Capítulo 81 · 25 min de lectura · 32 min de escucha
Sobre la amistad con el mundo
Sermón 80
Sobre la amistad con el mundo
«Adúlteros y adúlteras, ¿no sabéis que la amistad de este mundo es enemistad con Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo se constituye enemigo de Dios».
Santiago 4:4.
1. Hay un pasaje en la Epístola de san Pablo a los Romanos que a menudo se ha supuesto que tiene el mismo sentido que este: «No os conforméis a este siglo» (Romanos 12:2:). Pero tiene poca o ninguna relación con él; habla de una cosa muy distinta. En verdad, la supuesta semejanza surge meramente del uso de la palabra mundo en ambos lugares. Esto nos lleva naturalmente a pensar que san Pablo entiende por conformidad con el mundo, lo mismo que Santiago entiende por amistad con el mundo; mientras que son cosas enteramente distintas, como lo son también las palabras en el original: porque la palabra de san Pablo es aion; la de Santiago, kosmos. Sin embargo, las palabras de san Pablo contienen una importante instrucción para los hijos de Dios. Como si dijera: «No os conforméis ni a la sabiduría, ni al espíritu, ni a las modas del siglo; ni de los judíos inconversos, ni de los paganos entre los que vivís. Estáis llamados a mostrar, por todo el tenor de vuestra vida y conducta, que sois “renovados en el espíritu de vuestra mente”, conforme a la imagen del que os creó;” y que vuestra regla no es el ejemplo ni la voluntad del hombre, sino “la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”».
2. Pero no es extraño que la advertencia de Santiago contra la amistad con el mundo se entienda tan poco, aun entre los cristianos. Porque no he podido averiguar que ningún autor, antiguo o moderno, haya escrito sobre el tema; no, ni (hasta donde yo he observado jamás) en dieciséis o diecisiete siglos. Ni siquiera aquel excelente escritor, el señor Law, que ha tratado tan bien muchos otros temas, ha escrito en todos sus tratados prácticos un solo capítulo sobre ello; no, ni ha dicho una palabra, que yo recuerde, ni ha dado una sola advertencia contra ello. Nunca oí predicar un sermón sobre ello, ni ante la Universidad ni en otra parte. Nunca estuve en ninguna compañía en que la conversación versara expresamente sobre ello ni siquiera durante una hora.
3. Y, sin embargo, hay muy pocos temas de tan honda importancia; pocos que toquen tan de cerca la esencia misma de la religión, la vida de Dios en el alma; su continuación y aumento, o su decadencia, sí, su extinción. De la falta de instrucción en este respecto se han seguido las consecuencias más tristes. Estas, en verdad, no han afectado a quienes estaban todavía muertos en delitos y pecados; pero han caído pesadamente sobre muchos de los que estaban verdaderamente vivos para Dios. Han afectado en particular a muchos de los llamados metodistas; quizá más que a ningún otro pueblo. Por no entender este consejo del apóstol (espero que más bien que por desprecio de él), muchos entre ellos están enfermos, espiritualmente enfermos, y muchos duermen, que en otro tiempo estuvieron cabalmente despiertos. Y bien será si vuelven a despertar antes de que se les pida el alma. Me ha resultado difícil explicar lo que he observado con frecuencia: muchos que en otro tiempo estaban grandemente vivos para Dios, cuya conversación estaba en los cielos, que tenían puestos sus afectos en las cosas de arriba, no en las de la tierra; aunque andaban en todas las ordenanzas de Dios, aunque todavía abundaban en buenas obras y se abstenían de todo pecado conocido, sí, y de toda apariencia de mal, sin embargo decayeron gradual e insensiblemente (como la calabacera de Jonás cuando el gusano le comió la raíz), de tal modo que ahora están menos vivos para Dios que hace diez, veinte o treinta años. Pero se explica fácilmente si observamos que, a medida que aumentaron en bienes, aumentaron en amistad con el mundo; lo cual, en verdad, siempre ha de suceder, a menos que intervenga el gran poder de Dios. Pero en la misma proporción en que aumentaron en esto, la vida de Dios en su alma disminuyó.
