Sermones en diversas ocasiones
Un verdadero israelita

Capítulo 91 · 17 min de lectura · 22 min de escucha

Un verdadero israelita

Sermón 90

Un verdadero israelita

«He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño.»

Juan 1:47.

1. Hace algunos años, un hombre muy ingenioso, el profesor Hutcheson, de Glasgow, publicó dos tratados: El origen de nuestras ideas de la belleza y la virtud. En el segundo de ellos sostiene que la esencia misma de la virtud es el amor a nuestros semejantes. Procura probar que la virtud y la benevolencia son una y la misma cosa; que toda disposición es virtuosa solo en la medida en que participa de la naturaleza de la benevolencia; y que todas nuestras palabras y acciones son virtuosas únicamente cuando brotan de ese mismo principio. «Pero ¿no supone él que la gratitud, o el amor de Dios, es el fundamento de esta benevolencia?». De ningún modo: semejante suposición nunca le pasó por la mente. Al contrario, supone exactamente lo opuesto: no tiene el menor escrúpulo en afirmar que, si alguna disposición o acción es producida por alguna consideración a Dios, o con la mira puesta en una recompensa de él, no es virtuosa en absoluto; y que si una acción brota en parte de la benevolencia y en parte de la mira puesta en Dios, cuanto más hay en ella de mira a Dios, tanto menos hay de virtud.

2. No puedo ver este hermoso ensayo del señor Hutcheson bajo otra luz que la de un ataque decoroso, y por eso mismo más peligroso, contra toda la Revelación cristiana; ya que esta afirma que el amor de Dios es el verdadero fundamento tanto del amor al prójimo como de todas las demás virtudes; y, en consecuencia, lo coloca como «el primero y el grande mandamiento», del cual dependen todos los demás: «Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu mente, y de toda tu alma, y de todas tus fuerzas». De modo que, según la Biblia, la benevolencia, o el amor a nuestro prójimo, es solo el segundo mandamiento. Y si la Escritura es de Dios, tan lejos está de ser verdad que la benevolencia sola es a la vez el fundamento y la esencia de toda virtud, que la benevolencia misma no es virtud en absoluto, a menos que brote del amor de Dios.

3. Sin embargo, no puede negarse que este mismo escritor tiene una nota al margen en favor del cristianismo. «¿Quién no desearía», dice, «que pudiera probarse que la Revelación cristiana es de Dios? ¡Pues es, sin duda alguna, la institución más benévola que jamás haya aparecido en el mundo!». Pero, si se considera a fondo, ¿no es este otro golpe a la raíz misma de esa Revelación? ¿Es esto más ni menos que decir: «Ojalá pudiera probarse; pero en verdad no puede probarse»?

4. Otro escritor ingenioso propone una hipótesis del todo distinta de esta. El señor Wollaston, en el libro que titula «La religión de la naturaleza delineada», procura probar que la verdad, o la conformidad con la verdad, es la esencia de la virtud. Pero parece que el señor Wollaston se aparta de la Biblia aún más que el mismo señor Hutcheson. Porque el sistema del señor Hutcheson deja a un lado solo uno de los dos grandes mandamientos, a saber: «Amarás al Señor tu Dios»; mientras que el señor Wollaston deja a un lado ambos, pues su hipótesis no pone la esencia de la virtud ni en el amor de Dios ni en el amor al prójimo.

5. Sin embargo, ambos autores coinciden, aunque de maneras distintas, en separar lo que Dios juntó. Pero san Pablo los une al enseñarnos a «hablar la verdad en amor». Y sin duda la verdad y el amor estaban unidos en aquel a quien el que conoce los corazones de todos los hombres da este amable carácter: «¡He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño!»

