Sermones en diversas ocasiones
Sobre el celo

Capítulo 93 · 22 min de lectura · 28 min de escucha

Sobre el celo

Sermón 92

Sobre el celo

«Bueno es ser celosos en bien siempre».

Gálatas 4:18.

1. Hay pocos asuntos en todo el ámbito de la religión que sean de mayor importancia que este. Porque sin celo es imposible, ya sea hacer nosotros mismos algún progreso considerable en la religión, ya prestar algún servicio considerable a nuestro prójimo, sea en las cosas temporales o en las espirituales. Y, sin embargo, nada ha hecho mayor perjuicio a la religión, ni mayor daño a la humanidad, que cierta clase de celo que ha prevalecido durante varios siglos, tanto en naciones paganas como mahometanas y cristianas. Tanto es así que puede decirse con verdad que el orgullo, la codicia, la ambición y la venganza han matado en todas partes del mundo a sus miles, pero el celo a sus diez miles. De esto ha habido ejemplos terribles en tiempos antiguos, en las naciones paganas más civilizadas. A esto se debieron principalmente las inhumanas persecuciones de los cristianos primitivos; y, en siglos posteriores, las no menos inhumanas persecuciones de los protestantes por la Iglesia de Roma. Fue el celo el que encendió hogueras en nuestra nación durante el reinado de la sanguinaria reina María. Fue el celo el que poco después hizo de tantas provincias de Francia un campo de sangre. Fue el celo el que asesinó a tantos miles de protestantes que no ofrecían resistencia, en la nunca olvidada matanza de París. Fue el celo el que ocasionó la todavía más horrible matanza de Irlanda, semejante a la cual, tanto por el número de los asesinados como por las espantosas circunstancias con que se perpetraron muchos de aquellos asesinatos, creo de veras que nunca hubo otra desde que el mundo comenzó. En cuanto a las demás partes de Europa, un eminente escritor alemán se ha tomado inmensas fatigas para examinar tanto los archivos de diversos lugares como las historias más auténticas, a fin de adquirir algún conocimiento competente de la sangre que se ha derramado desde la Reforma, y calcula que, en parte por la persecución privada y en parte por las guerras religiosas, en el curso de cuarenta años, contando desde el año 1520, ¡han perecido más de cuarenta millones de personas!

2. Pero ¿no es posible distinguir el celo recto del equivocado? Sin duda es posible. Pero es difícil: tal es el engaño del corazón humano; con tanta habilidad se justifican las pasiones. Y hay poquísimos tratados sobre el asunto, al menos en lengua inglesa. Hasta el día de hoy solo he visto u oído hablar de un sermón; y ese fue escrito hace más de cien años por el doctor Sprat, entonces obispo de Rochester, de modo que ahora es sumamente escaso.

3. Con gusto echaría yo mi blanca, con la ayuda de Dios, para aclarar esta importante cuestión, a fin de capacitar a los hombres bienintencionados que desean agradar a Dios para distinguir el verdadero celo cristiano de sus diversas falsificaciones. Y esto es más necesario en este tiempo de lo que lo ha sido en muchos años. Hace sesenta años parecía que apenas quedaba en la nación cosa tal como el celo religioso. La gente en general estaba maravillosamente fría e imperturbable acerca de esa bagatela, la religión. Pero desde entonces, es fácil observarlo, ha habido un cambio muy considerable. Muchos miles, casi en todas partes de la nación, han sentido un deseo real de salvar sus almas. Y estoy persuadido de que hay hoy más celo religioso en Inglaterra que el que ha habido en todo el siglo pasado.

4. Pero ¿ha sido este celo de la clase recta o de la equivocada? Probablemente de una y de otra. Veamos si no podemos separarlas, para evitar la segunda y adherirnos a la primera. Con este fin, quisiera investigar primero:

I. ¿Cuál es la naturaleza del verdadero celo cristiano?

II. ¿Cuáles son sus propiedades? Y,

III. Sacar algunas conclusiones prácticas.

I. Y, en primer lugar, ¿cuál es la naturaleza del celo en general, y del verdadero celo cristiano en particular?

1. La palabra original, en su significado primario, quiere decir calor, como el calor del agua hirviendo. Cuando se aplica figuradamente a la mente, significa cualquier emoción o afecto ardiente. A veces se toma por envidia. Así lo traducimos en Hechos 5:17, donde leemos: «Se levantó el sumo sacerdote, y todos los que estaban con él, y se llenaron de envidia», eplEsthEsan zElou_, aunque igualmente podría traducirse se llenaron de celo. A veces se toma por ira e indignación; a veces, por deseo vehemente. Y cuando alguna de nuestras pasiones se mueve fuertemente por un motivo religioso, ya en favor de algo bueno, ya en contra de algo que creemos malo, a esto lo llamamos celo religioso.

