Sermones en diversas ocasiones
Sobre la disipación

Capítulo 80 · 17 min de lectura · 22 min de escucha

Sobre la disipación

Sermón 79

Sobre la disipación

«Esto digo […] para que atendáis al Señor sin distracción».

1 Corintios 7:35.

1. Casi en todas partes de nuestra nación, y más especialmente en las ciudades grandes y populosas, oímos entre las personas sensatas una queja general por la disipación, que va siempre en aumento. Se observa que se difunde más y más en la corte, en la ciudad y en el campo. Por la continua mención que se hace de ella, y por las continuas declamaciones contra ella, uno imaginaría naturalmente que una palabra tan comúnmente usada se entiende a la perfección. Sin embargo, puede dudarse de que así sea. Más aún, podemos afirmar con toda seguridad que pocos de los que usan con frecuencia el término entienden lo que significa. Una razón de ello es que, aunque la cosa lleva mucho tiempo entre nosotros, especialmente desde el tiempo del rey Carlos II (uno de los mortales más disipados que jamás respiraron), la palabra no es antigua. Apenas se oía hace cincuenta años, y no mucho antes del presente reinado. Tan recientemente se ha importado; y, sin embargo, está tan en boca de todos que ya está gastada y raída, pues es una de las palabras de moda del día.

2. Otra razón por la que se entiende tan poco puede ser que, entre los innumerables escritores que pululan a nuestro alrededor, no hay uno solo (al menos que yo haya visto) que haya publicado siquiera un folleto de seis peniques acerca de ella. Tenemos, en verdad, un breve ensayo sobre el tema; pero poquísimos lo han visto, pues se halla en medio de un volumen de ensayos cuyo autor es poco conocido en el mundo. Y aun este está tan lejos de llegar al fondo del asunto que solo lo toca de pasada, y ni siquiera nos da, de principio a fin, una sola definición de la disipación (que yo busqué con atención).

3. Estamos acostumbrados a hablar de la disipación como si se refiriera principalmente, si no por completo, a la conducta exterior, al modo de vida. Pero está dentro antes de aparecer fuera; está en el corazón antes de verse en el trato exterior. Tiene que haber un espíritu disipado antes de que haya un modo de vida disipado. Pero ¿qué es la disipación del espíritu? Esta es la primera y la gran cuestión.

4. Dios creó todas las cosas para sí mismo, y más especialmente a todos los espíritus inteligentes. (Y, en verdad, parece que la inteligencia, en alguna clase o grado, es inseparable de los seres espirituales; que la inteligencia es tan esencial a los espíritus como la extensión lo es a la materia). A estos los hizo más directamente para sí mismo, para que lo conocieran, lo amaran y gozaran de él. Así como el sol es el centro del sistema solar, así (en cuanto podamos comparar las cosas materiales con las espirituales) no hemos de vacilar en afirmar que Dios es el centro de los espíritus. Y mientras están unidos a él, los espíritus creados están en reposo: están en reposo mientras, y solo mientras, «atienden al Señor sin distracción».

5. Esta expresión del apóstol (sin embarazarnos por ahora con la ocasión particular en que la dijo) es sumamente peculiar: Pros to euprosedron toi Kyrioi. La palabra que traducimos por atender a significa literalmente estar sentado en una buena postura para oír. Y con ello san Pablo aludía sin duda a María, sentada a los pies del Maestro (Lucas 10:39). Entretanto, Marta estaba afanada con muchos quehaceres; estaba distraída, disipada: periespato. Es la misma expresión de la que san Pablo toma la palabra que traducimos por sin distracción.

6. Y así como los muchos quehaceres disiparon los pensamientos de Marta y la distrajeron de atender a las palabras de su Señor, así mil cosas que ocurren cada día tienden a disipar nuestros pensamientos y a distraernos de atender a la voz de aquel que habla continuamente a nuestro corazón; quiero decir, a todos los que escuchan su voz. Estamos rodeados por todas partes de personas y cosas que tienden a apartarnos de nuestro centro. En verdad, toda criatura, si no estamos continuamente en guardia, nos apartará de nuestro Creador. Todo el mundo visible, todo lo que vemos, oímos o tocamos, todos los objetos ya de nuestros sentidos, ya de nuestro entendimiento, tienden a disipar nuestros pensamientos, alejándolos del mundo invisible, y a distraer nuestra mente de atender a aquel que es a la vez el Autor y el fin de nuestro ser.

7. Esto ocurre con tanta mayor facilidad porque todos somos por naturaleza atheoi, ateos, en el mundo; y en tan alto grado que se requiere nada menos que un poder omnipotente para contrarrestar esa tendencia a la disipación que hay en todo espíritu humano, y para restaurarle la capacidad de atender a Dios y de fijarse en él. Porque esto no puede hacerse hasta que seamos nuevas criaturas, hasta que seamos creados de nuevo en Cristo Jesús; hasta que el mismo poder que hizo el mundo cree en nosotros un «corazón limpio, y renueve un espíritu recto dentro de nosotros».

