Sermones en diversas ocasiones
Sobre cómo ocuparnos en nuestra propia salvación

Capítulo 86 · 17 min de lectura · 22 min de escucha

Sobre cómo ocuparnos en nuestra propia salvación

Sermón 85

Sobre cómo ocuparnos en nuestra propia salvación

«Ocupaos en vuestra propia salvación con temor y temblor; porque Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad».

Filipenses 2:12–13.

1. Algunas grandes verdades, como la existencia y los atributos de Dios, y la diferencia entre el bien y el mal morales, fueron conocidas, en alguna medida, por el mundo pagano. Sus huellas se encuentran en todas las naciones; de modo que, en cierto sentido, puede decirse a todo hijo de hombre: «Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno: hacer justicia, amar misericordia y andar humildemente con tu Dios». Con esta verdad ha «alumbrado», en alguna medida, «a todo hombre que viene a este mundo». Y por ella los que «no tienen ley», los que no tienen ley escrita, «son ley para sí mismos». Muestran «la obra de la ley» —su sustancia, aunque no su letra— «escrita en sus corazones» por la misma mano que escribió los mandamientos en las tablas de piedra; «dando testimonio juntamente sus conciencias», según obren o no conforme a ella.

2. Pero hay dos grandes capítulos de doctrina, que contienen muchas verdades de la naturaleza más importante, de los cuales los paganos más ilustrados del mundo antiguo fueron totalmente ignorantes, como lo son también los paganos más inteligentes que hay hoy sobre la faz de la tierra; me refiero a los que tocan al Hijo eterno de Dios y al Espíritu de Dios: al Hijo, que se dio a sí mismo para ser «la propiciación por los pecados del mundo»; y al Espíritu de Dios, que renueva a los hombres en aquella imagen de Dios en la cual fueron creados. Porque, después de todo el trabajo que se han tomado hombres ingeniosos y doctos (en particular aquel gran hombre, el caballero Ramsay) para hallar alguna semejanza de estas verdades en el inmenso montón de escombros de los autores paganos, la semejanza es tan sumamente débil que no puede discernirse sino con una imaginación muy viva. Además de eso, aun esta semejanza, débil como era, solo se halla en los discursos de muy pocos; y estos eran los hombres más cultivados y de pensamiento más profundo en sus diversas generaciones; mientras que las innumerables multitudes que los rodeaban apenas sacaban provecho del conocimiento de los filósofos, sino que permanecían tan totalmente ignorantes aun de estas verdades capitales como las bestias que perecen.

3. Lo cierto es que estas verdades nunca fueron conocidas por el vulgo, por la masa del género humano, por la generalidad de los hombres en nación alguna, hasta que fueron sacadas a luz por el evangelio. No obstante alguna chispa de conocimiento que brillaba débilmente aquí y allá, toda la tierra estaba cubierta de tinieblas, hasta que el Sol de justicia se levantó y disipó las sombras de la noche. Desde que apareció esta aurora de lo alto, una gran luz ha resplandecido sobre los que hasta entonces estaban sentados en tinieblas y en sombra de muerte. Y millares de ellos, en todas las edades, han sabido «que de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna». Y, habiéndoseles confiado los oráculos de Dios, han sabido que Dios nos ha dado también su Espíritu Santo, el cual «obra en nosotros así el querer como el hacer, por su buena voluntad».

4. ¡Cuán notables son aquellas palabras del apóstol que preceden a estas! «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios» —la naturaleza incomunicable de Dios desde la eternidad— «no tuvo por usurpación» —(tal es el sentido preciso de la palabra) ninguna invasión de la prerrogativa de otro, sino su propio derecho incuestionable— «ser igual a Dios». La palabra implica a la vez la plenitud y la suprema altura de la Divinidad; a lo cual se oponen las dos palabras: se despojó y se humilló a sí mismo. «Se despojó a sí mismo» de aquella plenitud divina, veló su plenitud a los ojos de los hombres y de los ángeles; «tomando» —y por ese mismo acto despojándose a sí mismo— «forma de siervo, hecho semejante a los hombres», hombre verdadero, como los demás hombres. «Y hallado en la condición de hombre» —un hombre común, sin ninguna hermosura o excelencia particular— «se humilló a sí mismo» en un grado todavía mayor, «hecho obediente» a Dios, aunque igual a él, «hasta la muerte, y muerte de cruz»: el mayor ejemplo a la vez de humillación y de obediencia. [Filipenses 2:5–11]

