Sermones en diversas ocasiones
En qué sentido hemos de dejar el mundo

Capítulo 82 · 24 min de lectura · 31 min de escucha

En qué sentido hemos de dejar el mundo

Sermón 81

En qué sentido hemos de dejar el mundo

«Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré a vosotros Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso».

2 Corintios 6:17, 18.

1. ¡Cuán poquísimos en el mundo religioso han considerado debidamente estas solemnes palabras! Las hemos leído una y otra vez, pero nunca las hemos tomado a pecho, ni hemos advertido que contienen un mandamiento tan claro y expreso como cualquier otro de toda la Biblia. Y es de temer que sean todavía menos los que entienden el verdadero significado de esta orden. Innumerables personas en Inglaterra la han interpretado como un mandato de salir de la Iglesia establecida. Y en el mismo sentido la han entendido millares en los reinos vecinos. Se han predicado multitud de sermones, y se han escrito libros, sobre esta suposición. Y, en verdad, muchos hombres piadosos han fundado su separación de la Iglesia principalmente en este texto. «Dios mismo», dicen, «nos manda: “Salid de en medio de ellos, y apartaos”. Y solo con esta condición nos recibirá, y «seremos hijos e hijas del Señor Todopoderoso».

2. Pero esta interpretación es del todo ajena al propósito del apóstol, que no habla aquí de esta o aquella iglesia, sino de un asunto completamente distinto. Ni el apóstol mismo ni ninguno de sus hermanos sacaron jamás de estas palabras semejante conclusión. Si lo hubieran hecho, habría sido una contradicción manifiesta tanto del ejemplo como del precepto de su Maestro. Porque, aunque la iglesia judía estaba entonces tan inmunda, tan impía, por dentro y por fuera, como cualquier iglesia cristiana que hoy haya sobre la tierra, nuestro Señor asistía constantemente a su culto. Y mandó a sus seguidores que en esto, como en todo lo demás, siguieran sus pisadas. Así lo da a entender claramente aquel notable pasaje: «Sobre la cátedra de Moisés se sentaron los escribas y los fariseos; así que, todo lo que os dijeren que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen». (Mateo 23:2, 3.) Aunque ellos mismos dicen y no hacen, aunque sus vidas contradicen sus doctrinas, aunque eran hombres impíos, nuestro Señor no solo permite aquí, sino que exige, que sus discípulos los oigan. Porque les exige que «guarden y hagan lo que dicen». Pero esto no podría ser si no los oyeran. Por eso los apóstoles, mientras estuvieron en Jerusalén, asistieron constantemente al culto público. Es cierto, por tanto, que estas palabras no se refieren en absoluto a una separación de la Iglesia establecida.

3. Tampoco se refieren a la orden que el apóstol da en su primera epístola a los Corintios. El pasaje entero dice así: «Os he escrito por carta, que no os envolváis con los fornicarios; no absolutamente con los fornicarios de este mundo, o con los avaros, o con los ladrones, o con los idólatras; pues en tal caso os sería menester salir del mundo. Mas ahora os he escrito, que no os envolváis, es a saber, que si alguno llamándose hermano fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón, con el tal ni aun comáis». (1 Corintios 5:9–11.) Esto se refiere enteramente a los que son miembros de una misma comunidad cristiana. El apóstol les dice expresamente que no da esta orden de no juntarse con tales y tales personas respecto de los paganos, o de los hombres en general; y añade esta razón evidente: «Pues en tal caso os sería menester salir del mundo»; no podríais tratar en él negocio alguno. «Mas si alguno llamándose hermano» —es decir, unido a vosotros en la misma sociedad religiosa— «fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón, con el tal ni aun comáis». ¡Qué advertencia tan importante es esta! ¡Pero cuán poco la observan aun los que, en otros aspectos, son cristianos concienzudos! A decir verdad, algunas partes de ella no son fáciles de observar, por una razón evidente: no son fáciles de entender. Quiero decir que no es fácil entender a quiénes corresponden tales caracteres. Es muy difícil, por ejemplo, saber, salvo en algunos casos flagrantes, a quién corresponde el carácter de ladrón o extorsionador, o de hombre avaro. Difícilmente podemos conocer al uno o al otro sin parecer al menos «entremetidos en negocios ajenos». Y, sin embargo, la prohibición de tratar con estos es tan fuerte como la de tratar con fornicarios o adúlteros. Solo podemos obrar con sencillez de corazón, sin erigirnos en jueces infalibles (dispuestos siempre a ser mejor informados), conforme a la mejor luz que tengamos.

