Capítulo 96 · 27 min de lectura · 35 min de escucha
Sobre la educación de los hijos
Sermón 95
Sobre la educación de los hijos
«Enseña al niño el camino que debe seguir, y cuando sea viejo no se apartará de él».
Proverbios 22:6.
1. No debemos imaginar que estas palabras hayan de entenderse en un sentido absoluto, como si ningún niño al que se hubiera enseñado el camino que debe seguir se hubiera apartado jamás de él. Los hechos no concuerdan en modo alguno con esto; tan lejos de ello, que ha llegado a ser una observación común: «Algunos de los mejores padres tienen los peores hijos». Es cierto que esto podría suceder a veces porque los hombres buenos no siempre tienen buen entendimiento; y, sin él, apenas cabe esperar que sepan cómo educar a sus hijos. Además, los que en otros aspectos son hombres buenos tienen a menudo demasiada blandura de carácter; de modo que no van más lejos en refrenar a sus hijos del mal que el anciano Elí, cuando dijo con suavidad: «No, hijos míos, no es buena la fama que oigo de vosotros». Esto, pues, no contradice la afirmación; porque a esos hijos no se les ha «enseñado el camino que deben seguir». Pero hay que reconocer que algunos han sido educados en él con todo el cuidado y la diligencia posibles; y, sin embargo, antes de ser viejos, sí, en el vigor de sus años, se apartaron por completo de él.
2. Las palabras, pues, deben entenderse con cierta limitación, y entonces contienen una verdad incuestionable. Es una promesa general, aunque no universal; y muchos han hallado su feliz cumplimiento. Así como este es el método más probable que puede emplear cualquier padre para hacer piadosos a sus hijos, así también suele, aunque no siempre, alcanzar el éxito deseado. El Dios de sus padres está con sus hijos; él bendice sus esfuerzos; y ellos tienen la satisfacción de dejar su religión, tanto como sus bienes terrenales, a los que descienden de ellos.
3. Pero ¿cuál es «el camino que el niño debe seguir»?, ¿y cómo hemos de «enseñárselo»? El fundamento de esto lo ha puesto admirablemente el señor Law en su «Llamamiento serio a una vida devota y santa». Parte de sus palabras son estas: —
«Si hubiéramos permanecido perfectos, tal como Dios creó al primer hombre, quizá la perfección de nuestra naturaleza habría bastado para que cada uno se instruyera a sí mismo. Pero así como la enfermedad y las dolencias han creado la necesidad de medicinas y de médicos, así los desórdenes de nuestra naturaleza racional han introducido la necesidad de la educación y de los maestros.
«Y así como el único fin del médico es devolver la naturaleza a su propio estado, así el único fin de la educación es devolver nuestra naturaleza racional a su estado propio. La educación, por tanto, ha de considerarse como razón prestada de segunda mano, que debe suplir, en cuanto pueda, la pérdida de la perfección original. Y así como la medicina puede llamarse con justicia el arte de restaurar la salud, así la educación no debe considerarse bajo otra luz que como el arte de devolver al hombre su perfección racional.
«Este era el fin que perseguían los jóvenes que seguían a Pitágoras, Sócrates y Platón. Sus lecciones e instrucciones de cada día eran otras tantas lecciones sobre la naturaleza del hombre, su verdadero fin y el recto uso de sus facultades; sobre la inmortalidad del alma y su relación con Dios; la conformidad de la virtud con la naturaleza divina; sobre la necesidad de la templanza, la justicia, la misericordia y la verdad; y la necedad de complacer nuestras pasiones.
«Ahora bien, como el cristianismo ha creado de nuevo, por así decirlo, el mundo moral y religioso, y ha puesto bajo su verdadera luz todo lo que es razonable, sabio, santo y deseable, uno esperaría que la educación de los niños quedara tan mejorada por el cristianismo como lo han quedado las doctrinas de la religión.
