Capítulo 97 · 21 min de lectura · 27 min de escucha
Sobre la obediencia a los padres
Sermón 96
Sobre la obediencia a los padres
«Hijos, obedeced a vuestros padres en todo.»
Colosenses 3:20
1. Durante muchos años ha sido materia de controversia si hay principios innatos en la mente del hombre. Pero todos reconocen que, si hay algunos principios prácticos plantados naturalmente en el alma, el de que «debemos honrar a nuestros padres» reclamará este carácter casi antes que ningún otro. Los autores más antiguos lo enumeran entre esos principios universales, y sin duda se encuentra aun entre los salvajes de las naciones más bárbaras. Podemos rastrearlo por toda la extensión de Europa y de Asia, por los desiertos de África y por los bosques de América. Y no es menos, sino más, observable en las naciones más civilizadas. Así fue primero en las regiones orientales del mundo, que durante tantos siglos fueron la sede del imperio, de la ciencia y de la cortesía, así como de la religión. Así fue después en todos los estados griegos y en todo el Imperio romano. En este respecto es claro que los que «no tienen la» ley escrita «son ley para sí mismos», mostrando «la obra», la sustancia, «de la ley» «escrita en sus corazones».
2. Y dondequiera que Dios ha revelado su voluntad al hombre, esta ley ha sido parte de esa revelación. En ella ha sido expuesta de nuevo, considerablemente ampliada e impuesta de la manera más enérgica. En la revelación judía, los que la quebrantaban notoriamente eran castigados con la muerte. Y esta fue una de las leyes que nuestro bendito Señor no vino a abrogar, sino a cumplir. Por eso reprendió severamente a los escribas y fariseos por invalidarla con sus tradiciones, mostrando claramente que su obligación se extendía a todas las edades. Es la sustancia de esto lo que san Pablo comunica a los efesios (Efesios 6:1): «Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres»; y otra vez en aquellas palabras a los colosenses: «Hijos, obedeced a vuestros padres en todo». [Colosenses 3:20]
3. Es de notar que el apóstol refuerza este deber con un triple aliciente. Primero. A los efesios añade: «Porque esto es justo»; es un ejemplo de justicia tanto como de misericordia. No es más que lo que se les debe: es lo que les debemos por el ser mismo que de ellos hemos recibido. En segundo lugar: «Esto agrada al Señor»; es particularmente agradable al gran Padre de los hombres y de los ángeles que rindamos honra y obediencia a los padres de nuestra carne. En tercer lugar, es «el primer mandamiento con promesa»; el primero a cuyo cumplimiento va unida una promesa particular: «para que te vaya bien, y para que sean prolongados tus días sobre la tierra que el Señor tu Dios te da». Generalmente se ha entendido que esta promesa incluye la salud y las bendiciones temporales, así como la larga vida. Y hemos visto innumerables pruebas de que pertenece a la dispensación cristiana tanto como a la judía: aun hoy día se dan muchos ejemplos notables de su cumplimiento.
Pero ¿cuál es el significado de estas palabras: «Hijos, obedeced a vuestros padres en todo»? Procuraré, con la ayuda de Dios, primero, explicarlas, y luego, aplicarlas.
I. 1. Primero. Procuraré explicar estas palabras; y tanto más cuanto que tan pocas personas parecen entenderlas. Mirad alrededor, por el mundo, no el pagano, sino el cristiano; más aún, por su parte reformada; mirad entre los que tienen las Escrituras en su propia lengua; ¿y quién hay que parezca siquiera haber oído hablar de esto? Aquí y allá un niño obedece a su padre por temor, o quizá por afecto natural. Pero ¿cuántos hijos podéis encontrar que obedezcan a sus padres y a sus madres por sentido del deber para con Dios? ¿Y cuántos padres podéis encontrar que inculquen debidamente este deber a sus hijos? Temo que una inmensa mayoría, tanto de padres como de hijos, ignora por completo todo el asunto. Por amor de ellos lo expondré con toda la claridad que pueda; pero aun así soy plenamente consciente de que los que no quieren ser convencidos no entenderán lo que digo más que si les hablara en griego o en hebreo.
