Capítulo 10 · 30 min de lectura · 39 min de escucha
El espíritu de servidumbre y de adopción
Sermón 9
El espíritu de servidumbre y de adopción.
«No habéis recibido el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor; mas habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!»
Romanos 8:15.
1. SAN PABLO habla aquí a los que son hijos de Dios por la fe. «Vosotros», dice, los que de veras sois sus hijos, y habéis bebido de su Espíritu; «no habéis recibido el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor»; «sino que, por cuanto sois hijos, Dios envió el Espíritu de su Hijo a vuestros corazones». «Habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!»
2. El espíritu de servidumbre y de temor dista mucho de este amoroso Espíritu de adopción. Los que solo se mueven por un temor servil no pueden llamarse «hijos de Dios»; sin embargo, algunos de ellos pueden llamarse sus siervos, y «no están lejos del reino de los cielos».
3. Pero es de temer que la mayor parte de la humanidad, y aun de lo que se llama el mundo cristiano, no haya alcanzado ni siquiera esto, sino que esté todavía lejos, y que «no haya Dios en ninguno de sus pensamientos». Pueden hallarse unos pocos nombres de los que aman a Dios; algunos más hay que le temen; pero la mayor parte no tiene ni el temor de Dios delante de sus ojos, ni el amor de Dios en su corazón.
4. Quizá la mayoría de vosotros, que por la misericordia de Dios participáis ahora de un espíritu mejor, recordéis el tiempo en que erais como ellos, en que estabais bajo la misma condenación. Pero al principio no lo sabíais, aunque os revolcabais cada día en vuestros pecados y en vuestra sangre; hasta que, a su debido tiempo, «recibisteis el espíritu de temor» (lo recibisteis, porque también este es don de Dios); y después el temor se desvaneció, y el Espíritu de amor llenó vuestros corazones.
5. Al que se halla en el primer estado del alma, sin temor ni amor, la Escritura lo llama «hombre natural». Del que está bajo el espíritu de servidumbre y de temor se dice a veces que está «bajo la ley» (aunque esa expresión significa más frecuentemente al que está bajo la dispensación judía, o al que se cree obligado a observar todos los ritos y ceremonias de la ley judía). Pero del que ha cambiado el espíritu de temor por el Espíritu de amor se dice con propiedad que está «bajo la gracia».
Ahora bien, como nos importa sobremanera saber de qué espíritu somos, procuraré señalar con claridad: primero, el estado de un «hombre natural»; segundo, el de uno que está «bajo la ley»; y tercero, el de uno que está «bajo la gracia».
I. 1. Y, primero, el estado de un hombre natural. La Escritura lo presenta como un estado de sueño: la voz de Dios le dice: «Despiértate, tú que duermes». Porque su alma está en un sueño profundo: sus sentidos espirituales no están despiertos; no disciernen ni el bien ni el mal espirituales. Los ojos de su entendimiento están cerrados; están sellados, y no ven. Nubes y tinieblas reposan continuamente sobre ellos; porque yace en el valle de sombra de muerte. De ahí que, no teniendo entrada alguna para el conocimiento de las cosas espirituales, cerradas todas las avenidas de su alma, esté en una ignorancia grosera y estúpida de todo lo que más le importa saber. Ignora por completo a Dios, y no sabe nada acerca de él como debería saberlo. Es totalmente extraño a la ley de Dios, en cuanto a su verdadero sentido interior y espiritual. No tiene idea de aquella santidad evangélica sin la cual nadie verá al Señor; ni de la felicidad que solo hallan aquellos cuya «vida está escondida con Cristo en Dios».
