Capítulo 79 · 19 min de lectura · 25 min de escucha
La idolatría espiritual
Sermón 78
La idolatría espiritual
«Hijitos, guardaos de los ídolos».
1 Juan 5:21.
1. Hay dos palabras que aparecen varias veces en esta epístola, paidia y teknia, que nuestros traductores vierten ambas con la misma expresión, hijitos. Pero su significado es muy diferente. La primera se traduce muy propiamente hijitos, porque significa niños en Cristo, los que hace poco han gustado de su amor y son todavía débiles y poco afirmados en él. La segunda podría con más propiedad traducirse hijos amados, ya que no denota otra cosa que el afecto del que habla hacia aquellos a quienes había engendrado en el Señor.
2. Un antiguo historiador refiere que, cuando el apóstol estaba tan debilitado por la edad que no podía predicar, lo llevaban con frecuencia a la congregación en su silla, y solo decía: «Hijos amados, amaos unos a otros». No podría haber dado un consejo más importante. E igualmente importante es este que tenemos delante, igualmente necesario para cada parte de la Iglesia de Cristo: «Hijos amados, guardaos de los ídolos».
3. En efecto, hay una estrecha conexión entre ambos: el uno no puede subsistir sin el otro. Así como no hay fundamento firme para el amor a nuestros hermanos fuera del amor de Dios, así tampoco hay posibilidad de amar a Dios si no nos guardamos de los ídolos. Pero ¿cuáles son los ídolos de que habla el apóstol? Esto es lo primero que hemos de considerar. Podremos luego, en segundo lugar, preguntar: ¿cómo nos guardaremos de ellos?
I. 1. Hemos de considerar, primero: ¿Cuáles son los ídolos de que habla el apóstol? No creo que se refiera, al menos no principalmente, a los ídolos que adoraban los paganos. Aquellos a quienes escribía, hubieran sido judíos o paganos, no corrían mucho peligro por parte de estos. No hay probabilidad alguna de que los judíos ya convertidos hubieran sido jamás culpables de adorarlos: por muy entregados que los israelitas hubieran estado a esta grosera idolatría durante muchos siglos, apenas volvieron a enredarse en ella después de su regreso de la cautividad de Babilonia. Desde aquel tiempo todo el pueblo judío había mostrado por ella un aborrecimiento constante y profundo. Y los paganos, una vez convertidos al Dios vivo, tenían a sus antiguos ídolos en la mayor detestación. Aborrecían tocar lo inmundo; sí, preferían dar la vida antes que volver a adorar a aquellos dioses que ahora sabían que eran demonios.
2. Tampoco podemos suponer razonablemente que hable de los ídolos que ahora se adoran en la Iglesia de Roma, sean ángeles, o almas de santos difuntos, o imágenes de oro, plata, madera o piedra. Ninguno de estos ídolos se conoció en la Iglesia cristiana hasta algunos siglos después del tiempo de los apóstoles. Una vez, en efecto, el mismo san Juan se postró para adorar ante el rostro de un ángel que le hablaba, tomándolo probablemente, por su aspecto glorioso, por el gran Ángel del pacto; pero la fuerte reprensión del ángel, que siguió inmediatamente, preservó a los cristianos de imitar aquel mal ejemplo: «“Mira que no lo hagas. Por glorioso que yo parezca, no soy tu Señor. “Yo soy siervo contigo, y con tus hermanos los profetas: adora a Dios». (Apocalipsis 22:9.)
3. Dejando, pues, a un lado los ídolos paganos y romanos, ¿cuáles son aquellos contra los que aquí nos advierte el apóstol? Las palabras precedentes nos muestran su sentido. «Éste es el verdadero Dios», el fin de todas las almas que ha hecho, el centro de todos los espíritus creados; «y la vida eterna», el único fundamento de la felicidad presente tanto como de la eterna. A él solo, por tanto, se debe nuestro corazón. Y él no puede, no quiere, renunciar a su derecho ni consentir que se dé a ningún otro. Está diciendo continuamente a cada hijo de hombre: «¡Dame, hijo mío, tu corazón!». Y dar nuestro corazón a cualquier otro es pura idolatría. Por consiguiente, todo lo que aparta de él nuestro corazón, o lo comparte con él, es un ídolo; o, en otras palabras, todo aquello en que buscamos la felicidad independientemente de Dios.
4. Tomad un ejemplo que se da casi todos los días. Una persona que ha estado largo tiempo metida en el mundo, rodeada y fatigada por la abundancia de negocios, habiendo adquirido al fin una holgada fortuna, se desprende de todos sus negocios y se retira al campo, para ser feliz. ¿Feliz en qué? Pues en darse al descanso. Porque ahora se propone,
Somno et inertibus horis
Ducere solicitae jucunda oblivia vitae:
¡dormir y pasar
el día en dulce inactividad!
