Capítulo 87 · 28 min de lectura · 37 min de escucha
Llamamiento a los descarriados
Sermón 86
Llamamiento a los descarriados
«¿Se ausentará el Señor para siempre? ¿Y no se dejará ya más rogar? ¿Se ha acabado para siempre su misericordia? ¿Y ha cesado del todo su promesa por siempre jamás?».
Salmos 77:7, 8.
1. La presunción es un gran lazo del diablo, en el cual caen presos muchos de los hijos de los hombres. Presumen de tal modo de la misericordia de Dios que olvidan por completo su justicia. Aunque él ha declarado expresamente: «Sin santidad nadie verá al Señor», ellos se lisonjean de que al fin Dios será mejor que su palabra. Se imaginan que pueden vivir y morir en sus pecados y, no obstante, «escapar de la condenación del infierno».
2. Pero, aunque son muchos los que se destruyen por la presunción, son todavía más los que perecen por la desesperación; quiero decir, por falta de esperanza, por pensar que les es imposible escapar de la destrucción. Habiendo luchado muchas veces contra sus enemigos espirituales, y habiendo sido vencidos siempre, deponen las armas; ya no combaten, pues no tienen esperanza de victoria. Sabiendo por triste experiencia que no tienen poder alguno en sí mismos para ayudarse, y no esperando que Dios los ayude, se dejan caer bajo su carga. Ya no se esfuerzan, porque suponen que es imposible que lo alcancen.
3. En este caso, como en otros mil, «el corazón conoce su propia amargura, y el extraño no se entromete en su dolor». No es fácil que lo conozcan quienes nunca lo han sentido; porque «¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él?». ¿Quién sabe, a no ser por su propia experiencia, lo que significa esta clase de espíritu herido? Por consiguiente, pocos son los que saben compadecerse de los que están bajo esta dolorosa tentación. Pocos son los que han considerado debidamente el caso; pocos los que no se dejan engañar por las apariencias. Ven a los hombres proseguir en un curso de pecado y dan por sentado que lo hacen por pura presunción; cuando, en realidad, procede del principio enteramente contrario: lo hacen por pura desesperación. O no tienen esperanza alguna —y mientras así es, no luchan en absoluto—, o tienen algunos intervalos de esperanza, y mientras estos duran, «luchan por la victoria». Pero esa esperanza pronto desfallece; entonces dejan de luchar, y «son hechos cautivos de Satanás a voluntad de él».
4. Este es con frecuencia el caso de los que comenzaron a correr bien, pero pronto se cansaron en el camino celestial; en particular de los que una vez «vieron la gloria de Dios en la faz de Jesucristo», pero después contristaron a su Espíritu Santo e hicieron naufragio en la fe. En verdad, muchos de ellos se lanzan al pecado como el caballo a la batalla. Pecan con mano tan alzada que apagan por completo el Espíritu Santo de Dios; de modo que él los entrega a las concupiscencias de su propio corazón y los deja seguir sus propias imaginaciones. Y los que así han sido entregados pueden quedar del todo embotados, sin temor, ni tristeza, ni cuidado alguno; enteramente tranquilos e indiferentes respecto de Dios, del cielo o del infierno; a lo cual contribuye no poco el dios de este mundo, cegando y endureciendo sus corazones. Pero aun estos no serían tan descuidados si no fuera por la desesperación. La gran razón por la que no tienen tristeza ni cuidado es que no tienen esperanza. Creen verdaderamente que han provocado de tal manera a Dios que «no se dejará ya más rogar».
5. Y, sin embargo, no hemos de dar por perdidos del todo ni aun a estos. Hemos conocido a algunos, aun de los descuidados, a quienes Dios ha visitado de nuevo y restituido a su primer amor. Pero podemos tener mucha más esperanza respecto de aquellos descarriados que no son descuidados, que están todavía inquietos; de aquellos que de buena gana escaparían del lazo del diablo, pero piensan que es imposible. Están plenamente convencidos de que no pueden salvarse a sí mismos, y creen que Dios no quiere salvarlos. Creen que él ha «encerrado con ira sus piedades» de manera irrevocable. Se afirman en esta creencia con abundancia de razones; y, a menos que esas razones sean claramente removidas, no pueden esperar liberación alguna.
