Sermones en diversas ocasiones
Las primicias del Espíritu

Capítulo 9 · 24 min de lectura · 30 min de escucha

Las primicias del Espíritu

Sermón 8

LAS PRIMICIAS DEL ESPÍRITU

«Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.»

Romanos 8:1

1. Por «los que están en Cristo Jesús», san Pablo entiende claramente a los que creen de verdad en él; a los que, «justificados por la fe, tienen paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo». Los que así creen ya no «andan conforme a la carne», ya no siguen los impulsos de la naturaleza corrompida, sino «conforme al Espíritu»; tanto sus pensamientos como sus palabras y sus obras están bajo la dirección del bendito Espíritu de Dios.

2. «Ahora, pues, ninguna condenación hay para» estos. No hay para ellos condenación de parte de Dios; porque él los ha justificado «gratuitamente por su gracia, por la redención que es en Jesús». Él les ha perdonado todas sus iniquidades y ha borrado todos sus pecados. Y no hay para ellos condenación desde dentro; porque «han recibido, no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que es de Dios, para que conozcan lo que Dios les ha dado gratuitamente» (1 Corintios 2:12); y ese Espíritu «da testimonio a su espíritu de que son hijos de Dios». A esto se añade el testimonio de su conciencia, «que con sencillez y sinceridad de Dios, no con sabiduría carnal, sino con la gracia de Dios, se han conducido en el mundo» (2 Corintios 1:12).

3. Pero como esta escritura ha sido tan frecuentemente mal entendida, y de manera tan peligrosa; como multitudes tan grandes de «indoctos e inconstantes» (hoi amatheis kai asteriktoi, hombres no enseñados por Dios y, por consiguiente, no afirmados en la verdad que es según la piedad) la han torcido para su propia perdición, me propongo mostrar, con la mayor claridad que pueda, primero, quiénes son los que están en Cristo Jesús y no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu; y, en segundo lugar, cómo no hay condenación para estos. Concluiré con algunas inferencias prácticas.

I. 1. En primer lugar, he de mostrar quiénes son los que «están en Cristo Jesús». ¿Y no son acaso los que creen en su nombre? ¿Los que son «hallados en él, no teniendo su propia justicia, sino la justicia que es de Dios por la fe»? De estos, «que tienen redención por su sangre», se dice con propiedad que están en él; porque moran en Cristo, y Cristo en ellos. Están unidos al Señor en un mismo Espíritu. Están injertados en él como los pámpanos en la vid. Están unidos, como los miembros a su cabeza, de una manera que las palabras no pueden expresar, ni pudo antes subir a su corazón concebirla.

2. Ahora bien, «todo aquel que permanece en él, no peca»; «no anda conforme a la carne». La carne, en el lenguaje habitual de san Pablo, significa la naturaleza corrompida. En este sentido usa la palabra al escribir a los gálatas: «Manifiestas son las obras de la carne» (Gálatas 5:19); y un poco antes: «Andad en el Espíritu, y no satisfaréis la concupiscencia» (o el deseo) «de la carne» (v. 16). Para probar esto, a saber, que los que «andan por el Espíritu» no «satisfacen las concupiscencias de la carne», añade enseguida: «Porque la carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne (pues estos se oponen el uno al otro), para que no hagáis lo que quisiereis». Así se traducen literalmente las palabras; hina me ha an thelete, tauta poiete; no: «De modo que no podéis hacer lo que quisiereis», como si la carne venciera al Espíritu: traducción que no solo nada tiene que ver con el texto original del apóstol, sino que además deja sin valor todo su argumento; más aún, afirma precisamente lo contrario de lo que él está probando.

3. Los que son de Cristo, los que permanecen en él, «han crucificado la carne con sus afectos y concupiscencias». Se abstienen de todas aquellas obras de la carne: del «adulterio y la fornicación»; de la «inmundicia y la lascivia»; de la «idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos»; de los «celos, iras, contiendas, sediciones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías»; de todo designio, palabra y obra a que conduce la corrupción de la naturaleza. Aunque sienten en sí mismos la raíz de amargura, están, sin embargo, investidos de poder desde lo alto para pisotearla continuamente, de modo que no puede «brotar y estorbarlos»; tanto que cada nuevo asalto que sufren solo les da nueva ocasión de alabanza, de exclamar: «Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo».