2. Y por esta misma razón, porque está profundamente dormido, está en cierto sentido en reposo. Porque es ciego, está también seguro. Dice: «¡Bah!, nunca me alcanzará el infortunio». Las tinieblas que lo cubren por todas partes lo mantienen en una especie de paz; en la medida en que la paz puede ser compatible con las obras del diablo y con un ánimo terrenal y diabólico. No ve que está al borde del abismo, y por eso no lo teme. No puede temblar ante el peligro que no conoce. No tiene entendimiento suficiente para temer. ¿Por qué no siente ningún temor de Dios? Porque lo ignora por completo. Si no dice en su corazón: «No hay Dios»; o que «está sentado sobre el círculo de los cielos», y no «se humilla a mirar las cosas que se hacen en la tierra», se da por satisfecho igualmente, para todos los fines y propósitos epicúreos, diciendo: «Dios es misericordioso»; confundiendo y tragándose de una vez, en esa pesada idea de misericordia, toda su santidad y su odio esencial al pecado, toda su justicia, sabiduría y verdad. No siente ningún temor de la venganza anunciada contra los que no obedecen la bendita ley de Dios, porque no la entiende. Se imagina que lo principal es hacer esto, ser irreprensible exteriormente; y no ve que la ley se extiende a toda disposición, deseo, pensamiento y movimiento del corazón. O imagina que la obligación de cumplirla ha cesado; que Cristo vino a «abrogar la ley o los profetas»; a salvar a su pueblo en sus pecados, no de ellos; a llevarlos al cielo sin santidad; a pesar de sus propias palabras: «Ni una jota ni un tilde pasará de la ley, hasta que todas las cosas se hayan cumplido»; y: «No todo el que me dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos».
3. Está seguro porque se ignora por completo a sí mismo. Por eso habla de «arrepentirse más adelante»; no sabe, en verdad, exactamente cuándo, pero alguna vez antes de morir; dando por sentado que eso está enteramente en su poder. Porque ¿qué le impediría hacerlo, si quiere? ¡Con que solo tome una vez la resolución, no hay temor de que no la cumpla!
4. Pero esta ignorancia nunca resalta tanto como en los que se llaman hombres doctos. Si un hombre natural es uno de ellos, puede hablar largamente de sus facultades racionales, de la libertad de su voluntad y de la absoluta necesidad de tal libertad para constituir al hombre en agente moral. Lee, y argumenta, y prueba hasta la demostración que todo hombre puede hacer lo que quiere; que puede inclinar su propio corazón al mal o al bien, según le parezca mejor a sus propios ojos. Así el dios de este mundo extiende un doble velo de ceguera sobre su corazón, no sea que de algún modo «le resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo».
5. De la misma ignorancia de sí mismo y de Dios puede surgir a veces en el hombre natural una especie de gozo, al felicitarse por su propia sabiduría y bondad; y lo que el mundo llama gozo puede poseerlo a menudo. Puede tener placeres de diversas clases; ya en satisfacer los deseos de la carne, o el deseo de los ojos, o la vanagloria de la vida; especialmente si tiene grandes posesiones, si goza de una fortuna opulenta; entonces puede «vestirse de púrpura y de lino fino, y hacer cada día banquete con esplendidez». Y mientras así se trate bien a sí mismo, los hombres sin duda hablarán bien de él. Dirán: «Es un hombre feliz». Porque, en verdad, esta es la suma de la felicidad mundana: vestirse, y hacer visitas, y conversar, y comer, y beber, y levantarse a divertirse.
6. No es de extrañar que uno en circunstancias como estas, adormecido con los opiáceos de la lisonja y del pecado, se imagine, entre sus otros sueños de vigilia, que anda en gran libertad. ¡Con qué facilidad puede persuadirse de que está libre de todos los errores vulgares y del prejuicio de la educación; que juzga con toda exactitud y se mantiene lejos de todos los extremos! «Yo estoy libre», puede decir, «de todo el entusiasmo de las almas débiles y estrechas; de la superstición, la enfermedad de los necios y los cobardes, siempre demasiado justos; y de la intolerancia, en que caen continuamente los que no tienen un modo de pensar libre y generoso». Y demasiado cierto es que está del todo libre de la «sabiduría que es de lo alto», de la santidad, de la religión del corazón, de todo el sentir que hubo en Cristo.