Es para aliviar a estas almas sin esperanza y sin ayuda por lo que me propongo, con la asistencia de Dios,
I. Investigar cuáles son las principales de aquellas razones, algunas de las cuales inducen a tantos descarriados a desechar la esperanza, a suponer que Dios ha olvidado tener misericordia. Y,
II. Dar una respuesta clara y completa a cada una de esas razones.
I. He de investigar, en primer lugar, cuáles son las principales de aquellas razones que inducen a tantos descarriados a pensar que Dios ha olvidado tener misericordia. No digo todas las razones, porque son innumerables las que sugerirán, ya su propio corazón malo, ya aquella serpiente antigua; sino las principales de ellas: las más plausibles y, por tanto, las más comunes.
1. El primer argumento que induce a muchos descarriados a creer que «el Señor no se dejará ya más rogar» se toma de la razón misma de la cosa. «Si un hombre», dicen, «se rebela contra un príncipe terrenal, muchas veces muere por la primera ofensa; paga con su vida la primera transgresión. Con todo, quizá, si el crimen queda atenuado por alguna circunstancia favorable, o si se hace una fuerte intercesión por él, se le perdone la vida. Pero si, después de un perdón pleno y gratuito, fuese culpable de rebelarse por segunda vez, ¿quién se atrevería a interceder por él? No debe esperar más misericordia. Ahora bien, si el que se rebela contra un rey terrenal, después de haber sido perdonado gratuitamente una vez, no puede con ninguna apariencia de razón esperar ser perdonado una segunda vez, ¿cuál ha de ser el caso de aquel que, habiendo sido perdonado gratuitamente por rebelarse contra el gran Rey del cielo y de la tierra, se rebela de nuevo contra él? ¿Qué puede esperarse sino que “vendrá sobre él la ira hasta el extremo”»
2. (1.) Este argumento, tomado de la razón, lo refuerzan con varios pasajes de la Escritura. Uno de los más fuertes es el que aparece en la Primera Epístola de san Juan (1 Juan 5:16): «Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida; esto es, a los que cometen pecado que no sea de muerte. Hay pecado de muerte; no digo que ruegue por él».
De aquí arguyen: «Ciertamente, no digo que ruegue por él equivale a digo que no ruegue por él. ¡Así pues, el apóstol supone que el que ha cometido este pecado está, en verdad, en un estado desesperado! Tan desesperado, que ni siquiera podemos orar por su perdón; no podemos pedir vida para él. ¿Y qué podemos suponer más razonablemente que sea pecado de muerte, sino una rebelión voluntaria después de un perdón pleno y gratuito?
(2). «Considerad, en segundo lugar», dicen, «aquellos terribles pasajes de la Epístola a los Hebreos; uno de los cuales aparece en el capítulo sexto, y el otro en el décimo. Comenzando por el último: “Si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio y hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que menosprecia la ley de Moisés muere sin misericordia. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. ¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!” (Hebreos 10:26–31.) Ahora bien, ¿no declara aquí expresamente el Espíritu Santo que nuestro caso es desesperado? ¿No se declara que, “si, después de haber recibido el conocimiento de la verdad”, después de haberla conocido por experiencia, “pecamos voluntariamente” —lo cual sin duda hemos hecho, y una y otra vez—, “ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio y hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios”?
(3.) «¿Y no es exactamente paralelo a este aquel pasaje del capítulo sexto? “Es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo —si recaen—” (literalmente, y recayeron), “sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio”. (Hebreos 6:4–6.)
