Sermones en diversas ocasiones
Sobre el vestido

Capítulo 89 · 23 min de lectura · 29 min de escucha

Sobre el vestido

Sermón 88

Sobre el vestido

«El adorno de las cuales no sea el adorno exterior de — atavío de oro, ni de compostura de ropas; «sino el hombre encubierto del corazón, en lo incorruptible, el ornato de un espíritu manso y sosegado, que es de gran precio delante de Dios».

1 Pedro 3:3, 4.

1. San Pablo exhorta a todos los que desean «ser transformados por la renovación de su entendimiento», y comprobar «cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta», a no «conformarse a este siglo». [Romanos 12:2] En verdad, esta exhortación se refiere más directamente a la sabiduría del mundo, que es totalmente opuesta a su «buena voluntad, agradable y perfecta». Pero tiene igualmente relación aun con los modales y las costumbres del mundo, que fluyen naturalmente de su sabiduría y su espíritu, y les son exactamente conformes. Y no fue indigno de la sabiduría de Dios darnos instrucciones precisas también en este respecto.

2. Algunas de ellas, particularmente la del texto, descienden aun al vestido de los cristianos. Y tanto este texto como el paralelo de San Pablo son todo lo expresos que pueden ser. Las palabras de San Pablo son estas (1 Timoteo 2:9, 10, ): «Quiero que las mujeres se atavíen con ropa decorosa; no — con oro, ni perlas, ni vestidos costosos; sino (como conviene a mujeres que profesan piedad) con buenas obras».

3. «Pero ¿no es extraño», dicen algunos, «que el Espíritu de Dios, sabio en todo, se digne fijarse en bagatelas como estas, en fruslerías tan insignificantes, cosas de tan poca importancia, o más bien de ninguna? Porque, con tal que cuidemos del alma, ¿qué importa con qué se cubra el cuerpo, si con seda o con cilicio? ¿Qué mal puede haber en llevar oro, o plata, o piedras preciosas, o cualquiera otra de esas hermosas cosas de que Dios nos ha provisto con tanta abundancia? ¿No podemos aplicar a esto lo que San Pablo observó en otra ocasión, que “todo lo que Dios creó es bueno, y nada hay que desechar”?».

4. Es cierto que muchos que temen sinceramente a Dios han abrazado de corazón esta opinión. Y su práctica es conforme a ella: no tienen escrúpulo en conformarse al mundo poniéndose, siempre que se ofrece la ocasión, oro, o perlas, o vestidos costosos. Y, en verdad, no ven con buenos ojos a los que creen que es su deber rechazarlos, pues consideran que su uso es una rama de la libertad cristiana. Sí, algunos han ido considerablemente más lejos; tanto como para empeñarse en hacer que quienes se habían abstenido de ellos durante algún tiempo volvieran a usarlos, asegurándoles que era mera superstición pensar que hubiera mal alguno en ellos. Más aún: una persona muy respetable ha dicho en términos expresos: «No deseo que haya en nuestra sociedad nadie que vista con sencillez». Vale, pues, ciertamente la pena considerar a fondo este asunto; indagar seriamente si hay algún mal en ponerse oro, o joyas, o vestidos costosos.

5. Pero, antes de entrar en el asunto, obsérvese que el desaliño no forma parte de la religión; que ni este ni ningún otro texto de la Escritura condena la pulcritud en el vestir. Ciertamente, esto es un deber, no un pecado. «La limpieza está, en verdad, junto a la piedad». Conforme a esto, el buen señor Herbert aconseja a todo el que teme a Dios:

Que la dulzura de tu alma obre

sobre tu persona, tu ropa y tu morada.

Y ciertamente todos deben atender a esto, si no quieren que se hable mal del bien que hay en ellos.

6. Otro error respecto al vestido ha sido común en el mundo religioso. Algunos han supuesto que no debe haber diferencia alguna en el vestido de los cristianos. Pero ni estos textos ni ningún otro del libro de Dios enseñan tal cosa, ni ordenan que el vestido del amo o de la señora no sea en nada diferente del de sus criados. Puede haber, sin duda, una moderada diferencia de vestido entre personas de distinta condición. Y donde el ojo es sencillo, esto se ajustará fácilmente por las reglas de la prudencia cristiana.