6. Pero ¿quién es aquel de quien nuestro bendito Señor da este glorioso testimonio? ¿Quién es este Natanael, de quien se da un relato tan notable en la última parte del capítulo que tenemos delante? [Juan 1] ¿No es extraño que no se le mencione de nuevo en ninguna parte del Nuevo Testamento? No se le menciona de nuevo con este nombre; pero probablemente tenía otro, por el cual se le llamaba más comúnmente. Los antiguos creían en general que es la misma persona que en otros lugares se llama Bartolomé, uno de los apóstoles de nuestro Señor, y uno que, en la enumeración que de ellos hacen tanto san Mateo como san Marcos, aparece inmediatamente después de san Felipe, que fue quien primero lo llevó a su Maestro. Es muy probable que su nombre propio fuera Natanael —nombre común entre los judíos—, y que su otro nombre, Bartolomé, que significa solo «hijo de Tolomeo», le viniera de su padre, costumbre que era entonces sumamente común entre los judíos, así como entre los paganos.

7. Por lo poco que se dice de él en el contexto, parece haber sido un hombre de excelente espíritu: no precipitado en creer, y sin embargo abierto a ser convencido, y dispuesto a recibir la verdad viniera de donde viniera. Así leemos (Juan 1:45): «Felipe halla a Natanael» (probablemente por lo que llamamos casualidad), «y le dice: «Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, y los profetas: a Jesús de Nazaret». «Natanael le dice: ¿De Nazaret puede salir algo bueno?». ¿Habló Moisés, o escribieron los profetas, de algún profeta que hubiera de venir de allí? «Felipe le dice: Ven y ve»; y pronto podrás juzgar por ti mismo. Natanael siguió su consejo, sin detenerse a consultar con carne y sangre. «Jesús vio venir a Natanael, y dijo: ¡He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño!». «Natanael le dice», sin duda con harta sorpresa, «¿De dónde me conoces?». Jesús le dice: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi». «Respondió Natanael, y le dijo» —¡tan pronto se había disipado todo prejuicio!—: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel».

Pero ¿qué implica el carácter que nuestro Señor da de él: «En quien no hay engaño»? Puede incluir todo lo que se contiene en aquel consejo:

Sea siempre tu corazón fiel a Dios,

tus palabras a él, y tus obras a ambos.

I. 1. Podemos observar, en primer lugar, lo que implica tener el corazón fiel a Dios. ¿Implica esto algo menos de lo que se incluye en aquel mandato lleno de gracia: «Dame, hijo mío, tu corazón»? Solo entonces es nuestro corazón fiel a Dios, cuando se lo damos a él. Le damos nuestro corazón, en el grado más bajo, cuando buscamos en él nuestra felicidad; cuando no la buscamos en satisfacer «el deseo de la carne», en ninguno de los placeres de los sentidos; ni en satisfacer «el deseo de los ojos», en ninguno de los placeres de la imaginación, que nacen de objetos grandiosos, o nuevos, o hermosos, sean de la naturaleza o del arte; ni en «la soberbia de la vida», en «la gloria que viene de los hombres», en ser amados, estimados y aplaudidos por ellos; no, ni tampoco en lo que algunos llaman, con igual desvergüenza que ignorancia, lo principal, el «hacerse tesoros en la tierra». Cuando no buscamos la felicidad en ninguna de estas cosas, sino solo en Dios, entonces, en cierto sentido, le damos nuestro corazón.

2. Pero en un sentido más propio le damos a Dios nuestro corazón cuando no solo buscamos, sino que hallamos en él la felicidad. Esta felicidad comienza sin duda cuando empezamos a conocerle por la enseñanza de su propio Espíritu; cuando agrada al Padre revelar a su Hijo en nuestro corazón, de modo que podemos decir humildemente: «Señor mío y Dios mío»; y cuando al Hijo le agrada revelar a su Padre en nosotros por «el Espíritu de adopción, que clama en nuestros corazones: Abba, Padre», y «da su «testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios». Es entonces cuando «el amor de Dios está también derramado en nuestros corazones». Y según el grado de nuestro amor es el grado de nuestra felicidad.