4. Pero, aunque esta orden se refiere solo a nuestros hermanos cristianos (o que lo son, al menos, por profesión exterior), la del texto tiene un alcance mucho más amplio: se refiere, sin duda alguna, a todo el género humano. Claramente nos exige mantenernos a distancia, en cuanto sea factible, de todos los hombres impíos. En efecto, parece que la palabra que traducimos lo inmundo, tou akathartou, podría traducirse mejor la persona inmunda; aludiendo probablemente a la ley ceremonial, que prohibía tocar a quien era legalmente inmundo. Pero aun aquí, si entendiéramos la expresión literalmente, si tomáramos las palabras en su sentido más estricto, se seguiría el mismo absurdo: nos sería menester, como dice el apóstol, «salir del mundo»; no podríamos permanecer en las vocaciones que la providencia de Dios nos ha asignado. Si no tratáramos en absoluto con hombres de tales caracteres, nos sería imposible llevar a cabo nuestros asuntos temporales. De modo que a todo cristiano concienzudo no le quedaría otra cosa que hacer sino huir al desierto. Ni siquiera bastaría hacerse recluso, encerrarse en monasterios o conventos de monjas; porque aun entonces tendríamos que mantener algún trato con hombres impíos para procurarnos lo necesario para la vida.

5. Las palabras, por tanto, han de entenderse necesariamente con una restricción considerable. No nos prohíben tratar con ningún hombre, bueno o malo, en el curso de los negocios del mundo. Se presentarán mil ocasiones en que tendremos que tratar con ellos para llevar a cabo asuntos que no pueden hacerse sin ellos. Y algunas de estas pueden exigirnos un trato frecuente con borrachos o con fornicarios; sí, a veces puede ser necesario que pasemos un tiempo considerable en su compañía; de lo contrario, no podríamos cumplir los deberes de nuestras respectivas vocaciones. Semejante trato con los hombres, santos o impíos, no es, pues, en modo alguno contrario al consejo del apóstol.

6. ¿Qué es, entonces, lo que el apóstol prohíbe? Primero, el tratar con hombres impíos cuando no hay necesidad, ni llamamiento de la providencia, ni negocio que lo exija; segundo, el tratar con ellos con más frecuencia de la que el negocio necesariamente requiere; tercero, el pasar en su compañía más tiempo del necesario para terminar nuestro negocio; y, sobre todo, cuarto, el escoger a personas impías, por ingeniosas o agradables que sean, para que sean nuestros compañeros ordinarios o nuestros amigos íntimos. Si algún caso de esta clase admite menos excusa que los demás, es el que el apóstol prohíbe expresamente en otro lugar: el unirse «en yugo desigual con un infiel» en el matrimonio; con cualquier persona que no tenga el amor de Dios en su corazón, o al menos el temor de Dios delante de sus ojos. No conozco nada que pueda justificar esto: ni el juicio, ni el ingenio, ni la belleza de la persona, ni la ventaja temporal, ni el temor a la necesidad; no, ni siquiera el mandato de un padre. Porque si algún padre manda lo que es contrario a la Palabra de Dios, el hijo debe obedecer a Dios antes que a los hombres.

7. El fundamento de esta prohibición se expone extensamente en los versículos anteriores: «¿Qué compañía tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el fiel con el infiel?». (Tomando esta palabra en su sentido amplio, por aquel que no tiene ni el amor ni el temor de Dios.) «Vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré en ellos; y seré el Dios de ellos, y ellos serán mi pueblo». Sigue: «Por lo cual, salid de en medio de ellos»; de los injustos, los hijos de las tinieblas, los hijos de Belial, los infieles; «y apartaos, y no toquéis lo inmundo», o a la persona inmunda, «y yo os recibiré».

