Capítulo 94 · 19 min de lectura · 24 min de escucha
Sobre la redención del tiempo
Sermón 93
Sobre la redención del tiempo
«Redimiendo el tiempo».
Efesios 5:16.
1. «Mirad, pues, que andéis con diligencia», dice el Apóstol en el versículo anterior, «no como necios, sino como sabios, redimiendo el tiempo»; ahorrando todo el tiempo que podáis para los mejores fines; rescatando cada momento fugaz de las manos del pecado y de Satanás, de las manos de la pereza, la comodidad, el placer y los negocios del mundo; y con tanta más diligencia cuanto que los presentes «son días malos», días de la más grosera ignorancia, inmoralidad y profanidad.
2. Este parece ser el sentido general de las palabras. Pero me propongo, por ahora, considerar solo una manera particular de redimir el tiempo», a saber, la de redimirlo del sueño.
3. Este punto parece haber sido sumamente poco considerado, aun por hombres piadosos. Muchos que han sido eminentemente escrupulosos de conciencia en otros respectos no lo han sido en este. Parecían pensar que era cosa indiferente dormir más o menos, y nunca lo vieron desde su verdadero punto de vista, como una rama importante de la templanza cristiana.
Para que tengamos una idea más justa de esto, procuraré mostrar:
I. Qué es «redimir el tiempo» del sueño.
II. El mal de no redimirlo. Y
III. La manera más eficaz de hacerlo.
I. 1. Y, en primer lugar, ¿qué es «redimir el tiempo» del sueño? Es, en general, tomar cada noche la medida de sueño que la naturaleza requiere, y no más; aquella medida que más conduce a la salud y al vigor tanto del cuerpo como de la mente.
2. Pero se objeta: «Una misma medida no conviene a todos los hombres; algunos necesitan bastante más que otros. Ni tampoco la misma medida basta a las mismas personas en un tiempo que en otro. Cuando alguien está enfermo, o, si no lo está en realidad, se halla debilitado por una enfermedad anterior, sin duda necesita más de este reparador natural que cuando gozaba de perfecta salud. Y lo mismo le ocurrirá cuando sus fuerzas y su ánimo estén agotados por un trabajo duro o muy prolongado».
3. Todo esto es indudablemente cierto, y lo confirman mil experiencias. Por tanto, quienesquiera que hayan intentado fijar una sola medida de sueño para todas las personas no entendían la naturaleza del cuerpo humano, tan sumamente distinto en distintas personas; como tampoco la entendían quienes imaginaban que la misma medida convendría aun a la misma persona en todo tiempo. Por eso causa asombro que un hombre tan grande como el obispo Taylor haya concebido esa extraña imaginación; y mucho más que la medida que señaló como norma general sea de solo tres horas de cada veinticuatro. Aquel hombre bueno y sensato, el señor Baxter, no estuvo mucho más cerca de la verdad, pues supone que cuatro horas de cada veinticuatro bastarán a cualquier hombre. Conocí a un hombre sumamente sensato que estaba absolutamente persuadido de que nadie en el mundo necesitaba dormir más de cinco horas de cada veinticuatro. Pero cuando él mismo hizo la prueba, pronto abandonó esa opinión. Y estoy plenamente convencido, por una observación continuada durante más de cincuenta años, de que, sea lo que fuere lo que puedan hacer personas extraordinarias, o en algunos casos extraordinarios (en los que hay quienes han subsistido con muy poco sueño durante algunas semanas, y aun meses), un cuerpo humano difícilmente puede mantenerse con salud y vigor sin, por lo menos, seis horas de sueño de cada veinticuatro. De lo que estoy seguro es de que nunca me encontré con tal caso: nunca hallé hombre ni mujer que conservara una salud vigorosa durante un año con una cantidad de sueño menor que esta.
4. Y he observado desde hace mucho que las mujeres, en general, necesitan un poco más de sueño que los hombres; quizá porque son, por lo común, de una complexión corporal más débil, así como más húmeda. Si, pues, uno se atreviera a señalar una norma (aunque sujeta a muchas excepciones y a alteraciones ocasionales), me inclino a pensar que esta se acercaría al blanco: los hombres sanos, en general, necesitan algo más de seis horas de sueño, y las mujeres sanas, algo más de siete, de cada veinticuatro. Yo mismo necesito seis horas y media, y no puedo pasar bien con menos.