Habiéndoles propuesto el ejemplo de Cristo, el apóstol los exhorta a asegurar la salvación que Cristo ha comprado para ellos: «Por tanto, ocupaos en vuestra propia salvación con temor y temblor; porque Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad».

En estas palabras tan abarcadoras podemos observar:

I. Aquella gran verdad que nunca debería apartarse de nuestra memoria: «Dios es el que en nosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad».

II. El provecho que debemos sacar de ella: «Ocupaos en vuestra propia salvación con temor y temblor».

III. La conexión entre ambas: «Dios es el que en vosotros obra»; por tanto, «ocupaos en vuestra propia salvación».

I. 1. Primero. Hemos de observar aquella grande e importante verdad que nunca debería apartarse de nuestra memoria: «Dios es el que en nosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad». El sentido de estas palabras puede hacerse más claro con una pequeña transposición de ellas: «Es Dios quien, por su buena voluntad, obra en vosotros así el querer como el hacer». Esta colocación de las palabras, que une la frase por su buena voluntad con la palabra obra, aparta del hombre toda imaginación de mérito y da a Dios toda la gloria de su propia obra. De otro modo podríamos haber tenido algún lugar para jactarnos, como si fuera nuestro propio merecimiento, alguna bondad en nosotros o alguna cosa buena hecha por nosotros, lo que primero movió a Dios a obrar. Pero esta expresión corta de raíz todas esas vanas presunciones, y muestra claramente que el motivo de su obrar estaba enteramente en sí mismo: en su propia gracia pura, en su misericordia inmerecida.

2. Solo por esto es movido a obrar en el hombre así el querer como el hacer. La expresión admite dos interpretaciones, ambas indudablemente verdaderas. Primera: el querer puede incluir toda la religión interior, y el hacer, toda la exterior. Y si así se entiende, implica que es Dios quien obra tanto la santidad interior como la exterior. Segunda: ,el querer puede significar todo buen deseo; el hacer, todo lo que de él resulta. Y entonces la frase quiere decir que Dios nos inspira todo buen deseo, y lleva todo buen deseo a buen efecto.

3. Las palabras originales, to thelein y to energein, parecen favorecer la segunda interpretación: to thelein, que traducimos el querer, incluye claramente todo buen deseo, ya se refiera a nuestras disposiciones, palabras o acciones, a la santidad interior o a la exterior. Y to energein, que traducimos el hacer, implica manifiestamente todo aquel poder de lo alto, toda aquella energía que obra en nosotros toda recta disposición, y luego nos prepara para toda buena palabra y obra.

4. Nada puede tender tan directamente a apartar del hombre el orgullo como una convicción profunda y duradera de esto. Porque si somos plenamente conscientes de que no tenemos nada que no hayamos recibido, ¿cómo podemos gloriarnos como si no lo hubiéramos recibido? Si sabemos y sentimos que el primerísimo impulso hacia el bien viene de lo alto, lo mismo que el poder que lo lleva hasta el fin; si es Dios quien no solo infunde todo buen deseo, sino quien lo acompaña y lo sigue, pues de lo contrario se desvanece, entonces se sigue evidentemente que el que se gloría, ha de gloriarse en el Señor.