2. Fácilmente observaréis que por padres el apóstol entiende tanto a los padres como a las madres, pues nos remite al quinto mandamiento, que nombra al uno y a la otra. Y por mucho que las leyes humanas varíen en esto, la ley de Dios no hace diferencia alguna, sino que nos pone bajo la misma obligación de obedecer al uno y a la otra.
3. Pero antes de considerar cómo hemos de obedecer a nuestros padres, puede preguntarse por cuánto tiempo hemos de obedecerles. ¿Han de obedecer los hijos solo hasta que anden solos, hasta que vayan a la escuela, hasta que sepan leer y escribir, o hasta que sean tan altos como sus padres, o lleguen a la edad de la discreción? Más aún, si obedecen solo [porque no pueden evitarlo, solo] porque temen que les peguen, o porque de otro modo no pueden procurarse alimento y vestido, ¿de qué sirve tal obediencia? Solo los que obedecen a sus padres cuando pueden vivir sin ellos, y cuando ni esperan ni temen nada de ellos, recibirán alabanza de Dios.
4. «Pero un hombre que ya es mayor de edad, o una mujer que está casada, ¿tiene alguna obligación más de obedecer a sus padres?». En cuanto al matrimonio, aunque es verdad que el hombre ha de dejar a su padre y a su madre y unirse a su mujer; y, por paridad de razón, ella ha de dejar a su padre y a su madre y unirse a su marido (a consecuencia de lo cual puede haber algunos casos particulares en que el deber conyugal deba ocupar [el] lugar» del filial); con todo, no puedo aprender, ni por la Escritura ni por la razón, que el matrimonio anule ni disminuya la obligación general del deber filial. Mucho menos parece que se anule o disminuya por haber vivido uno veintiún años. Nunca lo entendí así en mi propio caso. Cuando había vivido más de treinta años, me consideraba exactamente en la misma relación con mi padre que cuando tenía diez años. Y cuando tenía entre cuarenta y cincuenta, me juzgaba tan obligado a obedecer a mi madre en todo lo lícito como cuando andaba con andadores [o con chaqueta de mangas colgantes].
5. Pero ¿qué implica el «Hijos, obedeced a vuestros padres en todo»? Ciertamente el primer punto de la obediencia es no hacer nada que vuestro padre o vuestra madre prohíba, sea grande o pequeño. Nada hay más claro que el hecho de que la prohibición de un padre obliga a todo hijo concienzudo; es decir, salvo que lo prohibido esté claramente mandado por Dios. Y en verdad no es esto todo; el asunto puede llevarse todavía un poco más lejos. Un padre tierno puede desaprobar por completo lo que no quiere prohibir rotundamente. ¿Cuál es el deber de un hijo en este caso? ¿Hasta qué punto ha de tenerse en cuenta esa desaprobación? Sea o no equivalente a una prohibición, la persona que quiera tener una conciencia sin remordimiento debería sin duda mantenerse del lado seguro y evitar lo que quizá sea malo. Es sin duda el camino más excelente no hacer nada que sepáis que vuestros padres desaprueban. Obrar de otro modo parece implicar cierto grado de desobediencia, que quien tenga una conciencia delicada desearía evitar.
6. Lo segundo que implica este mandato es: haced todo lo que vuestro padre o vuestra madre os mande, sea grande o pequeño, con tal que no sea contrario a ningún mandamiento de Dios. En esto Dios ha dado a los padres un poder que ni siquiera tienen los príncipes soberanos. El rey de Inglaterra, por ejemplo, es un príncipe soberano; y, sin embargo, no tiene poder para mandarme hacer la menor cosa, a menos que la ley del país me lo exija; porque no tiene más poder que el de ejecutar la ley. La voluntad del rey no es ley para el súbdito. Pero la voluntad del padre es ley para el hijo, que está obligado en conciencia a someterse a ella, a menos que sea contraria a la ley de Dios.