(4.) «Es verdad que algunos opinan que aquellas palabras, es imposible, no han de tomarse literalmente como denotando una imposibilidad absoluta, sino solo una dificultad muy grande. Pero no parece que tengamos razón suficiente para apartarnos del sentido literal, ya que este no implica absurdo alguno ni contradice ninguna otra Escritura. ¿No corta esto, pues», dicen, «toda esperanza, puesto que sin duda hemos “gustado del don celestial, y hemos sido hechos partícipes del Espíritu Santo”? ¿Cómo es posible “renovarnos otra vez para arrepentimiento”, para un cambio completo tanto del corazón como de la vida? Puesto que hemos crucificado de nuevo para nosotros mismos “al Hijo de Dios, y le hemos expuesto a vituperio”.
(5.) «Un pasaje todavía más terrible que este, si cabe, es el del capítulo doce de san Mateo: “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. Y cualquiera que hablare palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero cualquiera que hablare contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero”. (Mateo 12:31, 32.) Exactamente paralelas a estas son aquellas palabras de nuestro Señor que refiere san Marcos: “De cierto os digo que todos los pecados serán perdonados a los hijos de los hombres, y las blasfemias cualesquiera con que blasfemaren; pero el que blasfemare contra el Espíritu Santo no tiene jamás perdón, sino que está expuesto a condenación eterna”. (Marcos 3:28, 29.)
(6.) Ha sido el juicio de algunos que todos estos pasajes señalan uno y el mismo pecado; que no solo las palabras de nuestro Señor, sino también las de san Juan acerca del “pecado de muerte”, y las de san Pablo acerca de “crucificar de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios, pisotear al Hijo de Dios y hacer afrenta al Espíritu de gracia, “se refieren todas a la blasfemia contra el Espíritu Santo, el único pecado que jamás será perdonado. Ya se refieran o no, ha de admitirse que esta blasfemia es absolutamente imperdonable; y que, por consiguiente, para los que han sido culpables de ella, Dios “no se dejará ya más rogar”.
3. Para confirmar estos argumentos, tomados de la razón y de la Escritura, apelan a los hechos. Preguntan: «¿No es un hecho que los que caen de la gracia justificadora, los que hacen “naufragio en la fe”, en aquella fe de la cual procede la salvación presente, perecen sin misericordia? ¡Cuánto menos podrá escapar ninguno de los que caen de la gracia santificadora, de los que hacen naufragio en aquella fe por la cual son limpiados de toda contaminación de carne y de espíritu! ¿Ha habido jamás un ejemplo de que uno u otro de estos fuera renovado otra vez para arrepentimiento? Si hay algunos ejemplos de ello, uno se inclinaría a creer que no es extravagante aquel pensamiento de nuestro poeta:
«Aun Judas lucha por sofocar su desesperación;
la esperanza casi florece en las sombras del infierno».
II. Estos son los principales argumentos, tomados de la razón, de la Escritura y de los hechos, con los cuales los descarriados suelen justificarse al desechar la esperanza, al suponer que Dios ha «encerrado con ira sus piedades» del todo. Los he propuesto con toda su fuerza, para que podamos formar un juicio más acertado acerca de ellos, y probar si cada uno no puede recibir una respuesta clara, completa y satisfactoria.
1. Comienzo por aquel argumento que se toma de la naturaleza de la cosa: «Si un hombre se rebela contra un príncipe terrenal, posiblemente se le perdone la primera vez. Pero si, después de un perdón pleno y gratuito, se rebelara de nuevo, no hay esperanza de obtener un segundo perdón: debe esperar morir sin misericordia. Ahora bien, si el que se rebela de nuevo contra un rey terrenal no puede esperar un segundo perdón, ¿cómo puede esperar misericordia el que se rebela por segunda vez contra el gran Rey del cielo y de la tierra?».
