Capítulo 84 · 18 min de lectura · 23 min de escucha
Sobre la paciencia
Sermón 83
Sobre la paciencia
«Mas tenga la paciencia perfecta su obra, para que seáis perfectos y cabales, sin faltar en alguna cosa».
Santiago 1:4.
1. «Hermanos míos», dice el Apóstol en el versículo anterior, «tened por sumo gozo cuando cayereis en diversas tentaciones». A primera vista esto puede parecer una indicación extraña, puesto que la mayoría de las tentaciones, «al presente, no parecen ser causa de gozo, sino de tristeza». Sin embargo, sabéis por vuestra propia experiencia que «la prueba de vuestra fe obra paciencia»; y si «la paciencia tiene su obra perfecta, seréis perfectos y cabales, sin faltar en alguna cosa».
2. No es a una persona en particular, ni a una iglesia determinada, a quien el Apóstol da esta instrucción, sino a todos los que participan de una fe igualmente preciosa y buscan aquella común salvación. Porque mientras cualquiera de nosotros esté sobre la tierra, estamos en la región de la tentación. El que vino al mundo para salvar a su pueblo de sus pecados no vino a salvarlo de la tentación. Él mismo «no conoció pecado»; y, sin embargo, mientras estuvo en este valle de lágrimas, «padeció siendo tentado»; y también en esto nos «dejó ejemplo, para que sigamos sus pisadas». Estamos expuestos a mil tentaciones que proceden del cuerpo corruptible, el cual afecta al alma de diversas maneras. El alma misma, rodeada como está de flaquezas, nos expone a diez mil más. ¡Y cuántas son las tentaciones que encontramos aun de parte de los hombres buenos (al menos lo son en parte, en su carácter general) con quienes hemos de tratar día tras día! Pero ¿qué son estas comparadas con las tentaciones que podemos esperar de un mundo malo? Puesto que todos nosotros, en efecto, «peregrinamos en Mesec, y habitamos entre las tiendas de Cedar». Añádase a esto que los más peligrosos de nuestros enemigos no son los que nos asaltan abiertamente. No:
Ángeles se oponen a nuestra marcha,
que aún sobresalen en poder:
¡nuestros enemigos secretos, jurados, eternos,
innumerables, invisibles!
Porque ¿no es acaso nuestro «adversario el diablo, cual león rugiente», con todas sus legiones infernales, quien todavía «anda alrededor buscando a quien devore»? Este es el caso de todos los hijos de los hombres; sí, y de todos los hijos de Dios, mientras peregrinan en esta tierra extraña. Por tanto, aunque no nos precipitemos en ellas voluntaria y descuidadamente, de seguro «caeremos en diversas tentaciones»; tentaciones innumerables como las estrellas del cielo, y variadas y complicadas de mil maneras. Pero, en lugar de tener esto por pérdida, como lo harían los incrédulos, «tenedlo por sumo gozo, sabiendo que la prueba de vuestra fe», aun cuando sea «probada con fuego», «obra paciencia». Pero «tenga la paciencia perfecta su obra, y seréis perfectos y cabales, sin faltar en alguna cosa».
3. Pero ¿qué es la paciencia? No hablamos ahora de una virtud pagana, ni de una indolencia natural, sino de una disposición de la gracia, obrada en el corazón del creyente por el poder del Espíritu Santo. Es una disposición a sufrir todo lo que a Dios le place, de la manera y por el tiempo que a él le place. Por ella mantenemos el camino medio: ni holigorountes, despreciando nuestros sufrimientos, teniéndolos en poco, pasando ligeramente sobre ellos, como si se debieran al azar o a causas segundas; ni, por otro lado, ekloumenoi, afectados en exceso, sin fuerzas, deshechos, hundiéndonos bajo ellos. Podemos observar que el objeto propio de la paciencia es el sufrimiento, sea del cuerpo o del alma. La paciencia no implica no sentir ese sufrimiento: no es apatía ni insensibilidad. Está a la mayor distancia posible de la estupidez estoica; sí, y a igual distancia de la irritación o del abatimiento. El creyente paciente es guardado de caer en cualquiera de estos extremos al considerar quién es el Autor de todo su sufrimiento: Dios mismo, su Padre; cuál es el motivo por el que nos da a sufrir: no tanto su justicia como su amor; — y cuál es su fin: nuestro provecho, para que participemos de su santidad.