II. 1. Pasemos ahora al segundo punto: si Dios obra en vosotros, entonces ocupaos en vuestra propia salvación. La palabra original que se traduce ocupaos en implica hacer una cosa cabalmente. Vuestra propia; porque vosotros mismos tenéis que hacerlo, o quedará sin hacer para siempre. Vuestra propia salvación: la salvación comienza con lo que suele llamarse (y muy propiamente) gracia preveniente; la cual incluye el primer deseo de agradar a Dios, el primer albor de luz acerca de su voluntad, y la primera convicción, leve y pasajera, de haber pecado contra él. Todo esto implica cierta tendencia hacia la vida, cierto grado de salvación, el comienzo de una liberación de un corazón ciego e insensible, del todo insensible a Dios y a las cosas de Dios. La salvación prosigue mediante la gracia que convence, llamada comúnmente en la Escritura arrepentimiento; la cual trae una medida mayor de conocimiento de sí mismo y una liberación más amplia del corazón de piedra. Después experimentamos la salvación propiamente cristiana, por la cual, mediante la gracia, «somos salvos por la fe»; y consiste en aquellas dos grandes ramas: la justificación y la santificación. Por la justificación somos salvos de la culpa del pecado y restituidos al favor de Dios; por la santificación somos salvos del poder y de la raíz del pecado y restituidos a la imagen de Dios. Toda la experiencia, lo mismo que la Escritura, muestra que esta salvación es a la vez instantánea y gradual. Comienza en el momento en que somos justificados, en el santo, humilde, manso y paciente amor de Dios y del hombre. Desde ese momento crece gradualmente, como «un grano de mostaza, que al principio es la más pequeña de todas las semillas», pero que después echa grandes ramas y se hace un gran árbol; hasta que, en otro instante, el corazón es limpiado de todo pecado y lleno de puro amor a Dios y al hombre. Pero aun ese amor crece más y más, hasta que «crecemos en todo en aquel que es la cabeza»; hasta que llegamos «a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo».

2. Pero ¿cómo hemos de ocuparnos en esta salvación? El apóstol responde: «Con temor y temblor». Hay otro pasaje de san Pablo en que aparece la misma expresión, que puede arrojar luz sobre este: «Siervos, obedeced a vuestros amos según la carne», según el presente estado de cosas, aunque sabiendo que dentro de poco el siervo estará libre de su amo, «con temor y temblor». Esta es una expresión proverbial, que no puede entenderse literalmente. Porque ¿qué amo podría soportar, y mucho menos exigir, que su siervo estuviera temblando y estremeciéndose delante de él? Y las palabras siguientes excluyen por completo este sentido: «Con sencillez de corazón»; con la mirada puesta únicamente en la voluntad y la providencia de Dios; «no sirviendo al ojo, como los que agradan a los hombres, sino como siervos de Cristo, haciendo de corazón la voluntad de Dios»; haciendo todo lo que hacen como voluntad de Dios y, por tanto, con todas sus fuerzas. (Efesios 6:5.) Es fácil ver que estas enérgicas expresiones del apóstol implican claramente dos cosas: primera, que todo se haga con el mayor fervor de espíritu, y con todo cuidado y cautela (refiriéndose quizá más directamente a la primera palabra, meta phobou, con temor); segunda, que se haga con la mayor diligencia, prontitud, puntualidad y exactitud; refiriéndose, no improbablemente, a la segunda palabra, , meta tromou, con temblor.

3. ¡Con cuánta facilidad podemos aplicar esto al negocio de la vida, a ocuparnos en nuestra propia salvación! Con la misma disposición y de la misma manera en que los siervos cristianos sirven a sus amos que están en la tierra, procuren los demás cristianos servir a su Amo que está en el cielo; es decir: primero, con el mayor fervor de espíritu, con todo el cuidado y la cautela posibles; y, segundo, con la mayor diligencia, prontitud, puntualidad y exactitud.

