Sermones en diversas ocasiones
Sobre la caridad

Capítulo 92 · 25 min de lectura · 32 min de escucha

Sobre la caridad

Sermón 91

Sobre la caridad

«Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo caridad, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia; y si tuviese toda la fe, de tal manera que traspasase los montes, y no tengo caridad, nada soy. Y si repartiese toda mi hacienda para dar de comer a pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo caridad, de nada me sirve».

1 Corintios 13:1–3.

Sabemos que «toda Escritura es inspirada divinamente», y que por tanto es verdadera y recta en todas las cosas. Pero sabemos asimismo que hay algunas Escrituras que se recomiendan más inmediatamente a la conciencia de todo hombre. En este rango podemos colocar el pasaje que tenemos delante; apenas hay quien le ponga objeciones. Al contrario, la generalidad de los hombres apela a él de muy buena gana. Nada es más común que encontrar aun a quienes niegan la autoridad de las Sagradas Escrituras afirmando, sin embargo: «Esta es mi religión: la que se describe en el capítulo trece de Corintios». Más aún, incluso un judío, el doctor Nunes, médico español que vivía entonces en Savannah, en Georgia, solía decir con gran vehemencia: «Ese Pablo de Tarso fue uno de los mejores escritores que he leído jamás. Quisiera que el capítulo trece de su primera carta a los corintios estuviese escrito en letras de oro. Y quisiera que todo judío lo llevase consigo adondequiera que fuese». Juzgaba (y en esto juzgaba ciertamente bien) que este solo capítulo contenía toda la verdadera religión. Contiene «todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable; si hay virtud alguna, si alguna alabanza», todo está contenido en esto.

Para ver esto con la luz más clara, podemos considerar:

I. Qué es el amor del que aquí se habla;

II. Cuáles son las cosas que suelen ponerse en su lugar. Podemos luego

III. Observar que ninguna de ellas, ni todas juntas, pueden suplir su falta.

I. 1. Hemos de considerar, en primer lugar, qué es este amor. ¿Cuál es su naturaleza y cuáles son sus propiedades?

La palabra de san Pablo es agape, que corresponde exactamente a la sencilla palabra inglesa love, «amor». Y así se tradujo, en efecto, en todas las traducciones antiguas de la Biblia. Así estaba en la Biblia de William Tyndale, que fue, según creo, la primera traducción inglesa de la Biblia entera. Así estaba también en la Biblia publicada por autoridad del rey Enrique VIII. Así estaba igualmente en todas las ediciones de la Biblia que se publicaron sucesivamente en Inglaterra durante los reinados del rey Eduardo VI, la reina Isabel y el rey Jacobo I. Más aún, así se encuentra en las Biblias del reinado del rey Carlos I; creo que hasta el final de él. Las primeras Biblias que he visto en que se cambió la palabra fueron las impresas por Roger Daniel y John Field, impresores del Parlamento, en el año 1649. Por eso parece probable que la alteración se hiciera mientras sesionaba el Parlamento Largo; probablemente fue entonces cuando se puso la palabra latina charity, «caridad», en lugar de la palabra inglesa love. En hora desgraciada se hizo esta alteración; sus malos efectos permanecen hasta hoy; y pueden observarse no solo entre los pobres e iletrados (no solo miles de hombres y mujeres del común no entienden la palabra caridad mejor que el griego original), sino que el mismo lamentable error se ha difundido entre hombres de educación y saber. Miles de estos se ven extraviados por ello, e imaginan que la caridad de que trata este capítulo se refiere principalmente, si no del todo, a acciones exteriores, y que significa poco más que dar limosna. He oído muchos sermones predicados sobre este capítulo, particularmente ante la Universidad de Oxford. Y nunca oí más que uno en que su sentido no fuese totalmente tergiversado. Pero si se hubiera conservado la antigua y propia palabra love, no habría habido lugar para tergiversarlo.