Feliz en comer y beber todo lo que su corazón desea; quizá manjares más refinados que los de aquel viejo romano que regalaba su imaginación antes de que se sirviera el festín; que, antes de salir de la ciudad, se consolaba con el pensamiento de «¡tocino gordo, y coles también!».
Uncta satis pingui ponentur oluscula lardo!
Feliz en reformar, ampliar, reconstruir o al menos decorar la vieja casa solariega que ha comprado; y asimismo en mejorar todo lo que la rodea: las cuadras, las dependencias, los terrenos. Pero, entretanto, ¿dónde entra Dios? En ninguna parte. No pensaba en él. No pensaba en el Rey del cielo más que en el rey de Francia. Dios no está en su plan. El conocimiento y el amor de Dios quedan enteramente fuera de la cuestión. Por tanto, todo este proyecto de felicidad en el retiro es idolatría de principio a fin.
5. Si descendemos a los particulares, la primera especie de esta idolatría es lo que san Juan llama el deseo de la carne. Solemos tomarlo en un sentido demasiado estrecho, como si se refiriera a uno solo de los sentidos. No es así: esta expresión se refiere igualmente a todos los sentidos exteriores. Significa buscar la felicidad en la satisfacción de cualquiera de los sentidos externos, o de todos ellos, aunque más en particular de los tres sentidos inferiores: el gusto, el olfato y el tacto. Significa buscar en ello la felicidad, si no de una manera grosera y burda, por la intemperancia abierta, la glotonería o la embriaguez, o el libertinaje desvergonzado, sí en una especie de epicureísmo ordenado; en una sensualidad distinguida; en un curso de complacencia propia tan elegante que no trastorna ni la cabeza ni el estómago, que no perjudica en nada nuestra salud ni empaña nuestra reputación.
6. Pero no hemos de imaginar que esta especie de idolatría se limita a los ricos y poderosos. También en esto «la punta del pie del campesino» (como dice nuestro poeta) «pisa el talón del cortesano». Miles, tanto en la condición humilde como en la elevada, sacrifican a este ídolo, buscando su felicidad (aunque de manera más humilde) en satisfacer sus sentidos exteriores. Es verdad que su comida, su bebida y los objetos que satisfacen sus otros sentidos son de una clase más tosca. Pero aun así constituyen toda la felicidad que tienen o buscan, y usurpan los corazones que se deben a Dios.
7. La segunda especie de idolatría que menciona el apóstol es el deseo de los ojos; es decir, buscar la felicidad en satisfacer la imaginación (principalmente por medio de los ojos), ese sentido interior que es tan natural a los hombres como la vista o el oído. Se satisface con objetos que son grandiosos, o hermosos, o poco comunes. Pero en cuanto a los objetos grandiosos, parece que no agradan más tiempo que el que dura su novedad. Si contempláramos las pirámides de Egipto todos los días durante un año, ¿qué placer nos darían entonces? Más aún, ¿qué placer da un objeto mucho más grandioso que estas,
el océano que rueda sobre la playa de conchas,
a quien está acostumbrado a él desde hace mucho? Sí, ¿qué placer recibimos por lo general del objeto más grandioso del universo,
aquel amplio cielo azul,
terriblemente vasto, y maravillosamente brillante,
con estrellas sin número, y luz sin medida?
8. Los objetos hermosos son la siguiente fuente general de los placeres de la imaginación, y en particular las obras de la naturaleza. Así, en todas las épocas, las personas se han deleitado
con escenas silvestres, y colina y valle,
y el líquido fluir de arroyos murmurantes.
Otros se complacen en añadir el arte a la naturaleza, como en los jardines con sus diversos ornatos; otros en meras obras de arte, como los edificios y las representaciones de la naturaleza, ya en estatuas, ya en pinturas. Muchos hallan también placer en vestidos hermosos o en muebles de diversas clases. Pero a la belleza, lo mismo que a la grandeza, ha de añadirse la novedad, o pronto empalaga al sentido.
9. ¿Hemos de referir al capítulo de la belleza el placer que muchos hallan en un animal favorito? Supongamos un gorrión, un loro, un gato, un perrito faldero. A veces puede deberse a esto. Otras veces, nadie sino la persona complacida puede hallar belleza alguna en el favorito. Más aún, quizá a los ojos de todos los demás sea feísimo. En este caso, el placer parece surgir de un mero antojo o capricho; es decir, de la locura.