7. Sí, puede dudarse de si alguna parte de la Escritura prohíbe (al menos yo no conozco ninguna) a los que en cualquier nación están investidos de la autoridad suprema vestirse de oro y de ropas costosas, o adornar con lo mismo a sus servidores inmediatos, o a sus magistrados u oficiales. No es improbable que nuestro bendito Señor quisiera dar su aprobación a esta costumbre cuando dijo, sin la menor señal de censura o desaprobación: «He aquí, los que llevan vestido precioso», espléndido, «en los palacios de los reyes están». (Lucas 7:25.)

8. ¿Cuál es, pues, el sentido de estas escrituras? ¿Qué es lo que prohíben? Manifiestamente prohíben a los cristianos comunes, a los de las clases bajas o medias de la vida, adornarse con oro, o perlas, o vestidos costosos. Pero ¿por qué? ¿Qué mal hay en ello? Esto merece nuestra seria consideración. Pero es sumamente conveniente, o más bien absolutamente necesario, para todos los que quieran considerarlo con algún provecho, que se despojen, en cuanto sea posible, de todo prejuicio, y se mantengan abiertos al convencimiento. ¿No es necesario también, en el más alto grado, que supliquen fervientemente al Padre de las luces que, «por su santa inspiración, piensen las cosas que son rectas, y, por su misericordiosa dirección, las cumplan»? Entonces no dirán, no, ni aun en su corazón (como temo que demasiados han hecho), lo que el famoso judío dijo al cristiano: «No me persuadirás, aunque me hayas persuadido».

9. La cuestión es: ¿qué mal hace adornarnos con oro, o perlas, o vestidos costosos, suponiendo que podáis permitíroslo; es decir, suponiendo que no perjudique ni empobrezca a vuestra familia? El primer mal que hace es que engendra soberbia y, donde ya existe, la aumenta. Cualquiera que observe atentamente lo que pasa en su propio corazón lo discernirá fácilmente. Nada es más natural que creernos mejores porque vamos vestidos con mejores ropas; y apenas es posible que un hombre lleve vestidos costosos sin estimarse en alguna medida por ellos. Uno de los antiguos paganos sabía esto tan bien que, cuando tenía inquina a algún pobre y quería trastornarle la cabeza, le regalaba un traje de ropa fina.

Eutrapelus, cuicunque nocere voiebat,

Vestimenta dabat pretiosa.

[Lo que sigue es la traducción de Boscawen de esta cita de Horacio:

A quien Eutrapelo quería

arruinar, lo vestía con ropa costosa». — ED.]

Aquel no podía entonces sino imaginarse tanto mejor que su vecino cuanto más elegante iba. ¡Y cuántos miles, no solo lores y caballeros en Inglaterra, sino honrados comerciantes, razonan del mismo modo, infiriendo el mayor valor de sus personas del valor de sus ropas!

10. «Pero ¿no puede un hombre ser tan soberbio, aunque vista de cilicio, como otro, aunque vista de tela de oro?». Como este argumento nos sale al paso a cada momento, y se supone que no tiene respuesta, valdrá la pena responderlo de una vez por todas y mostrar su total vaciedad. «¿No puede, pues, uno vestido de cilicio», preguntáis, «ser tan soberbio como el que va vestido de tela de oro?». Respondo: ciertamente puede; supongo que nadie lo duda. ¿Y qué conclusión podéis sacar de ello? Tomad un caso paralelo. Un hombre que bebe una copa de vino sano puede estar tan enfermo como otro que bebe veneno; pero ¿prueba esto que el veneno no tiene más tendencia a dañar al hombre que el vino? ¿O excusa a nadie de tomar lo que tiene una tendencia natural a enfermarlo? Ahora bien, apliquémoslo: la experiencia muestra que las ropas finas tienen una tendencia natural a enfermar al hombre de soberbia; las ropas sencillas no la tienen. Aunque es verdad que podéis estar enfermos de soberbia también con estas, no tienen tendencia natural ni a causar ni a aumentar esta enfermedad. Por tanto, todos los que desean revestirse de humildad se abstienen de ese veneno.