2. Pero ¿qué clase de amor es aquel de que el Apóstol habla a lo largo de todo el capítulo? Muchas personas de eminente saber y piedad entienden que es el amor de Dios. Pero, tras leer el capítulo entero innumerables veces y considerarlo bajo todas las luces, estoy plenamente persuadido de que aquello de que san Pablo habla aquí directamente es el amor a nuestro prójimo. Creo que todo el que pese con cuidado el tenor entero de su discurso quedará plenamente convencido de ello. Pero hay que admitir que se trata de un amor al prójimo tal que solo puede brotar del amor de Dios. ¿Y de dónde fluye este amor de Dios? Solo de aquella fe que es obra de Dios; y quien la tiene posee una evidencia directa de que Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a sí. Cuando esto se aplica particularmente a su corazón, de modo que puede decir con humilde osadía: Lo que ahora vivo, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí; entonces, y no antes, el amor de Dios es derramado en su corazón. Y este amor lo constriñe dulcemente a amar a todo hijo de hombre con el amor de que aquí se habla; no con un amor de estima o de complacencia, pues este no puede tener lugar respecto a los que son (si no enemigos personales suyos, sí) enemigos de Dios y de sus propias almas; sino con un amor de benevolencia, de tierna buena voluntad hacia todas las almas que Dios ha hecho.

3. Pero puede preguntarse: «Si no hay verdadero amor al prójimo sino el que brota del amor de Dios, y si el amor de Dios no fluye de otra fuente que la fe en el Hijo de Dios, ¿no se sigue que todo el mundo pagano queda excluido de toda posibilidad de salvación? Puesto que están separados de la fe; porque la fe es por el oír; ¿y cómo oirán sin haber quien les predique?». Respondo que las palabras de san Pablo, dichas en otra ocasión, son aplicables a esto: «Todo lo que la ley dice, a los que están en la ley lo dice». Del mismo modo, aquella sentencia, «el que no creyere, será condenado», se dice de aquellos a quienes se predica el evangelio. A los demás no les concierne; y no se nos pide que determinemos nada en cuanto a su estado final. Cómo le placerá a Dios, el Juez de todos, tratar con ellos, podemos dejarlo a Dios mismo. Pero esto sabemos: que él no es solo el Dios de los cristianos, sino también el Dios de los paganos; que es «rico para con todos los que le invocan», conforme a la luz que tienen; y que «de cualquier nación, el que le teme y obra justicia» es acepto a él.

4. Pero volvamos. Esta es la naturaleza del amor de que el Apóstol habla aquí. Pero ¿cuáles son sus propiedades, los frutos inseparables de él? El Apóstol enumera muchos; pero los principales son estos.

Primero: «El amor no se envanece». Según es la medida del amor, así es la medida de la humildad. Nada humilla tanto al alma como el amor: echa fuera todos los «altos conceptos que engendran orgullo», toda arrogancia y presunción; nos hace pequeños, y pobres, y bajos, y viles a nuestros propios ojos. Nos abate delante de Dios y de los hombres; nos hace dispuestos a ser los menores de todos y siervos de todos, y nos enseña a decir: «Una mota en el rayo de sol es pequeña, pero yo soy infinitamente menos en la presencia de Dios».

5. Segundo: «El amor no se irrita». Nuestra actual traducción inglesa lo vierte: «no se irrita fácilmente». Pero ¿cómo entró la palabra fácilmente? No hay ni una tilde de ella en el texto: las palabras del Apóstol son simplemente estas: ou paraxynetai. ¿No es probable que la insertaran los traductores con el propósito de excusar a san Pablo, por temor de que su práctica pareciera contradecir su doctrina? Porque leemos (Hechos 15:36 y siguientes): «Y después de algunos días, Pablo dijo a Bernabé: Volvamos a visitar a los hermanos por todas las ciudades en las cuales hemos anunciado la palabra del Señor, cómo están. Y Bernabé quería que tomasen consigo a Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos; mas a Pablo no le parecía bien llevar consigo al que se había apartado de la obra. Y hubo tal contención entre ellos, que se apartaron el uno del otro; y Bernabé, tomando a Marcos, navegó a Chipre. Y Pablo, escogiendo a Silas, partió encomendado de los hermanos a la gracia de Dios. Y anduvo la Siria y la Cilicia, confirmando a las iglesias».