4. Pero ¿cuáles son los pasos que la Escritura nos indica dar para ocuparnos en nuestra propia salvación? El profeta Isaías nos da una respuesta general en cuanto a los primeros pasos que hemos de dar: «Dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien». Si alguna vez deseáis que Dios obre en vosotros aquella fe de la cual procede la salvación presente y eterna, huid, por la gracia ya dada, de todo pecado como de la presencia de una serpiente; evitad cuidadosamente toda mala palabra y obra; sí, absteneos de toda apariencia de mal. Y «aprended a hacer el bien»: sed celosos de buenas obras, de obras de piedad así como de obras de misericordia; de la oración en familia y del clamor a Dios en secreto. Ayunad en secreto, y «vuestro Padre que ve en lo secreto, él os recompensará en público». «Escudriñad las Escrituras»: oídlas en público, leedlas en privado y meditad en ellas. En toda oportunidad, participad de la Cena del Señor. «Haced esto en memoria de él: y él os saldrá al encuentro en su propia mesa. Sea vuestra conversación con los hijos de Dios; y procurad que «sea con gracia, sazonada con sal». Según tengáis tiempo, haced bien a todos los hombres, a sus almas y a sus cuerpos. Y en esto «estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre». Solo queda entonces que os neguéis a vosotros mismos y toméis vuestra cruz cada día. Negaos todo placer que no os prepare para hallar vuestro placer en Dios, y abrazad de buena gana todo medio de acercaros a Dios, aunque sea una cruz, aunque sea penoso para la carne y la sangre. Así, cuando tengáis redención en la sangre de Cristo, «iréis adelante a la perfección»; hasta que, «andando en luz, como él está en luz», seáis capacitados para testificar que «él es fiel y justo», no solo para «perdonar» vuestros «pecados», sino para «limpiaros» de toda maldad». [1 Juan 1:9]

III. 1. «Pero», dicen algunos, «¿qué conexión hay entre la primera y la segunda cláusula de esta frase? ¿No hay más bien una oposición directa entre la una y la otra? Si Dios es el que en nosotros obra así el querer como el hacer, ¿qué necesidad hay de que nosotros obremos? ¿No hace su obrar innecesario todo obrar nuestro? Más aún, ¿no hace nuestro obrar impracticable, además de innecesario? Porque si admitimos que Dios lo hace todo, ¿qué nos queda por hacer?».

2. Tal es el razonamiento de la carne y la sangre. Y, a primera oída, es sumamente plausible. Pero no es sólido, como aparecerá con evidencia si consideramos el asunto más a fondo. Veremos entonces que no hay oposición alguna entre estas dos cosas: «Dios obra; por tanto, obremos nosotros»; sino, por el contrario, la más estrecha conexión, y esto en dos respectos. Porque, primero, Dios obra; por tanto, vosotros podéis obrar. Segundo, Dios obra; por tanto, vosotros debéis obrar.

3. Primero. Dios obra en vosotros; por tanto, vosotros podéis obrar: de otro modo sería imposible. Si él no obrara, os sería imposible ocuparos en vuestra propia salvación. «Para los hombres esto es imposible», dice nuestro Señor, «que un rico entre en el reino de los cielos». Sí, es imposible para cualquier hombre, para cualquiera nacido de mujer, a menos que Dios obre en él. Puesto que todos los hombres por naturaleza no solo están enfermos, sino «muertos en delitos y pecados», no les es posible hacer nada bueno hasta que Dios los levanta de los muertos. Era imposible que Lázaro saliera fuera hasta que el Señor le hubo dado vida. Y es igualmente imposible para nosotros salir de nuestros pecados, sí, ni aun hacer el menor movimiento hacia ello, hasta que Aquel que tiene todo poder en el cielo y en la tierra llame a la vida a nuestras almas muertas.

