Sermones en diversas ocasiones
La justicia de la fe

Capítulo 7 · 25 min de lectura · 32 min de escucha

La justicia de la fe

Sermón 6

La justicia de la fe

«Porque Moisés describe la justicia que es por la ley: Que el hombre que hiciere estas cosas, vivirá por ellas. Mas la justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo:) O, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para volver a traer a Cristo de los muertos.) Mas ¿qué dice? Cercana está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe, la cual predicamos.»

Romanos 10:5–8.

1. El Apóstol no opone aquí el pacto dado por Moisés al pacto dado por Cristo. Si alguna vez lo imaginamos, fue por no advertir que tanto la segunda como la primera parte de estas palabras las dijo el mismo Moisés al pueblo de Israel, y acerca del pacto que entonces regía. (Deuteronomio 30:11, 12, 14.) Lo que San Pablo opone aquí al pacto de obras, hecho con Adán mientras estaba en el Paraíso, pero que comúnmente se suponía ser el único pacto que Dios había hecho con el hombre, particularmente por aquellos judíos de quienes escribe el Apóstol, es el pacto de gracia, que Dios, por medio de Cristo, ha establecido con los hombres en todas las edades (tanto antes de la dispensación judía y bajo ella, como desde que Dios fue manifestado en carne).

2. De estos es de quienes habla con tanto afecto al principio de este capítulo: «El deseo de mi corazón y mi oración a Dios por Israel es que sean salvos. Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, mas no conforme a ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios», (la justificación que brota de su sola gracia y misericordia, que perdona gratuitamente nuestros pecados por medio del Hijo de su amor, por la redención que es en Jesús,) «y procurando establecer su propia justicia», (su propia santidad, anterior a la fe en «aquel que justifica al impío», como fundamento de su perdón y aceptación,) «no se han sujetado a la justicia de Dios», y en consecuencia buscan la muerte en el error de su vida.

3. Ignoraban que «el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree»; — que, por la oblación de sí mismo, ofrecida una sola vez, había puesto fin a la primera ley o pacto (que, a la verdad, no fue dado por Dios a Moisés, sino a Adán en su estado de inocencia), cuyo estricto tenor, sin rebaja alguna, era: «Haz esto, y vivirás»; y que, al mismo tiempo, nos había comprado aquel pacto mejor, «Cree, y vivirás»; cree, y serás salvo; salvo ya desde ahora, tanto de la culpa como del poder del pecado, y, en consecuencia, de su paga.

4. ¡Y cuántos lo ignoran igualmente hoy, aun entre los que llevan el nombre de Cristo! ¡Cuántos tienen ahora «celo de Dios», pero no «conforme a ciencia»; sino que todavía procuran «establecer su propia justicia» como fundamento de su perdón y aceptación, y por eso rehúsan con vehemencia «sujetarse a la justicia de Dios»! Ciertamente el deseo de mi corazón y mi oración a Dios por vosotros, hermanos, es que seáis salvos. Y, a fin de quitar de vuestro camino esta gran piedra de tropiezo, procuraré mostrar: Primero, qué es la justicia que es por la ley, y qué es «la justicia que es por la fe»; Segundo, la necedad de confiar en la justicia de la ley, y la sabiduría de someterse a la que es por la fe.

I. 1. Y, primero, «la justicia que es por la ley dice: El hombre que hiciere estas cosas, vivirá por ellas». Guarda constante y perfectamente todas estas cosas para cumplirlas, y entonces vivirás para siempre. Esta ley o pacto (llamado comúnmente el Pacto de Obras), dado por Dios al hombre en el Paraíso, exigía una obediencia perfecta en todas sus partes, entera y sin que le faltara nada, como condición de su permanencia eterna en la santidad y la felicidad en que fue creado.

