Capítulo 88 · 30 min de lectura · 38 min de escucha
El peligro de las riquezas
Sermón 87
El peligro de las riquezas
«Los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición».
1 Timoteo 6:9.
1. ¡Cuán innumerables son las funestas consecuencias que se han seguido de que los hombres no conozcan, o no consideren, esta gran verdad! ¡Y cuán pocos hay, aun en el mundo cristiano, que la conozcan o la consideren debidamente! Sí, ¡cuán pequeño es el número de los que, aun entre los verdaderos cristianos, la entienden y la toman a pecho! También la mayoría de estos pasan sobre ella muy a la ligera, y apenas recuerdan que hay tal texto en la Biblia. Y muchos le dan una interpretación tal que la deja sin efecto alguno. «Los que quieren enriquecerse», dicen, «es decir, los que quieren enriquecerse a toda costa, los que quieren ser ricos con razón o sin ella; los que están resueltos a salirse con la suya, a conseguir este fin, sean cuales fueren los medios que usen para alcanzarlo; esos “caen en tentación», y en todos los males que enumera el Apóstol». Pero, a decir verdad, si este fuera todo el sentido del texto, bien podría haberse quedado fuera de la Biblia.
2. Tan lejos está esto de ser todo el sentido del texto, que no es parte alguna de su sentido. El Apóstol no habla aquí de adquirir riquezas injustamente, sino de otra cosa muy distinta: sus palabras han de tomarse en su sentido llano y evidente, sin restricción ni salvedad de ninguna clase. San Pablo no dice: «Los que quieren enriquecerse por malos medios, por el hurto, el robo, la opresión o la extorsión; los que quieren enriquecerse por el fraude o por artes deshonestas; sino sencillamente: «los que quieren enriquecerse»: estos, aun concediendo, aun suponiendo que los medios que usan sean de lo más inocentes, «caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición».
3. Pero ¿quién cree esto? ¿Quién lo recibe como verdad de Dios? ¿Quién está profundamente convencido de ello? ¿Quién lo predica? Grande es la multitud de predicadores en estos días, regulares e irregulares; pero ¿quién de todos ellos predica abierta y explícitamente esta extraña doctrina? Es aguda observación de un gran hombre que «el púlpito es la fortaleza del predicador temeroso». Pero ¿quién, aun dentro de su fortaleza, tiene el valor de declarar una verdad tan fuera de moda? No recuerdo haber oído en sesenta años un solo sermón predicado sobre este asunto. ¿Y qué autor, en ese mismo tiempo, lo ha declarado por la imprenta, al menos en lengua inglesa? No conozco ninguno. No he visto ni he oído hablar de autor semejante. He visto dos o tres que apenas lo tocan; pero ninguno que lo trate de propósito. Yo mismo lo he tocado con frecuencia al predicar, y dos veces en lo que he publicado al mundo: una vez al explicar el Sermón del Monte de nuestro Señor, y otra en el discurso sobre las «riquezas de maldad»; pero nunca he publicado ni predicado todavía un sermón expresamente sobre este asunto. Ya es tiempo de que lo haga; de que hable al fin con toda la fuerza y la claridad que pueda, a fin de dejar tras de mí un testimonio pleno y claro, cuando quiera que a Dios le plazca llamarme de aquí.
4. ¡Oh, si Dios me concediera hablar palabras rectas y eficaces, y a vosotros recibirlas con corazón sincero y humilde! Que no se diga: «Se sientan delante de ti como mi pueblo, y oyen tus palabras, pero no las ponen por obra. Tú eres para ellos como uno que tiene voz agradable y toca bien un instrumento; porque oyen tus palabras, mas no las ponen por obra». ¡Oh, que no seáis «oidores olvidadizos, sino hacedores de la palabra», para que seáis «bienaventurados en vuestro hecho»! Con esta esperanza procuraré:
I. Explicar las palabras del Apóstol. Y,
II. Aplicarlas.
Pero, ¡oh!, «¿quién es suficiente para estas cosas?». ¿Quién es capaz de contener el torrente general, de combatir todos los prejuicios, no solo del vulgo, sino también del mundo docto y religioso? ¡Y, sin embargo, nada es demasiado difícil para Dios! Su gracia todavía nos basta. En su nombre, pues, y con su fuerza, lo procuraré.