3. Pero se ha puesto en duda si es designio de Dios que la felicidad que al principio gozan todos los que le conocen y le aman continúe más allá, por así decirlo, del día de sus desposorios. En muchísimos, hemos de admitirlo, no continúa; sino que en pocos meses, quizá semanas o aun días, el gozo y la paz o bien se desvanecen de golpe, o bien van decayendo poco a poco. Ahora bien, si Dios quiere que su felicidad continúe, ¿cómo se explica esto?

4. Creo que muy fácilmente. La exhortación de san Judas: «Conservaos en el amor de Dios», implica ciertamente que algo hemos de hacer por nuestra parte para que continúe. ¿Y no concuerda esto con aquella declaración general de nuestro Señor acerca de este y de todo don de Dios? «Al que tiene le será dado, y tendrá más abundancia; pero al que no tiene», es decir, al que no lo usa, al que no lo hace fructificar, «aun lo que tiene le será quitado» (Lucas 8:18).

5. Es verdad que parte de este versículo está traducida en nuestra versión: «Lo que parece tener». Pero es difícil darle sentido a esto. Porque si solo parece tener este o cualquier otro don de Dios, en realidad no lo tiene. Y si es así, no se le puede quitar, pues nadie puede perder lo que nunca tuvo. Es claro, pues, que ho dokei echein debería traducirse lo que ciertamente tiene. Y puede observarse que la palabra dokeo, en varios lugares del Nuevo Testamento, no debilita, sino que refuerza el sentido de la palabra a la que va unida. Por consiguiente, todo el que hace fructificar la gracia que ya ha recibido, todo el que crece en el amor de Dios, ciertamente la retendrá. Dios se la conservará, sí, se la dará más abundantemente; mientras que quien no hace fructificar este talento no puede en modo alguno retenerlo. A pesar de todo lo que haga, infaliblemente le será quitado.

II. 1. Entretanto, así como el corazón del que es «un verdadero israelita» es fiel a Dios, así sus palabras corresponden a él; y así como no se aloja engaño en su corazón, tampoco se halla en sus labios. Lo primero que esto implica es la veracidad, el hablar la verdad de corazón, el desechar toda mentira deliberada, de toda clase y en todo grado. Una mentira, según una definición bien conocida, es _falsum testmonium, cum intentione fallendi: «Una falsedad que el que habla sabe que lo es, y que dice con intención de engañar». Pero aun el decir una falsedad no es mentira si no se dice con intención de engañar.

2. La mayoría de los casuistas, en particular los de la Iglesia de Roma, distinguen tres clases de mentiras: la primera, las mentiras maliciosas; la segunda, las mentiras inofensivas; la tercera, las mentiras oficiosas; y sobre ellas emiten un juicio muy diferente. No conozco a nadie tan osado que llegue siquiera a excusar, y mucho menos a defender, las mentiras maliciosas, es decir, las que se dicen con el propósito de dañar a alguien: estas las condenan todos los partidos. Los hombres están más divididos en su juicio respecto de las mentiras inofensivas, como las que se supone que no hacen ni bien ni mal. La generalidad de los hombres, aun en el mundo cristiano, las dicen sin ningún escrúpulo, y sostienen abiertamente que, si no hacen daño a ningún otro, tampoco se lo hacen al que las dice. Hagan daño o no, ciertamente no tienen lugar en la boca del que es «un verdadero israelita». Este no puede decir mentiras en broma, como tampoco en serio. De su boca no se oye sino la verdad. Recuerda el mandato expreso de Dios a los cristianos de Éfeso: «desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo» (Efesios 4:25).