10. ¿No hemos de referir al capítulo de la novedad, principalmente, el placer que se halla en la mayoría de las diversiones y entretenimientos, que, si los repitiéramos a diario solo unos pocos meses, serían del todo sosos e insípidos? Al mismo capítulo podemos referir el placer que se halla en coleccionar curiosidades, sean naturales o artificiales, antiguas o nuevas. Esto endulza el trabajo del aficionado y le hace ligera toda su labor.
11. Pero no es principalmente a la novedad a lo que hemos de atribuir el placer que recibimos de la música. Ciertamente esta tiene una belleza intrínseca, y con frecuencia también una grandeza intrínseca. Es una belleza y una grandeza de un tipo peculiar, no fácil de expresar, muy emparentada con lo sublime y lo bello en la poesía, que causan un placer exquisito. Y, sin embargo, puede admitirse que la novedad aumenta el placer que nace de cualquiera de estas fuentes.
12. Del estudio de las lenguas, de la crítica y de la historia recibimos un placer de naturaleza mixta. En todos ellos hay siempre algo nuevo; con frecuencia, algo hermoso o sublime. Y la historia no solo satisface la imaginación en todos estos aspectos, sino que también nos agrada tocando nuestras pasiones: nuestro amor, deseo, gozo, compasión. La última de estas nos da un placer intenso, aunque extrañamente mezclado con una especie de dolor. De modo que no hay por qué extrañarse de la exclamación de un excelente poeta:
¿Qué es toda alegría sino agitación impía,
comparada con los encantos de la celestial melancolía?
13. El amor a la novedad se satisface sin medida con la filosofía experimental y, en verdad, con toda rama de la filosofía natural, que abre un campo inmenso a descubrimientos siempre nuevos. Pero ¿no hay también en ella, así como en los estudios matemáticos y metafísicos, un placer que no procede de la imaginación, sino del ejercicio del entendimiento? A menos que digamos que la novedad de los descubrimientos que hacemos mediante investigaciones matemáticas o metafísicas es al menos una de las razones, si no la principal, del placer que recibimos de ellas.
14. Me detengo más en estas cosas porque muy pocos las ven en su verdadero punto de vista. La generalidad de los hombres, y más en particular los hombres de juicio y de saber, están tan lejos de sospechar que haya, o pueda haber, el menor mal en ellas, que creen seriamente que es cosa digna de gran alabanza entregarse del todo a ellas. ¿Quién de ellos, por ejemplo, no admiraría y alabaría la infatigable laboriosidad de aquel gran filósofo que dice: «Llevo ya treinta y ocho años en mi parroquia de Upminster, y he dejado en claro que hay en ella no menos de cincuenta y tres especies de mariposas; pero si Dios me concediera unos años más de vida, no dudo de que demostraría que hay cincuenta y cinco»? Admito que la mayoría de estos estudios tienen su utilidad, y que es posible usarlos sin abusar de ellos. Pero si buscamos nuestra felicidad en cualquiera de estas cosas, entonces se convierte en un ídolo. Y su disfrute, por mucho que el mundo lo admire y aplauda, es condenado por Dios como ni más ni menos que una idolatría condenable.
15. De la tercera clase de amor al mundo habla el apóstol con aquella expresión poco común, he alazoneia ta biou. Nuestros traductores la vierten la soberbia de la vida. Suele suponerse que significa la pompa y el esplendor de los que están en la alta sociedad. Pero ¿no tiene un sentido más amplio? ¿No significa más bien buscar la felicidad en la alabanza de los hombres, la cual, por encima de todo, engendra soberbia? Cuando los reyes o los hombres ilustres la persiguen de un modo más pomposo, la llamamos «sed de gloria»; cuando la buscan de un modo más bajo los hombres corrientes, se le llama «cuidar nuestra reputación». En términos llanos, es buscar la honra que viene de los hombres en lugar de la que viene solo de Dios.
16. Pero lo que aquí crea una dificultad es esto: se nos pide no solo «no dar ofensa a nadie» y «procurar lo bueno delante de todos los hombres», sino «agradar a todos en bien, para edificación». ¡Pero cuán difícil es hacer esto con la mirada puesta solo en Dios! Debemos hacer todo lo que esté de nuestra parte para impedir que «el bien que hay en nosotros sea vituperado». Sí, debemos estimar una buena reputación, si se nos concede, solo por debajo de una buena conciencia. Pero, aun así, si buscamos en ella nuestra felicidad, estamos expuestos a perecer en nuestra idolatría.