6. ¿No pensaría cualquiera, al leer estas palabras, que ambos fueron igualmente ásperos? ¿Que Pablo estuvo tan acalorado como Bernabé, y tan falto de amor como él? Pero el texto no dice tal cosa, como se verá claramente si consideramos primero la ocasión. Cuando san Pablo propuso que «volviesen a visitar a los hermanos por todas las ciudades en las cuales habían anunciado la palabra», hasta ahí estaban de acuerdo. «Y Bernabé quería que tomasen consigo a Juan», porque era hijo de su hermana, sin recibir ni pedir el consejo de san Pablo. «Mas a Pablo no le parecía bien llevar consigo al que se había apartado de ellos desde Panfilia» (ya fuese por pereza o por cobardía) «y no había ido con ellos a la obra». Y sin duda pensaba bien; tenía la razón de su parte. Las palabras siguientes son egento oun paroxysmos, literalmente, «y hubo un acceso de ira». No dice que en san Pablo: probablemente fue solo en Bernabé, quien suplió así con pasión la falta de razón, «de modo que se apartaron el uno del otro». Y Bernabé, resuelto a salirse con la suya, hizo lo que su sobrino había hecho antes: «se apartó de la obra», «tomó a Marcos y navegó a Chipre». Pero Pablo prosiguió su obra, «encomendado de los hermanos a la gracia de Dios», cosa que Bernabé al parecer no esperó. «Y anduvo la Siria y la Cilicia, confirmando a las iglesias». Por todo el relato no aparece que san Pablo tuviera culpa alguna; que sintiera disposición alguna, o dijera palabra alguna, contraria a la ley del amor. Por tanto, no teniendo culpa alguna, no necesita excusa alguna.

7. Ciertamente el que está lleno de amor es «manso para con todos». «Con mansedumbre corrige a los que se oponen», que se oponen a lo que él más ama, la verdad de Dios, o aquella santidad sin la cual nadie verá al Señor, no sabiendo si «quizá Dios les dé que se arrepientan para conocer la verdad». Por mucho que se le provoque, «no vuelve mal por mal, ni maldición por maldición». Sí, «bendice a los que le maldicen, y hace bien a los que le aborrecen y le ultrajan y le persiguen». «No es vencido de lo malo, sino que» siempre «vence con el bien el mal.

8. Tercero: «El amor es sufrido». Soporta no unas pocas afrentas, reproches e injurias, sino todas las cosas que Dios tenga a bien permitir que hombres o demonios le inflijan. Arma al alma de una paciencia inviolable; no una áspera paciencia estoica, sino flexible como el aire, que, no oponiendo resistencia al golpe, no recibe daño por ello. El que ama a la humanidad se acuerda de Aquel que padeció por nosotros, «dejándonos ejemplo, para que sigamos sus pisadas». Por eso, «si su enemigo tiene hambre, le da de comer; si tiene sed, le da de beber»; y haciendo esto, «amontona ascuas de fuego», de amor que derrite, «sobre su cabeza». «Y las muchas aguas no podrán apagar este amor, ni lo ahogarán los ríos» de la ingratitud.

II. 1. Hemos de investigar, en segundo lugar, cuáles son las cosas que comúnmente se supone que suplirán el lugar del amor. Y la primera de ellas es la elocuencia; la facultad de hablar bien, particularmente sobre asuntos religiosos. Los hombres se inclinan generalmente a pensar bien del que habla bien. Si habla con propiedad y fluidez de Dios y de las cosas de Dios, ¿quién puede dudar de que está en el favor de Dios? Y es muy natural que él piense bien de sí mismo; que tenga de sí una opinión tan favorable como la que otros tienen.

2. Pero los hombres reflexivos no se satisfacen con esto: no se contentan con un torrente de palabras; prefieren pensar antes que hablar, y juzgan que el que sabe mucho es muy preferible al que habla mucho. Y es cierto que el conocimiento es un don excelente de Dios; particularmente el conocimiento de las Sagradas Escrituras, en las cuales se contienen todas las profundidades del conocimiento y la sabiduría divinos. De ahí que generalmente se piense que un hombre de mucho conocimiento, en particular del conocimiento de la Escritura, no solo debe de estar en el favor de Dios, sino que además goza de él en alto grado.

