Sermones en diversas ocasiones
Sobre la religión en la familia

Capítulo 95 · 22 min de lectura · 28 min de escucha

Sobre la religión en la familia

Sermón 94

Sobre la religión en la familia

«Yo y mi casa serviremos al Señor».

Josué 24:15.

1. En los versículos anteriores leemos que Josué, ya anciano, «reunió a las tribus de Israel en Siquem, y llamó a los ancianos de Israel, a sus príncipes, a sus jueces y a sus oficiales; y se presentaron delante del Señor» (Josué 24:1). Y Josué les refirió las grandes cosas que Dios había hecho por sus padres (Josué 24:2–13), concluyendo con aquella enérgica exhortación: «Ahora, pues, temed al Señor, y servidle con integridad y en verdad; y quitad de en medio los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río (el Jordán), y en Egipto» (Josué 24:14). ¿Puede haber algo más asombroso que esto: que aun en Egipto, sí, y en el desierto, donde eran alimentados cada día y guiados de día y de noche por milagro, los israelitas, en general, adoraran ídolos, en abierto desafío al Señor su Dios? Él prosigue: «Y si mal os parece servir al Señor, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis: Pero yo y mi casa serviremos al Señor».

2. Resolución digna de un santo de canas, que había tenido larga experiencia, desde su juventud, de la bondad del Señor a quien se había consagrado y de las ventajas de su servicio. ¡Cuánto es de desear que todos los que han gustado que el Señor es benigno, todos aquellos a quienes él ha sacado de la tierra de Egipto, de la servidumbre del pecado —en especial los que están unidos en comunión cristiana—, adoptaran esta sabia resolución! Entonces prosperaría la obra del Señor en nuestra tierra; entonces su palabra correría y sería glorificada. Entonces multitudes de pecadores en todo lugar extenderían sus manos a Dios, hasta que «la gloria del Señor cubriera la tierra, como las aguas cubren el mar».

3. Por el contrario, ¿cuál será la consecuencia si no adoptan esta resolución, si se descuida la religión en la familia, si no se cuida de la generación que se levanta? ¿No se extinguirá en poco tiempo el presente avivamiento de la religión? ¿No será como dice el historiador del Estado romano en su infancia: res unius aetatis, «un suceso que tiene su principio y su fin dentro del espacio de una sola generación»? ¿No será una confirmación de aquella triste observación de Lutero, de que «un avivamiento de la religión nunca dura más de una generación»? Por una generación (según él mismo se explica) entiende treinta años. Pero, bendito sea Dios, esta observación no se cumple en el caso presente, puesto que este avivamiento, desde su comienzo en el año 1729, ha durado ya más de cincuenta años.

4. ¿No hemos visto ya algunas de las desdichadas consecuencias de que hombres buenos no adopten esta resolución? ¿No se ha levantado una generación, aun dentro de este período, sí, y de padres piadosos, que no conoce al Señor, que no tiene ni su amor en el corazón ni su temor delante de los ojos? ¡Cuántos de ellos ya «desprecian a sus padres y escarnecen el consejo de sus madres»! ¡Cuántos son del todo extraños a la religión verdadera, a su vida y a su poder! ¡Y no pocos se han sacudido toda religión y se han entregado a toda clase de maldad! Ahora bien, aunque a veces pueda ser este el caso aun de hijos educados de manera piadosa, es un caso muy raro: he encontrado algunos ejemplos de ello, pero no muchos. La maldad de los hijos se debe generalmente a la falta o al descuido de sus padres. Porque es una regla general, aunque no universal, pues admite algunas excepciones: «Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él».

5. Pero ¿cuál es el alcance de esta resolución: «Yo y mi casa serviremos al Señor»? Para entenderla y practicarla, averigüemos, en primer lugar, qué es «servir al Señor»; en segundo lugar, quiénes están incluidos en la expresión «mi casa»; y, en tercer lugar, qué podemos hacer para que nosotros y nuestra casa sirvamos al Señor.