«Puesto que ha introducido un nuevo estado de cosas y nos ha informado tan plenamente de la naturaleza del hombre y del fin de su creación; puesto que ha fijado todos nuestros bienes y males, y nos ha enseñado los medios de purificar nuestras almas, de agradar a Dios y de ser eternamente felices, uno supondría naturalmente que todo país cristiano abundaría en escuelas, no solo para enseñar unas cuantas preguntas y respuestas de un catecismo, sino para formar, educar y ejercitar a los niños en el género de vida que exigen las doctrinas más sublimes del cristianismo.
«Y la educación bajo Pitágoras o Sócrates no tenía otro fin que enseñar a los niños a pensar y obrar como pensaban y obraban Pitágoras y Sócrates.
«¿Y no es razonable suponer que una educación cristiana no debiera tener otro fin que enseñarles a pensar, juzgar y obrar según las reglas más estrictas del cristianismo?
«Al menos uno supondría que en todas las escuelas cristianas el enseñarles a comenzar su vida en el espíritu del cristianismo —en la abstinencia, la humildad, la sobriedad y la devoción que el cristianismo exige— debería atenderse no solo más, sino cien veces más, que cualquier otra cosa o que todas las demás juntas.
«Porque los que nos educan deberían imitar a nuestros ángeles de la guarda: no sugerir a nuestra mente nada sino lo que es sabio y santo; ayudarnos a descubrir todo juicio falso de nuestra mente y a dominar toda pasión torcida de nuestro corazón.
«Y es tan razonable esperar y exigir todo este beneficio de una educación cristiana como exigir que la medicina fortalezca todo lo que está sano en nuestra naturaleza y quite todas nuestras enfermedades».
4. Recordemos con cuidado durante todo este tiempo que Dios, y no el hombre, es el médico de las almas; que es él, y ningún otro, quien da la medicina que sana nuestra enfermedad natural; que «toda la ayuda que se hace en la tierra, él mismo la hace»; que ninguno de todos los hijos de los hombres es capaz de «sacar lo limpio de lo inmundo»; y, en una palabra, que «Dios es el que en nosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad». Pero generalmente es su voluntad obrar por medio de sus criaturas; ayudar al hombre por medio del hombre. Él honra a los hombres haciéndolos, en cierto sentido, «ayudadores juntamente con él». De este modo la recompensa es nuestra, mientras que la gloria redunda en él.
5. Sentado esto, para ver con claridad cuál es ese camino en que debemos educar al niño, consideremos: ¿cuáles son las enfermedades de su naturaleza? ¿Cuáles son esas enfermedades espirituales que todo nacido de mujer trae consigo al mundo?
¿No es la primera de ellas el ateísmo? Después de todo lo que se ha escrito con tanta apariencia de verdad acerca de «la idea innata de Dios»; después de todo lo que se ha dicho de que es común a todos los hombres, en todas las edades y naciones, no parece que el hombre tenga por naturaleza más idea de Dios que cualquiera de las bestias del campo; no tiene conocimiento alguno de Dios; ningún temor de Dios en absoluto; ni está Dios en ninguno de sus pensamientos. Cualquiera que sea el cambio que después se obre en él (sea por la gracia de Dios, por su propia reflexión o por la educación), por naturaleza es un mero ateo.
6. En verdad, puede decirse que todo hombre es por naturaleza, por así decirlo, su propio dios. Se adora a sí mismo. Es, según su propio concepto, señor absoluto de sí mismo. El héroe de Dryden habla solo conforme a la naturaleza cuando dice: «Yo mismo soy rey de mí». Se busca a sí mismo en todas las cosas. Se complace a sí mismo. ¿Y por qué no? ¿Quién es señor sobre él? Su propia voluntad es su única ley; hace esto o aquello porque es su gusto. Con el mismo espíritu con que el «hijo de la mañana» dijo antiguamente: «Me sentaré a los lados del norte», dice él: «Yo quiero hacer esto o aquello». ¿Y no encontramos por todas partes hombres sensatos que tienen exactamente el mismo espíritu? Hombres que, si se les pregunta: «¿Por qué hiciste esto?», responderán al instante: «Porque me dio la gana».