3. Pero los hombres de reflexión más profunda suelen decir: «No doy importancia a ningún otro conocimiento sino al conocimiento de Dios por la fe. La fe es el único conocimiento que, a la vista de Dios, es de gran precio. “Somos salvos por la fe”; solo por la fe: esta es la única cosa necesaria. El que cree, y solo él, será salvo eternamente». Hay mucha verdad en esto: es incuestionablemente cierto que «somos salvos por la fe»; y, por consiguiente, que «el que creyere será salvo; mas el que no creyere, será condenado».

4. Pero algunos dirán con el apóstol Santiago: «Muéstrame tu fe sin tus obras» (si puedes; aunque en verdad es imposible), «y yo te mostraré mi fe por mis obras». Y muchos se ven inducidos a pensar que las buenas obras, obras de piedad y de misericordia, son de mucha mayor importancia que la fe misma, y suplirán la falta de cualquier otra calificación para el cielo. En verdad parece ser este el sentir general, no solo de los miembros de la Iglesia de Roma, sino también de los protestantes; no de los frívolos e irreflexivos, sino de los miembros serios de nuestra propia Iglesia.

5. Y no puede negarse que nuestro Señor mismo ha dicho: «Por sus frutos los conoceréis»: por sus obras conocéis a los que creen y a los que no creen. Pero aun así puede dudarse si no hay una prueba más segura de la sinceridad de nuestra fe que aun nuestras obras, a saber, nuestro padecer de buena gana por causa de la justicia: especialmente si, después de sufrir oprobio, y dolor, y pérdida de amigos y bienes, un hombre entrega la vida misma; sí, por una muerte vergonzosa y dolorosa, entregando su cuerpo para ser quemado, antes que abandonar la fe y la buena conciencia descuidando su deber conocido.

6. Es oportuno observar aquí, en primer lugar, qué hermosa gradación hay, cada peldaño elevándose sobre el otro, en la enumeración de aquellas diversas cosas que unos u otros de los que se llaman cristianos, y comúnmente se tienen por tales, creen realmente que suplirán la ausencia del amor. San Pablo comienza por el punto más bajo, hablar bien, y avanza paso a paso, cada uno más alto que el anterior, hasta llegar al más alto de todos. Un peldaño por encima de la elocuencia está el conocimiento; la fe está un peldaño por encima de este. Las buenas obras están un peldaño por encima de esa fe; y aun por encima de esto está el padecer por causa de la justicia. Nada hay más alto que esto, sino el amor cristiano; el amor a nuestro prójimo, que fluye del amor de Dios.

7. Puede ser oportuno observar, en segundo lugar, que todo lo que pasa por religión en cualquier parte del mundo cristiano (sea parte de la religión, o no lo sea en absoluto, sino necedad, superstición o maldad) puede reducirse con muy poca dificultad a uno u otro de estos encabezamientos. Todo lo que se supone ser religión, sea por protestantes o por romanistas, y no lo es, está contenido bajo uno u otro de estos cinco particulares. Haced la prueba cuantas veces queráis con cualquier cosa que se llame religión, pero impropiamente llamada así, y hallaréis que la regla se cumple sin excepción alguna.

III. 1. He de demostrar ahora, en tercer lugar, a todos los que tienen oídos para oír, que no se endurecen contra la convicción, que ninguna de estas cinco cualidades, ni todas ellas juntas, valdrán cosa alguna delante de Dios sin el amor arriba descrito.

Para hacerlo de la manera más clara, podemos considerarlas una por una. Y, primero, «si yo hablase lenguas humanas y angélicas», con una elocuencia como jamás se halló en hombres, acerca de la naturaleza, los atributos y las obras de Dios, ya de la creación, ya de la providencia; aunque en esto no fuese yo en nada inferior a los más eminentes apóstoles, predicando como san Pedro y orando como san Juan; con todo, a menos que el amor humilde, manso y paciente sea la disposición que gobierna mi alma, no soy mejor, a juicio de Dios, «que metal que resuena, o címbalo que retumba». Por tanto, la más alta elocuencia, sea en la conversación privada o en los ministerios públicos, los talentos más brillantes, ya para predicar, ya para orar, si no estuvieran unidos a una humilde, mansa y paciente resignación, podrían hundirme más hondo en el infierno, pero no me acercarán un solo paso al cielo.