17. ¿A cuál de los capítulos precedentes ha de referirse el amor al dinero? Quizá unas veces a uno y otras a otro, ya que es un medio de procurarse satisfacciones, sea para «el deseo de la carne», para «el deseo de los ojos» o para «la soberbia de la vida». En cualquiera de estos casos, el dinero solo se persigue con vistas a un fin ulterior. Pero a veces se persigue por sí mismo, sin ninguna mira ulterior. El que es propiamente avaro ama y busca el dinero por sí mismo. No mira más allá, sino que pone su felicidad en adquirirlo o poseerlo. Y esta es una especie de idolatría distinta de todas las anteriores y, en verdad, la idolatría más baja y más vil de que es capaz el alma humana. Buscar la felicidad en satisfacer este o cualquier otro de los deseos arriba mencionados es, en efecto, renunciar al Dios verdadero y levantar un ídolo en su lugar. En una palabra, cuantos objetos hay en el mundo en que los hombres buscan la felicidad en lugar de buscarla en Dios, tantos ídolos levantan en sus corazones, tantas especies de idolatría practican.
18. Quisiera señalar solo una más, que, aunque en cierta medida coincide con varias de las precedentes, en muchos aspectos es distinta de todas ellas: me refiero a idolatrar a una criatura humana. Sin duda es la voluntad de Dios que todos nos amemos unos a otros. Es su voluntad que amemos a nuestros parientes y a nuestros hermanos cristianos con un amor peculiar, y en particular a aquellos que él ha hecho especialmente provechosos para nuestras almas. A estos se nos manda «amar entrañablemente», pero siempre «de corazón puro». Pero ¿no es esto «imposible para con los hombres»: conservar la fuerza y la ternura del afecto y, con todo, sin mancha alguna para el alma, con pureza inmaculada? No me refiero solo a no estar manchado por la lujuria. Sé que esto es posible. Sé que una persona puede tener por otra un afecto indecible sin deseo alguno de esa clase. Pero ¿es sin idolatría? ¿No es amar a la criatura más que al Creador? ¿No es poner a un hombre o a una mujer en el lugar de Dios, darles vuestro corazón? Considérese esto cuidadosamente aun aquellos a quienes Dios ha unido: maridos y mujeres, padres e hijos. No puede negarse que estos deben amarse tiernamente unos a otros: se les manda hacerlo. Pero no se les manda ni se les permite amarse unos a otros de manera idólatra. ¡Y, sin embargo, cuán común es esto! ¡Cuán a menudo se pone en el lugar de Dios a un marido, a una esposa, a un hijo! ¡Cuántos que pasan por buenos cristianos fijan sus afectos el uno en el otro de tal modo que no dejan lugar para Dios! Buscan su felicidad en la criatura, no en el Creador. Uno puede decir con verdad al otro:
Te contemplo, señor y fin de mis deseos.
Es decir: «¡No deseo nada más que a ti! ¡Tú eres aquello que anhelo! Todo mi deseo es hacia ti, y hacia la memoria de tu nombre». Ahora bien, si esto no es pura idolatría, no sé qué lo será.
II. Habiendo considerado ampliamente cuáles son esos ídolos de que habla el apóstol, pasaré ahora a investigar (lo cual puede hacerse con más brevedad) cómo podemos guardarnos de ellos.
1. Para ello os aconsejaría, primero, que os convenzáis profundamente de que ninguno de ellos trae la felicidad; de que ninguna cosa, ninguna persona bajo el sol, ni aun la suma de todas juntas, puede dar una felicidad sólida y satisfactoria a ningún hijo de hombre. El mundo mismo, el mundo frívolo e irreflexivo, lo reconoce sin darse cuenta, cuando admite, y aun sostiene con vehemencia, que «ningún hombre sobre la tierra está contento». La misma observación se hizo hace casi dos mil años:
Nemo quam sibi sortem
Seu ratio dederit, seu fors objecerit, illa
Contentus vivat.
Que la fortuna o la elección dé su estado
al hombre: nadie en la tierra vive contento.
Y si ningún hombre sobre la tierra está contento, es cierto que ningún hombre es feliz. Porque, sea cual sea el estado en que nos hallemos, el descontento es incompatible con la felicidad.
2. En verdad, no solo la parte frívola, sino también la parte reflexiva del mundo admite que ningún hombre está contento; y vemos sus tristes pruebas por todas partes, en altos y bajos, en ricos y pobres. Y, por lo general, cuanto más entendimiento tienen, más descontentos están. Porque
saben quejarse con mayor distinción,
y tienen un sentido superior para sentir el dolor.