8. Pero ¿quién es el que es así renovado? El que cree en el nombre del Hijo de Dios. Solo el que cree en el Señor Jesucristo es así «nacido de Dios». Solo por esta fe es «creado de nuevo en», o por medio de, «Cristo Jesús»; es restaurado a la imagen de Dios en la que fue creado, y centrado de nuevo en Dios; o, como lo expresa el apóstol, «unido al Señor en un espíritu». Sin embargo, aun entonces el creyente puede hallar en sí mismo los restos de aquella mente carnal, de aquella tendencia natural a reposar en el bien creado, a contentarse con las cosas visibles, que, sin un cuidado continuo, oprimirá su alma y lo apartará de su Creador. En esto el mundo, los hombres que no conocen a Dios, nunca dejarán de sumarse; unas veces a propósito, y otras quizá sin propósito; porque su mismo espíritu es contagioso, y cambia insensiblemente el nuestro a su propia semejanza. Y podemos estar bien seguros de que el príncipe de este mundo, el diablo, los ayudará con todas sus fuerzas. Trabajará con toda su fuerza y, lo que es mucho más peligroso, con toda su astucia, por si de algún modo puede apartarnos de nuestra sencillez para con Cristo; de nuestra sencilla adhesión a él; de nuestra unión con él, por medio de quien estamos también unidos en un espíritu al Padre.

9. Pero nada es más cierto que esto: que, aunque puede tentar al creyente más fuerte a abandonar su sencillez para con Cristo y a dispersar sus pensamientos y deseos entre los objetos mundanos, no puede forzar ni aun al más débil; porque la gracia de Dios sigue siéndole suficiente. La misma gracia que al principio lo unió a Dios es capaz de mantener esa feliz unión, a pesar de toda la furia, y de toda la fuerza, y de toda la astucia del enemigo. Dios nunca se ha dejado a sí mismo sin testimonio de que tiene poder para librar a los que confían en él, así de toda tentación que pueda asaltarlos, como de esta en particular. Todavía tiene una pequeña grey que de hecho «atiende a él sin distracción»; que, adhiriéndose a él con propósito firme, no se disipa de él, no, ni por un momento, sino que está «siempre gozosa, ora sin cesar y da gracias en todo».

10. Pero en la medida en que alguien cede a esta tentación, en esa medida está disipado. La palabra original significa propiamente dispersar o esparcir. Así el sol disipa, es decir, esparce, las nubes; el viento disipa, o esparce, el polvo; y, por una metáfora fácil, se dice que nuestros pensamientos están disipados cuando andan esparcidos sin orden de acá para allá. De igual manera, nuestros deseos están disipados cuando se desquician de Dios, su centro propio, y se esparcen de un lado a otro entre las pobres, perecederas e insatisfactorias cosas del mundo. Y, en verdad, puede decirse de todo hombre que es extraño a la gracia de Dios que todas sus pasiones están disipadas, —

esparcidas por toda la tierra,

inmensamente lejos de DIOS.

11. La distracción, en el sentido de san Pablo, es muy afín a la disipación, o más bien es lo mismo; por consiguiente, atender al Señor sin distracción es lo mismo que atender al Señor sin disipación. Pero siempre que la mente se desquicia de Dios, en esa medida está disipada o distraída. La disipación, pues, en general, puede definirse como «el descentrar el alma de Dios». Y todo lo que descentra la mente de Dios propiamente nos disipa.

12. De aquí podemos aprender fácilmente cuál es el sentido propio y directo de esa expresión común: un hombre disipado. Es un hombre que está separado de Dios, que está desunido de su centro, sea esto ocasionado por el apremio de los negocios, por la búsqueda de honores o ascensos, o por la afición a las diversiones, a los necios placeres así llamados, o a cualquier fruslería bajo el sol. El vulgo, es cierto, suele limitar este carácter a quienes están violentamente apegados a las mujeres, al juego, a la bebida; a la danza, a los bailes, a las carreras, o a la pobre e infantil diversión de «correr zorras y liebres hasta dejarlas sin aliento». Pero corresponde igualmente al necio serio que olvida a Dios por una estrecha dedicación a cualquier ocupación mundana, aunque fuera de la clase más elegante o más importante. Un hombre puede estar tan disipado de Dios por el estudio de las matemáticas o de la astronomía como por la afición a los naipes o a los sabuesos. Quienquiera que sea habitualmente desatento a la presencia y a la voluntad de su Creador, ese es un hombre disipado.