2. Un ejemplo sencillo puede ilustrar esto. Conocí a un joven, hace entre cincuenta y sesenta años, que, en el curso de varios años, nunca se esforzó por convencer a nadie de una verdad religiosa sin que el otro quedara convencido; y nunca se esforzó por persuadir a nadie a emprender una práctica religiosa sin que quedara persuadido. ¿Y qué? Todo aquel poder de palabra convincente, toda aquella fuerza de persuasión, si no estaba unida a la mansedumbre y la humildad, a la resignación y al amor paciente, no lo calificaría para el goce de Dios más que una voz clara o una tez hermosa. ¡Más aún, antes bien le procuraría un lugar más ardiente en las llamas eternas!

3. Segundo: «Si tuviese profecía», la de predecir aquellos sucesos futuros que ninguna criatura puede prever; y «si entendiese todos» los «misterios» de la naturaleza, de la providencia y de la palabra de Dios; y tuviese «toda ciencia» de las cosas divinas o humanas que mortal alguno alcanzó jamás; aunque pudiera explicar los pasajes más misteriosos de Daniel, de Ezequiel y del Apocalipsis; con todo, si no tengo humildad, mansedumbre y resignación, «nada soy» a la vista de Dios.

Poco antes de concluir la última guerra en Flandes, uno que venía de allí nos hizo un relato muy extraño. No supe qué juicio formar de él, sino que esperé hasta que llegase John Haime, de cuya veracidad no podía dudar más que de su entendimiento. El relato que dio fue este: «Jonathan Pyrah era miembro de nuestra sociedad en Flandes. Lo conocí algunos años, y sabía que era hombre de carácter intachable. Un día fue citado a comparecer ante la Junta de Oficiales Generales. Uno de ellos dijo: “¿Qué es esto que oímos de vos? Oímos que os habéis vuelto profeta, y que predecís la caída de la sanguinaria casa de Borbón y de la altiva casa de Austria. Nos alegraríamos si fueseis un verdadero profeta y si vuestras profecías se cumpliesen. Pero ¿qué señal dais para convencernos de que lo sois y de que vuestras predicciones se cumplirán?”. Él respondió al punto: “Señores, os doy una señal: mañana, a las doce, tendréis una tormenta de truenos y relámpagos como nunca habéis tenido desde que vinisteis a Flandes. Os doy una segunda señal: por poco que alguno de vosotros espere tal cosa, por poca apariencia que haya de ello ahora, tendréis una batalla general con los franceses dentro de tres días. Os doy una tercera señal: se me ordenará avanzar en la primera línea. Si soy un falso profeta, caeré muerto de un tiro en la primera descarga; pero si soy un verdadero profeta, solo recibiré una bala de mosquete en la pantorrilla de la pierna izquierda”. A las doce del día siguiente hubo tales truenos y relámpagos como nunca habían tenido en Flandes. Al tercer día, contra toda expectativa, tuvo lugar la batalla general de Fontenoy. Se le ordenó avanzar en la primera línea; y, en la primerísima descarga, recibió en efecto una bala de mosquete en la pantorrilla de la pierna izquierda».

4. Y, sin embargo, todo esto de nada le aprovechó, ni para la felicidad temporal ni para la eterna. Cuando terminó la guerra, regresó a Inglaterra; pero la historia había llegado antes que él, en consecuencia de lo cual fue llamado por la condesa de St—s y por otras varias personas de calidad, que deseaban recibir de su propia boca un relato tan sorprendente. No pudo soportar tanto honor. Le trastornó por completo el juicio. Al poco tiempo enloqueció del todo. Y así sigue hasta el día de hoy, viviendo todavía, según entiendo, en Wibsey Moorside, a pocas millas de Leeds. [En el momento de escribir este sermón. Desde entonces ha muerto].