I. Explicar las palabras del Apóstol.
1. Y, en primer lugar, consideremos qué es ser rico. ¿Qué quiere decir el Apóstol con esta expresión?
El versículo anterior fija su sentido: «Teniendo sustento y abrigo» (literalmente cubiertas; porque la palabra incluye tanto la vivienda como el vestido), «estemos contentos con esto». «Pero los que quieren enriquecerse»; es decir, los que quieren tener más que esto; más que sustento y cubiertas. Se sigue claramente que todo lo que excede de esto es, en el sentido del Apóstol, riquezas; todo lo que está por encima de las simples necesidades o, a lo sumo, de las comodidades de la vida. Todo el que tiene suficiente alimento que comer y ropa que ponerse, con un lugar donde recostar la cabeza, y algo más, es rico.
2. Consideremos, en segundo lugar, qué implica la expresión «los que quieren enriquecerse». ¿Y no implica esto, primero, a los que desean ser ricos, tener más que sustento y cubiertas; a los que seria y deliberadamente desean más que alimento que comer, ropa que ponerse y un lugar donde recostar la cabeza, más que las simples necesidades y comodidades de la vida? Todos, por lo menos, los que se permiten este deseo, los que no ven en él mal alguno, desean ser ricos.
3. Y lo mismo, en segundo lugar, todos los que serena, deliberadamente y de propósito procuran tener más que sustento y cubiertas; los que aspiran y se esfuerzan por obtener no solo tantos bienes del mundo como les procuren las necesidades y comodidades de la vida, sino más que eso, sea para atesorarlo, sea para gastarlo en superfluidades. Todos estos prueban innegablemente su «deseo de ser ricos» por sus esfuerzos por conseguirlo.
4. ¿No hemos de contar, en tercer lugar, entre los que desean ser ricos, a todos los que de hecho «se hacen tesoros en la tierra», cosa tan expresa y claramente prohibida por nuestro Señor como el adulterio o el homicidio? Se concede: (1.) Que hemos de proveer lo necesario y conveniente para los de nuestra propia casa; (2.) Que los hombres de negocios han de reservar cuanto sea necesario para llevar adelante su negocio; (3.) Que hemos de dejar a nuestros hijos lo que les provea de lo necesario y conveniente después que hayamos dejado el mundo; y (4.) Que hemos de procurar lo honesto delante de todos los hombres, de modo que «no debamos a nadie nada». Pero atesorar algo más, una vez hecho esto, es lo que nuestro Señor ha prohibido rotundamente. Cuando se hace con calma y deliberación, es prueba clara de que deseamos ser ricos. Y atesorar así el dinero no es más compatible con una buena conciencia que arrojarlo al mar.
5. Debemos contar entre ellos, en cuarto lugar, a todos los que poseen más bienes de este mundo de los que usan conforme a la voluntad del Dador; mejor diría, del Propietario; porque él solo nos los presta como a mayordomos, reservándose para sí la propiedad de ellos. Y, en verdad, no puede hacer otra cosa, puesto que son obra de sus manos; él es, y debe ser, el poseedor del cielo y de la tierra. Este es su derecho inalienable, un derecho del que no puede despojarse. Y junto con aquella porción de sus bienes que ha depositado en nuestras manos, nos ha entregado un escrito en que especifica los fines para los cuales nos los ha confiado. Si, pues, retenemos en nuestras manos más de lo que es necesario para los fines dichos, ciertamente caemos bajo el cargo de «desear ser ricos». Y, además, somos culpables de enterrar en la tierra el talento de nuestro Señor, y por ello nos exponemos a ser declarados siervos malos, por ser inútiles.
6. Bajo esta acusación de «desear ser ricos» caen, en quinto lugar, todos los «amadores del dinero». La palabra significa propiamente a los que se deleitan en el dinero; a los que se complacen en él; a los que buscan en él su felicidad; a los que se recrean contemplando su oro y su plata, sus letras o sus títulos. Tal era el hombre descrito por el fino pintor romano, que prorrumpió en aquel soliloquio tan natural:
… Populus me sibilat, at mihi plaudo
Ipse domi simul ac nummos contemplor in arca.
[Lo que sigue es la traducción de Francis de estos versos de Horacio:
«Que silben cuanto quieran,
mientras yo, a mi juicio colmado de dicha,
cuento mi dinero y gozo de mi arca». — Ed.]
Si hay algún vicio que no sea natural al hombre, me inclino a pensar que es este; pues el dinero en sí mismo no parece satisfacer ningún deseo ni apetito natural de la mente humana; y porque, en sesenta años de observación, no recuerdo un solo caso de un hombre entregado al amor del dinero que no hubiera descuidado antes el emplear este precioso talento según la voluntad de su Señor. Después de esto, el pecado fue castigado con el pecado, y se permitió a este espíritu maligno entrar en él.