7. Con admirable sabiduría ha dado el Padre de los espíritus esta disposición: que así como la fuerza de los padres suple la falta de fuerza, y el entendimiento de los padres la falta de entendimiento, en sus hijos, hasta que estos tengan fuerza y entendimiento propios, así la voluntad de los padres pueda [deba] guiar la de sus hijos hasta que tengan sabiduría y experiencia para guiarse a sí mismos. Esto, por tanto, es lo primerísimo que los hijos tienen que aprender: que han de obedecer a sus padres, someterse a su voluntad, en todo. Y a esto pueden ser acostumbrados mucho antes de entender la razón de ello; y, en verdad, mucho antes de ser capaces de entender ninguno de los principios de la religión. Por eso san Pablo manda a todos los padres criar a sus hijos «en disciplina y doctrina del Señor». Porque su voluntad puede ser quebrantada mediante una disciplina adecuada aun en su primera infancia; mientras que ha de pasar un tiempo considerable antes de que sean capaces de instrucción. Este es, pues, el primer punto de todos: doblegad su voluntad desde el primer albor de la razón; y, habituándolos a someterse a vuestra voluntad, preparadlos para someterse a la voluntad de su Padre que está en los cielos.
8. ¡Pero qué pocos niños encontramos, aun de seis u ocho años, que entiendan algo de esto! En verdad, ¿cómo habrían de entenderlo, si no tienen a nadie que se lo enseñe? ¿No son sus padres, tanto el padre como la madre, tan ignorantes del asunto como ellos mismos? ¿A quién encontráis, aun entre la gente religiosa, que tenga la menor idea de ello? ¿No habéis visto la prueba con vuestros propios ojos? ¿No habéis estado presentes cuando un padre o una madre ha dicho: «Hijo mío, haz esto o aquello»? El niño, sin ningún miramiento, respondió tajantemente: «No quiero». Y el padre lo deja pasar tranquilamente, sin hacer más caso. ¿Y no ve él o ella que, con esta cruel indulgencia, están educando a su hijo, mediante la rebelión abierta contra sus padres, para la rebelión contra Dios? ¡Por consiguiente, lo están educando para el fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles! Si consideraran esto debidamente, no comerían, ni beberían, ni dormirían hasta haberle enseñado una lección mejor y haberle hecho temer de veras volver a dar jamás esa respuesta diabólica.
9. Permitidme razonar este caso un poco más con vosotros, padres que teméis a Dios. Si de veras teméis a Dios, ¿cómo os atrevéis a permitir que un niño de más de un año diga: «Lo haré» de lo que vosotros prohibís, o «No lo haré» de lo que vosotros mandáis, y quede sin castigo? ¿Por qué no lo detenéis en el acto, para que nunca más se atreva a decirlo? ¿No tenéis entrañas, ninguna compasión de vuestro hijo? ¿Ningún interés por su salvación o su destrucción? ¿Le permitiríais maldecir o jurar en vuestra presencia sin hacer caso de ello? Pues la desobediencia es un camino tan seguro a la condenación como la maldición y el juramento. Detenedlo, detenedlo desde el principio, en el nombre de Dios. No «escatiméis la vara, echando a perder al niño». Si no tenéis corazón de tigre, no entreguéis a vuestro hijo a su propia voluntad, es decir, al diablo. Aunque os cueste dolor, arrancad a vuestra descendencia de los dientes del león. Hacedlos someterse, para que no perezcan. Quebrantad su voluntad, para que podáis salvar su alma.
10. No sé cómo insistir lo bastante en este punto. Para grabarlo con más fuerza en vuestra mente, permitidme añadir parte de una carta sobre este tema, impresa hace algunos años: —
«Para formar la mente de los niños, lo primero que hay que hacer es vencer su voluntad. Informar su entendimiento es obra de tiempo, y debe avanzar por grados lentos; pero sujetar la voluntad es algo que debe hacerse de una vez, y cuanto antes mejor. Porque, si descuidamos la corrección oportuna, contraen una terquedad que difícilmente llega a vencerse, y nunca sin emplear una severidad que sería tan dolorosa para nosotros como para los niños. Por eso llamo crueles a los padres que pasan por bondadosos e indulgentes; que permiten que sus hijos contraigan hábitos que saben que más tarde habrán de quebrantarse.
«Insisto en vencer pronto la voluntad de los niños, porque este es el único fundamento de una educación religiosa. Cuando esto se ha hecho a fondo, el niño es capaz de ser gobernado por la razón de su padre hasta que su propio entendimiento llegue a la madurez.