2. Respondo: este argumento, tomado de la analogía entre las cosas terrenales y las celestiales, es plausible, pero no es sólido; y ello por esta sencilla razón: la analogía no tiene cabida aquí. No puede haber analogía ni proporción entre la misericordia de cualquiera de los hijos de los hombres y la del Dios altísimo. «¿A quién, pues, me haréis semejante?, dice el Señor». ¿A quién, sea en el cielo o en la tierra? «¿Quién entre los dioses será comparado al Señor?». «Yo dije: Vosotros sois dioses», dice el salmista, hablando a los magistrados supremos. Tal es vuestra dignidad y poder en comparación con los de los hombres comunes. Pero ¿qué son ellos ante el Dios del cielo? Como una burbuja sobre la ola. ¿Qué es su poder en comparación con el poder de él? ¿Qué es su misericordia comparada con la misericordia de él? De ahí aquella palabra consoladora: «Dios soy, y no hombre; por tanto, la casa de Israel no ha sido consumida». Porque él es Dios, y no hombre, «por tanto, nunca decaen sus misericordias». Nadie, pues, puede inferir que, porque un rey terrenal no perdonará al que se rebela contra él por segunda vez, tampoco lo hará el Rey del cielo. Sí, lo hará; no solo hasta siete veces, ni hasta setenta veces siete. Más aún, aunque vuestras rebeliones se hubieran multiplicado como las estrellas del cielo, aunque fueran más en número que los cabellos de vuestra cabeza, aun así, «volveos al Señor, y él tendrá de vosotros misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar».
3. «Pero ¿no nos corta san Juan esta esperanza con lo que dice del “pecado de muerte”? ¿No equivale “no digo que ruegue por él” a “digo que no ruegue por él”? ¿Y no implica esto que Dios ha determinado no oír esa oración? ¿Que no dará vida a semejante pecador, no, ni siquiera por la oración de un hombre justo?».
4. Respondo: «No digo que ruegue por él» significa ciertamente que no ha de rogar por él. E implica sin duda que Dios no dará vida a los que han cometido este pecado; que su sentencia está dictada, y que Dios ha determinado que no será revocada. No puede alterarse ni aun por aquella «oración eficaz y ferviente» que en otros casos «puede mucho».
5. Pero pregunto, primero: ¿cuál es el pecado de muerte? Y, segundo: ¿cuál es la muerte que va unida a él?
(1) Y, primero, ¿cuál es el pecado de muerte? Hace ya muchos años que, hallándome entre un pueblo, el más experimentado en las cosas de Dios de cuantos jamás había visto, pregunté a algunos de ellos: ¿Qué entendéis por el «pecado de muerte» mencionado en la Primera Epístola de san Juan? Respondieron: «Si alguno está enfermo entre nosotros, llama a los ancianos de la iglesia; y ellos oran por él, y la oración de fe salva al enfermo, y el Señor lo levanta. Y si ha cometido pecados, que Dios estaba castigando con aquella enfermedad, le son perdonados. Pero a veces ninguno de nosotros puede orar para que Dios lo levante. Y nos vemos obligados a decirle: Tememos que hayas cometido un pecado de muerte”; un pecado que Dios ha determinado castigar con la muerte; no podemos orar por tu recuperación. Y nunca hemos conocido todavía un ejemplo de que una persona así se recobrara».
(2.) No veo absurdo alguno en esta interpretación de la palabra. Parece ser uno de los sentidos (por lo menos) de la expresión «pecado de muerte»: un pecado que Dios ha determinado castigar con la muerte del pecador. Si, pues, habéis cometido un pecado de esta clase, y vuestro pecado os ha alcanzado; si Dios os está castigando con alguna enfermedad grave, no servirá de nada orar por vuestra vida: estáis irrevocablemente sentenciados a morir. ¡Pero observad! Esto no tiene ninguna relación con la muerte eterna. De ningún modo implica que estéis condenados a morir la segunda muerte. No; más bien implica lo contrario: el cuerpo es destruido para que el alma escape de la destrucción. Yo mismo, en el curso de muchos años, he visto numerosos ejemplos de esto. He conocido a muchos pecadores (principalmente descarriados notorios que habían caído desde altos grados de santidad, y que habían dado gran ocasión de blasfemar a los enemigos de la religión) a quienes Dios cortó en medio de su jornada; sí, antes de que hubieran vivido la mitad de sus días. Estos, a mi entender, habían cometido «un pecado de muerte»; a consecuencia del cual fueron cortados, unas veces más rápidamente, otras más lentamente, por un golpe inesperado. Pero en la mayoría de estos casos se ha observado que «la misericordia se gloría contra el juicio». Y las personas mismas quedaban plenamente convencidas de la bondad, así como de la justicia, de Dios. Reconocían que él destruía el cuerpo a fin de salvar el alma. Antes de partir de aquí, él sanó su descarrío. Así murieron para vivir para siempre.