7. Otra mala enfermedad que toda alma humana trae consigo al mundo es el orgullo: una continua propensión a tener de sí más alto concepto que el que debe tener. Todo hombre puede discernir en mayor o menor grado esta enfermedad en todos los demás, excepto en sí mismo. Y, en verdad, si pudiera discernirla en sí mismo, dejaría de existir; porque entonces, en consecuencia, pensaría de sí exactamente como debe pensar.
8. La siguiente enfermedad natural a toda alma humana, nacida con todo hombre, es el amor al mundo. Todo hombre es, por naturaleza, amante de la criatura en lugar del Creador; «amador de los deleites», de toda clase, «más que de Dios». Es esclavo de deseos necios y dañosos, de una clase o de otra; ya sea del «deseo de la carne, el deseo de los ojos o la soberbia de la vida». «El deseo de la carne» es una propensión a buscar la felicidad en lo que satisface uno o varios de los sentidos externos. «El deseo de los ojos» es una propensión a buscar la felicidad en lo que satisface el sentido interno, la imaginación, ya sea por cosas grandiosas, nuevas o hermosas. «La soberbia de la vida» parece significar una propensión a buscar la felicidad en lo que satisface el sentido del honor. A este capítulo suele referirse «el amor al dinero», una de las pasiones más viles que pueden tener lugar en el corazón humano. Pero cabe dudar si esta no es una dolencia adquirida, más que natural.
9. Sea esta o no una enfermedad natural, es cierto que la ira lo es. El antiguo filósofo la define como «el sentimiento de una injuria recibida, con un deseo de venganza». Ahora bien, ¿hubo jamás alguno nacido de mujer que no padeciera de ella? En verdad, como otras enfermedades de la mente, es mucho más violenta en unos que en otros. Pero es furor brevis, como dice el poeta; es una locura real, aunque breve, dondequiera que se halle.
10. Un desvío de la verdad es igualmente natural a todos los hijos de los hombres. Uno dijo en su apresuramiento: «Todo hombre es mentiroso»; pero nosotros podemos decir, tras serena reflexión: todos los hombres naturales, ante una tentación apremiante, se apartarán de la verdad o la disfrazarán. Si no faltan a la veracidad, si no dicen lo que es falso, con frecuencia faltan, sin embargo, a la sencillez. Usan artificio; enarbolan falsos colores; practican la simulación o el disimulo. De modo que no podéis decir con verdad de ninguna persona viviente, mientras la gracia no haya cambiado la naturaleza: «He aquí un verdadero israelita, en el cual no hay engaño».
11. Asimismo, todos son propensos por naturaleza a hablar u obrar contra la justicia. Esta es otra de las enfermedades que traemos con nosotros al mundo. Todas las criaturas humanas son naturalmente parciales consigo mismas y, cuando se presenta la ocasión, tienen más en cuenta su propio interés o placer de lo que permite la estricta justicia. Ni es hombre alguno, por naturaleza, misericordioso como nuestro Padre celestial es misericordioso; sino que todos, en mayor o menor grado, quebrantan aquella gloriosa regla de misericordia, tanto como de justicia: «Todas las cosas que quisierais que los hombres hiciesen con vosotros, así también haced vosotros con ellos».
12. Ahora bien, si estas son las enfermedades generales de la naturaleza humana, ¿no es el gran fin de la educación curarlas? ¿Y no corresponde a todos aquellos a quienes Dios ha confiado la educación de los niños poner todo el cuidado posible, primero, en no aumentar ni alimentar ninguna de estas enfermedades (como lo hace constantemente la generalidad de los padres), y luego, en usar todos los medios posibles para sanarlas?