4. Ahora «andan conforme al Espíritu», tanto en su corazón como en su vida. Él les enseña a amar a Dios y a su prójimo con un amor que es como «una fuente de agua que salta para vida eterna». Y por él son llevados a todo santo deseo, a toda disposición divina y celestial, hasta que cada pensamiento que surge en su corazón es santidad al Señor.

5. Los que «andan conforme al Espíritu» son también llevados por él a toda santidad de conducta. Su «palabra es siempre con gracia, sazonada con sal»; con el amor y el temor de Dios. «Ninguna palabra corrompida sale de su boca, sino solo la que es buena», la que es «para edificación», la que es «a propósito para dar gracia a los oyentes». Y en esto también se ejercitan día y noche: en hacer solo las cosas que agradan a Dios; en seguir, en toda su conducta exterior, a aquel «que nos dejó ejemplo para que sigamos sus pisadas»; en andar, en todo su trato con el prójimo, en justicia, misericordia y verdad; y en que «todo lo que hacen», en cada circunstancia de la vida, lo «hagan todo para la gloria de Dios.

6. Estos son los que de veras «andan conforme al Espíritu». Llenos de fe y del Espíritu Santo, poseen en su corazón, y manifiestan en su vida, en todo el curso de sus palabras y acciones, los genuinos frutos del Espíritu de Dios, a saber: «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza», y todo lo demás que es amable o digno de alabanza. «Adornan en todo el evangelio de Dios nuestro Salvador»; y dan plena prueba a todos los hombres de que verdaderamente los mueve el mismo Espíritu «que levantó de los muertos a Jesús».

II. 1. Me propuse mostrar, en segundo lugar, cómo «no hay condenación para los que están» así «en Cristo Jesús», y así «no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu».

Y, primero, para los creyentes en Cristo que así andan, «no hay condenación» a causa de sus pecados pasados. Dios no los condena por ninguno de ellos; son como si nunca hubieran existido; están echados «como una piedra en lo profundo del mar», y él no se acuerda más de ellos. Dios, habiendo «propuesto a su Hijo como propiciación» por ellos, «por la fe en su sangre», les ha declarado «su justicia para la remisión de los pecados pasados». Por tanto, no les imputa ninguno de ellos; su memoria pereció con ellos.

2. Y no hay condenación en su propio pecho; ningún sentimiento de culpa, ni temor de la ira de Dios. «Tienen el testimonio en sí mismos»: son conscientes de su parte en la sangre del rociamiento. «No han recibido otra vez el espíritu de servidumbre para estar en temor», en duda y en atormentadora incertidumbre; sino que «han recibido el Espíritu de adopción», que clama en su corazón: «¡Abba, Padre!». Así, «justificados por la fe», tienen la paz de Dios gobernando en su corazón, la cual brota de un sentimiento continuo de su misericordia perdonadora y de «la aspiración de una buena conciencia hacia Dios».

3. Si se dice: «Pero a veces un creyente en Cristo puede perder de vista la misericordia de Dios; a veces pueden caer sobre él tales tinieblas que ya no ve al que es invisible, ya no siente en sí aquel testimonio de su parte en la sangre expiatoria; y entonces queda interiormente condenado, tiene otra vez “la sentencia de muerte en sí mismo”: respondo que, suponiendo que así sea, suponiendo que no vea la misericordia de Dios, entonces no es creyente; porque la fe implica luz, la luz de Dios que brilla sobre el alma. Así pues, en la medida en que alguien pierde esta luz, pierde, por ese tiempo, su fe. Y, sin duda, un verdadero creyente en Cristo puede perder la luz de la fe; y en cuanto la pierde, puede, por un tiempo, caer de nuevo en condenación. Pero este no es el caso de los que ahora «están en Cristo Jesús», de los que ahora creen en su nombre. Porque mientras creen y andan conforme al Espíritu, ni Dios los condena, ni su propio corazón.

