Capítulo 8 · 23 min de lectura · 29 min de escucha
El camino al reino
Sermón 7
El camino al reino
«El reino de Dios está cerca: arrepentíos, y creed en el evangelio.»
Marcos 1:15
Estas palabras nos llevan naturalmente a considerar, primero, la naturaleza de la verdadera religión, llamada aquí por nuestro Señor «el reino de Dios», el cual, dice él, «está cerca»; y, segundo, el camino que conduce a ella, que él señala en estas palabras: «Arrepentíos, y creed en el evangelio».
I. 1. Hemos de considerar, primero, la naturaleza de la verdadera religión, llamada aquí por nuestro Señor «el reino de Dios». La misma expresión usa el gran Apóstol en su Epístola a los Romanos, donde explica además las palabras de su Señor, al decir que «el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo». (Romanos 14:17.)
2. «El reino de Dios», o la verdadera religión, «no es comida ni bebida». Es bien sabido que no solo los judíos no convertidos, sino gran número de los que habían recibido la fe de Cristo, eran, no obstante, «celosos de la ley» (Hechos 21:20, ) aun de la ley ceremonial de Moisés. Por tanto, todo lo que hallaban escrito en ella, ya acerca de las ofrendas de comida y de bebida, ya acerca de la distinción entre alimentos limpios e inmundos, no solo lo observaban ellos mismos, sino que lo imponían con vehemencia aun a aquellos «de entre los gentiles» (o paganos) «que se convertían a Dios»; sí, hasta tal punto que algunos de ellos enseñaban, dondequiera que llegaban entre ellos: «Si no os circuncidáis y guardáis la ley» (toda la ley ritual), «no podéis ser salvos». (Hechos 15:1, 24.)
3. En oposición a estos, el Apóstol declara, tanto aquí como en muchos otros lugares, que la verdadera religión no consiste en comida ni en bebida, ni en ninguna observancia ritual; ni, en verdad, en cosa exterior alguna; en nada que sea exterior al corazón; pues toda su sustancia está en «justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo».
4. No en ninguna cosa exterior; como formas o ceremonias, aun de la clase más excelente. Suponiendo que estas sean todo lo decorosas y significativas que se quiera, todo lo expresivas de las cosas interiores que se quiera; suponiéndolas todo lo útiles que se quiera, no solo al vulgo, cuyo pensamiento apenas va más allá de su vista, sino aun a los hombres de entendimiento, hombres de gran capacidad, como sin duda pueden serlo a veces; sí, suponiendo que, como en el caso de los judíos, hayan sido instituidas por Dios mismo; aun así, durante el tiempo en que esa institución sigue en vigor, la verdadera religión no consiste principalmente en ellas; más aún, hablando con rigor, no consiste en ellas en absoluto. ¡Cuánto más ha de valer esto respecto de los ritos y formas que son solo de institución humana! La religión de Cristo se eleva infinitamente más alto, y yace inmensamente más hondo, que todas estas cosas. Estas son buenas en su lugar; justo en la medida en que de hecho sirven a la verdadera religión. Y sería superstición objetar contra ellas, mientras se usen solo como ayudas ocasionales para la flaqueza humana. Pero que nadie las lleve más lejos. Que nadie sueñe que tienen algún valor intrínseco, o que la religión no puede subsistir sin ellas. Eso sería hacerlas abominación al Señor.
5. La naturaleza de la religión está tan lejos de consistir en estas cosas, en formas de culto, o en ritos y ceremonias, que propiamente no consiste en acciones exteriores de ninguna clase. Es verdad que no puede tener religión alguna el hombre que es culpable de acciones viciosas e inmorales, o que hace a otros lo que no querría que le hicieran a él si estuviera en las mismas circunstancias. Y es verdad también que no puede tener religión verdadera el que «sabe hacer lo bueno, y no lo hace». Sin embargo, puede un hombre abstenerse del mal exterior, y hacer el bien, y aun así no tener religión. Sí, dos personas pueden hacer la misma obra exterior, por ejemplo, dar de comer al hambriento o vestir al desnudo; y, entretanto, una de ellas puede ser verdaderamente religiosa, y la otra no tener religión alguna: porque la una puede obrar por amor de Dios, y la otra por amor de la alabanza. Tan manifiesto es que, aunque la verdadera religión conduce naturalmente a toda buena palabra y obra, su naturaleza real yace aún más hondo, a saber, en «el hombre del corazón que está encubierto».