13. Vengamos a los detalles. ¿Qué pueden hacer los padres, y más especialmente las madres, a cuyo cuidado están necesariamente confiados nuestros hijos en sus tiernos años, respecto al ateísmo que es natural a todos los hijos de los hombres? ¡Cómo lo alimenta la generalidad de los padres, aun los que aman, o al menos temen, a Dios, cuando, pasando horas, quizá días, con sus hijos, apenas nombran el nombre de Dios! Entretanto, hablan de otras mil cosas del mundo que los rodea. ¿No ocuparán entonces naturalmente sus pensamientos las cosas del mundo presente, que rodean por todos lados a estos niños, y pondrán a Dios a mayor distancia de ellos (si eso es posible) de la que estaba antes? ¿No alimentan los padres aún más el ateísmo de sus hijos atribuyendo las obras de la creación a la naturaleza? ¿No deja por completo a Dios fuera de la cuestión la manera común de hablar de la naturaleza? ¿No alimentan esta enfermedad siempre que hablan, delante de sus hijos, de que algo sucede así o asá? ¿De cosas que vienen por casualidad? ¿De buena o mala fortuna? ¿Y también cuando atribuyen este o aquel acontecimiento a la sabiduría o al poder de los hombres; o, en verdad, a cualesquiera otras causas segundas, como si estas gobernaran el mundo? Sí, ¿no la alimentan sin darse cuenta mientras hablan de su propia sabiduría, o bondad, o poder para hacer esto o aquello, sin mencionar expresamente que todas estas cosas son don de Dios? Todo esto tiende a confirmar el ateísmo de sus hijos y a mantener a Dios fuera de sus pensamientos.
14. Pero de ningún modo estamos limpios de su sangre si solo llegamos hasta aquí, si meramente no alimentamos su enfermedad. ¿Qué se puede hacer para curarla? Desde el primer albor de la razón inculcadles continuamente: Dios está en este y en todo lugar. Dios os hizo a vosotros, y a mí, y la tierra, y el sol, y la luna, y todas las cosas. Y todo es suyo: el cielo, y la tierra, y todo lo que hay en ellos. Dios ordena todas las cosas: él hace que brille el sol, que sople el viento y que los árboles den fruto. Nada viene por casualidad; esa es una palabra necia; no existe tal cosa como la casualidad. Así como Dios hizo el mundo, así gobierna el mundo y todo lo que hay en él. Ni siquiera un pajarillo cae a tierra sin la voluntad de Dios. Y así como gobierna todas las cosas, así gobierna a todos los hombres, buenos y malos, pequeños y grandes. Él les da todo el poder y la sabiduría que tienen. Y él lo domina todo. Él nos da toda la bondad que tenemos; todo buen pensamiento, palabra y obra procede de él. Sin él no podemos pensar nada bien ni hacer nada bien. Así hemos de inculcarles que Dios es el todo en todos.
15. Así podemos contrarrestar y, con la ayuda de la gracia de Dios, curar gradualmente el ateísmo natural de nuestros hijos. Pero ¿qué podemos hacer para curar su obstinación? Está igualmente arraigada en su naturaleza y es, en verdad, la idolatría original, que no se limita a una época o a un país, sino que es común a todas las naciones bajo el cielo. ¡Y qué pocos padres se hallan, aun entre los cristianos, aun entre los que verdaderamente temen a Dios, que no sean culpables en este asunto! ¡Que no alimenten y aumenten continuamente esta penosa dolencia en sus hijos! Dejarles hacer su propia voluntad es lo que más eficazmente lo consigue. Dejarles seguir su propio camino es el método seguro para multiplicar por siete su obstinación. Pero ¿quién tiene la resolución de obrar de otro modo? ¡Un padre entre cien! ¿Quién puede ser tan singular, tan cruel, que no consienta a su hijo, en mayor o menor grado? «¿Y por qué no habrías de hacerlo? ¿Qué daño puede haber en esto, que todo el mundo hace?». El daño es que fortalece su voluntad más y más, hasta que no se doblega ni ante Dios ni ante los hombres. Consentir a los niños es, en cuanto de nosotros depende, hacer incurable su enfermedad. Un padre sabio, por el contrario, debe empezar a quebrantar su voluntad desde el primer momento en que aparece. En todo el arte de la educación cristiana no hay nada más importante que esto. La voluntad del padre ocupa, para un niño pequeño, el lugar de la voluntad de Dios. Por tanto, enseñadles con todo empeño a someterse a ella mientras son niños, para que estén dispuestos a someterse a la voluntad de él cuando sean hombres. Pero para lograr esto necesitaréis una firmeza y una resolución increíbles; porque, una vez que hayáis comenzado, nunca más debéis ceder. Debéis seguir siempre por un camino parejo; nunca debéis interrumpir vuestra atención ni por una hora; de lo contrario, perdéis vuestro trabajo.