7. Porque todo este tiempo es siervo del pecado. Comete pecado, más o menos, día tras día. Sin embargo, no se turba: «no está en ninguna servidumbre», como dicen algunos; no siente condenación. Se contenta (aunque profese creer que la revelación cristiana es de Dios) con decir: «El hombre es frágil. Todos somos débiles. Cada cual tiene su flaqueza». Quizá cite la Escritura: «Pues ¿no dice Salomón: “El justo cae en pecado siete veces al día”? Y sin duda son todos hipócritas o entusiastas los que pretenden ser mejores que sus vecinos». Si en algún momento se fija en él un pensamiento serio, lo ahoga cuanto antes con: «¿Por qué he de temer, si Dios es misericordioso y Cristo murió por los pecadores?». Así permanece como siervo voluntario del pecado, contento con la servidumbre de corrupción; impío por dentro y por fuera, y satisfecho de ello; no solo sin vencer el pecado, sino sin esforzarse por vencerlo, en especial aquel pecado que tan fácilmente lo asedia.
8. Tal es el estado de todo hombre natural, ya sea un transgresor grosero y escandaloso, ya un pecador más respetable y decente, que tiene la apariencia, aunque no la eficacia, de la piedad. Pero ¿cómo puede uno así ser convencido de pecado? ¿Cómo es llevado a arrepentirse? ¿A estar bajo la ley? ¿A recibir el espíritu de servidumbre para temor? Este es el punto que ha de considerarse a continuación.
II. 1. Por alguna providencia terrible, o por su palabra aplicada con demostración de su Espíritu, Dios toca el corazón del que yacía dormido en tinieblas y en sombra de muerte. Es sacudido terriblemente de su sueño, y despierta a la conciencia de su peligro. Quizá en un momento, quizá por grados, los ojos de su entendimiento se abren, y ahora por primera vez (quitado en parte el velo) disciernen el estado real en que se encuentra. Una luz horrenda irrumpe en su alma; una luz tal como puede concebirse que reluzca desde el abismo sin fondo, desde lo más profundo, desde un lago de fuego que arde con azufre. Ve por fin que el Dios amoroso y misericordioso es también «fuego consumidor»; que es un Dios justo y terrible, que paga a cada hombre conforme a sus obras, que entra en juicio con los impíos por toda palabra ociosa, y aun por las imaginaciones del corazón. Ahora percibe claramente que el Dios grande y santo es «muy limpio de ojos para ver el mal»; que es vengador de todo el que se rebela contra él, y da el pago en su cara al impío; y que «horrenda cosa es caer en las manos del Dios vivo».
2. El sentido interior y espiritual de la ley de Dios comienza ahora a resplandecer ante él. Percibe que «el mandamiento es ancho sobremanera», y que «no hay quien se esconda de su luz». Está convencido de que cada parte de él se refiere, no solamente al pecado o a la obediencia exteriores, sino a lo que pasa en los recovecos secretos del alma, que ningún ojo sino el de Dios puede penetrar. Si ahora oye: «No matarás», Dios habla con voz de trueno: «Cualquiera que aborrece a su hermano es homicida»; «el que dice a su hermano: Necio, será reo del fuego del infierno». Si la ley dice: «No cometerás adulterio», la voz del Señor resuena en sus oídos: «El que mira a una mujer para codiciarla ya adulteró con ella en su corazón». Y así, en cada punto, siente la palabra de Dios «viva y eficaz, más cortante que toda espada de dos filos». «Penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos». Y tanto más cuanto que es consciente de haber descuidado una salvación tan grande; de haber «pisoteado al Hijo de Dios», que lo habría salvado de sus pecados, y de haber «tenido por inmunda la sangre del pacto», por cosa común que no santifica.
3. Y como sabe que «todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta», así se ve a sí mismo desnudo, despojado de todas las hojas de higuera que había cosido, de todas sus pobres pretensiones de religión o de virtud, y de sus miserables excusas para pecar contra Dios. Ahora se ve como los antiguos sacrificios, partido, por así decirlo, desde el cuello hacia abajo, de modo que todo lo que hay dentro de él queda al descubierto. Su corazón está desnudo, y ve que todo él es pecado, «engañoso más que todas las cosas, y perverso»; que es del todo corrompido y abominable, más de lo que la lengua puede expresar; que no mora en él cosa buena, sino solo injusticia e impiedad; pues todo movimiento suyo, toda disposición y pensamiento, es de continuo solamente el mal.