6. Digo del corazón. Porque la religión tampoco consiste en la ortodoxia, o en opiniones correctas; las cuales, aunque no son propiamente cosas exteriores, no están en el corazón, sino en el entendimiento. Un hombre puede ser ortodoxo en todo punto; puede no solo abrazar opiniones correctas, sino defenderlas celosamente contra todos los que se oponen; puede pensar con acierto acerca de la encarnación de nuestro Señor, acerca de la siempre bendita Trinidad, y de toda otra doctrina contenida en los oráculos de Dios; puede asentir a los tres credos, — el llamado de los Apóstoles, el Niceno y el Atanasiano; y, sin embargo, es posible que no tenga religión alguna, no más que un judío, un turco o un pagano. Puede ser casi tan ortodoxo — como el diablo (aunque, en verdad, no del todo; porque todo hombre yerra en algo, mientras que difícilmente podemos concebir que él sostenga alguna opinión errónea), y puede, todo el tiempo, ser tan extraño como él a la religión del corazón.
7. Solo esto es religión, propiamente llamada así: solo esto es de gran precio a los ojos de Dios. El Apóstol lo resume todo en tres partes: «justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo». Y, primero, la justicia. No podemos estar en duda acerca de ella, si recordamos las palabras de nuestro Señor que describen sus dos grandes ramas, de las cuales «depende toda la ley y los profetas»: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas: Este es el primero y el grande mandamiento»; (Marcos 12:30; ) la primera y gran rama de la justicia cristiana. Te deleitarás en el Señor tu Dios; buscarás y hallarás en él toda felicidad. Él será «tu escudo, y tu galardón sobremanera grande», en el tiempo y en la eternidad. Todos tus huesos dirán: «¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? ¡Y fuera de ti nada deseo en la tierra!» Oirás y cumplirás la palabra de Aquel que dice: «Dame, hijo mío, tu corazón». Y, habiéndole dado tu corazón, lo más íntimo de tu alma, para que reine allí sin rival, bien podrás exclamar, en la plenitud de tu corazón: «Te amaré, oh Señor, fortaleza mía. El Señor es mi roca fuerte y mi defensa; mi Salvador, mi Dios y mi fuerza, en quien confiaré; mi escudo, el cuerno de mi salvación y mi refugio».
8. Y el segundo mandamiento es semejante a este; la segunda gran rama de la justicia cristiana está estrecha e inseparablemente unida a ella; a saber: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Amarás, — abrazarás con la más tierna benevolencia, con el afecto más ferviente y cordial, con los deseos más encendidos de prevenir o quitar todo mal, y de procurarle todo bien posible, — a tu prójimo; — es decir, no solo a tu amigo, a tu pariente o a tu conocido; no solo al virtuoso, al amistoso, al que te ama, al que se adelanta a tu bondad o te la devuelve; sino a todo hijo de hombre, a toda criatura humana, a toda alma que Dios ha hecho; sin exceptuar a aquel a quien nunca has visto en la carne, a quien no conoces ni de rostro ni de nombre; sin exceptuar a aquel que sabes que es malo e ingrato, al que todavía te ultraja y te persigue: a él lo amarás como a ti mismo; con la misma sed invariable de su felicidad en todo sentido; con el mismo cuidado incansable de protegerlo de cuanto pudiera afligir o dañar su alma o su cuerpo.
9. Ahora bien, ¿no es este amor «el cumplimiento de la ley?» ¿la suma de toda la justicia cristiana? — de toda la justicia interior; porque implica necesariamente «entrañas de misericordia, humildad de ánimo» (puesto que «el amor no se envanece»), «benignidad, mansedumbre, longanimidad»: (porque el amor «no se irrita», sino que «todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta»:) Y de toda la justicia exterior; porque «el amor no hace mal al prójimo», ni de palabra ni de obra. No puede voluntariamente dañar ni afligir a nadie. Y es celoso de buenas obras. Todo amador del género humano, según tiene oportunidad, «hace bien a todos», siendo (sin parcialidad y sin hipocresía) «lleno de misericordia y de buenos frutos».