16. Si no queréis perder todo el trabajo que os ha costado quebrantar la voluntad de vuestro hijo y sujetar su voluntad a la vuestra, para que después se sujete a la voluntad de Dios, hay un consejo que, aunque poco conocido, debe atenderse particularmente. Puede parecer una circunstancia pequeña, pero es de más consecuencia de lo que fácilmente puede imaginarse. Es este: nunca, por ningún motivo, deis a un niño algo por lo que llora. Porque es una observación cierta (y podéis hacer la prueba cuantas veces queráis) que, si dais a un niño lo que pide llorando, le pagáis por llorar; y entonces con toda seguridad volverá a llorar. «Pero si no se lo doy cuando llora, gritará todo el día». Si lo hace, es culpa vuestra; porque está en vuestro poder impedirlo eficazmente: ninguna madre necesita permitir que un niño llore a gritos después de cumplir un año. «Pero si es imposible impedirlo». Así lo suponen muchos, pero es un error completo. Yo soy testigo de lo directamente contrario, y también lo son muchos otros. Mi propia madre tuvo diez hijos, cada uno de los cuales tenía bastante carácter; sin embargo, a ninguno de ellos se le oyó jamás llorar a gritos después de cumplir un año. Una señora de Sheffield (varios de cuyos hijos supongo que aún viven) me aseguró que había tenido el mismo éxito con sus ocho hijos. Cuando algunos objetaban que esto fuera posible, el señor párroco Greenwood (muy conocido en el norte de Inglaterra) respondió: «Esto no puede ser imposible: tengo la prueba de ello en mi propia familia. Más aún, de algo más que esto. Tuve seis hijos con mi primera esposa; y ella no permitió que ninguno de ellos llorara a gritos después de los diez meses. Y, sin embargo, a ninguno se le quebrantó el ánimo de tal modo que quedara inhabilitado para cualquiera de los oficios de la vida». Esto, por tanto, puede hacerlo cualquier mujer sensata, que con ello puede ahorrarse muchísimas molestias e impedir que se oiga bajo su techo ese ruido desagradable, el chillido de los niños pequeños. Pero reconozco que solo una mujer sensata será capaz de lograrlo; sí, y una mujer de tal paciencia y resolución como solo la gracia de Dios puede dar. Con todo, este es sin duda el camino más excelente; ¡y la que pueda recibirlo, que lo reciba!
17. Es difícil decir si la obstinación o el orgullo es la dolencia más funesta. Fue principalmente el orgullo lo que derribó a tantas de las estrellas del cielo y convirtió a ángeles en demonios. Pero ¿qué pueden hacer los padres para refrenarlo hasta que pueda ser curado de raíz?
Primero. Guardaos de echar leña al fuego, de alimentar la enfermedad que deberíais curar. Casi todos los padres son culpables de esto al alabar a sus hijos en su presencia. Si os dais cuenta de la necedad y la crueldad de esto, cuidad de absteneros de ello religiosamente. Y, a pesar del temor o de la complacencia, id un paso más allá. No solo no lo fomentéis, sino no permitáis que otros hagan lo que vosotros no os atrevéis a hacer. ¡Qué pocos padres son lo bastante conscientes de esto —o, al menos, lo bastante resueltos para practicarlo— como para atajar a la primera palabra a cualquiera que quisiera alabarlos en su presencia! Aun los que por ningún motivo se sentarían atentos a su propio aplauso, no tienen escrúpulo en sentarse atentos al aplauso de sus hijos; ¡sí, y eso en su misma presencia! ¡Oh, considerad! ¿No es esto tender una red a sus pies? ¿No es un penoso incentivo al orgullo, aun si se les alaba por lo que es verdaderamente digno de alabanza? ¿No es doblemente dañino si se les alaba por cosas que no son verdaderamente dignas de alabanza, cosas de naturaleza indiferente, como el ingenio, la buena crianza, la belleza, la elegancia en el vestir? Esto puede dañar no solo su corazón, sino también su entendimiento. Tiene una tendencia manifiesta y directa a infundir a la vez orgullo y necedad; a pervertir tanto su gusto como su juicio, enseñándoles a valorar lo que es estiércol y escoria a los ojos de Dios.