4. Y no solo ve, sino que siente en sí mismo, por una conmoción del alma que no puede describir, que por los pecados de su corazón, aun si su vida fuera irreprensible (lo cual, sin embargo, no es ni puede ser, puesto que «no puede el árbol malo dar frutos buenos»), merece ser echado en el fuego que nunca se apagará. Siente que «la paga», la justa recompensa «del pecado», de su pecado sobre todo, «es muerte»; aun la muerte segunda; la muerte que no muere; la destrucción del cuerpo y del alma en el infierno.
5. Aquí termina su sueño agradable, su engañoso reposo, su falsa paz, su vana seguridad. Su gozo se desvanece ahora como una nube; los placeres antes amados ya no deleitan. Le hastían el paladar: aborrece aquella dulzura nauseabunda; está cansado de soportarlos. Las sombras de la felicidad huyen y se hunden en el olvido, de modo que queda despojado de todo, y anda de un lado a otro buscando reposo, sin hallarlo.
6. Disipados ya los vapores de aquellos opiáceos, siente la angustia de un espíritu herido. Descubre que el pecado suelto sobre el alma (sea orgullo, ira o mal deseo, sea voluntad propia, malicia, envidia, venganza o cualquier otro) es completa miseria. Siente tristeza de corazón por las bendiciones que ha perdido y por la maldición que ha venido sobre él; remordimiento por haberse destruido así a sí mismo y haber despreciado sus propias misericordias; temor, nacido de un vivo sentimiento de la ira de Dios y de las consecuencias de su ira, del castigo que justamente ha merecido y que ve suspendido sobre su cabeza; temor de la muerte, que es para él la puerta del infierno, la entrada de la muerte eterna; temor del diablo, el ejecutor de la ira y la justa venganza de Dios; temor de los hombres, que, si pudieran matar su cuerpo, con ello hundirían cuerpo y alma en el infierno; temor que a veces sube a tal altura que la pobre alma, pecadora y culpable, se aterra de todo, de nada, de las sombras, de una hoja movida por el viento. Más aún, a veces puede rayar en la locura, haciendo a un hombre «ebrio, y no de vino», suspendiendo el ejercicio de la memoria, del entendimiento, de todas las facultades naturales. A veces puede llegar hasta el mismo borde de la desesperación; de modo que el que tiembla al nombre de la muerte puede, sin embargo, estar dispuesto a arrojarse a ella en cualquier momento, a «escoger el ahogamiento antes que la vida». Bien puede un hombre así rugir, como aquel de antaño, por la misma conmoción de su corazón. Bien puede clamar: «El espíritu del hombre soportará su enfermedad; mas ¿quién soportará al espíritu angustiado?».
7. Ahora desea de veras soltarse del pecado, y comienza a luchar con él. Pero aunque se esfuerza con todas sus fuerzas, no puede vencer: el pecado es más poderoso que él. Querría escapar; pero está tan encerrado en la prisión que no puede salir. Toma resoluciones contra el pecado, y sin embargo sigue pecando; ve el lazo, y lo aborrece, y corre a él. ¡De tanto le sirve su jactanciosa razón: solo para agravar su culpa y aumentar su miseria! Tal es la libertad de su voluntad: libre solo para el mal; libre para «beber la iniquidad como agua»; para alejarse más y más del Dios vivo, y hacer mayor «afrenta al Espíritu de gracia».
8. Cuanto más se esfuerza, desea y trabaja por ser libre, más siente sus cadenas, las penosas cadenas del pecado, con que Satanás lo ata y lo «tiene cautivo a su voluntad»; su siervo es, por mucho que se queje; aunque se rebele, no puede prevalecer. Sigue en servidumbre y temor a causa del pecado: por lo general, de algún pecado exterior al que está particularmente inclinado, ya por naturaleza, por costumbre o por circunstancias externas; pero siempre de algún pecado interior, alguna mala disposición o afecto impío. Y cuanto más se irrita contra él, más prevalece; puede morder su cadena, pero no romperla. Así se fatiga sin fin, arrepintiéndose y pecando, y arrepintiéndose y pecando otra vez, hasta que al cabo el pobre desdichado, pecador e impotente, no sabe ya qué hacer y apenas puede gemir: «¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?».