I. 1. Podemos averiguar, en primer lugar, qué es «servir al Señor», no como judío, sino como cristiano; no solo con un servicio exterior (aunque algunos de los judíos sin duda fueron más allá de esto), sino con uno interior, con el servicio del corazón, «adorándole en espíritu y en verdad». Lo primero que implica este servicio es la fe: creer en el nombre del Hijo de Dios. No podemos rendir a Dios un servicio aceptable hasta que creamos en Jesucristo, a quien él ha enviado. Aquí comienza la adoración espiritual de Dios. Tan pronto como alguno tiene el testimonio en sí mismo, tan pronto como puede decir: «Lo que ahora vivo, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí», es capaz de «servir al Señor» de veras.

2. Tan pronto como cree, ama a Dios, que es otra cosa implicada en «servir al Señor». «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero», de lo cual la fe es la evidencia. El amor de un Dios que perdona «está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado». Es verdad que este amor puede admitir mil grados; pero aun así, todo aquel que cree, mientras cree, puede declarar con verdad delante de Dios: «Señor, tú sabes que te amo». Tú sabes que “mi deseo es a ti y a la memoria de tu nombre”».

3. Y si alguno ama de veras a Dios, no puede menos que amar también a su hermano. La gratitud hacia nuestro Creador producirá sin duda benevolencia hacia nuestros semejantes. Si le amamos a él, no podemos menos que amarnos unos a otros, como Cristo nos amó. Sentimos nuestras almas ensanchadas en amor hacia todo hijo de hombre. Y hacia todos los hijos de Dios nos vestimos de «entrañas de benignidad, de mansedumbre, de longanimidad, perdonándonos los unos a los otros», si tenemos queja contra alguno, «así como Dios, por amor de Cristo, nos ha perdonado».

4. Una cosa más se implica en «servir al Señor», a saber, el obedecerle; el andar firmemente en todos sus caminos, el hacer su voluntad de corazón. Como aquellos, «sus siervos» de lo alto, «que hacen su voluntad, que guardan sus mandamientos, evitan con cuidado todo lo que él ha prohibido y hacen con celo todo lo que él ha mandado; procurando siempre tener una conciencia sin remordimiento para con Dios y para con los hombres.

II. «Yo y mi casa serviremos al Señor», dirá todo cristiano verdadero. Pero ¿quiénes están incluidos en esa expresión, «mi casa»? Este es el siguiente punto que hay que considerar.

1. La persona de vuestra casa que reclama vuestra primera y más inmediata atención es, sin duda, vuestra esposa, puesto que habéis de amarla así como Cristo amó a la Iglesia, cuando dio su vida por ella, para «purificarla para sí, sin que tenga mancha, ni arruga, ni cosa semejante». Este mismo fin ha de perseguir todo marido en todo su trato con su esposa: usar todos los medios posibles para que ella quede libre de toda mancha y ande irreprensible en amor.

2. Después de vuestra esposa están vuestros hijos: espíritus inmortales que Dios, por un tiempo, ha confiado a vuestro cuidado, para que los instruyáis en toda santidad y los preparéis para gozar de Dios en la eternidad. Este es un encargo glorioso e importante, puesto que una sola alma vale más que todo el resto del mundo. Por tanto, habéis de velar sobre cada hijo con el mayor cuidado, para que, cuando seáis llamados a dar cuenta de cada uno al Padre de los espíritus, deis vuestra cuenta con gozo y no con pesar.

3. A vuestros criados, de cualquier clase que sean, habéis de mirarlos como una especie de hijos secundarios: también a estos los ha confiado Dios a vuestro cargo, como a quien ha de dar cuenta. Porque todo aquel que vive bajo vuestro techo y tiene un alma que salvar está bajo vuestro cuidado; no solo los criados contratados por escritura, que están legalmente obligados a permanecer con vosotros por un plazo de años; no solo los criados asalariados, ya sea que se contraten voluntariamente por un tiempo más largo o más corto; sino también los que os sirven por semana o por día: porque también estos, en cierta medida, han sido entregados en vuestras manos. Y no es la voluntad de vuestro Señor que está en los cielos que ninguno de ellos salga de vuestras manos sin haber recibido de vosotros algo más valioso que el oro o la plata. Sí, y en cierto grado sois responsables aun del «extranjero que está dentro de vuestras puertas». Así como se os exige particularmente que cuidéis de que no haga «obra alguna» en el día del Señor mientras está dentro de vuestras puertas, así, por la misma razón, se os exige que hagáis todo lo que esté en vuestro poder para impedir que peque contra Dios en cualquier otra cosa.