18. Si, por el contrario, deseáis herir sin pérdida de tiempo la raíz de su orgullo, enseñad a vuestros hijos tan pronto como sea posible que son espíritus caídos; que han quedado muy por debajo de aquella gloriosa imagen de Dios en que fueron creados al principio; que ya no son, como lo fueron una vez, retratos incorruptibles del Dios de gloria, que llevaban la semejanza expresa del sabio, bueno y santo Padre de los espíritus, sino más ignorantes, más necios y más malvados de lo que pueden llegar a concebir. Mostradles que en el orgullo, la pasión y la venganza son ahora como el diablo; y que en los deseos necios y los apetitos rastreros son como las bestias del campo. Velad diligentemente sobre ellos en este punto, para que, siempre que se presente la ocasión, podáis «descubrir el orgullo en sus primeros movimientos» y atajar su primerísima aparición.
Si preguntáis: «Pero ¿cómo los animaré cuando obren bien, si nunca he de elogiarlos?», respondo: no he afirmado tal cosa. No he dicho: «Nunca habéis de elogiarlos». Sé que muchos escritores lo afirman, y escritores de eminente piedad. Dicen que elogiar al hombre es robar a Dios, y por eso lo condenan del todo. Pero ¿qué dicen las Escrituras? Leo en ellas que nuestro Señor mismo elogió con frecuencia a sus propios discípulos; y el gran apóstol no tiene escrúpulo en elogiar a los corintios, a los filipenses y a otros diversos a quienes escribe. No podemos, por tanto, condenarlo del todo. Pero digo: usadlo con extrema parquedad. Y cuando lo uséis, hacedlo con la mayor cautela, dirigiéndolos en ese mismo momento a considerar todo lo que tienen como don gratuito de Dios, y a decir con la más profunda humillación: «¡No a nosotros! ¡No a nosotros! ¡Sino a tu nombre da la alabanza!».
19. Después de la obstinación y el orgullo, la enfermedad más funesta con que nacemos es el «amor al mundo». ¡Pero con qué empeño lo fomenta la generalidad de los padres en sus diversas ramas! Fomentan «el deseo de la carne», es decir, la tendencia a buscar la felicidad en agradar a los sentidos externos, procurando ensanchar al máximo en sus hijos el placer del gusto; no solo dándoles, antes de destetarlos, otras cosas además de la leche, el alimento natural de los niños, sino dándoles, antes y después, cualquier clase de comida o bebida que quieran tomar. Sí, los incitan, mucho antes de que la naturaleza lo requiera, a tomar vino o bebidas fuertes; y les proporcionan confites, pan de jengibre, pasas y cualquier fruta que se les antoje. Alimentan en ellos «el deseo de los ojos», la propensión a buscar la felicidad en agradar a la imaginación, dándoles lindos juguetes, chucherías relucientes, hebillas o botones brillantes, ropa fina, zapatos rojos, sombreros con encaje y adornos innecesarios, como cintas, collares y volantes; sí, y proponiéndoles cualquiera de estas cosas como recompensa por cumplir su deber, lo cual equivale a imprimirles un gran valor. Con igual cuidado y atención fomentan en ellos la tercera rama del amor al mundo, «la soberbia de la vida», la propensión a buscar su felicidad en «la gloria que viene de los hombres». Tampoco se olvida el amor al dinero; muchas exhortaciones oyen sobre asegurar lo principal; muchas lecciones, exactamente conformes con la de aquel viejo pagano: _____ «Gana dinero, honradamente si puedes; pero si no, gana dinero». Y se les enseña cuidadosamente a considerar las riquezas y los honores como la recompensa de todos sus trabajos.