«Todavía no puedo dejar este tema. Así como la obstinación es la raíz de todo pecado y de toda miseria, así todo lo que la fomenta en los niños asegura su desdicha e irreligión posteriores; y todo lo que la refrena y mortifica promueve su felicidad y piedad futuras. Esto es aún más evidente si consideramos que la religión no es otra cosa que hacer la voluntad de Dios, y no la nuestra; y que, siendo la obstinación el gran impedimento para nuestra felicidad temporal y eterna, ninguna complacencia con ella puede ser trivial, ni ninguna negación de ella inútil. El cielo o el infierno dependen solo de esto. De modo que el padre que procura someterla en sus hijos colabora con Dios en la salvación de un alma. ¡El padre que la consiente hace la obra del diablo, hace impracticable la religión, inalcanzable la salvación, y hace cuanto está de su parte para condenar a su hijo, alma y cuerpo, para siempre!
«Esto, pues, no puedo menos que repetirlo encarecidamente: quebrantad pronto su voluntad; comenzad esta gran obra antes de que puedan andar solos, antes de que puedan hablar bien, o quizá antes de que puedan hablar en absoluto. Cueste el esfuerzo que cueste, venced su terquedad: quebrantad la voluntad, si no queréis condenar al niño. ¡Os conjuro a que no descuidéis esto, a que no lo demoréis! Por tanto, (1.) Que al niño, desde que tiene un año, se le enseñe a temer la vara y a llorar bajito. Para esto, (2.) Que no se le dé nada por lo que llore; absolutamente nada, grande o pequeño; de lo contrario, deshacéis vuestra propia obra. (3.) En todo caso, desde esa edad, hacedle hacer lo que se le manda, aunque tengáis que azotarlo diez veces seguidas para lograrlo. Que nadie os persuada de que es crueldad hacer esto; crueldad es no hacerlo. Quebrantad su voluntad ahora, y su alma vivirá, y probablemente os bendecirá por toda la eternidad.
11. Por el contrario, ¡qué terribles son las consecuencias de esa maldita bondad que deja a los niños su propia voluntad y no doblega su cerviz desde la infancia! A esto se debe principalmente que tantos padres religiosos críen hijos que no tienen religión alguna; hijos que, cuando han crecido, no les tienen ninguna consideración, quizá los tienen en nada, ¡y están dispuestos a sacarles los ojos! ¿Por qué ocurre esto, sino porque su voluntad no fue quebrantada desde el principio? —¿porque no fueron acostumbrados desde su primera infancia a obedecer a sus padres en todo y a someterse a su voluntad como a la voluntad de Dios? —¿porque no se les enseñó, desde el primer albor de la razón, que la voluntad de sus padres era para ellos la voluntad de Dios, y que resistirla era rebelión contra Dios y puerta abierta a toda impiedad?
II. 1. Esto puede bastar para la explicación del texto; paso a su aplicación. Y permitidme, primero, dirigirme a vosotros que sois padres y que, como tales, os toca enseñar a vuestros hijos. ¿Sabéis vosotros mismos estas cosas? ¿Estáis vosotros plenamente convencidos de estas importantes verdades? ¿Las habéis tomado a pecho? ¿Y las habéis puesto en práctica respecto a vuestros propios hijos? ¿Los habéis acostumbrado a la disciplina antes de que fueran capaces de instrucción? ¿Habéis quebrantado su voluntad desde su más tierna infancia, y seguís haciéndolo todavía, en oposición tanto a la naturaleza como a la costumbre? ¿Les explicasteis, tan pronto como su entendimiento empezó a abrirse, las razones de vuestro proceder? ¿Les señalasteis la voluntad de Dios como la única ley de toda criatura inteligente, y les mostrasteis que es voluntad de Dios que os obedezcan en todo? ¿Les inculcáis esto una y otra vez hasta que lo comprendan perfectamente? ¡Oh, no os canséis nunca de este trabajo de amor! Y vuestro trabajo no será siempre en vano.