2. Exigía que el hombre cumpliera toda justicia, interior y exterior, negativa y positiva: que no solo se abstuviera de toda palabra ociosa y evitara toda obra mala, sino que mantuviera todo afecto, todo deseo, todo pensamiento en obediencia a la voluntad de Dios: que permaneciera santo, como santo era el que lo había creado, tanto en el corazón como en toda su manera de vivir: que fuera limpio de corazón, así como Dios es puro; perfecto como su Padre que está en el cielo era perfecto: que amara al Señor su Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente y con todas sus fuerzas; que amara a toda alma que Dios había hecho, así como Dios lo había amado a él: que por esta benevolencia universal habitara en Dios (que es amor), y Dios en él: que sirviera al Señor su Dios con todas sus fuerzas, y en todas las cosas buscara únicamente su gloria.

3. Estas eran las cosas que la justicia de la ley exigía, para que el que las hiciera viviera por ellas. Pero exigía además que esta obediencia entera a Dios, esta santidad interior y exterior, esta conformidad del corazón y de la vida con su voluntad, fuera perfecta en grado. No podía hacerse rebaja ni concesión alguna por quedarse corto en ningún grado, en cuanto a una sola jota o tilde, ya de la ley exterior, ya de la interior. Aunque se obedeciera todo mandamiento relativo a las cosas exteriores, eso no bastaba, a menos que cada uno se obedeciera con todas las fuerzas, en la medida más alta y de la manera más perfecta. Ni satisfacía la exigencia de este pacto amar a Dios con toda potencia y facultad, a menos que se le amara con la plena capacidad de cada una, con toda la posibilidad del alma.

4. Una cosa más exigía indispensablemente la justicia de la ley, a saber, que esta obediencia universal, esta santidad perfecta del corazón y de la vida, fuera también perfectamente ininterrumpida, que continuara sin intermisión alguna desde el momento en que Dios creó al hombre y sopló en su nariz aliento de vida, hasta que terminaran los días de su prueba y él fuera confirmado en la vida eterna.

5. La justicia, pues, que es por la ley, dice así: «Tú, oh hombre de Dios, permanece firme en el amor, en la imagen de Dios en que fuiste hecho. Si quieres permanecer en la vida, guarda los mandamientos, que ahora están escritos en tu corazón. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón. Ama como a ti mismo a toda alma que él ha hecho. No desees nada sino a Dios. Busca a Dios en cada pensamiento, en cada palabra y obra. No te desvíes, en un solo movimiento del cuerpo o del alma, de él, tu blanco, y el premio de tu soberana vocación; y alabe su santo nombre todo lo que hay en ti, toda potencia y facultad de tu alma, en toda clase, en todo grado y en todo momento de tu existencia. “Haz esto, y vivirás”: Tu luz brillará, tu amor arderá más y más, hasta que seas recibido en la casa de Dios en los cielos, para reinar con él por los siglos de los siglos.»

6. «Mas la justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? esto es, para traer abajo a Cristo»; (como si fuera alguna tarea imposible que Dios te exigiera cumplir de antemano para ser aceptado;) «o, ¿quién descenderá al abismo? esto es, para volver a traer a Cristo de los muertos»; (como si eso quedara todavía por hacer, y por causa de ello hubieras de ser aceptado;) «mas ¿qué dice? Cercana está la palabra», según cuyo tenor puedes ahora ser aceptado como heredero de la vida eterna, «en tu boca y en tu corazón; esta es la palabra de fe, la cual predicamos», — el nuevo pacto que Dios ha establecido ahora con el hombre pecador, por medio de Cristo Jesús.

7. Por «la justicia que es por la fe» se entiende aquella condición de justificación (y, en consecuencia, de salvación presente y final, si perseveramos en ella hasta el fin) que fue dada por Dios al hombre caído, por los méritos y la mediación de su Hijo unigénito. Esto fue revelado en parte a Adán, poco después de su caída, pues estaba contenido en la promesa original, hecha a él y a su descendencia, acerca de la Simiente de la Mujer, que había de «herir a la serpiente en la cabeza». (Génesis 3:15.) Fue revelado algo más claramente a Abraham, por el ángel de Dios desde el cielo, que dijo: «Por mí mismo he jurado, dice el Señor, que en tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra». (Génesis 22:16, 18.) Fue dado a conocer aún más plenamente a Moisés, a David y a los profetas que vinieron después; y, por medio de ellos, a muchos del pueblo de Dios en sus respectivas generaciones. Pero aun así la mayor parte incluso de estos lo ignoraba, y muy pocos lo entendían con claridad. Aun así, «la vida y la inmortalidad» no fueron «sacadas a la luz» para los judíos de antaño como lo son ahora para nosotros «por el evangelio».