4. ¿Es de extrañar que disminuyera, si estas palabras se hallan realmente en los oráculos de Dios: «Adúlteros y adúlteras, ¿no sabéis que la amistad del mundo es enemistad con Dios?»? ¿Cuál es el sentido de estas palabras? Consideremos seriamente. ¡Y quiera Dios abrir los ojos de nuestro entendimiento, para que, a pesar de toda la niebla con que la sabiduría del mundo quisiera cubrirnos, discernamos cuál es la buena voluntad de Dios, agradable!
5. Consideremos, primero, qué es lo que el apóstol entiende aquí por el mundo. No se refiere aquí a esta estructura exterior de las cosas, llamada en la Escritura los cielos y la tierra, sino a los habitantes de la tierra, a los hijos de los hombres, o al menos a la mayor parte de ellos. Pero ¿qué parte? Esto lo determinan plenamente tanto nuestro Señor mismo como su discípulo amado. Primero, nuestro Señor mismo. Sus palabras son: «Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me aborreció antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán. Y todo esto os harán, porque no conocen al que me ha enviado» (Juan 15:18.). Veis aquí que «el mundo» está puesto a un lado, y los que «no son del mundo» al otro. Aquellos a quienes Dios ha «elegido del mundo», a saber, por la «santificación del Espíritu y la fe de la verdad», están puestos en directa oposición a aquellos a quienes él no ha elegido así. Y otra vez: los que «no conocen al que me ha enviado», dice nuestro Señor, los que no conocen a Dios, esos son «el mundo».
6. Igualmente expresas son las palabras del discípulo amado: «Hermanos míos, no os maravilléis si el mundo os aborrece. Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, porque amamos a los hermanos» (1 Juan 3:13, 14.). Como si dijera: «No debéis esperar que nadie os ame, sino los que “han pasado de muerte a vida”». De ahí se sigue que los que no han pasado de muerte a vida, los que no están vivos para Dios, son «el mundo». Lo mismo podemos aprender de aquellas palabras del capítulo quinto, versículo 19: «Sabemos que somos de Dios, y que todo el mundo está bajo el maligno». [1 Juan 5:19] Aquí «el mundo» significa claramente los que no son de Dios y que, por consiguiente, «están bajo el maligno».
7. Al contrario, son de Dios, los que aman a Dios, o al menos «lo temen y guardan sus mandamientos». Este es el carácter más bajo de los que «son de Dios»; los que no son propiamente hijos, sino siervos; que se apartan del mal y procuran hacer el bien, y andan en todas sus ordenanzas, porque tienen el temor de Dios en su corazón y un sincero deseo de agradarle. Fijad en vuestro corazón este sentido llano del término «el mundo»; los que no temen así a Dios. Nadie os engañe con palabras vanas: no significa ni más ni menos que esto.
8. Pero, entendiendo el término en este sentido, ¿qué clase de amistad podemos tener con el mundo? Podemos, y debemos, amarlos como a nosotros mismos (porque también ellos están incluidos en la palabra prójimo); tenerles verdadera buena voluntad; desear su felicidad tan sinceramente como deseamos la felicidad de nuestra propia alma; sí, en cierto sentido hemos de honrarlos (ya que el apóstol nos manda «honrar a todos») como criaturas de Dios; más aún, como espíritus inmortales capaces de conocerle, de amarle y de gozar de él por toda la eternidad. Hemos de honrarlos como redimidos por la sangre de aquel que «gustó la muerte por todos». Hemos de tenerles tierna compasión cuando los vemos abandonar su propia misericordia, extraviarse de la senda de la vida y apresurarse hacia la perdición eterna. Nunca hemos de contristar de buen grado su espíritu ni causarles dolor alguno, sino, al contrario, darles todo el gusto que inocentemente podamos, puesto que hemos de «agradar a todos en lo que es bueno». Nunca hemos de agravar sus faltas, sino reconocer de buen grado todo lo bueno que hay en ellos.
