Sermones en diversas ocasiones
Sobre la tentación

Capítulo 83 · 19 min de lectura · 25 min de escucha

Sobre la tentación

Sermón 82

Sobre la tentación

«No os ha tomado tentación, sino humana; mas fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis llevar; antes dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis aguantar.»

1 Corintios 10:13.

1. En la parte anterior del capítulo, el apóstol ha venido refiriendo, por un lado, las misericordias sin igual de Dios para con los israelitas; y, por otro, la ingratitud sin igual de aquel pueblo desobediente y contradictor. [1 Corintios 10:1–10] Y todas estas cosas, como observa el apóstol, «son escritas para nuestra admonición» [1 Corintios 10:11], a fin de que escarmentemos en ellos, para evitar sus graves pecados y escapar de su terrible castigo. Añade luego aquella advertencia solemne e importante: «El que piensa estar firme, mire no caiga». [1 Corintios 10:12]

2. Pero si observamos atentamente estas palabras, ¿no aparecerá en ellas una dificultad considerable? «El que piensa estar firme, mire no caiga». Si un hombre solo piensa estar firme, no corre peligro alguno de caer. No es posible que nadie caiga si solo piensa estar firme. La misma dificultad se presenta, según nuestra traducción, en aquellas conocidas palabras de nuestro Señor (cuya importancia podemos fácilmente deducir de que se repiten en los Evangelios no menos de ocho veces): «Al que tiene, le será dado; mas al que no tiene, aun lo que parece tener le será quitado». «¡Lo que parece tener!» Pero si solo parece tenerlo, es imposible que se le quite. Nadie puede quitarle a otro lo que este solo parece tener. Lo que un hombre solo parece tener, de ningún modo puede perderlo. Esta dificultad puede parecer, a primera vista, imposible de superar. Y lo es en realidad: no puede superarse si se admite la traducción común. Pero si observamos el significado propio de la palabra original, la dificultad se desvanece. Puede concederse que la palabra dokei (al menos algunas veces, en algunos autores) no signifique más que parecer. Pero dudo mucho que tenga alguna vez ese sentido en ninguna parte de los escritos inspirados. Por un examen cuidadoso de todos los textos del Nuevo Testamento en que aparece esta palabra, estoy plenamente convencido de que en ninguna parte debilita, sino que en todas partes refuerza, el sentido de la palabra a la que se une. Por consiguiente, ho dokei echein no significa lo que parece tener, sino, al contrario, lo que con toda seguridad tiene. Y así, ho dokon estanai no es el que parece estar firme, o el que piensa estar firme, sino el que con toda seguridad está firme; el que está tan firme que no parece correr peligro alguno de caer; el que dice, como David: No seré jamás conmovido; tú, Señor, has hecho tan fuerte mi monte. [Salmo 30:6, 7] Y, sin embargo, en ese mismo momento, así dice el Señor: No te ensoberbezcas, antes teme; de otra manera tú también serás cortado [Romanos 11:20, 21]; de otra manera tú también serás removido de tu firmeza. La fuerza que con toda seguridad tienes te será quitada. Por firme que realmente estuvieras, caerás en pecado, si no en el infierno.

3. Pero para que nadie se desaliente al considerar a los que una vez corrían bien y después fueron vencidos por la tentación; para que los de corazón temeroso no se abatan del todo, suponiendo que les es imposible mantenerse firmes, el apóstol añade a aquella seria exhortación estas palabras consoladoras: No os ha tomado tentación, sino humana; mas fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis llevar; antes dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis aguantar. [1 Corintios 10:13]