2. Pero no todo lo que se llama celo religioso es digno de ese nombre. No es propiamente celo religioso o cristiano si no va unido a la caridad. Un excelente escritor (el obispo Sprat) lleva el asunto aún más lejos. «Se ha afirmado», dice aquel gran hombre, «que ningún celo es recto si no es caritativo, sino que lo es en su mayor parte. La caridad, o amor, no es solo un ingrediente, sino el ingrediente principal de su composición». ¿No podemos ir aún más lejos? ¿No podemos decir que el verdadero celo no es caritativo en su mayor parte, sino enteramente? Es decir, si tomamos la caridad, en el sentido de san Pablo, por amor: el amor a Dios y a nuestro prójimo. Porque es una verdad cierta (aunque poco entendida en el mundo) que el celo cristiano es todo amor. No es otra cosa. El amor a Dios y al hombre llena toda su naturaleza.

3. Sin embargo, no se da este nombre a cualquier grado de ese amor. Puede haber algún amor, un pequeño grado de él, donde no hay celo. Pero el celo es, propiamente, amor en un grado más alto. Es amor ferviente. El verdadero celo cristiano no es otra cosa que la llama del amor. Esta es su naturaleza, su esencia más íntima.

II. 1. De aquí se sigue que las propiedades del amor son también las propiedades del celo. Ahora bien, una de las principales propiedades del amor es la humildad: «El amor no se envanece». Por consiguiente, esta es una propiedad del verdadero celo: la humildad es inseparable de él. Según es el grado del celo, así es el grado de la humildad: han de subir y bajar juntos. El mismo amor que llena a un hombre de celo por Dios lo hace pequeño, y pobre, y vil a sus propios ojos.

2. Otra de las propiedades del amor es la mansedumbre; por consiguiente, es una de las propiedades del celo. Nos enseña a ser mansos tanto como humildes; a estar igualmente por encima de la ira y del orgullo. Como se derrite la cera delante del fuego, así ante esta llama sagrada se derriten todas las pasiones turbulentas, y dejan el alma tranquila y serena.

3. Otra propiedad más del amor, y por consiguiente del celo, es una paciencia incansable: porque «el amor todo lo soporta». Arma al alma de una entera resignación a todas las disposiciones de la divina Providencia, y nos enseña a decir, en todo acontecimiento: «El Señor es; haga lo que bien le pareciere». Nos capacita para contentarnos con cualquier estado en que estemos; para no quejarnos de nada, no murmurar de nada, «sino dar gracias en todo».

4. Hay una cuarta propiedad del celo cristiano que merece considerarse más en particular. La aprendemos de las mismas palabras del Apóstol: «Bueno es ser celosos siempre» (no tener toques pasajeros de celo, sino una disposición firme y arraigada) «en bien: «en lo que es bueno; porque el objeto propio del celo es el bien en general, es decir, todo lo que es bueno, real y verdaderamente tal, a la vista de Dios.

5. Pero ¿qué es bueno a la vista de Dios? ¿Cuál es aquella religión en la que Dios se complace siempre? ¿Cómo se elevan sus partes unas sobre otras? ¿Y cuál es su valor comparativo?

Este es un punto poquísimo considerado, y por tanto poco entendido. De la teología positiva, muchos tienen algún conocimiento. Pero pocos saben algo de la teología comparativa. Nunca vi más que un tratado sobre este asunto; puede ser útil añadir aquí un bosquejo de él.