3. Acerca de las mentiras oficiosas, las que se dicen con el propósito de hacer bien, ha habido numerosas controversias en la Iglesia cristiana. Multitud de escritores, y hombres de renombre tanto por su piedad como por su saber, han publicado volúmenes enteros sobre el tema y, a despecho de todos sus oponentes, no solo han sostenido que son inocentes, sino que las han alabado como meritorias. Pero ¿qué dice la Escritura? Hay un pasaje tan expreso que no hace falta ningún otro. Se halla en el capítulo tercero de la Epístola a los Romanos, donde las palabras mismas del Apóstol son estas (Romanos 3:7, 8): «Si la verdad de Dios por mi mentira abundó para su gloria, ¿por qué aun así soy yo juzgado como pecador?» (¿No quedará esa mentira libre de culpa por el buen efecto que produce?) «¿Y por qué no decir más bien (como se nos calumnia, y como algunos afirman que nosotros decimos): Hagamos males para que vengan bienes? La condenación de los cuales es justa». Aquí el Apóstol declara llanamente: (1) que el buen efecto de una mentira no es excusa para ella; (2) que es pura calumnia contra los cristianos decir: «Enseñan a los hombres a hacer males para que vengan bienes»; (3) que si alguno de hecho hace esto, ya sea enseñar a los hombres a hacer males para que vengan bienes, ya sea hacerlo él mismo, su condenación es justa. Esto se aplica particularmente a los que dicen mentiras para hacer bien por medio de ellas. Se sigue que las mentiras oficiosas, así como todas las demás, son abominación para el Dios de verdad. Por tanto, no hay absurdo alguno, por extraño que suene, en aquel dicho del antiguo Padre: «No diría una mentira deliberada ni para salvar las almas del mundo entero».

4. Lo segundo que se implica en el carácter de «un verdadero israelita» es la sinceridad. Así como la veracidad se opone a la mentira, así la sinceridad se opone a la astucia. Pero no se opone a la sabiduría ni a la discreción, que se avienen bien con ella. «Pero ¿qué diferencia hay entre la sabiduría y la astucia? ¿No son casi, si no del todo, la misma cosa?». De ningún modo. La diferencia entre ellas es grandísima. La sabiduría es la facultad de discernir los mejores fines y los medios más adecuados para alcanzarlos. El fin de toda criatura racional es Dios: gozar de él en el tiempo y en la eternidad. El mejor, en verdad el único medio de alcanzar este fin es «la fe que obra por el amor». La verdadera prudencia, en el sentido general de la palabra, es lo mismo que la sabiduría. La discreción no es sino otro nombre de la prudencia —si no es más bien una parte de ella, pues a veces se refiere a nuestra conducta exterior—, y significa ordenar rectamente nuestras palabras y acciones. Por el contrario, la astucia (así se la llama comúnmente entre la gente común, pero entre los grandes, política) no es, dicho llanamente, ni más ni menos que el arte de engañar. Si es, pues, alguna sabiduría, es «la sabiduría de abajo», que brota del abismo sin fondo y conduce hacia abajo, al lugar de donde vino.

5. Los dos grandes medios que la astucia usa para engañar son la simulación y el disimulo. La simulación es aparentar ser lo que no somos; el disimulo, aparentar no ser lo que somos; según el viejo verso: Quod non est simulo: Dissimuloque quod est. A lo uno y a lo otro solemos llamarlo «enarbolar colores falsos». Innumerables son las formas que la simulación adopta para engañar, y casi otras tantas usa el disimulo con el mismo fin. Pero el hombre sincero rehúye ambas cosas, y siempre aparece exactamente como es.

6. «Pero, suponiendo que tratamos con hombres taimados, ¿no podemos usar el silencio o la reserva, sobre todo si nos hacen preguntas insidiosas, sin incurrir en la acusación de astucia?». Sin duda podemos; más aún, en muchas ocasiones debemos o bien guardar silencio por completo, o bien hablar con mayor o menor reserva, según lo requieran las circunstancias. No decir nada en absoluto es, en muchos casos, compatible con la más alta sinceridad. Y también lo es hablar con reserva, decir solo una parte, quizá una pequeña parte, de lo que sabemos. Pero si pretendiéramos que es el todo, eso sería contrario a la sinceridad.