I. 1. Comencemos por la observación que introduce esta consoladora promesa: «No os ha tomado tentación, sino humana». Nuestros traductores parecen haberse dado cuenta de que esta expresión, común a los hombres, como ellos la vierten, en modo alguno alcanza la fuerza de la palabra original. Por eso ponen otra en el margen: moderada. Pero esta parece ser menos expresiva que la otra, y más alejada de su significado. En verdad, no es fácil hallar en la lengua inglesa una palabra que corresponda a la palabra anthropinos. Creo que su sentido solo puede expresarse mediante algún circunloquio como este: «La que es propia de la naturaleza y circunstancias del hombre; la que todo hombre puede razonablemente esperar, si considera la naturaleza de su cuerpo y de su alma, y su situación en el mundo presente». Si consideramos debidamente estas cosas, no nos sorprenderá ninguna tentación que nos haya sobrevenido, puesto que no es otra cosa que la que una criatura tal, en una situación tal, tiene toda razón para esperar.

2. Considerad, primero, la naturaleza de ese cuerpo al que está unida vuestra alma. ¡Cuántos son los males a que está expuesto cada día, cada hora! La debilidad, la enfermedad y los trastornos de mil clases son sus compañeros naturales. Considerad las fibras inconcebiblemente diminutas, hilos mucho más finos que el cabello (de ahí que se llamen vasos capilares), de que se compone cada una de sus partes; ¡considerad la innumerable multitud de tubos y filtros igualmente finos, todos llenos de un jugo que circula! ¿Y no bastará la rotura de unas pocas de estas fibras, o la obstrucción de unos pocos de estos conductos, particularmente en el cerebro, el corazón o los pulmones, para destruir nuestro bienestar, nuestra salud, nuestra fuerza, si no la vida misma? Ahora bien, si observamos que todo dolor implica tentación, ¡cuán innumerables han de ser las tentaciones que asediarán a todo hombre, más o menos, tarde o temprano, mientras habite en este cuerpo corruptible!

3. Considerad, segundo, el estado presente del alma mientras habita en la casa de barro. No me refiero a su estado no regenerado, mientras yace en tinieblas y en sombra de muerte, bajo el dominio del príncipe de las tinieblas, sin esperanza y sin Dios en el mundo. No; mirad a los hombres que han sido levantados por encima de ese estado deplorable. Ved a los que han gustado que el Señor es benigno. ¡Y, sin embargo, cuán débil es todavía su entendimiento! ¡Cuán limitado su alcance! ¡Cuán confusas, cuán inexactas son nuestras percepciones aun de las cosas que nos rodean! ¡Cuán expuestos están a equivocarse los más sabios de los hombres! ¡A formar juicios falsos; a tomar la falsedad por verdad, y la verdad por falsedad; lo malo por bueno, y lo bueno por malo! ¡A qué sobresaltos, a qué divagaciones de la imaginación estamos continuamente sujetos! ¡Y cuántas son las tentaciones que hemos de esperar aun de estas flaquezas inocentes!

4. Considerad, tercero, cuál es la situación presente aun de los que temen a Dios. Habitan entre las ruinas de un mundo desordenado, entre hombres que no conocen a Dios, que no se cuidan de él, y cuyo corazón está del todo dispuesto a hacer el mal. ¡Cuántos se ven forzados a clamar: «¡Ay de mí, que me veo obligado a morar en Mesec, a tener mi habitación entre las tiendas de Cedar!», entre los enemigos de Dios y de los hombres! ¡Cuán inmensamente superan en número los que ni temen a Dios ni respetan a hombre alguno a los que quieren obrar bien! ¡Y qué impresionante es la observación de Cowley!: «Si un hombre armado de pies a cabeza fuera cercado por mil indios desnudos, su número les daría tal ventaja sobre él que apenas le sería posible escapar. ¿Qué esperanza habría, entonces, de escapar para un hombre desnudo y desarmado, rodeado por mil hombres armados?». Ahora bien, este es el caso de todo hombre bueno. No está armado ni de fuerza ni de fraude, y es arrojado, desnudo como está, en medio de millares que están armados con toda la armadura de Satanás y provistos de todas las armas que el príncipe de este mundo puede suministrar desde el arsenal del infierno. Si, pues, no es destruido, ¡cuán tentado ha de ser con todo un hombre bueno en medio de este mundo malo!