11. En segundo lugar, llevar vestidos vistosos o costosos tiende naturalmente a engendrar y aumentar la vanidad. Por vanidad entiendo aquí el amor y el deseo de ser admirado y alabado. Cada uno de vosotros que es aficionado a los atavíos tiene de esto un testigo en su propio pecho. Lo confeséis o no delante de los hombres, estáis convencidos de ello delante de Dios. Sabéis en vuestro corazón que es con miras a ser admirados por lo que así os adornáis; y que no os tomaríais la molestia si nadie os viera sino Dios y sus santos ángeles. Ahora bien, cuanto más complacéis este necio deseo, más crece en vosotros. Tenéis vanidad bastante por naturaleza; pero, complaciéndola así, la aumentáis cien veces. ¡Oh, deteneos! Aspirad a agradar solo a Dios, y todos estos adornos se caerán por sí solos.

12. En tercer lugar, llevar vestidos vistosos y costosos tiende naturalmente a engendrar la ira y toda pasión turbulenta e inquieta. Y es precisamente por esta razón por lo que el Apóstol pone este «adorno exterior» en oposición directa al «ornato de un espíritu manso y sosegado». ¡Cuán notablemente añade: «que es de gran precio delante de Dios»!

Más preciosa que el oro o las perlas,

y más brillante que la estrella de la mañana.

Nadie puede concebir fácilmente, a menos que haga él mismo la triste experiencia, la contrariedad que hay entre el «adorno exterior» y este «sosiego del espíritu» interior. Nunca podréis gozar plenamente de este mientras seáis aficionados a aquel. Solo cuando estéis desasidos de ese «adorno exterior» podréis «poseer vuestras almas en vuestra paciencia». Solo cuando hayáis desechado vuestra afición a los atavíos gobernará la paz de Dios en vuestros corazones.

13. En cuarto lugar, los vestidos vistosos y costosos tienden directamente a crear e inflamar la lujuria. Dudé si nombrar este apetito brutal o, para no herir oídos delicados, expresarlo con algún suave circunloquio. (Como aquel deán que, hace algunos años, dijo a su auditorio en Whitehall: «Si no os arrepentís, iréis a un lugar que soy demasiado bien educado para nombrar ante tan buena compañía»). Pero creo que es mejor hablar claro; pues cuanto más hiera la palabra vuestros oídos, más podrá armar vuestro corazón. El hecho es claro e innegable: tiene este efecto tanto en quien lleva el vestido como en quien lo mira. Al primero dirige nuestro elegante poeta Cowley aquellos hermosos versos:

El adornarte con tanto arte

no es sino destreza bárbara;

es como envenenar un dardo

ya harto pronto a matar.

Es decir (para expresar el asunto en términos llanos, sin colorido alguno): «Envenenáis al que os mira con mucho más de este bajo apetito del que de otro modo sentiría». ¿No sabíais que esta sería la consecuencia natural de vuestro elegante adorno? Para llevar la pregunta hasta el fondo: ¿no deseabais, no pretendíais que lo fuera? ¡Y, sin embargo, todo el tiempo, cómo os esforzabais por

mostrar a la vista pública

una engañosa apariencia de inocencia y virtud!

Entre tanto, vosotros mismos no escapáis del lazo que tendéis a otros. El dardo rebota, y quedáis infectados del mismo veneno con que los infectasteis. Encendéis una llama que consume a la vez a vosotros y a vuestros admiradores. ¡Y bien está si no os precipita a vosotros y a ellos en las llamas del infierno!