7. Pero, además de esta forma grosera de avaricia, el amor del dinero, hay otra especie de avaricia más refinada, que menciona el gran Apóstol, pleonexia, que literalmente significa el deseo de tener más, más de lo que ya tenemos. Y también estos entran en la denominación de los que quieren enriquecerse. Es verdad que este deseo, con las debidas restricciones, es inocente, y aun digno de alabanza. Pero cuando excede los límites (¡y cuán difícil es no excederlos!), entonces cae bajo la presente censura.
8. Pero ¿quién es capaz de recibir estos dichos duros? ¿Quién puede creer que son las grandes verdades de Dios? No muchos sabios, no muchos nobles, no muchos famosos por su saber; ninguno, en verdad, que no sea enseñado por Dios. ¿Y quiénes son aquellos a quienes Dios enseña? Que nuestro Señor responda: El que quiera hacer su voluntad, conocerá de la doctrina si viene de Dios. Los que piensan de otro modo, lejos de recibirla, ni siquiera serán capaces de entenderla. Dos hombres tan sensatos como los que más en Inglaterra se sentaron juntos hace algún tiempo a leer y considerar aquel sencillo discurso sobre: No os hagáis tesoros en la tierra. Tras mucha y honda consideración, uno de ellos prorrumpió: «Positivamente, no lo puedo entender. Dime, ¿lo entiendes tú, señor L.?». El señor L. respondió con franqueza: «La verdad, yo no. No alcanzo a concebir qué quiere decir el señor W. No le saco sentido alguno». ¡Tan completamente ciego es nuestro entendimiento natural respecto a la verdad de Dios!
9. Habiendo explicado la primera parte del texto, «Los que quieren enriquecerse», y señalado del modo más claro que he podido a las personas de quienes se habla, procuraré ahora, con la ayuda de Dios, explicar lo que se dice de ellas: «Caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición».
«Caen en tentación». Esto parece significar mucho más que simplemente «son tentados». Entran en la tentación: caen de lleno en ella. Sus olas los rodean y los cubren por completo. De los que así entran en tentación, muy pocos escapan de ella. Y los pocos que escapan quedan gravemente chamuscados por ella, aunque no del todo consumidos. Si escapan, es con la piel de sus dientes, y con hondas heridas que no se curan fácilmente.
10. Caen, en segundo lugar, «en lazo», el lazo del diablo, que él ha puesto adrede en su camino. Creo que la palabra griega significa propiamente un cepo, una trampa de acero, que no muestra apariencia alguna de peligro. Pero en cuanto una criatura toca el resorte, se cierra de golpe, y o le hace pedazos los huesos, o la entrega a una ruina inevitable.
11. Caen, en tercer lugar, «en muchas codicias necias y dañosas»; anoetous, tontas, insensatas, fantásticas; tan contrarias a la razón, al sano entendimiento, como lo son a la religión; dañosas, tanto para el cuerpo como para el alma, pues tienden a debilitar, y aun a destruir, toda disposición santa y celestial: destructoras de aquella fe que es operación de Dios; de aquella esperanza que está llena de inmortalidad; del amor a Dios y al prójimo, y de toda buena palabra y obra.
12. Pero ¿qué codicias son estas? Es una pregunta importantísima, y merece la más honda consideración.
En general, todas pueden resumirse en una: el deseo de hallar la felicidad fuera de Dios. Esto incluye, directa o remotamente, toda codicia necia y dañosa. San Pablo lo expresa con «amar a la criatura antes que al Creador», y con ser «amadores de los deleites más que de Dios». En particular son (para usar la exacta y hermosa enumeración de San Juan) «la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida»; todas las cuales el deseo de riquezas tiende naturalmente tanto a engendrar como a aumentar.
13. «La concupiscencia de la carne» se entiende generalmente en un sentido demasiado estrecho. No se refiere, como comúnmente se supone, a uno solo de los sentidos, sino que abarca todos los placeres de los sentidos, la satisfacción de cualquiera de los sentidos externos. Se refiere en particular al gusto. ¡Cuántos miles hallamos hoy en quienes el principio dominante es el deseo de aumentar el placer del paladar! Quizá no satisfacen este deseo de manera grosera, como para incurrir en la acusación de intemperancia; mucho menos como para quebrantar su salud o dañar su entendimiento con la glotonería o la embriaguez. Pero viven en una sensualidad distinguida y ordenada; en un epicureísmo elegante, que no daña el cuerpo, sino que solo destruye el alma, manteniéndola alejada de toda religión verdadera.