(3.) Un ejemplo muy notable de esto ocurrió hace muchos años. Un joven carbonero [minero del carbón] de Kingswood, cerca de Bristol, fue un pecador eminente, y después un santo eminente. Pero, poco a poco, renovó el trato con sus antiguos compañeros, los cuales fueron obrando en él gradualmente, hasta que abandonó toda su religión y llegó a ser doblemente más hijo del infierno que antes. Un día estaba trabajando en el pozo con un joven serio, el cual de repente se detuvo y exclamó: «¡Oh Tommy, qué hombre eras tú en otro tiempo! ¡Cómo estimulaban tus palabras y tu ejemplo a muchos al amor y a las buenas obras! ¿Y qué eres ahora? ¿Qué sería de ti si murieras tal como estás?». «No, Dios no lo quiera», dijo Thomas, «¡porque entonces caería de cabeza en el infierno! ¡Oh, clamemos a Dios!». Así lo hicieron durante un tiempo considerable, primero el uno y luego el otro. Invocaron a Dios con gran clamor y lágrimas, luchando con él en poderosa oración. Al cabo de un rato, Thomas prorrumpió: «Ahora sé que Dios ha sanado mi descarrío. Sé otra vez que mi Redentor vive, y que me ha lavado de mis pecados con su propia sangre. Estoy dispuesto a ir a él». Al instante se desplomó una parte del pozo y lo aplastó, dándole muerte en un momento. ¡Quienquiera que seas tú que has cometido «un pecado de muerte», toma esto a pecho! Puede ser que Dios te pida tu alma en una hora en que no lo esperas. Pero, si así lo hace, hay misericordia en medio del juicio: no morirás eternamente.
6. «Pero ¿qué decís de aquella otra escritura, a saber, el capítulo décimo de Hebreos? ¿Deja ella alguna esperanza a los descarriados notorios de que no morirán eternamente, de que podrán jamás recobrar el favor de Dios o escapar de la condenación del infierno? “Si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio y hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que menosprecia la ley de Moisés muere sin misericordia. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?”
7. «¿Y no queda plenamente confirmada la misma cosa, a saber, el estado desesperado e irremediable de los descarriados voluntarios, por aquel pasaje paralelo del capítulo sexto? “Es imposible que los que una vez fueron iluminados, y partícipes del Espíritu Santo —y recayeron—” —así dice el original—, “sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio”».
8. Estos pasajes me parecen, en efecto, paralelos el uno al otro, y merecen nuestra más profunda consideración. Y para entenderlos será necesario saber: (1.) quiénes son las personas de que aquí se habla; y (2.) cuál es el pecado que habían cometido, que hacía su caso casi, si no del todo, desesperado.
(1.) En cuanto a lo primero, será claro para todos los que consideren y comparen imparcialmente ambos pasajes que las personas de que en ellos se habla son aquellas, y solo aquellas, que han sido justificadas; aquellas cuyos ojos del entendimiento fueron abiertos e «iluminados» para ver la luz de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. Solo estos «gustaron del don celestial», la remisión de los pecados, así llamada por excelencia. Estos «fueron hechos partícipes del Espíritu Santo», tanto del testimonio como del fruto del Espíritu. Este carácter no puede, con propiedad alguna, aplicarse a nadie sino a los que han sido justificados.
Y habían sido también santificados; al menos en el primer grado, en la medida en que lo son todos los que reciben la remisión de los pecados. Así lo dice expresamente el segundo pasaje: «El que tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado».