8. He aquí la suma de esta prohibición de tener con hombres impíos más trato del absolutamente necesario. No puede haber compañía provechosa entre el justo y el injusto; como no puede haber comunión alguna entre la luz y las tinieblas, ya entendáis esto de las tinieblas naturales o de las espirituales. Así como Cristo no puede tener concordia alguna con Belial, tampoco el que cree en él puede tener concordia alguna con un infiel. Es absurdo imaginar que pueda haber verdadera unión o concordia entre dos personas mientras una de ellas permanece en tinieblas y la otra anda en la luz. Son súbditos no solo de dos reinos distintos, sino de dos reinos opuestos. Obran por principios del todo diferentes; aspiran a fines del todo diferentes. Se seguirá necesariamente que con frecuencia, si no siempre, andarán por sendas diferentes. ¿Cómo andarán juntos, si no están de acuerdo, hasta que ambos sirvan o a Cristo o a Belial?

9. ¿Y cuáles son las consecuencias de no obedecer esta orden? ¿De no salir de en medio de los hombres impíos? ¿De no apartarnos de ellos, sino contraer o continuar con ellos un trato familiar? Es probable que de momento no tenga ninguna consecuencia mala aparente y visible. Apenas cabe esperar que nos lleve en seguida a algún pecado exterior. Quizá no ocasione inmediatamente que descuidemos ningún deber exterior. Primero minará los cimientos de nuestra religión: poco a poco amortiguará nuestro celo por Dios; enfriará suavemente aquel fervor de espíritu que acompañaba a nuestro primer amor. Aunque ellos no se opongan abiertamente a nada de lo que decimos o hacemos, su mismo espíritu, por grados insensibles, afectará al nuestro y le transfundirá la misma tibieza e indiferencia hacia Dios y hacia las cosas de Dios. Debilitará todos los resortes de nuestra alma, destruirá el vigor de nuestro espíritu y nos hará aflojar más y más el paso al correr la carrera que nos es propuesta.

10. Por los mismos grados, todo trato innecesario con hombres impíos debilitará nuestra evidencia divina y convicción de las cosas que no se ven: oscurecerá los ojos del alma con que vemos al Invisible, y debilitará nuestra confianza en él. Disminuirá gradualmente nuestro «gusto de las virtudes del siglo venidero», y amortiguará aquella esperanza que antes nos hacía «sentar en los cielos con Cristo Jesús». Enfriará imperceptiblemente aquella llama de amor que antes nos permitía decir: «¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? ¡Y fuera de ti nada deseo en la tierra!». Así hiere la raíz de toda religión vital, de nuestra comunión con el Padre y con el Hijo.

11. Por los mismos grados, y del mismo modo secreto e inadvertido, nos dispondrá a «desandar de nuevo nuestros pasos hacia la tierra». Nos llevará suavemente a recaer en el amor del mundo del que verdaderamente habíamos escapado; a caer sin sentirlo en la concupiscencia de la carne, el buscar la felicidad en los placeres de los sentidos; en la concupiscencia de los ojos, el buscar la felicidad en el placer de la imaginación; y en la soberbia de la vida, el buscarla en la pompa, en las riquezas o en la alabanza de los hombres. Y todo esto puede hacerse con la ayuda del espíritu que «engañó a Eva con su astucia», antes de que percibamos su ataque o tengamos conciencia de pérdida alguna.

12. Y no es solo el amor del mundo, en todas sus ramas, lo que necesariamente se apodera de nosotros mientras tratamos con hombres de espíritu mundano más allá de lo que el deber exige, sino toda otra pasión y disposición mala de que es capaz el alma humana; en particular el orgullo, la vanidad, el espíritu censor, las malas sospechas, la inclinación a la venganza; mientras que, por otra parte, la liviandad, la frivolidad y la disipación se apoderan de nosotros y crecen continuamente. Sabemos cuánto abundan todas estas cosas en los hombres que no conocen a Dios. Y no puede ser sino que se insinúen en todos los que tratan con ellos frecuente y libremente; se insinúan más profundamente en los que no temen peligro alguno; y, sobre todo, si tienen algún afecto particular, si tienen más amor del que el deber exige, por aquellos que no aman a Dios y con quienes tratan familiarmente.