4. No son condenados, en segundo lugar, por ningún pecado presente, por quebrantar ahora los mandamientos de Dios. Porque no los quebrantan: no «andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu». Esta es la prueba continua de su «amor a Dios, que guardan sus mandamientos», como da testimonio san Juan: «Todo aquel que es nacido de Dios no hace pecado, porque su simiente permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios»: no puede, mientras aquella simiente de Dios, aquella fe amorosa y santa, permanece en él. Mientras «se guarda a sí mismo» en ella, «el maligno no le toca». Ahora bien, es evidente que no es condenado por los pecados que no comete en absoluto. Por tanto, los que así son «guiados por el Espíritu no están bajo la ley» (Gálatas 5:18): no bajo su maldición o condenación; porque ella no condena sino a los que la quebrantan. Así, aquella ley de Dios: «No hurtarás», no condena sino a los que hurtan. Así: «Acuérdate del día de reposo para santificarlo», condena solo a los que no lo santifican. Pero contra los frutos del Espíritu «no hay ley» (5:23); como el apóstol declara más ampliamente en aquellas memorables palabras de su primera epístola a Timoteo: «Sabemos que la ley es buena, si alguno usa de ella legítimamente; conociendo esto», (si, mientras usa la ley de Dios, ya para convencer, ya para dirigir, sabe y recuerda esto), hoti dikaio nomos ou keitai, (no: «que la ley no es puesta para el justo», sino) «que la ley no está contra el justo»: no tiene fuerza contra él, ni poder para condenarlo; «sino contra los injustos y desobedientes, contra los impíos y pecadores, contra los malos y profanos; según el evangelio de la gloria del Dios bendito». (1 Timoteo 1:8, 9, 11).

5. No son condenados, en tercer lugar, por el pecado interior, aunque ahora permanezca. Que la corrupción de la naturaleza permanece todavía, aun en los que son hijos de Dios por la fe; que hay en ellos semillas de orgullo y de vanidad, de ira, de concupiscencia y de mal deseo, y aun de pecado de toda clase, es demasiado claro para negarse, pues es cosa de experiencia diaria. Y por esta razón san Pablo, hablando a aquellos de quienes acababa de testificar que estaban «en Cristo Jesús» (1 Corintios 1:2, 9), que habían sido «llamados a la comunión» (o participación) «con su Hijo Jesucristo», declara sin embargo: «De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo» (1 Corintios 3:1): «niños en Cristo»; vemos, pues, que estaban «en Cristo»; eran creyentes en un grado bajo. ¡Y, con todo, cuánto pecado quedaba en ellos! ¡De aquella «intención de la carne, que no se sujeta a la ley de Dios»!

6. Y, a pesar de todo esto, no son condenados. Aunque sienten la carne, la naturaleza mala, en ellos; aunque cada día son más conscientes de que su «corazón es engañoso y perverso»; sin embargo, mientras no cedan a ello; mientras no den lugar al diablo; mientras mantengan una guerra continua contra todo pecado, contra el orgullo, la ira y el deseo, de modo que la carne no se enseñoree de ellos, sino que sigan «andando conforme al Espíritu», «ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús». Dios se complace en su obediencia sincera, aunque imperfecta; y ellos «tienen confianza en Dios», sabiendo que son suyos «por el Espíritu que les ha dado». (1 Juan 3:24).

7. Más aún, en cuarto lugar, aunque están continuamente convencidos del pecado que se adhiere a todo lo que hacen; aunque son conscientes de no cumplir la ley perfecta, ni en sus pensamientos, ni en sus palabras, ni en sus obras; aunque saben que no aman al Señor su Dios con todo su corazón, y mente, y alma, y fuerzas; aunque sienten, en mayor o menor grado, el orgullo o la voluntad propia que se insinúa y se mezcla con sus mejores deberes; aunque aun en su trato más inmediato con Dios, cuando se reúnen con la gran congregación y cuando derraman su alma en secreto delante de aquel que ve todos los pensamientos e intenciones del corazón, se avergüenzan continuamente de sus pensamientos errantes, o de la muerte y el embotamiento de sus afectos; con todo, sigue sin haber condenación para ellos, ni de parte de Dios ni de su propio corazón. La consideración de estos múltiples defectos solo les da un sentimiento más hondo de que siempre necesitan aquella sangre del rociamiento que habla por ellos a los oídos de Dios, y de aquel Abogado para con el Padre «que vive siempre para interceder por ellos». Tan lejos están estos defectos de apartarlos de aquel en quien han creído, que más bien los empujan más cerca de aquel de quien sienten necesidad a cada momento. Y, al mismo tiempo, cuanto más hondo es el sentimiento que tienen de esta necesidad, más ardiente es el deseo que sienten, y más diligentes son, para que, como «han recibido al Señor Jesús, así anden en él».

