deben a los que velan por sus almas tanta gratitud y obediencia, por lo menos, como la casa de los recabitas debía a Jonadab hijo de Recab. Y no podemos dudar de que a él le agrada nuestra obediencia a estos tanto como le agradó la obediencia de ellos a Jonadab. Si tanto le agradaron la gratitud y la obediencia de este pueblo para con su bienhechor temporal, ¿no tenemos toda razón para creer que le agradan, por lo menos tanto, la gratitud y la obediencia de los cristianos para con aquellos que les traen bendiciones mucho mayores que las que Jonadab transmitió jamás a su posteridad?

6. Puede ser útil considerar todavía: ¿En qué casos es deber de los cristianos obedecer y sujetarse a los que velan por sus almas? Ahora bien, las cosas que estos mandan han de ser o mandadas por Dios, o prohibidas por él, o indiferentes. En las cosas prohibidas por Dios no nos atrevemos a obedecerles, porque es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres. En las cosas mandadas por Dios no les obedecemos propiamente a ellos, sino a nuestro Padre común. Por tanto, si hemos de obedecerles en algo, ha de ser en las cosas indiferentes. En suma, es deber de todo cristiano particular obedecer a su pastor espiritual, haciendo o dejando de hacer cualquier cosa de naturaleza indiferente; cualquier cosa que de ningún modo esté determinada en la palabra de Dios.

7. Pero ¡cuán poco se entiende esto en el mundo protestante, al menos en Inglaterra e Irlanda! ¿Quién hay, aun entre los que se tienen por buenos cristianos, que sueñe siquiera que existe un deber como este? Y, sin embargo, no hay mandamiento más expreso ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento. Ningunas palabras pueden ser más claras y llanas; ningún mandamiento más directo y positivo. Por tanto, ciertamente nadie que reciba la Escritura como palabra de Dios puede vivir en la infracción habitual de este y alegar inocencia. Semejante ejemplo de desobediencia voluntaria, o al menos descuidada, no puede sino contristar al Espíritu Santo de Dios. No puede sino impedir que la gracia de Dios surta su pleno efecto en el corazón. No es improbable que esta misma desobediencia sea una de las causas de la muerte espiritual de muchas almas; una de las razones de que no reciban las bendiciones que buscan con cierto grado de sinceridad.

8. Solo queda hacer una breve aplicación de lo que acabamos de exponer.

Tú que lees esto, ¿te lo aplicas a ti mismo? ¿Te examinas a la luz de ello? ¿No detienes tú tu propio crecimiento en la gracia, si no por una desobediencia voluntaria a este mandamiento, sí por una descuidada falta de atención a él, por no considerarlo como su importancia merece? Si es así, te defraudas a ti mismo de muchas bendiciones que podrías disfrutar. ¿O eres de mejor ánimo, de un espíritu más excelente? ¿Es tu resolución firme y tu esfuerzo constante «obedecer a los que te gobiernan en el Señor», sujetarte tan alegremente a tus padres espirituales como a tus padres naturales? ¿Preguntas: «¿En qué debo sujetarme a ellos?»? Ya se ha dado la respuesta: No en las cosas mandadas por Dios; no en las cosas prohibidas por él; sino en las cosas indiferentes: en todas las que no están determinadas, de un modo o de otro, por los oráculos de Dios. Es verdad que esto no puede hacerse, en algunos casos, sin un considerable grado de negación de sí mismo, cuando te aconsejan abstenerte de algo que es agradable a la carne y la sangre. Y en otros casos no se puede obedecer sin tomar tu cruz, sin sufrir algún dolor o incomodidad que no es agradable a la carne y la sangre. Porque aquella solemne declaración de nuestro Señor tiene lugar aquí, como en otras mil ocasiones: «Si alguno no se niega a sí mismo, y toma su cruz cada día, no puede ser mi discípulo». Pero esto no te espantará si resuelves ser no solo casi, sino del todo cristiano; si te determinas a pelear la buena batalla de la fe, y a echar mano de la vida eterna.