9. Podemos, y debemos, hablarles en toda ocasión de la manera más amable y complaciente que podamos. No debemos hablar mal de ellos cuando están ausentes, a menos que sea absolutamente necesario; a menos que sea el único medio que conocemos para impedir que hagan daño. De otro modo, hemos de hablar de ellos con todo el respeto que podamos, sin traspasar los límites de la verdad. Hemos de comportarnos con ellos, cuando están presentes, con toda cortesía, mostrándoles toda la consideración que podamos sin favorecerlos en el pecado. Debemos hacerles todo el bien que esté en nuestro poder, todo el que estén dispuestos a recibir de nosotros; siguiendo en esto el ejemplo del Amigo universal, nuestro Padre que está en los cielos, quien, hasta que ellos se dignen recibir mayores bendiciones, les da aquellas que están dispuestos a aceptar, «haciendo salir su sol sobre malos y buenos, y enviando» su «lluvia sobre justos e injustos».
10. «Pero ¿qué clase de amistad es la que no podemos tener con el mundo? ¿No podemos tratar en absoluto con los hombres impíos? ¿Debemos evitar por completo su compañía?». De ninguna manera. Ya se ha admitido lo contrario. Si no hubiéramos de tratar en absoluto con ellos, «nos sería menester salir del mundo». Entonces no podríamos prestarles esos oficios de bondad que ya se han mencionado. Podemos, sin duda, tratar con ellos: primero, por negocios, en los diversos propósitos de esta vida, según el puesto en ella en que la providencia de Dios nos ha colocado; segundo, cuando la cortesía lo requiere, solo que debemos tener gran cuidado de no llevarla demasiado lejos; tercero, cuando tenemos una esperanza razonable de hacerles bien. Pero también aquí tenemos especial necesidad de cautela y de mucha oración; de otro modo, fácilmente podemos quemarnos nosotros mismos al esforzarnos por arrebatar otros tizones del incendio.
11. Fácilmente podemos dañar nuestra propia alma, deslizándonos a un apego estrecho a cualquiera de los que no conocen a Dios. Esta es la amistad que es «enemistad con Dios». No podemos ser demasiado celosos de nosotros mismos, no sea que caigamos en esta trampa mortal; no sea que contraigamos, antes de darnos cuenta, un amor de complacencia o de deleite en ellos. Solo pisamos terreno seguro cuando podemos decir con el salmista: «Toda mi complacencia está en los santos que están en la tierra, y en los que sobresalen en virtud». No debemos tener con ellos conversaciones innecesarias. Es nuestro deber y nuestra sabiduría no estar con ellos más a menudo ni más tiempo del estrictamente necesario. Y durante todo ese tiempo necesitamos recordar y seguir el ejemplo de aquel que dijo: «Guardé mi boca como con freno, en tanto que el impío estaba delante de mí». No debemos entrar en ninguna clase de vínculo con ellos más allá de lo absolutamente necesario. Cuando Josafat olvidó esto y se unió con Acab, ¿cuál fue la consecuencia? Primero perdió su hacienda: «Las naves» que enviaron «se rompieron en Ezión-geber». Y cuando no se contentó con esta advertencia, ni con la del profeta Micaías, sino que quiso subir con él a Ramot de Galaad, estuvo a punto de perder la vida.
12. Sobre todo, deberíamos temblar ante el solo pensamiento de entrar en un pacto matrimonial, el más estrecho de todos, con persona alguna que no ame, o al menos no tema, a Dios. Esta es la locura más horrenda, el desvarío más deplorable en que un hijo de Dios puede precipitarse, pues implica toda clase de vínculo con los impíos que un cristiano está obligado en conciencia a evitar. No es de extrañar, pues, que Dios lo prohíba tan rotundamente; que la prohibición sea tan absoluta y perentoria: «No os unáis en yugo desigual con un incrédulo». Nada puede ser más expreso. Especialmente si entendemos por la palabra incrédulo a uno que está tan lejos de ser creyente en el sentido del evangelio —de poder decir: «Lo que ahora vivo, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí»— que ni siquiera tiene la fe de un siervo: no «teme a Dios ni obra justicia».