En el creyente cristiano el amor se sienta en el trono que está erigido en lo más íntimo del alma: a saber, el amor a Dios y al hombre, que llena todo el corazón y reina sin rival. En un círculo cercano al trono están todas las disposiciones santas: longanimidad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, templanza, y cualquier otra que esté comprendida en «el sentir que hubo también en Cristo Jesús». En un círculo exterior están todas las obras de misericordia, sea hacia las almas o hacia los cuerpos de los hombres. Por ellas ejercitamos todas las disposiciones santas; por ellas las mejoramos continuamente, de modo que todas estas son verdaderos medios de gracia, aunque esto no se advierte comúnmente. Junto a estas están las que suelen llamarse obras de piedad: leer y oír la palabra, la oración pública, familiar y privada, recibir la cena del Señor, el ayuno o la abstinencia. Por último, para que sus seguidores se estimulen más eficazmente unos a otros al amor, a las disposiciones santas y a las buenas obras, nuestro bendito Señor los ha unido en un solo cuerpo, la iglesia, dispersa por toda la tierra, de la cual, de la iglesia universal, tenemos un pequeño emblema en cada congregación cristiana particular.

6. Esta es aquella religión que nuestro Señor ha establecido en la tierra desde el descenso del Espíritu Santo en el día de Pentecostés. Este es el sistema entero y trabado del cristianismo; y así sus diversas partes se elevan unas sobre otras, desde aquel punto más bajo, el congregarnos juntos, hasta el más alto: el amor entronizado en el corazón. Y de aquí es fácil aprender el valor comparativo de cada rama de la religión. De aquí aprendemos también una quinta propiedad del verdadero celo: que, así como se ejercita siempre en kaloi, en lo que es bueno, así es siempre proporcionado a ese bien, al grado de bondad que hay en su objeto.

7. Por ejemplo: todo cristiano debe, sin duda, ser celoso por la iglesia, teniéndole un fuerte afecto y deseando fervientemente su prosperidad y crecimiento. Debe ser así celoso tanto por la iglesia universal, orando por ella continuamente, como especialmente por aquella iglesia particular o sociedad cristiana de la que él mismo es miembro. Por esta debe luchar con Dios en oración, usando entretanto todos los medios a su alcance para ensanchar sus límites y fortalecer a sus hermanos, para que adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador.

8. Pero debe ser más celoso por las ordenanzas de Cristo que por la iglesia misma: por la oración en público y en privado; por la cena del Señor; por leer, oír y meditar su palabra; y por el deber tan descuidado del ayuno. Estas cosas debe recomendarlas con fervor; primero, con su ejemplo; y luego con el consejo, el argumento, la persuasión y la exhortación, tantas veces como se presente la ocasión.

9. Así debe mostrar su celo por las obras de piedad; pero mucho más por las obras de misericordia, puesto que «misericordia quiero, y no sacrificio», es decir, antes que sacrificio. Por tanto, siempre que una choque con la otra, han de preferirse las obras de misericordia. Aun la lectura, el oír la palabra y la oración han de omitirse, o posponerse, «al llamado todopoderoso de la caridad», cuando somos llamados a aliviar la aflicción de nuestro prójimo, sea en el cuerpo o en el alma.

10. Pero, por celosos que seamos de todas las buenas obras, debemos serlo todavía más de las disposiciones santas: de plantar y promover, tanto en nuestras propias almas como en todos aquellos con quienes tenemos trato, la humildad de espíritu, la mansedumbre, la benignidad, la longanimidad, el contentamiento, la resignación a la voluntad de Dios, la muerte al mundo y a las cosas del mundo, como único medio de estar verdaderamente vivos para Dios. Por estas pruebas y frutos de una fe viva nunca podemos ser demasiado celosos. Debemos «hablar de ellas estando en nuestra casa», y «andando por el camino», y «al acostarnos», y «cuando nos levantemos». Debemos hacer de ellas materia continua de oración, como cosas mucho más excelentes que cualesquiera obras exteriores, puesto que aquellas cesarán cuando caiga el cuerpo, pero estas nos acompañarán a la eternidad.