5. Pero ¿es solo de los hombres malvados de donde surgen las tentaciones para los que temen a Dios? Es muy natural imaginarlo así, y casi todos lo piensan. De ahí que cuántos de nosotros hayamos dicho en nuestro corazón: «¡Oh, si mi suerte estuviera echada entre hombres buenos, entre los que aman a Dios, o siquiera le temen, quedaría libre de todas estas tentaciones!». Quizá lo quedaríais; probablemente no hallaríais la misma clase de tentaciones con que ahora tenéis que enfrentaros. Pero ciertamente os encontraríais con tentaciones de alguna otra clase, que hallaríais igualmente difíciles de soportar. Porque aun los hombres buenos, en general, aunque el pecado no se enseñorea de ellos, no están libres de sus restos. Tienen todavía los restos de un corazón malo, siempre inclinado a «apartarse del Dios vivo». Tienen las semillas del orgullo, de la ira, del deseo necio; en verdad, de toda disposición impía. Y cualquiera de ellas, si no velan y oran continuamente, puede brotar, y naturalmente brotará, y turbará no solo a ellos mismos, sino a todos los que los rodean. No debemos, pues, contar con que no hallaremos tentación alguna de parte de los que temen a Dios, y aun le aman en alguna medida. Mucho menos debemos sorprendernos si algunos de los que una vez amaron a Dios con sinceridad ponen en nuestro camino mayores tentaciones que muchos de los que nunca le conocieron.

6. «Pero ¿podemos esperar hallar alguna tentación de parte de los que han sido perfeccionados en el amor?» Esta es una pregunta importante y merece una consideración particular. Respondo, primero: podéis hallar toda clase de tentación de parte de los que suponen que han sido perfeccionados cuando en realidad no lo han sido; y así también, segundo, de parte de los que una vez lo fueron realmente, pero ahora han sido removidos de su firmeza. Y si no estáis advertidos de ello, si pensáis que todavía son lo que una vez fueron, la tentación será más difícil de soportar. Más aún, tercero, aun los que «están firmes en la libertad con que Cristo los hizo libres» [Gálatas 5:1], los que ahora son realmente perfectos en el amor, pueden ser todavía ocasión de tentación para vosotros; porque todavía están rodeados de flaquezas. Pueden ser lentos de comprensión; pueden tener un descuido natural o una memoria traicionera; pueden tener una imaginación demasiado viva; y cualquiera de estas cosas puede causar pequeñas incorrecciones, sea de palabra o de conducta, que, aunque no sean pecaminosas en sí mismas, pueden probar toda la gracia que tengáis; especialmente si atribuís a perversidad de la voluntad (como es muy natural hacerlo) lo que realmente se debe a falta de memoria o a debilidad de entendimiento; si os parecen errores voluntarios los que en realidad son involuntarios. Muy acertada fue la respuesta que me dio hace algunos años una santa de Dios (que ahora está en el seno de Abraham), cuando le dije: «Jenny, seguramente ahora ni tu señora ni tú podéis ser una prueba la una para la otra, puesto que Dios os ha salvado a ambas del pecado». «¡Oh, señor!», dijo ella, «¡aunque seamos salvas del pecado, todavía tenemos flaquezas suficientes para probar toda la gracia que Dios nos ha dado!».

7. Pero, además de los hombres malos, ¿no nos rodean también continuamente por todas partes los espíritus malos? ¿No andan Satanás y sus ángeles continuamente alrededor buscando a quién devorar? ¿Quién está fuera del alcance de su malicia y de su astucia? Ni el más sabio ni el mejor de los hijos de los hombres. «El siervo no es más que su Señor». Si, pues, le tentaron a él, ¿no nos tentarán también a nosotros? Sí, quizá, si Dios tiene a bien permitirlo, más o menos, hasta el fin de nuestra vida. «No nos ha tomado», por tanto, «tentación» alguna que no tuviéramos razón para esperar, sea de nuestro cuerpo o de nuestra alma, sea de los espíritus malos o de los hombres malos; sí, o aun de los hombres buenos, hasta que nuestros espíritus vuelvan a Dios que los dio.