5. Si alguno desea saber exactamente qué cantidad de sueño requiere su propia constitución, puede muy fácilmente hacer la prueba que yo hice hace unos sesenta años. Por entonces me despertaba cada noche hacia las doce o la una y permanecía despierto algún tiempo. Concluí sin dificultad que esto se debía a que pasaba en la cama más tiempo del que la naturaleza requería. Para salir de dudas, me procuré un despertador, que me despertó a la mañana siguiente a las siete (casi una hora antes de lo que me había levantado el día anterior); y, sin embargo, volví a quedarme despierto por la noche. La segunda mañana me levanté a las seis; pero, a pesar de ello, estuve despierto la segunda noche. La tercera mañana me levanté a las cinco; pero, con todo, estuve despierto la tercera noche. La cuarta mañana me levanté a las cuatro (como, por la gracia de Dios, he hecho desde entonces), y ya no volví a quedarme despierto. Y ahora no paso despierto (tomando el año entero) ni un cuarto de hora seguido en un mes. Mediante la misma prueba, levantándose cada mañana más y más temprano, cualquiera puede averiguar cuánto sueño necesita en realidad.
II. 1. «Pero ¿por qué ha de tomarse nadie tanto trabajo? ¿Qué necesidad hay de ser tan escrupuloso? ¿Por qué hemos de hacernos tan singulares? ¿Qué mal hay en hacer como hacen nuestros vecinos? Por ejemplo, en quedarse en la cama desde las diez hasta las seis o las siete en verano, y hasta las ocho o las nueve en invierno».
2. Si queréis considerar esta pregunta con justicia, necesitaréis mucha franqueza e imparcialidad, pues lo que estoy a punto de decir será probablemente del todo nuevo para vosotros; distinto de cuanto hayáis oído en vuestra vida; distinto del juicio, o al menos del ejemplo, de vuestros padres y de vuestros parientes más cercanos; más aún, y quizá de las personas más religiosas que hayáis conocido. Elevad, pues, vuestro corazón al Espíritu de verdad, y rogadle que lo ilumine, para que, sin hacer acepción de personas, veáis y sigáis la verdad tal como está en Jesús.
3. ¿Deseáis de veras saber qué mal hay en no redimir del sueño todo el tiempo que podáis, por ejemplo, en emplear en él una hora diaria más de lo que la naturaleza requiere? Pues bien, en primer lugar, daña vuestros bienes; es tirar seis horas a la semana que podrían rendir algún provecho temporal. Si sabéis hacer algún trabajo, podríais ganar algo en ese tiempo, por pequeño que fuera. Y no tenéis necesidad de tirar siquiera eso. Si vosotros no lo necesitáis, dadlo a quienes lo necesitan; conocéis a algunos de ellos que no están lejos. Si no tenéis oficio, aun así podéis emplear el tiempo de modo que os produzca dinero, o su equivalente, a vosotros o a otros.
4. El no redimir del sueño todo el tiempo que podáis, el emplear en él más tiempo del que vuestra constitución necesariamente requiere, en segundo lugar, daña vuestra salud. Nada puede ser más cierto que esto, aunque no se observe comúnmente, porque el mal se os acerca a pasos lentos e imperceptibles. De esta manera gradual y casi imperceptible echa los cimientos de muchas enfermedades. Es la principal causa real (aunque no sospechada) de todas las enfermedades nerviosas en particular. Mucho se ha preguntado por qué los trastornos nerviosos son tanto más comunes entre nosotros que entre nuestros antepasados. Otras causas pueden concurrir con frecuencia; pero la principal es que nos quedamos más tiempo en la cama. En lugar de levantarnos a las cuatro, la mayoría de los que no estamos obligados a trabajar para ganar el pan seguimos acostados hasta las siete, las ocho o las nueve. No hace falta buscar más. Esto explica suficientemente el gran aumento de estos dolorosos trastornos.
5. Puede observarse que la mayor parte de ellos provienen, no solo de dormir demasiado, sino aun de lo que imaginamos del todo inofensivo: quedarse demasiado tiempo en la cama. Al remojarse (como se dice con toda expresividad) tanto tiempo entre sábanas calientes, la carne queda, por así decirlo, medio cocida, y se vuelve blanda y fofa». Los nervios, entretanto, quedan del todo destemplados, y sobreviene todo el cortejo de síntomas melancólicos —desfallecimiento, temblores, abatimiento del ánimo (como se le llama)—, hasta que la vida misma se vuelve una carga.
6. Un efecto común, sea de dormir demasiado o de quedarse demasiado tiempo en la cama, es la debilidad de la vista, en particular aquella debilidad que es de índole nerviosa. Cuando era joven, mi vista era notablemente débil. ¿Por qué es más fuerte ahora que hace cuarenta años? Lo atribuyo principalmente a la bendición de Dios, que nos capacita para todo aquello a lo que nos llama. Pero sin duda el medio exterior que le plugo bendecir fue el levantarme temprano por la mañana.