14. La experiencia muestra que la imaginación se satisface principalmente por medio del ojo; por tanto, «la concupiscencia de los ojos», en su sentido natural, es el desear y buscar la felicidad en satisfacer la imaginación. Ahora bien, la imaginación se satisface con la grandeza, con la belleza o con la novedad; principalmente con esta última, pues ni los objetos grandiosos ni los bellos agradan más tiempo del que son nuevos.
15. Buscar la felicidad en el saber, de cualquier clase que sea, cae bajo «la concupiscencia de los ojos»; ya sea en la historia, las lenguas, la poesía o cualquier rama de la filosofía natural o experimental. Sí, debemos incluir las diversas clases de saber, como la geometría, el álgebra y la metafísica. Porque si nuestro supremo deleite está en cualquiera de ellas, con ello satisfacemos «la concupiscencia de los ojos».
16. «La soberbia de la vida» (signifique lo que signifique además esa expresión tan poco común, he alazoneia tou biou) parece implicar principalmente el deseo de honra, de la estima, la admiración y el aplauso de los hombres; puesto que nada tiende más directamente a engendrar y fomentar la soberbia que la honra que viene de los hombres. Y como las riquezas atraen mucha admiración y ocasionan mucho aplauso, en proporción dan alimento a la soberbia, y así pueden también referirse a este apartado.
17. El deseo de comodidad es otra de estas codicias necias y dañosas; el deseo de evitar toda cruz, todo grado de molestia, peligro o dificultad; el deseo de pasar la vida adormecido e ir al cielo (como dice el vulgo) en un lecho de plumas. Cualquiera puede observar cómo las riquezas primero engendran, y luego confirman y aumentan, este deseo, haciendo a los hombres cada vez más blandos y delicados; menos dispuestos, y en verdad menos capaces, de «tomar su cruz cada día», de «sufrir trabajos como buenos soldados de Jesucristo» y de «arrebatar el reino de los cielos por la fuerza».
18. Las riquezas, deseadas o poseídas, conducen naturalmente a una u otra de estas codicias necias y dañosas; y, al proporcionar los medios para satisfacerlas todas, tienden naturalmente a aumentarlas. Y hay una estrecha conexión entre los deseos impíos y toda otra pasión y disposición impía. Fácilmente pasamos de estos a la soberbia, la ira, la amargura, la envidia, la malicia, el espíritu vengativo; a un espíritu testarudo, que no admite consejo ni reprensión; en verdad, a toda disposición terrenal, sensual o diabólica. Todo esto tiende naturalmente a crearlo, fortalecerlo y aumentarlo el deseo o la posesión de las riquezas.
19. Y, al hacerlo así, en la misma proporción en que prevalecen, «traspasan a los hombres de muchos dolores»: dolores del remordimiento, de una conciencia culpable; dolores que brotan de todas las malas disposiciones que inspiran o aumentan; dolores inseparables de esos mismos deseos, puesto que todo deseo impío es un deseo inquieto; y dolores por la contrariedad de esos deseos entre sí, por la cual es imposible satisfacerlos todos. Y al fin «hunden» el cuerpo en el dolor, la enfermedad y la «destrucción», y el alma en la «perdición» eterna.
II. 1. He de aplicar, en segundo lugar, lo que se ha dicho. Y este es el punto principal. Porque ¿de qué sirve el conocimiento más claro, aun de las cosas más excelentes, aun de las cosas de Dios, si no pasa de la especulación, si no se lleva a la práctica? ¡El que tiene oídos para oír, oiga! Y lo que oiga, póngalo al instante en práctica. ¡Oh, si Dios me concediera lo que anhelo: que, antes que me vaya y no sea más, vea yo un pueblo enteramente consagrado a Dios, crucificado al mundo, y el mundo crucificado a él; un pueblo verdaderamente entregado a Dios en cuerpo, alma y bienes! ¡Con cuánta alegría diría entonces: «Ahora despides, Señor, a tu siervo en paz»!
2. Pregunto, pues, en el nombre de Dios: ¿quiénes de vosotros «desean ser ricos»? ¿Quiénes de vosotros (preguntadlo a vuestro propio corazón delante de Dios) desean seria y deliberadamente (y quizá se aplauden a sí mismos por ello, como no pequeña muestra de su prudencia) tener más que alimento que comer, ropa que ponerse y una casa que los cubra? ¿Quién de vosotros desea tener más que las simples necesidades y comodidades de la vida? ¡Deteneos! ¡Considerad! ¿Qué estáis haciendo? ¡El mal está delante de vosotros! ¿Os vais a arrojar sobre la punta de una espada? ¡Por la gracia de Dios, volveos y vivid!