8. Ahora bien, este pacto no dice al hombre pecador: «Rinde una obediencia sin pecado, y vivirás». Si esta fuera la condición, no sacaría más provecho de todo lo que Cristo ha hecho y padecido por él que si se le exigiera, para alcanzar la vida, «subir al cielo y traer abajo a Cristo»; o «descender al abismo», al mundo invisible, y «volver a traer a Cristo de los muertos». No exige que se haga ninguna cosa imposible (aunque lo que exige sería imposible para el hombre por sí solo; pero no para el hombre asistido por el Espíritu de Dios): eso sería solo burlarse de la flaqueza humana. A la verdad, hablando con rigor, el pacto de gracia no nos exige hacer cosa alguna como absoluta e indispensablemente necesaria para nuestra justificación; sino solamente creer en Aquel que, por amor de su Hijo y de la propiciación que él ha hecho, «justifica al impío que no obra», y le cuenta su fe por justicia. Así Abraham «creyó al Señor, y le fue contado por justicia». (Génesis 15:6.) «Y recibió la señal de la circuncisión, sello de la justicia de la fe, — para que fuese padre de todos los creyentes, — para que también a ellos les sea contada la justicia». (Romanos 4:11.) «Y no solamente por él fue escrito que le haya sido imputada», es decir, la fe, «sino también por nosotros, a quienes será imputada», a quienes la fe será imputada por justicia, ocupando el lugar de la obediencia perfecta, para que seamos aceptados delante de Dios, «a los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús Señor nuestro; el cual fue entregado» a la muerte «por nuestros delitos, y resucitado para nuestra justificación»: (Romanos 4:23–25:) para la seguridad de la remisión de nuestros pecados, y de una segunda vida venidera, para los que creen.

9. ¿Qué dice, pues, el pacto del perdón, del amor inmerecido, de la misericordia que perdona? «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo». El día que creas, ciertamente vivirás. Serás restituido al favor de Dios; y en su favor está la vida. Serás salvo de la maldición y de la ira de Dios. Serás vivificado, de la muerte del pecado a la vida de justicia. Y si perseveras hasta el fin, creyendo en Jesús, nunca gustarás la muerte segunda; sino que, habiendo padecido con tu Señor, también vivirás y reinarás con él por los siglos de los siglos.

10. Ahora bien, «esta palabra está cerca de ti». Esta condición de vida es sencilla, fácil, siempre a mano. «Está en tu boca y en tu corazón», por la operación del Espíritu de Dios. En el momento en que «creas en tu corazón» en aquel a quien Dios «levantó de los muertos», y «confieses con tu boca al Señor Jesús» como tu Señor y tu Dios, «serás salvo» de la condenación, de la culpa y del castigo de tus pecados pasados, y tendrás poder para servir a Dios en verdadera santidad todos los días que te quedan de vida.

11. ¿Cuál es, pues, la diferencia entre la «justicia que es por la ley» y la «justicia que es por la fe? — entre el primer pacto, o pacto de obras, y el segundo, el pacto de gracia? La diferencia esencial e inmutable es esta: El uno supone que aquel a quien se da es ya santo y feliz, creado a la imagen de Dios y gozando de su favor; y prescribe la condición con que puede permanecer en ello, en amor y gozo, vida e inmortalidad: El otro supone que aquel a quien se da es ahora impío y desdichado, destituido de la gloriosa imagen de Dios, con la ira de Dios permaneciendo sobre él, y precipitándose, por el pecado, por el cual su alma está muerta, hacia la muerte corporal y la muerte eterna; y al hombre en este estado le prescribe la condición con que puede recobrar la perla que ha perdido, recuperar el favor y la imagen de Dios, volver a hallar la vida de Dios en su alma y ser restaurado al conocimiento y al amor de Dios, que es el principio de la vida eterna.