13. Hasta aquí he supuesto que las personas con quienes tratáis son de las que solemos llamar buena gente; de las que, en la jerga de moda, se llaman hombres de carácter digno: una de las palabras más necias e insignificantes que jamás se pusieron de moda. He supuesto que están libres de maldecir, de jurar, de la profanidad; de quebrantar el día del Señor y de la embriaguez; de la lascivia, sea de palabra o de obra; de la falta de honradez, la mentira y la calumnia; en una palabra, que están enteramente limpios de todo vicio manifiesto. De otro modo, todo el que tenga siquiera el temor de Dios debe en todo caso mantenerse a distancia de ellos. Pero temo haber hecho una suposición que difícilmente puede admitirse. Temo que algunas de las personas con quienes tratáis más de lo que el negocio necesariamente requiere no merezcan siquiera el nombre de buena gente, que no sean dignas de otra cosa que de vergüenza y desprecio. ¿No viven algunos de ellos en pecado manifiesto, en maldiciones y juramentos, embriaguez o impureza? No podéis ignorarlo por mucho tiempo, porque poco se esfuerzan en ocultarlo. Ahora bien, ¿no es cierto que todo vicio es de naturaleza contagiosa? Porque ¿quién puede tocar la pez y no ensuciarse? De estos, pues, debéis sin duda huir como de la presencia de una serpiente. De otro modo, ¡cuán pronto «las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres»!

14. He supuesto también que esas personas impías con quienes tratáis con frecuencia no tienen ningún deseo de comunicaros su propio espíritu a vosotros, ni de induciros a vosotros a seguir su ejemplo. Pero también esta es una suposición que difícilmente puede admitirse. En muchos casos su interés puede verse favorecido con que vosotros participéis de sus pecados. Pero, aun dejando el interés fuera de la cuestión, ¿no desea naturalmente todo hombre, y no se esfuerza más o menos, por ganar a sus conocidos para su propia opinión o partido? De modo que, así como todos los hombres buenos desean y procuran hacer buenos a otros como ellos mismos, de la misma manera todos los hombres malos desean y procuran hacer a sus compañeros tan malos como ellos.

15. Pero si no lo hacen, si admitimos esta suposición casi imposible de que no desean ni emplean esfuerzo alguno para atraeros a su propia disposición y conducta, aun así es peligroso tratar con ellos. No hablo solo de los hombres abiertamente viciosos, sino de todos los que no aman a Dios, o al menos no le temen, y no «buscan» sinceramente «el reino de Dios y su justicia». Admitid que tales compañeros no procuran haceros semejantes a ellos; ¿prueba esto que no corréis peligro alguno de su parte? ¡Mirad a aquel pobre desdichado que está enfermo de la peste! No desea, no hace el menor esfuerzo por comunicaros su mal. ¡Y, sin embargo, tened cuidado! ¡No lo toquéis! Más aún, no os acerquéis a él, o no sabéis cuán pronto podéis hallaros en la misma condición. Para trazar el paralelo: aunque supongamos que el hombre del mundo no desea, ni se propone, ni procura comunicaros su mal, ¡con todo, no lo toquéis! No os acerquéis demasiado a él; porque no son solo sus razonamientos o persuasiones lo que puede infectar vuestra alma, sino que su mismo aliento es contagioso, particularmente para los que no temen peligro alguno.