II. 1. Entretanto, ¡qué consuelo es saber, con la mayor certeza, que «fiel es Dios, que no nos dejará ser tentados más de lo que podemos llevar»! Él sabe cuál es nuestra capacidad, y no puede equivocarse. «Él conoce» exactamente «nuestra condición; se acuerda de que somos polvo». [Salmo 103:14] Y no permitirá que nos sobrevenga tentación alguna sino la que esté proporcionada a nuestra fuerza. No solo lo exige su justicia, que no podría castigarnos por no resistir una tentación si esta fuera tan desproporcionada a nuestra fuerza que nos fuera imposible resistirla; no solo su misericordia, aquella tierna misericordia que está sobre nosotros, como sobre todas sus obras, sino, sobre todo, su fidelidad, puesto que todas sus palabras son fieles y verdaderas; y todo el tenor de sus promesas concuerda enteramente con aquella declaración: «como tus días, así será tu fortaleza». [Deuteronomio 33:25]

2. En aquel execrable matadero, la Inquisición romana (llamada, con gran desacierto, ¡la Casa de la Misericordia!), es costumbre de aquellos santos carniceros, mientras están desgarrando los tendones de un hombre en el potro, tener al médico de la casa presente. Su oficio es observar de cuando en cuando los ojos, el pulso y otras circunstancias del paciente, y avisar cuando la tortura ha durado tanto como puede durar sin acabar con su vida, a fin de que esta se conserve el tiempo suficiente para que él sufra el resto de sus tormentos. Pero, a pesar de todo el cuidado del médico, este a veces se equivoca, y la muerte pone fin a los sufrimientos del paciente antes de que sus atormentadores lo adviertan. Algo semejante podemos observar en nuestro propio caso. En cualesquiera sufrimientos o tentaciones en que nos hallemos, nuestro gran Médico nunca se aparta de nosotros. Él rodea nuestro lecho y nuestra senda. Observa cada síntoma de nuestra angustia, para que no se eleve por encima de nuestra fuerza. Y no puede equivocarse respecto de nosotros. Ve exactamente cuánto podemos soportar con nuestro grado actual de fuerza. Y si esta no basta, puede aumentarla hasta el grado que le plazca. Nada, pues, es más cierto que esto: que, en consecuencia de su sabiduría, así como de su justicia, misericordia y fidelidad, nunca nos dejará, nunca puede dejarnos, ser tentados más de lo que podemos llevar; más allá de la fuerza que ya nos ha dado, o que nos dará tan pronto como la necesitemos.

III. 1. «Dará también juntamente con la tentación» (este es el tercer punto que hemos de considerar) «la salida, para que podamos aguantar».

La palabra ekbasin, que traducimos la salida, es sumamente expresiva. Su significado lo expresa aproximadamente la palabra inglesa out-let; pero con más exactitud la antigua palabra out-gate, que todavía usan con frecuencia los escritores escoceses. Significa literalmente un camino hacia fuera. Y este, Dios o lo hallará o lo hará; y Aquel que tiene toda sabiduría, así como todo poder en el cielo y en la tierra, nunca puede hallarse perplejo sobre cómo hacerlo.