9. Quisiera ahora dirigirme de manera más particular a vosotros que deseáis que yo vele por vuestras almas. ¿Hacéis vosotros cuestión de conciencia obedecerme, por amor de mi Maestro? ¿Sujetaros a mí en las cosas indiferentes; cosas no determinadas en la Palabra de Dios; en todas las cosas que ni se mandan ni se prohíben en la Escritura? ¿Sois «tratables», como con los hombres en general, así conmigo en particular? ¿Fáciles de convencer de cualquier verdad, por contraria que sea a vuestros prejuicios anteriores? ¿Y fáciles de persuadir a hacer o dejar de hacer cualquier cosa indiferente a petición mía? No podéis sino ver que todo esto está claramente contenido en las palabras mismas del texto. Y no podéis sino reconocer que es sumamente razonable que lo hagáis así, si de veras empleo todo mi tiempo, todos mis bienes, toda mi fuerza de cuerpo y de alma, no en buscar mi propia honra o placer, sino en promover vuestra salvación presente y eterna; si de veras «velo por vuestras almas como quien ha de dar cuenta».

10. ¿Seguís, pues, mi consejo (lo pregunto en presencia de Dios y de todo el mundo) en cuanto al vestido? Publiqué ese consejo hace más de treinta años; lo he repetido mil veces desde entonces. Os he aconsejado que no os conforméis al mundo en esto, que dejéis a un lado todo adorno innecesario, que evitéis todo gasto innecesario, que seáis modelos de sencillez para todos los que os rodean. ¿Habéis seguido este consejo? ¿Habéis todos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, ricos y pobres, dejado a un lado todos esos adornos innecesarios a los que yo puse reparos en particular? ¿Sois todos ejemplarmente sencillos en vuestro vestir, tan sencillos como los cuáqueros (así llamados) o los moravos? Si no, si todavía vestís como la generalidad de las personas de vuestra condición y fortuna, declaráis con ello a todo el mundo que no queréis obedecer a los que os presiden en el Señor. Declaráis, en abierto desafío a Dios y a los hombres, que no queréis sujetaros a ellos. Muchos de vosotros lleváis vuestros pecados en la frente, abiertamente y delante del sol. Endurecéis vuestro corazón contra la instrucción y contra la convicción. Os endurecéis unos a otros; especialmente aquellos de vosotros que una vez fuisteis convencidos y ahora habéis sofocado vuestras convicciones. Os animáis unos a otros a tapar vuestros oídos contra la verdad, y a cerrar los ojos contra la luz, no sea que acaso veáis que estáis peleando contra Dios y contra vuestras propias almas. Si yo fuera llamado ahora a dar cuenta de vosotros, sería «con gemidos, y no con alegría». Y ciertamente eso «no os sería provechoso»: la pérdida caería sobre vuestra propia cabeza.

11. Digo todo esto en el supuesto (aunque es un supuesto que no cabe hacer) de que la Biblia callara sobre este punto; de que las Escrituras no dijeran nada acerca del vestido, y lo dejaran a la discreción de cada uno. Pero aunque todos los demás textos callaran, este basta: «Sujetaos a los que os presiden en el Señor». Os lo ato a la conciencia, delante de Dios. Aunque solo fuera en obediencia a este precepto, no podéis estar limpios delante de Dios a menos que desechéis todo adorno innecesario, en total desafío a ese tirano de los necios, la moda; a menos que busquéis ser adornados únicamente de buenas obras, como hombres y mujeres que profesan piedad.

12. Quizá diréis: «Esto es una cosa pequeña; es una mera bagatela». Respondo: Si lo es, tanto más inexcusables sois delante de Dios y de los hombres. ¡Qué! ¿Desobedeceréis un mandamiento claro de Dios por una mera bagatela? ¡Dios no lo quiera! ¿Es una bagatela pecar contra Dios, tener en nada su autoridad? ¿Es esto cosa pequeña? No; recordad que no puede haber pecado pequeño mientras no podamos hallar un Dios pequeño. Entretanto, estad seguros de una cosa: cuanto más concienzudamente obedezcáis a vuestros guías espirituales, con tanto más poder aplicará Dios a vuestro corazón la palabra que ellos hablan en su nombre. Con tanta más abundancia regará lo que se dice con el rocío de su bendición; y tantas más pruebas tendréis de que no son solo ellos los que hablan, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en ellos.

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