9. Toda esta lucha del que está «bajo la ley», bajo el «espíritu de temor y de servidumbre», la describe hermosamente el apóstol en el capítulo anterior, hablando en la persona de un hombre despertado. «Yo», dice, «sin la ley vivía en otro tiempo» (versículo 9): tenía mucha vida, sabiduría, fuerza y virtud; así lo pensaba yo. «Pero, venido el mandamiento, el pecado revivió, y yo morí»: cuando el mandamiento, en su sentido espiritual, llegó a mi corazón con el poder de Dios, mi pecado innato fue removido, irritado, inflamado, y toda mi virtud murió. «Y hallé que el mandamiento, que era para vida, a mí me resultó para muerte. Porque el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató» (versículos 10, 11): vino sobre mí de improviso; mató todas mis esperanzas; y mostró claramente que en medio de la vida yo estaba en la muerte. «De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno» (versículo 12): ya no echo la culpa a ella, sino a la corrupción de mi propio corazón. Reconozco que «la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado» (versículo 14): ahora veo tanto la naturaleza espiritual de la ley como mi propio corazón carnal y diabólico, «vendido al pecado», enteramente esclavizado (como los esclavos comprados con dinero, que estaban por completo a disposición de su amo). «Porque lo que hago, no lo apruebo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago» (versículo 15): tal es la servidumbre bajo la cual gimo; tal la tiranía de mi duro amo. «El querer el bien está en mí, pero no hallo el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago» (versículos 18, 19). «Hallo, pues, esta ley», un poder interior que me constriñe, «que, queriendo yo hacer el bien, el mal está en mí. Porque me deleito» (o consiento) «en la ley de Dios según el hombre interior» (versículos 21, 22): en mi «mente» (así se explica el apóstol en las palabras que siguen inmediatamente; y así se entiende o eso anthropos, el hombre interior, en todos los demás escritores griegos). Pero veo otra ley en mis miembros, otro poder que me constriñe, que se rebela contra la ley de mi mente, o del hombre interior, y que me lleva cautivo a la ley o poder «del pecado» (versículo 23); arrastrándome, por así decirlo, atado a las ruedas del carro de mi vencedor, a lo mismo que mi alma aborrece. «¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?» (versículo 24). ¿Quién me librará de esta vida impotente y moribunda, de esta servidumbre de pecado y miseria? Hasta que esto se haga, «yo mismo» (o más bien, ese yo, autos ego, ese hombre que ahora represento) «con la mente», o el hombre interior, «sirvo a la ley de Dios»; mi mente, mi conciencia, está de parte de Dios; «mas con la carne», con mi cuerpo, «a la ley del pecado» (versículo 25, ), arrastrado por una fuerza a la que no puedo resistir.
10. ¡Qué vivo retrato es este del que está «bajo la ley»; del que siente la carga que no puede sacudirse; del que suspira por libertad, poder y amor, pero sigue en temor y servidumbre! Hasta el momento en que Dios responde al miserable hombre que clama: «¿Quién me librará» de esta servidumbre del pecado, de este cuerpo de muerte? «La gracia de Dios, por Jesucristo tu Señor».
III. 1. Entonces termina esta miserable servidumbre, y ya no está «bajo la ley, sino bajo la gracia». Este es el estado que hemos de considerar en tercer lugar: el estado de uno que ha hallado gracia o favor a los ojos de Dios, el Padre, y que tiene la gracia o poder del Espíritu Santo reinando en su corazón; que ha recibido, en el lenguaje del apóstol, el «Espíritu de adopción, por el cual» ahora clama: «¡Abba, Padre!».
2. «Clamó al Señor en su angustia, y Dios lo libra de sus aflicciones». Sus ojos se abren de un modo muy distinto al de antes, para ver a un Dios amoroso y clemente. Mientras clama: «¡Te ruego que me muestres tu gloria!», oye una voz en lo más íntimo del alma: «Yo haré pasar todo mi bien delante de ti, y proclamaré el nombre del Señor; tendré clemencia del que tendré clemencia, y tendré misericordia del que tendré misericordia». Y no pasa mucho tiempo sin que «el Señor» descienda en la nube y proclame el nombre del Señor». Entonces ve, pero no con ojos de carne y sangre: «El Señor, el Señor Dios, misericordioso y clemente, tardo para la ira, y grande en benignidad y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado».