10. Pero la verdadera religión, o un corazón recto para con Dios y para con los hombres, implica felicidad además de santidad. Porque no es solo «justicia», sino también «paz y gozo en el Espíritu Santo». ¿Qué paz? «La paz de Dios», que solo Dios puede dar y que el mundo no puede quitar; la paz «que sobrepuja todo entendimiento», toda concepción meramente racional; pues es una sensación sobrenatural, un gusto divino, de «los poderes del siglo venidero»; tal como el hombre natural no la conoce, por sabio que sea en las cosas de este mundo; ni, en verdad, puede conocerla en su estado presente, «porque se ha de discernir espiritualmente». Es una paz que destierra toda duda, toda incertidumbre dolorosa; pues el Espíritu de Dios da testimonio al espíritu del cristiano de que es «hijo de Dios». Y destierra el temor, todo temor que lleva en sí castigo; el temor de la ira de Dios; el temor del infierno; el temor del diablo; y, en particular, el temor de la muerte: pues el que tiene la paz de Dios desea, si fuera la voluntad de Dios, «partir y estar con Cristo».
11. Con esta paz de Dios, dondequiera que se asienta en el alma, hay también «gozo en el Espíritu Santo»; gozo obrado en el corazón por el Espíritu Santo, por el siempre bendito Espíritu de Dios. Él es quien obra en nosotros ese gozo sereno y humilde en Dios, por medio de Cristo Jesús, «por quien hemos ahora recibido la expiación», katallagen, la reconciliación con Dios; y quien nos capacita para confirmar con denuedo la verdad de la declaración del regio salmista: Bienaventurado el hombre (o más bien, feliz) cuya injusticia es perdonada, y cuyo pecado es cubierto. Él es quien inspira al alma cristiana ese gozo constante y sólido que nace del testimonio del Espíritu de que es hijo de Dios; y quien le concede alegrarse con gozo inefable, en la esperanza de la gloria de Dios; esperanza tanto de la gloriosa imagen de Dios, que en parte está ya y será plenamente «manifestada en él», como de aquella corona de gloria que no se marchita, reservada en los cielos para él.
12. Esta santidad y felicidad, unidas en una, se llaman a veces, en los escritos inspirados, «el reino de Dios» (como lo hace nuestro Señor en el texto), y a veces «el reino de los cielos». Se llama «el reino de Dios» porque es el fruto inmediato del reinado de Dios en el alma. Tan pronto como él toma para sí su gran poder y establece su trono en nuestro corazón, este queda al instante lleno de esta «justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo». Se llama «el reino de los cielos» porque es (en cierto grado) el cielo abierto en el alma. Pues quienesquiera que sean los que experimentan esto, pueden afirmar ante los ángeles y los hombres:
la vida eterna ya es nuestra,
La gloria en la tierra ha comenzado,
conforme al tenor constante de la Escritura, que en todas partes da testimonio de que Dios «nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo» (reinando en su corazón) «tiene la vida», sí, la vida eterna. (1 Juan 5:11, 12.) Porque «esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado». (Juan 17:3.) Y aquellos a quienes esto es dado pueden dirigirse confiadamente a Dios, aunque estuvieran en medio de un horno de fuego:
A ti, Señor, bien guardados por tu poder,
A ti, Hijo de Dios, Jehová, adoramos;
Que en forma de hombre descendiste a aparecer:
A ti sean dados aleluyas sin cesar,
Alabanza, como en el cielo, tu trono, te ofrecemos aquí;
Pues donde se muestra tu presencia, allí está el cielo.
13. Y este «reino de Dios», o de los cielos, «está cerca». Tal como estas palabras fueron dichas originalmente, daban a entender que «el tiempo» se había cumplido entonces, al ser Dios «manifestado en carne», cuando él había de establecer su reino entre los hombres y reinar en el corazón de su pueblo. ¿Y no se ha cumplido ahora el tiempo? Porque «¡He aquí! (dice él) yo estoy con vosotros todos los días», vosotros que predicáis la remisión de pecados en mi nombre, «hasta el fin del mundo». (Mateo 28:20.) Dondequiera, pues, que se predica el evangelio de Cristo, este su «reino está cerca». No está lejos de cada uno de vosotros. Podéis entrar en él en esta misma hora, si es que escucháis su voz: «Arrepentíos, y creed en el evangelio».