8. No son condenados, en quinto lugar, por los pecados de flaqueza, como suelen llamarse. Quizá sería preferible llamarlos más bien flaquezas, para que no parezca que damos algún apoyo al pecado, o que lo atenuamos en algún grado, al juntarlo así con la flaqueza. Pero (si hemos de conservar una expresión tan ambigua y peligrosa), por pecados de flaqueza entendería yo faltas involuntarias tales como decir algo que creemos verdadero, aunque de hecho resulte falso; o perjudicar a nuestro prójimo sin saberlo ni pretenderlo, quizá cuando pretendíamos hacerle bien. Aunque estas son desviaciones de la voluntad de Dios, santa, agradable y perfecta, no son propiamente pecados, ni traen culpa alguna sobre la conciencia de «los que están en Cristo Jesús». No hacen separación entre Dios y ellos, ni interceptan la luz de su rostro, ya que no son en modo alguno incompatibles con su carácter general de «no andar conforme a la carne, sino conforme al Espíritu».

9. Por último. «No hay condenación» para ellos por nada en absoluto que no esté en su poder evitar, sea de naturaleza interior o exterior, y sea hacer algo o dejar algo sin hacer. Por ejemplo, se ha de administrar la Cena del Señor, pero tú no participas de ella. ¿Por qué no? Estás retenido por la enfermedad; por tanto, no puedes evitar omitirla; y por la misma razón no eres condenado. No hay culpa, porque no hay elección. Pues si «hay voluntad pronta, es aceptada según lo que uno tiene, no según lo que no tiene».

10. Un creyente, ciertamente, puede a veces estar afligido porque no puede hacer lo que su alma anhela. Puede clamar, cuando se ve impedido de adorar a Dios en la gran congregación: «Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo vendré y me presentaré delante de Dios?». Puede desear ardientemente (diciendo siempre en su corazón: «No como yo quiero, sino como tú») «ir otra vez con la multitud, y conducirla hasta la casa de Dios». Pero, con todo, si no puede ir, no siente condenación, ni culpa, ni sentimiento alguno del desagrado de Dios; sino que puede renunciar alegremente a esos deseos diciendo: «¡Oh alma mía, espera en Dios!, porque aún he de alabarle, a él, que es la salud de mi rostro y mi Dios».

11. Es más difícil decidir acerca de los que suelen llamarse pecados de sorpresa: como cuando uno que por lo común posee su alma en paciencia, ante una tentación súbita y violenta, habla u obra de un modo que no concuerda con la ley real: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Quizá no sea fácil fijar una regla general sobre transgresiones de esta naturaleza. No podemos decir ni que los hombres son condenados ni que no lo son por los pecados de sorpresa en general; pero parece que, siempre que un creyente es sorprendido en alguna falta, hay más o menos condenación, según haya más o menos concurrencia de su voluntad. En la proporción en que un deseo, una palabra o una acción pecaminosa es más o menos voluntaria, así podemos concebir que Dios está más o menos desagradado, y que hay más o menos culpa sobre el alma.

12. Pero, si es así, puede haber algunos pecados de sorpresa que traigan mucha culpa y condenación. Porque, en algunos casos, el ser sorprendidos se debe a alguna negligencia voluntaria y culpable; o a una somnolencia del alma que podía haberse prevenido o sacudido antes de que viniera la tentación. Un hombre puede haber sido advertido de antemano, por Dios o por los hombres, de que las pruebas y los peligros están cerca; y, sin embargo, decir en su corazón: «Un poco más de sueño, un poco más de cruzar las manos para reposo». Ahora bien, si alguien así cae después, aunque desprevenido, en el lazo que podía haber evitado, el que cayera desprevenido no le sirve de excusa; podía haber previsto y esquivado el peligro. El caer, aun por sorpresa, en un caso como este, es en efecto un pecado voluntario; y, como tal, ha de exponer al pecador a condenación, tanto de parte de Dios como de su propia conciencia.

13. Por otra parte, puede haber asaltos repentinos, ya del mundo, ya del dios de este mundo, y con frecuencia de nuestro propio corazón malo, que no previmos, y apenas podíamos prever. Y por ellos aun un creyente, mientras es débil en la fe, puede quizá ser arrastrado, supongamos, a cierto grado de ira, o a pensar mal de otro, casi sin concurrencia de su voluntad. Ahora bien, en tal caso, el Dios celoso le mostraría sin duda que ha obrado neciamente. Quedaría convencido de haberse desviado de la ley perfecta, del sentir que hubo en Cristo, y por consiguiente entristecido con una tristeza según Dios, y amorosamente avergonzado delante de Dios. Pero no necesita venir a condenación. Dios no le imputa la necedad, sino que tiene compasión de él, «como el padre se compadece de sus hijos». Y su corazón no lo condena: en medio de aquella tristeza y vergüenza todavía puede decir: «Confiaré, y no temeré; porque mi fortaleza y mi canción es el Señor Jehová, el cual ha sido también mi salvación».