4. Muy estrechamente emparentada con la paciencia está la mansedumbre, si es que no es más bien una especie de ella. Porque ¿no podría definirse como la paciencia ante las injurias, particularmente ante las afrentas, el oprobio o la censura injusta? Ella enseña a no volver mal por mal, ni maldición por maldición, sino, por el contrario, a bendecir. Nuestro bendito Señor mismo parece dar un valor peculiar a esta disposición. Es esta, de manera peculiar, la que nos llama a aprender de él, si queremos hallar descanso para nuestras almas.
5. Pero ¿qué hemos de entender por la obra de la paciencia? Tenga la paciencia perfecta su obra. Parece significar: tenga su pleno fruto o efecto. ¿Y cuál es el fruto que el Espíritu de Dios suele producir por este medio en el corazón del creyente? Un fruto inmediato de la paciencia es la paz: una dulce tranquilidad de ánimo, una serenidad de espíritu que jamás puede hallarse sino donde reina la paciencia. Y esta paz a menudo se eleva hasta el gozo. Aun en medio de diversas tentaciones, los que son capacitados para poseer sus almas en paciencia pueden dar testimonio no solo de quietud de espíritu, sino de triunfo y de júbilo. Esto a la vez
allana las ásperas sendas de la naturaleza quejosa,
y abre en cada pecho un pequeño cielo.
6. ¡Cuán vivo es el relato que el apóstol Pedro hace, no solo de la paz y el gozo, sino de la esperanza y el amor que Dios obra en esos pacientes que sufren, «que son guardados por el poder de Dios mediante la fe para salvación»! En verdad parece tener aquí a la vista este mismo pasaje de Santiago: «Aunque estéis al presente un poco de tiempo afligidos en diversas tentaciones» (la misma palabra, poikilois peirasmois), «para que la prueba de vuestra fe» (la misma expresión que usó Santiago) «sea hallada en alabanza, gloria y honra, cuando Jesucristo sea manifestado; al cual, no habiéndole visto, le amáis; en el cual, creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso». ¡Ved aquí la paz, el gozo y el amor que, por el gran poder de Dios, son el fruto o la «obra de la paciencia»!
7. Y así como la paz, la esperanza, el gozo y el amor son frutos de la paciencia, pues brotan de ella y son confirmados por ella, así lo es también el valor racional y genuino, que en verdad no puede subsistir sin paciencia. El valor brutal, o más bien la fiereza, de un león puede probablemente brotar de la impaciencia; pero la verdadera fortaleza, el valor de un hombre, brota de la disposición enteramente contraria. El celo cristiano es asimismo confirmado y acrecentado por la paciencia, y lo es también la actividad en toda buena obra, pues el mismo Espíritu nos incita a ser
pacientes al sufrir el mal, y al hacer el bien;
haciéndonos igualmente dispuestos a hacer y a sufrir toda la voluntad de Dios.
8. Pero ¿cuál es la obra perfecta de la paciencia? ¿Es algo menos que el «perfecto amor de Dios», que nos constriñe a amar a toda alma humana, «así como Cristo nos amó»? ¿No es la religión entera, todo el «sentir que hubo también en Cristo Jesús»? ¿No es «la renovación de nuestra alma a la imagen de Dios, conforme a la semejanza del que nos creó»? ¿Y no es su fruto la constante entrega de nosotros mismos, cuerpo y espíritu, a Dios, rindiendo enteramente todo lo que somos, todo lo que tenemos y todo lo que amamos, como sacrificio santo, agradable a Dios por medio del Hijo de su amor? Parece que esta es «la obra perfecta de la paciencia», que sigue a la prueba de nuestra fe.