12. Además: El pacto de obras, para la permanencia del hombre en el favor de Dios, en su conocimiento y amor, en santidad y felicidad, exigía del hombre perfecto una obediencia perfecta e ininterrumpida a todo punto de la ley de Dios. Mientras que el pacto de gracia, para la recuperación del favor y de la vida de Dios por parte del hombre, exige solamente fe; fe viva en Aquel que, por medio de Dios, justifica al que no obedeció.

13. Y además: El pacto de obras exigía de Adán y de todos sus hijos que pagaran ellos mismos el precio, en consideración del cual habían de recibir todas las bendiciones futuras de Dios. Pero en el pacto de gracia, viendo que no tenemos nada con que pagar, Dios «nos perdona a todos gratuitamente»; con tal solamente que creamos en Aquel que ha pagado el precio por nosotros; que se ha dado a sí mismo como «Propiciación por nuestros pecados, por los pecados de todo el mundo».

14. Así, el primer pacto exigía lo que ahora está lejos de todos los hijos de los hombres; a saber, una obediencia sin pecado, que está lejos de los que son «concebidos y nacidos en pecado». Mientras que el segundo exige lo que está cerca, a la mano; como si dijera: «¡Tú eres pecado! ¡Dios es amor! Tú, por el pecado, estás destituido de la gloria de Dios; pero en él hay misericordia. Trae, pues, todos tus pecados al Dios que perdona, y se desvanecerán como una nube. Si no fueras impío, no habría lugar para que él te justificara como impío. Pero acércate ahora, en plena certidumbre de fe. Él habla, y es hecho. No temas, cree solamente; porque aun el Dios justo justifica a todos los que creen en Jesús.»

II. 1. Consideradas estas cosas, sería fácil mostrar, como me propuse hacer en segundo lugar, la necedad de confiar en la «justicia que es por la ley», y la sabiduría de someterse a «la justicia que es por la fe».

La necedad de los que todavía confían en la «justicia que es por la ley», cuyas condiciones son: «Haz esto, y vivirás», puede verse abundantemente por esto: Empiezan mal; su primer paso es un error fundamental: Porque, antes de que puedan siquiera pensar en reclamar bendición alguna según las condiciones de este pacto, tienen que suponerse en el estado de aquel con quien se hizo este pacto. ¡Pero cuán vana es esta suposición, puesto que se hizo con Adán en estado de inocencia! ¡Cuán débil, pues, ha de ser todo el edificio que descansa sobre tal fundamento! ¡Y cuán necios son los que así edifican sobre la arena! que parecen no haber considerado nunca que el pacto de obras no fue dado al hombre cuando estaba «muerto en delitos y pecados», sino cuando estaba vivo para Dios, cuando no conocía pecado, sino que era santo como Dios es santo; que olvidan que nunca fue destinado a la recuperación del favor y de la vida de Dios una vez perdidos, sino solo a su continuación y aumento, hasta que fuera completo en la vida eterna.

2. Tampoco consideran, los que así procuran establecer su «propia justicia, que es por la ley», qué clase de obediencia o justicia es la que la ley exige indispensablemente. Ha de ser perfecta y entera en todo punto, o no satisface la exigencia de la ley. Pero ¿quién de vosotros es capaz de rendir tal obediencia, o, en consecuencia, de vivir por ella? ¿Quién de vosotros cumple toda jota y tilde aun de los mandamientos exteriores de Dios? ¿sin hacer nada, grande ni pequeño, que Dios prohíba? ¿sin dejar de hacer nada de lo que él manda? ¿sin hablar ni una palabra ociosa? ¿siendo siempre vuestra conversación «buena para dar gracia a los oyentes?» y, «ya sea que comáis, o bebáis, o hagáis otra cosa, haciéndolo todo para la gloria de Dios?» ¡Y cuánto menos sois capaces de cumplir todos los mandamientos interiores de Dios! ¡aquellos que exigen que toda disposición y todo movimiento de vuestra alma sean santidad al Señor! ¿Sois capaces de «amar a Dios con todo vuestro corazón?» ¿de amar a todo el género humano como a vuestra propia alma? ¿de «orar sin cesar? ¿de dar gracias en todo?» ¿de tener siempre a Dios delante de vosotros? ¿y de mantener todo afecto, deseo y pensamiento en obediencia a su ley?