5. ¿Y de qué le aprovecharía a un hombre «tener toda ciencia», aun aquella que es infinitamente preferible a toda otra, el conocimiento de la Sagrada Escritura? Conocí, hace unos veinte años, a un joven que estaba tan a fondo familiarizado con la Biblia que, si se le preguntaba por cualquier palabra hebrea del Antiguo Testamento o cualquier palabra griega del Nuevo, decía, tras una breve pausa, no solo cuántas veces aparecía una u otra en la Biblia, sino también lo que significaba en cada lugar. Se llamaba Thomas Walsh. [Su diario, escrito por él mismo, se conserva]. Jamás vi antes tal maestro del conocimiento bíblico, y nunca espero verlo de nuevo. Con todo, si, con todo su conocimiento, hubiera estado desprovisto de amor; si hubiera sido orgulloso, colérico o impaciente, él y todo su conocimiento habrían perecido juntos, tan cierto como que nació.

6. «Y si tuviese toda la fe, de tal manera que traspasase los montes». La fe capaz de hacer esto no puede ser fruto de una vana imaginación, mero sueño de un loco, un sistema de opiniones; sino que ha de ser una obra real de Dios: de otro modo no podría tener tal efecto. Pero si esta fe no obra por el amor, si no produce una santidad universal, si no da a luz humildad, mansedumbre y resignación, de nada me aprovechará. Esta es una verdad tan cierta como cualquiera de las que se declaran en todos los oráculos de Dios. Toda fe que existe, que existió jamás o que pueda existir, separada de una tierna benevolencia hacia todo hijo de hombre, amigo o enemigo, cristiano, judío, hereje o pagano; separada de la mansedumbre para con todos los hombres; separada de la resignación en todos los acontecimientos y del contentamiento en todas las condiciones, no es la fe de un cristiano, y de nada nos servirá ante la faz de Dios.

7. ¡Oíd esto, todos vosotros los que sois llamados metodistas! Vosotros, más que todos los hombres vivientes, sois los más interesados en ello. Habláis constantemente de la salvación por la fe: y tenéis razón en hacerlo. Sostenéis (todos a una) que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley. Y no podéis hacer otra cosa sin abandonar la Biblia y traicionar vuestras propias almas. Insistís en que somos salvos por la fe: y, sin duda, lo somos. Pero considerad entretanto que, por mucha fe que tengamos, y por fuerte que sea nuestra fe, nunca nos salvará del infierno a menos que ahora nos salve de todas las disposiciones impías: del orgullo, la pasión, la impaciencia; de toda arrogancia de espíritu, toda altivez y prepotencia; de la ira, el enojo, la amargura; del descontento, la murmuración, el desasosiego, el mal humor. ¡Somos, de todos los hombres, los más inexcusables si, habiendo sido tan a menudo prevenidos contra ese poderoso engaño, todavía, mientras consentimos alguna de estas disposiciones, nos bendecimos a nosotros mismos y soñamos que estamos en el camino del cielo!

8. Cuarto: «Si repartiese toda mi hacienda para dar de comer a pobres»; aunque dividiese todos mis bienes raíces y todos mis bienes muebles en pequeñas porciones (así lo significa propiamente la palabra original), y los distribuyese diligentemente entre aquellos que, según tengo razón para creer, son los objetos más adecuados; con todo, si soy orgulloso, colérico o descontento; si doy lugar a alguna de estas disposiciones, cualquier bien que haga a otros, ninguno hago a mi propia alma. ¡Oh, cuán lamentable es este caso! ¿Quién no se dolería de que estos hombres benéficos perdieran todo su trabajo? Es verdad que muchos de ellos tienen recompensa en este mundo, si no antes, sí después de su muerte. Tienen funerales costosos y pomposos. Tienen monumentos de mármol de la más exquisita factura. Tienen epitafios escritos en el estilo más elegante, que ensalzan sus virtudes hasta los cielos. Quizá se pronuncien sobre ellos discursos anuales, para transmitir su memoria a todas las generaciones. Así ocurre con muchos fundadores de casas religiosas, de colegios, de asilos y de las más caritativas instituciones. Y es regla admitida que nadie puede excederse en la alabanza del fundador de su casa, colegio u hospital. Pero aun así, ¡qué pobre recompensa es esta! ¿Añadirá a su consuelo o a su desdicha, suponiendo (lo que ha de ser el caso si no murieron en la fe) que están en manos del diablo y de sus ángeles? ¡Qué insultos, qué reproches hirientes ocasionarían estas alabanzas por parte de sus compañeros infernales! ¡Ojalá fueran sabios! ¡Ojalá todos los que son celosos de buenas obras las pusieran en su debido lugar; no imaginaran que pueden suplir la falta de disposiciones santas, sino que cuidaran de que brotasen de ellas!