9. Pero ¿en qué difiere esta obra de aquella obra de gracia que se realiza en todo creyente cuando por primera vez halla redención en la sangre de Jesús, la remisión de sus pecados? Muchas personas, no solo rectas de corazón, sino que temen a Dios, y aun lo aman, no han hablado con cautela sobre este punto, ni conforme a los oráculos de Dios. Han hablado de la obra de santificación, tomando la palabra en su sentido pleno, como si fuera de una índole totalmente distinta, como si difiriera por completo de la que se obra en la justificación. Pero este es un error grande y peligroso, y tiende naturalmente a hacernos menospreciar aquella gloriosa obra de Dios que se obró en nosotros cuando fuimos justificados; mientras que, en el momento en que somos justificados gratuitamente por su gracia, cuando somos aceptos en el Amado, nacemos de nuevo, nacemos de lo alto, nacemos del Espíritu. Y se obra en nuestras almas un cambio tan grande cuando nacemos del Espíritu como el que se obró en nuestros cuerpos cuando nacimos de mujer. Hay, en esa hora, un cambio general de la pecaminosidad interior a la santidad interior. El amor a la criatura se cambia en amor al Creador; el amor al mundo, en amor a Dios. Los deseos terrenales, los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida, se cambian en ese instante, por el gran poder de Dios, en deseos celestiales. El torbellino de nuestra voluntad se detiene en mitad de su carrera y se hunde en la voluntad de Dios. El orgullo y la altivez se aplacan en humildad de corazón; como también la ira, con todas las pasiones turbulentas y desordenadas, en calma, mansedumbre y benignidad. En una palabra, la mente terrenal, animal, diabólica, cede su lugar al «sentir que hubo en Cristo Jesús».
10. «Bien, pero ¿qué más que esto puede estar implícito en la entera santificación?». No implica ninguna nueva clase de santidad: nadie se imagine tal cosa. Desde el momento en que somos justificados hasta que entregamos nuestro espíritu a Dios, el amor es el cumplimiento de la ley; de toda la ley evangélica, que tomó el lugar de la ley adámica cuando se hizo la primera promesa de «la simiente de la mujer». El amor es la suma de la santificación cristiana; es la única clase de santidad, que se halla, solo que en diversos grados, en los creyentes a quienes san Juan distingue en «hijitos, jóvenes y padres». La diferencia entre unos y otros está propiamente en el grado de amor. Y en esto hay tan gran diferencia en el sentido espiritual como en el natural entre padres, jóvenes y niños pequeños.
Todo el que es nacido de Dios, aunque sea todavía solo un «niño en Cristo», tiene en su corazón el amor de Dios y el amor a su prójimo, juntamente con humildad, mansedumbre y resignación. Pero todas estas cosas se hallan entonces en un grado bajo, en proporción al grado de su fe. La fe de un niño en Cristo es débil, generalmente mezclada con dudas o temores: con dudas de si no se habrá engañado a sí mismo, o con temor de no perseverar hasta el fin. Y si, para evitar esas dudas que lo dejan perplejo, o para quitar esos temores que lo atormentan, se aferra a la opinión de que un verdadero creyente no puede naufragar en la fe, la experiencia mostrará tarde o temprano que esa opinión no es más que el bordón de una caña quebrada, que tan lejos estará de sostenerlo que solo le entrará por la mano y se la atravesará. Pero volvamos: en la misma proporción en que crece en la fe, crece en la santidad; aumenta en amor, humildad, mansedumbre, en cada parte de la imagen de Dios; hasta que a Dios le place, después de que está plenamente convencido del pecado innato, de la total corrupción de su naturaleza, quitarlo todo; purificar su corazón y limpiarlo de toda maldad; cumplir aquella promesa que hizo primero a su pueblo antiguo, y en él al Israel de Dios en todas las edades: «Circuncidaré tu corazón, y el corazón de tu simiente, para que ames al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma».
No es fácil concebir cuán grande es la diferencia entre lo que experimenta ahora y lo que experimentaba antes. Hasta que se obró en su alma este cambio universal, toda su santidad era mixta. Era humilde, pero no por entero: su humildad estaba mezclada con orgullo. Era manso, pero su mansedumbre se veía a menudo interrumpida por la ira o por alguna pasión inquieta y turbulenta. Su amor a Dios se enfriaba con frecuencia por el amor a alguna criatura; su amor al prójimo, por malas sospechas, o por algún pensamiento, si no disposición, contrario al amor. Su voluntad no estaba enteramente fundida en la voluntad de Dios; antes bien, aunque en general podía decir: «Vengo “no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió»; de vez en cuando la naturaleza se rebelaba, y no podía decir con claridad: «Señor, no como yo quiero, sino como tú». Ahora toda su alma está en consonancia consigo misma; no hay en ella ninguna cuerda destemplada. Todas sus pasiones fluyen en una corriente continua, en curso sereno hacia Dios. A quien ha entrado en este reposo podéis decirle con verdad:
En calma estás siempre por dentro,
¡todo sosiego, todo serenidad!