16. Si el tratar libremente con hombres de mente mundana no tiene sobre vosotros ningún otro efecto malo, ciertamente, por grados imperceptibles, os hará menos celestiales de mente. Dará a vuestro ánimo una inclinación que continuamente arrastrará vuestra alma hacia la tierra. Os inclinará, sin que tengáis conciencia de ello, en lugar de ser enteramente transformados por la renovación de vuestro entendimiento, a conformaros de nuevo a este mundo en su espíritu, en sus máximas y en su vana conversación. Volveréis a caer en aquella liviandad y disipación de espíritu de la que antes habíais escapado verdaderamente; en aquella superfluidad en el vestir, y en aquella conversación necia, frívola e inútil que os era abominable cuando vuestra alma estaba viva para Dios. Y cada día os apartaréis de aquella sencillez de palabra y de conducta con la que en otro tiempo adornabais la doctrina de Dios nuestro Salvador.

17. Y si llegáis hasta aquí en la conformidad con el mundo, apenas cabe esperar que os detengáis ahí. En poco tiempo iréis más lejos: habiendo perdido una vez pie y comenzado a resbalar, es mil contra uno que no os detendréis hasta llegar al pie de la colina; hasta caer vosotros mismos en algunos de aquellos pecados exteriores que vuestros compañeros cometen ante vuestros ojos o a vuestros oídos. Así, el pavor y el horror que al principio os sobrecogían irán disminuyendo gradualmente, hasta que por fin os dejéis persuadir a seguir su ejemplo. Pero supongamos que no os lleven al pecado exterior: si infectan vuestro espíritu de orgullo, de ira o de amor del mundo, es suficiente; basta, sin un profundo arrepentimiento, para hundir vuestra alma en la perdición eterna; puesto que (prescindiendo de todo pecado exterior) «la intención de la carne es muerte».

18. Pero, por peligroso que sea tratar familiarmente con hombres que no conocen a Dios, aún es más peligroso para los hombres tratar con mujeres de ese carácter; pues por lo general son más insinuantes que los hombres y tienen mucho mayor poder de persuasión, particularmente si son agradables en su persona o amenas en su conversación. Tendríais que ser más que hombres para tratar con ellas sin sufrir pérdida alguna. Aunque no sintáis ningún deseo necio o impuro (¿y quién puede prometer que no lo sentiréis?), apenas es posible que no sintáis, en mayor o menor grado, una blandura impropia que os hará menos dispuestos y menos capaces de perseverar en aquel hábito de negaros a vosotros mismos y tomar vuestra cruz cada día, que constituye el carácter de un buen soldado de Jesucristo. Y sabemos que no solo los fornicarios y los adúlteros, sino aun «los muelles y afeminados», los delicados seguidores de un Maestro que se negó a sí mismo, «no tendrán herencia en el reino de Cristo y de Dios».

19. Tales son las consecuencias que con seguridad, aunque quizá lentamente, han de seguir a la mezcla de los hijos de Dios con los hombres del mundo. Y por este medio, más que por ningún otro, sí, más que por todos los demás juntos, es probable que el pueblo llamado metodista pierda su fuerza y llegue a ser como los demás hombres. Es verdad que muchos de ellos admiten el trato familiar con hombres que no conocen a Dios con buena intención y por un verdadero deseo de promover la gloria de Dios. Tenéis la esperanza de despertarlos de su sueño y de persuadirlos a buscar lo que toca a su paz. Pero si, después de un tiempo de prueba suficiente, no podéis causar en ellos impresión alguna, será prudente que los dejéis en manos de Dios; de lo contrario, es más probable que recibáis daño de ellos que no que les hagáis algún bien. Porque si vosotros no levantáis sus corazones al cielo, ellos arrastrarán los vuestros a la tierra. Retiraos, pues, a tiempo, «y salid de en medio de ellos, y apartaos».

20. Pero ¿cómo puede hacerse esto? ¿Cuál es el método más fácil y eficaz de separarnos de los hombres impíos? Quizá unos pocos consejos lo aclaren a los que desean conocer y hacer la voluntad de Dios.

Primero: no invitéis a vuestra casa a ninguna persona impía, salvo en alguna ocasión muy particular. Quizá digáis: «Pero la cortesía lo exige, y ciertamente la religión no es enemiga de la cortesía. Más aún, el apóstol mismo nos manda ser corteses, así como compasivos». Respondo: podéis ser corteses, suficientemente corteses, y aun así mantenerlos a la debida distancia. Podéis ser corteses en mil casos, y con todo manteneros apartados de ellos. Y nunca fue el propósito del apóstol recomendar una cortesía tal que necesariamente haya de ser un lazo para el alma.

