Capítulo 90 · 24 min de lectura · 31 min de escucha
El camino más excelente
Sermón 89
El camino más excelente
«Procurad los mejores dones; mas aun yo os muestro un camino más excelente.»
1 Corintios 12:31.
1. En los versículos anteriores, san Pablo ha estado hablando de los dones extraordinarios del Espíritu Santo, tales como sanar a los enfermos, profetizar (en el sentido propio de la palabra, es decir, predecir las cosas por venir), hablar en lenguas extrañas que quien las hablaba nunca había aprendido, y la interpretación milagrosa de lenguas. Y el Apóstol admite que estos dones son deseables; más aún, exhorta a los corintios, al menos a los maestros que había entre ellos (a quienes principalmente, si no exclusivamente, solían concederse en las primeras edades de la Iglesia), a procurarlos con empeño, para que así quedasen capacitados para ser más útiles, ya fuese a los cristianos o a los paganos. «Mas aun», dice él, «yo os muestro un camino más excelente»; mucho más deseable que todos estos dones juntos, por cuanto os llevará infaliblemente a la felicidad tanto en este mundo como en el venidero; mientras que podríais tener todos aquellos dones, sí, en el más alto grado, y aun así ser desdichados tanto en el tiempo como en la eternidad.
2. No parece que estos dones extraordinarios del Espíritu Santo fueran comunes en la Iglesia por más de dos o tres siglos. Rara vez oímos hablar de ellos después de aquel período fatal en que el emperador Constantino se llamó cristiano y, por la vana imaginación de favorecer así la causa cristiana, colmó de riquezas, poder y honra a los cristianos en general, pero en particular al clero cristiano. Desde entonces cesaron casi por completo; se hallaron muy pocos casos de esa clase. La causa de ello no fue (como vulgarmente se ha supuesto) «que ya no hacían falta», porque todo el mundo se hubiera vuelto cristiano. Ese es un error lamentable: ni la vigésima parte del mundo era entonces cristiana siquiera de nombre. La verdadera causa fue que «el amor de muchos», de casi todos los llamados cristianos, «se había enfriado». Los cristianos no tenían más del Espíritu de Cristo que los demás paganos. El Hijo del hombre, cuando vino a examinar su Iglesia, apenas pudo «hallar fe en la tierra». Esta fue la verdadera causa de que los dones extraordinarios del Espíritu Santo ya no se hallaran en la Iglesia cristiana: que los cristianos se habían vuelto otra vez paganos, y solo les quedaba una forma muerta.
3. Sin embargo, no quisiera hablar ahora de estos, de los dones extraordinarios del Espíritu Santo, sino de los ordinarios; y también estos podemos «procurarlos con empeño», a fin de ser más útiles en nuestra generación. Con esta mira podemos procurar «el don de la palabra que convence», para «sondear el corazón incrédulo»; y el don de la persuasión, para mover los afectos a la vez que iluminar el entendimiento. Podemos procurar el conocimiento, tanto de la palabra como de las obras de Dios, sean de la providencia o de la gracia. Podemos desear una medida de aquella fe que, en ocasiones particulares en que la gloria de Dios o la felicidad de los hombres está estrechamente en juego, va mucho más allá del poder de las causas naturales. Podemos desear una elocución fácil, un trato agradable, con resignación a la voluntad de nuestro Señor; sí, todo lo que nos capacite, según tengamos oportunidad, para ser útiles dondequiera que estemos. Estos dones podemos desearlos sin culpa; pero hay «un camino más excelente».
4. El camino del amor —de amar a todos los hombres por amor de Dios, con un amor humilde, apacible y paciente— es el que el Apóstol describe tan admirablemente en el capítulo siguiente. Y sin él, nos asegura, toda elocuencia, todo conocimiento, toda fe, todas las obras y todos los padecimientos no tienen más valor a los ojos de Dios que el metal que resuena o el címbalo que retumba, y no sirven en lo más mínimo para nuestra salvación eterna. Sin él, todo lo que sabemos, todo lo que creemos, todo lo que hacemos, todo lo que padecemos, de nada nos aprovechará en el gran día de las cuentas.