13. De aquí podemos aprender asimismo que una vida disipada no es solamente la de un petimetre empolvado, de un petit-maître, un tahúr, un mujeriego, un asiduo de teatros, un cazador de zorras o un cabeza hueca de cualquier clase; sino la vida de un honorable estadista, de un caballero o de un comerciante que está «sin Dios en el mundo». Conforme a esto, una época disipada (como lo es la presente, quizá más que todas las que jamás hubo, al menos que registra la historia) es una época en que Dios es generalmente olvidado. Y una nación disipada (como lo es Inglaterra en el presente en grado superlativo) es una nación cuya inmensa mayoría no tiene a Dios «en todos sus pensamientos».

14. Una consecuencia clara de estas observaciones es (lo que algunos tendrán por paradoja) que la disipación, en el sentido pleno y general de la palabra, es exactamente lo mismo que la impiedad. El nombre es nuevo; pero la cosa es, sin duda, casi tan antigua como la creación. Y esta es, en el presente, la gloria peculiar de Inglaterra, en la que no la iguala ninguna nación debajo del cielo. Decimos, pues, una verdad incuestionable cuando afirmamos que no hay sobre la faz de la tierra otra nación (al menos de la que hayamos oído) tan perfectamente disipada e impía; no solo tan totalmente «sin Dios en el mundo», sino que lo desafía tan abiertamente. Nunca hubo una época, de las que leemos en la historia, desde Julio César, desde Noé, desde Adán, en que la disipación o impiedad prevaleciera tan generalmente, así entre altos como entre bajos, entre ricos como entre pobres.

15. Pero aun así, ¡bendito sea Dios! —

¡No todos se han perdido: hay quienes la fe

prefieren, y la piedad para con Dios!

Hay algunos, confío que más de siete mil, sí, o diez veces ese número, en Inglaterra, que todavía no han doblado ni su rodilla ni su corazón ante el dios de este mundo; que, adhiriéndose estrechamente al Dios del cielo, no son arrastrados por la riada, por el torrente general, casi universal, de la disipación o impiedad. No son del parecer del manso Crispo, —

Qui nunquam direxit brachia contra

Torrentem, —

«que nunca intentó nadar contra la corriente». Ellos se atreven a nadar contra la corriente. Cada uno de ellos puede decir con verdad:

Nec me, qui caetera, vincit

Impetus, et rapido contrarius evehor orbi.

[Lo que sigue es la traducción que hizo Addison de esta cita de Ovidio: —

«Yo navego contra sus movimientos; ni me arrastra

hacia atrás toda la corriente del cielo». — Ed.]

Si no pueden hacer retroceder la marea, al menos pueden dar un testimonio abierto contra ella. Por eso están limpios de la sangre de sus impíos compatriotas: esta tiene que caer sobre la cabeza de ellos mismos.

16. Pero ¿por qué medios podemos evitar ser arrastrados por la desbordada corriente de la disipación? No es difícil para quienes creen la Escritura dar respuesta a esta pregunta. Pues bien, yo creo realmente que la Biblia es la Palabra de Dios; y sobre esa suposición respondo: el remedio radical de toda disipación es la «fe que obra por el amor». Por tanto, si queréis estar libres de esta mala enfermedad, primero, «permaneced firmes en la fe»; en aquella fe que trae «el Espíritu de adopción, que clama en vuestro corazón: Abba, Padre»; por la cual podéis testificar: «Lo que ahora vivo, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí». Por esta fe «veis al Invisible, y ponéis al Señor siempre delante de vosotros». Luego, «edificándoos sobre vuestra santísima fe, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna». Y mientras andéis conforme a esta regla, estaréis por encima de toda disipación.

17. ¡Cuán exactamente concuerda esto (aunque hay diferencia en la expresión) con aquella observación del piadoso Kempis: «La sencillez y la pureza son las dos alas que elevan el alma al cielo. La sencillez está en la intención; la pureza, en el afecto»! Porque ¿qué es esto sino (en el lenguaje del apóstol) la sencilla «fe que obra por el amor»? Por esa sencillez veis siempre a Dios, y por la pureza lo amáis. ¿Qué es sino tener (como dice uno de los antiguos) «el ojo amoroso del alma fijo en Dios»? Y mientras vuestra alma esté en esta postura, la disipación no puede tener cabida.

18. Por tanto, con gran juicio el grande y buen obispo Taylor, en sus «Reglas del santo vivir y morir» (de quien el obispo Warburton, persona no muy inclinada a elogiar, solía decir: «No concibo un genio mayor sobre la tierra que el doctor Jeremy Taylor»), antepone a todas sus demás reglas las que se refieren a la pureza de intención. ¿Y no tiene para ello la autoridad de nuestro Señor mismo? Él lo establece como máxima universal: «Si tu ojo es sincero, todo tu cuerpo estará lleno de luz». Apunta únicamente a Dios. En cada paso que des, míralo solo a él. Persigue una sola cosa: la felicidad de conocer, de amar, de servir a Dios. Entonces tu alma estará llena de luz: llena de la luz de la gloria de Dios; de su glorioso amor, que resplandece sobre ti desde la faz de Jesucristo.