3. Con la misma autoridad pregunto: ¿quiénes de vosotros están procurando ser ricos, procurarse más que las simples necesidades y comodidades de la vida? Ponga cada uno de vosotros la mano sobre su corazón, e indague seriamente: «¿Soy yo de ese número? ¿Estoy trabajando, no solo por lo que necesito, sino por más de lo que necesito?». ¡Diga el Espíritu de Dios a cada uno a quien concierna: «Tú eres aquel hombre»!
4. Pregunto, «en tercer lugar: ¿quiénes de vosotros están de hecho «haciéndose tesoros en la tierra», aumentando en bienes, añadiendo, tan aprisa como pueden, casa a casa y heredad a heredad? Mientras tú así «te hagas bien a ti mismo, los hombres hablarán bien de ti». Te llamarán hombre sabio, prudente, un hombre que mira por lo principal. Tal es, y ha sido siempre, la sabiduría del mundo. Pero Dios te dice: «“¡Necio!”, ¿no estás “atesorando para ti mismo ira para el día de la ira y de la manifestación del justo juicio de Dios”?».
5. Quizá preguntaréis: «Pero ¿no aconsejas tú mismo ganar todo lo que podamos y ahorrar todo lo que podamos? ¿Y es posible hacer esto sin desear y sin procurar ser ricos? Más aún, suponiendo que nuestros esfuerzos tengan éxito, ¿sin hacernos realmente tesoros en la tierra?». Respondo: es posible. Podéis ganar todo lo que podáis sin dañar ni vuestra alma ni vuestro cuerpo; podéis ahorrar todo lo que podáis, evitando cuidadosamente todo gasto innecesario; y, sin embargo, no haceros nunca tesoros en la tierra, ni desearlo ni procurarlo.
6. Permitidme hablar de mí mismo con la misma libertad con que hablaría de otro hombre. Yo gano todo lo que puedo (a saber, escribiendo) sin dañar ni mi alma ni mi cuerpo. Yo ahorro todo lo que puedo, sin desperdiciar a sabiendas cosa alguna, ni una hoja de papel, ni un vaso de agua. No gasto nada, ni un chelín, si no es como sacrificio a Dios. Y, sin embargo, al dar todo lo que puedo, estoy eficazmente a salvo de «hacerme tesoros en la tierra». Sí, y estoy a salvo aun de desearlo o procurarlo, mientras dé todo lo que pueda. Y de que hago esto, pongo por testigos a todos los que me conocen, tanto amigos como enemigos.
7. Pero alguno dirá: «Lo procures o no, eres innegablemente rico. Tienes más de lo necesario para la vida». Lo tengo. Pero el Apóstol no funda el cargo en el mero hecho de poseer cualquier cantidad de bienes, sino en poseer más de lo que empleamos conforme a la voluntad del Dador.
Hace cuarenta y dos años, deseando proveer a los pobres de libros más baratos, más breves y más sencillos que cuantos había visto, escribí muchos tratados pequeños, por lo general a un penique cada uno, y después varios mayores. Algunos de ellos tuvieron una venta como nunca me la había imaginado; y por este medio, sin darme cuenta, me hice rico. Pero nunca lo deseé ni lo procuré. Y ahora que me ha venido sin darme cuenta, no me hago tesoros en la tierra: no atesoro nada en absoluto. Mi deseo y mi empeño en este respecto es «devanar mi ovillo de modo que me alcance justo para el año». No puedo evitar dejar mis libros tras de mí cuando quiera que Dios me llame de aquí; pero, en todo lo demás, mis propias manos serán mis albaceas.