5. Pero por ahora quisiera considerar el texto desde otro punto de vista, y señalar «un camino más excelente» en otro sentido. Es observación de un escritor antiguo que desde el principio ha habido dos órdenes de cristianos. Los unos llevaban una vida inocente, conformándose en todas las cosas no pecaminosas a las costumbres y modas del mundo; hacían muchas buenas obras, se abstenían de los males groseros y asistían a las ordenanzas de Dios. Procuraban, en general, tener una conciencia sin ofensa en su conducta exterior, pero no aspiraban a ninguna estrictez particular, y en la mayoría de las cosas eran como sus vecinos. La otra clase de cristianos no solo se abstenía de toda apariencia de mal, era celosa de buenas obras de toda especie y asistía a todas las ordenanzas de Dios, sino que además ponía toda diligencia en alcanzar todo el sentir que hubo en Cristo, y se esforzaba por andar en todo punto como su amado Maestro. Para ello andaban en un curso constante de negación de sí mismos universal, hollando todo placer del que no tuvieran conciencia, por luz divina, de que los preparaba para deleitarse en Dios. Tomaban su cruz cada día. Porfiaban, luchaban sin tregua por entrar por la puerta angosta. Esta sola cosa hacían: no escatimaban esfuerzo para llegar a la cumbre de la santidad cristiana; «dejando los primeros rudimentos de la doctrina de Cristo, ir adelante a la perfección»; «conocer todo aquel amor de Dios que excede a todo conocimiento, y ser llenos de toda la plenitud de Dios».
6. Por larga experiencia y observación me inclino a pensar que todo el que halla redención en la sangre de Jesús, todo el que es justificado, tiene entonces la opción de andar por la senda más alta o por la más baja. Creo que el Espíritu Santo pone en ese momento delante de él «el camino más excelente», y lo incita a andar por él, a escoger la senda más estrecha dentro del camino angosto, a aspirar a las alturas y profundidades de la santidad, a la entera imagen de Dios. Pero si no acepta este ofrecimiento, va declinando insensiblemente hacia el orden inferior de cristianos. Sigue andando por lo que puede llamarse un buen camino, sirviendo a Dios en su medida, y halla misericordia al fin de su vida por la sangre del pacto.
7. Lejos de mí apagar el pábilo que humea, desalentar a los que sirven a Dios en un grado bajo. Pero no podría desear que se detuvieran ahí: quisiera animarlos a subir más arriba; sin tronar el infierno y la condenación en sus oídos, sin condenar el camino en que estaban diciéndoles que es el camino que lleva a la perdición, procuraré mostrarles lo que es en todo respecto «un camino más excelente».
8. Téngase bien presente que no afirmo que todos los que no andan por este camino vayan por la ancha senda del infierno. Pero esto sí debo afirmar: que no tendrán en el cielo un lugar tan alto como el que habrían tenido si hubieran escogido la mejor parte. ¿Y será esto una pérdida pequeña: tener tantas estrellas menos en vuestra corona de gloria? ¿Será cosa de poca monta tener un lugar más bajo del que podríais haber tenido en el reino de vuestro Padre? Ciertamente no habrá tristeza en el cielo; allí será enjugada toda lágrima de nuestros ojos; pero si fuera posible que el pesar entrara allí, nos dolería esa pérdida irreparable. Irreparable entonces, pero no ahora. Ahora, por la gracia de Dios, podemos escoger «el camino más excelente». Comparémoslo ahora, en algunos puntos particulares, con el camino por el que anda la mayoría de los cristianos.