21. Segundo: no aceptéis por ningún motivo invitación alguna de una persona impía. No os dejéis persuadir nunca a hacer una visita, a menos que deseéis que os la devuelvan. Puede ser que una persona deseosa de vuestro trato repita la visita dos o tres veces. Pero si os abstenéis firmemente de devolverla, el visitante pronto se cansará. No es improbable que se sienta ofendido, y quizá dé muestras de resentimiento. Contad con ello, para que, cuando ocurra algo de esta clase, no os sorprendáis ni os desaniméis. Mejor es agradar a Dios y desagradar al hombre que agradar al hombre y desagradar a Dios.

22. Tercero: es probable que conocierais a hombres del mundo antes de que vosotros mismos conocierais a Dios. ¿Qué es lo mejor que puede hacerse respecto de estos? ¿Cómo podéis abandonar su trato con mayor facilidad? Primero, dad un tiempo suficiente para probar si no podéis, mediante argumentos y persuasión, aplicados en los momentos propicios para hablarles, inducirlos a escoger la buena parte. ¡No escatiméis esfuerzo! Ejercitad toda vuestra fe y vuestro amor, y luchad con Dios en favor de ellos. Si, después de todo, no percibís que se haya causado en ellos impresión alguna, es vuestro deber apartaros suavemente de ellos, para que no quedéis enredados con ellos. Esto puede hacerse en poco tiempo, fácil y tranquilamente, no devolviéndoles las visitas. Pero debéis esperar que os echen en cara vuestra altivez y vuestra falta de afecto, si no en vuestra cara, sí a vuestras espaldas. Y esto podéis sufrirlo por causa de una buena conciencia. Es, propiamente, el vituperio de Cristo.

23. Cuando agradó a Dios darme a mí la resolución firme de ser un cristiano no nominal, sino real (teniendo yo entonces unos veintidós años de edad), mis conocidos eran tan ignorantes de Dios como yo mismo. Pero había esta diferencia: yo conocía mi propia ignorancia; ellos no conocían la suya. Débilmente procuré ayudarlos, pero en vano. Entretanto hallé, por triste experiencia, que aun su conversación inofensiva, como la llaman, amortiguaba todas mis buenas resoluciones. Pero cómo librarme de ellos era la cuestión que daba vueltas en mi mente una y otra vez. No veía camino posible, a menos que agradara a Dios trasladarme a otro colegio. Así lo hizo, de un modo enteramente contrario a toda probabilidad humana. Fui elegido miembro (fellow) de un colegio donde no conocía a una sola persona. Preveía que mucha gente vendría a verme, ya por amistad, ya por cortesía, ya por curiosidad, y que tendría ofrecimientos de amistades nuevas y viejas; pero ya había fijado mi plan. Entrando ahora, por así decirlo, en un mundo nuevo, resolví no tener amistades por casualidad, sino por elección; y escoger solo a aquellos de quienes tuviera razón para creer que me ayudarían en mi camino al cielo. En consecuencia, observé atentamente la disposición y la conducta de todos los que me visitaban. No vi razón para pensar que la mayor parte de ellos amara o temiera verdaderamente a Dios. Tales amistades, por tanto, no las escogí: no podía esperar que me hicieran bien alguno. Por eso, cuando alguno de ellos venía a verme, me portaba con toda la cortesía que podía. Pero a la pregunta: «¿Cuándo vendrás a verme?», no daba respuesta alguna. Cuando habían venido unas cuantas veces y hallaban que yo seguía declinando devolver la visita, no los veía más. Y bendigo a Dios, esta ha sido mi regla invariable durante unos sesenta años. Sabía que seguirían muchas censuras; pero eso no me movía, porque sabía muy bien que mi llamamiento era ir «por infamia y por buena fama».