13. Pero ¿por qué razones está tan absolutamente prohibida la amistad del mundo? ¿Por qué se nos exige tan estrictamente que nos abstengamos de ella? Por dos razones generales: primera, porque es pecado en sí misma; segunda, porque va acompañada de las más terribles consecuencias. Primero, es pecado en sí misma; y, en verdad, un pecado de no común gravedad. Según los oráculos de Dios, la amistad con el mundo no es nada menos que adulterio espiritual. A todos los que son culpables de ella se dirige el Espíritu Santo en estos términos: «Adúlteros y adúlteras». Es claramente violar nuestro contrato matrimonial con Dios, amando a la criatura más que al Creador, en flagrante contradicción con aquel bondadoso mandato: «Dame, hijo mío, tu corazón».
14. Es un pecado de la naturaleza más atroz, pues no solo implica ignorancia de Dios, y olvido de él, o desatención a él, sino positiva «enemistad contra Dios». Lo es abierta y palpablemente. «¿No sabéis», dice el apóstol —¿podéis acaso ignorar esta verdad tan clara, tan innegable?—, «que la amistad del mundo es enemistad contra Dios?». ¡Y cuán terrible es la conclusión que de ahí saca! «Cualquiera, pues, que fuere amigo del mundo» —(las palabras, propiamente traducidas, son: Cualquiera que quiera ser amigo del mundo,) de los hombres que no conocen a Dios, lo consiga o no— queda, ipso facto, constituido enemigo de Dios. Este mismo deseo, tenga éxito o no, le da derecho a ese nombre.
15. Y así como es pecado, un pecado muy atroz, en sí misma, así va acompañada de las más terribles consecuencias. Con frecuencia enreda de nuevo a los hombres en la comisión de aquellos pecados de los que «verdaderamente habían escapado». Por lo general los hace «partícipes de pecados ajenos», aun de aquellos que ellos mismos no cometen. Mengua gradualmente su aborrecimiento y temor del pecado en general, y así los prepara para caer como presa fácil ante cualquier tentación fuerte. Los deja expuestos a todos aquellos pecados de omisión de que son culpables sus conocidos mundanos. Disminuye insensiblemente su puntualidad en la oración privada, en los deberes familiares, en el ayuno, en la asistencia al culto público y en la participación de la Cena del Señor. La indiferencia de quienes están cerca de ellos, con respecto a todas estas cosas, irá influyendo gradualmente en ellos: aunque no digan una sola palabra (lo cual apenas cabe suponer) para recomendar su propia práctica, su ejemplo habla, y muchas veces con más fuerza que cualquier otro lenguaje. Por este ejemplo son arrastrados inevitablemente, y casi de continuo, a conversaciones inútiles, sí, y faltas de caridad; hasta que ya no «ponen guarda a su boca ni guardan la puerta de sus labios»; hasta que pueden tomar parte en la murmuración, el chisme y la maledicencia sin ningún freno de conciencia, habiendo contristado tan a menudo al Espíritu Santo de Dios que él ya no los reprende por ello; de tal modo que su conversación ya no es, como antes, «sazonada con sal, y apta para dar gracia a los oyentes».
16. Pero no son estas todas las consecuencias mortales que resultan del trato familiar con hombres impíos. No solo les impide ordenar rectamente su conducta, sino que tiende directamente a corromper el corazón. Tiende a crear o aumentar en nosotros todo aquel orgullo y suficiencia propia, toda aquella irritabilidad pronta al resentimiento, sí, toda pasión desordenada y mala disposición a que se entregan sus compañeros. Los lleva suavemente a la complacencia habitual de sí mismos y a la renuencia a negarse a sí mismos; a la falta de disposición para llevar o tomar cruz alguna; a la blandura y la delicadeza; a la mala vergüenza y al temor del hombre, que pone innumerables lazos. Los arrastra de nuevo al amor del mundo; a codicias necias y dañosas; a la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida, hasta que son tragados por ellas. De modo que, al final, el postrer estado de estos hombres es mucho peor que el primero.