I. Comencemos por el comienzo del día. Es costumbre de la generalidad de los cristianos, si no están obligados a trabajar para ganarse la vida, levantarse, sobre todo en invierno, a las ocho o las nueve de la mañana, después de haber estado en cama ocho o nueve horas, si no más. No digo ahora (como habría estado muy inclinado a decir hace cincuenta años) que todos los que se consienten de esta manera vayan camino del infierno. Pero tampoco puedo decir que vayan camino del cielo, negándose a sí mismos y tomando su cruz cada día. De lo que estoy seguro es de que hay «un camino más excelente» para promover la salud tanto del cuerpo como de la mente. Por una observación de más de sesenta años he aprendido que los hombres sanos necesitan, por término medio, de seis a siete horas de sueño, y las mujeres sanas un poco más, de siete a ocho, en las veinticuatro horas. Sé que esta cantidad de sueño es la más provechosa para el cuerpo y también para el alma. Es preferible a cualquier medicina que yo haya conocido, tanto para prevenir como para curar los trastornos nerviosos. Es, pues, sin duda el camino más excelente, a despecho de la moda y la costumbre, tomar exactamente el sueño que la experiencia demuestra que nuestra naturaleza requiere, ya que esto es indiscutiblemente lo que más conduce a la salud corporal y espiritual. ¿Y por qué no habríais de andar vosotros por este camino? ¿Porque es difícil? Más aún: para los hombres es imposible. Pero para Dios todo es posible; y por su gracia todo os será posible a vosotros. Solo perseverad constantes en la oración, y hallaréis que esto no solo es posible, sino fácil; sí, y que es mucho más fácil levantarse temprano siempre que hacerlo algunas veces. Pero entonces debéis empezar por el extremo correcto: si os levantáis temprano, debéis acostaros temprano. Imponeos, salvo cuando ocurra algo extraordinario, acostaros a una hora fija. Entonces la dificultad pasará pronto, pero la ventaja permanecerá para siempre.
II. La generalidad de los cristianos, en cuanto se levantan, acostumbran a hacer alguna clase de oración; y probablemente siguen usando la misma fórmula que aprendieron cuando tenían ocho o diez años. Ahora bien, no condeno como burladores de Dios a quienes proceden así (aunque muchos lo hacen), por más que hayan usado la misma fórmula, sin variación alguna, durante veinte o treinta años seguidos. Pero sin duda hay «un camino más excelente» de ordenar nuestras devociones privadas. ¿Y si siguierais el consejo que sobre este asunto dio aquel grande y buen hombre, el señor Law? Considerad tanto vuestro estado exterior como el interior, y variad vuestras oraciones en consecuencia. Por ejemplo: supongamos que vuestro estado exterior es próspero; supongamos que gozáis de salud, holgura y abundancia, y que vuestra suerte os ha puesto entre parientes bondadosos, buenos vecinos y amigos agradables, que os aman y a quienes amáis; entonces vuestro estado exterior pide manifiestamente alabanza y acción de gracias a Dios. Por otra parte, si estáis en la adversidad; si Dios ha puesto apretura sobre vuestros lomos; si estáis en pobreza, en necesidad, en aflicción exterior; si estáis en algún peligro inminente; si estáis con dolor y enfermedad, entonces sois llamados claramente a derramar vuestra alma delante de Dios en una oración adecuada a vuestras circunstancias. De igual manera podéis acomodar vuestras devociones a vuestro estado interior, al estado presente de vuestra mente. ¿Está vuestra alma en tristeza, ya sea por el sentimiento del pecado, ya por diversas tentaciones? Entonces que vuestra oración conste de las confesiones, peticiones y súplicas que convienen a la angustia de vuestro ánimo. Por el contrario, ¿está vuestra alma en paz? ¿Os gozáis en Dios? ¿No son pequeñas para vosotros sus consolaciones? Entonces decid con el salmista: «Mi Dios eres tú, y te amaré; mi Dios eres tú, y te alabaré». Podéis también, cuando tengáis tiempo, añadir a vuestras otras devociones un poco de lectura y meditación, y quizá un salmo de alabanza, la efusión natural de un corazón agradecido. Ciertamente habéis de ver que este es «un camino más excelente» que la pobre y árida fórmula que usabais antes.