7. Una pregunta más difícil que esta es: «¿No podemos decir la verdad para engañar, como aquel de antaño que prorrumpió en esta exclamación aplaudiendo su propio ingenio: Hoc ego mihi puto palmarium, ut vera dicendo eos ambos fallam. “¡Esto tengo por mi obra maestra: engañarlos a los dos diciendo la verdad!»? Respondo: un pagano podría ufanarse de esto, pero un cristiano no podría. Porque, aunque esto no sea contrario a la veracidad, ciertamente lo es a la sinceridad. Es, pues, el camino más excelente, si juzgamos oportuno hablar, desechar tanto la simulación como el disimulo, y hablar de corazón la verdad desnuda.

8. Quizá a esto se le llama con propiedad sencillez. Va un poco más allá que la sinceridad misma. Implica no solo, en primer lugar, no decir ninguna falsedad conocida; y en segundo lugar, no engañar deliberadamente a nadie; sino, en tercer lugar, hablar a todos con llaneza y sin artificio cuando hablamos; hablar como niños pequeños, de un modo como de niño, aunque no infantil. ¿No excluye esto por completo el uso de cumplidos? Palabra vil, cuyo solo sonido aborrezco, y en esto estoy del todo de acuerdo con nuestro poeta:

Nunca hubo un buen día

desde que a la baja lisonja se llamó cumplido.

Aconsejo a los hombres sinceros y sencillos que nunca tomen en su boca esa necia palabra, sino que procuren mantenerse lo más lejos posible tanto del nombre como de la cosa.

9. No mucho antes de aquel tiempo memorable

en que unos estadistas enviaron a un prelado allende los mares

por la famosa ley de penas y castigos,

varios obispos abordaron a la vez al obispo Atterbury, entonces obispo de Rochester, y le preguntaron: «Señor, ¿por qué no permitís que vuestros criados digan que no estáis cuando no deseáis recibir visitas? No es mentira que digan que vuestra señoría no está en casa, pues eso no engaña a nadie: todo el mundo sabe que solo significa que vuestra señoría está ocupado». Él respondió: «Señores, si eso es (lo cual dudo) compatible con la sinceridad, estoy seguro, en cambio, de que no es compatible con aquella sencillez que conviene a un obispo cristiano».

10. Pero volvamos. La sinceridad y la sencillez de aquel en quien no hay engaño influyen asimismo en toda su conducta: dan color a todo su trato exterior, el cual, aunque esté muy lejos de toda rusticidad y mala crianza, de toda aspereza y hosquedad, es sin embargo llano y sin artificio, y libre de todo disfraz, como que es el retrato mismo de su corazón. La verdad y el amor que reinan continuamente en él producen una frente abierta y un semblante sereno, tales que no dejan pretexto para decir, con aquel arrogante rey de Castilla: «Cuando Dios hizo al hombre, le dejó un defecto capital: debió haberle puesto una ventana en el pecho»; porque él mismo abre una ventana en su propio pecho con todo el tenor de sus palabras y acciones.

11. Esta es, pues, la virtud real, genuina y sólida. No la verdad sola, ni la conformidad con la verdad: esta es una propiedad de la virtud real, no su esencia. Tampoco el amor solo, aunque este se acerca más al blanco; pues el amor, en cierto sentido, «es el cumplimiento de la ley». No: la verdad y el amor unidos son la esencia de la virtud o santidad. Dios exige indispensablemente «la verdad en lo íntimo», que influya en todas nuestras palabras y acciones. Sin embargo, la verdad misma, separada del amor, nada es a sus ojos. Pero fúndese el amor humilde, apacible y paciente a todo el género humano sobre su debido fundamento, a saber, el amor de Dios que brota de la fe, de una plena convicción de que Dios ha dado a su Hijo unigénito para morir por mis pecados; y entonces todo se resolverá en aquella gran conclusión, digna de ser recibida por todos los hombres: «Ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor».

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