8. En esto, hermanos míos, sed vosotros, los que sois ricos, como yo. Vosotros, que poseéis más que sustento y abrigo, preguntáis: «¿Qué haremos? ¿Arrojaremos al mar lo que Dios nos ha dado?». ¡No lo permita Dios! Es un talento excelente: puede emplearse mucho para la gloria de Dios. Vuestro camino está llano delante de vosotros; si tenéis valor, andad por él. Habiendo ganado, en el buen sentido, todo lo que podáis, y ahorrado todo lo que podáis, a despecho de la naturaleza, de la costumbre y de la prudencia mundana, dad todo lo que podáis. No digo: «Sed buenos judíos, dando el diezmo de todo lo que poseéis». No digo: «Sed buenos fariseos, dando la quinta parte de todos vuestros bienes». No me atrevo a aconsejaros que deis la mitad de lo que tenéis; no, ni tres cuartas partes; ¡sino todo! Levantad vuestro corazón, y veréis claramente en qué sentido ha de hacerse esto. Si deseáis ser «mayordomos fieles y prudentes», de aquella porción de los bienes de vuestro Señor que él ha depositado por ahora en vuestras manos, pero con derecho a reclamarla cuando le plazca: (1.) Proveed lo necesario para vosotros mismos: alimento que comer, ropa que poneros, todo lo que la naturaleza pide con moderación para conservaros en salud y en fuerzas; (2.) Proveed esto mismo para vuestra esposa, vuestros hijos, vuestros criados o cualesquiera otros que pertenezcan a vuestra casa. Si, hecho esto, queda un sobrante, haced entonces bien a «los de la familia de la fe». Si todavía queda sobrante, «según tengáis oportunidad, haced bien a todos». Al hacerlo así, dais todo lo que podéis; más aún, en un sentido verdadero, todo lo que tenéis. Porque todo lo que se emplea de esta manera, realmente se da a Dios. Dais a Dios lo que es de Dios, no solo con lo que dais a los pobres, sino también con lo que gastáis en proveer lo necesario para vosotros y vuestra casa.
9. ¡Oh, vosotros, metodistas, oíd la palabra del Señor! Tengo un mensaje de Dios para todos los hombres; pero para vosotros sobre todos. Por más de cuarenta años he sido siervo vuestro y de vuestros padres. Y no he sido como una caña sacudida por el viento: no he variado en mi testimonio. Os he testificado exactamente lo mismo desde el primer día hasta ahora. Pero «¿quién ha creído a nuestro anuncio?». Temo que no muchos ricos; temo que es preciso aplicar a algunos de vosotros aquellas terribles palabras del Apóstol: «¡Ea ya ahora, oh ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán. Vuestro oro y plata están enmohecidos, y su moho os será en testimonio, y devorará vuestras carnes como fuego». Ciertamente así será, a menos que ahorréis todo lo que podáis y deis todo lo que podáis. Pero ¿quién de vosotros ha considerado esto desde que oísteis por primera vez la voluntad del Señor sobre ello? ¿Quién está ahora resuelto a considerarlo y practicarlo? ¡Por la gracia de Dios, comenzad hoy!
10. ¡Oh, vosotros, amadores del dinero, oíd la palabra del Señor! ¿Suponéis que el dinero, aunque se multiplique como la arena del mar, puede dar la felicidad? Entonces estáis «entregados a un poder engañoso, para que creáis la mentira»; una mentira palpable, refutada cada día por mil experiencias. ¡Abrid los ojos! ¡Mirad a vuestro alrededor! ¿Son los hombres más ricos los más felices? ¿Tienen la mayor parte de contentamiento los que tienen las mayores posesiones? ¿No es verdad precisamente lo contrario? ¿No es observación común que los más ricos de los hombres son, por lo general, los más descontentos, los más desdichados? ¿No tenía la mayor parte de ellos más contentamiento cuando tenían menos dinero? Mirad dentro de vuestro pecho. Si habéis aumentado en bienes, ¿habéis aumentado en proporción en felicidad? Tenéis más hacienda; pero ¿tenéis más contentamiento? Sabéis que, al buscar la felicidad en las riquezas, no hacéis más que esforzaros por beber de copas vacías. Y por muy finamente pintadas y doradas que estén, vacías siguen.
11. ¡Oh, vosotros, los que deseáis o procuráis ser ricos, oíd la palabra del Señor! ¿Por qué habéis de ser heridos todavía? ¿No os enseñará sabiduría siquiera la experiencia? ¿Saltaréis a un pozo con los ojos abiertos? ¿Por qué habéis de «caer en tentación» todavía? No puede ser sino que la tentación os asedie mientras estéis en el cuerpo. Pero, aunque os asedie por todas partes, ¿por qué habéis de entrar en ella? No hay necesidad alguna de ello: es vuestro propio acto voluntario. ¿Por qué habéis de precipitaros todavía en lazo, en la trampa que Satanás os ha tendido, pronta a haceros pedazos los huesos, a triturar vuestra alma hasta la muerte? Después de un aviso tan claro, ¿por qué habéis de hundiros todavía en «codicias necias y dañosas», codicias tan contrarias a la razón como a la religión misma, codicias que os han hecho ya más daño del que todos los tesoros de la tierra pueden compensar?