III. 1. La generalidad de los cristianos, después de hacer alguna oración, suelen aplicarse a los negocios de su vocación. Todo hombre que tenga alguna pretensión de ser cristiano no dejará de hacerlo, pues es imposible que un hombre ocioso sea un hombre bueno, ya que la pereza es incompatible con la religión. Pero ¿con qué mira? ¿Con qué fin emprendéis y seguís vuestros negocios en el mundo? «Para proveer lo necesario para mí y para mi familia». Es una buena respuesta hasta donde llega, pero no llega bastante lejos. Porque un turco o un pagano llega hasta ahí: hace su trabajo exactamente con los mismos fines. Pero un cristiano puede ir mucho más lejos: su fin en todo su trabajo es agradar a Dios; hacer, no su propia voluntad, sino la voluntad del que lo envió al mundo con este mismo propósito: hacer la voluntad de Dios en la tierra como la hacen los ángeles en el cielo. Trabaja para la eternidad. «No trabaja por la comida que perece» (esta es la parte más pequeña de su motivo), «sino por la que a vida eterna permanece». ¿Y no es este «un camino más excelente»?
2. Además: ¿de qué manera realizáis vuestros negocios en el mundo? Confío en que con diligencia, haciendo según vuestras fuerzas todo lo que os venga a la mano para hacer; con justicia, dando a todos lo que les es debido en toda circunstancia de la vida; sí, y con misericordia, haciendo con cada hombre lo que quisierais que él hiciese con vosotros. Esto está bien; pero el cristiano es llamado a ir todavía más lejos: a añadir la piedad a la justicia; a entremezclar la oración, especialmente la oración del corazón, con todo el trabajo de sus manos. Sin esto, toda su diligencia y justicia solo muestran que es un pagano honrado; y muchos hay que profesan la religión cristiana y no van más allá de un honrado paganismo.
3. Y aún más: ¿con qué espíritu lleváis a cabo vuestros negocios? ¿Con el espíritu del mundo o con el Espíritu de Cristo? Me temo que miles de los que son llamados buenos cristianos no entienden la pregunta. Si obráis en el Espíritu de Cristo, lleváis el fin que al principio os propusisteis a través de todo vuestro trabajo, del primero al último. Lo hacéis todo con espíritu de sacrificio, entregando vuestra voluntad a la voluntad de Dios, y apuntando continuamente, no a la comodidad, al placer o a las riquezas; no a nada que «este mundo de breve duración pueda dar», sino únicamente a la gloria de Dios. ¿Puede alguien negar ahora que este es el camino más excelente de llevar los negocios del mundo?
IV. 1. Pero estas moradas de barro que llevamos con nosotros requieren constante reparación, o se hundirán en la tierra de la que fueron tomadas, aun antes de lo que la naturaleza exige. El alimento diario es necesario para impedirlo, para reparar el continuo desgaste de la naturaleza. Era común en el mundo pagano, cuando iban a tomarlo, al tomar comida o aun bebida, libare pateram Jovi: «derramar un poco en honor de su dios»; aunque los dioses de los paganos no eran sino demonios, como justamente observa el Apóstol. «Parece», dice un escritor reciente, «que hubo en otro tiempo una costumbre semejante en nuestro propio país. Porque todavía vemos con frecuencia a un caballero que, antes de sentarse a comer en su propia casa, sostiene el sombrero delante de la cara y quizá parece decir algo, aunque por lo general lo hace de tal manera que nadie puede saber qué dice». ¿Y si, en lugar de esto, todo cabeza de familia, antes de sentarse a comer y beber, sea por la mañana, al mediodía o por la noche (pues la razón del asunto es la misma a cualquier hora del día), pidiera seriamente a Dios una bendición sobre lo que va a tomar? ¿Sí, y después diera seriamente gracias al Dador de todas sus bendiciones? ¿No sería este «un camino más excelente» que usar esa insulsa farsa, que es peor que nada, pues en realidad no es otra cosa que una burla tanto de Dios como de los hombres?
2. En cuanto a la cantidad de su comida, la buena clase de hombres no suele comer en exceso; al menos no hasta enfermarse con la comida ni embriagarse con la bebida. Y en cuanto a la manera de tomarla, suele ser inocente, mezclada con un poco de alegría, que se dice que ayuda a la digestión. Hasta aquí, bien. Y siempre que tomen solo aquella medida de alimento sencillo, barato y sano que más promueve la salud del cuerpo y de la mente, no habrá motivo de censura. Tampoco puedo exigiros que sigáis aquel consejo del señor Herbert, aunque era un buen hombre:
Toma tu comida; piensa que es polvo; luego come un bocado
y di con todo: Tierra a la tierra encomiendo.