III. 1. Solo queda sacar algunas inferencias prácticas de las consideraciones anteriores. Y, primero, si «ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús», y «no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu», a causa de su pecado pasado, entonces ¿por qué temes, oh tú, hombre de poca fe? Aunque tus pecados fueran en otro tiempo más numerosos que la arena, ¿qué es eso para ti, ahora que estás en Cristo Jesús? «¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará?» Todos los pecados que has cometido desde tu juventud hasta la hora en que fuiste «aceptado en el Amado» han sido arrebatados como el tamo, se han ido, se han perdido, han sido tragados, y no se recuerdan más. Ahora eres «nacido del Espíritu»: ¿vas a turbarte o a temer por lo que se hizo antes de que nacieras? ¡Fuera tus temores! No eres llamado al temor, sino al «espíritu de amor y de dominio propio». ¡Conoce tu llamamiento! ¡Regocíjate en Dios tu Salvador, y da gracias por él a Dios tu Padre!

2. ¿Dirás: «Pero he vuelto a cometer pecado desde que tuve redención por su sangre? Y por eso “me aborrezco, y me arrepiento en el polvo y la ceniza”. Justo es que te aborrezcas; y es Dios quien ha obrado en ti esto mismo. Pero ¿crees ahora? ¿Te ha capacitado él otra vez para decir: «Yo sé que mi Redentor vive»; «y lo que ahora vivo, lo vivo en la fe del Hijo de Dios»? Entonces esa fe vuelve a cancelar todo lo pasado, y no hay condenación para ti. En cualquier momento en que creas de verdad en el nombre del Hijo de Dios, todos tus pecados anteriores a aquella hora se desvanecen como el rocío de la mañana. Ahora, pues, «estate firme en la libertad con que Cristo te hizo libre». Él te ha hecho libre una vez más del poder del pecado, así como de su culpa y su castigo. ¡Oh, «no vuelvas otra vez a ser preso en el yugo de servidumbre»! Ni en la vil y diabólica servidumbre del pecado, de los malos deseos, de las malas disposiciones, palabras u obras, el yugo más penoso de este lado del infierno; ni en la servidumbre del temor servil y atormentador, de la culpa y de la propia condenación.

3. Pero, en segundo lugar, ¿todos los que permanecen «en Cristo Jesús no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu»? Entonces no podemos menos que inferir que todo aquel que ahora comete pecado no tiene parte ni suerte en este asunto. Ya ahora lo condena su propio corazón. Pero, «si nuestro corazón nos reprende», si nuestra propia conciencia da testimonio de que somos culpables, sin duda Dios también lo hace; porque «mayor es Dios que nuestro corazón, y conoce todas las cosas»; de modo que no podemos engañarle a él, aunque podamos engañarnos a nosotros mismos. Y no pienses decir: «Yo fui justificado una vez; mis pecados me fueron perdonados una vez»: eso no lo sé, ni voy a discutir si lo fueron o no. Quizá, a esta distancia de tiempo, sea casi imposible saber, con un grado aceptable de certeza, si aquella fue una obra verdadera y genuina de Dios, o si solo engañaste a tu propia alma. Pero esto sé, con el mayor grado de certeza: «el que hace pecado es del diablo». Por tanto, tú eres de tu padre el diablo. No se puede negar: porque haces las obras de tu padre. ¡Oh, no te halagues con vanas esperanzas! No digas a tu alma: «¡Paz, paz!», porque no hay paz. ¡Clama en alta voz! ¡Clama a Dios desde lo profundo, por si acaso oye tu voz! ¡Ven a él como al principio, desdichado y pobre, pecador, miserable, ciego y desnudo! Y guárdate de dejar a tu alma tomar descanso hasta que su amor perdonador te sea revelado de nuevo; hasta que él «sane tus rebeliones» y te llene otra vez de la «fe que obra por el amor».