3. Una luz celestial y sanadora irrumpe ahora en su alma. «Mira a aquel a quien traspasó»; y «Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, resplandece en su corazón». Ve la luz del glorioso amor de Dios en la faz de Jesucristo. Tiene una divina «demostración de las cosas que no se ven» por los sentidos, aun de «lo profundo de Dios»; más particularmente del amor de Dios, de su amor perdonador hacia el que cree en Jesús. Vencido por esta visión, toda su alma clama: «¡Señor mío y Dios mío!». Porque ve todas sus iniquidades puestas sobre aquel que «las llevó en su cuerpo sobre el madero»; contempla al Cordero de Dios que quita sus pecados. ¡Con qué claridad discierne ahora que «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo; que al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él»; y que él mismo está reconciliado con Dios por aquella sangre del pacto!
4. Aquí terminan tanto la culpa como el poder del pecado. Ahora puede decir: «Con Cristo estoy juntamente crucificado; y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne» (aun en este cuerpo mortal) «lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí». Aquí terminan el remordimiento, y la tristeza de corazón, y la angustia del espíritu herido. «Dios cambia su lamento en gozo». Él hizo la llaga, y ahora sus manos la vendan. Aquí termina también aquella servidumbre para temor; porque «su corazón está firme, confiado en el Señor». Ya no puede temer la ira de Dios; porque sabe que ahora se ha apartado de él, y ya no lo mira como a un Juez airado, sino como a un Padre amoroso. No puede temer al diablo, sabiendo que «no tiene ninguna potestad, si no le es dada de arriba». No teme el infierno, siendo heredero del reino de los cielos; por consiguiente, no tiene temor de la muerte, por la cual estuvo en el tiempo pasado, durante tantos años, «sujeto a servidumbre». Antes bien, sabiendo que «si la casa terrenal de este tabernáculo se deshiciere, tiene de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos, gime ardientemente, deseando ser revestido de aquella su habitación celestial». Gime por sacudirse esta casa de tierra, para que «lo mortal» sea «absorbido por la vida»; sabiendo que Dios «lo hizo para esto mismo, y le ha dado también la prenda de su Espíritu».
5. Y «donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad»; libertad, no solo de la culpa y del temor, sino del pecado, de aquel yugo, el más pesado de todos, de aquella servidumbre, la más vil de todas. Su trabajo ya no es en vano. El lazo se ha roto, y él ha sido librado. No solo se esfuerza, sino que también prevalece; no solo pelea, sino que además vence. «Ya no sirve al pecado» (cap. 6:6). Está «muerto al pecado, y vivo para Dios»; «el pecado ya no reina», ni aun «en su cuerpo mortal», ni él «le obedece en sus concupiscencias». No «presenta sus miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino a Dios como instrumentos de justicia». Porque, «libertado ya del pecado, ha sido hecho siervo de la justicia».
6. Así, «teniendo paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo», «gloriándose en la esperanza de la gloria de Dios», y teniendo poder sobre todo pecado, sobre todo mal deseo, y disposición, y palabra, y obra, es un testigo vivo de la «libertad gloriosa de los hijos de Dios»; todos los cuales, participando de una fe igualmente preciosa, dan testimonio a una voz: «¡Hemos recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: Abba, Padre!».
7. Es este Espíritu el que continuamente «obra en ellos así el querer como el hacer, por su buena voluntad». Es él quien derrama el amor de Dios en sus corazones, y el amor a toda la humanidad; purificando así sus corazones del amor al mundo, de la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la vanagloria de la vida. Por él son librados de la ira y del orgullo, de todos los afectos viles y desordenados. En consecuencia, son librados de las malas palabras y obras, de toda impiedad en la conducta; no hacen mal a ningún hijo de hombre, y son celosos de toda buena obra.