II. 1. Este es el camino: andad por él. Y, primero, «arrepentíos»; es decir, conoceos a vosotros mismos. Este es el primer arrepentimiento, anterior a la fe; a saber, la convicción, o el conocimiento de uno mismo. Despierta, pues, tú que duermes. Conócete como pecador, y qué clase de pecador eres. Conoce esa corrupción de tu naturaleza más íntima, por la cual estás muy lejos de la justicia original, por la cual «la carne codicia» siempre «contra el Espíritu», por medio de esa «mente carnal» que «es enemistad contra Dios», que «no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede». Sabe que estás corrompido en toda potencia, en toda facultad de tu alma; que estás totalmente corrompido en cada una de ellas, pues todos los cimientos están fuera de su lugar. Los ojos de tu entendimiento están entenebrecidos, de modo que no pueden discernir a Dios ni las cosas de Dios. Las nubes de la ignorancia y del error reposan sobre ti, y te cubren con la sombra de muerte. Todavía no conoces nada como debes conocerlo, ni a Dios, ni al mundo, ni a ti mismo. Tu voluntad ya no es la voluntad de Dios, sino que está completamente pervertida y torcida, reacia a todo bien, a todo lo que Dios ama, y propensa a todo mal, a toda abominación que Dios aborrece. Tus afectos están enajenados de Dios y esparcidos por toda la tierra. Todas tus pasiones, tanto tus deseos como tus aversiones, tus gozos y tristezas, tus esperanzas y temores, están desordenadas: o son desmedidas en su grado, o están puestas en objetos indebidos. De modo que no hay cosa sana en tu alma; sino que «desde la coronilla de la cabeza hasta la planta del pie» (para usar la fuerte expresión del Profeta) no hay sino «heridas, e hinchazones, y llagas podridas».
2. Tal es la corrupción innata de tu corazón, de tu misma naturaleza más íntima. ¿Y qué clase de ramas puedes esperar que crezcan de tan mala raíz? De aquí brota la incredulidad, que siempre se aparta del Dios vivo, diciendo: «¿Quién es el Señor, para que yo le sirva? ¡Bah! Tú, oh Dios, no te cuidas de ello». De aquí la independencia, que pretende ser semejante al Altísimo. De aquí el orgullo, en todas sus formas, que te enseña a decir: «Soy rico, y me he enriquecido, y no tengo necesidad de ninguna cosa». De esta mala fuente brotan las amargas corrientes de la vanidad, la sed de alabanza, la ambición, la codicia, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. De aquí nacen la ira, el odio, la malicia, la venganza, la envidia, los celos, las malas sospechas: de aquí todas las codicias necias y dañosas que ahora «te traspasan de muchos dolores», y que, si no se previenen a tiempo, al fin hundirán tu alma en perdición eterna.
3. ¿Y qué frutos pueden crecer en tales ramas? Solo los que son amargos y malos de continuo. Del orgullo vienen la contienda, la jactancia vana, el buscar y recibir alabanza de los hombres, y así robar a Dios aquella gloria que él no puede dar a otro. De la concupiscencia de la carne vienen la glotonería o la embriaguez, el lujo o la sensualidad, la fornicación, la impureza, que contaminan de diversas maneras ese cuerpo que fue destinado a ser templo del Espíritu Santo: de la incredulidad, toda mala palabra y obra. Pero el tiempo te faltaría, si quisieras contarlo todo; todas las palabras ociosas que has hablado, provocando al Altísimo, contristando al Santo de Israel; todas las malas obras que has hecho, ya del todo malas en sí mismas, ya al menos no hechas para la gloria de Dios. Porque tus pecados actuales son más de los que puedes expresar, más que los cabellos de tu cabeza. ¿Quién puede contar la arena del mar, o las gotas de la lluvia, o tus iniquidades?