12. ¿No os han dañado ya, no os han herido en la parte más tierna, aflojando, si no destruyendo del todo, vuestra «hambre y sed de justicia»? ¿Tenéis ahora el mismo anhelo que tuvisteis una vez de toda la imagen de Dios? ¿Tenéis el mismo deseo vehemente que antes teníais de «ir adelante a la perfección»? ¿No os han dañado debilitando vuestra fe? ¿Tenéis ahora aquella «impresión permanente de la fe, que hace reales las cosas venideras»? ¿Os sostenéis, en todas las tentaciones, de placer o de dolor, «como viendo al Invisible»? ¿Tenéis cada día y cada hora un sentimiento ininterrumpido de su presencia? ¿No os han dañado en cuanto a vuestra esperanza? ¿Tenéis ahora una esperanza llena de inmortalidad? ¿Estáis todavía henchidos de ardiente expectación de todas las grandísimas y preciosas promesas? ¿«Gustáis» ahora «los poderes del siglo venidero»? ¿Estáis «sentados en los lugares celestiales con Cristo Jesús»?
13. ¿No os han dañado hasta el punto de herir de muerte vuestra religión en el corazón? ¿No han enfriado (si no apagado) vuestro amor a Dios? Esto es fácil de determinar. ¿Tenéis el mismo deleite en Dios que una vez tuvisteis? ¿Podéis decir ahora:
Nada quiero aquí abajo ni en lo alto;
¡dichoso, dichoso en tu amor!
Me temo que no. Y si vuestro amor a Dios ha decaído en algo, también ha decaído vuestro amor al prójimo. ¡Estáis entonces heridos en la vida y el espíritu mismos de vuestra religión! Si perdéis el amor, lo perdéis todo.
14. ¿No estáis dañados en cuanto a vuestra humildad? Si habéis aumentado en bienes, difícilmente puede ser de otro modo. Muchos os tendrán por mejores porque sois más ricos; ¿y cómo podréis evitar pensarlo vosotros mismos? Sobre todo considerando los elogios que algunos os harán con sencillez, y muchos con el propósito de serviros de vosotros.
Si estáis dañados en vuestra humildad, se verá por esta señal: no sois tan dóciles como erais, no tan dispuestos a recibir consejo; no sois tan fáciles de convencer, ni tan fáciles de persuadir; tenéis una opinión mucho mejor de vuestro propio juicio y estáis más apegados a vuestra propia voluntad. Antes se os podía guiar con un hilo; ahora no se os puede hacer volver ni con una maroma de carro. Os alegrabais de ser amonestados o reprendidos; pero ese tiempo ya pasó. Y ahora tenéis por enemigo a un hombre porque os dice la verdad. ¡Oh, considere cada uno de vosotros esto con calma, y vea si no es su propio retrato!
15. ¿No estáis igualmente dañados en cuanto a vuestra mansedumbre? Una vez habíais aprendido una lección excelente de aquel que era manso y humilde de corazón. Cuando os maldecían, no respondíais con maldición. No devolvíais injuria por injuria, sino, por el contrario, bendición. Vuestro amor no se irritaba, sino que os capacitaba en toda ocasión para vencer con el bien el mal. ¿Es así ahora? Me temo que no. Temo que no podéis «sufrirlo todo». Ay, más bien podría decirse que no podéis sufrir nada; ni una injuria, ni siquiera una afrenta. ¡Con cuánta rapidez os alteráis! ¡Con cuánta prontitud acude aquello de: «¡Cómo! ¡Tratarme así a mí! ¡Qué insolencia es esta! ¡Cómo se ha atrevido a hacerlo! Ya no soy lo que era. Sepa que ahora soy capaz de defenderme»! Queréis decir: de vengaros. Y ya es mucho si no estáis tan dispuestos como capaces; si no echáis mano a vuestro consiervo y lo ahogáis.
16. ¿Y no estáis dañados también en vuestra paciencia? ¿«Lo soporta todo» ahora vuestro amor? ¿Seguís «poseyendo vuestras almas en vuestra paciencia», como cuando creísteis por primera vez? ¡Oh, qué cambio hay aquí! Habéis vuelto a aprender a estar a menudo de mal humor. Estáis con frecuencia irritables; sentís, y aun dais lugar a, la impaciencia. Halláis tantísimas cosas que os van tan a contrapelo que no sabéis cómo soportarlas.
Hace muchos años estaba yo sentado con un caballero en Londres que temía mucho a Dios y que, por lo general, daba año tras año nueve décimas partes de sus rentas anuales. Entró un criado y echó algunos carbones al fuego. Salió una bocanada de humo. El baronet se echó atrás en su silla y exclamó: «¡Oh, señor Wesley, estas son las cruces que encuentro cada día!». ¿No habría sido menos impaciente si hubiera tenido cincuenta libras al año, en vez de cinco mil?