24. Aconsejo encarecidamente a todos los que de vosotros resolváis ser, no casi, sino del todo cristianos, que adoptéis el mismo plan, por contrario que sea a la carne y la sangre. Observad atentamente cuáles de los que se cruzan en vuestro camino son de vuestro mismo sentir: de quiénes de ellos tenéis razón para creer que temen a Dios y obran justicia. Tenedlos por dignos de vuestra amistad: tratad con ellos gustosa y libremente en toda ocasión. En cuanto a todos los que no responden a ese carácter, dejadlos ir suave y tranquilamente. Por bondadosos y sensatos que sean, no os prestarán ningún servicio verdadero. Más aún, aunque no os llevaran al pecado exterior, serían un continuo estorbo para vuestra alma, y os impedirían correr con vigor y alegría la carrera que os es propuesta. Y si algunos de vuestros amigos que una vez corrían bien «se tornan atrás del santo mandamiento que una vez les fue dado», usad primero todo medio que la prudencia pueda sugerir para traerlos de nuevo al buen camino. Pero si no podéis lograrlo, dejadlos ir, encomendándolos todavía a Dios en oración. Abandonad todo trato familiar con ellos, y salvad vuestra propia alma.

25. Os aconsejo, cuarto, que andéis con circunspección respecto de vuestros parientes. Con vuestros padres, sean religiosos o no, ciertamente debéis tratar, si ellos lo desean; y con vuestros hermanos y hermanas, sobre todo si necesitan vuestro servicio. No sé que estéis bajo semejante obligación respecto de vuestros parientes más lejanos. La cortesía, en verdad, y el afecto natural pueden requerir que los visitéis alguna vez. Pero si ni conocen ni buscan a Dios, ciertamente debe ser lo menos posible. Y cuando estéis con ellos, no debéis quedaros un día más de lo que el decoro requiere. Además: con cualquiera de ellos que estéis en cualquier momento, recordad aquella solemne advertencia del apóstol: «Ninguna palabra torpe» (conversación) «salga de vuestra boca, sino la que sea buena para edificación, para que dé gracia a los oyentes». No tenéis autoridad para apartaros de esta regla; de lo contrario, «contristáis al Espíritu Santo de Dios». Y si os atenéis estrictamente a ella, los que no tienen religión pronto prescindirán de vuestra compañía.

26. Así es como los que temen o aman a Dios deben «salir de en medio de» todos los que no le temen. Así, en un sentido claro y bíblico, debéis «apartaros» de ellos; de todo trato innecesario con ellos. Sí, «no toquéis», dice el Señor, «lo inmundo», o a la persona inmunda, más allá de lo que la necesidad requiera; «y yo os recibiré» en la familia y la casa de Dios. «Y seré a vosotros Padre»; os abrazaré con afecto paternal; «y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso». La promesa es expresa para todos los que renuncian a la compañía de los hombres impíos, con tal que su espíritu y su conducta sean también, en otros aspectos, conformes a su deber. Dios se compromete aquí absolutamente a darles todas las bendiciones que ha preparado para sus hijos amados, tanto en el tiempo como en la eternidad. Por tanto, todos los que tengan alguna estima por el favor y la bendición de Dios, guárdense, primero, de contraer amistad alguna o de formar vínculo alguno con hombres impíos, más allá de lo que requiera el negocio necesario o algún otro llamamiento de la providencia; y, segundo, rompan con toda la prontitud posible, con toda la que la naturaleza de la cosa admita, todas las amistades de esta clase ya contraídas y todos los vínculos de esta clase ya formados. Que ningún placer resultante de tales amistades, ninguna ganancia hallada o esperada de tales vínculos, sea tenida en cuenta alguna cuando se ponga en la balanza frente a un mandamiento claro y positivo de Dios. En tal caso, «sácate el ojo derecho» —arranca la amistad más agradable— «y échalo de ti»: renuncia a todo pensamiento, a todo propósito de volver a buscarla. «Córtate la mano derecha» —renuncia absolutamente al vínculo más provechoso— «y échala de ti». «Mejor te es entrar con un solo ojo en la vida», o con una sola mano, «que teniendo dos ser echado en el infierno del fuego».

Capítulo 82 completado

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