11. Pero nuestro celo más escogido debe reservarse para el amor mismo, el fin del mandamiento, el cumplimiento de la ley. La iglesia, las ordenanzas, las obras exteriores de toda clase, sí, todas las demás disposiciones santas, son inferiores a él, y solo crecen en valor a medida que se acercan más y más a él. He aquí, pues, el gran objeto del celo cristiano. Que todo verdadero creyente en Cristo acuda, con todo el fervor de su espíritu, al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, para que su corazón se ensanche más y más en amor a Dios y a toda la humanidad. Haga esta sola cosa: «prosiga al blanco, al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús».

III. Solo queda sacar algunas conclusiones prácticas de las observaciones precedentes.

1. Y, primero: si el celo, el verdadero celo cristiano, no es sino la llama del amor, entonces el odio, en toda clase y grado, y toda suerte de amargura hacia los que se nos oponen, está tan lejos de merecer el nombre de celo que le es directamente opuesto. Si el celo es solo amor ferviente, entonces está a la mayor distancia del prejuicio, los celos y las malas sospechas, puesto que «el amor no piensa el mal». Entonces la intolerancia de toda clase, y, sobre todo, el espíritu de persecución, son del todo incompatibles con él. Que ninguna, pues, de estas disposiciones impías se escude bajo ese nombre sagrado. Puesto que todas ellas son obras del diablo, que aparezcan en su propia forma, y no engañen más, bajo ese disfraz engañoso, a los incautos hijos de Dios.

2. Segundo: si la humildad es una propiedad del celo, entonces el orgullo es incompatible con él. Es verdad que algún grado de orgullo puede permanecer después de que el amor de Dios ha sido derramado en el corazón, pues este es uno de los últimos males que se desarraigan cuando Dios hace nuevas todas las cosas; pero no puede reinar, ni conservar poder considerable alguno, donde se halla el amor ferviente. Más aún, si le diéramos lugar aunque fuese un poco, apagaría ese santo fervor y, si no volviéramos inmediatamente corriendo a Cristo, apagaría del todo el Espíritu.

3. Tercero: si la mansedumbre es una propiedad inseparable del celo, ¿qué diremos de los que dan ese nombre a su ira? Pues que se equivocan totalmente sobre la verdad; que, en el sentido más pleno, hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz. Nunca estaremos demasiado en guardia contra este engaño, porque se extiende por todo el mundo cristiano. Casi en todas partes, celo e ira pasan por términos equivalentes; y poquísimas personas están convencidas de que haya diferencia alguna entre ellos. ¡Cuán comúnmente oímos decir: «¡Mirad qué celoso es ese hombre!»! No: no puede ser celoso; eso es imposible, porque está encolerizado; ¡y la cólera es tan incompatible con el celo como la luz con las tinieblas, o el cielo con el infierno!

Sería bueno que este punto se entendiera a fondo. Considerémoslo un poco más. Observamos con frecuencia a uno que tiene fama de hombre religioso vehementemente enojado con su prójimo. Quizá llama a su hermano Raca, o Fatuo. Profiere contra él un juicio de maldición. Vosotros le amonestáis suavemente por su acaloramiento. Él responde: «¡Es mi celo!». No: es tu pecado, y, a menos que te arrepientas de él, te hundirá más abajo que el sepulcro. Hay mucho celo como este en el abismo sin fondo. De allí viene todo celo de esta clase; y allí volverá, y tú con él, ¡a menos que seas salvado de él antes de partir de aquí!

4. Cuarto: si la paciencia, el contentamiento y la resignación son propiedades del celo, entonces la murmuración, el desasosiego, el descontento y la impaciencia son del todo incompatibles con él. ¡Y, sin embargo, cuán ignorantes son los hombres de esto! ¡Cuán a menudo vemos a hombres que se irritan contra los impíos, o que os dicen que han perdido la paciencia con tales o cuales cosas, y llaman a todo esto su celo! ¡Oh, no escatiméis esfuerzo alguno para desengañarlos! Si es posible, mostradles lo que es el celo; y convencedlos de que toda murmuración, o irritación contra el pecado, es una especie de pecado, y no tiene semejanza alguna ni conexión con el verdadero celo del evangelio.

5. Quinto: si el objeto del celo es lo que es bueno, entonces el fervor por cualquier cosa mala no es celo cristiano. Pongo por ejemplo la idolatría: el culto a los ángeles, a los santos, a las imágenes, a la cruz. Por tanto, aunque un hombre estuviera tan ardientemente apegado a cualquier clase de culto idolátrico que llegara a «entregar su cuerpo para ser quemado» antes que abstenerse de él, llamad a esto intolerancia o superstición, si queréis, pero no lo llaméis celo; eso es cosa enteramente distinta.