8. Para resumirlo todo: el hombre natural ni teme ni ama a Dios; el que está bajo la ley le teme; el que está bajo la gracia le ama. El primero no tiene luz en las cosas de Dios, sino que anda en tinieblas completas; el segundo ve la luz dolorosa del infierno; el tercero, la luz gozosa del cielo. El que duerme en la muerte tiene una paz falsa; el que ha sido despertado no tiene paz alguna; el que cree tiene la verdadera paz, la paz de Dios que llena y gobierna su corazón. El pagano, bautizado o sin bautizar, tiene una libertad imaginaria, que en realidad es libertinaje; el judío, o el que está bajo la dispensación judía, está en una servidumbre pesada y penosa; el cristiano goza de la verdadera y gloriosa libertad de los hijos de Dios. Un hijo del diablo no despertado peca de buena gana; el que está despertado peca de mala gana; un hijo de Dios «no peca», sino que «se guarda a sí mismo, y el maligno no le toca». En conclusión: el hombre natural ni vence ni pelea; el hombre bajo la ley pelea contra el pecado, pero no puede vencer; el hombre bajo la gracia pelea y vence; más aún, es «más que vencedor por medio de aquel que le ama».
IV. 1. De esta sencilla exposición del triple estado del hombre, el natural, el legal y el evangélico, se desprende que no basta dividir a la humanidad en sinceros e insinceros. Un hombre puede ser sincero en cualquiera de estos estados; no solo cuando tiene el «Espíritu de adopción», sino mientras tiene el «espíritu de servidumbre para temor»; y aun mientras no tiene ni este temor ni el amor. Porque sin duda puede haber paganos sinceros, así como judíos o cristianos sinceros. Esta circunstancia, pues, de ningún modo prueba que un hombre esté en estado de aceptación delante de Dios.
«Examinaos, pues, a vosotros mismos», no solo si sois sinceros, sino «si estáis en la fe». Examinad atentamente (porque mucho os importa) cuál es el principio que gobierna vuestra alma. ¿Es el amor de Dios? ¿Es el temor de Dios? ¿O no es ni lo uno ni lo otro? ¿No es más bien el amor del mundo? ¿El amor del placer o de la ganancia, de la comodidad o de la reputación? Si es así, no habéis llegado siquiera a donde llega un judío. No sois todavía más que paganos. ¿Tenéis el cielo en vuestro corazón? ¿Tenéis el Espíritu de adopción, que siempre clama: Abba, Padre? ¿O clamáis a Dios como «desde el vientre del infierno», abrumados de tristeza y temor? ¿O sois extraños a todo este asunto, y no podéis imaginar lo que quiero decir? ¡Pagano, quítate la máscara! ¡Nunca te has revestido de Cristo! ¡Muéstrate a cara descubierta! Mira al cielo, y confiesa delante de aquel que vive por los siglos de los siglos que no tienes parte ni entre los hijos ni entre los siervos de Dios.
Quienquiera que seas: ¿cometes pecado, o no lo cometes? Si lo cometes, ¿es de buena gana o de mala gana? En cualquiera de los dos casos, Dios te ha dicho de quién eres: «El que hace pecado es del diablo». Si lo cometes de buena gana, eres su siervo fiel: él no dejará de recompensar tu trabajo. Si de mala gana, sigues siendo su siervo. ¡Dios te libre de sus manos!
¿Peleas cada día contra todo pecado? ¿Y eres cada día más que vencedor? Te reconozco por hijo de Dios. ¡Oh, mantente firme en tu gloriosa libertad! ¿Peleas, pero no vences? ¿Te esfuerzas por dominar, pero no puedes lograrlo? Entonces todavía no eres creyente en Cristo; pero prosigue, y conocerás al Señor. ¿No peleas en absoluto, sino que llevas una vida cómoda, indolente y a la moda? ¡Oh, cómo te has atrevido a invocar el nombre de Cristo, solo para hacerlo objeto de oprobio entre los paganos! ¡Despierta, tú que duermes! ¡Clama a tu Dios antes que te trague el abismo!