4. Sin embargo, esto no es excusa para los que continúan en el pecado y echan la culpa a su Hacedor, diciendo: «Solo Dios es quien debe vivificarnos, porque nosotros no podemos vivificar nuestras propias almas». Porque, admitiendo que todas las almas de los hombres están muertas en pecado por naturaleza, esto no excusa a nadie, puesto que no hay hombre alguno que esté en un estado de mera naturaleza; no hay hombre alguno, a menos que haya apagado el Espíritu, que esté enteramente desprovisto de la gracia de Dios. Ningún hombre vivo carece por completo de lo que vulgarmente se llama conciencia natural. Pero esta no es natural: más propiamente se llama gracia preveniente. Todo hombre tiene una medida mayor o menor de ella, la cual no aguarda el llamado del hombre. Todos tienen, tarde o temprano, buenos deseos, aunque la generalidad de los hombres los ahoga antes de que puedan echar raíces profundas o producir algún fruto considerable. Todos tienen alguna medida de aquella luz, algún débil y vacilante rayo, que tarde o temprano, más o menos, alumbra a todo hombre que viene al mundo. Y todos, a menos que sean del pequeño número de aquellos cuya conciencia está cauterizada como con hierro candente, se sienten más o menos inquietos cuando obran en contra de la luz de su propia conciencia. De modo que ningún hombre peca porque no tenga gracia, sino porque no usa la gracia que tiene.

5. Por tanto, puesto que Dios obra en vosotros, ahora sois capaces de ocuparos en vuestra propia salvación. Ya que él obra en vosotros, por su buena voluntad, sin ningún mérito vuestro, así el querer como el hacer, os es posible cumplir toda justicia. Os es posible «amar a Dios, porque él nos amó primero», y «andar en amor», según el modelo de nuestro gran Maestro. Sabemos, en verdad, que aquella palabra suya es absolutamente verdadera: «Sin mí nada podéis hacer». Pero, por otra parte, sabemos que todo creyente puede decir: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece».

6. Entretanto, recordemos que Dios ha unido estas cosas en la experiencia de todo creyente; y, por tanto, debemos guardarnos de imaginar que se las haya de separar jamás. Debemos precavernos de aquella falsa humildad que nos enseña a decir, como excusa de nuestra desobediencia voluntaria: «¡Oh, yo no puedo hacer nada!», y se detiene ahí, sin nombrar una sola vez la gracia de Dios. Te ruego que lo pienses dos veces. Considera lo que dices. Espero que te calumnies a ti mismo; porque si es realmente cierto que no puedes hacer nada, entonces no tienes fe. Y si no tienes fe, estás en una condición desdichada: no estás en estado de salvación. Sin duda no es así. Algo puedes hacer, por medio de Cristo que te fortalece. Aviva la chispa de gracia que ahora hay en ti, y él te dará más gracia.

7. Segundo: Dios obra en vosotros; por tanto, vosotros debéis obrar: debéis ser «colaboradores juntamente con él» (son las mismas palabras del apóstol); de otro modo, él dejará de obrar. La regla general según la cual proceden invariablemente sus dispensaciones de gracia es esta: «Al que tiene, le será dado; pero al que no tiene» —al que no aprovecha la gracia ya dada— «se le quitará lo que ciertamente tiene». (Así deberían traducirse las palabras.) Aun san Agustín, a quien generalmente se supone favorable a la doctrina contraria, hace aquella justa observación: Qui fecit nos sine nobis, non salvabit nos sine nobis:+ «El que nos hizo sin nosotros no nos salvará sin nosotros». No nos salvará a menos que «nos salvemos de esta perversa generación»; a menos que nosotros mismos «peleemos la buena batalla de la fe, y echemos mano de la vida eterna; «a menos que «agonicemos por entrar por la puerta angosta», «nos neguemos a nosotros mismos, y tomemos nuestra cruz cada día», y trabajemos por todos los medios posibles para «hacer firme nuestra vocación y elección».

8. «Trabajad», pues, hermanos, «no por la comida que perece, sino por la que a vida eterna permanece». Decid con nuestro bendito Señor, aunque en un sentido algo diferente: «Mi Padre hasta ahora obra, y yo obro». En consideración de que él todavía obra en vosotros, no os «canséis» nunca «de hacer bien». Seguid adelante, en virtud de la gracia de Dios que os previene, os acompaña y os sigue, en «la obra de la fe, en la paciencia de la esperanza y en el trabajo del amor». «Estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre». Y «el Dios de paz, que sacó de los muertos al gran pastor de las ovejas» (Jesús), «os haga perfectos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos».

Capítulo 86 completado

Sobre cómo ocuparnos en nuestra propia salvación

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