14. En quinto lugar, llevar vestidos costosos es directamente opuesto a estar adornado de buenas obras. Nada puede ser más evidente; porque cuanto más gastáis en vuestro propio vestido, menos os queda para vestir al desnudo, dar de comer al hambriento, hospedar a los forasteros, socorrer a los que están enfermos y en la cárcel, y aliviar las innumerables aflicciones a que estamos expuestos en este valle de lágrimas. Y aquí no hay lugar para la evasiva usada antes: «Puedo ser tan humilde con tela de oro como con cilicio». Aunque pudierais ser tan humildes cuando escogéis vestidos costosos como cuando los escogéis sencillos (lo cual niego rotundamente), no podríais ser igualmente benéficos, igualmente abundantes en buenas obras. Cada chelín que ahorráis en vuestro propio vestido podéis gastarlo en vestir al desnudo y en aliviar las diversas necesidades de los pobres, a quienes «siempre tenéis con vosotros». Por tanto, ¡cada chelín que gastáis sin necesidad en vuestro vestido es, en efecto, robado a Dios y a los pobres! ¡Y de cuántas preciosas oportunidades de hacer el bien os habéis defraudado a vosotros mismos! ¡Cuántas veces os habéis incapacitado para hacer el bien comprando lo que no necesitabais! ¿Con qué fin comprasteis estos adornos? ¿Para agradar a Dios? No; sino para agradar a vuestro propio capricho, o para ganar la admiración y el aplauso de quienes no eran más sabios que vosotros. ¡Cuánto bien podríais haber hecho con ese dinero! ¡Y qué pérdida irreparable habéis sufrido al no hacerlo, si es verdad que está cerca el día en que «cada uno recibirá su propia recompensa conforme a su propio trabajo»!

15. Os ruego que consideréis bien esto. Quizá no lo habéis visto antes a esta luz. Cuando gastáis en vestidos costosos ese dinero que de otro modo podríais haber reservado para los pobres, los priváis con ello de lo que Dios, el propietario de todo, había depositado en vuestras manos para uso de ellos. Si es así, lo que os ponéis encima lo estáis, en efecto, arrancando de la espalda del desnudo; como la comida costosa y delicada que coméis la estáis arrebatando de la boca del hambriento. ¡Por misericordia, por compasión, por amor de Cristo, por el honor de su evangelio, detened la mano! ¡No tiréis este dinero! ¡No gastéis en nada, sí, en algo peor que nada, lo que puede vestir a vuestro pobre semejante, desnudo y tiritando!

16. Hace muchos años, estando yo en Oxford, un frío día de invierno vino a verme una joven (una de las que manteníamos en la escuela). Le dije: «Pareces medio muerta de frío. ¿No tienes con qué cubrirte más que ese delgado vestido de lino?». Ella respondió: «Señor, ¡esto es todo lo que tengo!». Metí la mano en el bolsillo; pero hallé que apenas me quedaba dinero, pues acababa de pagar lo que tenía. Al instante me vino este pensamiento: «¿Dirá tu Señor: “Bien, buen mayordomo y fiel”? ¡Has adornado tus paredes con el dinero que podría haber protegido del frío a esta pobre criatura! ¡Oh justicia! ¡Oh misericordia! ¿No son estos cuadros la sangre de esta pobre muchacha?». Mira tu costoso vestido a la misma luz: ¡tu traje, tu sombrero, tu tocado! ¡Todo lo que llevas encima que costó más de lo que el deber cristiano te exigía gastar es la sangre de los pobres! ¡Oh, sé sabio para el tiempo venidero! ¡Sé más misericordioso! ¡Más fiel a Dios y a los hombres! ¡Más abundantemente adornado (como hombres y mujeres que profesan piedad) de buenas obras!