No hay mezcla de afectos contrarios: todo es paz y armonía en adelante. Lleno de amor, ese amor no sufre más interrupción que el latido de su corazón; y como el amor continuo trae gozo continuo en el Señor, está siempre gozoso. Conversa continuamente con el Dios a quien ama, y a él da gracias en todo. Y como ahora ama a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente y con todas sus fuerzas, así Jesús reina ahora solo en su corazón, Señor de todo movimiento que hay en él.
11. Pero cabe preguntar: ¿de qué manera obra Dios este cambio entero, este cambio universal en el alma de un creyente, esta obra extraña que tantos no creerán aunque se la contemos? ¿La obra gradualmente, poco a poco, o instantáneamente, en un momento? ¡Cuántas son las disputas sobre este punto, aun entre los hijos de Dios! Y así seguirá habiéndolas, después de todo lo que se haya dicho o se pueda decir jamás sobre ello. Porque muchos seguirán diciendo, con el famoso judío, Non persuadebis, etiamsi persuaseris; esto es: «No me persuadirás, aunque me persuadas». Y serán tanto más resueltos en ello porque las Escrituras callan sobre el asunto; porque el punto no está determinado, al menos no en términos expresos, en ninguna parte de los oráculos de Dios. Por tanto, cada uno puede abundar en su propio sentir, con tal de que conceda la misma libertad a su prójimo; con tal de que no se enoje con los que difieren de su opinión ni abrigue pensamientos duros acerca de ellos. Permitidme añadir además una cosa: sea el cambio instantáneo o gradual, procurad no descansar nunca hasta que se haya obrado en vuestra propia alma, si deseáis morar con Dios en la gloria.
12. Sentado esto, para arrojar toda la luz que pueda sobre esta interesante cuestión, referiré sencillamente lo que yo mismo he visto en el curso de muchos años. Hace cuarenta y cuatro o cuarenta y cinco años, cuando yo no tenía una idea clara de lo que el Apóstol quería decir al exhortarnos a «dejar los rudimentos de la doctrina de Cristo e ir adelante a la perfección», dos o tres personas en Londres, que yo sabía que eran verdaderamente sinceras, quisieron darme cuenta de su experiencia. Me pareció sumamente extraña, pues era distinta de cualquiera que hubiera oído antes, pero exactamente semejante a la descripción de la entera santificación que acabo de dar. Al año siguiente, otras dos o tres personas en Bristol, y dos o tres en Kingswood, viniendo a mí por separado, me dieron exactamente la misma cuenta de su experiencia. Unos años después, pedí a todos los que en Londres hacían la misma profesión que vinieran a verme todos juntos a la Fundición, para quedar plenamente satisfecho. Pedí a aquel hombre de Dios, Thomas Walsh, que se reuniera allí con nosotros. Cuando nos reunimos, primero uno de nosotros y luego el otro les hicimos las preguntas más escrutadoras que pudimos idear. Respondieron a todas sin vacilar y con la mayor sencillez, de modo que quedamos plenamente persuadidos de que no se engañaban a sí mismos. En los años 1759, 1760, 1761 y 1762 su número se multiplicó en gran manera, no solo en Londres y Bristol, sino en diversas partes de Irlanda así como de Inglaterra. Sin fiarme del testimonio de otros, examiné cuidadosamente yo mismo a la mayoría de ellos; y solo en Londres hallé seiscientos cincuenta y dos miembros de nuestra sociedad que eran sumamente claros en su experiencia, y de cuyo testimonio no veía razón alguna para dudar. Creo que desde entonces no ha pasado un año en que Dios no haya obrado la misma obra en muchos otros; unas veces en una parte de Inglaterra o de Irlanda, otras veces en otra; — como «el viento sopla de donde quiere»; — y cada uno de ellos (después de la más cuidadosa indagación, no he hallado una sola excepción ni en Gran Bretaña ni en Irlanda) ha declarado que su liberación del pecado fue instantánea; que el cambio se obró en un momento. Si la mitad de ellos, o la tercera parte, o uno de cada veinte, hubiera declarado que se obró gradualmente en ellos, yo lo habría creído en lo que a ellos respecta, y habría pensado que algunos eran santificados gradualmente y otros instantáneamente. Pero como no he hallado, en tan largo espacio de tiempo, ni una sola persona que hable así; como todos los que creen estar santificados declaran a una voz que el cambio se obró en un momento, no puedo menos que creer que la santificación es comúnmente, si no siempre, una obra instantánea.