17. Si los hijos de Dios se unen con los hombres del mundo, aunque estos no se esfuercen por hacerlos semejantes a sí mismos (suposición que de ningún modo cabe hacer), sí, aunque ni lo pretendan ni lo deseen, de hecho lo harán, lo pretendan o no, se esfuercen en ello o no. No sé cómo explicarlo, pero es un hecho real que su mismo espíritu es contagioso. Mientras estáis cerca de ellos, tendéis a contagiaros de su espíritu, quiéranlo ellos o no. Muchos médicos han observado que no solo la peste y las fiebres pútridas o malignas, sino casi toda enfermedad a que están expuestos los hombres, es más o menos contagiosa. Y sin duda lo son todas las enfermedades espirituales, solo que con gran variedad. Unas no transmiten el contagio tan rápidamente como otras. En uno y otro caso, la persona ya enferma no desea ni pretende contagiar a otra. El hombre que tiene la peste no desea ni se propone comunicaros su mal. Pero no por eso estáis a salvo: así que manteneos a distancia, o con toda seguridad os contagiaréis. ¿No muestra la experiencia que lo mismo sucede con las enfermedades de la mente? Supongamos que el orgulloso, el vanidoso, el iracundo, el licencioso, no desean ni pretenden contagiaros a vosotros sus propios males; aun así, lo mejor es manteneros a distancia de ellos. No estáis a salvo si os acercáis demasiado. Percibiréis (y bien será si no es demasiado tarde) que su mismo aliento es contagioso. Recientemente se ha descubierto que hay una atmósfera que rodea a todo cuerpo humano, la cual afecta naturalmente a todo el que entra dentro de sus límites. ¿No hay algo análogo a esto con respecto al espíritu humano? Si permanecéis largo tiempo dentro de su atmósfera, por así decirlo, difícilmente podréis escapar del contagio. El contagio se propaga de alma a alma, lo mismo que de cuerpo a cuerpo, aunque las personas enfermas no lo pretendan ni lo deseen. Pero ¿puede suponerse esto razonablemente? ¿No es una verdad notoria que los hombres del mundo (exceptuando poquísimos) desean ardientemente hacer a sus compañeros semejantes a ellos mismos? Sí, y emplean todos los medios, con su máxima habilidad y diligencia, para lograr su deseo. Por tanto, ¡huid por vuestra vida! No juguéis con el fuego, sino escapad antes de que las llamas prendan en vosotros.
18. ¡Pero cuántos son los pretextos a favor de la amistad con el mundo! ¡Y cuán fuertes son las tentaciones hacia ella! Consideraremos aquellos de entre ellos que son los más peligrosos y, al mismo tiempo, los más comunes.
Para empezar por uno que es el más peligroso de todos y, al mismo tiempo, en modo alguno infrecuente: «Admito —dice alguno— que la persona con quien estoy a punto de casarme no es una persona religiosa. No tiene pretensión alguna de serlo. Piensa poco en ello. Pero es una criatura hermosa. Es sumamente agradable y creo que será para mí una compañera encantadora».
¡Esto sí que es un lazo! Quizá uno de los mayores a que está expuesta la naturaleza humana. Es una tentación tal que ningún poder humano es capaz de vencerla. Nada menos que el gran poder de Dios puede abriros camino para escapar de ella. Y este puede obrar una liberación completa: su gracia os basta. Pero no a menos que seáis colaboradores juntamente con él; no a menos que os neguéis a vosotros mismos y toméis vuestra cruz. ¡Y lo que hagáis, tenéis que hacerlo de una vez! Nada puede hacerse por grados. Lo que hagáis en este caso tan importante ha de hacerse de un solo golpe. Si ha de hacerse, tenéis que cortar de una vez la mano derecha y echarla de vosotros. ¡No hay aquí tiempo para consultar con carne y sangre! ¡De una vez: vencer o perecer!
19. Demos la vuelta al caso. Supongamos que a una mujer que ama a Dios la pretende un hombre agradable: distinguido, vivaz, entretenido; adecuado para ella en todos los demás respectos, aunque no religioso. ¿Qué debe hacer en tal caso? Lo que debe hacer, si cree la Biblia, está suficientemente claro. Pero ¿qué puede hacer? ¿No es esta
una prueba demasiado dura para la flaqueza humana?
¿Quién es capaz de mantenerse firme en semejante prueba? ¿Quién puede resistir semejante tentación? Nadie sino aquella que sostiene con firmeza el escudo de la fe y clama fervientemente al Fuerte pidiendo fuerza. Nadie sino aquella que se entrega a la vigilancia y la oración, y persevera en ello con toda perseverancia. Si hace esto, será un testigo feliz, en medio de un mundo incrédulo, de que así como «para Dios todo es posible», así también «a la que cree todo le es posible».