7. Una objeción todavía mayor contra el no levantarse temprano, contra el no redimir del sueño todo el tiempo que podamos, es que daña el alma, así como el cuerpo; es un pecado contra Dios. Y esto necesariamente ha de serlo, por las dos razones anteriores. Porque no podemos malgastar, o (lo que viene a ser lo mismo) dejar de aprovechar, parte alguna de nuestros bienes terrenales, ni podemos dañar nuestra propia salud, sin pecar contra él.
8. Pero esta intemperancia de moda daña también el alma de una manera más directa. Siembra las semillas de codicias necias y dañosas; inflama peligrosamente nuestros apetitos naturales, que una persona que se estira y bosteza en la cama está justamente dispuesta a satisfacer. Engendra y aumenta continuamente la pereza, tantas veces reprochada a la nación inglesa. Abre el camino y prepara el alma para toda otra clase de intemperancia. Engendra una blandura y una flojedad de espíritu universales, que nos hacen temer toda pequeña incomodidad, nos hacen reacios a negarnos placer alguno o a tomar o llevar cruz alguna. ¿Y cómo, entonces, seremos capaces (y sin ello habremos de caer en el infierno) de «arrebatar por la fuerza el reino de los cielos»? Nos incapacita totalmente para «sufrir trabajos como buenos soldados de Jesucristo»; y, por consiguiente, para «pelear la buena batalla de la fe y echar mano de la vida eterna».
9. ¡De qué manera tan hermosa trata aquel gran hombre, el señor [William] Law, este importante asunto! [A saber, el redimir el tiempo del sueño.] No puedo menos que añadir aquí parte de sus palabras, para provecho de todo lector sensato.
«Doy por sentado que todo cristiano que goza de salud se levanta temprano por la mañana. Porque es mucho más razonable suponer que una persona se levanta temprano porque es cristiana que porque es jornalero, o comerciante, o criado.
«Concebimos aborrecimiento hacia el hombre que está en la cama cuando debería estar en su trabajo. No podemos pensar bien de aquel que es tan esclavo de la somnolencia que descuida por ella sus negocios.
«Esto, pues, ha de enseñarnos a concebir cuán odiosos hemos de parecer a Dios si estamos en la cama, encerrados en el sueño, cuando deberíamos estar alabando a Dios, y si somos tan esclavos de la somnolencia que descuidamos por ella nuestras devociones.
«El sueño es un estado de existencia tan torpe y embotado que, aun entre los meros animales, despreciamos más a los más dormilones. Por tanto, el que prefiere prolongar la perezosa indolencia del sueño antes que acudir temprano a sus devociones prefiere el más torpe refrigerio del cuerpo a los más nobles goces del alma. Prefiere aquel estado que es un oprobio para los meros animales a aquel ejercicio que es la gloria de los ángeles.
10. «Además, el que no puede negarse esta soñolienta complacencia no está más preparado para la oración cuando se levanta de lo que está preparado para el ayuno o para cualquier otro acto de negación de sí mismo. Es verdad que puede leer de corrido una fórmula de oración con más facilidad que cumplir esos deberes; pero no está más dispuesto para el espíritu de oración de lo que está dispuesto para el ayuno. Porque el sueño así consentido da blandura a todas nuestras disposiciones y nos incapacita para gustar de cosa alguna que no convenga a un estado ocioso de la mente, como lo es el sueño. De modo que la persona que es esclava de esta ociosidad tiene la misma disposición cuando está levantada. Todo lo ocioso o sensual le agrada. Y todo lo que requiere esfuerzo o negación de sí mismo le es odioso, por la misma razón por la que odia levantarse.
11. «No es posible que un epicúreo sea verdaderamente devoto. Tiene que renunciar a su sensualidad antes de poder gustar la felicidad de la devoción. Ahora bien, el que convierte el sueño en una ociosa complacencia hace tanto para corromper su alma, para hacerla esclava de los apetitos corporales, como hace un epicúreo. No desordena su vida como lo hacen los actos notorios de intemperancia; pero, como cualquier otro curso más moderado de complacencia, silenciosamente y por grados más pequeños, va desgastando el espíritu de la religión y hunde el alma en la torpeza y la sensualidad.
«La negación de sí mismo, de toda clase, es la vida y el alma misma de la piedad; pero el que no tiene de ella lo bastante para poder acudir temprano a sus oraciones no puede pensar que ha tomado su cruz y está siguiendo a Cristo.