17. Es verdad que hay que tener gran indulgencia con los que nunca han sido advertidos de estas cosas, y quizá no saben que hay en la Biblia una palabra que prohíbe los vestidos costosos. Pero ¿qué tiene que ver eso con vosotros? Habéis sido advertidos una y otra vez, sí, de la manera más clara posible. ¿Y qué provecho habéis sacado de ello? ¿No seguís vistiendo como otras personas de la misma fortuna? ¿No es vuestro vestido tan vistoso, tan costoso como el de quienes nunca recibieron tal advertencia, tan costoso como lo habría sido si nunca hubierais oído una palabra sobre ello? ¡Oh, cómo responderéis a esto cuando vosotros y yo comparezcamos juntos ante el tribunal de Cristo! Más aún, ¿no se han vuelto muchos de vosotros más elegantes tan aprisa como se han vuelto más ricos? A medida que aumentabais en bienes, ¿no habéis aumentado en atavíos? ¡Testigo de ello, la profusión de cintas, gasas o lienzos sobre vuestras cabezas! ¿Qué provecho habéis sacado, pues, de llevar el vituperio de Cristo, de ser llamados metodistas? ¿No vais tan a la moda como otros de vuestra condición que no son metodistas? ¿Preguntáis: «Pero ¿no podemos comprar igual cosas de moda que cosas pasadas de moda?»? Respondo: no, si os dan un aire atrevido e inmodesto, como lo hacen esos enormes sombreros, capotas y tocados. Y no, si cuestan más. «Pero yo me lo puedo permitir». ¡Oh, desechad para siempre esa palabra ociosa y disparatada! Ningún cristiano puede permitirse derrochar parte alguna de los bienes que Dios le ha confiado. ¿Cuánto tiempo vais a estar aquí? ¿No podéis ser llamados mañana, quizá esta misma noche, a levantaros e iros de aquí, para dar cuenta de este y de todos vuestros talentos al Juez de los vivos y los muertos?

18. ¿Cómo puede ser, pues, que, después de tantas advertencias, persistáis en la misma locura? ¿No viene de aquí? Todavía hay entre vosotros algunos que ni se aprovechan ellos mismos de todo lo que oyen, ni quieren que otros se aprovechen; y estos, si alguno de vosotros está casi persuadido a vestir como cristiano, os disuaden con razonamientos, con chanzas y con risas. ¡Oh, vosotros, lindos frívolos, os ruego que no hagáis más la obra del diablo! Hagáis lo que hagáis vosotros mismos, no endurezcáis el corazón de los demás. Y vosotros, los que pensáis mejor, evitad a estos tentadores con todo el cuidado posible; y si llegáis a donde está alguno de ellos, o rogadle que guarde silencio sobre este asunto, o salid de la habitación.

19. En sexto lugar, ponerse vestidos costosos es directamente opuesto a lo que el Apóstol llama «el hombre encubierto del corazón»; es decir, a toda la «imagen de Dios» en que fuimos creados, y que se imprime de nuevo en el corazón de todo creyente cristiano; opuesto al «sentir que hubo en Cristo Jesús» y a toda la naturaleza de la santidad interior. Todo el tiempo que estáis estudiando este adorno exterior, toda la obra interior del Espíritu se detiene; o, más bien, retrocede, aunque por grados muy suaves y casi imperceptibles. En lugar de haceros de ánimo más celestial, os hacéis cada vez más terrenales. Si una vez tuvisteis comunión con el Padre y con el Hijo, ahora decae gradualmente; y os hundís insensiblemente cada vez más en el espíritu del mundo, en codicias necias y dañosas y en apetitos rastreros. Todos estos males, y mil más, brotan de esa sola raíz: complaceros en vestidos costosos.

20. ¿Por qué, pues, todo el que ama o teme a Dios no huye de ello como de la presencia de una serpiente? ¿Por qué seguís vosotros tan conformes a las costumbres irracionales y pecaminosas de un mundo frenético? ¿Por qué seguís despreciando el mandamiento expreso de Dios, pronunciado en los términos más claros? Veis la luz: ¿por qué no seguís la luz de vuestra propia mente? Vuestra conciencia os dice la verdad: ¿por qué no obedecéis los dictados de vuestra propia conciencia?

21. Respondéis: «Es que la costumbre universal está contra mí, y no sé cómo contener el poderoso torrente». No solo el mundo profano, sino también el religioso, corre con violencia en la dirección contraria. Mirad, no digo en los teatros, sino en las iglesias, y aun en las reuniones de todas las denominaciones (excepto unos pocos cuáqueros a la antigua, o el pueblo llamado moravo); mirad en las congregaciones, en Londres o en otras partes, de los que se llaman ministros del evangelio; mirad en la capilla de Northampton; sí, en el Tabernáculo, o en la capilla de Tottenham-Court Road; más aún, mirad en la capilla de West-Street, o en la de City-Road; mirad a las mismas personas que se sientan bajo el púlpito o a su lado; ¿y no van los que pueden permitírselo (apenas puedo contenerme de hacerles el honor de nombrarlos) tan adornados a la moda como los de la misma condición en otros lugares?