2. O bien da la salida fuera de la tentación, quitando su ocasión, o bien en la tentación; es decir, permaneciendo la ocasión como estaba, deja de ser tentación. Primero, da la salida fuera de la tentación quitando su ocasión. Las historias del género humano, y de la Iglesia en particular, nos ofrecen innumerables ejemplos de ello. Y muchos han ocurrido dentro de nuestra propia memoria y en el pequeño círculo de nuestros conocidos. Entre muchos, creo que vale la pena referir uno, como ejemplo memorable de la fidelidad de Dios al dar la salida fuera de la tentación. A Elizabeth Chadsey, que vivía entonces en Londres (cuya hija vive todavía hoy y no deshonra a su madre), le aconsejaron que se hiciera cargo de la herencia de su marido, de quien se suponía que dejaba muchos bienes. Pero cuando se investigaron a fondo sus circunstancias, resultó que esta suposición carecía por completo de fundamento; y que no solo no dejaba nada en absoluto, sino que además estaba muy considerablemente endeudado. No mucho después de su entierro, se presentó un hombre en su casa y dijo: «Señora Chadsey, debéis mucho a vuestro casero, y él me ha enviado a reclamar el alquiler que se le debe». Ella respondió: «Señor, no tengo tanto dinero en el mundo; ¡en verdad, no tengo nada en absoluto!». «Pero», dijo él, «¿no tenéis nada que pueda venderse?». Ella replicó: «Señor, veis todo lo que tengo. No tengo nada en la casa sino a estos seis niños pequeños». «Entonces», dijo él, «tengo que ejecutar mi orden y llevaros a Newgate. Pero es un caso duro. Os dejaré aquí hasta mañana, e iré a ver si no puedo persuadir a vuestro casero a que os dé tiempo». Volvió a la mañana siguiente y dijo: «He hecho todo lo que he podido, he usado todos los argumentos que se me ocurrieron, pero vuestro casero no se deja mover. Jura que, si no os llevo a la cárcel sin demora, iré yo mismo allá». Ella respondió: «Habéis hecho vuestra parte. ¡Hágase la voluntad del Señor!». Él dijo: «Me arriesgaré a hacer un intento más, y volveré por la mañana». Vino por la mañana y dijo: «Señora Chadsey, Dios ha tomado en sus manos vuestra causa. Nadie puede ya causaros molestia alguna, porque vuestro casero murió anoche. Pero no ha dejado testamento, y nadie sabe quién es el heredero de la hacienda».

3. Así puede Dios librar de las tentaciones, quitando su ocasión. Pero ¿no hay tentaciones cuyas ocasiones no pueden ser quitadas? ¿No es un ejemplo notable de esta clase el que tenemos en una publicación reciente? «Iba yo paseando», dice el autor de la carta, «por los acantilados de Dover, en una tarde serena y agradable, con una persona a quien amaba tiernamente y con quien iba a casarme dentro de pocos días. Mientras estábamos absortos en una conversación seria, le resbaló el pie, cayó, y la vi hecha pedazos en la playa. Alcé las manos y exclamé: “Este mal no admite remedio. ¡Ahora tendré que andar enlutado todos mis días! Mi herida es incurable. ¡Es imposible que jamás halle otra mujer semejante! Una tan apropiada para mí en todos los sentidos”. Añadí en agonía: “¡Esta es una aflicción que ni Dios mismo puede remediar!”. Y precisamente al pronunciar estas palabras, desperté: ¡porque era un sueño!». ¡Así puede Dios quitar cualquier tentación posible, haciéndola como un sueño cuando uno despierta!

4. Así puede Dios librar de la tentación, quitando su mismo fundamento. E igualmente puede librar en la tentación, lo cual quizá sea la mayor liberación de todas. Quiero decir que, dejando la ocasión tal como estaba, le quitará su amargura, de modo que ya no será en absoluto una tentación, sino solo una ocasión de acción de gracias. ¡Cuántas pruebas de esto tienen los hijos de Dios aun en su experiencia diaria! ¡Con cuánta frecuencia se ven rodeados de aflicción, o visitados por el dolor o la enfermedad! Y cuando claman al Señor, unas veces aparta de ellos la copa: quita la aflicción, o la enfermedad, o el dolor, y es como si nunca hubiera existido; otras veces no hace ningún cambio exterior; la aflicción exterior, o el dolor, o la enfermedad continúan; pero las consolaciones del Santo aumentan de tal modo que las sobrepujan todas; y pueden declarar con denuedo:

El trabajo es descanso, y dulce es el dolor,

cuando tú, mi Dios, estás cerca.