3. Debéis considerar además que la justicia de la ley exige, no solo obedecer todo mandamiento de Dios, negativo y positivo, interno y externo, sino también hacerlo en grado perfecto. En todo caso, cualquiera que sea, la voz de la ley es: «Servirás al Señor tu Dios con todas tus fuerzas». No admite rebaja de ninguna clase: no excusa ningún defecto: condena todo quedarse corto de la plena medida de la obediencia, y pronuncia inmediatamente una maldición sobre el transgresor: atiende solo a las reglas invariables de la justicia, y dice: «No sé mostrar misericordia».

4. ¿Quién, pues, podrá comparecer ante tal Juez, que «mira con todo rigor lo que se hace mal?» ¡Cuán débiles son los que desean ser juzgados ante el tribunal donde «no se justificará ningún viviente»! — ninguno de la descendencia de Adán. Porque, supongamos que ahora guardáramos todo mandamiento con todas nuestras fuerzas; aun así, una sola transgresión que haya habido jamás destruye por completo todo nuestro derecho a la vida. Si alguna vez hemos ofendido en un solo punto, esta justicia se ha acabado. Porque la ley condena a todos los que no rinden una obediencia ininterrumpida además de perfecta. De modo que, según la sentencia de esta, para el que ha pecado una sola vez, en cualquier grado, «no queda sino una horrenda expectación de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios» de Dios.

5. ¿No es, pues, la necedad misma de la necedad que el hombre caído busque la vida por esta justicia? ¿que la busque el hombre, que «en maldad fue formado, y en pecado lo concibió su madre?» el hombre, que es por naturaleza todo él «terrenal, animal, diabólico»; enteramente corrupto y abominable;» en quien, hasta que halla gracia, «no mora el bien»; más aún, que no puede por sí mismo pensar un solo buen pensamiento; que es en verdad todo pecado, una mera masa de impiedad, y que comete pecado en cada aliento que respira; cuyas transgresiones actuales, de palabra y de obra, son más en número que los cabellos de su cabeza? ¡Qué estupidez, qué insensatez ha de ser que un gusano tan inmundo, culpable e impotente como este sueñe con buscar la aceptación por su propia justicia, con vivir por «la justicia que es por la ley»!

6. Ahora bien, cualesquiera consideraciones que prueban la necedad de confiar en la «justicia que es por la ley», prueban igualmente la sabiduría de someterse a la «justicia que es de Dios por la fe». Esto sería fácil de mostrar respecto de cada una de las consideraciones precedentes. Pero, dejando esto a un lado, la sabiduría del primer paso hacia ello, el renunciar a nuestra propia justicia, se ve claramente en que es obrar conforme a la verdad, a la naturaleza real de las cosas. Porque, ¿qué es esto sino reconocer, con el corazón así como con los labios, el verdadero estado en que nos hallamos? ¿reconocer que traemos con nosotros al mundo una naturaleza corrupta y pecaminosa; más corrupta, en verdad, de lo que podemos fácilmente concebir o hallar palabras para expresar? ¿que por ella somos propensos a todo lo malo, y reacios a todo lo bueno; que estamos llenos de orgullo, voluntad propia, pasiones desenfrenadas, deseos necios, afectos viles y desordenados; amadores del mundo, amadores de los deleites más que de Dios? ¿que nuestra vida no ha sido mejor que nuestro corazón, sino de muchas maneras impía y profana; tanto que nuestros pecados actuales, de palabra y de obra, han sido como las estrellas del cielo en multitud; que, por todas estas razones, desagradamos a Aquel que es muy limpio de ojos para ver la iniquidad, y no merecemos de él sino indignación, ira y muerte, la justa paga del pecado? ¿que no podemos, por ninguna justicia nuestra (pues en verdad no tenemos ninguna), ni por ninguna de nuestras obras (pues son como el árbol del que brotan), aplacar la ira de Dios, ni apartar el castigo que justamente hemos merecido; sí, que, dejados a nosotros mismos, solo iremos de mal en peor, nos hundiremos más y más en el pecado, ofenderemos a Dios más y más, tanto con nuestras malas obras como con las malas disposiciones de nuestra mente carnal, hasta colmar la medida de nuestras iniquidades y traer sobre nosotros mismos destrucción repentina? ¿Y no es este el estado mismo en que por naturaleza nos hallamos? Reconocer esto, pues, con el corazón y con los labios, es decir, renunciar a nuestra propia justicia, «la justicia que es por la ley», es obrar conforme a la naturaleza real de las cosas, y, en consecuencia, es una muestra de verdadera sabiduría.