4. ¿Y no sabes que «la paga del pecado es muerte?» muerte, no solo temporal, sino eterna. «El alma que pecare, esa morirá»; porque la boca del Señor lo ha dicho.» Morirá con la muerte segunda. Esta es la sentencia: «ser castigado» con una muerte sin fin, «con eterna perdición, lejos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder». ¿No sabes que todo pecador, enochos estai eis ten geennan tou pyros, no propiamente «está en peligro del fuego del infierno», lo cual es demasiado débil, sino más bien «está bajo la sentencia del fuego del infierno»; condenado ya, arrastrado sin más hacia la ejecución? Tú eres reo de muerte eterna. Es la justa recompensa de tu maldad interior y exterior. Es justo que la sentencia se ejecute ahora. ¿Lo ves, lo sientes? ¿Estás plenamente convencido de que mereces la ira de Dios y la condenación eterna? ¿Te haría Dios algún agravio si ahora mandara a la tierra abrirse y tragarte? ¿si ahora descendieras vivo al abismo, al fuego que nunca se apagará? Si Dios te ha concedido arrepentirte de verdad, tienes un profundo sentimiento de que estas cosas son así; y de que es por su pura misericordia que no eres consumido, barrido de la faz de la tierra.
5. ¿Y qué harás para aplacar la ira de Dios, para expiar todos tus pecados y escapar del castigo que tan justamente has merecido? ¡Ay! No puedes hacer nada; nada que de algún modo satisfaga a Dios por una sola mala obra, o palabra, o pensamiento. Si pudieras ahora hacerlo todo bien, si desde esta misma hora hasta que tu alma vuelva a Dios pudieras rendir una obediencia perfecta e ininterrumpida, ni aun esto expiaría lo pasado. No aumentar tu deuda no la saldaría. Seguiría siendo tan grande como siempre. Sí, la obediencia presente y futura de todos los hombres de la tierra y de todos los ángeles del cielo nunca daría satisfacción a la justicia de Dios por un solo pecado. ¡Cuán vano, pues, era el pensamiento de expiar tus propios pecados con cualquier cosa que tú pudieras hacer! Cuesta mucho más redimir una sola alma de lo que todo el género humano es capaz de pagar. De modo que, si no hubiera otra ayuda para el pecador culpable, sin duda habría de perecer eternamente.
6. Pero supongamos que la obediencia perfecta en el tiempo venidero pudiera expiar los pecados pasados; esto de nada te aprovecharía; porque no eres capaz de rendirla; no, ni en un solo punto. Comienza ahora: haz la prueba. Sacude ese pecado exterior que tan fácilmente te asedia. No puedes. ¿Cómo, pues, cambiarás tu vida de todo mal a todo bien? A la verdad, es imposible hacerlo, a menos que primero sea cambiado tu corazón. Porque, mientras el árbol siga siendo malo, no puede dar buen fruto. Pero ¿eres capaz de cambiar tu propio corazón, de todo pecado a toda santidad? ¿de vivificar un alma que está muerta en pecado, — muerta para Dios y viva solo para el mundo? No más de lo que eres capaz de vivificar un cuerpo muerto, de devolver la vida al que yace en el sepulcro. Sí, no eres capaz de vivificar tu alma en grado alguno, como tampoco de dar grado alguno de vida al cuerpo muerto. No puedes hacer nada, ni más ni menos, en este asunto; estás enteramente sin fuerzas. Tener un profundo sentimiento de esto, de cuán impotente eres, así como de cuán culpable y cuán pecador, — este es aquel «arrepentimiento de que no hay que arrepentirse», que es el precursor del reino de Dios.
7. Si a esta viva convicción de tus pecados interiores y exteriores, de tu completa culpabilidad e impotencia, se añaden los afectos correspondientes, — dolor de corazón, por haber despreciado tus propias misericordias, — remordimiento y condenación de ti mismo, con la boca cerrada, — vergüenza de alzar los ojos al cielo, — temor de la ira de Dios que permanece sobre ti, de su maldición que pende sobre tu cabeza, y del hervor de fuego pronto a devorar a los que se olvidan de Dios y no obedecen a nuestro Señor Jesucristo, — deseo ferviente de escapar de esa indignación, de dejar de hacer lo malo y aprender a hacer el bien; — entonces te digo, en el nombre del Señor: «No estás lejos del reino de Dios». Un paso más, y entrarás. Ya te «arrepientes». Ahora, «cree en el evangelio».
8. El evangelio, (es decir, buenas nuevas, buenas noticias para pecadores culpables e impotentes,) en el sentido más amplio de la palabra, significa toda la revelación hecha a los hombres por Jesucristo; y a veces todo el relato de lo que nuestro Señor hizo y padeció mientras habitó entre los hombres. La sustancia de todo es: «Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores»; o: «De tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, a fin de que no nos perdamos, sino que tengamos vida eterna»; o: «Él fue molido por nuestras rebeliones, herido por nuestras iniquidades; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados».