De las mismas premisas se sigue que el fervor por las cosas indiferentes no es celo cristiano. ¡Pero cuán sumamente común es también este error! En verdad, uno pensaría que hombres de entendimiento no podrían ser capaces de tal flaqueza. Pero, ¡ay!, la historia de todos los siglos prueba lo contrario. ¿Quiénes fueron hombres de más fuerte entendimiento que el obispo Ridley y el obispo Hooper? ¡Y con cuánto ardor disputaron estos, y otros grandes hombres de aquella época, acerca de las vestiduras sacerdotales! ¡Cuán encarnizada fue la contienda durante casi cien años, a favor y en contra de llevar sobrepelliz! ¡Oh, vergüenza del hombre! Lo mismo habría disputado yo por una paja o un grano de cebada. ¡Y a esto, en verdad, se llamará celo! ¿Y por qué no se lo llamó más bien sabiduría o santidad?

6. Se sigue también, de las mismas premisas, que el fervor por las opiniones no es celo cristiano. ¡Pero cuán pocos se dan cuenta de esto! ¡Y cuán innumerables son los males que aun esta especie de falso celo ha ocasionado en el mundo cristiano! ¡Cuántos miles de vidas han sido sacrificadas por los que eran celosos de las opiniones romanas! ¡Cuántos de los excelentes de la tierra han sido cortados por fanáticos a causa de la insensata opinión de la transubstanciación! Pero ¿no ve toda persona sin prejuicios que este celo es «terreno, animal, diabólico», y que está en la más absoluta contrariedad con aquel celo que aquí recomienda el Apóstol?

¡Qué exceso de caridad es, pues, el que expresa nuestro gran poeta en su «Poema sobre el día postrero», donde habla de encontrar en el cielo

a los que expiraron por heridas mutuas,

encendidos de celo por sus distintas creencias! ¡Celo, en verdad! ¿Qué clase de celo era este, que los llevó a cortarse el cuello unos a otros? Los que fueron encendidos por este espíritu y murieron en él tendrán sin duda su porción, no en el cielo (allí solo hay amor), sino en el «fuego que nunca se apaga».

7. Por último: si el verdadero celo es siempre proporcionado al grado de bondad que hay en su objeto, entonces debe elevarse más y más conforme a la escala mencionada arriba, conforme al valor comparativo de las diversas partes de la religión. Por ejemplo, todos los que verdaderamente temen a Dios deben ser celosos por la Iglesia, tanto por la iglesia católica o universal como por aquella parte de ella de la cual son miembros. Esto no es ordenación de los hombres, sino de Dios. Él vio que «no es bueno que el hombre esté solo», aun en este sentido, sino que todo el cuerpo de sus hijos debía estar «bien ligado entre sí» y fortalecido «por todas las junturas» que se ayudan mutuamente. Al mismo tiempo, deben ser más celosos por las ordenanzas de Dios: por la oración pública y privada, por oír y leer la palabra de Dios, y por el ayuno y la cena del Señor. Pero deben ser más celosos por las obras de misericordia que aun por las obras de piedad. Y todavía deben ser más celosos por todas las disposiciones santas: la humildad, la mansedumbre, la resignación; pero, sobre todo, deben ser celosísimos por aquello que es la suma y la perfección de la religión: el amor a Dios y al hombre.

8. Solo queda hacer una aplicación cercana y honesta de estas cosas a nuestras propias almas. Todos conocemos la verdad general de que «bueno es ser celosos en bien siempre». Apliquémosla ahora cada uno de nosotros a su propia alma en particular.