17. Pero volvamos. Vosotros, los que habéis tenido éxito en vuestros esfuerzos por aumentar vuestros bienes, ¿no os habéis hundido insensiblemente en la blandura de ánimo, si no también de cuerpo? Ya no os gozáis en «sufrir trabajos como buenos soldados de Jesucristo». Ya no «os lanzáis sobre el reino de los cielos para tomarlo como por asalto». No «os negáis a vosotros mismos y tomáis vuestra cruz cada día» con alegría y de buena gana. ¡No podéis negaros el pobre placer de un poco de sueño, o de una cama blanda, para oír la palabra que puede salvar vuestras almas! En verdad, «no podéis salir tan temprano por la mañana: además, está oscuro, y aun hace frío, y quizá también llueve. Frío, oscuridad, lluvia, todo junto: no puedo ni pensarlo». No decíais eso cuando erais pobres. Entonces no hacíais caso de ninguna de estas cosas. Es el cambio de circunstancias lo que ha ocasionado este triste cambio en vuestro cuerpo y en vuestra alma: ¡no sois más que la sombra de lo que fuisteis! ¿Qué han hecho por vosotros las riquezas?
«Pero no puede esperarse que yo haga lo que he hecho. Porque ahora me he hecho viejo». ¿No me he hecho viejo yo tanto como vosotros? ¿No estoy en mi septuagésimo octavo año? Y, sin embargo, por la gracia de Dios, todavía no aflojo el paso. Ni lo aflojaríais vosotros, si siguierais siendo pobres.
18. Estáis tan hondamente dañados que casi habéis perdido vuestro celo por las obras de misericordia, así como por las de piedad. Antes os abríais paso a través del frío o de la lluvia, o de cualquier cruz que se os pusiera en el camino, para ver a los pobres, a los enfermos, a los afligidos. Andabais haciendo bienes, y buscabais a los que no eran capaces de buscaros a vosotros. Gustosamente bajabais a rastras a sus sótanos y subíais a sus buhardillas,
para suplir todas sus necesidades,
y gastar y ser gastados socorriendo a sus santos.
Buscabais toda escena de miseria humana, y socorríais según vuestras fuerzas:
toda forma de dolor movía vuestra generosa compasión;
veíais el rostro de vuestro Salvador y, al verlo, amabais.
¿Seguís ahora las mismas pisadas? ¿Qué os lo impide? ¿Teméis echar a perder vuestro traje de seda? ¿O hay otro león en el camino? ¿Tenéis miedo de coger parásitos? ¿Y no tenéis miedo de que el león rugiente os coja a vosotros? ¿No tenéis miedo de aquel que ha dicho: «En cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis»? ¿Qué seguirá? «¡Apartaos, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles!».
19. En tiempos pasados, ¡cuán atentos estabais a aquella palabra: «No aborrecerás a tu hermano en tu corazón: reprenderás sin falta a tu hermano, y no consentirás sobre él pecado»! Sí reprendíais, directa o indirectamente, a todos los que pecaban en vuestra presencia. Y pronto se seguían dichosas consecuencias. ¡Cuán buena era una palabra dicha a su tiempo! A menudo era como una saeta en mano de un gigante. Muchos corazones fueron traspasados. Muchos de los obstinados de corazón, que desdeñaban oír un sermón,
cayeron rendidos ante su cruz,
y sintieron sus flechas mojadas en sangre.
Pero ¿quién de vosotros tiene ahora aquella compasión por los ignorantes y extraviados? Por lo que a vosotros toca, pueden seguir errantes y precipitarse en el lago de fuego sin estorbo ni impedimento. El oro ha endurecido vuestros corazones. Tenéis otra cosa que hacer.
Sin ayuda, sin piedad, caigan los desdichados.
20. Así os he dado, oh vosotros que ganáis, amáis y poseéis riquezas, un aviso más (quizá el último). ¡Oh, que no sea en vano! ¡Escríbalo Dios en todos vuestros corazones! Aunque «más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja que entrar un rico en el reino de los cielos», sin embargo, las cosas imposibles para los hombres son posibles para Dios». ¡Señor, habla! Y aun los ricos que oyen estas palabras entrarán en tu reino, «arrebatarán el reino de los cielos por la fuerza», «lo venderán todo por la perla preciosa», serán «crucificados al mundo, y tendrán todas las cosas por estiércol, para ganar a Cristo».
Capítulo 88 completado
El peligro de las riquezas