9. ¡Cuán extraordinariamente extraño ha de sonar esto en los oídos de la mayoría de los que, por cortesía de Inglaterra, son llamados cristianos! Pero más extraña aún es aquella afirmación del Apóstol que viene en último lugar: «Y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve». Aunque, antes que negar la fe, antes que cometer un pecado conocido u omitir un deber conocido, me sometiese voluntariamente a una muerte cruel; «entregase mi cuerpo para ser quemado»; con todo, si estoy bajo el poder del orgullo, o de la ira, o del desasosiego, «de nada me sirve».

10. Quizá esto pueda ilustrarse con un ejemplo. Tenemos un relato notable en los opúsculos del doctor Geddes, jurista civil que fue enviado de la reina Ana ante la corte de Portugal hacia el final de su reinado. Estuvo presente en uno de aquellos autos de fe, «actos de fe», en los que los inquisidores romanos quemaban vivos a los herejes. Una de las personas sacadas entonces para la ejecución, que había estado encerrada en los calabozos de la Inquisición, no había visto el sol en muchos años. Resultó un día radiante de sol. Alzando la vista, exclamó sorprendido: «¡Oh, cómo puede nadie que ve esa gloriosa lumbrera adorar a otro que al Dios que la hizo!». Un fraile que estaba allí ordenó que le atravesaran los labios con una mordaza de hierro, para que no hablase más. Ahora bien, ¿qué sintió por dentro aquel pobre hombre cuando se ejecutó esta orden? Si dijo en su corazón, aunque no pudiera pronunciarlo con los labios: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen», sin duda los ángeles de Dios estaban prontos para llevar su alma al seno de Abraham. Pero si, en lugar de esto, abrigó en su corazón el resentimiento que no podía expresar con la lengua, aunque su cuerpo fue consumido por las llamas, no diré que su alma fue al paraíso.

11. La suma de todo lo observado es esta: cualquier cosa que yo hable, cualquier cosa que sepa, cualquier cosa que crea, cualquier cosa que haga, cualquier cosa que padezca, si no tengo la fe que obra por el amor, que produce amor a Dios y a toda la humanidad, no estoy en el camino angosto que lleva a la vida, sino en el camino espacioso que lleva a perdición. En otras palabras: cualquiera que sea la elocuencia que tenga; cualquier conocimiento natural o sobrenatural; cualquier fe que haya recibido de Dios; cualesquiera obras que haga, sean de piedad o de misericordia; cualesquiera padecimientos que sufra por causa de la conciencia, aunque resista hasta la sangre: todas estas cosas juntas, por aplaudidas que sean de los hombres, nada valdrán delante de Dios, a menos que yo sea manso y humilde de corazón, y pueda decir en todas las cosas: «¡No como yo quiero, sino como tú!».

12. Concluimos de todo ello (y nunca se inculcará demasiado, porque todo el mundo vota del otro lado) que la verdadera religión, en su misma esencia, no es nada menos que disposiciones santas. Por consiguiente, toda otra religión, lleve el nombre que lleve, sea pagana, mahometana, judía o cristiana; y sea papista o protestante, luterana o reformada, sin estas, es más liviana que la vanidad misma.

13. Por tanto, todo hombre que tenga un alma que salvar procure asegurar este solo punto. Con toda su elocuencia, su conocimiento, su fe, sus obras y sus padecimientos, retenga firmemente esta «una cosa necesaria». El que por el poder de la fe persevera hasta el fin en un amor humilde, manso y paciente, él, y solo él, por los méritos de Cristo, «heredará el reino preparado desde la fundación del mundo».

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