7. La sabiduría de someterse a «la justicia de la fe» aparece además por esta consideración: que es la justicia de Dios. Quiero decir aquí que es aquel método de reconciliación con Dios que ha sido escogido y establecido por Dios mismo, no solo en cuanto es el Dios de sabiduría, sino en cuanto es el Señor soberano del cielo y de la tierra, y de toda criatura que ha hecho. Ahora bien, así como no es propio que el hombre diga a Dios: «¿Qué haces?» — así como nadie que no esté del todo falto de entendimiento contenderá con Uno que es más fuerte que él, con Aquel cuyo reino domina sobre todos; así es verdadera sabiduría, es señal de sano entendimiento, conformarse con todo lo que él ha escogido; decir en esto, como en todas las cosas: «El Señor es; haga lo que bien le pareciere».

8. Puede considerarse además que fue por pura gracia, por amor gratuito, por misericordia inmerecida, que Dios se ha dignado conceder al hombre pecador algún camino de reconciliación consigo mismo, que no fuimos cortados de su mano y borrados por completo de su memoria. Por tanto, cualquier método que a él le plazca señalar, por su tierna misericordia, por su bondad inmerecida, mediante el cual sus enemigos, que tan profundamente se han apartado de él, que tanto tiempo y con tanta obstinación se han rebelado contra él, puedan todavía hallar favor delante de él, es sin duda sabiduría nuestra aceptarlo con toda gratitud.

9. Por mencionar solo una consideración más: Es sabiduría aspirar al mejor fin por los mejores medios. Ahora bien, el mejor fin que cualquier criatura puede perseguir es la felicidad en Dios. Y el mejor fin que una criatura caída puede perseguir es la recuperación del favor y de la imagen de Dios. Pero el mejor medio, en verdad el único, dado al hombre debajo del cielo, por el cual puede recobrar el favor de Dios, que es mejor que la vida misma, o la imagen de Dios, que es la verdadera vida del alma, es someterse a la «justicia que es por la fe», creer en el Hijo unigénito de Dios.

III. 1. Quienquiera, pues, que seas tú, que deseas ser perdonado y reconciliado con el favor de Dios, no digas en tu corazón: «Tengo que hacer esto primero; tengo que vencer primero todo pecado; dejar toda mala palabra y obra, y hacer todo bien a todos los hombres; o, tengo que ir primero a la iglesia, recibir la Cena del Señor, oír más sermones y decir más oraciones». ¡Ay, hermano mío! Te has desviado por completo del camino. Todavía «ignoras la justicia de Dios», y estás «procurando establecer tu propia justicia» como fundamento de tu reconciliación. ¿No sabes que no puedes hacer otra cosa sino pecar hasta que estés reconciliado con Dios? ¿Por qué, pues, dices: «Tengo que hacer esto y aquello primero, y entonces creeré?» ¡No, sino cree primero! Cree en el Señor Jesucristo, la Propiciación por tus pecados. Pon primero este buen fundamento, y entonces lo harás todo bien.