De aquí se sigue que esta Escritura concierne solo a los que han sido justificados y, al menos en parte, santificados. Por tanto, todos vosotros los que nunca fuisteis así «iluminados» con la luz de la gloria de Dios; todos los que nunca «gustasteis del don celestial», los que nunca recibisteis la remisión de los pecados; todos los que nunca «fuisteis hechos partícipes del Espíritu Santo», del testimonio y del fruto del Espíritu; en una palabra, todos vosotros los que nunca fuisteis santificados por la sangre del pacto eterno, no tenéis nada que ver aquí. Cualesquiera otros pasajes de la Escritura que os condenen, es cierto que no os condenan ni el capítulo sexto ni el décimo de Hebreos. Porque ambos pasajes hablan total y únicamente de los apóstatas de la fe, la cual vosotros nunca tuvisteis. Por tanto, no era posible que la perdierais, porque no podíais perder lo que no teníais. Por tanto, cualesquiera juicios que se pronuncien en estas escrituras, no se pronuncian contra vosotros. No sois vosotros las personas aquí descritas, únicas contra quienes se pronuncian.
(2.) Investiguemos a continuación: ¿cuál era el pecado del que eran culpables las personas aquí descritas? Para entenderlo, debemos recordar que, siempre que los judíos lograban que un cristiano apostatara, le exigían que declarara en términos expresos, y eso en la asamblea pública, que Jesús de Nazaret era un engañador del pueblo, y que no había sufrido más castigo del que sus crímenes justamente merecían. Este es el pecado que san Pablo, en el primer pasaje, llama enfáticamente «recaer»; «crucificar de nuevo al Hijo de Dios y exponerle a vituperio». Esto es lo que llama, en el segundo, «tener por inmunda la sangre del pacto, pisotear al Hijo de Dios y hacer afrenta al Espíritu de gracia». Ahora bien, ¿quién de vosotros ha recaído así? ¿Quién de vosotros ha «crucificado de nuevo al Hijo de Dios» de esta manera? Ni uno solo; ni ha habido uno de vosotros que lo haya «expuesto así a vituperio». Si hubierais renunciado así formalmente a aquel «único sacrificio por el pecado», no os habría quedado ningún otro sacrificio, de modo que habríais perecido sin misericordia. Pero este no es vuestro caso. Ninguno de vosotros ha renunciado así a aquel sacrificio por el cual el Hijo de Dios hizo una satisfacción plena y perfecta por los pecados de todo el mundo. Malos como sois, os estremecéis ante tal pensamiento; por tanto, aquel sacrificio todavía queda para vosotros. ¡Venid, pues, desechad vuestros temores innecesarios! «Acercaos confiadamente al trono de la gracia». El camino todavía está abierto. Otra vez «alcanzaréis misericordia y hallaréis gracia para el oportuno socorro».
9. «Pero ¿no nos cortan toda esperanza de misericordia las conocidas palabras de nuestro Señor mismo? ¿No dice él: “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. Y cualquiera que hablare palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero cualquiera que hablare palabra contra el Espíritu Santo, no le será perdonado jamás, ni en este siglo ni en el venidero”? Por tanto, es claro que, si hemos sido culpables de este pecado, no hay lugar para la misericordia. ¿Y no repite san Marcos lo mismo, casi con las mismas palabras? “De cierto os digo” (¡solemne prefacio, que siempre denota la gran importancia de lo que sigue!), “que todos los pecados serán perdonados a los hijos de los hombres, y las blasfemias cualesquiera con que blasfemaren; pero el que blasfemare contra el Espíritu Santo no tiene jamás perdón, sino que está bajo sentencia de condenación eterna”».