III. Averigüemos, en tercer lugar, ¿qué podemos hacer para que todos estos «sirvan al Señor»?

1. ¿No podemos procurar, en primer lugar, refrenarlos de todo pecado exterior: de los juramentos profanos, de tomar el nombre de Dios en vano, de hacer cualquier trabajo innecesario o tomar cualquier pasatiempo en el día del Señor? Este trabajo de amor lo debéis aun a vuestros visitantes; mucho más a vuestra esposa, a vuestros hijos y a vuestros criados. A los primeros, sobre quienes tenéis menos influencia, podéis refrenarlos con razones o con suave persuasión. Si halláis que, tras repetidos intentos, no ceden ni a lo uno ni a lo otro, es vuestro deber ineludible dejar a un lado la cortesía y despedirlos de vuestra casa. También a los criados, sean por día o por un plazo más largo, si no podéis enmendarlos, ya sea con razones unidas a vuestro ejemplo, ya con reprensiones suaves o severas, aunque repetidas con frecuencia, debéis en todo caso despedirlos de vuestra familia, por muy incómodo que os resulte.

2. Pero no podéis despedir a vuestra esposa, a no ser por causa de fornicación, es decir, de adulterio. ¿Qué puede hacerse, entonces, si está habituada a algún otro pecado manifiesto? No puedo hallar en la Biblia que un marido tenga autoridad para golpear a su esposa por motivo alguno, aun suponiendo que ella le golpeara primero, a menos que su vida estuviera en peligro inminente. Nunca he conocido hasta ahora un solo caso de una esposa que se enmendara por ello. He oído, en verdad, de algunos casos tales; pero, como no los vi, no los creo. Me parece que todo lo que puede hacerse en este caso ha de hacerse en parte con el ejemplo, en parte con razones o persuasión, aplicando cada cosa de la manera que dicte la prudencia cristiana. Si el mal puede ser vencido alguna vez, ha de ser vencido con el bien. No puede ser vencido con el mal: no podemos derrotar al diablo con sus propias armas. Por tanto, si este mal no puede ser vencido con el bien, somos llamados a sufrirlo. Somos llamados entonces a decir: «Esta es la cruz que Dios ha escogido para mí. Ciertamente la permite con sabios fines; “haga lo que bien le pareciere”. Cuando él vea que es lo mejor, pasará de mí este vaso». Entretanto, perseverad en ferviente oración, sabiendo que para Dios ninguna cosa es imposible, y que él, a su debido tiempo, o quitará la tentación o la convertirá en una bendición para vuestra alma.

3. A vuestros hijos, mientras son pequeños, podéis refrenarlos del mal no solo con consejos, persuasión y reprensión, sino también con la corrección; recordando solamente que este medio ha de usarse en último lugar, no antes de que todos los demás se hayan probado y hallado ineficaces. Y aun entonces debéis tener el mayor cuidado de evitar la más leve apariencia de ira. Todo lo que se haga debe hacerse con mansedumbre; más aún, también con bondad. De lo contrario, vuestro propio espíritu sufrirá pérdida, y el niño sacará poco provecho.

4. Pero algunos os dirán: «Todo esto es trabajo perdido: no hace falta corregir a un niño en absoluto. La instrucción, la persuasión y el consejo bastarán para cualquier niño sin corrección, especialmente si se añade una suave reprensión cuando la ocasión lo requiera». Respondo: puede haber casos particulares en que este método tenga éxito. Pero de ningún modo debéis establecerlo como regla universal, a menos que os supongáis más sabios que Salomón o, para hablar con más propiedad, más sabios que Dios. Porque es Dios mismo, que mejor conoce a sus propias criaturas, quien nos ha dicho expresamente: «El que detiene la vara, a su hijo aborrece; mas el que lo ama, madruga a castigarlo» (Proverbios 13:24). Y sobre esto se funda aquel claro mandamiento, dirigido a todos los que temen a Dios: «Castiga a tu hijo en tanto que hay esperanza, y no se detenga tu alma por su llanto» (Proverbios 19:18).