Es verdad que cada uno tiene (por usar el término de moda en nuestros días, y excelente por cierto) su caballito de batalla: algo que agrada al niño grande durante unas horas o unos días, y en lo cual espera ser feliz. Pero aunque
la esperanza florece eterna en el pecho humano,
el hombre nunca es, sino siempre será, dichoso.
Sigue andando en vana sombra, ¡que pronto se desvanecerá! De modo que la experiencia universal, tanto la nuestra como la de todos nuestros amigos y conocidos, prueba claramente que, así como Dios hizo nuestros corazones para sí, no pueden descansar hasta que descansen en él; que mientras no nos amistemos con él, no podemos estar en paz. Así como «el escarnecedor» de la sabiduría de Dios «busca la sabiduría, y no la halla», así el que desprecia la felicidad en Dios busca la felicidad, pero no halla ninguna.
3. Cuando estéis plenamente convencidos de esto, os aconsejo, en segundo lugar: deteneos y considerad lo que estáis haciendo. ¿Habéis de ser necios y locos todos vuestros días? ¿No es ya hora de volver en vosotros? ¡Despertad al fin del sueño, y sacudíos del polvo! ¡Romped con esta miserable idolatría, y «escoged la buena parte»! Resolved firmemente buscar la felicidad donde puede hallarse, donde no puede buscarse en vano. Resolved buscarla en el Dios verdadero, la fuente de toda bienaventuranza; ¡y cortad toda dilación! ¡Poned por obra inmediatamente lo que habéis resuelto! Puesto que «todo está ya preparado», «amístate ahora con él, y tendrás paz».
4. Pero no resolváis ni intentéis cumplir vuestra resolución confiando en vuestras propias fuerzas. Si lo hacéis, fracasaréis por completo. No sois capaces de luchar contra el mundo malo, y mucho menos contra vuestro propio corazón malo, y menos que nada contra las potestades de las tinieblas. Clamad, pues, al Fuerte pidiendo fuerza. Con un profundo sentimiento de tu propia debilidad e impotencia, confía tú en el Señor Jehová, en quien está la fortaleza eterna. Os aconsejo que le pidáis a gritos arrepentimiento en particular: no solo una plena conciencia de vuestra propia impotencia, sino un sentimiento penetrante de la extrema culpa, bajeza y locura de la idolatría que por tanto tiempo os ha tenido absorbidos. Clamad por un conocimiento cabal de vosotros mismos, de toda vuestra pecaminosidad y culpabilidad. Orad para que se os descubra plenamente lo que sois, para que os conozcáis como también sois conocidos. Una vez que poseáis esta convicción genuina, todos vuestros ídolos perderán sus encantos. Y os maravillaréis de cómo pudisteis apoyaros tanto tiempo en esas cañas quebradas que tantas veces se hundieron bajo vosotros.
5. ¿Qué habéis de pedir después?
«¡Jesús, ahora que he perdido mi todo,
déjame caer sobre tu pecho!
¡Déjame verte ahora en tu ropa teñida en sangre!
¡Muéstrate ahora con todas tus heridas,
y envuélveme en tu manto carmesí!
¿No has dicho tú: “Si creyeres, verás la gloria de Dios”? Señor, ¡quiero creer! Ayuda mi incredulidad. ¡Y ayúdame ahora! Ayúdame ahora a entrar en el reposo que queda para el pueblo de Dios; para los que te dan su corazón, todo su corazón; los que te reciben como su Dios y su Todo. ¡Oh tú, el más hermoso de los hijos de los hombres, la gracia se derramó en tus labios! ¡Habla para que yo te vea! ¡Y como las sombras huyen delante del sol, así desvanézcanse todos mis ídolos ante tu presencia!».
6. Desde el momento en que comencéis a experimentar esto, pelead la buena batalla de la fe; ¡arrebatad el reino de los cielos con violencia! ¡Tomadlo, por así decir, por asalto! Negaos todo placer del que no tengáis conciencia divina de que os acerca a Dios. Tomad vuestra cruz cada día; no hagáis caso de ningún dolor, si se halla en vuestro camino hacia él. Si sois llamados a ello, no vaciléis en sacaros el ojo derecho y echarlo de vosotros. Nada es imposible para el que cree: todo lo podéis en Cristo que os fortalece. Portaos valientemente, y estad firmes en la libertad con que Cristo os hizo libres. Sí, seguid adelante en su nombre y en la potencia de su fortaleza, hasta que «conozcáis todo aquel amor de Dios que excede a todo conocimiento»; ¡y entonces solo os quedará esperar hasta que él os llame a su reino eterno!
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