2. Por lo menos, no les enseñéis a desobedecer recompensándolos por la desobediencia. ¡Recordadlo! Lo hacéis cada vez que les dais algo porque lloran por ello. Y en esto son alumnos aventajados: si los recompensáis por llorar, con toda seguridad volverán a llorar. De modo que no hay fin, a menos que hagáis una regla sagrada de no darles nada por lo que lloren. Y el camino más corto para esto es no permitirles nunca llorar a gritos. Educadlos en la obediencia en este solo caso, y fácilmente los llevaréis a obedecer en otros. ¿Por qué no habríais de empezar hoy? Sin duda veis cuál es el camino más excelente: lo mejor para vuestro hijo y lo mejor para vuestra propia alma. ¿Por qué, entonces, desobedecéis? Porque sois cobardes; porque os falta resolución. Y sin duda se requiere [no poca resolución para comenzar y perseverar en esto. Ciertamente se requiere] no poca paciencia, más de la que jamás dio la naturaleza. Pero la gracia de Dios os basta; todo lo podéis en Cristo que os fortalece. Esta gracia basta para daros diligencia, así como resolución; de lo contrario, la pereza será un estorbo tan grande como la cobardía. Porque sin mucho esfuerzo no podréis vencer: nada puede hacerse con mano floja; trabajad sin cesar; no os canséis nunca; poned línea sobre línea, hasta que la paciencia tenga su obra perfecta.
3. Pero hay otro estorbo que es tan difícil de vencer como la pereza o la cobardía. Se llama mimo, y suele confundirse con el amor; pero, ¡oh, cuán diferente es de él! Es verdadero odio, y odio de la clase más dañina, que tiende a destruir el cuerpo y el alma en el infierno. ¡Oh, no cedáis más a él, no, ni por un momento! ¡Luchad contra él con todas vuestras fuerzas!, por amor de Dios, por amor de vuestros hijos, ¡por amor de vuestra propia alma!
4. Tengo una palabra más que decir a los padres, y a las madres en particular. Si, a pesar de todo lo que el apóstol pueda decir, animáis a vuestros hijos con vuestro ejemplo a «adornarse» «con oro, o perlas, o vestidos costosos», vosotros y ellos caeréis juntos en el hoyo. Pero si ellos lo hacen aunque vosotros les deis un ejemplo mejor, la culpa sigue siendo vuestra tanto como de ellos; porque, aunque no hayáis puesto a vuestro hijo pequeño ningún adorno que no llevaríais vosotros mismos (lo cual sería una completa locura, y mucho más inexcusable que ponéroslo en vuestros propios brazos o cabeza), no los acostumbrasteis desde su infancia a obedeceros, ni les enseñasteis ese deber desde, por lo menos, los dos años. De otro modo no se habrían atrevido a hacer nada, grande o pequeño, contrario a vuestra voluntad. Por tanto, siempre que veo a la hija lujosamente vestida de una madre sencillamente vestida, veo al instante que la madre es deficiente o en conocimiento o en religión. O ignora su propio deber o el de su hija, o no ha practicado lo que sabe.
5. Todavía no puedo dejar este tema. Me duele continuamente ver a padres religiosos permitir que sus hijos caigan en la misma necedad en el vestir, como si no tuvieran religión alguna. En el nombre de Dios, ¿por qué les permitís apartarse un pelo de vuestro ejemplo? «Pero ¿y si se empeñan en hacerlo?». ¡Se empeñan! ¿De quién es la culpa? ¿Por qué no quebrantasteis su voluntad desde su infancia? Por lo menos, hacedlo ahora; más vale tarde que nunca. Debió hacerse antes de que tuvieran dos años; puede hacerse a los ocho o diez, aunque con mucha más dificultad. Con todo, hacedlo ahora; y aceptad esa dificultad como la justa recompensa de vuestro descuido pasado. Ahora, por lo menos, salid con la vuestra, cueste lo que cueste. No seáis remilgados en el hablar; no digáis, como el necio Elí: «No, hijos míos, no es buena la fama que oigo de vosotros», en lugar de refrenarlos con mano fuerte; sino hablad (aunque con toda la calma posible) con firmeza y resolución: «Así lo quiero»; y haced lo que decís. Infundidles con diligencia el amor al vestir sencillo y el odio al atavío lujoso. Mostradles la razón de vuestra propia sencillez en el vestir, y mostradles que es igualmente razonable para ellos. Desafiad la indolencia, la cobardía y el mimo necio, y en todo caso salid con la vuestra; si amáis sus almas, hacedlos y mantenedlos tan sencillos como vosotros mismos. Y os encargo, abuelas, delante de Dios: no estorbéis en esto a vuestras hijas. No os atreváis a dar al niño nada que la madre le niegue. Nunca toméis partido por los hijos contra su madre; nunca la censuréis delante de ellos. Si no fortalecéis su autoridad, como debéis hacerlo, por lo menos no la debilitéis; antes bien, si os queda algo de sensatez o de piedad, ayudadla en la obra de la verdadera bondad
6. Permitidme ahora dirigirme a vosotros, hijos; en particular a vosotros que sois hijos de padres religiosos. En verdad, si no hay temor de Dios delante de vuestros ojos, «no tengo nada que ver con vosotros por ahora; pero si lo hay, si verdaderamente teméis a Dios y deseáis agradarle, deseáis entender todos sus mandamientos, y el quinto en particular. ¿Lo habéis entendido alguna vez? ¿Entendéis ahora cuál es vuestro deber para con vuestro padre y vuestra madre? ¿Sabéis, o por lo menos consideráis, que por disposición divina su voluntad es ley para vosotros? ¿Habéis considerado alguna vez la extensión de esa obediencia a vuestros padres que Dios exige? «Hijos, obedeced a vuestros padres en todo». Sin excepción, salvo en las cosas ilícitas. ¿Habéis practicado vuestro deber en toda esta extensión? ¿Os lo habéis propuesto siquiera alguna vez?