5. ¿No podemos procurar, en segundo lugar, instruirlos? ¿Cuidar de que toda persona que está bajo nuestro techo tenga todo el conocimiento necesario para la salvación? ¿Velar por que nuestra esposa, nuestros criados y nuestros hijos sean enseñados en todas aquellas cosas que pertenecen a su paz eterna? Para esto debéis disponer que no solo vuestra esposa, sino también vuestros criados, puedan gozar de todos los medios públicos de instrucción. En el día del Señor, en particular, debéis prever de tal modo lo que es necesario hacer en casa que ellos tengan oportunidad de asistir a todas las ordenanzas de Dios. Sí, y debéis cuidar de que tengan algún tiempo cada día para la lectura, la meditación y la oración; y debéis informaros de si emplean de hecho ese tiempo en los ejercicios para los que se les concede. Tampoco debe pasar un solo día sin oración en familia, hecha con seriedad y solemnidad.

6. Debéis esforzaros particularmente en instruir a vuestros hijos temprano, con claridad, con frecuencia y con paciencia. Instruidlos temprano, desde la primera hora en que percibáis que la razón comienza a despuntar. La verdad puede entonces comenzar a alumbrar la mente mucho antes de lo que solemos suponer. Y quien vigila los primeros despertares del entendimiento puede, poco a poco, proporcionarle materia adecuada sobre la cual obrar, y puede volver los ojos del hijo hacia las cosas buenas, así como hacia las malas o las frívolas. Tan pronto como un niño comienza a hablar, podéis estar seguros de que la razón comienza a obrar. No conozco razón alguna por la que un padre no deba comenzar justamente entonces a hablarle de las mejores cosas, las cosas de Dios. Y desde ese momento no debe perderse ninguna oportunidad de inculcarle todas las verdades según sea capaz de recibirlas.

7. Pero el hablarles temprano de nada servirá si no les habláis también con claridad. Usad palabras que los niños pequeños puedan entender, justamente las que ellos mismos usan. Observad con cuidado las pocas ideas que ya tienen, y procurad injertar en ellas lo que decís. Por poner un pequeño ejemplo: decid al niño que mire hacia arriba, y preguntadle: «¿Qué ves allí?». «El sol». «¡Mira qué brillante es! ¡Siente cuán caliente brilla sobre tu mano! ¡Mira cómo hace verde la hierba! ¡Pero Dios, aunque no puedes verle, está por encima del cielo, y es muchísimo más brillante que el sol! ¡Es él, es Dios quien hace crecer la hierba y las flores, quien hace verdes los árboles y hace que el fruto venga sobre ellos! ¡Piensa en lo que él puede hacer! Puede hacer todo lo que le place. ¡Puede hacernos morir a ti o a mí en un momento! Pero te ama; le gusta hacerte bien. Le gusta hacerte feliz. ¿No deberías, pues, amarle a él? Y él te enseñará cómo amarle».

8. Mientras habláis de esta manera, o de otra semejante, debéis estar elevando continuamente vuestro corazón a Dios, suplicándole que abra los ojos de su entendimiento y derrame su luz sobre ellos. Él, y solo él, puede hacer que en esto se diferencien de las bestias que perecen. Solo él puede aplicar vuestras palabras a sus corazones, sin lo cual todo vuestro trabajo será en vano. Pero dondequiera que enseña el Espíritu Santo, no hay demora en aprender.

9. Pero si queréis ver el fruto de vuestro trabajo, debéis enseñarles no solo temprano y con claridad, sino también con frecuencia. De poco o nada serviría hacerlo solo una o dos veces por semana. ¿Con qué frecuencia alimentáis sus cuerpos? No menos de tres veces al día. ¿Y vale el alma menos que el cuerpo? ¿No la alimentaréis, pues, con la misma frecuencia? Si halláis que esta es una tarea fatigosa, ciertamente hay algo que anda mal en vuestra propia mente. No los amáis lo bastante; o no amáis a aquel que es vuestro Padre y el Padre de ellos. ¡Humillaos delante de él! Rogadle que os dé más amor; y el amor hará ligero el trabajo.

10. Pero no servirá de nada enseñarles temprano, con claridad y con frecuencia, a menos que perseveréis en ello. Nunca dejéis, nunca interrumpáis vuestro trabajo de amor hasta que veáis su fruto. Pero para esto hallaréis la necesidad absoluta de ser investidos de poder de lo alto, sin el cual, estoy persuadido, nadie ha tenido ni tendrá jamás paciencia suficiente para la obra. De lo contrario, la inconcebible torpeza de algunos niños, y el atolondramiento o la terquedad de otros, inducirían a los padres a abandonar la penosa tarea y a dejarlos seguir su propia imaginación.