20. Pero un hombre o una mujer puede preguntar: «¿Y qué, si la persona que busca mi trato es persona de un fuerte entendimiento natural, cultivado por variado saber? ¿No puedo adquirir mucho conocimiento útil por un trato familiar con él? ¿No puedo aprender de él muchas cosas y mejorar mucho mi propio entendimiento?». Sin duda podéis mejorar vuestro propio entendimiento, y podéis adquirir mucho conocimiento. Pero aun así, si él no tiene al menos el temor de Dios, vuestra pérdida será mucho mayor que vuestra ganancia. Porque difícilmente podréis evitar disminuir en santidad tanto como aumentéis en conocimiento. Y si perdéis un solo grado de santidad interior o exterior, todo el conocimiento que ganéis no será su equivalente.
21. «Pero su fino y fuerte entendimiento, mejorado por la educación, no es su principal recomendación. Tiene cualidades más valiosas que estas: es notablemente afable; es de un espíritu compasivo y humano, y tiene mucha generosidad en su carácter». Precisamente por estas razones, si no teme a Dios, es infinitamente más peligroso. Si tratáis íntimamente con una persona de este carácter, ciertamente os embeberéis de su espíritu. Os será casi imposible evitar deteneros justo donde él se detiene. No he hallado en toda mi vida nada tan difícil como tratar con hombres de esta clase (buena gente, como comúnmente se les llama) sin ser dañado por ellos. ¡Oh, guardaos de ellos! Tratad con ellos tanto como lo requieran los negocios, y no más; de otro modo (aunque no sintáis ningún daño presente), por grados lentos e imperceptibles os apegarán de nuevo a las cosas terrenales y apagarán la vida de Dios en vuestra alma.
22. Puede ser que las personas que desean vuestro trato, aunque no tengan experiencia de la religión, la entiendan bien, de modo que con frecuencia saquéis provecho de su conversación. Si este es realmente el caso (y he conocido unos pocos ejemplos de esta clase), parece que podéis tratar con ellas; solo que con mucha parquedad y mucha cautela; de otro modo perderéis de vuestra vida espiritual más de lo que vale todo el conocimiento que ganéis.
23. «Pero las personas en cuestión me son útiles para llevar adelante mis negocios temporales. Más aún, en muchas ocasiones me son necesarias, de modo que difícilmente podría llevarlos adelante sin ellas». Con frecuencia ocurren casos de esta clase. Y esto es sin duda razón suficiente para tener algún trato, quizá frecuente, con hombres que no temen a Dios. Pero ni aun esto es en modo alguno razón para que contraigáis una amistad íntima con ellos. Y aquí necesitáis tener el máximo cuidado, «no sea que, aun por el trato con ellos que es necesario, mientras vuestra fortuna en el mundo aumenta, la gracia de Dios disminuya en vuestra alma».
24. Puede darse una razón más, y plausible, para cierta intimidad con un hombre impío. Podéis decir: «Le he sido de ayuda. Le he socorrido cuando estaba en apuros. Y él lo recuerda con gratitud. Me estima y me ama a mí, aunque no ama a Dios. ¿No debo entonces amarle a él? ¿No debo devolver amor por amor? ¿No hacen lo mismo aun los paganos y los publicanos?». Respondo: ciertamente debéis devolver amor por amor; pero no se sigue que debáis tener intimidad alguna con él. Eso sería con peligro de vuestra alma. Que vuestro amor se desahogue en oración constante y ferviente: luchad con Dios por él. Pero no permitáis que vuestro amor por él os lleve tan lejos que debilite, si no destruye, vuestra propia alma.