22. Esta es una triste verdad. Me avergüenzo de ella; pero no sé cómo remediarla. ¡Pongo hoy por testigos al cielo y a la tierra de que no es culpa mía! La trompeta no ha «dado sonido incierto» en los casi cincuenta años pasados. ¡Oh Dios, tú sabes que he dado un testimonio claro y fiel! Por la imprenta, en la predicación, al reunir a la sociedad, no he rehuido anunciar todo el consejo de Dios. Estoy, pues, limpio de la sangre de los que no quieren oír. Sobre su propia cabeza recae.

23. Os advierto una vez más, en el nombre de Dios y en su presencia, que el número de los que se rebelan contra Dios no excusa su rebelión. Él nos ha dicho expresamente: «No seguirás a la multitud para hacer el mal». Se dijo de un hombre grande y bueno que

no temió, si el Cielo lo hubiera decretado, alzarse

contra un mundo entero, y bueno él solo.

¿Quiénes de vosotros desean participar de ese glorioso carácter, alzarse contra un mundo entero? Si millones os condenan, bastará con que seáis absueltos por Dios y por vuestra propia conciencia.

24. «No», dicen algunos, «creo que podría soportar el desprecio o el vituperio de todo el resto del mundo. No hago caso de nadie sino de mis propios parientes, especialmente de los de mi propia casa. Mi padre, mi madre, mis hermanos y hermanas (y quizá alguien más cercano que todos ellos) me están importunando continuamente». Esta es en verdad una prueba; tal que muy pocos pueden juzgarla, sino los que la sufren. «No tengo fuerzas para soportarlo». No, no por vosotros mismos: ciertamente no las tenéis. Pero hay fuerza reservada para vosotros en «uno que es poderoso». Su gracia os basta; y él ve ahora vuestro caso, y está pronto a dárosla. Entre tanto, recordad su terrible declaración acerca de los que hacen más caso del hombre que de Dios: «El que ama a padre o madre, a hermano o hermana, a marido o mujer, más que a mí, no es digno de mí».

25. Pero ¿no hay algunos entre vosotros que una vez renunciasteis a esta conformidad con el mundo, y vestíais en todo punto con pulcritud y sencillez, como convenía a vuestra profesión? ¿Por qué, pues, no perseverasteis en ello? ¿Por qué os volvisteis atrás del buen camino? ¿Trabasteis conocimiento, quizá amistad, con algunos que todavía eran aficionados a los atavíos? No es de extrañar, entonces, que tarde o temprano os vierais movidos a «volver vuestros pasos de nuevo a la tierra». No cabía esperar menos, sino que un pecado os llevara a otro. Fue un pecado trabar amistad con quienes no conocían a Dios; porque «¿no sabéis que la amistad del mundo es enemistad con Dios?». Y esto os llevó de nuevo a otro pecado, a aquella conformidad con el mundo de la que habíais escapado del todo. Pero ¿qué habéis de hacer ahora? Pues, si sois sabios, escapad por vuestra vida: ¡sin demora! ¡No miréis atrás! Sin pérdida de tiempo, ¡renunciad a la causa y al efecto a la vez! Ahora, hoy, antes que el corazón se endurezca con el engaño del pecado, ¡cortad de un golpe esa amistad pecaminosa con los impíos y esa conformidad pecaminosa con el mundo! ¡Decidíos hoy! No lo dejéis para mañana, no sea que lo dejéis para siempre. ¡Por amor de Dios, por amor de vuestra propia alma, tomad ahora vuestra resolución!