2. Tampoco digas en tu corazón: «Todavía no puedo ser aceptado, porque no soy lo bastante bueno». ¿Quién es bastante bueno — quién lo fue jamás — para merecer ser aceptado de las manos de Dios? ¿Fue jamás algún hijo de Adán bastante bueno para esto? ¿o lo será alguno hasta la consumación de todas las cosas? Y en cuanto a ti, no eres bueno en absoluto: No mora en ti el bien. Y nunca lo serás hasta que creas en Jesús. Más bien, te hallarás cada vez peor. Pero ¿hay necesidad de ser peor para ser aceptado? ¿No eres ya bastante malo? Ciertamente lo eres, y Dios lo sabe. Y tú mismo no puedes negarlo. Entonces no tardes. Todas las cosas están ya preparadas. «Levántate, y lava tus pecados». La fuente está abierta. Ahora es el tiempo de lavarte hasta quedar blanco en la sangre del Cordero. Ahora él te «purificará» como «con hisopo», y serás «limpio»: Él te «lavará», y serás «más blanco que la nieve».

3. No digas: «Pero no estoy lo bastante contrito: no soy lo bastante sensible a mis pecados». Lo sé. Quisiera Dios que fueras mil veces más sensible a ellos, más contrito de lo que eres. Pero no te detengas por esto. Puede ser que Dios te haga así, no antes de que creas, sino creyendo. Puede ser que no llores mucho hasta que ames mucho porque se te ha perdonado mucho. Entretanto, mira a Jesús. ¡He aquí cómo te ama! ¿Qué más pudo haber hecho por ti que no haya hecho?

Oh Cordero de Dios, ¿hubo jamás dolor,

hubo jamás amor como el tuyo?

Míralo fijamente, hasta que él te mire a ti y quebrante tu duro corazón. Entonces tu «cabeza» se tornará «aguas», y tus «ojos fuentes de lágrimas».

4. Ni digas tampoco: «Tengo que hacer algo más antes de venir a Cristo». Concedo que, suponiendo que tu Señor tardara en venir, sería digno y justo esperar su aparición haciendo, en cuanto tengas poder, todo lo que él te ha mandado. Pero no hay necesidad alguna de hacer tal suposición. ¿Cómo sabes que tardará? Quizá aparezca, como la aurora de lo alto, antes de la luz de la mañana. ¡Oh, no le fijes un plazo! Espéralo a toda hora. ¡Ahora está cerca! ¡aun a las puertas!

5. ¿Y con qué fin esperarías tener más sinceridad, antes de que tus pecados sean borrados? ¿Para hacerte más digno de la gracia de Dios? ¡Ay, todavía estás «estableciendo tu propia justicia»! Él tendrá misericordia, no porque tú seas digno de ella, sino porque nunca decaen sus misericordias; no porque tú seas justo, sino porque Jesucristo ha hecho expiación por tus pecados.

Además, si hay algo bueno en la sinceridad, ¿por qué la esperas antes de tener fe? — puesto que la fe misma es la única raíz de todo lo que es verdaderamente bueno y santo.

Sobre todo, ¿hasta cuándo olvidarás que todo lo que haces, o todo lo que tienes, antes de que tus pecados te sean perdonados, de nada te vale delante de Dios para obtener tu perdón? sí, y que todo ello ha de ser echado tras tus espaldas, pisoteado, tenido en nada, o nunca hallarás favor delante de Dios; porque, hasta entonces, no puedes pedirlo como un mero pecador, culpable, perdido, arruinado, sin tener nada que alegar, nada que ofrecer a Dios, sino solamente los méritos de su Hijo muy amado, «que te amó, y se entregó a sí mismo por ti!»

6. Para concluir. Quienquiera que seas, oh hombre, que tienes en ti mismo la sentencia de muerte, que te sientes pecador condenado, y tienes la ira de Dios permaneciendo sobre ti: A ti te dice el Señor, no: «Haz esto», — obedece perfectamente todos mis mandamientos, — «y vivirás»; sino: «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo». «Cercana está de ti la palabra de fe»: Ahora, en este instante, en el momento presente, y en tu estado presente, pecador como eres, tal como eres, cree el evangelio; y «seré propicio a tu injusticia, y de tus iniquidades no me acordaré más».

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