«¿Qué victoria ha alcanzado sobre sí mismo? ¿Qué mano derecha se ha cortado? ¿Para qué pruebas está preparado? ¿Qué sacrificio está dispuesto a ofrecer a Dios, quien no puede ser tan cruel consigo mismo como para levantarse a orar a la hora en que la parte trabajadora del mundo se contenta con levantarse para ir a su labor?
12. «Algunos no tendrán reparo en deciros que se entregan al sueño porque no tienen nada que hacer, y que si tuvieran algún quehacer para el cual levantarse, no perderían tanto de su tiempo durmiendo. Pero hay que decirles que se equivocan en el asunto; que tienen muchísimo que hacer: tienen un corazón endurecido que cambiar; tienen que adquirir todo el espíritu de la religión. Porque ciertamente de aquel que piensa que no tiene nada que hacer, porque nada sino sus oraciones lo reclama, puede decirse con justicia que le falta buscar todo el espíritu de la religión.
«No debéis, pues, considerar cuán pequeña falta es levantarse tarde, sino cuán gran miseria es carecer del espíritu de la religión y vivir en tal blandura y ociosidad que os incapacite para los deberes fundamentales del cristianismo.
«Si yo os pidiera que no buscarais la satisfacción de vuestro paladar, no insistiría en el pecado de malgastar vuestro dinero, aunque es grande; sino que os pediría que renunciarais a tal modo de vida, porque os mantiene en un estado de sensualidad tal que os incapacita para gustar las doctrinas más esenciales de la religión.
«Por la misma razón, no insisto mucho en el pecado de malgastar vuestro tiempo en el sueño, aunque sea grande; sino que os pido que renunciéis a esta complacencia, porque da blandura y ociosidad a vuestra alma, y es tan contraria a aquel espíritu vivo, celoso, vigilante y abnegado que no solo fue el espíritu de Cristo y de sus apóstoles, y el espíritu de todos los santos y mártires que jamás ha habido entre los hombres, sino que ha de ser el espíritu de todos aquellos que no quieran hundirse en la corrupción común del mundo.
13. «Aquí, pues, hemos de fijar nuestra acusación contra esta práctica. Hemos de censurarla, no como si tuviera este o aquel mal particular, sino como un hábito general que se extiende por todo nuestro espíritu y sostiene un estado de ánimo enteramente equivocado.
«Es contraria a la piedad; no como lo son los deslices accidentales o las equivocaciones de la vida, sino de la manera en que un mal estado del cuerpo es contrario a la salud.
«Por otra parte, si os levantarais temprano cada mañana, como ejercicio de negación de vosotros mismos, como método para renunciar a la complacencia, como medio de redimir vuestro tiempo y de disponer vuestro espíritu para la oración, pronto hallaríais la ventaja. Este método, aunque parece una circunstancia pequeña, podría ser un medio de gran piedad. Os mantendría constantemente presente en la mente que la blandura y la ociosidad son la ruina de la religión. Os enseñaría a ejercer dominio sobre vosotros mismos y a renunciar a otros placeres y disposiciones que batallan contra el alma. Y lo que así se planta y se riega ciertamente recibirá de Dios el crecimiento».
III. 1. Solo resta ahora averiguar, en tercer lugar, cómo podemos redimir el tiempo, cómo podemos proceder en este importante asunto. ¿De qué manera practicaremos con más eficacia esta importante rama de la templanza?
Aconsejo a todos los que estáis cabalmente convencidos de su indecible importancia que no dejéis morir esa convicción, sino que comencéis al instante a obrar en conformidad con ella. Solo que no confiéis en vuestras propias fuerzas; si lo hacéis, quedaréis completamente burlados. Sed profundamente conscientes de que, así como no sois capaces de hacer nada bueno por vosotros mismos, así aquí, en particular, todas vuestras fuerzas y toda vuestra resolución de nada servirán. Quien confía en sí mismo será confundido. Nunca hallé una excepción. Nunca conocí a nadie que, confiando en sus propias fuerzas, pudiera guardar esta resolución durante un año.
2. Os aconsejo, en segundo lugar, que claméis al Fuerte pidiendo fuerza. Invocad a aquel que tiene todo poder en el cielo y en la tierra, y creed que responderá a la oración que no sale de labios de engaño. Así como no podéis tener demasiado poca confianza en vosotros mismos, tampoco podéis tener demasiada en él. Entonces poneos en camino con fe, y ciertamente su poder se perfeccionará en vuestra flaqueza.