25. «Pero ¿no debo tener intimidad con mis parientes, teman ellos a Dios o no? ¿No me los ha encomendado su providencia?». Sin duda que sí; pero hay parientes más cercanos y más lejanos. Los parientes más cercanos son los maridos y las esposas. Puesto que estos se han tomado el uno al otro para lo mejor y para lo peor, deben sacar el mejor partido el uno del otro; ya que, como Dios los ha juntado, nadie puede separarlos, salvo en caso de adulterio, o cuando la vida de uno u otro está en peligro inminente. Los padres están casi tan estrechamente unidos a sus hijos. No podéis separaros de ellos mientras son pequeños, pues es vuestro deber «instruirlos», con todo cuidado, «en el camino por el que deben andar». Con qué frecuencia debéis tratar con ellos cuando ya son mayores ha de determinarlo la prudencia cristiana. Esta determinará también cuánto tiempo conviene a los hijos, si depende de su propia elección, permanecer con sus padres. En general, si estos no temen a Dios, deberíais dejarlos tan pronto como sea conveniente. Pero dondequiera que estéis, cuidad (si está en vuestro poder) de que no les falte lo necesario ni lo conveniente para la vida. En cuanto a todos los demás parientes, aun hermanos o hermanas, si son del mundo, no tenéis ninguna obligación de tener intimidad con ellos: podéis ser corteses y amistosos a distancia.
26. Pero, concediendo que «la amistad del mundo es enemistad contra Dios» y, por consiguiente, que evitar toda intimidad con los hombres mundanos es el camino más excelente, en verdad el único camino al cielo, ¿quién tiene resolución para andar por él? ¿Quién, aun de entre los que aman o temen a Dios?, pues solo estos tienen que ver con la presente cuestión. He conocido a unos pocos que, aun en este respecto, fueron luces en una tierra entenebrecida; que no quisieron ni contraer ni continuar trato alguno con personas del entendimiento más refinado y cultivado, y del carácter más atractivo, meramente porque eran del mundo, porque no estaban vivos para Dios; sí, aunque eran capaces de mejorarlos en conocimiento o de ayudarlos en los negocios; más aún, aunque los admiraban y estimaban por esa misma religión que ellos mismos no experimentaban: caso que uno apenas creería posible. pero del que hay muchos ejemplos en el día de hoy. Del trato familiar aun con estos se abstienen firme y resueltamente, por motivos de conciencia.
27. ¡Ve tú y haz lo mismo, quienquiera que seas, tú que eres hijo de Dios por la fe! Cueste lo que cueste, huye del adulterio espiritual. No tengas amistad con el mundo. Por mucho que te tiente a ello el provecho o el placer, no contraigas intimidad con hombres de mente mundana. Y si ya has contraído alguna, rómpela sin demora. Sí, aunque tu amigo impío te sea querido como el ojo derecho, o útil como la mano derecha, no consultes con carne y sangre, sino ¡sácate el ojo derecho, córtate la mano derecha y échalos de ti! No es cosa indiferente. Está en juego tu vida: vida eterna o muerte eterna. ¿Y no es mejor entrar en la vida con un solo ojo o con una sola mano, que teniendo ambos ser echado en el fuego del infierno? Cuando no sabías más, Dios pasó por alto los tiempos de la ignorancia. Pero ahora que tus ojos están abiertos, ahora que la luz ha venido, ¡anda en la luz! No toques la pez, no sea que te manches. Pase lo que pase, «¡consérvate puro!».
28. Pero hagan lo que hagan otros, escuchen o dejen de escuchar, ¡oíd esto todos los que os llamáis metodistas! Por mucho que se os importune o tiente a ello, no tengáis amistad con el mundo. ¡Mirad alrededor, y ved los tristes efectos que ha producido entre vuestros hermanos! ¡Cuántos de los valientes han caído! ¡Cuántos han caído por esta misma cosa! No quisieron recibir advertencia: quisieron tratar, y eso íntimamente, con hombres de mente terrenal, hasta que «volvieron a desandar sus pasos hacia la tierra». ¡Oh, «salid de en medio de ellos»!, de todos los hombres impíos, por inofensivos que parezcan; «y apartaos», al menos hasta no tener intimidad con ellos. Así como vuestra «comunión es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo», así sea con aquellos, y solo con aquellos, que al menos buscan al Señor Jesucristo con sinceridad. Así «me seréis», en un sentido peculiar, «hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso».
Capítulo 81 completado
Sobre la amistad con el mundo