(1.) ¡Cuán inmenso es el número de los que, en todas las naciones del mundo cristiano, se han visto más o menos angustiados a causa de esta Escritura! ¡Qué multitudes en este reino han estado perplejas sin medida por esta misma causa! Más aún, pocos hay de los que están verdaderamente convencidos de pecado y procuran seriamente salvar su alma que no hayan sentido alguna inquietud por temor de haber cometido, o de llegar a cometer, este pecado imperdonable. Lo que con frecuencia ha aumentado su inquietud es que apenas podían hallar a nadie que los consolara. Porque sus conocidos, aun los más religiosos de ellos, no entendían del asunto más que ellos mismos; y no podían hallar ningún escritor que hubiera publicado algo satisfactorio sobre el tema. Es verdad que entre los «Siete sermones» del señor Russell, que son comunes entre nosotros, hay uno escrito expresamente sobre él; pero dará poca satisfacción a un espíritu atribulado. Da vueltas y más vueltas al asunto, pero no saca nada en limpio: se toma mucho trabajo, pero al fin yerra el blanco.
(2.) Pero ¿hubo jamás en el mundo una prueba más deplorable de la pequeñez del entendimiento humano, aun en los que tienen corazones honrados y desean conocer la verdad? ¿Cómo es posible que alguien que lee su Biblia pueda permanecer una hora en duda acerca de ello, cuando nuestro Señor mismo, en el mismo pasaje antes citado, nos ha dicho tan claramente qué es esa blasfemia? «El que blasfemare contra el Espíritu Santo no tiene jamás perdón; porque decían: Tiene espíritu inmundo». (Marcos 3:29–30.) Esta, pues, y solo esta (si concedemos que nuestro Señor entendía lo que él mismo quería decir), es la blasfemia contra el Espíritu Santo: el decir que tenía espíritu inmundo; el afirmar que Cristo obraba sus milagros por el poder de un espíritu malo; o, más particularmente, que «echaba fuera los demonios por Beelzebú, príncipe de los demonios». Ahora bien, ¿habéis sido vosotros culpables de esto? ¿Habéis afirmado vosotros que él echaba fuera los demonios por el príncipe de los demonios? No más de lo que habéis degollado a vuestro prójimo y prendido fuego a su casa. ¡Cuán extrañamente, pues, habéis tenido miedo donde no había miedo! Desechad ese vano terror; que vuestro temor sea más racional en lo sucesivo. Temed ceder al orgullo; temed rendiros a la ira; temed amar el mundo o las cosas que están en el mundo; temed las codicias necias y dañosas; pero ¡nunca más temáis cometer la blasfemia contra el Espíritu Santo! No corréis más peligro de hacer esto que de arrancar el sol del firmamento.
10. No tenéis, pues, razón alguna en la Escritura para imaginar que «el Señor ha olvidado tener misericordia». Los argumentos tomados de ella, como veis, no tienen peso alguno, son del todo inconcluyentes. ¿Tiene más peso el que se ha tomado de la experiencia o de los hechos?
(1.) Este es un punto que puede determinarse con exactitud, y eso con la mayor certeza. Si se pregunta: «¿Hallan misericordia de Dios algunos verdaderos apóstatas? ¿Recobran lo que habían perdido algunos que “naufragaron en cuanto a la fe y la buena conciencia”? ¿Conocéis, habéis visto algún ejemplo de personas que hallaron redención en la sangre de Jesús, y después recayeron, y sin embargo fueron restauradas, “renovadas otra vez para arrepentimiento”?». Sí, ciertamente; y no uno, ni cien solamente, sino, según estoy persuadido, varios millares. En todo lugar donde el brazo del Señor se ha manifestado y muchos pecadores se han convertido a Dios, se hallan varios que «se tornan atrás del santo mandamiento que les fue dado». Para una gran parte de ellos «mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia». Solo aumenta su condenación, puesto que mueren en sus pecados. Pero hay otros que «miran a aquel a quien traspasaron, y hacen llanto», rehusando ser consolados. Y, tarde o temprano, él ciertamente alza sobre ellos la luz de su rostro; fortalece las manos caídas y afirma las rodillas paralizadas; les enseña otra vez a decir: «Engrandece mi alma al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador». Innumerables son los ejemplos de esta clase, de los que habían caído, pero ahora están en pie. En verdad, tan lejos está de ser cosa poco común que un creyente caiga y sea restaurado, que es más bien poco común hallar creyentes que no tengan conciencia de haberse descarriado de Dios, en mayor o menor grado, y quizá más de una vez, antes de ser confirmados en la fe.