9. Los que todavía están muertos en delitos y pecados no tienen, en verdad, parte ni suerte en este asunto; ni tampoco los que viven en algún pecado manifiesto, como la embriaguez, la profanación del día del Señor o el juramento profano. Estos nada tienen que ver con el celo; ni siquiera tienen por qué tomar la palabra en su boca. Es necedad e impertinencia completas que alguien hable de celo por Dios mientras hace las obras del diablo. Pero si habéis renunciado al diablo y a todas sus obras, y habéis resuelto en vuestro corazón: «Al Señor mi Dios adoraré, y a él solo serviré», entonces guardaos de no ser ni fríos ni calientes; entonces sed celosos por Dios. Podéis comenzar por el peldaño más bajo. Sed celosos por la Iglesia, más especialmente por aquella rama particular de ella en la que os ha caído la suerte. Procurad su bienestar, y guardad cuidadosamente todas sus reglas por causa de la conciencia. Pero, entretanto, cuidad de no descuidar ninguna de las ordenanzas de Dios, en atención a las cuales, en gran medida, fue constituida la iglesia misma; de modo que sería sumamente absurdo hablar de celo por la iglesia si no fueseis más celosos por ellas. Pero ¿sois más celosos por las obras de misericordia que aun por las obras de piedad? ¿Seguís vosotros el ejemplo de vuestro Señor, y preferís la misericordia aun antes que el sacrificio? ¿Ponéis toda diligencia en dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los que están en la cárcel? Y, sobre todo, ¿usáis todos los medios a vuestro alcance para salvar almas de la muerte? Si, según tenéis tiempo, «hacéis bien a todos», aunque «mayormente a los domésticos de la fe», vuestro celo por la iglesia agrada a Dios; pero si no, si no «procuráis gobernaros en buenas obras», ¿qué tenéis que ver con la iglesia? Si no tenéis «misericordia de vuestro consiervo», tampoco vuestro Señor tendrá piedad de vosotros. «No traigáis más vano presente». Todo vuestro servicio es «abominación al Señor».

10. ¿Estáis mejor instruidos que para separar lo que Dios ha unido? ¿Que para apartar las obras de piedad de las obras de misericordia? ¿Sois constantemente celosos de unas y otras? Hasta ahí andáis de manera agradable a Dios; es decir, si tenéis continuamente presente que Dios «escudriña el corazón y los riñones»; que «Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren»; que, por consiguiente, ningunas obras exteriores le son aceptables si no brotan de disposiciones santas, sin las cuales nadie puede tener lugar en el reino de Cristo y de Dios.

11. Pero de todas las disposiciones santas, y por encima de todas las demás, procurad ser celosísimos por el amor. Tened todas las cosas por pérdida en comparación con este, el amor a Dios y a toda la humanidad. Es certísimo que, si repartís toda vuestra hacienda para dar de comer a los pobres, sí, y entregáis vuestro cuerpo para ser quemado, y no tenéis un amor humilde, manso y paciente, de nada os sirve. ¡Oh, quede esto profundamente grabado en vuestro corazón: «¡Todo es nada sin amor!»!

12. Tomad, pues, la religión entera en conjunto, tal como Dios la ha revelado en su palabra; y sed constantemente celosos de cada parte de ella, conforme a su grado de excelencia. Fundando todo vuestro celo sobre el único fundamento, «Jesucristo, y a este crucificado»; reteniendo firmemente este único principio: «Lo que ahora vivo, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó a MÍ, y se entregó a sí mismo por MÍ», proporcionad vuestro celo al valor de su objeto. Sed, pues, serenamente celosos, primero, por la Iglesia, «todo el estado de la Iglesia de Cristo militante aquí en la tierra», y en particular por aquella rama de ella con la cual estáis más inmediatamente unidos. Sed más celosos por todas aquellas ordenanzas que nuestro bendito Señor ha establecido para que permanezcan en ella hasta el fin del mundo. Sed más celosos por aquellas obras de misericordia, aquellos «sacrificios de los cuales se agrada Dios», aquellas señales por las cuales el Pastor de Israel conocerá a sus ovejas en el día postrero. Sed más celosos todavía por las disposiciones santas: por la longanimidad, la benignidad, la mansedumbre, la humildad y la resignación; pero sed celosísimos, sobre todo, por el amor, la reina de todas las gracias, la más alta perfección en la tierra o en el cielo, la imagen misma del Dios invisible, tanto en los hombres de abajo como en los ángeles de arriba. Porque «Dios es amor; y el que vive en amor, vive en Dios, y Dios en él».

Página 1 / 1 · 22 min restantes en el capítulo
Anterior Siguiente