5. Un ejemplo eminente de esta clase de liberación es el que aparece en la Vida de aquel hombre excelente, el marqués de Renty. Estando él con un violento ataque de reumatismo, un amigo le preguntó: «Señor, ¿padecéis mucho dolor?». Él respondió: «Mis dolores son extremos; pero, por la misericordia de Dios, me entrego no a ellos, sino a él». Con el mismo espíritu respondió mi propio padre, aunque agotado por una grave enfermedad (una úlcera en los intestinos, que apenas le había dado descanso de día ni de noche durante más de siete meses), cuando le pregunté: «Señor, ¿sentís dolor ahora?». Él respondió, con voz fuerte y alta: «Dios me castiga en verdad con dolor; sí, con fuerte dolor en todos mis huesos. Pero le doy gracias por todo; le bendigo por todo; le amo por todo».

6. Podemos observar un ejemplo más, de clase algo semejante, en la Vida del marqués de Renty. Cuando su esposa, a quien amaba muy tiernamente, estaba gravísimamente enferma y se la creía cercana a la muerte, un amigo se tomó la libertad de preguntarle cómo se sentía en aquella ocasión. Él respondió: «No puedo menos de decir que esta prueba me toca en la parte más tierna. Siento intensamente mi pérdida. Siento más de lo que es posible expresar. Y, sin embargo, estoy tan satisfecho de que se hace la voluntad de Dios, y no la voluntad de un vil pecador, que, si no fuera por temor a escandalizar a otros, ¡podría bailar y cantar!». Así el Dios misericordioso, justo y fiel, de un modo o de otro, «en toda tentación dará la salida, para que podamos aguantar».

7. Todo este pasaje es fecundo en enseñanzas. Algunas de las lecciones que podemos aprender de él son estas:

Primera: «El que con toda seguridad está firme, mire no caiga» en la murmuración; no sea que diga en su corazón: «Seguramente el caso de nadie es como el mío; nadie fue jamás probado como yo». Sí, diez mil lo han sido. «No os ha tomado tentación», sino la que es «humana»; la que podíais razonablemente esperar, si considerabais lo que sois: un pecador nacido para morir; un habitante pecador de un cuerpo mortal, expuesto a innumerables sufrimientos interiores y exteriores; y dónde estáis: en un mundo quebrantado y desordenado, rodeados de hombres malos y de espíritus malos. Considerad esto, y no os quejaréis de la suerte común, de la condición general de la humanidad.

8. Segunda: «El que está firme, mire no caiga»; no sea que tiente a Dios, pensando o diciendo: «Esto es insoportable; esto es demasiado duro; nunca podré salir adelante; mi carga es más pesada de lo que puedo llevar». No es así, a menos que haya algo demasiado difícil para Dios. Él no os dejará «ser tentados más de lo que podéis llevar». Él proporciona la carga a vuestra fuerza. Si necesitáis más fuerza, «pedid, y se os dará».

9. Tercera: «El que está firme, mire no caiga»; no sea que tiente a Dios por la incredulidad, desconfiando de su fidelidad. ¿Ha dicho él que «en toda tentación dará la salida»? ¿Y no lo hará? Sí, en verdad;

y muy por encima de tu pensar

su consejo aparecerá,

cuando del todo haya él cumplido la obra

que causó tu temor sin razón.

10. Recibamos, pues, toda prueba con serena resignación, y con humilde confianza en que Aquel que tiene todo poder, toda sabiduría, toda misericordia y toda fidelidad, primero nos sostendrá en toda tentación, y luego nos librará de todas; de modo que al fin todas las cosas nos ayudarán a bien, y experimentaremos felizmente que todas estas cosas fueron para nuestro provecho, para que «seamos participantes de su santidad».

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