(2.) «Pero ¿han sido restaurados a la bendición que habían perdido algunos de los que habían caído de la gracia santificadora?». También este es un punto de experiencia; y hemos tenido la oportunidad de repetir nuestras observaciones durante un considerable número de años, y de un extremo al otro del reino.
(3.) Y, primero, hemos conocido a gran número de personas, de toda edad y sexo, desde la temprana niñez hasta la extrema vejez, que han dado todas las pruebas que la naturaleza de la cosa admite de que estaban «santificadas por completo»; «limpias de toda contaminación de carne y de espíritu»; de que «amaban al Señor su Dios con todo su corazón, y mente, y alma, y fuerzas»; de que continuamente «presentaban» sus almas y sus cuerpos «en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios»; a consecuencia de lo cual «estaban siempre gozosas, oraban sin cesar y daban gracias en todo». Y esto, y no otra cosa, es lo que creemos que es la verdadera santificación bíblica.
(4.) Segundo. Es cosa común que los que han sido así santificados crean que no pueden caer; que se supongan «columnas en el templo de Dios, que nunca más saldrán fuera». Sin embargo, hemos visto a algunos de los más fuertes de ellos, al cabo de un tiempo, caer de su firmeza. A veces de repente, pero más a menudo por lentos grados, han cedido a la tentación; y el orgullo, o la ira, o los deseos necios han brotado de nuevo en su corazón. Más aún, a veces han perdido por completo la vida de Dios, y el pecado ha recobrado su dominio sobre ellos.
(5.) Sin embargo, tercero, varios de estos, después de haber sentido plenamente su caída y de haberse avergonzado profundamente delante de Dios, han sido llenos otra vez de su amor, y no solo perfeccionados en él, sino afirmados, fortalecidos y establecidos. Han recibido la bendición que antes tenían, con abundante aumento. Más aún, es notable que muchos que habían caído de la gracia justificadora o de la santificadora, y que habían caído tan hondo que apenas podían ser contados entre los siervos de Dios, han sido restaurados (aunque rara vez antes de haber sido sacudidos, por así decirlo, sobre la boca del infierno), y eso con mucha frecuencia en un instante, a todo lo que habían perdido. Han recobrado de una vez tanto la conciencia de su favor como la experiencia del puro amor de Dios. En un momento recibieron de nuevo tanto la remisión de los pecados como herencia entre los santificados.
(6.) Pero que nadie infiera de esta longanimidad de Dios que él haya dado a alguien licencia para pecar. Ni se atreva nadie a continuar en el pecado a causa de estos extraordinarios ejemplos de la misericordia divina. Esta es la presunción más desesperada y más irracional, y conduce a una destrucción completa e irremediable. En toda mi experiencia no he conocido a uno solo que se afirmara en el pecado con la presunción de que Dios lo salvaría al final, que no quedara miserablemente defraudado y se le dejara morir en sus pecados. ¡Convertir la gracia de Dios en un estímulo para pecar es el camino seguro al más profundo infierno!
(7.) No es para estos desesperados hijos de perdición para quienes están pensadas las consideraciones precedentes, sino para los que sienten que «el recuerdo de sus pecados les es penoso, y su carga intolerable». A estos les ponemos delante una puerta abierta de esperanza: entren y den gracias al Señor; sepan que «el Señor es clemente y misericordioso, lento para la ira y grande en bondad». «¡Mirad cuán altos están los cielos sobre la tierra! Tan lejos apartará de ellos sus pecados». «No contenderá para siempre, ni para siempre guardará el enojo». Solo resolved en vuestro corazón: Lo daré todo por todo, y la ofrenda será aceptada. ¡Dadle todo vuestro corazón! Que todo lo que hay dentro de vosotros clame continuamente: «Mi Dios eres tú, y te daré gracias; mi Dios eres tú, y te alabaré». «¡Este Dios es mi Dios eternamente y para siempre! Él será mi guía aun hasta la muerte».
Capítulo 87 completado
Llamamiento a los descarriados