Esto es demasiado melancólico: no conviene con la alegría que es muy propia de una comida cristiana. Permitidme ilustrar este asunto con una pequeña historia. El rey de Francia, un día que andaba de caza, dejó atrás a toda su comitiva, y estos, después de buscarlo algún tiempo, lo hallaron sentado en una choza comiendo pan y queso. Al verlos, exclamó: «¿Dónde he vivido todo este tiempo? ¡Nunca en mi vida había probado comida tan buena!». «Señor», dijo uno de ellos, «nunca antes habíais tenido tan buena salsa, porque nunca habíais tenido hambre». Es verdad que el hambre es buena salsa; pero hay una mejor todavía, que es la gratitud. Sin duda el alimento más agradable es el que está sazonado con ella. ¿Y por qué no habría de estarlo el vuestro en cada comida? Entonces no necesitaréis poner los ojos en la muerte, sino que recibiréis cada bocado como prenda de la vida eterna. El Autor de vuestro ser os da en este alimento no solo una tregua frente a la muerte, sino unas arras de que dentro de poco «sorbida será la muerte con victoria».
3. El tiempo de tomar nuestro alimento es también, por lo común, un tiempo de conversación, pues es natural refrescar la mente mientras refrescamos el cuerpo. Consideremos un poco de qué manera suele conversar la generalidad de los cristianos. ¿Cuáles son los temas ordinarios de su conversación? Si es inofensiva (como uno esperaría que lo sea), si no hay en ella nada profano, nada indecoroso, nada falso ni falto de caridad; si no hay chismes, murmuración ni maledicencia, tienen motivo para alabar a Dios por su gracia refrenadora. Pero en «ordenar rectamente nuestra conversación» va implicado algo más que esto. Para ello es necesario, en primer lugar, que «vuestra palabra», es decir, vuestro discurso o conversación, «sea buena»; que sea buena en su materia, sobre buenos temas; no revoloteando sobre cualquier cosa que se presente; porque ¿qué tenéis vosotros que ver con cortes y reyes? No os incumbe
librar de nuevo las guerras, reformar el Estado;
salvo cuando algún acontecimiento notable pide que se reconozca la justicia o la misericordia de Dios. Debemos ciertamente hablar a veces de cosas del mundo; de otro modo, más valdría salir del mundo. Pero solo en la medida en que sea necesario; luego debemos volver a un tema mejor. En segundo lugar, que vuestra conversación sea «para edificación»; apta para edificar al que habla o a los que oyen, o a ambos; para sobreedificarlos, según la necesidad particular de cada uno, ya en la fe, ya en el amor, ya en la santidad. En tercer lugar, cuidad de que no solo entretenga, sino que, de una u otra manera, «dé gracia a los oyentes». Ahora bien, ¿no es esta «un camino más excelente» de conversar que el modo inofensivo antes mencionado?
V. 1. Hemos visto cuál es «el camino más excelente» de ordenar nuestra conversación, así como nuestros negocios. Pero no podemos estar siempre aplicados a los negocios: tanto el cuerpo como la mente requieren algún descanso. Necesitamos intervalos de recreo en medio de los negocios. Será necesario ser muy explícito sobre este punto, pues es un asunto que ha sido muy mal entendido.
2. Los recreos son de diversas clases. Algunos son casi propios de los hombres, como los deportes del campo —la caza, el tiro, la pesca—, en los que no participan muchas mujeres (debería decir, damas). Otros los usan indistintamente personas de ambos sexos; algunos de ellos son de naturaleza más pública, como las carreras, las mascaradas, las comedias, las tertulias y los bailes. Otros se usan principalmente en casas particulares, como los naipes, la danza y la música; a lo cual podemos añadir la lectura de comedias, novelas, romances, periódicos y poesía de moda.