19. ¿Puede haber mayor ayuda para la santidad universal que el ver continuamente la luz de su gloria? No es de extrañar, pues, que tantos hombres sabios y buenos hayan recomendado a todos los que desean ser verdaderamente religiosos el ejercicio de la presencia de Dios. Pero al hacerlo, algunos de esos santos varones parecen haber caído en un error (en particular, un excelente escritor de nuestro propio país, en sus cartas sobre «El espíritu de oración»): ponen a hombres del todo no despertados, no convencidos de pecado, a hacer este ejercicio en su misma entrada a la religión; mientras que ciertamente esta no debería ser la primera cosa, sino más bien una de las últimas. Deberían empezar por el arrepentimiento: el conocimiento de sí mismos, de su pecaminosidad, culpa e impotencia. Después debería enseñárseles a buscar la paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. Luego, que se les enseñe a retener lo que han recibido; a «andar a la luz de su rostro»; sí, a «andar en luz, como él está en luz», sin tiniebla alguna; hasta que «la sangre de Jesucristo» los «limpie de todo pecado».

20. Fue por una plena convicción de la absoluta necesidad que tiene un cristiano de poner al Señor siempre delante de sí por lo que un grupo de jóvenes caballeros de Oxford, que hace muchos años solían pasar juntos la mayoría de sus veladas a fin de ayudarse mutuamente a ocuparse en su salvación, pusieron en primer lugar, en su plan de examen diario de sí mismos, esta pregunta: «¿He sido sencillo y recogido en todo lo que he dicho o hecho?». ¿He sido sencillo? Es decir, ¿he puesto al Señor siempre delante de mí, y lo he hecho todo con la sola mira de agradarle? ¿Recogido? Es decir, ¿he recogido prontamente mis pensamientos dispersos, recobrando mi sencillez, si en alguna manera había sido apartado de ella por los hombres, o por los demonios, o por mi propio mal corazón? Por este medio fueron preservados de la disipación, y cada uno de ellos pudo decir: «Por la gracia de Dios, una cosa hago (al menos, es mi constante propósito): veo a Dios, amo a Dios, sirvo a Dios. Lo glorifico en mi cuerpo y en mi espíritu».

21. Lo mismo parece significarse con dos palabras poco comunes que se hallan con frecuencia en los escritos de aquellos varones piadosos a quienes se suele llamar místicos. Me refiero a introversión y extroversión. «Examinaos a vosotros mismos», dice san Pablo a los corintios, y en ellos a los cristianos de todas las épocas; «¿no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?», es decir, que seáis incrédulos, incapaces de resistir la piedra de toque de la palabra de Dios. Ahora bien, el atender a la voz de Cristo dentro de vosotros es lo que ellos llaman introversión. El volver el ojo de la mente de él hacia las cosas exteriores lo llaman extroversión. Por esta vuestros pensamientos se alejan de Dios, y quedáis propiamente disipados; mientras que por la introversión podéis ser siempre conscientes de su amorosa presencia; escucháis continuamente todo lo que a vuestro Señor le place decir a vuestro corazón; y si escucháis continuamente su voz interior, seréis guardados de toda disipación.

22. Por último, podemos aprender de aquí qué juicio formar de lo que con frecuencia se alega a favor de la nación inglesa y de la época presente; a saber, que, en otros respectos, Inglaterra está al nivel de las demás naciones, y la época presente al nivel de cualquiera de las precedentes; solo que se admite que somos más disipados que nuestros vecinos, y que esta época es más disipada que las épocas precedentes. Pues bien, si se admite esto, se admite todo. Se admite que esta nación es peor que cualquiera de las naciones vecinas, y que esta época es peor, esencialmente peor, que cualquiera de las precedentes. Porque así como la disipación o impiedad es madre de todo pecado, de toda injusticia; de la falta de misericordia, de la iniquidad, del fraude, de la perfidia; de toda mala disposición, mala palabra o mala acción posible, así, en efecto, las comprende todas. Todo lo que es impuro, todo lo que es de mal nombre, todo lo que es profano; si hay vicio alguno; todo eso está incluido en la impiedad, que suele llamarse disipación. Que ningún amante de la virtud y de la verdad diga, pues, una sola palabra a favor de este monstruo; que ningún amante del género humano abra siquiera la boca para atenuar su culpa. ¡Aborrecedla como aborreceríais al diablo, de quien es descendencia y semejanza! ¡Aborrecedla como aborreceríais la extinción de toda virtud y el predominio universal de un espíritu terrenal, sensual, diabólico; y huid de ella como huiríais (si lo vierais abierto delante de vosotros) del lago que arde con fuego y azufre!

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