4. En tercer lugar. ¿No hay condenación para los que «andan conforme al Espíritu» a causa del pecado interior que aún permanece, mientras no cedan a él; ni a causa del pecado que se adhiere a todo lo que hacen? Entonces no te impacientes a causa de la impiedad, aunque todavía permanezca en tu corazón. No te quejes porque todavía estás lejos de la gloriosa imagen de Dios; ni tampoco porque el orgullo, la voluntad propia o la incredulidad se adhieren a todas tus palabras y obras. Y no temas conocer todo este mal de tu corazón, conocerte a ti mismo como también eres conocido. Más aún, pide a Dios que no tengas de ti mismo más alto concepto que el que debes tener. Sea tu oración continua:

Muéstrame, cuanto mi alma soporte,

la hondura del pecado innato;

declárame toda la incredulidad,

el orgullo que acecha dentro.

Pero cuando él oiga tu oración y desvele tu corazón; cuando te muestre por completo de qué espíritu eres, guárdate entonces de que tu fe no te falte, de que no te dejes arrancar el escudo. Sé abatido. Sé humillado hasta el polvo. Mírate como nada, menos que nada, y vanidad. Pero todavía: «No se turbe tu corazón, ni tenga miedo». Mantente firme aún: «Yo, aun yo, tengo un Abogado para con el Padre, a Jesucristo el justo». «Y como son más altos los cielos que la tierra, así es su amor más alto aun que mis pecados». ¡Por tanto, Dios es propicio a ti, pecador!, ¡a un pecador como tú! ¡Dios es amor, y Cristo ha muerto! ¡Por tanto, el Padre mismo te ama! ¡Tú eres su hijo! Por tanto, no te negará ninguna cosa buena. ¿Es bueno que todo el cuerpo del pecado, que ahora está crucificado en ti, sea destruido? ¡Se hará! Serás «limpiado de toda inmundicia de carne y de espíritu». ¿Es bueno que nada quede en tu corazón sino solo el puro amor de Dios? ¡Ten buen ánimo! «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y mente, y alma, y fuerzas». «Fiel es el que prometió, el cual también lo hará». A ti te toca continuar con paciencia en la obra de la fe y en el trabajo del amor; y, en paz gozosa, en humilde confianza, con una espera tranquila y resignada, y a la vez ferviente, aguardar hasta que el celo del Señor de los ejércitos haga esto.

5. En cuarto lugar. Si los que «están en Cristo» y «andan conforme al Espíritu» no son condenados por los pecados de flaqueza, como tampoco por las faltas involuntarias, ni por nada en absoluto que no puedan evitar, entonces guárdate, oh tú que tienes fe en su sangre, de que Satanás saque en esto ventaja sobre ti. Todavía eres necio y débil, ciego e ignorante; más débil de lo que ninguna palabra puede expresar; más necio de lo que aún puede subir a tu corazón concebir; sin saber todavía nada como debes saberlo. Con todo, no permitas que toda tu debilidad y necedad, ni fruto alguno de ellas que aún no puedes evitar, sacuda tu fe, tu confianza filial en Dios, ni turbe tu paz ni tu gozo en el Señor. La regla que algunos dan respecto a los pecados voluntarios, y que en ese caso quizá sea peligrosa, es sin duda sabia y segura si se aplica solo al caso de la debilidad y las flaquezas. ¿Has caído, oh hombre de Dios? Pues no te quedes ahí tendido, impacientándote y lamentando tu debilidad; antes di con mansedumbre: «Señor, caeré a cada momento si tú no me sostienes con tu mano». ¡Y luego levántate! ¡Salta y anda! ¡Sigue tu camino! «Corre con paciencia la carrera que te es propuesta».

6. Por último. Puesto que un creyente no necesita venir a condenación, aun cuando sea sorprendido en aquello que su alma aborrece (suponiendo que el haber sido sorprendido no se deba a descuido o negligencia voluntaria de su parte), si tú que crees eres así sorprendido en alguna falta, entristécete entonces delante del Señor; te será un bálsamo precioso. Derrama tu corazón delante de él, y muéstrale tu angustia, y ruega con todas tus fuerzas a aquel que «se compadece de tus flaquezas», que establezca, fortalezca y afirme tu alma, y no te deje caer más. Pero aun así él no te condena. ¿Por qué habrías de temer? No tienes necesidad de ningún «temor que lleva en sí castigo». Amarás a aquel que te ama, y eso basta: más amor traerá más fuerza. Y, tan pronto como lo ames con todo tu corazón, serás perfecto y cabal, sin que te falte cosa alguna». ¡Espera en paz aquella hora en que el Dios de paz te santifique por completo, para que todo tu espíritu, alma y cuerpo sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo!»

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