13. Pero, comoquiera que se decida esa cuestión, sea que la santificación, en el pleno sentido de la palabra, se obre instantánea o gradualmente, ¿cómo podemos alcanzarla? «¿Qué haremos nosotros», dijeron los judíos a nuestro Señor, «para que obremos las obras de Dios?». Su respuesta conviene a los que preguntan: ¿Qué haremos para que esta obra de Dios sea obrada en nosotros? «Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado». De esta sola obra dependen todas las demás. Cree en el Señor Jesucristo, y toda su sabiduría, su poder y su fidelidad estarán empeñados de tu parte. En esto, como en todos los demás casos, «por gracia somos salvos por medio de la fe». También la santificación es «no por obras, para que nadie se gloríe». «Es don de Dios», y ha de recibirse por una fe llana y sencilla. Suponed que ahora os esforzáis por «apartaros de toda especie de mal», sois «celosos de buenas obras» y andáis diligente y cuidadosamente en todas las ordenanzas de Dios; entonces solo queda un punto: la voz de Dios a vuestra alma es: «Cree, y serás salvo». [Véase el sermón sobre «El camino bíblico de la salvación». (nota del editor)] Primero, creed que Dios ha prometido salvaros de todo pecado y llenaros de toda santidad. En segundo lugar, creed que él es poderoso para «salvar eternamente a todos los que por él se acercan a Dios». En tercer lugar, creed que está dispuesto, además de ser poderoso, a salvaros a vosotros eternamente; a purificaros de todo pecado y a llenar todo vuestro corazón de amor. Creed, en cuarto lugar, que no solo es poderoso, sino que está dispuesto a hacerlo ahora. No cuando vayáis a morir; no en algún tiempo lejano; no mañana, sino hoy. Entonces él os capacitará para creer que está hecho, conforme a su palabra; y entonces «la paciencia tendrá su obra perfecta, para que seáis perfectos y cabales, sin faltar en alguna cosa».
14. Entonces seréis perfectos. El Apóstol parece querer decir con esta expresión, teleioi, que seréis enteramente librados de toda obra mala; de toda palabra mala; de todo pensamiento pecaminoso; sí, de todo deseo, pasión y disposición malos; de toda corrupción innata, de todo resto de la mente carnal, del cuerpo del pecado; y seréis renovados en el espíritu de vuestra mente, en toda recta disposición, conforme a la imagen del que os creó, en justicia y santidad verdadera. Seréis cabales, holokleroi (la misma palabra que el Apóstol usa con los cristianos de Tesalónica: [1 Tesalonicenses 5:23]). Esto parece referirse no tanto a la clase como al grado de santidad; como si dijera: «Gozaréis de un grado de santidad tan alto como sea compatible con vuestro presente estado de peregrinación»; — y no os faltará nada, pues el Señor, siendo vuestro Pastor, vuestro Padre, vuestro Redentor, vuestro Santificador, vuestro Dios y vuestro todo, os alimentará con el pan del cielo y os dará alimento suficiente. Os conducirá junto a las aguas de consuelo y os guardará en todo momento; de modo que, amándolo con todo vuestro corazón (que es la suma de toda perfección), estaréis «siempre gozosos, oraréis sin cesar y daréis gracias en todo», hasta que «os sea abundantemente administrada la entrada en su reino eterno!
Capítulo 84 completado
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