3. Algunos recreos, en verdad, que antes gozaban de gran aceptación, han caído ahora en descrédito. La nobleza y la hidalguía (al menos en Inglaterra) parecen desdeñar por completo la diversión, antes de moda, de la cetrería; y el mismo vulgo ya no se divierte viendo a hombres que se tajan y se despedazan unos a otros con el sable. El noble juego del bastón largo lo practican hoy también muy pocos. Sí, los garrotazos han perdido su honra, aun en el mismo Gales. El acoso de osos con perros se ve también muy rara vez ahora, y el de toros no muy a menudo. Y parece que las riñas de gallos cesarían por completo en Inglaterra, si no fuera por dos o tres muy honorables patronos.
4. No hace falta decir de estos inmundos restos de la barbarie gótica más que son un oprobio, no solo para toda religión, sino aun para la naturaleza humana. No pronunciaría uno una censura tan severa sobre los deportes del campo. Que los que no tienen nada mejor que hacer sigan corriendo zorros y liebres hasta dejarlos sin aliento. Tampoco hace falta decir mucho de las carreras de caballos, hasta que algún hombre sensato se encargue de defenderlas. Parece que mucho más puede decirse en defensa de ver una tragedia seria. Yo no podría hacerlo con buena conciencia, al menos no en un teatro inglés, sentina de toda profanidad y libertinaje; pero quizá otros puedan. No puedo decir tanto de los bailes o tertulias, que son más respetables que las mascaradas, pero que todas las personas imparciales han de admitir que tienen exactamente la misma tendencia. Sin duda la tienen también todos los bailes públicos. Y esa misma tendencia han de tener, a menos que entre los cristianos modernos se guardara la misma cautela que se observaba entre los antiguos paganos. Entre ellos, hombres y mujeres nunca bailaban juntos, sino siempre en salas separadas. Así se observó siempre en la antigua Grecia, y durante varios siglos en Roma, donde una mujer que bailara en compañía de hombres habría sido tenida al punto por prostituta. Del juego de naipes digo lo mismo que de ver comedias: no podría hacerlo con buena conciencia. Pero no estoy obligado a dictar sentencia contra los que piensan de otro modo. Los dejo a su propio Señor: para él están en pie, o caen.
5. Pero aun suponiendo que estos recreos, así como la lectura de comedias, novelas, periódicos y cosas semejantes, sean del todo inocentes, ¿no hay acaso maneras más excelentes de recrearse para los que aman o temen a Dios? ¿Quieren los hombres acaudalados recrearse al aire libre? Pueden hacerlo cultivando y mejorando sus tierras, plantando sus fincas, trazando, prosiguiendo y perfeccionando sus jardines y huertos. Otras veces pueden visitar a los más serios y sensatos de sus vecinos y conversar con ellos; o pueden visitar a los enfermos, a los pobres, a las viudas y a los huérfanos en su aflicción. ¿Desean recrearse dentro de casa? Pueden leer historia útil, poesía piadosa y elegante, o diversas ramas de la filosofía natural. Si tenéis tiempo, podéis recrearos con la música, y quizá con experimentos de filosofía natural. Pero sobre todo, cuando hayáis aprendido una vez el uso de la oración, hallaréis que, así como
aquello que cede o llena
todo espacio, el aire que nos ciñe, por doquier difundido,
abraza en torno esta tierra florida;
así también la oración, hasta que, por todo el espacio de la vida, se difunda entre todas vuestras ocupaciones, y dondequiera que estéis, hagáis lo que hagáis, os abrace por todos lados. Entonces podréis decir con denuedo:
En mí no hay vacío melancólico,
ni se arrastra un momento ocioso
o sin provecho aquí abajo:
mi hastío de la vida se fue,
pues vivo solo para servir a mi Dios
y solo a Jesús conozco.
VI. Solo queda un punto por considerar, que es el uso del dinero. ¿De qué manera lo emplea la generalidad de los cristianos? ¿Y no hay «un camino más excelente»?