20. En oposición directa a todo esto, una madre sabia y verdaderamente bondadosa pondrá el mayor cuidado en no fomentar en sus hijos el deseo de la carne, su propensión natural a buscar la felicidad en satisfacer los sentidos externos. Con este fin no les permitirá probar otro alimento que la leche hasta que sean destetados, lo cual, como muestran mil experiencias, se hace con más seguridad y facilidad al final del séptimo mes. Y luego los acostumbrará al alimento más sencillo, principalmente de vegetales. Puede habituarlos a probar un solo tipo de alimento, además del pan, en la comida principal, y a desayunar y cenar siempre leche, fría o caliente, pero no hervida. Puede acostumbrarlos a sentarse junto a ella a la mesa, y a no pedir nada, sino tomar lo que se les da. No necesita, hasta que tengan por lo menos nueve o diez años, hacerles conocer el sabor del té, ni que usen en las comidas otra bebida que agua o cerveza floja. Y nunca desearán probar comida ni bebida entre comidas si no se les acostumbra a ello. Si se les da fruta, confites o cualquier cosa por el estilo, que no la toquen sino en las comidas. Y nunca les propongáis ninguna de estas cosas como recompensa; antes bien, enseñadles a mirar más alto.
Pero aquí surgirá una dificultad que exigirá mucha resolución para vencerla. Vuestros criados, que no entenderán vuestro plan, estarán dando continuamente cosillas a vuestros hijos y deshaciendo así toda vuestra obra. Esto debéis impedirlo, si es posible, advirtiéndoles cuando entren por primera vez en vuestra casa y repitiendo la advertencia de vez en cuando. Si a pesar de todo se empeñan en hacerlo, debéis despedirlos. Más vale perder un buen criado que echar a perder a un buen hijo.
Posiblemente tengáis que afrontar otra dificultad, y de naturaleza aún más penosa. Vuestra madre, o la madre de vuestro marido, puede vivir con vosotros; y haréis bien en mostrarle todo el respeto posible. Pero que por ningún motivo tenga la menor parte en el gobierno de vuestros hijos. Ella desharía todo lo que hubierais hecho; les dejaría hacer su propia voluntad en todo. Los consentiría hasta la destrucción de sus almas, si no también de sus cuerpos. En ochenta años no he conocido a una sola mujer que supiera gobernar a sus nietos. Mi propia madre, que gobernó tan bien a sus hijos, nunca pudo gobernar a un solo nieto. En todo lo demás obedeced a vuestra madre. Rendid vuestra voluntad a la suya. Pero en lo que toca al gobierno de vuestros hijos, mantened con firmeza las riendas en vuestras propias manos.
21. Una madre sabia y bondadosa será igualmente cautelosa en no alimentar «el deseo de los ojos» en sus hijos. No les dará lindos juguetes, ni chucherías relucientes, ni hebillas o botones brillantes, ni ropa fina o vistosa; ningún adorno innecesario de ninguna clase; nada que pueda atraer la vista. Ni permitirá que ninguna otra persona les dé lo que ella misma no les daría. Cualquier cosa de ese tipo que se les ofrezca puede rehusarse cortésmente, o recibirse y guardarse. Si alguien se disgusta por ello, no podéis evitarlo. La complacencia, sí, y aun el interés temporal, deben necesariamente ponerse a un lado cuando está en juego el interés eterno de vuestros hijos.
Vuestros afanes quedarán bien recompensados si podéis inspirarles desde temprano un desprecio de todo atavío lujoso y, por otra parte, un amor y una estima por la pulcra sencillez en el vestir; enseñándoles a asociar las ideas de sencillez y modestia, y las de mujer elegante y mujer liviana. Asimismo, infundidles tan pronto como sea posible un temor y un desprecio de la pompa y la grandeza; un aborrecimiento y un horror del amor al dinero; y una profunda convicción de que las riquezas no pueden dar la felicidad. Destetadlos, pues, de todos estos falsos fines; habituadlos a hacer de Dios su fin en todas las cosas; y acostumbradlos, en todo lo que hagan, a procurar conocer, amar y servir a Dios.