9. Cree esto, y el reino de Dios es tuyo. Por la fe alcanzas la promesa. «Él perdona y absuelve a todos los que verdaderamente se arrepienten y creen sinceramente su santo evangelio». Tan pronto como Dios ha dicho a tu corazón: «Ten ánimo, tus pecados te son perdonados», su reino viene: tienes «justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo».
10. Solo guárdate de engañar tu propia alma en cuanto a la naturaleza de esta fe. No es, como algunos neciamente han imaginado, un mero asentimiento a la verdad de la Biblia, de los artículos de nuestro credo, o de todo lo contenido en el Antiguo y el Nuevo Testamento. ¡Los demonios creen esto tanto como yo o tú! Y, sin embargo, siguen siendo demonios. Sino que es, además de esto, una firme confianza en la misericordia de Dios, por medio de Cristo Jesús. Es una confianza en un Dios que perdona. Es una evidencia o convicción divina de que «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no imputándoles sus» pasados «pecados»; y, en particular, de que el Hijo de Dios me ha amado, y se ha dado a sí mismo por mí; y de que yo, aun yo, estoy ahora reconciliado con Dios por la sangre de la cruz.
11. ¿Crees así? Entonces la paz de Dios está en tu corazón, y huyen la tristeza y el gemido. Ya no dudas del amor de Dios; es claro como el sol del mediodía. Exclamas: «Mi canto será siempre de la misericordia del Señor: con mi boca anunciaré siempre tu verdad de generación en generación». Ya no temes al infierno, ni a la muerte, ni a aquel que en otro tiempo tenía el imperio de la muerte, el diablo; no, ni temes dolorosamente a Dios mismo; solo tienes un tierno temor filial de ofenderle. ¿Crees? Entonces tu «alma engrandece al Señor», y tu «espíritu se alegra en Dios tu Salvador». Te regocijas de que tienes «redención por su sangre, la remisión de los pecados». Te regocijas en ese «Espíritu de adopción» que clama en tu corazón: «¡Abba, Padre!» Te regocijas en una «esperanza llena de inmortalidad»; en extenderte hacia adelante «al blanco, al premio de la soberana vocación»; en una ardiente expectación de todos los bienes que Dios ha preparado para los que le aman.
12. ¿Crees ahora? Entonces «el amor de Dios está» ahora «derramado en tu corazón». Le amas, porque él nos amó primero. Y porque amas a Dios, amas también a tu hermano. Y, lleno de «amor, paz, gozo», estás lleno también de «paciencia, benignidad, fidelidad, bondad, mansedumbre, templanza», y de todos los demás frutos del mismo Espíritu; en una palabra, de todas las disposiciones que son santas, celestiales o divinas. Porque mientras «contemplas a cara descubierta», sin velo alguno (pues el velo ya ha sido quitado), «la gloria del Señor», su glorioso amor, y la gloriosa imagen en que fuiste creado, eres «transformado en la misma imagen, de gloria en gloria, por el Espíritu del Señor».
13. Este arrepentimiento, esta fe, esta paz, gozo, amor, este cambio de gloria en gloria, es lo que la sabiduría del mundo ha declarado locura, mero entusiasmo, completo desvarío. Pero tú, oh hombre de Dios, no hagas caso de ellos; que nada de esto te conmueva. Tú sabes a quién has creído. Mira que nadie tome tu corona. Retén aquello a que ya has llegado, y prosigue, hasta que alcances todas las grandísimas y preciosas promesas. Y tú que todavía no le has conocido, no dejes que los hombres vanos te hagan avergonzarte del evangelio de Cristo. En nada te intimides por los que hablan mal de las cosas que no conocen. Dios pronto convertirá tu tristeza en gozo. ¡Oh, no dejes caer tus manos! Todavía un poco, y él quitará tus temores, y te dará espíritu de dominio propio. Cerca está «el que justifica: ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está ahora a la diestra de Dios, el que también intercede» por ti.
«Échate ahora sobre el Cordero de Dios, con todos tus pecados, por muchos que sean; ¡y «te será» ahora «otorgada amplia entrada en el reino de nuestro Señor y Salvador Jesucristo»!
Capítulo 8 completado
El camino al reino