1. La generalidad de los cristianos suelen apartar algo cada año —quizá la décima o aun la octava parte de sus ingresos, procedan de rentas anuales o del comercio— para usos caritativos. Pocos he conocido que dijeran como Zaqueo: «Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres». ¡Ojalá quisiera Dios multiplicar a estos amigos del género humano, a estos bienhechores de todos! Pero,
2. Además de los que tienen una regla fija, hay miles que dan grandes sumas a los pobres, especialmente cuando se les presenta con vivos colores algún caso notable de aflicción.
3. Alabo a Dios por todos vosotros los que obráis de esta manera. ¡Que nunca os canséis de hacer el bien! ¡Que Dios os devuelva siete veces en vuestro propio seno lo que dais! Mas aun yo os muestro un camino más excelente.
4. Podéis consideraros como aquellos en cuyas manos el Dueño del cielo y de la tierra, y de todo lo que en ellos hay, ha depositado una parte de sus bienes, para que se disponga de ella según su dirección. Y su dirección es que os miréis como uno de cierto número de personas necesitadas que han de ser provistas de aquella porción de sus bienes que se os ha confiado. Tenéis dos ventajas sobre los demás: la una, que «más bienaventurado es dar que recibir»; la otra, que debéis serviros a vosotros mismos primero, y a los demás después. Esta es la luz en que habéis de veros a vosotros y a ellos. Pero, para ser más concreto: en primer lugar, si no tenéis familia, después de haber provisto para vosotros mismos, dad todo lo que quede; de modo que
cada Navidad tus cuentas queden saldadas
y devanes tu ovillo al cabo del año.
Esta era la práctica de todos los jóvenes de Oxford a quienes llamaban metodistas. Por ejemplo: uno de ellos tenía treinta libras al año. Vivía con veintiocho y daba cuarenta chelines. Al año siguiente, recibiendo sesenta libras, siguió viviendo con veintiocho y dio treinta y dos. El tercer año recibió noventa libras y dio sesenta y dos. El cuarto año recibió ciento veinte libras. Todavía vivía como antes con veintiocho, y dio a los pobres noventa y dos. ¿No era este un camino más excelente? En segundo lugar, si tenéis familia, considerad seriamente delante de Dios cuánto necesita cada miembro de ella para tener lo que es necesario para la vida y la piedad. Y en general, no les concedáis menos, ni mucho más, de lo que os concedéis a vosotros mismos. En tercer lugar, hecho esto, fijad vuestro propósito de «no ganar más». ¡Os encargo en el nombre de Dios que no aumentéis vuestro caudal! Como viene, día a día o año tras año, así dejadlo ir; de otro modo «os hacéis tesoros en la tierra». Y esto nuestro Señor lo prohíbe tan rotundamente como el homicidio y el adulterio. Al hacerlo, pues, «atesoraríais para vosotros mismos ira para el día de la ira y de la manifestación del justo juicio de Dios».
5. Pero aun suponiendo que no estuviera prohibido, ¿cómo podéis, según los principios de la razón, gastar vuestro dinero de una manera que Dios quizá perdone, en lugar de gastarlo de una manera que él ciertamente recompensará? No tendréis recompensa en el cielo por lo que guardáis; la tendréis por lo que dais. Cada libra que ponéis en el banco terrenal está perdida: no rinde interés allá arriba. Pero cada libra que dais a los pobres se deposita en el banco del cielo. Y rendirá un interés glorioso; sí, un interés que irá acumulándose por toda la eternidad.
6. ¿Quién, pues, es sabio y dotado de entendimiento entre vosotros? Resuelva hoy, en esta hora, en este momento, con la ayuda del Señor, escoger en todos los puntos anteriores «el camino más excelente»; y guárdelo con firmeza, tanto en lo que toca al sueño, la oración, el trabajo, la comida, la conversación y los recreos, como, en particular, en lo que toca al empleo de ese importante talento que es el dinero. Que vuestro corazón responda al llamamiento de Dios: «Desde este momento, siendo Dios mi ayudador, no me haré más tesoros en la tierra. Esta sola cosa haré: me haré tesoros en el cielo; daré a Dios lo que es de Dios; le daré todos mis bienes y todo mi corazón».
Capítulo 90 completado
El camino más excelente