2. Quizá una razón por la que tantos tienen de sí mismos más alto concepto que el que deben tener, por la que no disciernen en qué estado se hallan, es que estos diversos estados del alma se mezclan a menudo entre sí, y en cierta medida coinciden en una misma persona. Así, la experiencia muestra que el estado legal, o estado de temor, se mezcla con frecuencia con el natural; porque pocos hombres están tan profundamente dormidos en el pecado que no sean a veces más o menos despertados. Como el Espíritu de Dios no «aguarda a que el hombre lo llame», así en ciertos momentos quiere ser oído. Les pone temor, de modo que, al menos por una temporada, los paganos «conocen que no son más que hombres». Sienten la carga del pecado, y desean ardientemente huir de la ira venidera. Pero no por mucho tiempo: rara vez permiten que las flechas de la convicción penetren hondo en su alma; sino que pronto ahogan la gracia de Dios, y vuelven a revolcarse en el cieno.
De la misma manera, el estado evangélico, o estado de amor, se mezcla con frecuencia con el legal. Porque pocos de los que tienen el espíritu de servidumbre y de temor permanecen siempre sin esperanza. El Dios sabio y clemente rara vez lo permite; «porque se acuerda de que somos polvo»; y no quiere que «decaiga ante él el espíritu, y las almas que él ha creado». Por eso, en los momentos que él tiene por bien, da un amanecer de luz a los que están sentados en tinieblas. Hace pasar delante de ellos una parte de su bondad, y muestra que es un «Dios que oye la oración». Ven la promesa, que es por la fe en Cristo Jesús, aunque esté todavía lejos; y con ello se animan a «correr con paciencia la carrera que tienen por delante».
3. Otra razón por la que muchos se engañan a sí mismos es que no consideran hasta dónde puede llegar un hombre y, sin embargo, estar en un estado natural o, a lo sumo, legal. Un hombre puede ser de disposición compasiva y benévola; puede ser afable, cortés, generoso, amistoso; puede tener cierto grado de mansedumbre, paciencia, templanza y de muchas otras virtudes morales. Puede sentir muchos deseos de sacudirse todo vicio y de alcanzar grados más altos de virtud. Puede abstenerse de mucho mal; quizá de todo lo que es groseramente contrario a la justicia, la misericordia o la verdad. Puede hacer mucho bien, puede dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, socorrer a la viuda y al huérfano. Puede asistir al culto público, practicar la oración en privado, leer muchos libros de devoción; y, sin embargo, con todo esto, puede ser un mero hombre natural, que no se conoce ni a sí mismo ni a Dios; igualmente extraño al espíritu de temor y al de amor; sin haberse arrepentido ni haber creído el evangelio.
Pero supongamos que a todo esto se añadiera una profunda convicción de pecado, con mucho temor de la ira de Dios; deseos vehementes de desechar todo pecado y de cumplir toda justicia; frecuente gozo en la esperanza, y toques de amor que a menudo rozan el alma; ni aun así prueban estas cosas que un hombre esté bajo la gracia, que tenga una fe verdadera, viva y cristiana, a menos que el Espíritu de adopción permanezca en su corazón, a menos que pueda clamar continuamente: «¡Abba, Padre!».
4. Guárdate, pues, tú que eres llamado por el nombre de Cristo, de quedarte corto de la meta de tu soberana vocación. Guárdate de descansar, ya en un estado natural, con tantos que son tenidos por buenos cristianos; ya en un estado legal, en el cual se contentan generalmente con vivir y morir aquellos que son muy estimados entre los hombres. No, sino que Dios ha preparado algo mejor para ti, si prosigues hasta alcanzarlo. No eres llamado a temer y temblar como los demonios, sino a regocijarte y amar como los ángeles de Dios. «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas». Estarás «siempre gozoso»; «orarás sin cesar»; «darás gracias en todo». Harás la voluntad de Dios en la tierra como se hace en el cielo. ¡Oh, comprueba tú «cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta»! Preséntate ahora «en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios». «Retén aquello a lo que ya has llegado», «extendiéndote a lo que está delante», hasta que «el Dios de paz te haga apto en toda obra buena, haciendo en ti lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén!»
Capítulo 10 completado
El espíritu de servidumbre y de adopción