11. Y suponed que, después de haber hecho esto, después de haber enseñado a vuestros hijos desde su más tierna infancia, de la manera más clara que pudisteis, sin omitir ninguna oportunidad y perseverando en ello, no vierais en seguida fruto alguno de vuestro trabajo: no debéis concluir que no lo habrá. Posiblemente el «pan» que habéis «echado sobre las aguas» sea «hallado después de muchos días». La semilla que ha permanecido largo tiempo en la tierra puede, al fin, brotar en una abundante cosecha. Especialmente si no os retraéis de la oración delante de Dios, si continuáis constantes en ella con toda súplica. Entretanto, sea cual fuere el efecto de esto sobre otros, vuestra recompensa está con el Altísimo.

12. Muchos padres, por otra parte, ven en seguida el fruto de la semilla que han sembrado, y tienen el consuelo de observar que sus hijos crecen en la gracia en la misma proporción en que crecen en años. Sin embargo, no lo han hecho todo. Tienen todavía entre manos otra tarea, a veces de no pequeña dificultad. Sus hijos tienen ya edad para ir a la escuela. Pero ¿a qué escuela conviene enviarlos?

13. Recuérdese que no hablo al mundo desenfrenado, atolondrado e irreflexivo, sino a los que temen a Dios. Pregunto, pues: ¿con qué fin enviáis a vuestros hijos a la escuela? «Pues para que estén preparados para vivir en el mundo». ¿En qué mundo queréis decir: en este o en el venidero? Quizá pensabais solo en este mundo, y habíais olvidado que hay un mundo venidero; sí, y uno que durará para siempre. Os ruego que toméis esto en cuenta, y que los enviéis a maestros que lo mantengan siempre delante de sus ojos. De lo contrario, enviarlos a la escuela (permitidme hablar con claridad) es poco mejor que enviarlos al diablo. En todo caso, pues, si tenéis algún interés por sus almas, enviad a vuestros muchachos, no a ninguna de las grandes escuelas públicas (porque son semilleros de toda clase de maldad), sino a una escuela privada, regida por algún hombre piadoso que procure instruir a un pequeño número de niños en la religión y en las letras a la vez.

14. «Pero ¿qué haré con mis hijas?». De ningún modo las enviéis a un gran internado. En esos seminarios también los niños se enseñan unos a otros orgullo, vanidad, afectación, intriga, artificio y, en suma, todo lo que una mujer cristiana no debería aprender. Suponed que una niña estuviera bien inclinada; aun así, ¿qué haría en medio de una multitud de niñas, de las cuales ni una sola piensa en salvar su alma en tal compañía? Sobre todo porque toda su conversación apunta en otra dirección y gira en torno a cosas en las que uno desearía que ella nunca pensara. Nunca he conocido todavía a una mujer piadosa y sensata que se hubiera criado en un gran internado que no afirmara que lo mismo daría enviar a una jovencita a criarse en Drury Lane.

15. «Pero, entonces, ¿adónde enviaré a mis hijas?». Si no podéis criarlas vosotros mismos (como hizo mi madre, que crio a siete hijas hasta la edad adulta), enviadlas a alguna maestra que tema verdaderamente a Dios; una cuya vida sea un modelo para sus alumnas, y que tenga solo tantas que pueda velar sobre cada una como quien ha de dar cuenta a Dios. Hace cuarenta años yo no conocía una maestra así en Inglaterra; pero ahora podéis hallar varias: podéis hallar tal maestra y tal escuela en Highgate, en Deptford, cerca de Bristol, en Chester o cerca de Leeds.