26. Os conjuro a todos los que tenéis alguna consideración por mí: mostradme antes que me vaya de aquí que no he trabajado en vano, ni aun en este respecto, durante casi medio siglo. Dejadme ver, antes de morir, una congregación metodista vestida con tanta sencillez como una congregación cuáquera. Solo sed más consecuentes con vosotros mismos. Que vuestro vestido sea barato, además de sencillo; de lo contrario, no hacéis más que jugar con Dios, conmigo y con vuestras propias almas. Os ruego que no haya entre vosotros sedas costosas, por graves que sean. Que no haya lino cuáquero (así llamado proverbialmente por su exquisita finura), ni encaje de Bruselas, ni sombreros o capotas elefantinos, esos escándalos de la modestia femenina. Sed todos de una pieza, vestidos de pies a cabeza como personas que profesan piedad; que profesan hacerlo todo, pequeño y grande, con la sola mira de agradar a Dios.

27. Que ninguno de vosotros que sea rico en este mundo procure excusarse de esto diciendo disparates. Es un disparate total y rematado decir: «Oh, yo me puedo permitir esto o aquello». Si tenéis alguna consideración por el sentido común, que esa palabra necia no salga nunca de vuestra boca. Ningún hombre en el mundo puede permitirse derrochar parte alguna de lo que Dios ha encomendado a su cuidado. Nadie puede permitirse arrojar al mar parte alguna de aquel alimento y aquel vestido que se depositaron en sus manos precisamente para alimentar al hambriento y vestir al desnudo. Y es mucho peor que el simple derroche gastar parte alguna de ello en vestidos vistosos o costosos. Porque esto no es menos que convertir el alimento sano en veneno mortal. Es dar tanto dinero para envenenaros a vosotros mismos y a otros, hasta donde se extienda vuestro ejemplo, con soberbia, vanidad, ira, lujuria, amor del mundo y mil «codicias necias y dañosas», que tienden a «traspasarlos de muchos dolores». ¿Y no hay mal alguno en todo esto? ¡Oh Dios, levántate y defiende tu propia causa! ¡No permitas que los hombres o los demonios nos saquen más los ojos y nos conduzcan con los ojos vendados al pozo de la destrucción!

28. Os suplico a todo hombre que está aquí presente delante de Dios, a toda mujer, joven o anciana, casada o soltera, sí, a todo niño que sabe distinguir el bien del mal: tomad esto para vosotros. Cada uno de vosotros, por su parte, siga el consejo del Apóstol; al menos, no impida a otros seguirlo. Os suplico, oh padres, que no impidáis a vuestros hijos seguir sus propias convicciones, aunque penséis que se verían más lindos adornados con las baratijas que llevan otros niños. ¡Os suplico, oh maridos, que no se lo impidáis a vuestras esposas! ¡Vosotras, oh esposas, no impidáis a vuestros maridos, ni de palabra ni de obra, obrar exactamente como estén persuadidos en su propia mente! Sobre todo, os conjuro a vosotros, medio metodistas, vosotros que oscilais entre nosotros y el mundo, vosotros que con frecuencia, quizá constantemente, oís nuestra predicación, pero no tenéis más conexión con nosotros; sí, y a todos vosotros que una vez estuvisteis en plena conexión con nosotros, pero ya no lo estáis: hagáis lo que hagáis vosotros mismos, ¡no digáis una sola palabra para impedir que otros reciban y practiquen el consejo que acaba de darse! Todavía un poco, y no necesitaremos estas pobres cubiertas; porque este cuerpo corruptible se vestirá de incorrupción. Todavía unos pocos días, y este cuerpo mortal se vestirá de inmortalidad. Entre tanto, sea este nuestro único cuidado: «despojarnos del viejo hombre» —nuestra vieja naturaleza—, «que está viciado» —que es del todo malo—, y «vestirnos del nuevo hombre, que es creado conforme a Dios en justicia y en verdadera santidad». En particular, «vestíos, como escogidos de Dios, de entrañas de misericordia, de benignidad, de mansedumbre, de paciencia». Sí, para resumirlo todo en una palabra, «vestíos de Cristo»; para que, «cuando él se manifieste, vosotros también seáis manifestados con él en gloria».

Página 1 / 1 · 23 min restantes en el capítulo
Anterior Siguiente