7. Tratad fielmente con vuestras propias almas. ¿Está ahora limpia vuestra conciencia en este asunto? ¿No hacéis nada que sepáis que es contrario a la voluntad de vuestro padre o de vuestra madre? ¿No hacéis nunca nada (por mucho que os incline a ello) que él o ella prohíba? ¿Os abstenéis de todo lo que les desagrada, en cuanto podéis hacerlo en conciencia? Por otra parte, ¿tenéis cuidado de hacer todo lo que un padre manda? ¿Estudiáis e ingeniáis cómo agradarles, cómo hacer su vida tan fácil y agradable como podáis? Quienquiera que seas tú, que añades esto a tu cuidado general de agradar a Dios en todo, ¡bendito seas del Señor! «Tus días serán largos en la tierra que el Señor tu Dios te da».
8. Pero en cuanto a vosotros, a quienes poco os importa este asunto, que no os hacéis cuestión de conciencia obedecer a vuestros padres en todo, sino que unas veces les obedecéis, según se tercie, y otras no; que con frecuencia hacéis lo que ellos prohíben o desaprueban, y descuidáis lo que os mandan hacer: suponed que despertáis del sueño, que empezáis a sentiros pecadores y comenzáis a clamar a Dios por misericordia, ¿es de extrañar que no halléis respuesta, mientras estáis bajo la culpa de un pecado del que no os habéis arrepentido? ¿Cómo podéis esperar misericordia de Dios mientras no obedezcáis a vuestros padres? Pero suponed que, por un milagro de misericordia poco común, hayáis gustado el amor perdonador de Dios; ¿cabe esperar, aunque tengáis hambre y sed de justicia, del perfecto amor de Dios, que lleguéis jamás a alcanzarlo, que lleguéis jamás a ser saciados de él, mientras vivís en pecado exterior, en la transgresión voluntaria de una ley conocida de Dios, en desobediencia a vuestros padres? ¿No es más bien de extrañar que no haya retirado de vosotros su Espíritu Santo? ¿Que todavía siga contendiendo con vosotros, aunque continuamente contristáis a su Espíritu? ¡Oh, no lo contristéis más! ¡Por la gracia de Dios, obedecedles en todo desde este momento! ¡Tan pronto como lleguéis a casa, tan pronto como pongáis el pie dentro de la puerta, comenzad una conducta enteramente nueva! Mirad a vuestro padre y a vuestra madre con ojos nuevos; vedlos como representantes de vuestro Padre que está en los cielos. Esforzaos, procurad, regocijaos en agradarles, en ayudarles, en obedecerles en todo. Comportaos no solo como su hijo, sino como su siervo por amor de Cristo. ¡Oh, cómo os amaréis entonces unos a otros! De una manera antes desconocida. Dios os hará bendición para ellos, y a ellos para vosotros: todos alrededor sentirán que Dios está verdaderamente con vosotros. Muchos lo verán y alabarán a Dios; y su fruto permanecerá cuando tanto vosotros como ellos estéis recogidos en el seno de Abraham.
Capítulo 97 completado
Sobre la obediencia a los padres