16. Podemos suponer que vuestros hijos han estado ya bastante tiempo en la escuela y que estáis pensando en algún oficio para ellos. Antes de determinar nada sobre este punto, mirad que vuestro ojo sea sincero. ¿Lo es? ¿Es vuestro propósito agradar a Dios en esto? ¡Bien está si lo tomáis en cuenta! Pero ciertamente, si vosotros mismos amáis o teméis a Dios, esta será vuestra primera consideración: «¿En qué oficio será más probable que vuestro hijo ame y sirva a Dios? ¿En qué empleo tendrá la mayor ventaja para hacerse tesoros en el cielo?». ¡Me he escandalizado sobremanera al observar cuán poca atención se presta a esto, aun por parte de padres piadosos! Aun estos consideran solo cómo podrá ganar más dinero, no cómo podrá alcanzar más santidad. ¡Aun estos, por este glorioso motivo, lo envían a un amo pagano y a una familia donde no hay ni siquiera la apariencia, y mucho menos la eficacia, de la religión! Por este motivo lo colocan en un oficio que necesariamente lo expondrá a tentaciones tales que no le dejarán ni una probabilidad, si acaso una posibilidad, de servir a Dios. ¡Oh padres salvajes! ¡Crueldad desnaturalizada, diabólica, si creéis que hay otro mundo!

«Pero ¿qué haré?». Poned a Dios delante de vuestros ojos, y hacedlo todo con la mira de agradarle. Entonces hallaréis un amo, de cualquier profesión, que ame, o al menos tema, a Dios; y hallaréis una familia en la que haya la apariencia de la religión, si no también su eficacia. Vuestro hijo puede, con todo, servir al diablo si quiere; pero es probable que no lo haga. Y no os importe si gana menos dinero, con tal de que alcance más santidad. Basta, aunque tenga menos bienes terrenales, con que asegure la posesión del cielo.

17. Hay una circunstancia más en la que tendréis gran necesidad de la sabiduría que es de lo alto. Vuestro hijo o vuestra hija tiene ya edad para casarse y os pide consejo sobre ello. Ahora bien, sabéis lo que el mundo llama un buen partido: uno con el que se gana mucho dinero. Sin duda lo es, si es cierto que el dinero siempre trae felicidad; pero me temo que no es cierto: el dinero rara vez trae felicidad, ni en este mundo ni en el venidero. Así pues, nadie os engañe con palabras vanas: las riquezas y la felicidad rara vez habitan juntas. Por tanto, si sois sabios, no buscaréis riquezas para vuestros hijos por medio de su matrimonio. Mirad que vuestro ojo sea sincero también en esto: apuntad sencillamente a la gloria de Dios y a la verdadera felicidad de vuestros hijos, tanto en el tiempo como en la eternidad. ¡Es cosa triste ver cómo padres cristianos se regocijan en vender a su hijo o a su hija a un pagano rico! ¿Y llamáis seriamente a esto un buen partido? Necio, por la misma razón puedes llamar al infierno una buena posada, y al diablo un buen amo. ¡Oh, aprende una lección mejor de un Maestro mejor! «Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia», tanto para ti como para tus hijos, «y todas las demás cosas os serán añadidas».

18. Es indudablemente cierto que, si estáis firmemente resueltos a andar por este camino, a procurar por todos los medios posibles que vosotros y vuestra casa sirváis así al Señor, que cada miembro de vuestra familia le adore, no solo en la forma, sino en espíritu y en verdad, tendréis necesidad de usar toda la gracia, todo el valor y toda la sabiduría que Dios os ha dado; porque hallaréis en el camino estorbos tales que solo el gran poder de Dios puede capacitaros para romperlos. Tendréis que luchar con todos los santos del mundo, que pensarán que lleváis las cosas demasiado lejos. Tendréis contra vosotros todas las potestades de las tinieblas, que emplearán tanto la fuerza como el fraude; y, sobre todo, el engaño de vuestro propio corazón, el cual, si le prestáis oído, os suministrará muchas razones por las que debierais conformaros un poco más al mundo. Pero, así como habéis comenzado, ¡seguid adelante en el nombre del Señor y en el poder de su fuerza! Desafiad al mundo, sonría o frunza el ceño, y al príncipe de él. Seguid la razón y los oráculos de Dios, no las modas y costumbres de los hombres. «Consérvate en limpieza». Hagan lo que hagan los demás, que vosotros y vuestra casa «adornéis la doctrina de Dios nuestro Salvador». Que vosotros, vuestro cónyuge, vuestros hijos y vuestros criados estéis todos del lado del Señor, tirando dulcemente juntos bajo un mismo yugo, andando en todos sus mandamientos y ordenanzas, hasta que cada uno de vosotros «reciba su propia recompensa conforme a su propia labor».

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