3. Os aconsejo, en tercer lugar, que añadáis a vuestra fe prudencia: usad los medios más razonables para alcanzar vuestro propósito. En particular, comenzad por el extremo correcto; de lo contrario, perderéis vuestro trabajo. Si deseáis levantaros temprano, acostaos temprano; asegurad este punto a toda costa. A pesar de los compañeros más queridos y agradables, a pesar de sus solicitaciones más insistentes, a pesar de ruegos, burlas o reproches, guardad rigurosamente vuestra hora. Levantaos precisamente a vuestra hora y retiraos sin ceremonia. Guardad vuestra hora, no obstante los negocios más apremiantes: dejad todas las cosas para la mañana. Por grande que sea la cruz, por grande que sea la negación de vosotros mismos, guardad vuestra hora, o todo se acabó.
4. Os aconsejo, en cuarto lugar, que seáis constantes. Guardad vuestra hora de levantaros sin interrupción. No os levantéis dos mañanas para quedaros en la cama la tercera; antes bien, lo que hagáis una vez, hacedlo siempre. «Pero me duele la cabeza». No hagáis caso de eso. Pronto pasará. «Pero tengo un sueño fuera de lo común; los ojos se me cierran». Entonces no debéis parlamentar; de lo contrario, es causa perdida; antes bien, levantaos de un salto. Y si la somnolencia no se os pasa, acostaos un rato una o dos horas después. Pero que nada abra brecha en esta regla: levantaos y vestíos a vuestra hora.
5. Quizá diréis: «El consejo es bueno, pero llega demasiado tarde. Ya he abierto la brecha. Me levantaba con constancia, y por un tiempo nada me lo impidió. Pero fui cediendo poco a poco, y ahora hace ya bastante tiempo que lo he dejado». Entonces, ¡en el nombre de Dios, comenzad de nuevo! Comenzad mañana; o, mejor dicho, esta noche, acostándoos temprano, a pesar de la compañía o de los negocios. Comenzad con más desconfianza de vosotros mismos que antes, pero con más confianza en Dios. Seguid solamente estas pocas reglas y, mi alma por la vuestra, Dios os dará la victoria. Dentro de poco la dificultad habrá pasado; pero el beneficio durará para siempre.
6. Si decís: «Pero ahora no puedo hacer lo que hacía entonces, porque no soy lo que era: tengo muchos achaques, mi ánimo está abatido, me tiemblan las manos; estoy del todo relajado», os respondo: todos estos son síntomas nerviosos, y todos ellos provienen en parte de que tomáis demasiado sueño; ni es probable que se os quiten jamás, a menos que quitéis la causa. Por tanto, por esta misma razón (no solo para castigaros por vuestra necedad e infidelidad, sino) a fin de recobrar vuestra salud y vuestras fuerzas, volved a levantaros temprano. No tenéis ningún otro medio posible de recobrar, en un grado tolerable, vuestra salud tanto del cuerpo como de la mente. No os matéis sin más. ¡No sigáis corriendo por la senda que lleva a las puertas de la muerte! Como dije antes, así lo digo otra vez: en el nombre de Dios, este mismo día, comenzad de nuevo. Es cierto que será más difícil de lo que fue al principio. Pero soportad la dificultad que vosotros mismos os habéis acarreado, y no durará mucho. El Sol de justicia pronto volverá a nacer, y sanará tanto vuestra alma como vuestro cuerpo.
7. Pero no imaginéis que este solo punto, el levantarse temprano, bastará para haceros cristianos. No; aunque ese solo punto, el no levantarse, puede manteneros paganos, vacíos de todo el espíritu cristiano; aunque esto solo (especialmente si alguna vez lo hubierais vencido) os mantendrá fríos, formalistas, sin corazón, muertos, y os hará imposible dar un solo paso adelante en la santidad vital, con todo, esto solo contribuirá muy poco a haceros verdaderos cristianos. No es sino un paso entre muchos; pero es uno. Y, habiéndolo dado, seguid adelante. Avanzad hacia la negación universal de vosotros mismos, hacia la templanza en todas las cosas, hacia una firme resolución de tomar cada día toda cruz a la que seáis llamados. Seguid adelante, en plena búsqueda de todo el sentir que hubo en Cristo, de la santidad interior y luego exterior; así seréis, no casi, sino enteramente cristianos; así acabaréis vuestra carrera con gozo: despertaréis a su semejanza, y quedaréis saciados.
[20 de enero de 1782]
Capítulo 94 completado
Sobre la redención del tiempo