22. Además, la generalidad de los padres alimenta la ira en sus hijos; sí, y su peor parte, es decir, la venganza. La madre necia dice: «¿Qué ha hecho daño a mi niño? Dale un golpe por ello». ¡Qué obra tan horrible es esta! ¿No les enseñará esta lección con bastante rapidez el viejo homicida? Que el padre cristiano no escatime esfuerzos para enseñarles exactamente lo contrario. Recordadles las palabras de nuestro bendito Señor: «Fue dicho antiguamente: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al mal»; no devolviendo mal por mal. Antes que eso, «si alguno te quita la capa, déjale también la túnica». Recordadle las palabras del gran apóstol: «Amados míos, no os venguéis vosotros mismos. Porque escrito está: Mía es la venganza; yo pagaré, dice el Señor».
23. La generalidad de los padres alimenta y aumenta la falsedad natural de sus hijos. ¡Cuántas veces oímos aquella palabra insensata: «No, no fuiste tú; no fue mi niño el que lo hizo; di que fue el gato»! ¡Qué asombrosa necedad es esta! ¿No sentís ningún remordimiento mientras ponéis una mentira en la boca de vuestro hijo, antes de que sepa hablar bien? ¿Y no pensáis que hará buenos progresos cuando llegue a la edad de la discreción? Otros les enseñan a la vez el disimulo y la mentira con su severidad irrazonable; y otros más, admirando y aplaudiendo sus mentiras ingeniosas y sus tretas astutas. El padre sabio, por el contrario, enseñe a sus hijos a «desechar toda mentira» y a decir, tanto en lo pequeño como en lo grande, en broma o en serio, la pura verdad de corazón. Enseñadles que el autor de toda falsedad es el diablo, que «es mentiroso, y padre de mentira». Enseñadles a aborrecer y despreciar no solo toda mentira, sino todo equívoco, toda astucia y todo disimulo. Usad todos los medios para darles amor a la verdad: a la veracidad, la sinceridad y la sencillez, y a la franqueza tanto de espíritu como de conducta.
24. La mayoría de los padres aumenta la tendencia natural de sus hijos a la injusticia, haciendo la vista gorda cuando se perjudican unos a otros, si no riéndose de sus ingeniosas artimañas para engañarse mutuamente, o aun aplaudiéndolas. Guardaos de todo lo que sea de esta clase; y desde su misma infancia sembrad en su corazón las semillas de la justicia, y educadlos en la práctica más exacta de ella. Si es posible, enseñadles el amor a la justicia, y eso tanto en las cosas más pequeñas como en las más grandes. Grabad en su mente el viejo proverbio: «El que roba un penique, robará una libra». Habituadlos a dar a cada uno lo que le corresponde, hasta el último cuadrante.
25. Muchos padres consienten también la mala índole de sus hijos, y con ello la fortalecen. Pero los padres verdaderamente afectuosos no les tolerarán ninguna clase ni grado de falta de misericordia. No les permitirán molestar a sus hermanos o hermanas, ni de palabra ni de obra. No les consentirán herir ni causar dolor a nada que tenga vida. No les permitirán robar nidos de pájaros; mucho menos matar cosa alguna sin necesidad, ni siquiera serpientes, que son tan inocentes como los gusanos, o sapos, que, a pesar de su fealdad y de la mala fama que tienen, han demostrado una y otra vez ser tan inofensivos como las moscas. Que extiendan en su medida a todo animal, sea cual sea, la regla de hacer como quisieran que se les hiciera. Vosotros que sois padres verdaderamente bondadosos, por la mañana, por la tarde y todo el resto del día, inculcad a todos vuestros hijos que han de «andar en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros»; que tengan presente aquel único punto: «Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él».
Capítulo 96 completado
Sobre la educación de los hijos